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Full text of "VIAJE AL FIN DE LA NOCHE"

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LOUIS-FERDINAND CELINE 



VIA JE AL FIN DE 
LA NOCHE 



Traduction de 
Carlos Manzano 



Titulo original: 
Voyage au bout de la nuit 



Disefio e ilustracion de la cubierta: Julio Vivas 



Primera edicion en nistica: mayo de 1994 
Primera reimpresion: abril de 1995 



© Editions Gallimard, 1952 
© de la traduccion, Carlos Manzano, 1993 

©Edhasa, 1994 

Avda. Diagonal, 519-521. 08029 Barcelona 

Tel. 439 51 05 



ISBN: 84-350-0842-8 



Impreso por Romanya/Valls, S.A. 
Verdaguer, 1. 08786, Capellades, Barcelona 



Deposito legal: B-l 1.189-1995 



Impreso en Espafia 
Printed Spain 



A Elisabeth Craig* 



* Elisabeth Craig era la bailarina americana, nacida en 1902, que Celine habia 
conocido en Ginebra, a finales de 1926 o comienzos de 1927, y con la que vivio en 
Paris de 1927 a 1933, en una relacion muy libre, interrumpida por las estancias de 
Elisabeth en los Estados Unidos. Henri Mahe la describe asi: «Grandes ojos verde 
cobalto [...]. Naricilla fina... Una boca rectangular y sensual [...]. Largos cabellos 
dorados tirando a rojizos en bucles hasta los hombros» (La Brinquebale avec Celine.) 

En una de las primeras entrevistas despues de la publicacion de Viaje al fin de la 
noche, Celine la cita como uno de sus tres maestros: «[...] una bailarina americana que 
me ha ensenado todo lo relativo al ritmo, la musica y el movimiento» (entrevista con M. 
Bromberger, Cahiers Celine, I, pags. 31-32). 

En junio de 1933, Elisabeth se marcho a los Estados Unidos, temporalmente, pensaba 
Celine, pero aquella vez no regreso y el aprovecho su viaje a los Estados Unidos en el 
verano de 1934 para ir a Los Angeles a intentar convencerla de que volviera a Francia. 
Pero Elisabeth habia decidido romper. Celine siempre recordo aquel ultimo encuentro, 
sobre el que carecemos de informacion segura, como una pesadilla. No cabe duda de 
que Elisabeth fue la mujer a la que se sintio mas unido y que desempeno, mas que 
ninguna otra, un papel en su vida. 



Viajar es muy util, hace trabajar la 
imaginacion. El resto no son sino decepciones y 
fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A 
eso debe su fuerza. 

Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, 
ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una 
novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littre, 
que nunca se equivoca. 

Y, ademas, que todo el mundo puede hacer 
igual. Basta con cerrar los ojos. 

Esta del otro lado de la vida. 



La cosa empezo asi. Yo nunca habia dicho nada. Nada. Fue Arthur Ganate quien me 
hizo hablar. Arthur, un companero, estudiante de medicina como yo. Resulta que nos 
encontramos en la Place Clichy. Despues de comer. Queria hablarme. Lo escuche. «jNo 
nos quedemos fuera! -me dijo-. jVamos adentro!» Y fui y entre con el. «jEsta terraza 
esta como para freir huevos! jVen por aqui!», comenzo. Entonces advertimos tambien 
que no habia nadie en las calles, por el calor; ni un coche, nada. Cuando hace mucho 
frio, tampoco; no ves a nadie en las calles; pero, si fue el mismo, ahora que recuerdo, 
quien me dijo, hablando de eso: «La gente de Paris parece estar siempre ocupada, pero, 
en realidad, se pasean de la mafiana a la noche; la prueba es que, cuando no hace bueno 
para pasear, demasiado frio o demasiado calor, desaparecen. Estan todos dentro, 
tomando cafes con leche o cafias de cerveza. jYa ves! jEl siglo de la velocidad!, dicen. 
Pero, ^donde? iTodo cambia, que es una barbaridad!, segun cuentan. ^Como asi? Nada 
ha cambiado, la verdad. Siguen admirandose y se acabo. Y tampoco eso es nuevo. 
iAlgunas palabras, no muchas, han cambiado! Dos o tres aqui y alia, insignificantes...» 
Conque, muy orgullosos de haber senalado verdades tan oportunas, nos quedamos alii 
sentados, mirando, arrobados, a las damas del cafe. 

Despues salio a relucir en la conversacion el presidente Poincare, que, justo aquella 
mafiana, iba a inaugurar una exposicion canina, y, despues, burla burlando, salio tam- 
bien Le Temps, donde lo habiamos leido. «jHombre, Le Temps jEse es un sefior 
periodico! -dijo Arthur Ganate para pincharme-. jNo tiene igual para defender a la raza 
francesa!» 

«jY bien que lo necesita la raza francesa, puesto que no existe!», fui y le dije, para 
devolverle la pelota y demostrar que estaba documentado. 

«jQue si! jClaro que existe! jY bien noble que es! -insistia el-. Y hasta te diria que es 
la mas noble del mundo. \Y el que lo niegue es un cabrito!» Y me puso de vuelta y 
media. Ahora, que yo me mantuve en mis trece. 

«jNo es verdad! La raza, lo que tu llamas raza, es ese hatajo de pobres diablos como 
yo, leganosos, piojosos, ateridos, que vinieron a parar aqui perseguidos por el hambre, 
la peste, los tumores y el frio, que llegaron vencidos de los cuatro confines del mundo. 
El mar les impedia seguir adelante. Eso es Francia y los franceses tambien.» 

«Bardamu -me dijo entonces, muy serio y un poco triste-, nuestros padres eran como 
nosotros. jNo hables mal de ellos!...» 

«jTienes razon, Arthur! jEn eso tienes razon! Rencorosos y dociles, violados, 
robados, destripados, y gilipollas siempre. jComo nosotros eran! jNi que lo digas! jNo 
cambiamos! Ni de calcetines, ni de amos, ni de opiniones, o tan tarde, que no vale la 
pena. Hemos nacido fieles, jya es que reventamos de fidelidad! Soldados sin paga, 
heroes para todo el mundo, monosabios, palabras dolientes, somos los favoritos del Rey 
Miseria. jNos tiene en sus manos! Cuando nos portamos mal, aprieta... Tenemos sus 
dedos en torno al cuello, siempre, cosa que molesta para hablar; hemos de estar atentos, 
si queremos comer... Por una cosita de nada, te estrangula... Eso no es vida...» 

«jNos queda el amor, Bardamu!» 

«Arthur, el amor es el infinito puesto al alcance de los caniches, jy yo tengo 
dignidad!», le respond!. 

«Puestos a hablar de ti, jtu es que eres un anarquista y se acabo!» 

Siempre un listillo, como veis, y el no va mas en opiniones avanzadas. 



«Tu lo has dicho, chico, janarquista! Y la prueba mejor es que he compuesto una 
especie de oracion vengadora y social. jA ver que te parece! Se llama Las alas de 
oro...» Y entonces se la recite: 

Un Dios que cuenta los minutos y los centimos, un Dios desesperado, sensual y 
grunon como un marrano. Un marrano con alas de oro y que se tira por todos lados, 
panza arriba, en busca de caricias. Ese es, nuestro senor. jAbracemonos! 

«Tu obrita no se sostiene ante la vida. Yo estoy por el orden establecido y no me 
gusta la politica. Y, ademas, el dia en que la patria me pida derramar mi sangre por ella, 
me encontrara, desde luego, listo para entregarsela y al instante.» Asi me respondio. 

Precisamente la guerra se nos acercaba a los dos, sin que lo hubieramos advertido, y 
ya mi cabeza resistia poco. Aquella discusion breve, pero animada, me habia fatigado. 
Y, ademas, estaba afectado porque el camarero me habia llamado tacafio por la propina. 
En fin, al final Arthur y yo nos reconciliamos, por completo. Eramos de la misma 
opinion sobre casi todo. 

«Es verdad, tienes razon a fin de cuentas -convine, conciliador-, pero, en fin, estamos 
todos sentados en una gran galera, remamos todos, con todas nuestras fuerzas... jno me 
iras a decir que no!... j Sentados sobre clavos incluso y dando el callo! ^Y que sacamos? 
jNada! Estacazos solo, miserias, patranas y cabronadas encima. jQue trabajamos!, 
dicen. Eso es aun mas chungo que todo lo demas, el dichoso trabajo. Estamos abajo, en 
las bodegas, echando el bofe, con una peste y los cataplines chorreando sudor, jya ves! 
Arriba, en el puente, al fresco, estan los amos, tan campantes, con bellas mujeres, 
rosadas y bafiadas de perfume, en las rodillas. Nos hacen subir al puente. Entonces se 
ponen sus chisteras y nos echan un discurso, a berridos, asi: "Hatajo de granujas, jes la 
guerra! -nos dicen-. Vamos a abordarlos, a esos cabrones de la patria n.° 2, jy les vamos 
a reventar la sesera! jVenga! jVenga! jA bordo hay todo lo necesario! jTodos a coro! 
Pero antes quiero veros gritar bien: 'jViva la patria n.° IV jQue se os oiga de lejos! El 
que grite mas fuerte, jrecibira la medalla y la peladilla del Nino Jesus! jHostias! Y los 
que no quieran difiarla en el mar, pueden ir a palmar en tierra, jdonde se tarda aun 
menos que aqui!"» 

«jExacto! j SI, senor!», aprobo Arthur, ahora mas dispuesto a dejarse convencer. 

Pero, mira por donde, justo por delante del cafe donde estabamos sentados, fue a 
pasar un regimiento, con el coronel montado a la cabeza y todo, imuy apuesto, por 
cierto, y de lo mas gallardo, el coronel! Di un brinco de entusiasmo al instante. 

«jVoy a ver si es asi!», fui y le grite a Arthur, y ya me iba a alistarme y a la carrera 
incluso. 

«jNo seas gilipollas, Ferdinand! », me grito, a su vez, Arthur, molesto, seguro, por el 
efecto que habia causado mi heroismo en la gente que nos miraba. 

Me ofendio un poco que se lo tomara asi, pero no me hizo desistir. Ya iba yo 
marcando el paso. «jAqui estoy y aqui me quedo!», me dije. 

«Ya veremos, ^eh, pardillo?», me dio incluso tiempo a gritarle antes de doblar la 
esquina con el regimiento, tras el coronel y su musica. Asi fue exactamente. 

Despues marchamos mucho rato. Calles y mas calles, que nunca acababan, llenas de 
civiles y sus mujeres que nos animaban y lanzaban flores, desde las terrazas, delante de 
las estaciones, desde las iglesias atestadas. j Habia una de patriotas! Y despues empezo a 
haber menos... Empezo a Hover y cada vez habia menos y luego nadie nos animaba, ni 
uno, por el camino. 

Entonces, £ya solo quedabamos nosotros? ^Unos tras otros? Ceso la musica. «En 
resumen -me dije entonces, cuando vi que la cosa se ponia fea-, jesto ya no tiene gracia! 
jHay que volver a empezar!» Iba a marcharme. jDemasiado tarde! Habian cerrado la 
puerta a la chita callando, los civiles, tras nosotros. Estabamos atrapados, como ratas. 



Una vez dentro, hasta el cuello. Nos hicieron montar a caballo y despues, al cabo de 
dos meses, ir a pie otra vez. Tal vez porque costaba muy caro. En fin, una mafiana, el 
coronel buscaba su montura, su ordenanza se habia marchado con ella, no se sabia 
adonde, a algun lugar, seguro, por donde las balas pasaran con menor facilidad que en 
medio de la carretera. Pues en ella habiamos acabado situandonos, el coronel y yo, justo 
en medio de la carretera, y yo sostenia el registro en que el escribia sus ordenes. 

A lo lejos, en la carretera, apenas visibles, habia dos puntos negros, en medio, como 
nosotros, pero eran dos alemanes que llevaban mas de un cuarto de hora disparando. 

El, nuestro coronel, tal vez supiera por que disparaban aquellos dos; quiza los 
alemanes lo supiesen tambien, pero yo, la verdad, no. Por mas que me refrescaba la me- 
moria, no recordaba haberles hecho nada a los alemanes. Siempre habia sido muy 
amable y educado con ellos. Me los conocia un poco, a los alemanes; hasta habia ido al 
colegio con ellos, de pequeno, cerca de Hannover. Habia hablado su lengua. Entonces 
eran una masa de cretinitos chillones, de ojos palidos y furtivos, como de lobos; ibamos 
juntos, despues del colegio, a tocar a las chicas en los bosques cercanos, y tambien 
tirabamos con ballesta y pistola, que incluso nos comprabamos por cuatro marcos. 
Bebiamos cerveza azucarada. Pero de eso a que nos dispararan ahora a la barriga, sin 
venir siquiera a hablarnos primero, y justo en medio de la carretera, habia un trecho y un 
abismo incluso. Demasiada diferencia. 

En resumen, no habia quien entendiera la guerra. Aquello no podia continuar. 

Entonces, ^les habia ocurrido algo extraordinario a aquella gente? Algo que yo no 
sentia, ni mucho menos. No debia de haberlo advertido... 

Mis sentimientos hacia ellos seguian siendo los mismos. Pese a todo, sentia como un 
deseo de intentar comprender su brutalidad, pero mas ganas aun tenia de marcharme, 
unas ganas enormes, absolutas: de repente todo aquello me parecia consecuencia de un 
error tremendo. 

«En una historia asi, no hay nada que hacer, hay que ahuecar el ala», me decia, al fin 
y al cabo... 

Por encima de nuestras cabezas, a dos milimetros, a un milimetro tal vez de las 
sienes, venian a vibrar, uno tras otro, esos largos hilos de acero tentadores trazados por 
las balas que te quieren matar, en el caliente aire del verano. 

Nunca me habia sentido tan inutil como entre todas aquellas balas y los rayos de 
aquel sol. Una burla inmensa, universal. 

En aquella epoca tenia yo solo veinte afios de edad. Alquerias desiertas a lo lejos, 
iglesias vacias y abiertas, como si los campesinos hubieran salido todos de las aldeas 
para ir a una fiesta en el otro extremo de la provincia y nos hubiesen dejado, confiados, 
todo lo que poseian, su campo, las carretas con los varales al aire, sus tierras, sus 
cercados, la carretera, los arboles e incluso las vacas, un perro con su cadena, todo, 
vamos. Para que pudiesemos hacer con toda tranquilidad lo que quisieramos durante su 
ausencia. Parecia muy amable por su parte. «De todos modos, si no hubieran estado 
ausentes -me decia yo-, si aun hubiese habido gente por aqui, j seguro que no nos 
habriamos comportado de modo tan innoble! iTan mal! 

jNo nos habriamos atrevido delante de ellos !» Pero, jya no quedaba nadie para 
vigilarnos! Solo nosotros, como recien casados que hacen guarrerias, cuando todo el 
mundo se ha ido. 



Tambien pensaba (detras de un arbol) que me habria gustado verlo alii, al Deroulede 
ese, de que tanto me habian hablado, explicarme como hacia el, cuando recibia una bala 
en plena panza. 

Aquellos alemanes agachados en la carretera, tiradores tozudos, tenian mala punteria, 
pero parecian tener balas para dar y to mar, almacenes llenos sin duda. Estaba claro: jla 
guerra no habia terminado! Nuestro coronel, las cosas como son, jdemostraba una 
bravura asombrosa! Se paseaba por el centro mismo de la carretera y despues en todas 
direcciones entre las trayectorias, tan tranquilo como si estuviese esperando a un amigo 
en el anden de la estacion: solo, que un poco impaciente. 

Pero el campo, debo decirlo en seguida, yo nunca he podido apreciarlo, siempre me 
ha parecido triste, con sus lodazales interminables, sus casas donde la gente nunca esta y 
sus caminos que no van a ninguna parte. Pero, si se le afiade la guerra, ademas, ya es 
que no hay quien lo soporte. El viento se habia levantado, brutal, a cada lado de los 
taludes, los alamos mezclaban las rafagas de sus hojas con los ruidillos secos que venian 
de alia hacia nosotros. Aquellos soldados desconocidos nunca nos acertaban, pero nos 
rodeaban de miles de muertos, pareciamos acolchados con ellos. Yo ya no me atrevia a 
moverme. 

Entonces, jel coronel era un monstruo! Ahora ya estaba yo seguro, peor que un perro, 
jno se imaginaba su fin! Al mismo tiempo, se me ocurrio que debia de haber muchos 
como el en nuestro ejercito, tan valientes, y otros tantos sin duda en el ejercito de 
enfrente. jA saber cuantos! ^Uno, dos, varios millones, tal vez, en total? Entonces mi 
canguelo se volvio panico. Con seres semejantes, aquella imbecilidad infernal podia 
continuar indefinidamente... ^Por que habrian de detenerse? Nunca me habia parecido 
tan implacable la sentencia de los hombres y las cosas. 

Pense -ipresa del espanto!-: ^,sere, pues, el unico cobarde de la tierra?... ^Perdido 
entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes? Con cascos, 
sin cascos, sin caballos, en motos, dando alaridos, en autos, pitando, tirando, 
conspirando, volando, de rodillas, cavando, escabullendose, caracoleando por los sen- 
deros, lanzando detonaciones, ocultos en la tierra como en una celda de manicomio, 
para destruirlo todo, Alemania, Francia y los continentes, todo lo que respira, destruir, 
mas rabiosos que los perros, adorando su rabia (cosa que no hacen los perros), cien, mil 
veces mas rabiosos que mil perros, jy mucho mas perversos! jEstabamos frescos! La 
verdad era, ahora me daba cuenta, que me habia metido en una cruzada apocaliptica. 

Somos virgenes del horror, igual que del placer. ^Como iba a figurarme aquel horror 
al abandonar la Place Clichy? £ Quien iba a poder prever, antes de entrar de verdad en la 
guerra, todo lo que contenia la cochina alma heroica y holgazana de los hombres? Ahora 
me veia cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en comun, hacia el fuego... 
Venia de las profundidades y habia llegado. 

El coronel seguia sin inmutarse, yo lo veia recibir, en el talud, cortas misivas del 
general, que despues rompia en pedacitos, tras haberlas leido sin prisa, entre las balas. 
Entonces, ^en ninguna de ellas iba la orden de detener al instante aquella abominacion? 
Entonces, ^no le decian los de arriba que habia un error? ^Un error abominable? ^Una 
confusion? ^Que se habian equivocado? jQue habian querido hacer maniobras en broma 
y no asesinatos! Pues, j claro que no! «j Continue, coronel, va por buen camino!» Eso le 
escribia sin duda el general Des Entrayes, de la division, el jefe de todos nosotros, del 
que recibia una misiva cada cinco minutos, por mediacion de un enlace, a quien el 
miedo volvia cada vez un poco mas verde y cagueta. j Aquel muchacho habria podido 
ser mi hermano en el miedo! Pero tampoco teniamos tiempo para confraternizar. 

Conque, ^no habia error? Eso de dispararnos, asi, sin vernos siquiera, jno estaba 
prohibido! Era una de las cosas que se podian hacer sin merecer un broncazo. Estaba 



reconocido incluso, alentado seguramente por la gente seria, jcomo la loteria, los 
esponsales, la caza de monteria!... Sin objecion. Yo acababa de descubrir de un golpe y 
por entero la guerra. Habia quedado desvirgado. Hay que estar casi solo ante ella, como 
yo en aquel momento, para verla bien, a esa puta, de frente y de perfil. Acababan de 
encender la guerra entre nosotros y los de enfrente, jy ahora ardia! Como la corriente 
entre los dos carbones de un arco voltaico. jY no estaba a punto de apagarse, el carbon! 
ibamos a ir todos para adelante, el coronel igual que los demas, con todas sus faroladas, 
y su piltrafa no iba a hacer un asado mejor que la mia, cuando la corriente de enfrente le 
pasara entre ambos hombros. 

Hay muchas formas de estar condenado a muerte. jAh, que no habria dado, cretino 
de mi, en aquel momento por estar en la carcel en lugar de alii! Por haber robado, 
previsor, algo, por ejemplo, cuando era tan facil, en algun sitio, cuando aun estaba a 
tiempo. jNo piensa uno en nada! De la carcel sales vivo; de la guerra, no. Todo lo demas 
son palabras. 

Si al menos hubiera tenido tiempo aun, pero, jya no! jYa no habia nada que robar! 
jQue bien se estaria en una carcel curiosita, me decia, donde no pasan las balas! jNunca 
pasan! Conocia una a punto, al sol, jcalentita! En un suefio, la de Saint-Germain 
precisamente, tan cerca del bosque, la conocia bien, en tiempos pasaba a menudo por 
alii. jComo cambia uno! Era un nifio entonces y aquella carcel me daba miedo. Es que 
aun no conocia a los hombres. No volvere a creer nunca lo que dicen, lo que piensan. 
De los hombres, y de ellos solo, es de quien hay que tener miedo, siempre. 

^Cuanto tiempo tendria que durar su delirio, para que se detuvieran agotados, por fin, 
aquellos monstruos? ^Cuanto tiempo puede durar un acceso asi? ^Meses? ,-Anos? 
^Cuanto? ^Tal vez hasta la muerte de todo el mundo, de todos los locos? ^Hasta el 
ultimo? Y como los acontecimientos presentaban aquel cariz desesperado, me decidi a 
jugarme el todo por el todo, a intentar la ultima gestion, la suprema: jtratar, yo solo, de 
detener la guerra! Al menos en el punto en que me encontraba. 

El coronel deambulaba a dos pasos. Yo iba a ir a hablarle. Nunca lo habia hecho. Era 
el momento de atreverse. Al punto a que habiamos llegado, ya casi no habia nada que 
perder. «<<,Que quiere?», me preguntaria, me imaginaba, muy sorprendido, seguro, por 
mi audaz interrupcion. Entonces le explicaria las cosas, tal como las veia. A ver que 
pensaba el. En la vida lo principal es explicarse. Cuatro ojos ven mejor que dos. 

Iba a hacer esa gestion decisiva, cuando, en ese preciso instante, llego hacia nosotros, 
a paso ligero, extenuado, derrengado, un «caballero de a pie» (como se decia entonces) 
con el casco boca arriba en la mano, como Belisario, y, ademas, tembloroso y cubierto 
de barro, con el rostro aun mas verdusco que el del otro enlace. Tartamudeaba y parecia 
sufrir un dolor espantoso, aquel caballero, como si saliera de una tumba y sintiese 
nauseas. Entonces, ^tampoco le gustaban las balas a aquel fantasma? ^Las presentia 
como yo? 

«^Que hay?», le corto, brutal y molesto, el coronel, al tiempo que lanzaba una mirada 
como de acero a aquel aparecido. 

Enfurecia a nuestro coronel verlo asi, a aquel innoble caballero, con porte tan poco 
reglamentario y cagadito de la emocion. No le gustaba nada el miedo. Era evidente. Y, 
para colmo, el casco en la mano, como un bombin, desentonaba de lo Undo en nuestro 
regimiento de ataque, un regimiento que se lanzaba a la guerra. Parecia saludarla, aquel 
caballero de a pie, a la guerra, al entrar. 

Ante su mirada de oprobio, el mensajero, vacilante, volvio a ponerse «firmes», con 
los meniques en la costura del pantalon, como se debe hacer en esos casos. Oscilaba asi, 
tieso, en el talud, con sudor cayendole a lo largo de la yugular, y las mandibulas le 
temblaban tanto, que se le escapaban grititos abortados, como un perrito sonando. Era 



dificil saber si queria hablarnos o si lloraba. 

Nuestros alemanes agachados al final de la carretera acababan de cambiar de 
instrumento en aquel preciso instante. Ahora proseguian con sus disparates a base de 
ametralladora; crepitaban como grandes paquetes de cerillas y a nuestro alrededor 
llegaban volando enjambres de balas rabiosas, insistentes como avispas. 

Aun asi, el hombre consiguio pronunciar una frase articulada: 

«Acaban de matar al sargento Barousse, mi coronel», dijo de un tiron. 

«^Y que mas?» 

«Lo han matado, cuando iba a buscar el furgon del pan, en la carretera de Etrapes, mi 
coronel.» 

«lY que mas?» 

«jLo ha reventado un obus!» 

«^Y que mas, hostias?» 

«Nada mas, mi coronel...» 

«^,Eso es todo?» 

«Si, eso es todo, mi coronel.» 

«^Y el pan?», pregunto el coronel. 

Ahi acabo el dialogo, porque recuerdo muy bien que tuvo el tiempo justo de decir: 
«^Y el pan?». Y despues se acabo. Despues, solo fuego y estruendo. Pero es que un 
estruendo, que nunca hubiera uno pensado que pudiese existir. Nos lleno hasta tal punto 
los ojos, los oidos, la nariz, la boca, al instante, el estruendo, que me parecio que era el 
fin, que yo mismo me habia convertido en fuego y estruendo. 

Pero, no; ceso el fuego y siguio largo rato en mi cabeza y luego los brazos y las 
piernas temblando como si alguien los sacudiera por detras. Parecia que los miembros 
me iban a abandonar, pero siguieron conmigo. En el humo que continuo picando en los 
ojos largo rato, el penetrante olor a polvora y azufre permanecia, como para matar las 
chinches y las pulgas de la tierra entera. 

Justo despues, pense en el sargento Barousse, que acababa de reventar, como nos 
habia dicho el otro. Era una buena noticia. «jMejor! -pense al instante-. jUn granuja de 
cuidado menos en el regimiento!» Me habia querido someter a consejo de guerra por 
una lata de conservas. «jA cada cual su guerra!», me dije. En ese sentido, hay que 
reconocerlo, de vez en cuando, iparecia servir para algo, la guerra! Conocia tres o 
cuatro mas en el regimiento, cerdos asquerosos, a los que yo habria ayudado con gusto a 
encontrar un obus como Barousse. 

En cuanto al coronel, no le deseaba yo ningun mal. Sin embargo, tambien el estaba 
muerto. Al principio, no lo vi. Es que la explosion lo habia lanzado sobre el talud, de 
costado, y lo habia proyectado hasta los brazos del caballero de a pie, el mensajero, 
tambien el cadaver. Se abrazaban los dos de momento y para siempre, pero el caballero 
habia quedado sin cabeza, solo tenia un boquete por encima del cuello, con sangre 
dentro hirviendo con burbujas, como mermelada en la olla. El coronel tenia el vientre 
abierto y una fea mueca en el rostro. Debia de haberle hecho dafio, aquel golpe, en el 
momento en que se habia producido. jPeor para el! Si se hubiera marchado al empezar 
el tiroteo, no le habria pasado nada. 

Toda aquella carne junta sangraba de lo Undo. 

Aun estallaban obuses a derecha e izquierda de la escena. 

Abandone el lugar sin mas demora, encantado de tener un pretexto tan bueno para 
pirarme. Iba canturreando incluso, titubeante, como cuando, al acabar una regata, 
sientes flojedad en las piernas. «jUn solo obus! La verdad es que se despacha rapido un 
asunto con un solo obus -me decia-. jMadre mia! -no dejaba de repetirme-. jMadre 
mia!...» 



En el otro extremo de la carretera no quedaba nadie. Los alemanes se habian 
marchado. Sin embargo, en aquella ocasion yo habia aprendido muy rapido a caminar, 
en adelante, protegido por el perfil de los arboles. Estaba impaciente por llegar al 
campamento para saber si habian muerto otros del regimiento en exploracion. jTambien 
debe de haber trucos, me decia, ademas, para dejarse coger prisionero!... Aqui y alia 
nubes de humo acre se aferraban a los monticulos. «^,No estaran todos muertos ahora? 
-me preguntaba-. Ya que no quieren entender nada de nada, lo mas ventajoso y practico 
seria eso, que los mataran a todos rapido... Asi acabariamos en seguida... Regresariamos 
a casa... Volveriamos a pasar tal vez por la Place Clichy triunfales... Uno o dos solo, 
supervivientes... Segun mi deseo... Muchachos apuestos y bien plantados, tras el 
general, todos los demas habrian muerto como el coronel... como Barousse... como 
Vanaille (otro cabron)... etc. Nos cubririan de condecoraciones, de flores, pasariamos 
bajo el Arco de Triunfo. Entrariamos al restaurante, nos servirian sin pagar, ya no 
pagariamos nada, jnunca mas en la vida! jSomos los heroes!, diriamos en el momento 
de la cuenta... jDefensores de la Patria! jY bastaria!... [Pagariamos con banderitas 
francesas!... La cajera rechazaria, incluso, el dinero de los heroes y hasta nos daria del 
suyo, junto con besos, cuando pasaramos ante su caja. Valdria la pena vivir.» 

Al huir, adverti que me sangraba un brazo, pero un poco solo, no era una herida de 
verdad, ni mucho menos, un desollon. Vuelta a empezar. 

Se puso a Hover de nuevo, los campos de Flandes chorreaban de agua sucia. Segui 
largo rato sin encontrar a nadie, solo el viento y poco despues el sol. De vez en cuando, 
no sabia de donde, una bala, asi, por entre el sol y el aire, me buscaba, juguetona, 
empefiada en matarme, en aquella soledad, a mi. ^Por que? Nunca mas, aun cuando 
viviera cien afios, me pasearia por el campo. Lo jure. 

Mientras seguia adelante, recordaba la ceremonia de la vispera. En un prado se habia 
celebrado, esa ceremonia, detras de una colina; el coronel, con su potente voz, habia 
arengado el regimiento: «jAnimo! -habia dicho-. jAnimo! jY viva Francia!» Cuando se 
carece de imaginacion, morir es cosa de nada; cuando se tiene, morir es cosa seria. Era 
mi opinion. Nunca habia comprendido tantas cosas a la vez. 

El coronel, por su parte, nunca habia tenido imaginacion. Toda su desgracia se habia 
debido a eso y, sobre todo, la nuestra. ^Es que era yo, entonces, el unico que tenia 
imaginacion para la muerte en aquel regimiento? Para muerte, preferia la mia, lejana... 
al cabo de veinte... treinta afios... tal vez mas, a la que me ofrecian al instante: 
trapifiando el barro de Flandes, a dos carrillos, y no solo por la boca, abierta de oreja a 
oreja por la metralla. Tiene uno derecho a opinar sobre su propia muerte, ^no? Pero, 
entonces, ^adonde ir? ^Hacia delante? De espaldas al enemigo. Si los gendarmes me 
hubieran pescado asi, de paseo, me habrian dado para el pelo bien. Me habrian juzgado 
esa misma tarde, rapido, sin ceremonias, en un aula de colegio abandonado. Habia 
muchas aulas vacias, por todos los sitios por donde pasabamos. Habrian jugado 
conmigo a la justicia, como juegan los ninos cuando el maestro se ha ido. Los 
suboficiales en el estrado, sentados, y yo de pie, con las manos esposadas, ante los pupi- 
tres. Por la manana, me habrian fusilado: doce balas, mas una. Entonces, £que? 

Y volvia yo a pensar en el coronel, lo bravo que era aquel hombre, con su coraza, sus 
cascos y sus bigotes; si lo hubieran ensenado paseandose, como lo habia visto yo, bajo 
las balas y los obuses, en un espectaculo de variedades, habria llenado una sala como el 
Alhambra de entonces, habria eclipsado a Fragson, aun siendo este un astro 
extraordinario en la epoca de que os hablo. Era lo que yo pensaba. ^Animo? «jY una 
leche!», pensaba. 

Despues de horas y horas de marcha furtiva y prudente, divise por fin a nuestros 
soldados delante de un caserio. Era una de nuestras avanzadillas. La de un escuadron 



alojado por alii. Ni una sola baja entre ellos, me anunciaron. jTodos vivos! Y yo, 
portador de la gran noticia: «jEl coronel ha muerto!», fui y les grite, en cuanto estuve 
bastante cerca del puesto. «jHay coroneles de sobra!», me devolvio la pelota el cabo 
Pistil, que precisamente estaba de guardia y hasta de servicio. 

«Y en espera de que substituyan al coronel, no te escaquees tu, vete con Empouille y 
Kerdoncuff a la distribucion de carne; coged dos sacos cada uno, es ahi detras de la 
iglesia... Esa que se ve alia... Y no dejeis que os den solo huesos como ayer. jY a ver si 
espabilais para estar de vuelta en el escuadron antes de la noche, cabritos!» 

Conque nos pusimos en camino los tres. 

«jNunca volvere a contarles nada!», me decia yo, enfadado. Comprendia que no 
valia la pena contar nada a aquella gente, que un drama como el que yo habia visto los 
traia sin cuidado, a semejantes cerdos, que ya era demasiado tarde para que pudiese 
interesar aiin. Y pensar que ocho dias antes la muerte de un coronel, como la que habia 
sucedido, se habria publicado a cuatro columnas y con mi fotografia. jQue brutos! 

Asi, que en un prado, quemado por el sol de agosto, y a la sombra de los cerezos, era 
donde distribuian toda la carne para el regimiento. Sobre sacos y lonas de tienda 
desplegadas, e incluso sobre la hierba, habia kilos y kilos de tripas extendidas, de grasa 
en copos amarillos y palidos, corderos destripados con los organos en desorden, 
chorreando en arroyuelos ingeniosos por el cesped circundante, un buey entero cortado 
en dos, colgado de un arbol, al que aiin estaban arrancando despojos, con muchos 
esfuerzos y entre blasfemias, los cuatro carniceros del regimiento. Los escuadrones, 
insultandose con ganas, se disputaban las grasas y, sobre todo, los rinones, en medio de 
las moscas, en enjambres como solo se ven en momentos asi y musicales como 
pajarillos. 

Y mas sangre por todas partes, en charcos viscosos y confluyentes que buscaban la 
pendiente por la hierba. Unos pasos mas alia estaban matando el ultimo cerdo. Ya cuatro 
hombres y un carnicero se disputaban ciertas tripas aiin no arrancadas. 

«jEh, ni, cabrito! jQue fuiste ni quien nos chorizaste el lomo ayer!...» 

Aiin tuve tiempo de echar dos o tres vistazos a aquella desavenencia alimentaria, al 
tiempo que me apoyaba en un arbol, y hube de ceder a unas ganas inmensas de vomitar, 
pero lo que se dice vomitar, hasta desmayarme. 

Me llevaron hasta el acantonamiento en una Camilla, pero no sin aprovechar la 
ocasion para birlarme mis dos bolsas de tela matron. 

Me desperto otra bronca del sargento. La guerra no se podia tragar. 



Todo llega y, hacia fines de aquel mismo mes de agosto, me toco el turno de ascender 
a cabo. Con frecuencia me enviaban, con cinco hombres, en mision de enlace, a las 
ordenes del general Des Entrayes. Ese jefe era bajo de estatura, silencioso, y no parecia 
a primera vista ni cruel ni heroico. Pero habia que desconfiar... Parecia preferir, por 
encima de todo, su comodidad. No cesaba de pensar incluso, en su comodidad, y, 
aunque nos batiamos en retirada desde hacia mas de un mes, abroncaba a todo el 
mundo, si su ordenanza no le encontraba, al llegar a una etapa, en cada nuevo 
acantonamiento, cama bien limpia y cocina acondicionada a la moderna. 

Al jefe de Estado Mayor, con sus cuatro galones, esa preocupacion por la comodidad 
lo traia frito. Las exigencias domesticas del general Des Entrayes le irritaban. Sobre 
todo porque el, cretino, gastritico en sumo grado y estrenido, no sentia la menor aficion 
por la comida. De todos modos, tenia que comer sus huevos al plato en la mesa del 
general y recibir en esa ocasion sus quejas. Se es militar o no se es. No obstante, yo no 
podia compadecerlo, porque como oficial era un cabronazo de mucho cuidado. Para que 
veais como era: cuando habiamos estado por ahi danzando hasta la noche, de caminos a 
colinas y entre alfalfa y zanahorias, bien que acababamos deteniendonos para que 
nuestro general pudiera acostarse en alguna parte. Le buscabamos una aldea tranquila, 
bien al abrigo, donde aun no acampaban tropas y, si ya habia tropas en la aldea, 
levantaban el campo a toda prisa, las echabamos, sencillamente, a dormir al sereno, aun 
cuando ya hubieran montado los pabellones. 

La aldea estaba reservada en exclusiva para el Estado Mayor, sus caballos, sus 
cantinas, sus bagajes, y tambien para el cabron del comandante. Se llamaba Pincon, 
aquel canalla, el comandante Pincon. Espero que ya haya estirado la pata (y no de 
muerte suave). Pero en aquel momento de que hablo, estaba mas vivo que la hostia, el 
Pincon. Todas las noches nos reunia a los hombres del enlace y nos ponia de vuelta y 
media para hacernos entrar en vereda e intentar avivar nuestro ardor. Nos mandaba a 
todos los diablos, ja nosotros, que habiamos estado en danza todo el dia detras del 
general! jPie a tierra! jA caballo! [Pie a tierra otra vez! A llevar sus ordenes asi, de aca 
para alia. Igual podrian habernos ahogado, cuando acababamos. Habria sido mas 
practico para todos. 

«jMarchaos todos! ilncorporaos a vuestros regimientos! jY a escape!», gritaba. 

«^D6nde esta el regimiento, mi comandante?», preguntabamos... 

«En Barbagny.» 

«^D6nde esta Barbagny?» 

«jEs por alii ! » 

Por alii, donde senalaba, solo habia noche, como en todos lados, una noche enorme 
que se tragaba la carretera a dos pasos de nosotros, hasta el punto de que solo destacaba 
de la negrura un trocito de carretera del tamafio de la lengua. 

jVete a buscar su Barbagny al fin del mundo! j Habria habido que sacrificar todo un 
escuadron, al menos, para encontrar su Barbagny! Y, ademas, jun escuadron de bravos! 
Y yo, que ni era bravo ni veia razon alguna para serlo, tenia, evidentemente, aun menos 
deseos que nadie de encontrar su Barbagny, del que, ademas, el mismo nos hablaba al 
azar. Era como si, a fuerza de broncas, hubiesen intentado infundirme deseos de ir a 
suicidarme. Esas cosas se tienen o no se tienen. 

De toda aquella obscuridad, tan densa, nada mas caer la noche, que parecia que no 



volverias a ver el brazo en cuanto lo extendias mas alia del hombro, yo solo sabia una 
cosa, pero esa con toda certeza, y era que encerraba voluntades homicidas enormes e 
innumerables. 

En cuanto caia la noche, aquel bocazas de Estado Mayor solo pensaba en enviarnos 
al otro mundo y muchas veces le daba ya a la puesta de sol. Luchabamos un poco con el 
a base de inercia, nos obstinabamos en no entenderlo, nos aferrabamos al 
acantonamiento, donde estabamos a gustito, lo mas posible, pero, al final, cuando ya no 
se veian los arboles, teniamos que ceder y salir a morir un poco; la cena del general 
estaba lista. 

A partir de ese momento todo dependia del azar. Unas veces lo encontrabamos y 
otras no, el regimiento y su Barbagny. Sobre todo lo encontrabamos por error, porque 
los centinelas del escuadron de guardia nos disparaban al llegar. Asi, nos dabamos a 
conocer por fuerza y casi siempre acababamos la noche haciendo servicios de todas 
clases, acarreando infinidad de fardos de avena y la tira de cubos de agua, recibiendo 
broncas hasta quedar aturdidos, ademas de por el sueno. 

Por la manana volviamos a salir, los cinco del grupo de enlace, para el cuartel del 
general Des Entrayes, a continuar la guerra. 

Pero la mayoria de las veces no lo encontrabamos, el regimiento, y nos limitabamos 
a esperar el dia dando vueltas en torno a las aldeas por caminos desconocidos, en las 
lindes de los caserios evacuados y los bosquecillos traicioneros; los evitabamos lo mas 
posible por miedo a las patrullas alemanas. Sin embargo, en algun sitio habia que estar, 
en espera de la manana, algun sitio en la noche. No podiamos esquivarlo todo. Desde 
entonces se lo que deben de sentir los conejos en un coto de caza. 

Los caminos de la piedad son curiosos. Si le hubiesemos dicho al comandante Pincon 
que era un cerdo asesino y cobarde, le habriamos dado un placer enorme, el de 
mandarnos fusilar, en el acto, por el capitan de la gendarmeria, que no se separaba de el 
ni a sol ni a sombra y que, por su parte, no pensaba en otra cosa. No era a los alemanes a 
quienes tenia fila, el capitan de la gendarmeria. 

Conque tuvimos que exponernos a las emboscadas durante noches y mas noches 
imbeciles que se seguian, con la esperanza, cada vez mas debil, de poder regresar, y solo 
esa, y de que, si regresabamos, no olvidariamos nunca, absolutamente nunca, que 
habiamos descubierto en la tierra a un hombre como hi y como yo, pero mucho mas 
sanguinario que los cocodrilos y los tiburones que pasan entre dos aguas, y con las 
fauces abiertas, en torno a los barcos que van a verterles basura y carne podrida a alta 
mar, por La Habana. 

La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y dinarla sin 
comprender nunca hasta que punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde 
del hoyo, no habra que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habra que contar todo sin 
cambiar una palabra, todas las cabronadas mas increibles que hayamos visto en los 
hombres y despues hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida. 

Con gusto lo habria yo dado de comida para los tiburones, a aquel comandante 
Pincon, y a su gendarme de compania, para que aprendiesen a vivir, y tambien mi ca- 
ballo, al tiempo, para que no sufriera mas, porque ya es que no le quedaba lomo, al 
pobre desgraciado, de tanto dolor que sentia; solo dos placas de carne le quedaban en el 
sitio, bajo la silla, de la anchura de mis manos, y supurantes, en carne viva, con grandes 
regueros de pus que le caian por los bordes de la manta hasta los jarretes. Y, sin 
embargo, habia que trotar encima de el, uno, dos... Se retorcia al trotar. Pero los caballos 
son mucho mas pacientes aun que los hombres. Ondulaba al trotar. Habia que dejarlo 
por fuerza al aire libre. En los graneros, con el olor tan fuerte que despedia, nos 
asfixiaba. Al montarle al lomo, le dolia tanto, que se curvaba, como por cortesia, y 



entonces el vientre le llegaba hasta las rodillas. Asi, me parecia montar a un asno. Era 
mas comodo asi, hay que reconocerlo. Yo mismo estaba cansado lo mio, con toda la 
carga que soportaba de acero sobre la cabeza y los hombros. 

El general Des Entrayes, en la casa reservada, esperaba su cena. Su mesa estaba 
puesta, con la lampara en su sitio. 

«Largaos todos de aqui, jhostias! -nos conminaba una vez mas el Pincon, 
enfocandonos la linterna a la altura de la nariz-. jQue vamos a sentarnos a la mesa! jNo 
os lo repito mas! ^Es que no se van a ir, esos granujas?», gritaba incluso. De la rabia, de 
mandarnos asi a que nos zurcieran, aquel tipo bianco como la cal, recuperaba algo de 
color en las mejillas. 

A veces, el cocinero del general nos daba, antes de marcharnos, una tajadita; tenia la 
tira de papeo, el general, ya que, segun el reglamento, jrecibia cuarenta raciones para el 
solo! Ya no era joven, aquel hombre. Debia de estar a punto de jubilarse incluso. Se le 
doblaban un poco las rodillas al andar. Debia de tenirse los bigotes. 

Sus arterias, en las sienes, lo veiamos perfectamente a la luz de la lampara, cuando 
nos ibamos, dibujaban meandros como el Sena a la salida de Paris. Sus hijas eran ya 
mayores, segun decian, solteras y, como el, tampoco eran ricas. Tal vez a causa de esos 
recuerdos tuviese aspecto tan quisquilloso y grufion, como un perro viejo molestado en 
sus habitos y que intenta encontrar su cesta con cojin dondequiera que le abran la 
puerta. 

Le gustaban los bellos jardines y los rosales, no se perdia una rosaleda, por donde 
pasabamos. No hay como los generales para amar las rosas. Ya se sabe. 

Quieras que no, nos poniamos en camino. jMenudo trabajo era poner los pencos al 
trote! Tenian miedo a mo verse por las llagas y, ademas, de nosotros y de la noche 
tambien tenian miedo, jde todo, vamos! iNosotros tambien! Diez veces dabamos la 
vuelta para preguntar el camino al comandante. Diez veces nos trataba de holgazanes y 
asquerosos escaqueados. A fuerza de espuelas, pasabamos, por fin, el ultimo puesto de 
guardia, dabamos la contrasena a los plantones y despues nos lanzabamos de golpe a la 
antipatica aventura, a las tinieblas de aquel pais de nadie. 

A fuerza de deambular de un limite de la sombra a otro, acababamos orientandonos 
un poquito, eso creiamos al menos... En cuanto una nube parecia mas clara que otra, nos 
deciamos que habiamos visto algo... Pero lo unico seguro ante nosotros era el eco que 
iba y venia, del trote de los caballos, un ruido que te ahoga, enorme, que no quieres ni 
imaginar. Parecia que trotaban hasta el cielo, que convocaban a cuantos caballos 
existiesen en el mundo, para mandarnos matar. Por lo demas, cualquiera habria podido 
hacerlo con una sola mano, con una carabina, bastaba con que la apoyara, mientras nos 
esperaba, en el tronco de un arbol. Yo siempre me decia que la primera luz que veriamos 
seria la del escopetazo final. 

Al cabo de cuatro semanas, desde que habia empezado la guerra, habiamos llegado a 
estar tan cansados, tan desdichados, que, a fuerza de cansancio, yo habia perdido un 
poco de mi miedo por el camino. La tortura de verte maltratado dia y noche por aquella 
gente, los suboficiales, los de menor grado sobre todo, mas brutos, mezquinos y odiosos 
aun que de costumbre, acaba quitando las ganas, hasta a los mas obstinados, de seguir 
viviendo. 

jAh! jQue ganas de marcharse! jPara dormir! jLo primero! Y, si de verdad ya no hay 
forma de marcharse para dormir, entonces las ganas de vivir se van solas. Mientras 
siguieramos con vida, deberiamos aparentar que buscabamos el regimiento. 

Para que el cerebro de un idiota se ponga en movimiento, tienen que ocurrirle 
muchas cosas y muy crueles. Quien me habia hecho pensar por primera vez en mi vida, 
pensar de verdad, ideas practicas y mias personales, habia sido, por supuesto, el 



comandante Pincon, jeta de tortura. Conque pensaba en el, a mas no poder, mientras me 
bamboleaba, con todo el equipo, bajo el peso del armamento, comparsa que era, 
insignificante, en aquel increible tinglado internacional, en el que me habia metido por 
entusiasmo... Lo confieso. 

Cada metro de sombra ante nosotros era una promesa nueva de acabar de una vez y 
palmarla, pero, de que modo? Lo unico imprevisto en aquella historia era el uniforme 
del ejecutante. ^Seria uno de aqui? ^,0 uno de enfrente? 

jYo no le habia hecho nada, a aquel Pincon! jComo tampoco a los alemanes!... Con 
su cara de melocoton podrido, sus cuatro galones que le brillaban de la cabeza al 
ombligo, sus bigotes tiesos y sus rodillas puntiagudas, sus prismaticos que le colgaban 
del cuello como un cencerro y su mapa a escala 1:100, jvenga, hombre! Yo me 
preguntaba de donde le vendria la mania, a aquel tipo, de enviar a los otros a difiarla. A 
los otros, que no tenian mapa. 

Nosotros, cuatro a caballo por la carretera, haciamos tanto ruido como medio 
regimiento. Debian de oirnos llegar a cuatro horas de alii o, si no, es que no querian 
oirnos. Entraba dentro de lo posible... ^Tendrian miedo de nosotros los alemanes? jA 
saber! 

Un mes de suefio en cada parpado, esa era la carga que llevabamos, y otro tanto en la 
nuca, ademas de unos cuantos kilos de chatarra. 

Se expresaban mal mis compafieros jinetes. Apenas hablaban, con eso esta dicho 
todo. Eran muchachos procedentes de pueblos perdidos de Bretana y nada de lo que 
sabian lo habian aprendido en el colegio, sino en el regimiento. Aquella noche, yo habia 
intentado hablar un poco sobre el pueblo de Barbagny con el que iba a mi lado y que se 
llamaba Kersuzon. 

«Oye, Kersuzon -le dije-, mira, esto es las Ardenas... ^,Ves algo a lo lejos? Yo no veo 
lo que se dice nada...» 

«Esta negro como un culo», me respondio Kersuzon. Con eso bastaba... 

«Oye, ^no has oido hablar de Barbagny durante el dia? ^Por donde era?», volvi a 
preguntarle. 

«No.» 

Y se acabo. 

Nunca encontramos el Barbagny. Dimos vueltas en redondo hasta el amanecer, hasta 
otra aldea, donde nos esperaba el hombre de los prismaticos. Su general tomaba el 
cafelito en el cenador, delante de la casa del alcalde, cuando llegamos. 

«jAh, que hermosa es la juventud, Pincon! », comento en voz muy alta a su jefe de 
Estado Mayor, al vernos pasar, el viejo. Dicho esto, se levanto y se fue hacer pipi y 
despues a dar una vuelta, con las manos a la espalda, encorvada. Estaba muy cansado 
aquella manana, me susurro el ordenanza; habia dormido mal, el general, trastornos de 
la vejiga, segun contaban. 

Kersuzon me respondia siempre igual, cuando le preguntaba por la noche, acabo 
haciendome gracia como un tic. Me repitio lo mismo dos o tres veces, a proposito de la 
obscuridad y el culo, y despues murio, lo mataron, algun tiempo despues, al salir de una 
aldea, lo recuerdo muy bien, una aldea que habiamos confundido con otra, franceses que 
nos habian confundido con los otros. 

Justo unos dias despues de la muerte de Kersuzon fue cuando pensamos y 
descubrimos un medio, lo que nos puso muy contentos, para no volver a perdernos en la 
noche. 

Conque nos echaban del acantonamiento. Muy bien. Entonces ya no deciamos nada. 
No refunfunabamos. «jLargaos!», decia, como de costumbre, el cadaverico. 

«jSi, mi comandante !» 



Y saliamos al instante hacia donde estaba el canon, y sin hacernos de rogar, los cinco. 
Parecia que fueramos a buscar cerezas. Por alii el terreno era muy ondulado. Era el valle 
del Mosa, con sus colinas, cubiertas de vinas con uvas aun no maduras, y el otono y 
aldeas de madera bien seca despues de tres meses de verano, o sea, que ardian con 
facilidad. 

Lo habiamos notado, una noche en que ya no sabiamos adonde ir. Siempre ardia una 
aldea por donde estaba el canon. No nos acercabamos demasiado, nos limitabamos a 
mirarla desde bastante lejos, la aldea, como espectadores, podriamos decir, a diez, doce 
kilometros, por ejemplo. Y despues todas las noches, por aquella epoca, muchas aldeas 
empezaron a arder hacia el horizonte, era algo que se repetia, nos encontrabamos 
rodeados, como por un circulo muy grande en una fiesta curiosa, de todos aquellos 
parajes que ardian, delante de nosotros y a ambos lados, con llamas que subian y lamian 
las nubes. 

Todo se consumia en llamas, las iglesias, los graneros, unos tras otros, los almiares, 
que daban las llamas mas vivas, mas altas que lo demas, y despues las vigas, que se al- 
zaban rectas en la noche, con barbas de pavesas, antes de caer en la hoguera. 

Se distingue bien como arde una aldea, incluso a veinte kilometros. Era alegre. Una 
aldehuela de nada, que ni siquiera se veia de dia, al fondo de un campito sin gracia, 
bueno, pues, jno os podeis imaginar, cuando arde, el efecto que puede llegar a hacer! 
jRecuerda a Notre-Dame! Se tira toda una noche ardiendo, una aldea, aun pequena, al 
final parece una flor enorme, despues solo un capullo y luego nada. 

Empieza a humear y ya es la manana. 

Los caballos, que dejabamos ensillados, por el campo, cerca, no se movian. Nosotros 
nos ibamos a sobar en la hierba, salvo uno, que se quedaba de guardia, por turno, claro 
esta. Pero, cuando hay fuegos que contemplar, la noche pasa mucho mejor, no es algo 
que soportar, ya no es soledad. 

Lastima que no duraran demasiado las aldeas... Al cabo de un mes, en aquella region, 
ya no quedaba ni una. Los bosques tambien recibieron lo suyo, del canon. No duraron 
mas de ocho dias. Tambien hacen fuegos hermosos, los bosques, pero apenas duran. 

Despues de aquello, las columnas de artilleria tomaron todas las carreteras en un 
sentido y los civiles que escapaban en el otro. 

En resumen, ya no podiamos ni ir ni volver; teniamos que quedarnos donde 
estabamos. 

Haciamos cola para ir a difiarla. Ni siquiera el general encontraba ya campamentos 
sin soldados. Acabamos durmiendo todos en pleno campo, el general y quien no era 
general. Los que aun conservaban algo de valor lo perdieron. A partir de aquellos meses 
empezaron a fusilar a soldados para levantarles la moral, por escuadras, y a citar al 
gendarme en el orden del dia por la forma como hacia su guerrita, la profunda, la 
autentica de verdad. 



Tras un descanso, volvimos a montar a caballo, unas semanas despues, y salimos de 
nuevo para el Norte. Tambien el frio vino con nosotros. El canon ya no nos abandonaba. 
Sin embargo, apenas si nos encontrabamos con los alemanes por casualidad, tan pronto 
un hiisar o un grupo de tiradores, por aqui, por alia, de amarillo y verde, colores bonitos. 
Parecia que los buscasemos, pero, al divisarlos, nos alejabamos. En cada encuentro, 
caian dos o tres jinetes, unas veces de los suyos y otras de los nuestros. Y sus caballos 
sueltos, con sus relucientes estribos saltando, venian galopando hacia nosotros de muy 
lejos, con sus sillas de borrenes curiosos y sus cueros frescos como las carteras del dia 
de Afio Nuevo. A reunirse con nuestros caballos venian, amigos al instante. jQue suerte! 
iNosotros no habriamos podido hacer lo mismo! 

Una manana, al volver del reconocimiento, el teniente Sainte-Engence estaba 
invitando a los otros oficiales a comprobar que no les mentia. «jHe ensartado a dos!», 
aseguraba al corro, al tiempo que mostraba su sable, cuya ranura, hecha a proposito para 
eso, estaba llena, cierto, de sangre coagulada. 

«jHa sido barbaro! iBravo, Sainte-Engence!... j Si hubieran visto, sefiores! jQue 
asalto!», lo apoyaba el capitan Ortolan. 

Acababa de ocurrir en el escuadron de Ortolan. 

«jYo no me he perdido nada! jNo andaba lejos! jUn sablazo en el cuello hacia 
delante y a la derecha!... jZas! jCae el primero!... iOtro sablazo en pleno pecho!... jA la 
izquierda! jEnsarten! [Una autentica exhibicion de concurso, senores!... j Bravo otra vez, 
Sainte-Engence! jDos lanceros! jAun kilometro de aqui! ;Alli estan aun los dos mozos! 
jEn pleno sembrado! La guerra se acabo para ellos, ^eh, Sainte-Engence?... iQue 
estocada doble! iHan debido de vaciarse como conejos!» 

El teniente Sainte-Engence, cuyo caballo habia galopado largo rato, acogia los 
homenajes y elogios de sus companeros con modestia. Ahora que Ortolan habia presen- 
tado testimonio en su favor, estaba tranquilo y se largaba, llevaba a comer a su yegua, 
haciendola girar despacio y en circulo en torno al escuadron, reunido como tras una 
carrera de vallas. 

«iDeberiamos enviar alii en seguida otro reconocimiento y por el mismo sitio! jEn 
seguida! -decia el capitan Ortolan, presa de la mayor agitacion-. Esos dos tipos han 
debido de venir a perderse por aqui, pero ha de haber otros detras... jHombre, usted, 
cabo Bardamu! jVaya con sus cuatro hombres!» 

A mi se dirigia el capitan. 

«Y cuando les disparen, pues... jintenten localizarlos y vengan a decirme en seguida 
donde estan! jDeben de ser brandeburgueses!...» 

Los de la activa contaban que en el acuartelamiento, en tiempo de paz, no aparecia 
casi nunca el capitan Ortolan. En cambio, ahora, en la guerra, se desquitaba de lo Undo. 
En verdad, era infatigable. Su ardor, incluso entre tantos otros chiflados, se volvia cada 
dia mas senalado. Tomaba cocaina, segun contaban tambien. Palido y ojeroso, siempre 
agitado sobre sus fragiles miembros, en cuanto ponia pie a tierra, primero se tambaleaba 
y despues recuperaba el dominio de si mismo y recorria, rabioso, los surcos en busca de 
una empresa de bravura. Habria sido capaz de enviarnos a coger fuego en la boca de los 
canones de enfrente. Colaboraba con la muerte. Era como para jurar que esta habia 
firmado un contrato con el capitan Ortolan. 

La primera parte de su vida (segun me informe) la habia pasado en concursos 



hipicos, rompiendose las costillas varias veces al ano. Las piernas, a fuerza de romper- 
selas tambien y de no utilizarlas para andar, habian perdido las pantorrillas. Ya solo 
sabia avanzar a pasos nerviosos y de puntillas, como sobre zancos. En tierra, con su 
desmesurada hopalanda, encorvado bajo la lluvia, era como para confundirlo con la 
popa fantasmal de un caballo de carreras. 

Conviene sefialar que, al comienzo de la monstruosa empresa, es decir, en el mes de 
agosto, hasta septiembre incluso, ciertas horas, dias enteros a veces, algunos tramos de 
carreteras, algunos rincones de bosques, resultaban favorables para los condenados... 
Podia uno acariciar la ilusion de estar mas o menos tranquilo y jalarse, por ejemplo, una 
lata de conservas con su pan, hasta el final, sin dejarse veneer por el presentimiento de 
que seria la ultima. Pero a partir de octubre se acabaron para siempre, esas treguas 
momentaneas, la granizada se volvio mas copiosa, mas densa, mas trufada, mas rellena 
de obuses y balas. Pronto ibamos a estar en plena tormenta y lo que procurabamos no 
ver estaria entonces justo delante de nosotros y ya no se podria ver otra cosa: nuestra 
muerte. 

La noche, que tanto habiamos temido en los primeros momentos, se volvia en 
comparacion bastante suave. Acabamos esperandola, deseandola. De noche nos dispa- 
raban con menos facilidad que de dia. Y ya solo contaba esa diferencia. 

Resultaba dificil llegar a lo esencial, aun en relacion con la guerra, la fantasia resiste 
mucho tiempo. 

Los gatos demasiado amenazados por el fuego acaban por fuerza yendo a arrojarse al 
agua. 

De noche, viviamos aqui y alia cuartos de hora que se parecian bastante a la adorable 
epoca de paz, a esa epoca ya increible, en que todo era benigno, en que nada tenia 
importancia en el fondo, en que se sucedian tantas otras cosas, que se habian vuelto, 
todas, extraordinaria, maravillosamente agradables. Un terciopelo vivo, aquella epoca 
depaz... 

Pero pronto las noches tambien sufrieron, a su vez, el acoso sin piedad. Hubo casi 
siempre que forzar aun mas la fatiga de noche, sufrir un pequeno suplemento, aunque 
solo fuera para comer, o para echar unas cabezadas en la obscuridad. Llegaba a las 
lineas de vanguardia, la comida, arrastrandose vergonzosa y pesada, en largos cortejos 
cojeantes de carromatos inestables, atestados de carne, prisioneros, heridos, avena, arroz 
y gendarmes, y priva tambien, en garrafas, que tan bien recuerdan a la juerga, panzudas 
y dando tumbos. 

A pie, los rezagados tras la fragua y el pan y prisioneros de los nuestros, y de ellos 
tambien, maniatados, condenados a esto, a lo otro, mezclados, atados por las mufiecas al 
estribo de los gendarmes, algunos para ser fusilados al dia siguiente, no mas tristes que 
los otros. Tambien comian esos, su racion de aquel atun tan dificil de digerir (no les iba 
a dar tiempo), en espera de que la columna se pusiese en marcha de nuevo, al borde de 
la carretera... y el mismo y ultimo pan con un civil encadenado a ellos, que, segun 
decian, era un espia y que no comprendia nada. Nosotros tampoco. 

La tortura del regimiento continuaba entonces en la forma nocturna, a tientas por las 
callejuelas accidentadas de la aldea sin luz ni rostro, doblados bajo sacos mas pesados 
que hombres, de un granero desconocido a otro, insultados, amenazados, de uno a otro, 
azorados, sin la menor esperanza de acabar sino entre las amenazas, el estiercol y el 
asco por habernos visto torturados, enganados hasta los tuetanos por una horda de locos 
furiosos, incapaces ya de otra cosa, si acaso, que matar y ser destripados sin saber por 
que. 

Tendidos en el suelo, entre dos montones de estiercol, pronto nos veiamos obligados, 
a fuerza de insultos, a fuerza de patadas, por los cerdos de los suboficiales a ponernos de 



nuevo en pie para cargar mas carromatos, aun, de la columna. 

La aldea rebosaba comida y escuadrones en la noche abotargada de grasa, manzanas, 
avena, azucar, que se habian de cargar a cuestas y repartir por el camino, al paso de los 
escuadrones. Traia de todo, el convoy, excepto la fuga. 

Los de servicio, agotados, se desplomaban en torno al carromato y entonces aparecia 
el furriel, enfocando el farol por encima de aquellas larvas. Aquel macaco con papada 
tenia que descubrir, en medio de cualquier caos, abrevaderos. jAgua para los caballos! 
Pero llegue a ver a cuatro de los hombres, con el culo metido y todo, sobando, 
desvanecidos de suefio, con el agua hasta el cuello. 

Despues del abrevadero, habia que volver a encontrar la alqueria y la callejuela por 
donde habiamos venido y en donde nos parecia haber dejado al escuadron. Si no 
encontrabamos nada, teniamos libertad para desplomarnos una vez mas junto a un muro, 
durante una hora solo, si es que quedaba una, a sobar. En ese oficio de dejarse matar, no 
hay que ser exigente, hay que hacer como si la vida siguiera, eso es lo mas duro, esa 
mentira. 

Y regresaban hacia la retaguardia, los furgones. Huyendo del alba, el convoy 
reanudaba su marcha, con todas sus torcidas ruedas crujiendo, se iba acompafiado por 
mi deseo de que lo sorprendieran, despedazasen, quemaran, por fin, ese mismo dia, 
como se ve en los grabados militares, saqueado el convoy, para siempre, con toda la 
comitiva de sus gorilas gendarmes, herraduras y reenganchados con linternas y todo su 
cargamento de faenas, lentejas y otras harinas, que no habia modo de hacer cocer nunca, 
y no volvieramos a verlo jamas. Ya que, puestos a dinarla de fatiga o de otra cosa, la 
forma mas dolorosa es cargando sacos para llenar con ellos la noche. 

El dia que los hicieran trizas asi, hasta los ejes, a aquellos cabrones, al menos nos 
dejarian en paz, pensaba yo, y, aunque solo fuese durante toda una noche, podriamos 
dormir al menos una vez por entero, en cuerpo y alma. 

Una pesadilla mas, aquel avituallamiento, pequeho monstruo fastidioso y parasito del 
gran ogro de la guerra. Brutos delante, al lado y detras. Los habian distribuido por todas 
partes. Condenados a una muerte aplazada, ya no podiamos veneer las ganas, enormes, 
de sobar y todo, ademas de eso, se volvia sufrimiento, el tiempo y el esfuerzo para 
comer. Un tramo de riachuelo, una cara de muro que creiamos reconocer... Nos 
guiabamos por los olores para encontrar otra vez la alqueria del escuadron, 
transformados en perros en la noche de guerra de las aldeas abandonadas. El que guia 
aun mejor es el olor a mierda. 

El brigada de avituallamiento, guardian de los odios de la tropa, duefio del mundo de 
momento. Quien habia del porvenir es un tunante, lo que cuenta es el presente. Invocar 
la posteridad es hacer un discurso a los gusanos. En la noche de la aldea en guerra, el 
brigada guardaba a los animales humanos para las grandes matanzas que acababan de 
empezar. jEs el rey, el brigada! jEl Rey de la Muerte! j Brigada Cretelle! jExacto! No 
hay nadie mas poderoso. Tan poderoso como el, solo un brigada de los otros, los de 
enfrente. 

No quedaban con vida en el pueblo sino gatos aterrados. El mobiliario, hecho astillas 
primero, pasaba a hacer fuego para el rancho, sillas, butacas, aparadores, del mas ligero 
al mas pesado. Y todo lo que se podia cargar a la espalda, se lo llevaban, mis 
compafieros. Peines, lamparitas, tazas, cositas futiles y hasta coronas de novia, todo 
valia. Como si aun tuvieramos por delante muchos afios de vida. Robaban para 
distraerse, para hacer ver que aun tenian para rato. Deseos de eternidad. 

El canon para ellos no era sino ruido. Por eso pueden durar las guerras. Ni siquiera 
quienes las hacen, quienes estan haciendolas, las imaginan. Con una bala en el vientre, 
habrian seguido recogiendo sandalias viejas por la carretera, que aun «podian servir». 



Asi el cordero, rendido en el prado, agoniza y pace aiin. La mayoria de la gente no 
muere hasta el ultimo momento; otros empiezan veinte afios antes y a veces mas. Son 
los desgraciados de la tierra. 

Yo, por mi parte, no era demasiado prudente, pero me habia vuelto lo bastante 
practico como para ser cobarde, en definitiva. Seguramente daba, a causa de esa resolu- 
cion, impresion de gran serenidad. El caso es que inspiraba, tal como era, una paradojica 
confianza a nuestro capitan, el propio Ortolan, quien decidio confiarme aquella noche 
una mision delicada. Se trataba, me explico, confidencial, de dirigirme al trote antes del 
amanecer a Noirceur-sur-la-Lys, ciudad de tejedores, situada a catorce kilometros de la 
aldea donde estabamos acampados. Debia cerciorarme, en la plaza misma, de la 
presencia del enemigo. Desde por la mafiana los enviados no cesaban de contradecirse 
al respecto. El general Des Entrayes estaba impaciente. Para ese reconocimiento, se me 
permitio escoger un caballo de entre los menos purulentos del peloton. Hacia mucho 
que no habia estado solo. De pronto me parecio que me marchaba de viaje. Pero la 
liberacion era ficticia. 

En cuanto me puse en camino, por la fatiga, me costo trabajo, pese a mis esfuerzos, 
imaginar mi propia muerte, con suficiente precision y detalle. Avanzaba de arbol en 
arbol, haciendo ruido con mi chatarra. Ya solo mi bello sable valia, por el plomo, un 
piano. Tal vez fuera yo digno de lastima, pero en todo caso, eso seguro, estaba grotesco. 

^En que estaba pensando el general Des Entrayes para enviarme asi, con aquel 
silencio, completamente cubierto de cimbales? En mi, no, desde luego. 

Los aztecas destripaban por lo comun, segun cuentan, en sus templos del sol, a 
ochenta mil creyentes por semana, como sacrificio al Dios de las nubes para que les en- 
viara lluvia. Son cosas que cuesta creer antes de ir a la guerra. Pero, una vez en ella, 
todo se explica, tanto los aztecas como su desprecio por los cuerpos ajenos; el mismo 
debia de sentir por mis humildes tripas nuestro general Celadon des Entrayes, ya citado, 
que habia llegado a ser, por los ascensos, como un dios concreto, el tambien, como un 
pequeno sol atrozmente exigente. 

Solo me quedaba una esperanza muy pequena, la de que me hiciesen prisionero. Era 
minima esa esperanza, un hilo. Un hilo en la noche, pues las circunstancias no se 
prestaban en absoluto a las cortesias preliminares. En esos momentos recibes antes un 
tiro de fusil que un saludo con el sombrero. Por lo demas, ^que le iba a poder decir yo, a 
aquel militar hostil por principio y venido a proposito para asesinarme del otro extremo 
de Europa?... Si el vacilaba un segundo (que me bastaria), ^que le diria yo?... Pero, ante 
todo, ^que seria, en realidad? ^Un dependiente de almacen? ^Un reenganchado 
profesional? ^Un enterrador tal vez? ^En la vida civil? ^Un cocinero?... Los caballos 
tienen mucha suerte, pues, aunque sufren tambien la guerra, como nosotros, nadie les 
pide que la subscriban, que aparenten creer en ella. jDesdichados, pero libres, caballos! 
Por desgracia, el entusiasmo, tan zalamero, jes solo para nosotros! 

En ese momento distinguia muy bien la carretera y, ademas, situados a los lados, 
sobre el legamo del suelo, los grandes cuadrados y volumenes de las casas, con paredes 
blanqueadas por la luna, como grandes trozos de hielo desiguales, todo silencio, en 
bloques palidos. ^Seria alii el fin de todo? ^Cuanto tiempo pasaria, en aquella soledad, 
despues de que me hubieran apanado? i Antes de acabar? ^Y en que zanja? i Junto a cual 
de aquellos muros? ^Me rematarian tal vez? ^De una cuchillada? A veces arrancaban las 
manos, los ojos y lo demas... jSe contaban muchas cosas al respecto y nada divertidas! 
^Quien sabe?... Un paso del caballo... Otro mas... ^bastarian? Esos animales trotan 
como dos hombres con zapatos de hierro y pegados uno al otro, con un paso de 
gimnasia muy extrano y desigual. 

Mi corazon al calorcito, tras su verjita de costillas, conejo agitado, acurrucado, 



estupido. 

Al tirarte de un salto desde lo alto de la Torre Eiffel, debes de sentir cosas asi. 
Querrias agarrarte al espacio. 

Conservo secreta para mi su amenaza, aquella aldea, pero no del todo. En el centro 
de una plaza, un minusculo surtidor gorgoteaba para mi solo. 

Tenia todo, para mi solo, aquella noche. Era propietario por fin de la luna, de la 
aldea, de un miedo tremendo. Iba a salir al trote de nuevo (Noirceur-sur-la-Lys debia de 
estar aun a una hora de camino al menos), cuando adverti un resplandor muy tenue por 
encima de una puerta. Me dirigi derecho hacia el y asi me descubri una especie de 
audacia, desertora, cierto, pero insospechada. El resplandor desaparecio en seguida, 
pero yo lo habia visto bien. Llame. Insisti, volvi a llamar, interpele a voces, primero en 
aleman y luego en frances, por si acaso, a aquellos desconocidos, encerrados tras la 
sombra. 

Por fin se abrio la puerta, un batiente. 

«^,Quien es usted?», dijo una voz. Estaba salvado. 

«Soy un dragon.. .» 

«^Frances?» Podia distinguir a la mujer que hablaba. 

«Si, frances. ..» 

«Es que han pasado por aqui tantos dragones alemanes... Tambien hablaban frances, 
esos...» 

«Si, pero yo soy frances de verdad...» 

«jAh!.» 

Parecia dudarlo. 

«^D6nde estan ahora?», pregunte. 

«Se han marchado hacia Noirceur sobre las ocho...» Y me indicaba el Norte con el 
dedo. 

Una muchacha, con delantal bianco y manton, salia tambien de la sombra ahora, 
hasta el umbral de la puerta... 

«^Que les han hecho -pregunte- los alemanes?» 

«Han quemado una casa cerca de la alcaldia y, ademas, han matado a mi hermanito 
de una lanzada en el vientre... cuando jugaba en el Puente Rojo y los miraba pasar... 
jMire! -Y me mostro-. Ahi esta...» 

No lloraba. Volvio a encender la vela, cuyo resplandor habia yo sorprendido. Y 
distingui -era cierto- al fondo el pequeno cadaver tendido sobre un colchon y vestido de 
marinero, y el cuello y la cabeza, tan lividos como el resplandor de la vela, sobresalian 
de un gran cuello azul cuadrado. Estaba encogido, el nifio, con brazos, piernas y espalda 
encorvados. La lanza le habia pasado, como un eje de la muerte, por el centro del 
vientre. Su madre lloraba con fuerza, a su lado, de rodillas, y el padre tambien. Y 
despues se pusieron a gemir todos juntos. Pero yo tenia mucha sed. 

«^Tendrian una botella de vino para venderme?», pregunte. 

«Preguntele a mi madre... Tal vez sepa si queda... Los alemanes nos han cogido 
mucho hace un rato...» 

Y entonces se pusieron a discutir sobre eso en voz muy baja. 

«jNo queda! -vino a anunciarme la muchacha-. Los alemanes se lo han llevado 
todo... Y eso que les habiamos dado sin que lo pidieran y mucho... » 

«jAh, si! jLo que han bebido! -comento la madre, que habia dejado de llorar, de 
repente-. Les gusta mucho. ..» 

«Mas de cien botellas, seguro», afiadio el padre, que seguia de rodillas... 

«Entonces, ^no queda ni una sola? -insisti, con esperanza aun, pues tenia una sed 
tremenda, y sobre todo de vino bianco, bien amargo, el que despabila un poco-. Estoy 



dispuesto apagar...» 

«Ya solo queda del bueno. Cuesta cinco francos la botella...», concedio entonces la 
madre. 

«jMuy bien!» Y saque mis cinco francos del bolsillo, una moneda grande. 

«jVe a buscar una!», ordeno en voz baja a la hermana. 

La hermana cogio la vela y al cabo de un instante subio con una botella de litro. 

Estaba servido, ya solo me quedaba marcharme. 

«^Volveran?», pregunte, de nuevo inquieto. 

«Quiza -contestaron a coro-. Pero entonces lo quemaran todo... Lo han prometido al 
marcharse...» 

«Voy a ir a ver.» 

«Es usted muy valiente... jEs por ahi!», me indicaba el padre, en direccion a 
Noirceur-sur-la-Lys... Salio incluso a la calzada para verme marchar. La hija y la madre 
se quedaron, atemorizadas, junto al cadaver del pequefio, en vela. 

«jVuelve! -le decian desde dentro-. Entra, Joseph, que a ti no se te ha perdido nada 
en la carretera...» 

«Es usted muy valiente», volvio a decirme el padre y me estrecho la mano. 

Me puse en camino hacia el Norte, al trote. 

«jAl menos, no les diga que aun estamos aqui!» La muchacha habia vuelto a salir 
para gritarme eso. 

«Eso ya lo veran ellos, manana, si estan aqui», respondi. No estaba contento de haber 
dado mis cinco francos. 

Cinco francos se interponian entre nosotros. Son suficientes para odiar, cinco 
francos, y desear que revienten todos. No hay amor que valga en este mundo, mientras 
haya cinco francos de por medio. 

«j Manana !», repetian, incredulos... 

Manana, para ellos tambien, estaba lejos, no tenia demasiado sentido, un manana asi. 
En el fondo, el caso, para todos nosotros, era vivir una hora mas, y una sola hora en un 
mundo en que todo se ha reducido al crimen es ya algo extraordinario. 

No duro mucho. Yo trotaba de arbol en arbol y no me habria extrafiado verme 
interpelado o fusilado de un momento a otro. Y se acabo. 

No debian de ser mas de las dos de la manana, cuando llegue a la cima de una 
pequefia colina, al paso. Desde alii distingui de repente filas y mas filas de faroles de 
gas encendidos abajo y despues, en primer piano, una estacion iluminada con sus 
vagones, su cantina, de la que, sin embargo, no llegaba ningun ruido... Nada. Calles, 
avenidas, farolas y mas filas paralelas de luces, barrios enteros, y despues el resto 
alrededor, solo obscuridad, vacio, avido en torno a la ciudad, extendida, desplegada ante 
mi, como si la hubieran perdido, la ciudad, iluminada y esparcida en medio de la noche. 
Descabalgue y me sente en un cerrito a contemplarla un buen rato. 

Seguia sin saber si los alemanes habian entrado en Noirceur, pero, como en esos 
casos acostumbraban a incendiarlo todo, si habian entrado y no incendiaban la ciudad al 
instante, queria decir seguramente que tenian ideas y proyectos inhabituales. 

Tampoco disparaba el canon, era extrafio. 

Tambien mi caballo queria acostarse. Tiraba de la brida y eso me hizo volverme. 
Cuando volvi a mirar hacia la ciudad, algo habia cambiado el aspecto del cerro ante mi, 
no gran cosa, desde luego, pero lo suficiente, aun asi, como para que gritara: «jEh! 
^Quien vive?...» Ese cambio en la disposicion de la sombra se habia producido a unos 
pocos pasos... Debia de ser alguien... 

«jNo grites tanto!», respondio una voz de hombre, pastosa y ronca, una voz que 
parecia muy francesa. 



«^Tu tambien estas rezagado?», me pregunto. Ahora podia verlo. Era un soldado de 
infanteria, con la visera bien bajada, como los «padres». Despues de tantos afios, aiin 
recuerdo bien aquel momento, su silueta saliendo de entre la maleza, como hacian los 
blancos, los soldados, en los tiros de las ferias. 

Nos acercamos el uno al otro. Yo llevaba el revolver en la mano. Un poco mas y 
habria disparado sin saber por que. 

«Oye -me pregunto-, ^los has visto, tu?» 

«No, pero vengo por aqui para verlos.» 

«^,Eres del 145° de dragones?» 

«Si. iY tu?» 

«Yo soy un reservista...» 

«jAh!», dije. Me sorprendia, un reservista. Era el primero que me encontraba en la 
guerra. Nosotros siempre habiamos estado con hombres de la activa. No veia yo su 
figura, pero su voz era ya distinta de las nuestras, como mas triste y, por tanto, mas 
aceptable que las nuestras. Por eso, no podia por menos de sentir un poco de confianza 
hacia el. Ya era algo. 

«Estoy harto -repetia-. Me voy a dejar coger por los boches.» 

No ocultaba nada. 

«^Y como vas a hacer?» 

De repente, me interesaba, su proyecto, mas que nada. 

^Como iba a arreglarselas para conseguir que lo apresaran? 

«Aun no lo se...» 

«^,C6mo has conseguido largarte?... jNo es facil dejarse coger!» 

«Me importa un bledo, ire a entregarme.» 

«Entonces, ^tienes miedo?» 

«Tengo miedo y, ademas, esto me parece cosa de locos, si quieres que te diga la 
verdad. Me tienen sin cuidado los alemanes, no me han hecho nada...» 

«Callate -le dije-, tal vez nos oigan...» 

Yo sentia como un deseo de ser cortes con los alemanes. Me habria gustado que me 
explicara, ya que estaba, aquel reservista, por que no tenia valor yo tampoco, para hacer 
la guerra, como todos los demas... Pero no explicaba nada, solo repetia que estaba hasta 
la coronilla. 

Entonces me conto la desbandada de su regimiento, la vispera, al amanecer, por 
culpa de los cazadores de a pie, de los nuestros, que por error habian abierto fuego con- 
tra su compafiia, a campo traviesa. No los esperaban a esa hora. Habian llegado tres 
horas antes de lo previsto. Entonces los cazadores, fatigados, sorprendidos, los habian 
acribillado. Yo ya me conocia eso, ya me habia pasado. 

«Y yo, jtu fijate! Una ocasion asi, imenudo si la aproveche! -afiadio-. "Robinson", 
me dijo. Me llamo Robinson... [Robinson Leon! "Si quieres pirartelas, jahora o nunca!", 
me dije... ^No te parece? Conque me meti por un bosquecillo y despues alii, tu figurate, 
me encontre a nuestro capitan... Estaba apoyado en un arbol, jbien jodido el capi!... 
Estirando la pata... Se sujetaba el pantalon con las dos manos y venga escupir... 
Sangraba por todo el cuerpo y los ojos le daban vueltas... No habia nadie con el. Habia 
recibido una buena... "jMama! jMama!", lloriqueaba, mientras reventaba y meaba 
sangre tambien... 

»"jCorta el rollo!", fui y le dije. "jMama! Si, si, jen eso esta pensando tu mama!"... 
jAsi, chico, al pasar!... jEn sus narices! jlmaginate! jSe debio de correr de gusto, aquel 
cabron!... ^No?... No se presentan muchas ocasiones, de decirle lo que piensas, al 
capitan... Hay que aprovecharlas. Y, para largarme mas rapido, tire el petate y las armas 
tambien... En un estanque de patos que habia alii al lado... Es que, aqui donde me ves, 



yo no tengo ganas de matar a nadie, no he aprendido... Ya en tiempos de paz, no me 
gustaba la camorra... Me marchaba... Conque, jya te puedes imaginar!... En la vida civil, 
procuraba no faltar a la fabrica... Incluso llegue a ser un grabador discrete, pero no me 
gustaba, por las disputas, preferia vender los periodicos de la tarde y en un barrio 
tranquilo, por donde me conocian, cerca del Banco de Francia... Place des Victoires, 
para ser mas exactos... Rue des Petits-Champs... Esa era mi zona... Nunca pasaba de la 
Rue du Louvre y el Palais-Royal, por un lado, ya ves tu... Por la mafiana, hacia recados 
para los comerciantes... Por la tarde, un reparto de vez en cuando, a salto de mata, va- 
mos... Alguna chapuza... Pero, ja mi que no me hablen de armas!... Si los alemanes te 
ven con armas, £eh? jEstas listo! Mientras que cuando vas a la buena de Dios, como yo 
ahora... Nada en las manos... Nada en los bolsillos... Notan que les costara menos 
apresarte, ^comprendes? Saben con quien tienen que haberselas... Si pudieras llegar 
desnudo hasta los alemanes, seria lo mejor... jComo un caballo! Entonces, no podrian 
saber de que arma eres...» 

«jEso es verdad!» 

Me daba cuenta de que la edad ayuda para las ideas. Te vuelves practico. 

«Estan ahi, ^no?» Mirabamos y calculabamos juntos nuestras posibilidades y 
buscabamos nuestro futuro, como en las cartas, en el gran piano luminoso que nos 
ofrecia la ciudad en silencio. 

«^Vamos?» 

En primer lugar habia que pasar la linea del ferrocarril. Si habia centinelas, nos 
apuntarian. Tal vez no. Habia que ver. Pasar por encima o por debajo, por el tunel. 

«Tenemos que darnos prisa -anadio aquel Robinson-. Hay que hacerlo de noche; de 
dia ya no hay amigos, todo el mundo trabaja para la galeria; por el dia, tu fijate, hasta en 
la guerra es la feria... ^Te llevas el penco?» 

Me lleve el penco. Por prudencia, para salir pitando, si no nos recibian bien. 
Llegamos al paso a nivel, con los grandes brazos rojos y blancos levantados. Nunca 
habia visto barreras de esa forma. Las de las afueras de Paris no eran asi. 

«^Crees tu que habran entrado ya en la ciudad?» 

«jSeguro! -dijo-. jSigue adelante!...» 

Ahora nos veiamos obligados a ser tan valientes como los valientes; el caballo, que 
avanzaba tranquilo tras nosotros, como si nos empujara con su ruido, no nos dejaba oir 
nada. jToe! jToe! jToe!, con sus herraduras. Golpeaba enpleno eco, tan campante. 

Entonces, ^contaba con la noche, aquel Robinson, para sacarnos de alii?... ibamos al 
paso los dos, por el centro de la calle vacia, sin la menor cautela, marcando el paso aun, 
como en la instruccion. 

Tenia razon, Robinson, el dia era implacable, de la tierra al cielo. Tal como ibamos 
por la calzada, debiamos de tener aspecto muy inofensivo, los dos, muy ingenuo in- 
cluso, como si volvieramos de permiso. 

«^Te has enterado de que han apresado al 1° de husares entero?... ^en Lille?... 
Entraron asi, segun dicen, no sabian, jeh!, con el coronel delante... iPor una calle prin- 
cipal, chico! Los cercaron... Por delante... Por detras... [Alemanes por todos lados!... [En 
las ventanas!... Por todos lados... Listo... jComo ratas cayeron!... jComo ratas! [Tu fijate 
quepotra!...» 

«jAh! jQue cabritos!...» 

«iTu fijate! [Tu fijate!...» No saliamos de nuestro asombro ante aquella admirable 
captura, tan limpia, tan definitiva... Nos habia dejado boquiabiertos. Las tiendas tenian 
todos los postigos cerrados, los hotelitos tambien, con su jardincillo delante, todo muy 
limpio. Pero, tras pasar por delante de Correos, vimos que uno de aquellos hotelitos, un 
poco mas bianco que los demas, tenia todas las ventanas iluminadas, tanto en la planta 



baja como en el entresuelo. Nos acercamos y llamamos a la puerta. Nuestro caballo 
seguia detras de nosotros. Un hombre grueso y barbudo nos abrio. «jSoy el alcalde de 
Noirceur -fue y anuncio al instante, sin que le preguntaramos- y estoy esperando a los 
alemanes!» Y salio, el alcalde, al claro de luna para reconocernos. Cuando comprobo 
que no eramos alemanes, sino franceses, no se mostro tan solemne, solo cordial. Y 
tambien cohibido. Evidentemente, ya no nos esperaba, nuestra llegada contrariaba las 
disposiciones y resoluciones que habia tenido que adoptar. Los alemanes debian entrar 
en Noirceur aquella noche, estaba avisado y habia dispuesto todo de acuerdo con la 
Prefectura, su coronel aqui, su ambulancia alia, etc.. ^Y si entraban en aquel momento? 
^Estando nosotros alii? jSeguro que crearia dificultades! Provocaria complicaciones... 
No nos lo dijo a las claras, pero se veia que lo pensaba. 

Entonces se puso a hablarnos del interes general, alii, en plena noche, en el silencio 
en que estabamos perdidos. Solo del interes general... De los bienes materiales de la 
comunidad... Del patrimonio artistico de Noirceur, confiado a su cargo, cargo sagrado 
donde lo hubiera... De la iglesia del siglo XV, sobretodo... ^La quemarian, la iglesia del 
siglo XV? jComo la de Conde-sur-Yser, alii cerca! ^Eh?... Por simple mal humor... Por 
despecho, al encontrarnos alii... Nos hizo sentir toda la responsabilidad en que 
incurriamos... jlnconscientes soldados jovenes que eramos!... A los alemanes no les 
gustaban las ciudades sospechosas, por las que aiin merodearan militares enemigos. Ya 
se sabia. 

Mientras nos hablaba asi, a media voz, su mujer y sus dos hijas, rubias llenitas y 
apetitosas, se mostraban de perfecto acuerdo, con una palabra de vez en cuando... En 
resumen, nos echaban. Entre nosotros flotaban los valores sentimentales y 
arqueologicos, vitales de repente, pues ya no quedaba nadie en Noirceur para impugnar- 
los... Patrioticos, morales, estimulados por las palabras, fantasmas que intentaba atrapar, 
el alcalde, pero que se esfumaban al punto, vencidos por nuestro miedo y nuestro 
egoismo y tambien por la verdad pura y simple. 

Hacia esfuerzos extenuantes y conmovedores, el alcalde de Noirceur, para intentar 
convencernos, con pasion, de que nuestro deber era, sin lugar a dudas, largarnos en 
seguida con viento fresco y a todos los diablos, menos brutal, desde luego, que nuestro 
comandante Pincon, pero tan decidido en su genero. 

Lo unico seguro que oponer, a todos aquellos poderosos, era, sin duda, nuestro 
humilde deseo de no morir ni arder. Era poco, sobre todo porque esas cosas no pueden 
declararse durante la guerra. Conque nos encaminamos hacia otras calles vacias. La 
verdad era que todas las personas con las que me habia encontrado aquella noche me 
habian revelado su alma. 

«jMira que tengo suerte! -comento Robinson, cuando nos ibamos-. jYa ves! Si ni 
hubieras sido un aleman, como tambien eres buen muchacho, me habrias hecho 
prisionero y todo habria acabado bien... jCuesta deshacerse de uno mismo en la guerra!» 

«Y ni -le dije-, si hubieras sido un aleman, ^no me habrias hecho prisionero tambien? 
Entonces, ja lo mejor te habrian concedido su medalla militar! Debe de llamarse con un 
nombre extrano en aleman su medalla militar, ^no?» 

Como seguiamos sin encontrar por el camino a alguien que quisiera hacernos 
prisioneros, acabamos sentandonos en un banco de una placita y nos comimos la lata de 
atiin que Robinson Leon paseaba y calentaba en el bolsillo desde la manana. Muy lejos, 
se oia el canon ahora, pero muy lejos, la verdad. j Si hubieran podido quedarse cada cual 
por su lado, los enemigos, y dejarnos tranquilos! 

Despues seguimos a lo largo de un canal y, junto a las gabarras a medio descargar, 
orinamos, con largos chorros, en el agua. Seguiamos llevando el caballo de la brida, tras 
nosotros, como un perro muy grande, pero cerca del puente, en la casa del barquero, de 



un solo cuarto, tambien sobre un colchon, estaba tendido otro muerto, solo, un frances, 
comandante de cazadores a caballo, que, por cierto, se parecia bastante a Robinson, de 
cara. 

«jMira que es feo! -comento Robinson-. Ami no me gustan los muertos...» 

«Lo mas curioso -le respondi- es que se te parece un poco. Tiene la nariz larga como 
tu y tu no eres mucho menos joven que el...» 

«La fatiga me hace parecer asi; cansados todos nos parecemos un poco, pero si me 
hubieras visto antes... iCuando montaba en bicicleta todos los domingos!... jEra un 
chavea que no estaba mal! Chico, [tenia unas pantorrillas! ;E1 deporte, claro! Tambien 
desarrolla los muslos...» 

Volvimos a salir; la cerilla que habiamos cogido para mirar se habia apagado. 

«jYa ves! jEs demasiado tarde!...» 

Una larga raya gris y verde subrayaba ya a lo lejos la cresta del otero, en el limite de 
la ciudad, en la noche. ;E1 dia! jUno mas! jUno menos! Habria que intentar pasar a 
traves de aquel como de los demas, convertidos en algo asi como aros cada vez mas 
estrechos, los dias, y atestados de trayectorias y metralla. 

«^No vas a venir por aqui la proxima noche?», me pregunto al separarse de mi. 

«jNo hay proxima noche, hombre!... ^Es que te crees un general?)) 

«Yo ya no pienso en nada -dijo, para acabar-. En nada, pe oyes?... Solo pienso en 
no palmarla... Ya es bastante... Me digo que un dia ganado, jes un dia mas!» «Tienes 
razon... jAdios, chico, y suerte!...» «jLo mismo te digo! jTal vez nos volvamos a ver!» 
Volvimos cada uno a nuestra guerra. Y despues ocurrieron cosas y mas cosas, que no es 
facil contar ahora, pues hoy ya no se comprenderian. 



Para estar bien vistos y considerados, tuvimos que darnos prisa y hacernos muy 
amigos de los civiles, porque estos, en la retaguardia, se volvian, a medida que avanzaba 
la guerra, cada vez mas perversos. Lo comprendi en seguida, al regresar a Paris, y 
tambien que las mujeres tenian fuego entre las piernas y los viejos una cara de salidos 
que para que y las manos a lo suyo: los culos, los bolsillos. 

Heredaban de los combatientes, los de la retaguardia, no habian tardado en aprender 
la gloria y las formas adecuadas de soportarla con valor y sin dolor. 

Las madres, unas enfermeras, otras martires, no se quitaban nunca sus largos velos 
sombrios, como tampoco el diploma que les enviaba el ministro a tiempo por mediacion 
del empleado de la alcaldia. En resumen, se iban organizando las cosas. 

Durante los funerales pomposos, la gente esta muy triste tambien, pero no por ello 
dejan de pensar en la herencia, en las proximas vacaciones, en la viuda, que es muy 
mona y tiene temperamento, segun dicen, y en seguir viviendo, uno mismo, por 
contraste, largo tiempo, en no difiarla tal vez nunca... ^Quien sabe? 

Cuando sigues un entierro, todo el mundo se descubre, ceremonioso, para saludarte. 
Da gusto. Es el momenta de comportarse como Dios manda, de adoptar expresion de 
decoro y no bromear en voz alta, de regocijarse solo por dentro. Esta permitido. Por 
dentro todo esta permitido. 

En epoca de guerra, en lugar de bailar en el entresuelo, se bailaba en el sotano. Los 
combatientes lo toleraban y, mas aun, les gustaba. Lo pedian, en cuanto llegaban, y a 
nadie parecia impropio. En el fondo, solo el valor es impropio. ^Ser valiente con tu 
cuerpo? Entonces pedid al gusano que sea valiente tambien; es rosado, palido y blando, 
como nosotros. 

Por mi parte, yo ya no tenia motivos para quejarme. Estaba a punto de liberarme, 
gracias a la medalla militar que habia ganado, la herida y demas. Estando en 
convalecencia, me la habian llevado, la medalla, al hospital. Y el mismo dia me fui al 
teatro, a ensenarsela a los civiles en los entreactos. Gran sensacion. Eran las primeras 
medallas que se veian en Paris. jUn chollete! 

Fue en aquella ocasion incluso cuando, en el salon de la Opera-Comique, conoci a la 
pequefia Lola de America y por ella me espabile del todo. 

Hay ciertas fechas asi, en la vida, que cuentan entre tantos meses en los que habria 
podido uno abstenerse muy bien de vivir. Aquel dia de la medalla en la Opera-Comique 
fue decisivo en mi vida. 

Por ella, por Lola, me entro gran curiosidad por Estados Unidos, por las preguntas 
que le hacia y a las que ella apenas respondia. Cuando te lanzas asi, a los viajes, vuelves 
cuando puedes y como puedes... 

En el momento de que hablo, todo el mundo en Paris queria poseer su uniforme. Los 
unicos que no tenian eran los neutrales y los espias y eran casi los mismos. Lola tenia el 
suyo, su uniforme oficial de verdad, y muy mono, todo el adornado con crucecitas rojas, 
en las mangas, en su gorrito de policia, siempre ladeado, coqueton, sobre sus ondulados 
cabellos. Habia venido a ayudarnos a salvar a Francia, como decia al director del hotel, 
en la medida de sus debiles fuerzas, pero, icon todo el corazon! Nos entendimos en 
seguida, si bien no del todo, porque los arrebatos del corazon habian llegado a 
resultarme de lo mas desagradables. Preferia los del cuerpo, sencillamente. Hay que 
desconfiar por entero del corazon, me lo habian ensefiado, jy de que modo!, en la 



guerra. Y no me iba a ser facil olvidarlo. 

El corazon de Lola era tierno, debil y entusiasta. Su cuerpo era gracioso, muy 
amable, y hube de tomarla, en conjunto, como era. Al fin y al cabo, era buena chica, 
Lola; solo, que entre nosotros se interponia la guerra, esa rabia de la hostia, tremenda, 
que impulsaba a la mitad de los humanos, amantes o no, a enviar a la otra mitad al 
matadero. Conque, por fuerza, entorpecia las relaciones, una mania asi. Para mi, que 
prolongaba mi convalecencia lo mas posible y no sentia el menor interes por volver a 
ocupar mi puesto en el ardiente cementerio de las batallas, el ridiculo de nuestra 
matanza se me revelaba, chillon, a cada paso que daba por la ciudad. Una picardia in- 
mensa se extendia por todos lados. 

Sin embargo, tenia pocas posibilidades de eludirla, carecia de las relaciones 
indispensables para salir bien librado. Solo conocia a pobres, es decir, gente cuya 
muerte no interesa a nadie. En cuanto a Lola, no habia que contar con ella para 
enchufarme. Siendo como era enfermera, no se podia imaginar una persona, salvo el 
propio Ortolan, mas combativo que aquella nifia encantadora. Antes de haber pasado el 
fangoso fregado de los heroismos, su aire de Juana de Arco me habria podido excitar, 
convertir, pero ahora, desde mi alistamiento de la Place Clichy, cualquier heroismo 
verbal o real me inspiraba un rechazo fobico. Estaba curado, bien curado. 

Para comodidad de las damas del cuerpo expedicionario americano, el grupo de 
enfermeras al que pertenecia Lola se alojaba en el hotel Paritz y, para facilitarle, a ella 
en particular, aun mas las cosas, le confiaron (estaba bien relacionada) en el propio hotel 
la direccion de un servicio especial, el de los bunuelos de manzana para los hospitales 
de Paris. Todas las mananas se distribuian miles de docenas. Lola desempefiaba esa 
funcion benefica con un celo que, por cierto, mas adelante iba a tener efectos de- 
sastrosos. 

Lola, conviene senalarlo, no habia hecho bunuelos en su vida. Asi, pues, contrato a 
algunas cocineras mercenarias y, tras algunos ensayos, los bunuelos estuvieron listos 
para ser entregados con puntualidad, jugosos, dorados y azucarados, que era un primor. 
En resumen, Lola solo tenia que probarlos antes de que se enviaran a los diferentes 
servicios hospitalarios. Todas las mananas Lola se levantaba a las diez y, tras haberse 
bafiado, bajaba a las cocinas, situadas muy abajo, junto a los sotanos. Eso, cada manana, 
ya digo, y vestida solo con un quimono japones negro y amarillo que un amigo de San 
Francisco le habia regalado la vispera de su partida. 

En resumen, todo marchaba perfectamente y estabamos ganando la guerra, cuando 
un buen dia, a la hora de almorzar, la encontre descompuesta, incapaz de probar un solo 
plato de la comida. Me asalto la aprension de que hubiera ocurrido una desgracia, una 
enfermedad repentina. Le suplique que se confiara a mi afecto vigilante. 

Por haber probado, puntual, los bunuelos durante todo un mes, Lola habia engordado 
mas de un kilo. Por lo demas, su cinturoncito atestiguaba, con una muesca mas, el 
desastre. Vinieron las lagrimas. Intentando consolarla, como mejor pude, recorrimos, en 
taxi y bajo el efecto de la emocion, varias farmacias, situadas en lugares muy diversos. 
Por azar, todas las basculas confirmaron, implacables, que habia ganado sin duda mas 
de un kilo, era innegable. Entonces le sugeri que dejara su servicio a una colega que, al 
contrario, necesitaba entrar en carnes un poquito. Lola no quiso ni oir hablar de ese 
compromiso, que consideraba una verguenza y una autentica desercion en su genero. 
Fue en aquella ocasion incluso cuando me conto que su tio bisabuelo habia formado 
parte tambien de la tripulacion, por siempre gloriosa, del Mayflower, arribado a Boston 
en 1677, y que, en consideracion de tal recuerdo, no podia ni pensar en eludir su deber 
en relacion con los bunuelos, modesto, desde luego, pero, aun asi, sagrado. 

El caso es que a partir de aquel dia ya solo probaba los bunuelos con la punta de los 



dientes, todos muy bonitos, por cierto, y bien alineados. Aquella angustia por engordar 
habia llegado a impedirle disfrutar de nada. Desmejoro. Al cabo de poco, tenia tanto 
miedo a los bunuelos como yo a los obuses. Entonces la mayoria de las veces nos 
ibamos a pasear por higiene, para rehuir los bunuelos, a las orillas del rio, por los 
bulevares, pero ya no entrabamos en el Napolitain, para no tomar helados, que tambien 
hacen engordar a las damas. 

Yo nunca habia sofiado con algo tan confortable para vivir como su habitacion, toda 
ella azul palido, con un bafio contiguo. Fotos de sus amigos por todos lados, dedica- 
torias, pocas mujeres, muchos hombres, chicos guapos, morenos y de pelo rizado, su 
tipo; me hablaba del color de sus ojos y de sus dedicatorias tiernas, solemnes y 
definitivas, todas. Al principio, por educacion, me sentia cohibido, en medio de todas 
aquellas efigies, y despues te acostumbras. 

En cuanto dejaba de besarla, ella volvia a la carga sobre los asuntos de la guerra o los 
bunuelos y yo no la interrumpia. Francia entraba en nuestras conversaciones. Para Lola, 
Francia seguia siendo una especie de entidad caballeresca, de contornos poco definidos 
en el espacio y el tiempo, pero en aquel momento herida grave y, por eso mismo, muy 
excitante. Yo, cuando me hablaban de Francia, pensaba, sin poderlo resistir, en mis 
tripas, conque, por fuerza, era mucho mas reservado en lo relativo al entusiasmo. Cada 
cual con su terror. No obstante, como era complaciente con el sexo, la escuchaba sin 
contradecirla nunca. Pero, tocante al alma, no la contentaba en absoluto. Muy vibrante, 
muy radiante le habria gustado que fuera y, por mi parte, yo no veia por que habia de 
encontrarme en ese estado, sublime; al contrario, veia mil razones, todas irrefutables, 
para conservar el humor exactamente contrario. 

Al fin y al cabo, Lola no hacia otra cosa que divagar sobre la felicidad y el 
optimismo, como todas las personas pertenecientes a la raza de los escogidos, la de los 
privilegios, la salud, la seguridad, y que tienen toda la vida por delante. 

Me fastidiaba, machacona, a proposito de las cosas del alma, siempre las tenia en los 
labios. El alma es la vanidad y el placer del cuerpo, mientras goza de buena salud, pero 
es tambien el deseo de salir de el, en cuanto se pone enfermo o las cosas salen mal. De 
las dos posturas, adoptas la que te resulta mas agradable en el momento, jy se acabo! 
Mientras puedes elegir, perfecto. Pero yo ya no podia elegir, jmi suerte estaba echada! 
Estaba de parte de la verdad hasta la medula, hasta el punto de que mi propia muerte me 
seguia, por asi decir, paso a paso. Me costaba mucho trabajo no pensar sino en mi 
destino de asesinado con sentencia en suspenso, que, por cierto, a todo el mundo le 
parecia del todo normal para mi. 

Hay que haber sobrellevado esa especie de agonia diferida, lucida, con buena salud, 
durante la cual es imposible comprender otra cosa que verdades absolutas, para saber 
para siempre lo que se dice. 

Mi conclusion era que los alemanes podian llegar aqui, degollar, saquear, incendiar 
todo, el hotel, los bunuelos, a Lola, las Tullerias, a los ministros, a sus amiguetes, la 
Coupole, el Louvre, los grandes almacenes, caer sobre la ciudad, como la ira divina, el 
fuego del infierno, sobre aquella feria asquerosa, a la que ya no se podia anadir, la 
verdad, nada mas sordido, y, aun asi, yo no tenia nada que perder, la verdad, nada, y 
todo que ganar. 

No se pierde gran cosa, cuando arde la casa del propietario. Siempre vendra otro, si 
no es el mismo, aleman o trances o ingles o chino, para presentar, verdad, su recibo en 
el momento oportuno... ^En marcos o francos? Puesto que hay que pagar... 

En resumen, estaba mas baja que la leche, la moral. Si le hubiera dicho lo que 
pensaba de la guerra, a Lola, me habria considerado un monstruo, sencillamente, y me 
habria negado las ultimas dulzuras de su intimidad. Asi, pues, me guardaba muy mucho 



de confesarselo. Por otra parte, aun sufria algunas dificultades y rivalidades. Algunos 
oficiales intentaban soplarmela, a Lola. Su competencia era temible, armados como 
estaban, ellos, con las seducciones de su Legion de Honor. Ademas, se empezo a hablar 
mucho de esa dichosa Legion de Honor en los periodicos americanos. Creo incluso que, 
en dos o tres ocasiones en que me puso los cuernos, se habrian visto muy amenazadas, 
nuestras relaciones, si al mismo tiempo no me hubiera descubierto de repente aquella 
frivola una utilidad superior, la que consistia en probar por ella los bufiuelos todas las 
mafianas. 

Esa especializacion de ultima hora me salvo. Acepto que yo la substituyese. ,-Acaso 
no era yo tambien un valeroso combatiente, digno, por tanto, de esa mision de 
confianza? A partir de entonces ya no fuimos solo amantes, sino tambien socios. Asi se 
iniciaron los tiempos modernos. 

Su cuerpo era para mi un gozo que no tenia fin. Nunca me cansaba de recorrer aquel 
cuerpo americano. Era, a decir verdad, un cachondon redomado. Y segui siendolo. 

Llegue incluso al convencimiento, muy agradable y reconfortante, de que un pais 
capaz de producir cuerpos tan audaces en su gracia y de una elevacion espiritual tan 
tentadora debia de ofrecer muchas otras revelaciones capitales: en el sentido biologico, 
se entiende. 

A fuerza de sobar a Lola, decidi emprender tarde o temprano el viaje a Estados 
Unidos, como un autentico peregrinaje y en cuanto fuera posible. En efecto, no pare ni 
descanse (a lo largo de una vida implacablemente adversa y aperreada) hasta haber 
llevado a cabo esa profunda aventura, misticamente anatomica. 

Recibi asi, muy juntito al trasero de Lola, el mensaje de un nuevo mundo. No es que 
tuviera solo un cuerpo, Lola, entendamonos, estaba adornada tambien con una cabecita 
preciosa y un poco cruel por los ojos de color azul grisaceo, que le subian un poquito 
hacia los angulos, como los de los gatos salvajes. 

Solo con mirarla a la cara se me hacia la boca agua, como por un regusto de vino 
seco, de silex. Ojos duros, en resumen, y nada animados por esa graciosa vivacidad 
comercial, que recuerda a Oriente y a Fragonard, de casi todos los ojos de por aqui. 

Nos encontrabamos la mayoria de las veces en un cafe cercano. Los heridos, cada 
vez mas numerosos, iban renqueando por las calles, con frecuencia desalinados. En su 
favor se organizaban colectas, «Jornadas» para estos, para los otros, y sobre todo para 
los organizadores de las «Jornadas». Mentir, foliar, morir. Acababa de prohibirse 
emprender cualquier otra cosa. Se mentia con ganas, mas alia de lo imaginable, mucho 
mas alia del ridiculo y del absurdo, en los periodicos, en los carteles, a pie, a caballo, en 
coche. Todo el mundo se habia puesto manos a la obra. A ver quien decia mentiras mas 
inauditas. Pronto ya no quedo verdad alguna en la ciudad. 

La poca que existia en 1914 ahora daba verguenza. Todo lo que tocabas estaba 
falsificado, el azucar, los aviones, las sandalias, las mermeladas, las fotos; todo lo que se 
leia, tragaba, chupaba, admiraba, proclamaba, refutaba, defendia, no eran sino 
fantasmas odiosos, falsificaciones y mascaradas. Hasta los traidores eran falsos. El 
delirio de mentir y creer se contagia como la sarna. La pequena Lola solo sabia algunas 
frases de fiances, pero eran patrioticas: «On les aural. ..» «Madelon, viens!...» Era como 
para echarse a llorar. 

Se inclinaba asi sobre nuestra muerte con obstinacion, impudor, como todas las 
mujeres, por lo demas, en cuanto llega la moda de ser valientes para los demas. 

jY yo que precisamente me descubria tanto gusto por todas las cosas que me alejaban 
de la guerra! En varias ocasiones le pedi informaciones sobre su America a Lola, pero 
entonces solo me respondia con comentarios de lo mas vagos, pretenciosos y 
manifiestamente inciertos, destinados a causar en mi una impresion brillante. 



Pero ahora yo desconfiaba de las impresiones. Me habian atrapado una vez con la 
impresion, ya no me iban a coger mas con camelos. Nadie. 

Yo creia en su cuerpo, pero no en su espiritu. La consideraba una enchufada 
encantadora, la Lola, a contracorriente de la guerra, de la vida. 

Ella atravesaba mi angustia con la mentalidad del Petit Journal: pompon, charanga, 
mi Lorena y guantes blancos... Entretanto, yo le echaba cada vez mas caliches, porque 
le habia asegurado que eso la haria adelgazar. Pero ella confiaba mas en nuestros largos 
paseos para conseguirlo. En cambio, yo los detestaba, los largos paseos. Pero ella 
insistia. 

Asi, que ibamos con frecuencia, muy deportivos, al Bois de Boulogne, durante 
algunas horas, todas las tardes, el «circuito de los lagos». 

La naturaleza es algo espantoso e incluso cuando esta domesticada con firmeza, 
como en el Bois, aun produce como angustia a los autenticos ciudadanos. Entonces se 
entregan con facilidad a las confidencias. Nada como el Bois de Boulogne, aun humedo, 
enrejado, grasiento y pelado como esta, para hacer afluir los recuerdos, incontenibles, en 
los ciudadanos de paseo entre los arboles. Lola no estaba libre de esa inquietud 
melancolica y confidente. Me conto mil cosas mas o menos sinceras, mientras nos 
paseabamos asi, sobre su vida de Nueva York, sobre sus amiguitas de alia. 

Yo no conseguia discernir del todo lo verosimil, en aquella trama complicada de 
dolares, noviazgos, divorcios, compras de vestidos y joyas, que me parecia colmar su 
existencia. 

Aquel dia fuimos hacia el hipodromo. Por aquellos parajes te encontrabas aun 
muchos simones, a nifios sobre borricos y a otros nifios levantando polvo y autos atesta- 
dos de quintos de permiso que no cesaban de buscar a toda velocidad mujeres vacantes 
por los senderos, entre dos trenes, levantando aun mas polvo, con prisa por ir a cenar y 
hacer el amor, agitados y viscosos, al acecho, atormentados por la hora implacable y el 
deseo de vida. Sudaban de pasion y de calor tambien. 

El Bois estaba menos cuidado que de costumbre, abandonado, en suspenso 
administrativo. 

«Este lugar debia de ser muy bonito antes de la guerra... -observaba Lola-. ^Era 
elegante?... iCuentame, Ferdinand!... ^Y las carreras de aqui?... ^Eran como las de 
Nueva York?... » 

La verdad es que yo no habia ido nunca a las carreras antes de la guerra, pero 
inventaba al instante, para distraerla, cien detalles vistosos al respecto, con ayuda de lo 
que me habian contado, unos y otros. Los vestidos... Las sefioras elegantes... Las calesas 
resplandecientes... La salida... Las cornetas alegres y espontaneas... El salto del rio... El 
Presidente de la Republica... La fiebre ondulante de las apuestas, etc. 

Le gusto tanto, mi descripcion ideal, que aquel relato nos unio. A partir de aquel 
momento, creyo haber descubierto, Lola, que por lo menos teniamos un gusto en co- 
mun, en mi bien disimulado, el de las solemnidades mundanas. Incluso me beso, 
espontanea, de emocion, cosa que muy raras veces hacia, debo decirlo. Y tambien la 
melancolia de las cosas de moda en el pasado la emocionaba. Cada cual llora a su modo 
el tiempo que pasa. Por las modas muertas advertia Lola el paso de los afios. 

«Ferdinand -me pregunto-, ^crees que volvera a haber carreras en este hip6dromo?» 

«Cuando acabe la guerra, seguramente, Lola...» 

«No es seguro, ^verdad?)) 

«No, seguro, no...» 

Esa posibilidad de que no volviese a haber nunca carreras en Longchamp la 
desconcertaba. La tristeza del mundo se apodera de los seres como puede, pero parece 
lograrlo casi siempre. 



«Suponte que aiin dure mucho la guerra, Ferdinand, anos, por ejemplo... Entonces 
sera muy tarde para mi... Para volver aqui... ^Me comprendes, Ferdinand?... Me gustan 
tanto, verdad, los lugares bonitos como este... Muy mundanos... Muy elegantes... Sera 
demasiado tarde... Para siempre demasiado tarde... Tal vez... Sere vieja entonces, 
Ferdinand. Cuando se reanuden las reuniones... Sere ya vieja... Ya veras, Ferdinand, sera 
demasiado tarde... Siento que sera demasiado tarde.. .» 

Y ya estaba otra vez desconsolada, como por el kilo y medio de mas. Yo le daba, para 
tranquilizarla, todas las esperanzas que se me ocurrian... Que si, al fin y al cabo, solo 
tenia veintitres anos... Que si la guerra iba a pasar muy deprisa... Que si volverian los 
buenos tiempos... Como antes, mejores que antes. Al menos para ella... Con lo preciosa 
que era... jEl tiempo perdido! jLo recuperaria sin perjuicio!... Los homenajes... Las 
admiraciones no iban a faltarle tan pronto... Fingio no sentir mas pena para 
complacerme. 

«^,Tenemos que andar aun?», me preguntaba. 

«^Para adelgazar?» 

«jAh! Es verdad, se me olvidaba...» 

Abandonamos Longchamp, los nifios se habian marchado de los alrededores. Ya solo 
habia polvo. Los de permiso seguian persiguiendo la felicidad, pero ahora fuera de los 
oquedales; acosada debia de estar, la felicidad, entre las terrazas de la Porte Maillot. 

Ibamos costeando las orillas hacia Saint-Cloud, veladas por el halo danzante de las 
brumas que suben del otofio. Cerca del puente, algunas gabarras tocaban con la nariz los 
arboles, muy hundidas en el agua por la carga de carbon que les llegaba hasta la borda. 

El inmenso abanico verde del parque se despliega por encima de las verjas. Esos 
arboles tienen la agradable amplitud y la fuerza de los grandes suenos. Solo, que 
tambien de los arboles desconfiaba yo, desde que habia pasado por sus emboscadas. Un 
muerto detras de cada arbol. La gran alameda subia entre dos hileras rosas hacia las 
fuentes. Junto al quiosco, la anciana sefiora de los refrescos parecia reunir despacio 
todas las sombras de la tarde en torno a su falda. Mas alia, en los caminos contiguos, 
flotaban los grandes cubos y rectangulos tendidos con lonas obscuras, las barracas de 
una feria a la que la guerra habia sorprendido alii y habia inundado de silencio de 
repente. 

«jYa hace un afio que se marcharon! -nos recordaba la vieja de los refrescos-. Ahora 
no pasan dos personas al dia por aqui... Yo vengo aun por la costumbre... jSe veia tanta 
gente por aqui!... » 

No habia comprendido nada, la vieja, de lo que habia ocurrido, salvo eso. Lola quiso 
que pasaramos junto a aquellas barracas vacias, un extrafio deseo triste tenia. 

Contamos unas veinte, unas largas y adornadas con espejos, otras pequenas, mucho 
mas numerosas, confiterias ambulantes, loterias, un teatrito incluso, atravesado por 
corrientes de aire; por todos lados, entre los arboles, habia barracas; una de ellas, cerca 
de la gran alameda, ya ni siquiera conservaba las cortinas, descubierta como un antiguo 
mister io. 

Ya se inclinaban hacia las hojas y el barro, las barracas. Nos detuvimos junto a la 
ultima, la que se inclinaba mas que las otras y se bamboleaba sobre sus postes, al viento, 
como un barco, con las velas hinchadas, a punto de romper su ultima cuerda. Vacilaba, 
su lona del medio, se agitaba con el viento levantado, se agitaba hacia el cielo, por 
encima del techo. Encima de la entrada de la barraca se leia su antiguo nombre en verde 
y rojo; era una barraca de tiro: Le Stand des Nations, se llamaba. 

Ya no habia nadie para cuidarla. Ahora tal vez estuviera disparando con los demas 
propietarios, el dueno, y con los clientes. 

jQue de balas habian recibido las dianas de la barraca! jTodas acribilladas por 



puntitos blancos! Una boda, en broma, representaba: en la primera fila, de zinc, la novia 
con sus flores, el primo, el militar, el novio, con carota colorada, y despues, en la 
segunda fila, mas invitados, a los que debian de haber matado muchas veces, cuando 
aiin duraba la fiesta. 

«Estoy segura de que tu tiras bien, ^eh, Ferdinand? Si aun hubiera fiesta, jte echaria 
una partida!... ^Verdad que tiras bien, Ferdinand?)) 

«No, no tiro demasiado bien...» 

En la ultima fila, detras de la boda, otra hilera pintarrajeada, la alcaldia con su 
bandera. Debian de disparar tambien a la alcaldia, cuando funcionaba la barraca, a las 
ventanas, que entonces se abrian con un campanillazo seco, a la banderita de zinc 
disparaban incluso. Y, ademas, al regimiento que desfilaba, cuesta abajo, al lado, como 
el mio, el de la Place Clichy, este entre pipas y globos, a todo aquello habian disparado 
de lo lindo y ahora me disparaban a mi, ayer, mafiana. 

«Contra mi tambien disparan, Lola», no pude por menos de gritarle. 

«jVen! -dijo ella entonces-. Estas diciendo tonterias, Ferdinand, y vamos a coger 
frio.» 

Bajamos hacia Saint-Cloud por la gran alameda, la Royale, evitando el barro, ella me 
llevaba de la mano, la suya era muy pequefia, pero yo ya no podia pensar sino en la 
boda de zinc del Stand de mas arriba, que habiamos dejado en la sombra de la alameda. 
Incluso me olvide de besar a Lola, era superior a mis fuerzas. Me sentia muy raro. Fue 
incluso a partir de aquel instante, me parece, cuando mi cabeza se volvio tan dificil de 
tranquilizar, con sus ideas dentro. 

Cuando llegamos al puente de Saint-Cloud, ya estaba del todo obscuro. 

«Ferdinand, ^quieres cenar en Duval? Te gusta mucho Duval... Esto te distraera un 
poco... Siempre se encuentra a mucha gente alii... ^A menos que prefieras cenar en mi 
habitacion?» En resumen, que se mostraba muy atenta, aquella noche. 

Al final, decidimos ir a Duval. Pero apenas nos habiamos sentado a la mesa, cuando 
el lugar me parecio disparatado. Toda aquella gente sentada en filas a nuestro alrededor 
me daba la impresion de esperar, tambien ellos, a que las balas los asaltaran de todos 
lados, mientras jalaban. 

«jMarchaos todos! -les avise-. jLargaos! jVan a disparar! jAmataros! jAmatarnos a 
todos !» 

Me llevaron al hotel de Lola, aprisa. Yo veia por todos lados la misma cosa. Toda la 
gente que desfilaba por los pasillos del Paritz parecia ir a que le dispararan y los em- 
pleados tras la gran Caja, ellos tambien, puestos alii para ello, y el tipo de abajo incluso, 
del Paritz, con su uniforme azul como el cielo y dorado como el sol, el portero, como lo 
llamaban, y, ademas, militares, oficiales que pasaban, generales, menos apuestos que el, 
desde luego, pero de uniforme, de todos modos, por todos lados un disparo inmenso, del 
que no saldriamos, ni unos ni otros. Ya no era broma. 

«jVan a disparar! -fui y les grite, con todas mis fuerzas, en medio del gran salon-. 
[Van a disparar! jLargaos todos!. ..» Y despues por la ventana, fui y lo grite tambien. No 
podia contenerme. Un autentico escandalo. «jPobre soldado!», decian. El portero me 
llevo al bar con buenos modales, con amabilidad. Me hizo beber y bebi de lo lindo y, 
por fin, vinieron los gendarmes a buscarme, mas brutales esos. En el Stand des Nations 
habia tambien gendarmes. Yo los habia visto. Lola me beso y los ayudo a llevarme 
esposado. 

Entonces cai enfermo, febril, enloquecido, segun explicaron en el hospital, por el 
miedo. Era posible. Lo mejor que puedes hacer, verdad, cuando estas en este mundo, es 
salir de el. Loco o no, con miedo o sin el. 



Se hablo mucho del caso. Unos dijeron: «Ese muchacho es un anarquista, conque 
vamos a fusilarlo, es el momento, y rapido, sin vacilar ni dar largas al asunto, jque esta- 
mos en guerra!...» Pero segiin otros, mas pacientes, era un simple sifilitico y loco 
sincero y, en consecuencia, querian que me encerraran hasta que llegase la paz o al 
menos por unos meses, porque ellos, los cuerdos, que no habian perdido la razon, segun 
decian, querian cuidarme y, mientras, ellos harian la guerra solos. Eso demuestra que, 
para que te consideren razonable, nada mejor que tener una cara muy dura. Cuando 
tienes la cara bien dura, es bastante, entonces casi todo te esta permitido, absolutamente 
todo, tienes a la mayoria de tu parte y la mayoria es quien decreta lo que es locura y lo 
que no lo es. 

Sin embargo, mi diagnostico seguia siendo dudoso. Asi, pues, las autoridades 
decidieron ponerme en observacion por un tiempo. Mi amiga Lola tuvo permiso para 
hacerme algunas visitas y mi madre tambien. Y listo. 

Nos alojabamos, los heridos trastornados, en un instituto escolar de Issy-les- 
Moulineaux, organizado a proposito para recibir y obligar de grado o por fuerza, segun 
los casos, a confesar a los soldados de mi clase, cuyo ideal patriotico estaba en 
entredicho simplemente o del todo enfermo. No nos trataban mal del todo, pero nos 
sentiamos, de todas formas, acechados por un personal de enfermeros silenciosos y 
dotados de orejas enormes. 

Tras un tiempo de sometimiento a aquella vigilancia, salias discretamente o para el 
manicomio o para el frente o, con bastante frecuencia, para el paredon. 

Yo no dejaba de preguntarme cual de los companeros reunidos en aquellos locales 
sospechosos, y que hablaban solos y en voz baja en el refectorio, estaba convirtiendose 
en un fantasma. 

Cerca de la verja, en la entrada, vivia, en su casita, la portera, la que nos vendia 
pirulies y naranjas y lo necesario para cosernos los botones. Nos vendia algo mas: pla- 
cer. Para los suboficiales costaba diez francos el placer. Todo el mundo podia 
disfrutarlos. Solo que andandose con ojo con las confidencias, que se le hacian con 
demasiada facilidad en esos momentos. Podian costar caras, esas expansiones. Lo que 
se le confiaba lo repetia al medico jefe, escrupulosamente, e iba derechito al expediente 
para el consejo de guerra. Estaba demostrado, al parecer, que habia mandado fusilar asi, 
a fuerza de confidencias, a un cabo de espahies que no habia cumplido los veinte afios, 
mas un reservista de ingenieros que se habia tragado clavos para danarse el estomago y 
tambien a otro histerico, el que le habia contado como preparaba sus ataques de paralisis 
en el frente... A mi, para tantearme, me ofrecio una noche la cartilla de un padre de 
familia con seis hijos, muerto, segun decia, y que me podia servir para un destino en la 
retaguardia. En resumen, era una perversa. En la cama, por ejemplo, era cosa fina y 
volviamos y nos daba gusto de lo lindo. Era una puta de tres pares de cojones. Por lo 
demas, es lo que hace falta para gozar bien. En esa cocina, la del asunto, la picardia es, 
al fin y al cabo, como la pimienta en una buena salsa, es indispensable y le da 
consistencia. 

Los edificios del instituto daban a una amplia terraza, dorada en verano, entre los 
arboles, desde la que habia una vista magnifica de Paris, como una perspectiva gloriosa. 
Alii nos esperaban, los jueves, nuestros visitantes y Lola entre ellos, que venia a 
traerme, puntual, pasteles, consejos y cigarrillos. 



A nuestros medicos los veiamos todas las mananas. Nos interrogaban con 
amabilidad, pero nunca sabiamos que pensaban exactamente. Paseaban a nuestro alrede- 
dor, con semblantes siempre afables, nuestra condena a muerte. 

Muchos de los enfermos que estaban alii en observacion llegaban, mas emotivos que 
los demas, en aquel ambiente dulzon, a un estado de exasperacion tal, que se levantaban 
por la noche en lugar de dormir, recorrian el dormitorio a zancadas y de arriba abajo, 
protestaban a gritos contra su propia angustia, crispados entre la esperanza y la 
desesperacion, como sobre una pared de montafia traidora. Pasaban dias y dias 
padeciendo asi y despues una noche se abandonaban al vacio e iban a confesar su caso 
con pelos y senales al medico jefe. A esos no los volviamos a ver, nunca. Yo tampoco 
estaba tranquilo. Pero, cuando eres debil, lo que da fuerza es despojar a los hombres que 
mas temes del menor prestigio que aun estes dispuesto a atribuirles. Hay que aprender a 
considerarlos tales como son, peores de lo que son, es decir, desde cualquier punto de 
vista. Eso te despeja, te libera y te defiende mas alia de lo imaginable. Eso te da otro yo. 
Vales por dos. 

Sus acciones, en adelante, dejan de inspirarte ese asqueroso atractivo mistico que te 
debilita y te hace perder tiempo y entonces su comedia ya no te resulta mas agradable ni 
mas util en absoluto para tu progreso intimo que la del cochino mas vil. 

Junto a mi, vecino de cama, dormia un cabo, tambien alistado voluntario. Profesor 
antes del mes de agosto en un instituto de Turena, donde, segun me conto, ensenaba 
geografia e historia. Al cabo de algunos meses de guerra, habia resultado ladron, aquel 
profesor, como nadie. Resultaba imposible impedirle que robara al convoy de su 
regimiento conservas, en los furgones de la intendencia, en las reservas de la compafiia 
y por todos los sitios donde encontrara. 

Conque habia ido a parar alii con nosotros, en espera del consejo de guerra. Sin 
embargo, como su familia hacia todo lo posible para probar que los obuses lo habian 
aturdido, desmoralizado, la instruccion diferia el juicio de un mes para otro. No me 
hablaba demasiado. Pasaba horas peinandose la barba, pero, cuando me hablaba, era 
casi siempre de lo mismo: el medio que habia descubierto para no hacer mas hijos a su 
mujer. ^Estaba loco de verdad? Cuando llega el momenta del mundo al reves y 
preguntar por que te asesinan es estar loco, resulta evidente que no hace falta gran cosa 
para que te tomen por loco. Hace falta que cuele, claro esta, pero, cuando de lo que se 
trata es de evitar el gran descuartizamiento, algunos cerebros hacen esfuerzos de 
imaginacion magnificos. 

Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia 
autentica de los hombres. 

Princhard se llamaba, aquel profesor. <<,Que podia haber decidido para salvar sus 
carotidas, sus pulmones y sus nervios opticos? Esa era la cuestion esencial, la que ten- 
driamos que habernos planteado nosotros, los hombres, para seguir siendo estrictamente 
humanos y practicos. Pero estabamos lejos de ese punto, titubeando en un ideal de 
absurdos, guardados por victimas de las trivialidades marciales e insensatas; ratas ya 
ahumadas, intentabamos, enloquecidos, salir del barco en llamas, pero no teniamos 
ningun plan de conjunto, ninguna confianza mutua. Atontados por la guerra, nos 
habiamos vuelto locos de otra clase: el miedo. El derecho y el reves de la guerra. 

Aun asi, me mostraba, a traves de aquel delirio comun, cierta simpatia, aquel 
Princhard, aun desconfiando de mi, por supuesto. 

Alii donde nos encontrabamos, la galera en que remabamos todos, no podia existir ni 
amistad ni confianza. Cada cual daba a entender solo lo que le parecia favorable para su 
pellejo, puesto que todo o casi iba a ser repetido por los chivatos al acecho. 

De vez en cuando, uno de nosotros desaparecia: queria decir que su caso habia 



quedado zanjado, que terminaria o en consejo de guerra, en Biribi o en el frente y, para 
los que salian mejor librados, en el manicomio de Clamart. 

No dejaban de llegar guerreros equivocos, de todas las armas, unos muy jovenes y 
otros casi viejos, con canguelo o fanfarrones; sus mujeres y sus padres iban a visitarlos, 
sus chavales tambien, con ojos como platos, los jueves. 

Todo el mundo lloraba con ganas, en el locutorio, hacia el atardecer sobre todo. La 
impotencia del mundo en la guerra venia a llorar alii, cuando las mujeres y los nifios se 
iban, por el pasillo iluminado con macilenta luz de gas, acabadas las visitas, arrastrando 
los pies. Un gran rebafio de llorones formaban, y nada mas, repugnantes. 

Para Lola, venir a verme a aquella especie de prision era otra aventura. Nosotros dos 
no llorabamos. No teniamos de donde sacar lagrimas, nosotros. 

«^,Es verdad que te has vuelto loco, Ferdinand?)), me pregunto. 

«jSi!», confese. 

«Entonces, ^te van a curar aqui?» 

«No se puede curar el miedo, Lola.» 

«£Tanto miedo tienes, entonces?» 

«Tanto y mas, Lola, tanto miedo, verdad, que, si muero de muerte natural, mas 
adelante, j sobre todo no quiero que me incineren! Me gustaria que me dejaran en la tie- 
rra, pudriendome en el cementerio, tranquilo, ahi, listo para revivir tal vez... jNunca se 
sabe! Mientras que, si me incineraran, Lola, comprendelo, todo habria terminado, para 
siempre... Un esqueleto, pese a todo, se parece un poco a un hombre... Esta siempre mas 
listo para revivir que unas cenizas... Con las cenizas, jse acabo!... <<,Que te parece?... 
Conque, la guerra, verdad... » 

«jOh! Pero entonces ieres un cobarde de aupa, Ferdinand! Eres repugnante como una 
rata...» 

«Si, de lo mas cobarde, Lola, rechazo la guerra por entero y todo lo que entrafia... Yo 
no la deploro... Ni me resigno... Ni lloriqueo por ella... La rechazo de piano, con todos 
los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean 
noventa y cinco millones y yo solo uno, ellos son los que se equivocan, Lola, y yo quien 
tiene razon, porque yo soy el unico que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca.» 

«Pero, jno se puede rechazar la guerra, Ferdinand! Los unicos que rechazan la guerra 
son los locos y los cobardes, cuando su patria esta en peligro...» 

«Entonces, jque vivan los locos y los cobardes! O, mejor, jque sobrevivan! 
^Recuerdas, por ejemplo, un solo nombre, Lola, de uno de los soldados muertos durante 
la guerra de los Cien Anos?... ^Has intentado alguna vez conocer uno solo de esos 
nombres?... No, ^verdad?... ^Nunca lo has intentado? Te resultan tan anonimos, indi- 
ferentes y mas desconocidos que el ultimo atomo de este pisapapeles que tienes delante, 
que tu caca matinal... jYa ves, pues, que murieron para nada, Lola! jAbsolutamente para 
nada, aquellos cretinos! jTe lo aseguro! jEsta demostrado! Lo unico que cuenta es la 
vida. Te apuesto lo que quieras a que dentro de diez mil anos esta guerra, por importante 
que nos parezca ahora, estara por completo olvidada... Una docena apenas de eruditos se 
pelearan aun, por aqui y por alia, en relacion con ella y con las fechas de las principales 
hecatombes que la ilustraron... Es lo unico memorable que los hombres han conseguido 
encontrar unos en relacion con los otros a siglos, anos e incluso horas de distancia... No 
creo en el porvenir, Lola...» 

Cuando descubrio hasta que punto fanfarroneaba de mi vergonzoso estado, deje de 
parecerle digno de la menor lastima... Despreciable me considero, definitivamente. 

Decidio dejarme en el acto. Aquello pasaba de castano obscuro. Cuando la acompafie 
hasta la puerta de nuestro hospicio aquella noche, no me beso. 

Estaba claro, le resultaba imposible reconocer que un condenado a muerte no hubiera 



recibido al mismo tiempo vocacion para ello. Cuando le pregunte por nuestros bunuelos, 
tampoco me respondio. 

Al volver a la habitacion, encontre a Princhard ante la ventana probandose gafas 
contra la luz del gas en medio de un circulo de soldados. Era una idea que se le habia 
ocurrido, segun nos explico, a la orilla del mar, en vacaciones, y, como entonces era 
verano, tenia intencion de llevarlas por el dia, en el parque. Era inmenso, aquel parque, 
y estaba muy vigilado, por cierto, por escuadrones de enfermeros alerta. Conque el dia 
siguiente Princhard insistio para que lo acompafiara hasta la terraza a probar las bonitas 
gafas. La tarde rutilaba esplendida sobre Princhard, defendido por sus cristales opacos; 
observe que tenia casi transparentes las ventanas de la nariz y que respiraba con 
precipitacion. 

«Amigo mio -me confio-, el tiempo pasa y no trabaja a mi favor... Mi conciencia es 
inaccesible a los remordimientos, estoy libre, igracias a Dios!, de esas timideces... No 
son los crimenes los que cuentan en este mundo... Hace tiempo que se ha renunciado a 
eso... Son las meteduras de pata... Y yo creo haber cometido una... Del todo 
irremediable. ..» 

«^A1 robar las conservas?» 

«Si, me crei astuto al hacerlo, jimaginese! Para substraerme a la contienda y de ese 
modo, cubierto de verguenza, pero vivo aun, volver a la paz como se vuelve, extenuado, 
a la superficie del mar, tras una larga zambullida... Estuve a punto de lograrlo... Pero la 
guerra dura demasiado, la verdad... A medida que se alarga, ningun individuo parece lo 
bastante repulsivo para repugnar a la Patria... Se ha puesto a aceptar todos los 
sacrificios, la Patria, vengan de donde vengan, todas las carnes... jSe ha vuelto 
infinitamente indulgente a la hora de elegir a sus martires, la Patria! En la actualidad ya 
no hay soldados indignos de llevar las armas y sobre todo de morir bajo las armas y por 
las armas... jVan a hacerme un heroe! Esa es la ultima noticia... La locura de las 
matanzas ha de ser extraordinariamente imperiosa, jpara que se pongan a perdonar el 
robo de una lata de conservas! <<,Que digo, perdonar? jOlvidar! Desde luego, tenemos la 
costumbre de admirar todos los dias a bandidos colosales, cuya opulencia venera con 
nosotros el mundo entero, pese a que su existencia resulta ser, si se la examina con un 
poco mas de detalle, un largo crimen renovado todos los dias, pero esa gente goza de 
gloria, honores y poder, sus crimenes estan consagrados por las leyes, mientras que, por 
lejos que nos remontemos en la Historia -y ya sabe que a mi me pagan para conocerla-, 
todo nos demuestra que un hurto venial, y sobre todo de alimentos mezquinos, tales 
como mendrugos, jamon o queso, granjea sin falta a su autor el oprobio explicito, los 
rechazos categoricos de la comunidad, los castigos mayores, el deshonor automatico y 
la verguenza inexpiable, y eso por dos razones: en primer lugar porque el autor de esos 
delitos es, por lo general, un pobre y ese estado entrana en si una indignidad capital y, 
en segundo lugar, porque el acto significa una especie de rechazo tacito hacia la 
comunidad. El robo del pobre se convierte en un malicioso desquite individual, pe 
comprende?... ^Adonde iriamos a parar? Por eso, la represion de los hurtos de poca 
importancia se ejerce, fijese bien, en todos los climas, con un rigor extremo, no solo 
como medio de defensa social, sino tambien, y sobre todo, como recomendacion severa 
a todos los desgraciados para que se mantengan en su sitio y en su casta, tranquilos, 
contentos y resignados a dinarla por los siglos de los siglos de miseria y de hambre... 
Sin embargo, hasta ahora los rateros conservaban una ventaja en la Republica, la de 
verse privados del honor de llevar las armas patrioticas. Pero, a partir de mahana, esta 
situacion va a cambiar, a partir de manana yo, un ladron, voy a ir a ocupar de nuevo mi 
lugar en el ejercito... Esas son las ordenes... En las altas esferas han decidido hacer 
borron y cuenta nueva a proposito de lo que ellos llaman mi "momenta de extravio" y 



eso, fijese bien, por consideracion a lo que tambien llaman "el honor de mi familia". 
jQue mansedumbre! Digame, compafiero: £va a ser, entonces, mi familia la que sirva de 
colador y criba para las balas francesas y alemanas mezcladas?... Voy a ser yo y solo yo, 
^no? Y cuando haya muerto, ^sera el honor de mi familia el que me haga resucitar?... 
Hombre, mire, me la imagino desde aqui, mi familia, pasada la guerra... Como todo 
pasa... Me imagino a mi familia brincando, gozosa, sobre el cesped del nuevo verano, 
los domingos radiantes... Mientras debajo, a tres pies, el papa, yo, comido por los 
gusanos y mucho mas infecto que un kilo de zurullos del 14 de julio, se pudrira de lo 
lindo con toda su carne decepcionada... jAbonar los surcos del labrador anonimo es el 
porvenir verdadero del soldado autentico! jAh, compafiero! jEste mundo, se lo aseguro, 
no es sino una inmensa empresa para cachondearse del mundo! Usted es joven. jQue 
estos minutos de sagacidad le valgan por arios! Escucheme bien, compafiero, y no deje 
pasar nunca mas, sin calar en su importancia, ese signo capital con que resplandecen 
todas las hipocresias criminales de nuestra sociedad: "el enternecimiento ante la suerte, 
ante la condicion del miserable..." Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, 
infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso, 
cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne 
de canon... Es la serial... Infalible. Por el afecto empiezan. Luis XIV, conviene 
recordarlo, al menos se cachondeaba a rabiar del buen pueblo. Luis XV, igual. Se la 
chupaba por tiempos, el pueblo. No se vivia bien en aquella epoca, desde luego, los 
pobres nunca han vivido bien, pero no los destripaban con la terquedad y el ensa- 
namiento que vemos en nuestros tiranos de hoy. No hay otro descanso, se lo aseguro, 
para los humildes que el desprecio de los grandes encumbrados, que solo pueden pensar 
en el pueblo por interes o por sadismo... Los filosofos, esos fueron, fijese bien, ya que 
estamos, quienes comenzaron a contar historias al buen pueblo... jEl, que solo conocia 
el catecismo! Se pusieron, segun proclamaron, a educarlo... jAh, tenian muchas 
verdades que revelarle! jY hermosas! ]Y no trilladas! jLuminosas! jDeslumbrantes! 
"iEso es!", empezo a decir, el buen pueblo, "jsi, sefior! jExacto! jMuramos todos por 
eso!" jLo unico que pide siempre, el pueblo, es morir! Asi es. "jViva Diderot!", gritaron 
y despues "jBravo, Voltaire!" iEso si que son filosofos! jY viva tambien Carnot, que 
organizaba tan bien las victorias! jY viva todo el mundo! jAl menos, esos son tios que 
no le dejan palmar en la ignorancia y el fetichismo, al buen pueblo! jLe muestran los 
caminos de la libertad! jLo emancipan! [Sin perdida de tiempo! En primer lugar, [que 
todo el mundo sepa leer los periodicos! jEs la salvacion! [Que hostia! jY rapido! jNo 
mas analfabetos! jHace falta algo mas! jSimples soldados-ciudadanos! jQue voten! 
jQue lean! jY que peleen! jY que desfilen! jY que envien besos! Con tal regimen, no 
tardo en estar bien maduro, el pueblo. Entonces, ;el entusiasmo por verse liberado tiene 
que servir, verdad, para algo! Danton no era elocuente porque si. Con unos pocos be- 
rridos, tan altos, que aun los oimos, jinmovilizo en un periquete al buen pueblo! jY esa 
fue la primera salida de los primeros batallones emancipados y freneticos! jLos 
primeros gilipollas votantes y banderolicos que el Dumoriez llevo a acabar acribillados 
en Flandes! El, a su vez, Dumoriez, que habia llegado demasiado tarde a ese juego 
idealista, por entero inedito, como, en resumidas cuentas, preferia la pasta, deserto. Fue 
nuestro ultimo mercenario... El soldado gratuito, eso era algo nuevo... Tan nuevo, que 
Goethe, con todo lo Goethe que era, al llegar a Valmy, se quedo deslumbrado. Ante 
aquellas cohortes andrajosas y apasionadas que acudian a hacerse destripar 
espontaneamente por el rey de Prusia para la defensa de la inedita ficcion patriotica, 
Goethe tuvo la sensacion de que aun le quedaban muchas cosas por aprender. "jDesde 
hoy -clamo, magnifico, segun las costumbres de su genio-, comienza una epoca nueva!" 
jMenudo! A continuacion, como el sistema era excelente, se pusieron a fabricar heroes 



en serie y que cada vez costaban menos caros, gracias al perfeccionamiento del sistema. 
Todo el mundo lo aprovecho. Bismarck, los dos Napoleones, Barres, lo mismo que la 
amazona Elsa. La religion banderolica no tardo en substituir la celeste, nube vieja y ya 
desinflada por la Reforma y condensada desde hacia mucho tiempo en alcancias 
episcopales. Antiguamente, la moda fanatica era: "jViva Jesus! jA la hoguera con los 
herejes!", pero, al fin y al cabo, los herejes eran escasos y voluntarios... Mientras que, 
en lo sucesivo, al punto en que hemos llegado, los gritos: " j Al paredon los salsifies sin 
hebra! jLos limones sin jugo! jLos lectores inocentes! Por millones, j vista a la 
derecha!" provocan las vocaciones de hordas inmensas. A los hombres que no quieren ni 
destripar ni asesinar a nadie, a los asquerosos pacificos, ique los cojan y los 
descuarticen! jY los liquiden de trece modos distintos y perfectos! jQue les arranquen, 
para que aprendan a vivir, las tripas del cuerpo, primero, los ojos de las orbitas y los 
afios de su cochina vida babosa! Que los hagan reventar, por legiones y mas legiones, 
figurar en cantares de ciego, sangrar, corroerse entre acidos, jy todo para que la Patria 
sea mas amada, mas feliz y mas dulce! Y si hay tipos inmundos que se niegan a 
comprender esas cosas sublimes, que vayan a enterrarse en seguida con los demas, pero 
no del todo, sino en el extremo mas alejado del cementerio, bajo el epitafio infamante 
de los cobardes sin ideal, pues esos innobles habran perdido el magnifico derecho a un 
poquito de sombra del monumento adjudicatorio y comunal elevado a los muertos 
convenientes en la alameda del centro y tambien habran perdido el derecho a recoger un 
poco del eco del ministro, que vendra tambien este domingo a orinar en casa del 
prefecto y lloriquear ante las tumbas despues de comer... » 

Pero desde el fondo del jardin llamaron a Princhard. El medico jefe lo llamaba con 
urgencia por mediacion de su enfermero de servicio. 

«Voy», respondio Princhard y tuvo el tiempo justo para pasarme el borrador del 
discurso que acababa de ensayar conmigo. Un truco de comediante. 

No volvi a verlo, a Princhard. Tenia el vicio de los intelectuales, era futil. Sabia 
demasiadas cosas, aquel muchacho, y esas cosas lo trastornaban. Necesitaba la tira de 
trucos para excitarse, para decidirse. 

Ha llovido mucho desde la tarde en que se marcho, ahora que lo pienso. No obstante, 
me acuerdo bien. Aquellas casas del arrabal que lindaban con nuestro parque se 
destacaban una vez mas, bien claras, como todas las cosas, antes de que caiga la noche. 
Los arboles crecian en la sombra y subian a reunirse con la noche en el cielo. 

Nunca hice nada por tener noticias suyas, por saber si habia «desaparecido» de 
verdad, aquel Princhard, como dijeron una y otra vez. Pero es mejor que desapareciera. 



Ya nuestra arisca paz lanzaba sus semillas hasta en la guerra. 

Se podia adivinar lo que iba a ser, aquella histerica, con solo verla agitarse ya en la 
taberna del Olympia. Abajo, en el largo baile del sotano centelleante con cien espejos, 
pataleaba en el polvo y la gran desesperacion al ritmo de musica negro-judeo-sajona. 
Britanicos y negros mezclados. Levantinos y rusos te encontrabas por todos lados, 
fumando, berreando, melancolicos y militares, en sofas carmesies. Aquellos uniformes, 
que empezamos a olvidar con esfuerzo, fueron las simientes del hoy, esa cosa que aun 
crece y que no llegara a convertirse en estiercol hasta mas adelante, a la larga. 

Bien entrenados en el deseo gracias a las horas pasadas por semana en el Olympia, 
ibamos en grupo a visitar despues a nuestra costurera-guantera-librera, la senora Herote, 
en el Passage des Beresinas, detras del Folies-Bergere, hoy desaparecido, donde los 
perritos, llevados de la cadena por sus amitas, iban a hacer sus necesidades. 

Alii ibamos a buscar a tientas nuestra felicidad, que el mundo entero amenazaba, 
rabioso. Nos daba verguenza aquel deseo, pero, jno podiamos dejar de satisfacerlo! Es 
mas dificil renunciar al amor que a la vida. Pasa uno la vida matando o adorando, en 
este mundo, y al mismo tiempo. «jTe odio! \Te adoro!» Nos defendemos, nos 
mantenemos, volvemos a pasar la vida al bipedo del siglo proximo, con frenesi, a toda 
costa, como si fuera de lo mas agradable continuarse, como si fuese a volvernos, a fin 
de cuentas, eternos. Deseo de abrazarse, pese a todo, igual que de rascarse. 

Yo mejoraba mentalmente, pero mi situacion militar seguia bastante indecisa. Me 
permitian salir a la ciudad de vez en cuando. Como digo, nuestra lencera se llamaba 
senora Herote. Tenia una frente tan estrecha, que al principio te encontrabas incomodo 
delante de ella, pero, en cambio, sus labios eran tan sonrientes y carnosos, que despues 
no sabias que hacer para evitarla. Al abrigo de la volubilidad formidable, de un 
temperamento inolvidable, albergaba una serie de intenciones simples, rapaces, pia- 
dosamente comerciales. 

Empezo a hacer fortuna en pocos meses, gracias a los aliados y a su vientre, sobre 
todo. Le habian quitado los ovarios, conviene sefialarlo, operada de salpingitis el afio 
anterior. Esa castracion liberadora fue su fortuna. Hay blenorragias femeninas que 
resultan providenciales. Una mujer que pasa el tiempo temiendo los embarazos no es 
sino una especie de impotente y nunca ira lejos por el camino del exito. 

Los viejos y los jovenes creen tambien, y yo lo creia, que en la trastienda de ciertas 
librerias-lencerias se encontraba el medio de hacer el amor con facilidad y barato. Aun 
era asi, hace unos veinte afios, pero desde entonces muchas cosas han dejado de hacerse, 
sobre todo algunas de las mas agradables. El puritanismo anglosajon cada mes nos 
consume mas, ya ha reducido casi a nada el cachondeo improvisado de las trastiendas. 
Todo se vuelve matrimonio y correccion. 

La senora Herote supo aprovechar las ultimas licencias que aun existian para joder de 
pie y barato. Un tasador de subastas desocupado paso por su tienda un domingo, entro y 
alii sigue. Chocho estaba un poco y siguio estandolo y se acabo. La felicidad de la 
pareja no provoco el menor comentario. A la sombra de los periodicos, que deliraban 
con las llamadas a los sacrificios ultimos y patrioticos, la vida, estrictamente medida, 
rellena de prevision, continuaba y mucho mas astuta, incluso, que nunca. Tales son la 
cara y la cruz, como la luz y la sombra, de la misma medalla. 

El tasador de la senora Herote colocaba en Holanda fondos para sus amigos, los 



mejor informados, y para la sefiora Herote, a su vez, en cuanto se hicieron confidentes. 
Las corbatas, los sujetadores, las camisas que vendia, atraian a clientes y dientas y sobre 
todo los incitaban a volver a menudo. 

Gran niimero de encuentros extranjeros y nacionales se celebraron a la sombra 
rosada de aquellos visillos y entre la charla incesante de la patrona, toda cuya persona 
substancial, charlatana y perfumada hasta el desmayo, habria podido poner cachondo al 
hepatico mas rancio. En aquellas combinaciones, en lugar de perder la cabeza, la sefiora 
Herote sacaba provecho, en dinero en primer lugar, porque descontaba el diezmo sobre 
las ventas en sentimientos y, ademas, porque se hacia mucho amor en torno a ella. 
Uniendo y desuniendo a las parejas con un gozo al menos igual, a fuerza de chismes, 
insinuaciones, traiciones. 

Imaginaba dichas y dramas sin cesar. Alimentaba la vida de las pasiones. Lo que no 
hacia sino beneficiar a su comercio. 

Proust, espectro a medias el mismo, se perdio con tenacidad extraordinaria en la 
futilidad infinita y diluyente de los ritos y las actitudes que se enmarafian en torno a la 
gente mundana, gente del vacio, fantasmas de deseos, orgiastas indecisos que siempre 
esperan a su Watteau, buscadores sin entusiasmo de Citeras improbables. Pero la sefiora 
Herote, de origen popular y substancial, se mantenia solidamente unida a la tierra por 
rudos apetitos, animales y precisos. 

Si la gente es tan mala, tal vez sea solo porque sufre, pero pasa mucho tiempo entre 
el momento en que han dejado de sufrir y aquel en que se vuelven un poco mejores. El 
gran exito material y pasional de la sefiora Herote no habia tenido tiempo aun de 
suavizar su disposicion para la conquista. 

No era mas rencorosa que la mayoria de las pequefias comerciantes de por alii, pero 
hacia muchos esfuerzos para demostrarte lo contrario, por lo que se recuerda su caso. Su 
tienda no era solo un lugar de citas, era tambien como una entrada furtiva en un mundo 
de riqueza y lujo, en el que yo, pese a mis deseos, nunca habia penetrado hasta entonces 
y del que, por lo demas, quede eliminado de modo rapido y penoso despues de una 
incursion furtiva, la primera y la unica. 

Los ricos de Paris viven juntos; sus barrios, en bloque, forman un pedazo del pastel 
urbano, cuya punta va a tocar el Louvre, mientras que el reborde redondeado se detiene 
en los arboles entre el puente d'Auteuil y la puerta de Ternes. Ya veis. Es el pedazo 
mejor de la ciudad. Todo el resto no es sino esfuerzo y estiercol. 

Cuando se pasa por el barrio de los ricos, al principio no se notan grandes diferencias 
con los demas, salvo que en el las calles estan un poco mas limpias y se acabo. Para ir a 
hacer una excursion hasta el interior mismo de esa gente, de esas cosas, hay que confiar 
en el azar o en la intimidad. 

Por la tienda de la sefiora Herote se podia penetrar un poco antes en esa reserva 
gracias a los argentinos que bajaban de los barrios privilegiados para proveerse en su 
tienda de calzoncillos y camisas y echar caliches tambien a su hermoso surtido de 
amigas ambiciosas, teatrales y musicales, bien hechas, que la sefiora Herote atraia a 
proposito. 

A una de ellas, yo, que no tenia otra cosa que ofrecer que mi juventud, como se suele 
decir, empece a apreciarla mas de la cuenta. La pequefia Musyne la llamaban en aquel 
medio. 

En el Passage des Beresinas, todo el mundo se conocia de tienda en tienda, como en 
un autentico pueblecito, encajonado entre dos calles de Paris, es decir, que alii la gente 
se espiaba y se calumniaba humanamente hasta el delirio. 

En el aspecto material, antes de la guerra, de lo que discutian, entre comerciantes, era 
de una vida de estrechez y ahorro desesperados. Entre otras pruebas de miseria, era 



pesadumbre cronica de aquellos tenderos verse forzados, en su penumbra, a recurrir al 
gas, llegadas las cuatro de la tarde, por los escaparates. Pero, en cambio, se creaba asi, al 
margen, un ambiente propicio para las proposiciones delicadas. 

Aun asi, muchas tiendas estaban decayendo por culpa de la guerra, mientras que la de 
la sefiora Herote, a fuerza de jovenes argentinos, oficiales con peculio y consejos del 
amigo tasador, adquiria un auge que todo el mundo, en los alrededores, comentaba, 
como es de imaginar, en terminos abominables. 

Conviene senalar, por ejemplo, que en aquella misma epoca, el celebre pastelero del 
numero 112 perdio de pronto sus bellas clientas a consecuencia de la movilizacion. Las 
habituales degustadoras de guante largo, obligadas por la requisa masiva de caballos a 
acudir a pie, no volvieron mas. No iban a volver nunca mas. En cuanto a Sambanet, el 
encuadernador de musica, no pudo resistir, de repente, el deseo que siempre habia 
sentido de sodomizar a un soldado. Semejante audacia, inoportuna, de una noche le 
causo un dafio irreparable ante ciertos patriotas, que, ni cortos ni perezosos, lo acusaron 
de espionaje. Tuvo que cerrar la tienda. 

En cambio, la senorita Hermanee, en el numero 26, cuya especialidad era hasta 
entonces el articulo de caucho, confesable o no, se habria forrado, gracias a las cir- 
cunstancias, si no hubiera encontrado precisamente todas las dificultades del mundo 
para abastecerse de «preservativos», que recibia de Alemania. 

En resumen, solo la sefiora Herote, en el umbral de la nueva epoca de la lenceria fina 
y democratica, entro sin problemas en la prosperidad. 

Entre tiendas, se escribian muchas cartas anonimas y, ademas, sabrosas. A su vez, la 
sefiora Herote preferia, para distraerse, enviarlas a personajes importantes; hasta en eso 
manifestaba la profunda ambicion que constituia el fondo mismo de su temperamento. 
Al Presidente del Consejo, por ejemplo, le enviaba, solo para asegurarle que era un 
cornudo, y al mariscal Petain, en ingles, con ayuda del diccionario, para hacerlo rabiar. 
^La carta anonima? jDucha sobre plumas! La sefiora Herote recibia todos los dias un 
paquetito con cartas de esas, para ella, cartas sin firmar y que no olian bien, os lo 
aseguro. La dejaban pensativa, atonita, diez minutos mas o menos, pero en seguida 
recuperaba su equilibrio, como fuera, con lo que fuese, pero siempre, y, ademas, con 
solidez, pues en su vida interior no habia sitio alguno para la duda y menos aun para la 
verdad. 

Entre sus dientas y protegidas, muchas jovenes artistas le llegaban con mas deudas 
que vestidos. A todas daba consejo la sefiora Herote y ellas lo aprovechaban, entre otras 
Musyne, que a mi me parecia la mas mona de todas. Un autentico angelito musical, un 
encanto de violinista, un encanto muy avispado, por cierto, segun me demostro. 
Implacable en su deseo de llegar en la tierra, y no en el cielo, quedaba muy airosa, en el 
momento en que la conoci, en un numerito de lo mas mono, muy parisino y olvidado, en 
el Varietes. 

Aparecia con su violin a modo de prologo improvisado, versificado, melodioso. Un 
genero adorable y complicado. 

Con el sentimiento que le profesaba, el tiempo se me volvio frenetico y lo pasaba 
corriendo del hospital a la salida de su teatro. Por lo demas, casi nunca era yo el unico 
que la esperaba. Militares del ejercito de tierra se la disputaban a brazo partido, 
aviadores tambien y con mayor facilidad aun, pero la palma seductora se la llevaban sin 
duda los argentinos. El comercio de carne congelada de estos alcanzaba, gracias a la 
pululacion de nuevos contingentes, las proporciones de una fuerza de la naturaleza. La 
pequefia Musyne aprovecho aquella epoca mercantil. Hizo bien, los argentinos ya no 
existen. 

Yo no comprendia. Era cornudo con todo y todo el mundo, con las mujeres, el dinero 



y las ideas. Cornudo, pero no contento. Aiin hoy, me la encuentro, a Musyne, por azar, 
cada dos afios o casi, igual que a la mayoria de las personas a las que ha conocido uno 
muy bien. Es el lapso necesario, dos afios, para darse cuenta, de un solo vistazo, 
infalible entonces, como el instinto, de las fealdades con que un rostro, aun delicioso en 
su epoca, se ha cargado. 

Te quedas como vacilando un instante ante el y despues acabas aceptandolo, tal como 
se ha transformado, el rostro, con esa inarmonia en aumento, innoble, de toda la cara. 
No queda mas remedio que asentir, a esa cuidadosa y lenta caricatura esculpida por dos 
afios. Aceptar el tiempo, cuadro de nosotros. Entonces podemos decir que nos hemos 
reconocido del todo (como un billete extranjero, que a primera vista no nos atrevemos a 
aceptar), que no nos hemos equivocado de camino, que hemos seguido la ruta correcta, 
sin concertarnos, la ruta indefectible durante dos afios mas, la ruta de la podredumbre. Y 
se acabo. 

Musyne, cuando me encontraba asi, por casualidad, parecia, de tanto como la 
asustaba mi cabezon, querer huirme a toda costa, evitarme, apartarse, cualquier cosa. 
Sentia en mi el hedor de todo un pasado, pero a mi, que se su edad, desde hace 
demasiados afios, ya puede hacer lo que quiera, que no puede evitarme en modo alguno. 
Se queda ahi, violenta ante mi existencia, como ante un monstruo. Ella, tan delicada, se 
cree obligada a hacerme preguntas meningiticas, imbeciles, como las que haria una 
criada sorprendida con las manos en la masa. Las mujeres tienen naturaleza de criadas. 
Pero tal vez solo imagine ella esa repulsion, mas que sentirla; ese es el consuelo que me 
queda. Tal vez yo solo le sugiera que soy inmundo. Tal vez sea yo un artista en ese 
genero. Al fin y al cabo, £por que no habria de haber tanto arte posible en la fealdad 
como en la belleza? Es un genero que cultivar, nada mas. 

Por mucho tiempo crei que era tonta, la pequefia Musyne, pero solo era una opinion 
de vanidoso rechazado. Es que, antes de la guerra, todos eramos mucho mas ignorantes 
y fatuos que hoy. No sabiamos casi nada de las cosas del mundo en general, en fin, unos 
inconscientes... Los tipejos de mi estilo confundian con mayor facilidad que hoy la 
gimnasia con la magnesia. Por estar enamorado de Musyne, tan mona ella, pensaba que 
eso me iba a dotar de toda clase de facultades y, ante todo y sobre todo, del valor que 
me faltaba, jtodo ello porque era tan bonita y tenia tan buen oido para la musical El 
amor es como el alcohol, cuanto mas impotente y borracho estas, mas fuerte y listo te 
crees y seguro de tus derechos. 

La senora Herote, prima de muchos heroes muertos, ya solo salia de su Passage con 
riguroso luto; ademas, raras veces iba a la ciudad, pues su tasador amigo se mostraba 
muy celoso. Nos reuniamos en el comedor de la trastienda, que, con la llegada de la 
prosperidad, adquirio visos de saloncito. Ibamos alii a conversar, a distraernos, 
amistosa, decorosamente, bajo el gas. La pequefia Musyne, al piano, nos extasiaba con 
los clasicos, solo los clasicos, por las conveniencias de aquellos tiempos dolorosos. Alii 
pasabamos tardes enteras, codo con codo, con el tasador en medio, acunando juntos 
nuestros secretos, temores y esperanzas. 

La sirvienta de la senora Herote, recien contratada, estaba muy interesada en saber 
cuando se decidirian los unos a casarse con los otros. En su pueblo no se concebia el 
amor libre. Todos aquellos argentinos, aquellos oficiales, aquellos clientes buscones le 
causaban una inquietud casi animal. 

Musyne se veia cada vez mas acaparada por los clientes sudamericanos. Asi acabe 
conociendo a fondo todas las cocinas y sirvientas de aquellos sefiores, a fuerza de ir a 
esperar a mi amada en el office. Por cierto, que los ayudas de camara de aquellos 
sefiores me tomaban por el chulo. Y despues todo el mundo acabo tomandome por un 
chulo, incluida la propia Musyne, al mismo tiempo, me parece, que todos los asiduos de 



la tienda de la sefiora Herote. jQue le iba yo a hacer! Por lo demas, tarde o temprano te 
tiene que ocurrir, que te clasifiquen. 

Obtuve de la autoridad militar otra convalecencia de dos meses de duracion y se 
hablo incluso de declararme inutil. Musyne y yo decidimos alquilar juntos un piso en 
Billancourt. Era para darme esquinazo, en realidad, aquel subterfugio, porque 
aprovechaba que viviamos lejos para volver cada vez mas raras veces a casa. Siempre 
encontraba nuevos pretextos para quedarse en Paris. 

Las noches de Billancourt eran agradables, animadas a veces por aquellas pueriles 
alarmas de aviones y zepelines, gracias a las cuales los ciudadanos podian sentir esca- 
lofrios justificativos. Mientras esperaba a mi amante, iba a pasearme, caida la noche, 
hasta el puente de Grenelle, donde la sombra sube del rio hasta el tablero del metro, con 
su rosario de farolas, tendido en plena obscuridad, con su enorme mole de chatarra 
tambien, que se lanza con estruendo en pleno flanco de los grandes inmuebles del Quai 
de Passy. 

Existen ciertos rincones asi en las ciudades, de una fealdad tan estupida, que casi 
siempre te encuentras solo en ellos. 

Musyne acabo volviendo a nuestro hogar, por llamarlo de algun modo, solo una vez a 
la semana. Acompafiaba cada vez con mayor frecuencia a las cantantes a casa de los 
argentinos. Habria podido tocar y ganarse la vida en los cines, donde me habria 
resultado mucho mas facil ir a buscarla, pero los argentinos eran alegres y generosos, 
mientras que los cines eran tristes y pagaban poco. Esas preferencias son la vida misma. 

Para colmo de mi desgracia, se creo el «Teatro en el frente». Al instante, Musyne 
hizo mil amistades militares en el Ministerio y cada vez con mayor frecuencia se mar- 
chaba a distraer en el frente a nuestros soldaditos y durante semanas enteras, ademas. 
Alii detallaba, para los ejercitos, la sonata y el adagio delante de la platea del Estado 
Mayor, bien colocada para verle las piernas. Por su parte, los chorchis, amajadados 
detras de los jefes, solo gozaban con los ecos melodiosos. Despues Musyne pasaba, 
como es logico, noches muy complicadas en los hoteles de la zona militar. Un dia 
volvio muy alegre del frente, provista de un diploma de heroismo, firmado por uno de 
nuestros grandes generales, nada menos. Ese diploma fue el punto de partida para su 
triunfo definitivo. 

En la colonia argentina supo hacerse de pronto extraordinariamente popular. La 
festejaban. Se pirraban por mi Musyne, jviolinista de guerra tan mona! Tan joven y de 
pelo rizado y, ademas, heroica. Aquellos argentinos tenian el estomago agradecido, 
profesaban hacia nuestros grandes chefs una admiracion infinita y, cuando regreso mi 
Musyne, con su documento autentico, su hermoso palmito, sus deditos agiles y 
gloriosos, se pusieron a cortejarla a cual mas, a rifarsela, por asi decir. La poesia heroica 
se apodera sin resistencia de quienes no van a la guerra y aun mas de aquellos a quienes 
esta enriqueciendo de lo Undo. Es normal. 

Ah, el heroismo picaro es como para caerse de culo, jos lo aseguro! Los armadores 
de Rio ofrecian sus nombres y sus acciones a la nena que encarnaba para ellos, con tanta 
gracia y feminidad, el valor frances y guerrero. Musyne habia sabido crearse, hay que 
reconocerlo, un pequeho repertorio muy mono de incidentes de guerra, que, como un 
sombrero atrevido, le sentaba de maravilla. Muchas veces me asombraba a mi mismo 
con su tacto y hube de reconocer, al oirla, que, en punto a embustes, yo a su lado era un 
simulador grosero. Ella tenia el don de situar sus ocurrencias en un pasado lejano y 
dramatico, en el que todo se volvia y se conservaba precioso y penetrante. En punto a 
cuentos, nosotros, los combatientes, adverti de pronto, muchas veces conservabamos un 
caracter groseramente temporal y preciso. En cambio, mi amada se movia en la 
eternidad. Hay que creer a Claude Lorrain, cuando dice que los primeros pianos de un 



cuadro siempre son repugnantes y que el arte exige situar el interes de la obra en la 
lejania, en lo imperceptible, alii donde se refugia la mentira, ese suefio sorprendido in 
fraganti y unico amor de los hombres. La mujer que sabe tener en cuenta nuestra 
miserable naturaleza se convierte con facilidad en nuestra amada, nuestra indispensable 
y suprema esperanza. Esperamos, a su lado, que nos conserve nuestra falsa razon de ser, 
pero entretanto puede ganarse la vida de sobra ejerciendo su funcion magica. Musyne 
no dejaba de hacerlo, por instinto. 

Sus argentinos vivian por el barrio de Ternes y, sobre todo, por los alrededores del 
Bois, en hotelitos particulares, bien cercados, brillantes, donde por aquellos meses de 
invierno reinaba un calor tan agradable, que al entrar en ellos, de la calle, los 
pensamientos se te volvian de repente optimistas, sin querer. 

Desesperado y tembloroso, me habia propuesto, para meter la pata hasta el final, ir lo 
mas a menudo posible, ya lo he dicho, a esperar a mi compafiera en el office. Me armaba 
de paciencia y esperaba, a veces hasta la mahana; tenia suefio, pero los celos me 
mantenian bien despierto y tambien el vino bianco, que las criadas me Servian en 
abundancia. A sus senores argentinos yo los veia muy raras veces, oia sus canciones y su 
estruendoso espanol y el piano que no cesaba de sonar, pero tocado la mayoria de las 
veces por manos distintas de las de Musyne. Entonces, ^que hacia, la muy puta, con las 
manos, mientras tanto? 

Cuando volviamos a encontrarnos por la mahana, ante la puerta, ella ponia mala cara. 
Yo era aiin natural como un animal en aquella epoca, no queria perder a mi amada y se 
acabo, como un perro su hueso. 

Perdemos la mayor parte de la juventud a fuerza de torpezas. Era evidente que me 
iba a abandonar, mi amada, del todo y pronto. Yo no habia aprendido aiin que existen 
dos humanidades muy diferentes, la de los ricos y la de los pobres. Necesite, como 
tantos otros, veinte ahos y la guerra, para aprender a mantenerme dentro de mi 
categoria, a preguntar el precio de las cosas antes de tocarlas y, sobre todo, antes de 
encariharme con ellas. 

Asi, pues, mientras me calentaba en el office con mis compaheros de la servidumbre, 
no comprendia que por encima de mi cabeza danzaban los dioses argentinos; podrian 
haber sido alemanes, franceses, chinos, eso carecia de importancia, pero dioses ricos, 
eso era lo que habia que entender. Ellos arriba con mi Musyne; yo abajo, sin nada. 
Musyne pensaba con seriedad en su futuro, conque preferia hacerlo con un dios. Yo 
tambien, desde luego, pensaba en mi futuro, pero como en un delirio, porque todo el 
tiempo sentia, con sordina, el temor a que me mataran en la guerra y tambien a morir de 
hambre en la paz. Estaba con sentencia de muerte en suspenso y enamorado. No era una 
simple pesadilla. No demasiado lejos de nosotros, a menos de cien kilometros, millones 
de hombres, valientes, bien armados, bien instruidos, me esperaban para ajustarme las 
cuentas y franceses tambien que me esperaban para acabar con mi piel, si me negaba a 
dejar que los de enfrente la hicieran jirones sangrientos. 

Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla, por la 
indiferencia absoluta de sus semej antes en tiempo de paz o por la pasion homicida de 
los mismos llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, al instante piensan en tu tortura, los 
otros, y en nada mas. jSolo les interesas chorreando sangre, a esos cabrones! Princhard 
habia tenido mas razon que un santo al respecto. Ante la inminencia del matadero, ya no 
especulas demasiado con las cosas del porvenir, solo piensas en amar durante los dias 
que te quedan, ya que es el unico medio de olvidar el cuerpo un poco, olvidar que 
pronto te van a desollar de arriba abajo. 

Como Musyne me esquivaba, yo me consideraba un idealista, asi llamamos a 
nuestros pobres instintos, envueltos en palabras rimbombantes. Mi permiso se estaba 



acabando. Los periodicos insistian, machacones, en la necesidad de llamar a filas a 
todos los combatientes posibles y, ante todo, a quienes no tenian padrinos, por supuesto. 
Oficialmente, no habia que pensar sino en ganar la guerra. 

Musyne deseaba con ganas tambien, como Lola, que yo volviera a escape al frente y 
me quedara en el y, como parecia tomarmelo con calma, se decidio a precipitar las 
cosas, aun no siendo eso propio de su caracter. 

Una noche en que, por excepcion, volviamos juntos a Billancourt, pasaron de repente 
los bomberos trompetistas y todos los vecinos de nuestra casa se precipitaron al sotano 
en honor de no se que zepelin. 

Aquellos panicos de poca monta, durante los cuales todo un barrio en pijama 
desaparecia cloqueando, tras la vela, en las profundidades para escapar a un peligro casi 
por entero imaginario, daban idea de la angustiosa futilidad de aquellos seres, tan pronto 
gallinas espantadas tan pronto corderos fatuos y dociles. Semejantes incongruencias 
monstruosas son como para asquear para siempre jamas al mas paciente y tenaz de los 
sociofilos. 

Desde el primer toque de clarin Musyne olvidaba que en el «Teatro en el frente» le 
habian descubierto gran heroismo. Insistia para que me precipitara con ella al fondo de 
los subterraneos del metro, en las alcantarillas, donde fuera, pero al abrigo y en las 
profundidades ultimas y, sobre todo, jal instante! De verlos a todos bajar corriendo asi, 
grandes y pequefios, los inquilinos, frivolos o majestuosos, de cuatro en cuatro, hacia el 
agujero Salvador, hasta yo acabe armandome de indiferencia. Cobarde o valiente, no 
quiere decir gran cosa. Conejo aqui, heroe alia, es el mismo hombre, no piensa mas aqui 
que alia. Todo lo que no sea ganar dinero supera su capacidad de comprension clara e 
infinitamente. Todo cuanto es vida o muerte le supera. Ni siquiera con su propia muerte 
especula bien a derechas. Solo comprende el dinero y el teatro. 

Musyne lloriqueaba ante mi resistencia. Otros inquilinos nos instaban a 
acompafiarlos; acabe dejandome convencer. En cuanto a la eleccion del sotano, se 
emitieron proposiciones diferentes. El sotano del carnicero acabo obteniendo la mayoria 
de las adhesiones; afirmaban que estaba situado a mayor profundidad que ningun otro 
del inmueble. Desde el umbral te llegaban bocanadas de un olor acre y bien conocido 
por mi, que al instante me resulto de todo punto insoportable. 

«^,Vas a bajar ahi, Musyne, con la carne colgando de los ganchos?», le pregunte. 

«^,Por que no?», me respondio, muy extrafiada. 

«Pues, mira, yo -dije- hay cosas que no puedo olvidar y prefiero volver ahi arriba...» 

«Entonces, ^,te vas?» 

«jVen a buscarme cuando haya acabado todo!» 

«Pero puede durar mucho...» 

«Prefiero esperarte ahi arriba -le dije-. No me gusta la carne y esto pasara pronto. » 

Durante la alarma, protegidos en sus reductos, los inquilinos intercambiaban 
cortesias atrevidas. Ciertas damas en bata, llegadas en el ultimo momento, se apresu- 
raban con elegancia y mesura hacia aquella boveda olorosa, en la que el carnicero y la 
carnicera hacian los honores, al tiempo que se excusaban por el frio artificial, 
indispensable para la buena conservacion de la mercancia. 

Musyne desaparecio con los demas. La espere, arriba, en nuestra casa, una noche, 
todo un dia, un afio... No volvio nunca a reunirse conmigo. 

Por mi parte, yo me volvi, a partir de entonces, cada vez mas dificil de contentar y ya 
solo pensaba en dos cosas: salvar el pellejo y marcharme a America. Pero escapar de la 
guerra constituia ya una tarea inicial, que me dejo sin aliento durante meses y mas 
meses. 

«jCafiones! jHombres! iMuniciones!», exigian, sin parecer cansarse nunca, los 



patriotas. Al parecer, no se podia dormir hasta arrancar del yugo germanico a la pobre 
Belgica y a la pequefia e inocente Alsacia. Era una obsesion que impedia, segun nos 
decian, a los mejores de nosotros respirar, comer, copular. De todos modos, no parecia 
que les impidiera hacer negocios, a los supervivientes. La moral estaba alta en la 
retaguardia, no se podia negar. 

Tuvimos que reincorporarnos rapido a nuestros regimientos. Pero a mi, ya en el 
primer reconocimiento, me encontraron muy por debajo de la media aun y apto solo 
para ser enviado a otro hospital, para casos de huesos y nervios. Una manana salimos 
seis del cuartel, tres artilleros y tres dragones, heridos y enfermos, en busca de aquel 
lugar donde reparaban el valor perdido, los reflejos abolidos y los brazos rotos. Primero 
pasamos, como todos los heridos de la epoca, por el control, en Val-de-Grace, ciudadela 
ventruda, noble y rodeada de arboles y que olia de lo Undo a omnibus por los pasillos, 
olor hoy, y seguramente para siempre, desaparecido, mezcla de pies, jergones y 
quinques. No duramos mucho en Val; apenas nos vieron, dos oficiales intendentes, 
casposos y agotados de cansancio, nos echaron una bronca, como Dios manda, y nos 
amenazaron con enviarnos a consejo de guerra y otros intendentes nos echaron a la 
calle. No tenian sitio para nosotros, segun decian, al tiempo que nos indicaban un 
destino impreciso: un bastion, por los alrededores de la ciudad. 

De tabernas a bastiones, entre copas de pastis y cafes con leche, salimos, pues, los 
seis al azar de las direcciones equivocadas, en busca de aquel nuevo abrigo que parecia 
especializado en la curacion de heroes incapaces, de nuestro estilo. 

Uno solo de los seis poseia un rudimento de propiedad, que conservaba entera, 
conviene sefialarlo, en una cajita de metal de galletas Pernot, marca celebre entonces y 
de la que no he vuelto a oir hablar. Dentro escondia, nuestro companero, cigarrillos y un 
cepillo de dientes; por cierto, que nos reiamos todos del cuidado, poco comun entonces, 
que dedicaba a sus dientes y lo tratabamos, por ese refinamiento insolito, de 
«homosexual». 

Por fin, tras muchas vacilaciones, llegamos, hacia medianoche, a los terraplenes 
hinchados de tinieblas de aquel bastion de Bicetre, el «43» se llamaba. Era el bueno. 

Acababan de reformarlo para recibir a lisiados y carcamales. El jardin ni siquiera 
estaba acabado. 

Cuando llegamos, el unico habitante de la parte militar era la portera. Llovia con 
fuerza. Tuvo miedo de nosotros, la portera, al oirnos, pero la hicimos reir al ponerle la 
mano al instante en el lugar correcto. «jCreia que eran alemanes!», dijo. «jEstan lejos!», 
le respondimos. «<<,De que estais enfermos?», nos pregunto, preocupada. «De todo, pero, 
jde la pilila, no!», respondio un artillero. O sea, que no faltaba buen humor, la verdad, y, 
ademas, la portera lo apreciaba. En aquel mismo bastion vivieron con nosotros mas 
adelante vejetes de la Asistencia Publica. Habian construido para ellos, con urgencia, 
nuevos edificios provistos de kilometros de vidrieras; alii dentro los guardaban hasta el 
fin de las hostilidades, como insectos. En las colinas de los alrededores, una erupcion de 
parcelas diminutas se disputaban montones de barro, que se escurria, mal contenido 
entre hileras de cabanas precarias. Al abrigo de estas crecian, de vez en cuando, una le- 
chuga y tres rabanos, que, sin que se supiera nunca por que, babosas asqueadas cedian al 
propietario. 

Nuestro hospital estaba limpio, asi, al principio, durante varias semanas, que es como 
hay que apresurarse a ver cosas asi, pues en este pais carecemos del menor gusto para la 
conservacion de las cosas, somos incluso unos verdaderos guarros. Conque nos 
acostamos, ya digo, en la que se nos antojo de aquellas camas metalicas y a la luz de la 
luna; eran tan nuevos aquellos locales, que aun no llegaba la electricidad. 

Por la manana temprano, vino a presentarse nuestro nuevo medico jefe, muy 



contento de vernos, al parecer, todo cordialidad por fuera. Tenia sus razones para estar 
contento, acababan de ascenderlo a general. Aquel hombre tenia, ademas, los ojos mas 
bellos del mundo, aterciopelados y sobrenaturales, y los utilizaba lo suyo para en- 
candilar a cuatro enfermeras encantadoras y solicitas, que lo colmaban de atenciones y 
aspavientos y no se perdian ripio de su medico jefe. Desde el primer contacto se in- 
formo sobre nuestra moral. Cogiendo, campechano, del hombro a uno de nosotros y 
sacudiendolo, paternal, nos expuso, con voz reconfortante, las reglas y el camino mas 
corto para ir airosos y lo mas pronto posible a que nos partiesen la cara de nuevo. 

Fuera cual fuese su procedencia, la verdad es que la gente no pensaba en otra cosa. 
Era como para creer que disfrutaban con ello. El nuevo vicio. «Francia, amigos mios, ha 
puesto la confianza en vosotros; es una mujer, Francia, jla mas bella de las mujeres! 
-entono-. jCuenta con vuestro heroismo, Francia! Victima de la mas cobarde, la mas 
abominable agresion. jTiene derecho a exigir de sus hijos que la venguen 
profundamente! jArecuperar la integridad de su territorio, aun a costa del mayor sacrifi- 
cio! Nosotros aqui, en lo que nos concierne, vamos a cumplir con nuestro deber. Amigos 
mios, icumplid con el vuestro! jNuestra ciencia os pertenece! jEs vuestra! jTodos sus 
recursos estan al servicio de vuestra curacion! jAyudadnos, a vuestra vez, en la medida 
de vuestra buena voluntad! jYa se que podemos contar con ella! jY que podais pronto 
reintegraros a vuestros puestos, junto a vuestros queridos compafieros de las trincheras! 
jVuestros sagrados puestos! Para la defensa de nuestro querido suelo. jViva Francia! 
jAdelante!» Sabia hablar a los soldados. 

Estabamos, cada cual al pie de su cama, en posicion de firmes, escuchandolo. Detras 
de el, una morena del grupo de sus bonitas enfermeras dominaba mal la emocion que la 
embargaba y que algunas lagrimas volvieron visible. Sus companeras se mostraron al 
instante solicitas con ella: «Pero, jquerida! j Si va a volver, mujer!... Te lo aseguro...» 

La que mejor la consolaba era una de sus primas, la rubia un poco regordeta. Al pasar 
junto a nosotros, sosteniendola en sus brazos, me confio, la regordeta, que estaba tan 
desconsolada, su prima tan mona, por la marcha reciente de su novio, incorporado a la 
Marina. El fogoso jefe, desconcertado, se esforzaba por atenuar la hermosa y tragica 
emocion propagada por su breve y vibrante alocucion. Se encontraba muy confuso y 
apenado ante ella. Despertar de una inquietud demasiado dolorosa en un corazon 
excepcional, evidentemente patetico, todo sensibilidad y ternura. «Si lo hubieramos 
sabido, doctor -seguia susurrando la rubia prima-, le habriamos avisado... j Si usted 
supiera lo tiernamente que se aman!...» El grupo de las enfermeras y el propio doctor 
desaparecieron sin dejar de chacharear y susurrar por el corredor. Ya no se ocupaban de 
nosotros. 

Intente recordar y comprender el sentido de aquella alocucion que acababa de 
pronunciar el hombre de ojos esplendidos, pero, a mi, lejos de entristecerme, me pare- 
cieron, tras reflexionar, extraordinariamente atinadas, aquellas palabras, para quitarme 
las ganas de morir. De la misma opinion eran los demas compafieros, pero estos no 
veian en ellas, ademas, como yo, una actitud de desafio e insulto. Ellos no intentaban 
comprender lo que ocurria a nuestro alrededor en la vida, solo discernian, y aun apenas, 
que el delirio ordinario del mundo habia aumentado desde hacia unos meses, en tales 
proporciones, que, desde luego, ya no podia uno apoyar la existencia en nada estable. 

Alii, en el hospital, como en la noche de Flandes, la muerte nos atormentaba; solo, 
que aqui nos amenazaba desde mas lejos, la muerte, irrevocable como alia, cierto es, 
una vez lanzada sobre nuestra tremula osamenta por la solicitud de la Administracion. 

Alii no nos abroncaban, desde luego, nos hablaban con dulzura incluso, nos hablaban 
todo el tiempo de cualquier cosa menos de la muerte, pero nuestra condena figuraba, no 
obstante, con toda claridad en el angulo de cada papel que nos pedian firmar, en cada 



precaucion que tomaban para con nosotros: medallas... brazaletes... el menor permiso... 
cualquier consejo... Nos sentiamos contados, acechados, numerados en la gran reserva 
de los que partirian mafiana. Conque, logicamente, todo aquel mundo ambiente, civil y 
sanitario, parecia mas despreocupado que nosotros, en comparacion. Las enfermeras, 
aquellas putas, no compartian nuestro destino, solo pensaban, por el contrario, en vivir 
mucho tiempo, mucho mas aun, y en amar, estaba claro, en pasearse y en hacer y volver 
a hacer el amor mil y diez mil veces. Cada una de aquellas angelicas se aferraba a su 
planecito en el perineo, como los forzados, para mas adelante, su planecito de amor, 
cuando la hubieramos difiado, nosotros, en un barrizal cualquiera, jy solo Dios sabe 
como! 

Lanzarian entonces suspiros rememorativos especiales que las volverian mas 
atrayentes aun; evocarian en silencios emocionados los tragicos tiempos de la guerra, 
los fantasmas... «£Os acordais del joven Bardamu -dirian en la hora crepuscular, 
pensando en mi-, aquel que tanto trabajo nos daba para impedir que protestara?... Tenia 
la moral muy baja, aquel pobre muchacho... ^Que habra sido de el?» 

Algunas nostalgias poeticas en el momento oportuno favorecen a una mujer tan bien 
como los cabellos vaporosos a la luz de la luna. 

Al amparo de cada una de sus palabras y de su solicitud, habia que entender en 
adelante: «La vas a palmar, gentil soldado... La vas a palmar... Es la guerra... Cada cual 
con su vida... Con su papel... Con su muerte... Parece que compartimos tu angustia... 
Pero no se comparte la muerte de nadie... Todo debe ser, para las almas y los cuerpos 
sanos, motivo de distraccion y nada mas y nada menos y nosotras somos chicas fuertes, 
hermosas, consideradas, sanas y bien educadas... Para nosotras todo se vuelve, por 
automatismo biologico, espectaculo gozoso, jy se convierte en alegria! jAsi lo exige 
nuestra salud! Y las feas licencias del pesar nos resultan imposibles... Necesitamos 
excitantes, solo excitantes... Pronto quedareis olvidados, soldaditos... Sed buenos y 
dinadla rapido... Y que acabe la guerra y podamos casarnos con uno de vuestros amables 
oficiales... jSobre todo uno moreno!... jViva la patria de la que siempre habla papa!... 
jQue bueno debe de ser el amor, cuando vuelve de la guerra!... jNuestro maridito sera 
condecorado!... Sera distinguido... Podras sacar brillo a sus bonitas botas el hermoso dia 
de nuestra boda, si aun existes, soldadito... ^No te alegraras entonces de nuestra 
felicidad, soldadito?. ..» 

Todas las mananas vimos y volvimos a ver a nuestro medico jefe, seguido de sus 
enfermeras. Era un sabio, segun supimos. En torno a nuestras salas pasaban correteando 
los vejetes del asilo contiguo a saltos inutiles y descompasados. Iban a escupir sus 
chismes con sus caries de una sala a otra, llevando consigo maledicencias y cotilleos 
trasnochados. Encerrados alii, en su miseria oficial, como en un cercado baboso, los 
viejos trabajadores pastaban todo el excremento que se acumula en torno a las almas en 
los largos arios de servidumbre. Odios impotentes, enmohecidos en la apestosa 
ociosidad de las salas comunes. Solo utilizaban sus ultimas y tremulas energias para 
hacerse un poco mas de dafio y destruir lo que les quedaba de placer y aliento. 

i Supremo placer! En su acartonada osamenta ya no subsistia un solo atomo que no 
fuera estrictamente malintencionado. 

Desde que quedo claro que nosotros, los soldados, compartiriamos las relativas 
comodidades del bastion con aquellos vejetes, empezaron a detestarnos al unisono, sin 
por ello dejar de venir al tiempo a mendigar y sin descanso, haciendo cola por las 
ventanas, nuestras colillas y los mendrugos de pan duro caidos bajo los bancos. Sus 
apergaminados rostros se estrellaban a la hora de las comidas contra los vidrios de 
nuestro refectorio. Por entre los pliegues leganosos de sus narices lanzaban miradas de 
ratas viejas y codiciosas. Uno de aquellos lisiados parecia mas astuto y pillo que los 



demas, venia a cantarnos cancioncillas de su epoca para distraernos, el tio Birouette lo 
llamabamos. Estaba dispuesto a hacer todo lo que quisieramos, con tal de que le 
diesemos tabaco, cualquier cosa menos pasar ante el deposito de cadaveres del hospital, 
que, por cierto, nunca estaba vacio. Una de las bromas consistia en llevarlo hacia alia, 
como de paseo. «^No quieres entrar?», le preguntabamos, cuando estabamos justo 
delante de la puerta. Entonces salia pitando y grufiendo, pero tan rapido y tan lejos, que 
no volviamos a verlo durante dos dias por lo menos, al tio Birouette. Habia vislumbrado 
la muerte. 

Nuestro medico jefe, el de los ojos bellos, profesor Bestombes, para hacernos 
recobrar animos, habia hecho instalar todo un equipo muy complicado de artefactos 
electricos centelleantes, cuyas descargas periodicas sufriamos, efluvios que, segun 
decia, eran tonificantes y habiamos de aceptar so pena de expulsion. Era muy rico, al 
parecer, Bestombes. Habia que serlo para comprar todos aquellos chismes costosos y 
electrocutores. Su suegro, politico importante, que habia hecho grandes trapicheos con 
compras gubernamentales de terrenos, le permitia esas larguezas. 

Habia que aprovechar. Todo se arregla. Crimenes y castigos. Tal como era, no lo 
detestabamos. Examinaba nuestro sistema nervioso con un cuidado extraordinario y nos 
interrogaba con tono de familiaridad cortes. Esa campechania calculada divertia 
deliciosamente a las enfermeras, todas distinguidas, de su servicio. Todas las mananas 
esperaban, aquellas monadas, el momento de regocijarse con las manifestaciones de su 
gran gentileza; se relamian. En resumen, actuabamos todos en una obra en que el, 
Bestombes, habia elegido el papel de sabio benefactor y profunda, amablemente 
humano; el caso era entenderse. 

En aquel nuevo hospital, yo compartia habitacion con el sargento Branledore, 
reenganchado; era un antiguo huesped de los hospitales, Branledore. Hacia meses que 
arrastraba su intestino perforado por cuatro servicios diferentes. 

Durante esas estancias habia aprendido a atraer y despues conservar la simpatia 
activa de las enfermeras. Vomitaba, orinaba y evacuaba sangre bastante a menudo, 
Branledore; tambien tenia mucha dificultad para respirar, pero eso no habria bastado del 
todo para granjearle la buena disposicion del personal, que veia cosas peores. Conque, 
entre dos ahogos, si pasaba por alii un medico o una enfermera: «jVictoria! [Victoria! 
iConseguiremos la Victoria!)), gritaba Branledore a pleno pulmon o lo murmuraba por 
lo bajinis, segun los casos. Adaptado asi a la ardiente literatura agresiva mediante un 
oportuno efecto teatral, gozaba de la consideracion moral mas elevada. Se sabia el truco, 
el tio. 

Como todo era teatro, habia que actuar y tenia toda la razon Branledore; nada parece 
mas idiota ni irrita tanto, la verdad, como un espectador inerte que haya subido por azar 
a las tablas. Cuando se esta ahi arriba, verdad, hay que adoptar el tono, animarse, actuar, 
decidirse o desaparecer. Sobre todo las mujeres pedian espectaculo y eran despiadadas, 
las muy putas, para con los aficionados desconcertados. La guerra, no cabe duda, afecta 
a los ovarios; exigian heroes y quienes no lo eran del todo debian presentarse como tales 
o bien prepararse para sufrir el mas ignominioso de los destinos. 

Tras haber pasado ocho dias en aquel nuevo servicio, habiamos comprendido la 
necesidad urgente de cambiar de actitud y, gracias a Branledore (representante de enca- 
jes en la vida civil), aquellos mismos hombres atemorizados y que buscaban la sombra, 
presa de vergonzosos recuerdos de mataderos, que eramos al llegar, se convirtieron en 
una pandilla de pajaros de aupa, todos resueltos a la victoria y, os lo garantizo, armados 
de arranque y declaraciones imponentes. En efecto, nuestro lenguaje se habia vuelto 
recio y tan subido de tono, que hacia enrojecer a veces a aquellas damas, si bien nunca 
se quejaban, porque es sabido que un soldado es tan bravo como despreocupado y mas 



grosero de lo debido y que cuanto mas bravo mas grosero es. 

Al principio, al tiempo que imitabamos a Branledore lo mejor que podiamos, 
nuestras actitudes patrioticas no quedaban del todo bien, no eran muy convincentes. Ne- 
cesitamos una buena semana e incluso dos de ensayos intensivos para adoptar del todo 
el tono, el bueno. 

En cuanto nuestro medico, el profesor agregado Bestombes noto, sabio el, la brillante 
mejora de nuestras cualidades morales, decidio, para estimularnos, autorizarnos algunas 
visitas, empezando por las de nuestros padres. 

Algunos soldados capaces, por lo que yo habia oido contar, experimentaban, al 
mezclarse en los combates, como embriaguez e incluso viva voluptuosidad. Por mi 
parte, en cuanto intentaba imaginar una voluptuosidad de ese orden tan especial, me 
ponia enfermo durante ocho dias al menos. Me sentia tan incapaz de matar a alguien, 
que, desde luego, mas valia renunciar y acabar de una vez. No es que hubiera carecido 
de experiencia, habian hecho todo lo posible incluso para hacerme cogerle gusto, pero 
no tenia ese don. Tal vez habria necesitado una iniciacion mas lenta. 

Un dia decidi comunicar al profesor Bestombes las dificultades que encontraba en 
cuerpo y alma para ser tan bravo como me habria gustado y como las circunstancias, 
sublimes, desde luego, lo exigian. Temia que me considerara un descarado, un charlatan 
impertinente... Pero, jque va! jAl contrario! El profesor se declaro muy contento de que, 
en aquel arranque de franqueza, acudiera a confiarle la confusion espiritual que sentia. 

«Amigo Bardamu, iesta usted mejorando! jEsta usted mejorando, sencillamente!» 
Esa era su conclusion. «Esta confidencia que acaba de hacerme, de forma absolutamente 
espontanea, la considero, Bardamu, indicio muy alentador de una mejoria notable en su 
estado mental... Por lo demas, Vaudesquin, observador modesto, pero tan sagaz, de los 
desfallecimientos morales entre los soldados del Imperio, resumio, ya en 1802, 
observaciones de ese genero en una memoria, hoy clasica, si bien injustamente 
despreciada por nuestros estudiosos actuales, en la que notaba, como digo, con mucha 
exactitud y precision, crisis llamadas "de confesion", que sobrevienen, senal excelente, 
al convaleciente moral... Nuestro gran Dupre, casi un siglo despues, supo establecer a 
proposito del mismo sintoma su nomenclatura, ahora celebre, en la que esta crisis 
identica figura con el titulo de crisis de "acopio de recuerdos", crisis que, segun el 
mismo autor, debe producirse, cuando la cura va bien encauzada, poco antes de la 
derrota total de las ideaciones angustiosas y de la liberacion definitiva de la esfera de la 
conciencia, fenomeno secundario, en resumen, en el curso del restablecimiento 
psiquico. Por otra parte, Dupre, con su terminologia tan caracterizada por las imagenes 
y cuyo secreto solo el conocia, llama "diarrea cogitativa de liberacion" a esa crisis que 
en el sujeto va acompafiada de una sensacion de euforia muy activa, de una 
recuperacion muy marcada de la actividad de comunicacion, recuperacion, entre otras, 
muy notable del sueno, que vemos prolongarse de repente durante dias enteros; por 
ultimo, otra fase: superactividad muy marcada de las funciones genitales, hasta el punto 
de que no es raro observar en los mismos enfermos, antes frigidos, autenticas "carpantas 
eroticas". A eso se debe esta formula: "El enfermo no entra en la curacion: jse 
precipita!" Tal es el termino magnificamente descriptivo, verdad, de esos triunfos en la 
recuperacion, mediante el cual otro de nuestros grandes psiquiatras franceses del siglo 
pasado, Philibert Margeton, caracterizaba la recuperacion de verdad triunfal de todas las 
actividades normales en un sujeto convaleciente de la enfermedad del miedo... En lo 
referente a usted, Bardamu, lo considero, pues, desde ahora, un autentico 
convaleciente... ^Le interesaria saber, Bardamu, ya que hemos llegado a esta conclusion 
satisfactoria, que manana, precisamente, presento en la Sociedad de Psicologia Militar 
una memoria sobre las cualidades fundamentales del espiritu humano?... Es una 



memoria de calidad, me parece.» 

«Desde luego, profesor, esas cuestiones me apasionan...» 

«Pues bien, sepa usted, en resumen, Bardamu, que en ella defiendo esta tesis: que 
antes de la guerra el hombre seguia siendo un desconocido inaccesible para el psiquiatra 
y los recursos de su espiritu un enigma... » 

«Esa es tambien mi muy modesta opinion, profesor...» 

«Mire usted, Bardamu, la guerra, gracias a los medios incomparables que nos ofrece 
para poner a prueba los sistemas nerviosos, jhace de formidable revelador del espiritu 
humano! Vamos a poder pasar siglos ocupados en meditar sobre estas revelaciones 
patologicas recientes, siglos de estudios apasionados... Confesemoslo con franqueza... 
jHasta ahora solo habiamos sospechado las riquezas emotivas y espirituales del hombre! 
Pero en la actualidad, gracias a la guerra, es un hecho... jEstamos penetrando, a 
consecuencia de una fractura, dolorosa, desde luego, pero decisiva y providencial para 
la ciencia, en su intimidad! Desde las primeras revelaciones, a mi, Bestombes, ya no me 
cupo duda sobre el deber del psicologo y del moralista modernos. jEra necesaria una 
reforma total de nuestras concepciones psicologicas!» 

Tambien yo, Bardamu, era de esa opinion. 

«En efecto, creo, profesor, que estaria bien...» 

«jAh! Tambien lo cree usted, Bardamu, jno es que yo se lo diga! Mire usted, en el 
hombre lo bueno y lo malo se equilibran, egoismo por una parte, altruismo por otra... En 
los sujetos excepcionales, mas altruismo que egoismo. <<,Eh? ^No es asi?» 

«Asi es, profesor, exactamente asi...» 

«Y en el sujeto excepcional, digame, Bardamu, ^cual puede ser la mas elevada 
entidad conocida que pueda estimular su altruismo y obligarlo a manifestarse indiscuti- 
blemente?» 

«jEl patriotismo, profesor! » 

«jAh! Ve usted, jno es que yo se lo diga! jMe comprende usted perfectamente... 
Bardamu! jEl patriotismo y su corolario, la gloria, simplemente, su prueba!» 

«jEs cierto!» 

«jAh! Nuestros soldaditos, fijese bien, y desde las primeras pruebas de fuego, han 
sabido liberarse espontaneamente de todos los sofismas y conceptos accesorios y, en 
particular, de los sofismas de la conservacion. Han ido a fundirse por instinto y a la 
primera con nuestra autentica razon de ser, nuestra Patria. Para llegar hasta esa verdad, 
no solo la inteligencia es superflua, Bardamu, jes que, ademas, molesta! Es una verdad 
del corazon, la Patria, como todas las verdades esenciales, jen eso el pueblo no se 
equivoca! Justo en lo que el sabio malo se extravia...» 

«jEso es hermoso, profesor! jDemasiado hermoso! jEs clasico!» 

Me estrecho las dos manos casi con afecto, Bestombes. 

Con voz que se habia vuelto paternal, tuvo a bien anadir, ademas, a mi intencion: 
«Asi voy a tratar a mis enfermos, Bardamu, mediante la electricidad para el cuerpo y el 
espiritu, dosis masivas de etica patriotica, autenticas inyecciones de moral 
reconstituyente» . 

«jLo comprendo, profesor!» 

En efecto, comprendia cada vez mejor. 

Tras separarme de el, me dirigi sin tardanza a la misa con mis compafieros 
reconstituidos en la capilla recien construida y descubri a Branledore, que manifestaba 
su elevada moral dando lecciones de entusiasmo precisamente a la nieta de la portera 
detras del portalon. Ante su invitacion, acudi al instante a reunirme con el. 

Por la tarde, por primera vez desde que estabamos alii vinieron padres desde Paris y 
despues todas las semanas. 



Por fin habia escrito a mi madre. Estaba contenta de volver a verme, mi madre, y 
lloriqueaba como una perra a la que por fin hubieran devuelto su cachorro. Sin duda 
creia ayudarme mucho tambien al besarme, pero en realidad permanecia en un nivel 
inferior al de la perra, porque creia en las palabras que le decian para arrebatarme de su 
lado. Al menos la perra solo cree en lo que huele. Mi madre y yo dimos un largo paseo 
por las calles cercanas al hospital, una tarde, fuimos vagabundeando por las calles sin 
acabar que hay por alii, calles con farolas aun sin pintar, entre las largas fachadas 
chorreantes, de ventanas abigarradas con cien trapos colgando, las camisas de los po- 
bres, oyendo el chisporroteo de la chamusquina a mediodia, borrasca de grasas baratas. 
En el gran abandono languido que rodea la ciudad, alii donde la mentira de su lujo va a 
chorrear y acabar en podredumbre, la ciudad muestra a quien lo quiera ver su gran 
trasero de cubos de basura. Hay fabricas que eludes al pasear, que exhalan todos los 
olores, algunos casi increibles, donde el aire de los alrededores se niega a apestar mas. 
Muy cerca, enmohece la verbenita, entre dos altas chimeneas desiguales; sus caballitos 
pintados son demasiado caros para quienes los desean, muchas veces durante semanas 
enteras, mocosos raquiticos, atraidos, rechazados y retenidos a un tiempo, con todos los 
dedos en la nariz, por su abandono, la pobreza y la musica. 

Todo son esfuerzos para alejar de aquellos lugares la verdad, que no cesa de volver a 
llorar sobre todo el mundo; por mucho que se haga, por mucho que se beba, aunque sea 
vino tinto, espeso como la tinta, el cielo sigue siendo igual alii, cerrado, como una gran 
charca para los humos del suburbio. 

En tierra, el barro se agarra al cansancio y los flancos de la existencia estan cerrados 
tambien, bien cercados por inmuebles y mas fabricas. Son ya feretros las paredes por 
ese lado. Como Lola se habia ido para siempre y Musyne tambien, ya no me quedaba 
nadie. Por eso habia acabado escribiendo a mi madre, por ver a alguien. A los veinte 
aiios ya solo tenia pasado. Recorrimos juntos, mi madre y yo, calles y calles 
dominicales. Ella me contaba las insignificancias relativas a su comercio, lo que decian 
de la guerra a su alrededor, en la ciudad, que era triste, la guerra, «espantosa» incluso, 
pero que con mucho valor acabariamos saliendo todos de ella, los caidos para ella no 
eran sino accidentes, como en las carreras; si se agarraran bien, no se caerian. Por lo que 
a ella respectaba, no veia en la guerra sino una gran pesadumbre nueva que intentaba no 
agitar demasiado; parecia que le diera miedo aquella pesadumbre; estaba repleta de 
cosas temibles que no comprendia. En el fondo, creia que los humildes como ella 
estaban hechos para sufrir por todo, que esa era su mision en la Tierra, y que, si las 
cosas iban tan mal recientemente, debia de deberse tambien, en gran parte, a las muchas 
faltas acumuladas que habian cometido, los humildes... Debian de haber hecho tonterias, 
sin darse cuenta, por supuesto, pero el caso es que eran culpables y ya era mucha 
bondad que se les diera asi, sufriendo, la ocasion de expiar sus indignidades... Era una 
«intocable», mi madre. 

Ese optimismo resignado y tragico le servia de fe y constituia el fondo de su 
temperamento. 

Seguiamos los dos, bajo la lluvia, por las calles sin edificar; por alii las aceras se 
hunden y desaparecen, los pequehos fresnos que las bordean conservan mucho tiempo 
las gotas en las ramas, en invierno, tremulas al viento, humilde hechizo. El camino del 
hospital pasaba por delante de numerosos hoteles recientes, algunos tenian nombre, 
otros ni siquiera se habian tornado esa molestia. «Habitaciones por semanas», decian, 
simplemente. La guerra los habia vaciado, brutal, de su contenido de obreros y peones. 
No iban a volver ni siquiera para morir, los inquilinos. Tambien es un trabajo morir, 
pero lo harian fuera. 

Mi madre me acompanaba de nuevo hasta el hospital lloriqueando, aceptaba el 



accidente de la muerte; no solo consentia, se preguntaba, ademas, si tenia yo tanta resig- 
nacion como ella. Creia en la fatalidad tanto como en el bello metro de la Escuela de 
Artes y Oficios, del que siempre me habia hablado con respeto, porque, siendo joven, le 
habian ensefiado que el que utilizaba en su comercio de merceria era la copia 
escrupulosa de ese soberbio patron oficial. 

Entre las parcelas de aquel campo venido a menos existian aun algunos terrenos 
cultivados aqui y alia y, aferrados incluso a aquellos pobres restos, algunos campesinos 
viejos encajonados entre las casas nuevas. Cuando nos quedaba tiempo antes de regresar 
a la caida de la tarde, ibamos a contemplarlos, mi madre y yo, a aquellos extranos 
campesinos empenados en excavar con un hierro esa cosa blanda y granulosa que es la 
tierra, donde meten a los muertos para que se pudran y de donde procede, de todos 
modos, el pan. «jDebe de ser muy duro vivir de la tierra!», comentaba todas las veces al 
observarlos, mi madre, muy perpleja. En punto a miserias, solo conocia las que se 
parecian a la suya, las de la ciudad, intentaba imaginarse como podian ser las del 
campo. Fue la unica curiosidad que le conoci, a mi madre, y le bastaba como distraccion 
para un domingo. Con eso volvia a la ciudad. 

Yo no recibia la menor noticia de Lola, ni de Musyne tampoco. Las muy putas se 
mantenian claramente en el lado ventajoso de la situacion, donde reinaba una consigna 
risuena pero implacable de eliminacion para nosotros, carnes destinadas a los 
sacrificios. Ya en dos ocasiones me habian echado asi hacia los lugares donde encierran 
a los rehenes. Simple cuestion de tiempo y de espera. La suerte estaba echada. 



Branledore, mi vecino de hospital, el sargento, gozaba, ya lo he contado, de una 
persistente popularidad entre las enfermeras, estaba cubierto de vendas y radiante de 
optimismo. Todo el mundo en el hospital envidiaba y copiaba su actitud. Al volvernos 
presentables y dejar de ser repulsivos moralmente, empezamos, a nuestra vez, a recibir 
las visitas de gente bien situada en la sociedad y la administracion parisinas. Se 
comentaba en los salones que el centro neurologico del profesor Bestombes estaba 
convirtiendose en el autentico foco, por asi decir, del fervor patriotico intenso, el hogar. 
A partir de entonces los dias de visita recibimos no solo a obispos, sino tambien a una 
duquesa italiana, un gran fabricante de municiones y pronto la propia Opera y los 
actores del Theatre Franjais. Venian a admirarnos sobre el terreno. Una bella actriz de la 
Comedie, que recitaba los versos como nadie, volvio incluso a mi cabecera para 
declamarme algunos particularmente heroicos. Su pelirroja y perversa melena (la piel 
hacia juego) se veia recorrida al tiempo por ondas sorprendentes que me llegaban en 
vibraciones derechas hasta el perineo. Como me interrogaba, aquella divina, sobre mis 
acciones de guerra, le di tantos detalles y tan emocionantes, que ya no me quito los ojos 
de encima. Presa de emocion duradera, me pidio permiso para estampar en verso, 
gracias a un poeta admirador suyo, los pasajes mas intensos de mis relates. Accedi al 
instante. El profesor Bestombes, enterado de aquel proyecto, se declaro particularmente 
favorable. Incluso concedio una entrevista con ocasion de ello y el mismo dia a los 
enviados de una gran Revista ilustrada, que nos fotografio a todos juntos en la 
escalinata del hospital junto a la bella actriz. «E1 mas alto deber de los poetas, en los 
tragicos momentos que vivimos -declaro el profesor Bestombes, que no dejaba escapar 
ni una oportunidad-, jes el de devolvernos el gusto por la Epopeya! jHan pasado los 
tiempos de las maniobras mezquinas! jAbajo las literaturas acartonadas! jUn alma 
nueva nos ha nacido en medio del gran y noble estruendo de las batallas! jLo exige en 
adelante el desarrollo de la gran renovacion patriotica! [Las altas cimas prometidas a 
nuestra Gloria!... jExigimos el soplo grandioso del poema epico!... Por mi parte, 
i declaro admirable que en este hospital que dirijo llegue a formarse, ante nuestros ojos, 
de modo inolvidable, una de esas sublimes colaboraciones creadoras entre el Poeta y 
uno de nuestros heroes! » 

Branledore, mi companero de cuarto, cuya imaginacion llevaba un poco de retraso 
sobre la mia al respecto y que tampoco figuraba en la foto, concibio por ello una viva y 
tenaz envidia. Desde entonces se puso a disputarme de modo salvaje la palma del 
heroismo. Inventaba historias nuevas, se superaba, nadie podia detenerlo, sus hazanas 
rayaban en el delirio. 

Me resultaba diftcil imaginar algo mas animado, afiadir algo mas a tales 
exageraciones y, sin embargo, nadie en el hospital se resignaba; el caso era ver cual de 
nosotros, picado por la emulacion, inventaba a mas y mejor otras «hermosas paginas 
guerreras» en las que figurar, sublime. Viviamos un gran cantar de gesta, encarnando 
personajes fantasticos, en el fondo de los cuales temblabamos, ridiculos, con todo el 
contenido de nuestras carnes y nuestras almas. Se habrian quedado de piedra, si nos 
hubieran sorprendido en la realidad. La guerra estaba madura. 

Nuestro gran amigo Bestombes seguia recibiendo las visitas de numerosos notables 
extranjeros, senores cientificos, neutrales, escepticos y curiosos. Los inspectores 
generales del ministerio pasaban, armados de sable y pimpantes, por nuestras salas, con 



la vida militar prolongada y, por tanto, rejuvenecidos e hinchados de nuevas dietas. Por 
eso, no escatimaban distinciones y elogios, los inspectores. Todo iba bien. Bestombes y 
sus magnificos heridos se convirtieron en el honor del servicio de Sanidad. 

Mi bella protectora del «Francais» volvio pronto una vez mas, a hacerme una visita 
particular, mientras su poeta familiar acababa el relato, rimado, de mis hazanas. Por fin 
conoci, en una esquina de un corredor, a aquel joven, palido, ansioso. La fragilidad de 
las fibras de su corazon, segun me confio, en opinion de los propios medicos, rayaba en 
el milagro. Por eso lo retenian, aquellos medicos preocupados por los seres fragiles, 
lejos de los ejercitos. A cambio, habia emprendido, aquel humilde bardo, con riesgo 
incluso para su salud y para todas sus supremas fuerzas espirituales, la tarea de forjar, 
para nosotros, «el bronce moral de nuestra victoria». Una bella herramienta, por 
consiguiente, en versos inolvidables, desde luego, como todo lo demas. 

jNo me iba yo a quejar, puesto que me habia elegido entre tantos otros bravos 
innegables, para ser su heroe! Por lo demas, me favorecio, confesemoslo, esplendida- 
mente. A decir verdad, fue magnifico. El acontecimiento del recital se produjo en la 
propia Comedie-Francaise, durante una asi llamada sesion poetica. Todo el hospital fue 
invitado. Cuando aparecio en escena mi pelirroja, tremula recitadora, con gesto 
grandioso y el talle torneado en los pliegues, vueltos por fin voluptuosos, del tricolor, 
fue la serial para que la sala entera, de pie, avida, ofreciera una de esas ovaciones que no 
acaban. Desde luego, yo estaba preparado, pero, aun asi, mi asombro fue real, no pude 
ocultar mi estupefaccion a mis vecinos al oirla vibrar, exhortar asi, aquella amiga 
magnifica, gemir incluso, para volver mas apreciable todo el drama que entranaba el 
episodio por mi inventado para su uso particular. Evidentemente, su poeta me concedia 
puntos con la imaginacion, hasta habia magnificado monstruosamente la mia, ayudado 
por sus rimas floridas, con adjetivos formidables que iban a recaer solemnes en el 
supremo y admirativo silencio. Al llegar al desarrollo de un periodo, el mas caluroso del 
pasaje, dirigiendose al palco donde nos encontrabamos, Branledore y yo y algunos otros 
heridos, la artista, con sus dos esplendidos brazos extendidos, parecio ofrecerse al mas 
heroico de nosotros. En aquel momento el poeta ilustraba con fervor un fantastico rasgo 
de bravura que yo me habia atribuido. Ya no recuerdo bien lo que ocurria, pero no era 
cosa de poca monta. Por fortuna, nada es increible en punto a heroismo. El publico 
adivino el sentido de la ofrenda artistica y la sala entera dirigida entonces hacia 
nosotros, gritando de gozo, transportada, trepidante, reclamaba al heroe. 

Branledore acaparaba toda la parte delantera del palco y sobresalia de entre todos 
nosotros, pues podia taparnos casi completamente tras sus vendas. Lo hacia a proposito, 
el muy cabron. 

Pero dos de mis compafieros, que se habian subido a sillas detras de el, se ofrecieron, 
de todos modos, a la admiracion de la multitud por encima de sus hombros y su cabeza. 
Los aplaudieron a rabiar. 

«Pero, j si se refiere a mi! -estuve a punto de gritar en aquel momento-. jA mi solo!» 
Me conocia yo a Branledore, nos habriamos insultado delante de todo el mundo y tal 
vez nos habriamos pegado incluso. Al final, para el fue la perra gorda. Se impuso. Se 
quedo solo y triunfante, como deseaba, para recibir el tremendo homenaje. A los demas, 
vencidos, no nos quedaba otra opcion que precipitarnos hacia los bastidores, cosa que 
hicimos y, por fortuna, fuimos festejados en ellos. Consuelo. Sin embargo, nuestra 
actriz-inspiradora no estaba sola en su camerino. A su lado se encontraba el poeta, su 
poeta, nuestro poeta. Tambien el amaba, como ella, a los jovenes soldados, muy 
tiernamente. Me lo hicieron comprender con arte. Buen negocio. Me lo repitieron, pero 
no tuve en cuenta sus amables indicaciones. Peor para mi, porque las cosas se habrian 
podido arreglar muy bien. Tenian mucha influencia. Me despedi bruscamente, ofendido 



como un tonto. Era j oven. 

Recap itulemos: los aviadores me habian robado a Lola, los argentinos me habian 
cogido a Musyne y, por ultimo, aquel invertido armonioso acababa de soplarme mi 
soberbia comediante. Abandone, desamparado, la Comedie mientras apagaban los 
ultimos candelabros de los pasillos y volvi, solo, de noche y a pie, a nuestro hospital, 
ratonera entre barros tenaces y suburbios insumisos. 



No es por darme pisto, pero debo reconocer que mi cabeza nunca ha sido muy solida. 
Pero es que entonces, por menos de nada, me daban mareos, como para caer bajo las 
ruedas de los coches. Titubeaba en la guerra. En punto a dinero para gastillos, solo podia 
contar, durante mi estancia en el hospital, con los pocos francos que mi madre me daba 
todas las semanas con gran sacrificio. Por eso, en cuanto me fue posible, me puse a 
buscar pequenos suplementos, por aqui y por alia, donde pudiera encontrarlos. Uno de 
mis antiguos patronos fue el primero que me parecio propicio al respecto y en seguida 
recibio mi visita. 

Recorde con toda oportunidad que habia trabajado en tiempos obscuros en casa de 
aquel Roger Puta, el joyero de la Madeleine, en calidad de empleado suplente, un poco 
antes de la declaracion de la guerra. Mi tarea en casa de aquel joyero asqueroso 
consistia en «extras», en limpiar la plata de su tienda, numerosa, variada y, en epocas de 
regalos, diftcil de mantener limpia, por los continuos manoseos. 

En cuanto acababa en la facultad, donde seguia estudios rigurosos e interminables 
(por los examenes en los que fracasaba), volvia al galope a la trastienda del Sr. Puta y 
pasaba dos o tres horas luchando con sus chocolateras, a base de «blanco de Espana», 
hasta la hora de la cena. 

A cambio de mi trabajo me daban de comer, abundantemente por cierto, en la cocina. 
Por otra parte, mi currelo consistia tambien en llevar a pasear y mear los perros de 
guarda de la tienda antes de ir a clase. Todo ello por cuarenta francos al mes. La joyeria 
Puta centelleaba con mil diamantes en la esquina de la Rue Vignon y cada uno de 
aquellos diamantes costaba tanto como varios decenios de mi salario. Por cierto, que 
aun siguen brillando en ella, esos diamantes. Aquel patron Puta, destinado a servicios 
auxiliares cuando la movilizacion, se puso a servir en particular a un ministro, cuyo 
automovil conducia de vez en cuando. Pero, por otro lado, y ello de forma totalmente 
oficiosa, prestaba, Puta, servicios de lo mas utiles, suministrando las joyas del 
Ministerio. El personal de las altas esferas especulaba con gran fortuna con los 
mercados cerrados y por cerrar. Cuanto mas avanzaba la guerra, mayor necesidad habia 
de joyas. El Sr. Puta recibia tantos pedidos, que a veces encontraba dificultades para 
atenderlos. 

Cuando estaba agotado, el Sr. Puta llegaba a adquirir una pequena expresion de 
inteligencia, por la fatiga que lo atormentaba y solo en esos momentos. Pero en reposo, 
su rostro, pese a la finura innegable de sus facciones, formaba una armonia de placidez 
tonta, de la que resultaba dificil no conservar para siempre un recuerdo desesperante. 

Su mujer, la Sra. Puta, era una sola cosa con la caja de la casa, de la que no se 
apartaba, por asi decir, nunca. La habian educado para ser la esposa de un joyero. Ambi- 
cion de padres. Conocia su deber, todo su deber. La pareja era feliz, al tiempo que la 
caja era prospera. No es que fuese fea, la Sra. Puta, no, incluso habria podido ser bas- 
tante bonita, como tantas otras, solo que era tan prudente, tan desconfiada, que se 
detenia al borde de la belleza, como al borde de la vida, con sus cabellos demasiado 
peinados, su sonrisa demasiado facil y repentina, gestos demasiado rapidos o demasiado 
furtivos. Irritaba intentar distinguir lo que de demasiado calculado habia en aquel ser y 
las razones del malestar que experimentabas, pese a todo, al acercarte a ella. Esa 
repulsion instintiva que inspiran los comerciantes a los avisados que se acercan a ellos 
es uno de los muy escasos consuelos de ser pobres diablillos que tienen quienes no 



venden nada a nadie. 

Asi, pues, era presa total de las mezquinas preocupaciones del comercio, la Sra. Puta, 
exactamente como la Sra. Herote, pero en otro estilo, y del mismo modo que las 
religiosas son presa, en cuerpo y alma, de Dios. 

Sin embargo, de vez en cuando, sentia, nuestra patrona, como una preocupacion de 
circunstancias. Asi sucedia que se abandonara hasta llegar a pensar en los padres de los 
combatientes. «De todos modos, jque desgracia esta guerra para quienes tienen hijos 
mayores!» 

«Pero, bueno, jpiensa antes de hablar! -la reprendia al instante su marido, a quien 
esas sensiblerias encontraban siempre listo y resuelto-. ^Es que no hay que defender a 
Francia?» 

Asi, personas de buen corazon, pero por encima de todo buenos patriotas, estoicos, 
en una palabra, se quedaban dormidos todas las noches de la guerra encima de los 
millones de su tienda, fortuna francesa. 

En los burdeles que frecuentaba de vez en cuando, el Sr. Puta se mostraba exigente y 
deseoso de que no lo tomaran por un prodigo. «Yo no soy un ingles, nena -avisaba desde 
el principio-. jSe lo que es trabajar! jSoy un soldadito trances sin prisas!» Tal era su 
declaracion preliminar. Las mujeres lo apreciaban mucho por esa forma sensata de 
abordar el placer. Gozador pero no pardillo, un hombre. Aprovechaba el hecho de 
conocer su mundo para realizar algunas transacciones de joyas con la ayudante de la 
patrona, quien no creia en las inversiones en Bolsa. El Sr. Puta progresaba de forma 
sorprendente desde el punto de vista militar, de licencias temporales a prorrogas 
definitivas. No tardo en quedar del todo libre, tras no se cuantas visitas medicas 
oportunas. Contaba como uno de los goces mas altos de su existencia la contemplacion 
y, de ser posible, la palpacion de pantorrillas hermosas. Era un placer por el que al 
menos superaba a su esposa, entregada en exclusiva al comercio. Con calidades iguales, 
siempre encontramos, al parecer, un poco mas de inquietud en el hombre, por limitado 
que sea, por corrompido que este, que en la mujer. En resumen, era un artistilla en 
ciernes, aquel Puta. Muchos hombres, en punto a arte, se quedan siempre, como el, en la 
mania de las pantorrillas hermosas. La Sra. Puta estaba muy contenta de no tener hijos. 
Manifestaba con tanta frecuencia su satisfaccion por ser esteril, que su marido, a su vez, 
acabo comunicando su contento comun a la ayudante de la patrona. «Sin embargo, por 
fuerza tienen que ir los hijos de alguien -respondia esta, a su vez-, jpues es un deber!» 
Es cierto que la guerra imponia deberes. 

El ministro al que servia Puta en el automovil tampoco tenia hijos: los ministros no 
tienen hijos. 

Hacia 1913, otro empleado auxiliar trabajaba conmigo en los pequenos quehaceres 
de la tienda; era Jean Voireuse, un poco «comparsa» por la noche en los teatrillos y por 
la tarde repartidor en la tienda de Puta. Tambien el se contentaba con sueldos minimos. 
Pero se las arreglaba gracias al metro. Iba casi tan rapido a pie como en metro para 
hacer los recados. Conque se quedaba con el precio del metro. Todo sisas. Le olian un 
poco los pies, cierto es, mucho incluso, pero lo sabia y me pedia que le avisara, cuando 
no habia clientes en la tienda, para poder entrar sin perjuicio y hacer las cuentas con la 
Sra. Puta. Una vez cobrado el dinero, lo enviaban al instante a reunirse conmigo en la 
trastienda. Los pies le sirvieron mucho durante la guerra. Tenia fama de ser el agente de 
enlace mas rapido de su regimiento. Durante la convalecencia, vino a verme al fuerte de 
Bicetre y fue incluso con ocasion de esa visita cuando decidimos ir juntos a dar un 
sablazo a nuestro antiguo patron. Dicho y hecho. En el momento en que llegabamos por 
el Bulevard de la Madeleine, estaban acabando de instalar el escaparate... 

«j Hombre! ^Vosotros aqui? -se extrano un poco de vemos el Sr. Puta-. De todos 



modos, jme alegro! jEntrad! Tu, Voireuse, jtienes buen aspecto! jEso es bueno! Pero tu, 
Bardamu, jpareces enfermo, muchacho! jEn fin! jEres joven! jYa te recuperaras! A 
pesar de todo, jteneis potra, chicos! Se diga lo que se diga, estais viviendo momentos 
magnificos, ^eh? ^Alli arriba? jY al aire! Eso es Historia, amigos, jos lo digo yo! jY que 
Historia!» 

No le respondiamos nada al Sr. Puta, le dejabamos decir todo lo que quisiera antes de 
darle el sablazo... Conque continuaba: 

«jAh! jEs duro, lo reconozco, estar en las trincheras!... jEs cierto! Pero, jaqui, 
verdad, tambien es duro de lo lindo!... ^,Que a vosotros os han herido? jY yo estoy 
reventado! jHace dos afios que hago servicios de noche por la ciudad! ^Os dais cuenta? 
jlmaginaos! jAbsolutamente reventado! iDeshecho! |Ah, las calles de Paris por la no- 
che! Sin luz, chicos... jY conduciendo un auto y muchas veces con el ministro! jY, 
encima, a toda velocidad! jNo os podeis imaginar!... jComo para matarse diez veces to- 
das las noches!...» 

«Si -confirmo la senora Puta-, y a veces conduce a la esposa del ministro tambien... » 

«jAh, si! Y no acaba ahi la cosa...» 

«jEs terrible!», comentamos al unisono. 

«^Y los perros? -pregunto Voireuse para mostrarse educado-. <<,Que han hecho de 
ellos? ^Todavia los llevan a pasear por las Tullerias?» 

«jLos mande matar! jEran un perjuicio para la tienda!... jPastores alemanes!» 

«iEs una pena! -lamento su mujer-. Pero los nuevos perros que tenemos ahora son 
muy agradables, son escoceses... Huelen un poco... Mientras que nuestros pastores 
alemanes, ^recuerdas, Voireuse?... Se puede decir que no olian nunca. Podiamos 
dejarlos encerrados en la tienda, incluso despues de la lluvia...» 

«jAh, si! -afiadio el Sr. Puta-. No como ese jodio Voireuse con sus pies! ^Aun te 
huelen los pies, Jean? jAnda, jodio Voireuse!» 

«Me parece que un poco aun», respondio Voireuse. 

En ese momento entraron unos clientes. 

«No os retengo mas, amigos mios -nos dijo el Sr. Puta, deseoso de eliminar a Jean de 
la tienda cuanto antes-. \Y que haya salud, sobre todo! jNo os pregunto de donde venis! 
jAh, no! La Defensa Nacional ante todo, iesa es mi opinion!)) 

Al decir Defensa Nacional, se puso muy serio, Puta, como cuando devolvia el 
cambio... Asi nos despedian. La Sra. Puta nos entrego veinte francos a cada uno, al mar- 
charnos. Ya no nos atreviamos a cruzar de nuevo la tienda, lustrosa y reluciente como un 
yate, por nuestros zapatos, que parecian monstruosos sobre la fina alfombra. 

«jAh! jMiralos, a los dos, Roger! jQue graciosos estan!... jHan perdido la 
costumbre! jParece que hubieran pisado una mierda!», exclamo la Sra. Puta. 

«jYa se les pasara!», dijo el Sr. Puta, cordial y bonachon y muy contento de librarse 
tan pronto de nosotros y por tan poco. 

Una vez en la calle, pensamos que no llegariamos demasiado lejos con veinte francos 
cada uno, pero Voireuse tenia otra idea. 

«Vente -me dijo- a casa de la madre de un amigo que murio cuando estabamos en el 
Mosa; yo voy todas las semanas, a casa de sus padres, para contarles como murio su 
chaval... Son gente rica... Me da unos cien francos todas las veces, su madre... Dicen 
que les gusta escucharme... Conque como comprenderas...» 

«^Que cojones voy a ir yo a hacer en su casa? <<,Que le voy a decir a la madre?» 

«Pues le dices que lo viste, tu tambien... Te dara cien francos tambien a ti... [Son 
gente rica de verdad! jTe lo digo yo! No se parecen a ese patan de Puta... Esos no miran 
el dinero...» 

«De acuerdo, pero, ^estas seguro de que no me va a preguntar detalles?... Porque yo 



no lo conoci a su hijo, eh... Voy a estar pez, si me pregunta...» 

«No, no, no importa, di lo mismo que yo... Di: si, si... jNo te preocupes! Esta 
apenada, comprendelo, esa mujer, y como le hablamos de su hijo, se pone contenta... 
Solo pide eso... Cualquier cosa... Esta chupado...» 

Yo no conseguia decidirme, pero deseaba con ganas los cien francos, que me 
parecian excepcionalmente faciles de obtener y como providenciales. 

«Vale -me decidi al final-. Pero siempre que no tenga que inventar nada, jeh! jTe 
aviso! ^Me lo prometes? Dire lo mismo que tu, nada mas... Vamos a ver, ^como murio 
el chaval?» 

«Recibi6 un obus en plena jeta, chico, y, ademas, de los grandes, en Garance, asi se 
llamaba el sitio... en el Mosa, al borde de un rio... No se encontro "ni esto" del 
muchacho, jfijate! O sea, que solo quedo el recuerdo... Y eso que era alto, verdad, y 
buen mozo, el chaval, y fuerte y deportista, pero contra un obus, ^no? jNo hay 
resistencia!» 

«jEs verdad !» 

«Visto y no visto, vamos... jA su madre aun le cuesta creerlo hoy! De nada sirve que 
yo le cuente y vuelva a contar... Cree que solo ha desaparecido... Es una idea absurda... 
iDesaparecido!... No es culpa suya, nunca ha visto un obus, no puede comprender que 
alguien se desintegre asi, como un pedo, y se acabo, sobre todo porque era su hijo...» 

«jClaro, claro!» 

«En fin, hace quince dias que no he ido a verlos... Pero vas a ver, cuando llegue, me 
recibe en seguida, la madre, en el salon, y, ademas, es que es una casa muy bonita, pa- 
rece un teatro, de tantas cortinas como hay, alfombras, espejos por todos lados... Cien 
francos, como comprenderas, no deben de significar nada para ellos... Como para mi un 
franco, poco mas o menos... Hoy hasta puede que me de doscientos... Hace quince dias 
que no la he visto... Vas a ver a los criados con los botones dorados, chico... » 

En la Avenue Henri-Martin, se giraba a la izquierda y despues se avanzaba un poco y, 
por fin, se llegaba ante una verja en medio de los arboles de una pequena alameda 
privada. 

«£Ves? -observo Voireuse, cuando estuvimos justo delante-. Es como un castillo... Ya 
te lo habia dicho... El padre es un mandamas en los ferrocarriles, segun me han 
contado... Unbaranda...» 

«^,No sera jefe de estacion?», dije en broma. 

«Vete a paseo... Miralo, por ahi baja... Viene hacia aqui...» 

Pero el hombre de edad al que senalaba no llego en seguida, caminaba encorvado en 
torno al cesped e iba hablando con un soldado. Nos acercamos. Reconoci al soldado, era 
el mismo reservista que habia encontrado la noche de Noirceur-sur-la-Lys, estando de 
reconocimiento. Incluso recorde al instante el nombre que me habia dicho: Robinson. 

«^,Conoces a ese de infanteria?», me pregunto Voireuse. 

«Si, lo conozco.» 

«Tal vez sea amigo de ellos... Deben de hablar de la madre; ojala que no nos impidan 
ir a verla... Porque es ella mas bien quien suelta la pasta... » 

El anciano se acerco a nosotros. Le temblaba la voz. 

«Querido amigo -dijo a Voireuse-, tengo el dolor de comunicarle que despues de su 
ultima visita mi pobre mujer sucumbio a nuestra inmensa pena... El jueves la habiamos 
dejado sola un momento, nos lo habia pedido... Lloraba...» 

No pudo acabar la frase. Se volvio bruscamente y se alejo. 

«Te reconozco», dije entonces a Robinson, en cuanto el anciano se hubo alejado lo 
suficiente de nosotros. 

«Yo tambien te reconozco...» 



«Oye, ^que le ha ocurrido a la vieja?», le pregunte entonces. 

«Pues que se ahorco ayer, jya ves! -respondio-. iQue mala pata, chico! -afiadio 
incluso al respecto. jLa tenia de madrina!... Mira que tengo suerte, jell! jEso es lo que 
se dice giba! jLa primera vez que venia de permiso!... Y hacia seis meses que esperaba 
este dia...» 

No pudimos reprimir la risa, Voireuse y yo, ante la desgracia de Robinson. Desde 
luego, era una sorpresa desagradable; solo, que eso no nos devolvia nuestros doscientos 
pavos, que hubiera muerto, a nosotros que ibamos a inventarnos una nueva bola para el 
caso. De repente, no estabamos contentos, ni unos ni otros. 

«Conque te las prometias muy felices, ^eh, cabroncete? -lo chinchabamos, a 
Robinson, para tomarle el pelo-. Creias que te ibas a dar una comilona de aupa, £eh?, 
con los viejos. Quiza creyeras que te la ibas a cepillar tambien, a la madrina... Pues, jvas 
listo, macho !...» 

Como, de todos modos, no podiamos quedarnos alii mirando el cesped y 
desternillandonos de risa, nos fuimos los tres juntos hacia Grenelle. Contamos el dinero 
que teniamos entre los tres, no era mucho. Como teniamos que volver esa misma noche 
a nuestros hospitales y depositos respectivos, teniamos lo justo para cenar en una 
taberna los tres y despues tal vez quedara un poquito, pero no bastante, para ir de putas. 
Sin embargo, fuimos al picadero, pero solo para tomar una copa abajo. 

«A ti me alegro de verte -me anuncio Robinson-, pero anda, que la tia esa, jla madre 
del chaval!... De todos modos, cuando lo pienso, jmira que ir a ahorcarse el dia mismo 
que yo llego!... No me lo puedo quitar de la cabeza... ^Acaso me ahorco yo?... ^De 
pena?... Entonces, jyo tendria que pasar la vida ahorcandome!... ^Y tu?» 

«La gente rica -dijo Voireuse- es mas sensible que los demas.» 

Tenia buen corazon, Voireuse. Afiadio: «Si tuviera seis francos, subiria con esa 
morenita de ahi, junto a la maquina tragaperras...» 

«Ve -le dijimos nosotros entonces-, y despues nos cuentas si chupa bien...» 

Solo, que, por mucho que buscamos, no teniamos bastante, incluida la propina, para 
que pudiera tirarsela. Teniamos lo justo para tomar otro cafe cada uno y dos copas. Una 
vez que nos las soplamos, ivolvimos a salir de paseo! 

En la Place Vendome acabamos separandonos. Cada uno se iba por su lado. Al 
despedirnos, casi no nos veiamos y hablabamos muy bajo, por los ecos. No habia luz, 
estaba prohibido. 

A Jean Voireuse no lo volvi a ver nunca. A Robinson volvi a encontrarmelo muchas 
veces en adelante. Fueron los gases los que acabaron con Jean Voireuse, en Somme. Fue 
a acabar al borde del mar, en Bretana, dos afios despues, en un sanatorio marino. Al 
principio me escribio dos veces, luego nada. Nunca habia estado junto al mar. «No te 
puedes imaginar lo bonito que es -me escribia-, tomo algunos bafios, es bueno para los 
pies, pero creo que tengo la voz completamente jodida.» Eso le fastidiaba porque su 
ambicion, en el fondo, era la de poder volver un dia a los coros del teatro. 

Los coros estan mucho mejor pagados y son mas artisticos que las simples 
comparsas. 



Los barandas acabaron soltandome y pude salvar el pellejo, pero quede marcado en 
la cabeza y para siempre. jQue le ibamos a hacer! «jVete!... -me dijeron-. jYa no sirves 
para nada!...» 

«jA Africa! -me dije-. Cuanto mas lejos, jmejor!» Era un barco como los demas de la 
Compania de los Corsarios Reunidos el que me llevo. Iba hacia los tropicos, con su 
carga de cotonadas, oficiales y funcionarios. 

Era tan viejo, aquel barco, que le habian quitado hasta la placa de cobre de la cubierta 
superior, donde en tiempos aparecia escrito el afio de nacimiento; databa de tan antiguo 
su nacimiento, que habria inspirado miedo a los pasajeros y tambien cachondeo. 

Conque me embarcaron en el para que intentara restablecerme en las colonias. 
Quienes bien me querian deseaban que hiciera fortuna. Por mi parte, yo solo tenia ganas 
de irme, pero, como, cuando no eres rico, siempre tienes que parecer util y como, por 
otro lado, nunca acababa mis estudios, la cosa no podia continuar asi. Tampoco tenia 
dinero suficiente para ir a America. «Pues, ja Africa! », dije entonces y me deje llevar 
hacia los tropicos, donde, segun me aseguraban, bastaba con un poco de templanza y 
buena conducta para labrarse pronto una situacion. 

Aquellos pronosticos me dejaban perplejo. No tenia muchas cosas a mi favor, pero, 
desde luego, tenia buenos modales, de eso no habia duda, actitud modesta, deferencia 
facil y miedo siempre de no llegar a tiempo y, ademas, el deseo de no pasar por encima 
de nadie en la vida, en fin, delicadeza... 

Cuando has podido escapar de un matadero internacional enloquecido, no deja de ser 
una referenda en cuanto a tacto y discrecion. Pero volvamos a aquel viaje. Mientras 
permanecimos en aguas europeas, la cosa no se anunciaba mal. Los pasajeros 
enmohecian repartidos en la sombra de los entrepuentes, en los WC, en el fumadero, en 
grupitos suspicaces y gangosos. Todos ellos bien embebidos de amer piqons y chismes, 
de la manana a la noche. Eructaban, dormitaban y vociferaban, sucesivamente, y, al 
parecer, sin afiorar nunca nada de Europa. 

Nuestro navio se llamaba el Amiral-Bragueton. Debia de mantenerse sobre aquellas 
aguas tibias solo gracias a su pintura. Tantas capas acumuladas, como pieles de cebolla, 
habian acabado constituyendo una especie de segundo casco en el Amiral-Bragueton. 
Bogabamos hacia Africa, la verdadera, la grande, la de selvas insondables, miasmas 
deletereas, soledades invioladas, hacia los grandes tiranos negros repantigados en las 
confluencias de rios sin fin. Por un paquete de hojas de afeitar Pilett iba yo a sacarles 
marfiles asi de largos, aves resplandecientes, esclavas menores de edad. Me lo habian 
prometido. jVida de obispo, vamos! Nada en comun con esa Africa descortezada de las 
agendas y monumentos, los ferrocarriles y el guirlache. jAh, no! Nosotros ibamos a 
verla en su jugo, ;el Africa autentica! jNosotros, los pasajeros del Amiral-Bragueton, 
que no dejabamos de darle a la priva! 

Pero, tras pasar ante las costas de Portugal, las cosas empezaron a estropearse. 
Irresistiblemente, cierta manana, al despertar, nos vimos como dominados por un 
ambiente de estufa infinitamente tibio, inquietante. El agua en los vasos, el mar, el aire, 
las sabanas, nuestro sudor, todo, tibio, caliente. En adelante imposible, de noche, de dia, 
tener ya nada fresco en la mano, bajo el trasero, en la garganta, salvo el hielo del bar con 
el whisky. Entonces una vil desesperacion se abatio sobre los pasajeros del Amiral- 
Bragueton, condenados a no alejarse mas del bar, embrujados, pegados a los ventila- 



dores, soldados a los cubitos de hielo, intercambiando amenazas despues de las cartas y 
disculpas en cadencias incoherentes. 

No hubo que esperar mucho. En aquella estabilidad desesperante de calor, todo el 
contenido humano del navio se coagulo en una borrachera masiva. Nos moviamos 
remolones entre los puentes, como pulpos en el fondo de una bafiera de agua estancada. 
Desde aquel momento vimos desplegarse a flor de piel la angustiosa naturaleza de los 
blancos, provocada, liberada, bien a la vista por fin, su autentica naturaleza de verdad, 
igualito que en la guerra. Estufa tropical para instintos, semejantes a los sapos y viboras 
que salen por fin a la luz, en el mes de agosto, por los flancos agrietados de las carceles. 
En el frio de Europa, bajo las piidicas nieblas del Norte, aparte de las matanzas, tan solo 
se sospecha la hormigueante crueldad de nuestros hermanos, pero, en cuanto los excita 
la fiebre innoble de los tropicos, su corrupcion invade la superficie. Entonces nos 
destapamos como locos y la porqueria triunfa y nos recubre por entero. Es la confesion 
biologica. Desde el momento en que el trabajo y el frio dejan de coartarnos, aflojan un 
poco sus tenazas, descubrimos en los blancos lo mismo que en la alegre ribera, una vez 
que el mar se retira: la verdad, charcas pestilentes, cangrejos, carrona y zurullos. 

Asi, pasado Portugal, todo el mundo, en el navio, se puso a liberar los instintos con 
rabia, ayudado por el alcohol y tambien por esa sensacion de satisfaccion intima que 
procura una gratuidad de viaje absoluta, sobre todo a los militares y funcionarios en 
activo. Sentirse alimentado, alojado y abrevado gratis durante cuatro semanas seguidas, 
es bastante, por si solo, <<,no?, al pensarlo, para delirar de economia. Por consiguiente, 
yo, el unico que pagaba el viaje, pareci, en cuanto se supo esa particularidad, 
singularmente descarado, del todo insoportable. 

Si hubiera tenido alguna experiencia de los medios coloniales, al salir de Marsella, 
habria ido, compafiero indigno, a pedir de rodillas perdon, indulgencia a aquel oficial de 
infanteria colonial que me encontraba por todas partes, el de graduacion mas alta, y a 
humillarme, ademas, tal vez, para mayor seguridad, a los pies del funcionario mas 
antiguo. ^Quizas entonces me habrian tolerado entre ellos sin inconveniente aquellos 
pasajeros fantasticos? Pero mi inconsciente pretension de respirar, ignorante de mi, en 
torno a ellos estuvo a punto de costarme la vida. 

Nunca se es bastante temeroso. Gracias a cierta habilidad, solo perdi el amor propio 
que me quedaba. Veamos como ocurrio. Algo despues de pasar las islas Canarias, supe 
por un camarero que todos estaban de acuerdo en considerarme presumido, insolente 
incluso... Que me suponian chulo de putas y al mismo tiempo pederasta... Un poco 
cocainomano incluso... Pero eso por anadidura... Despues se abrio paso la idea de que 
debia de huir de Francia ante las consecuencias de fechorias de lo mas graves. Sin 
embargo, eso solo era el comienzo de mis adversidades. Entonces me entere de la 
costumbre impuesta en aquella linea: la de no aceptar sino con extrema circunspeccion, 
acompanada, por cierto, de novatadas, a los pasajeros que pagaban, es decir, los que no 
gozaban ni de la gratuidad militar ni de los convenios burocraticos, pues las colonias 
francesas, como es sabido, eran propiedad exclusiva de la nobleza de los Anuarios. 

Al fin y al cabo, existen muy pocas razones validas para que un civil desconocido se 
aventure en esa direccion... Espia, sospechoso, encontraron mil razones para mirarme 
con mala cara, los oficiales a los ojos, las mujeres con sonrisa convenida. Pronto, hasta 
los propios criados, alentados, intercambiaban a mi espalda comentarios de lo mas 
causticos. Al final, nadie dudaba que yo era el mayor y mas insoportable granuja a 
bordo y, por asi decir, el unico. La cosa prometia. 

Mis vecinos de mesa eran cuatro agentes de correos de Gabon, hepaticos, 
desdentados. Familiares y cordiales al principio de la travesia, despues no me dirigieron 
ni una triste palabra. Es decir, que, por acuerdo tacito, me colocaron en regimen de 



vigilancia comun. Llego un momento en que no salia de mi camarote sino con infinitas 
precauciones. La atmosfera de horno nos pesaba sobre la piel como un cuerpo solido. 
En cueros y con el cerrojo echado, ya no me movia e intentaba imaginar que plan 
podian haber concebido los diabolicos pasajeros para perderme. No conocia a nadie a 
bordo y, sin embargo, todo el mundo parecia reconocerme. Mis senas particulares 
debian de haber quedado grabadas instantaneamente en sus mentes, como las del 
criminal celebre que se publican en los periodicos. 

Desempenaba, sin quererlo, el papel del indispensable «infame y repugnante 
canalla», verguenza del genero humano, sefialado por todos lados a lo largo de los 
siglos, del que todo el mundo ha oido hablar, igual que del Diablo y de Dios, pero que 
siempre es tan distinto, tan huidizo, en la tierra y en la vida, inaprensible, en resumidas 
cuentas. Habian sido necesarias, para aislarlo, «al canalla», para identificarlo, sujetarlo, 
las circunstancias excepcionales que solo se daban en aquel estrecho barco. 

Un autentico regocijo general y moral se anunciaba a bordo del Amiral-Bragueton. 
«E1 inmundo» no iba a escapar a su suerte. Era yo. 

Por si solo, aquel acontecimiento bien valia el viaje. Recluido entre aquellos 
enemigos espontaneos, intentaba yo, a duras penas, identificarlos sin que lo advirtieran. 
Para lograrlo, los espiaba impunemente, sobre todo de manana, por la ventanilla de mi 
camarote. Antes del desayuno, tomando el fresco, peludos del pubis a las cejas y del 
recto a la planta de los pies, en pijama, transparentes al sol; tendidos a lo largo de la 
borda, con el vaso en la mano, venian a eructar alii, mis enemigos, y amenazaban ya con 
vomitar alrededor, sobre todo el capitan de ojos saltones e inyectados, a quien el higado 
atormentaba de lo lindo, desde la aurora. Al despertar, preguntaba sin falta por mi a los 
otros guasones, si aun no me habian «tirado por la borda», segun decia, «jcomo un 
gargajo!». Para ilustrar lo que queria decir, escupia al mismo tiempo en el mar 
espumoso. jQue cachondeo! 

El Amiral apenas avanzaba, se arrastraba mas que nada, ronroneando, entre uno y 
otro balanceo. Ya es que no era un viaje, era una enfermedad. Los miembros de aquel 
concilio matinal, al examinarlos desde mi rincon, me parecian todos profundamente 
enfermos, paludicos, alcoholicos, sifiliticos seguramente; su decadencia, visible a diez 
metros, me consolaba un poco de mis preocupaciones personales. Al fin y al cabo, jeran 
unos vencidos, tanto como yo, aquellos matones!... jAun fanfarroneaban, simplemente! 
jLa unica diferencia! Los mosquitos se habian encargado ya de chuparlos y destilarles 
en plenas venas esos venenos que no desaparecen nunca... El treponema les estaba ya 
limando las arterias... El alcohol les roia el higado... El sol les resquebrajaba los 
rifiones... Las ladillas se les pegaban a los pelos y el eczema a la piel del vientre... jLa 
luz cegadora acabaria achicharrandoles la retina!... Dentro de poco, ^,que les iba a 
quedar? Un trozo de cerebro... ^Para que? ^Me lo quereis decir?... ,-Alli donde iban? 
^Para suicidarse? Solo podia servirles para eso, un cerebro, alii donde iban... Digan lo 
que digan, no es divertido envejecer en los paises en que no hay distracciones... Te ves 
obligado a mirarte al espejo, cuyo azogue enmohece, y verte cada vez mas decaido, 
cada vez mas feo... No tardas en pudrirte, entre el verdor, sobre todo cuando hace un 
calor atroz. 

Al menos el Norte conserva las carnes; la gente del Norte es palida de una vez para 
siempre. Entre un sueco muerto y un joven que ha dormido mal, poca diferencia hay. 
Pero el colonial esta ya cubierto de gusanos un dia despues de desembarcar. Los 
esperaban impacientes, esas vermes infinitamente laboriosas, y no los soltarian hasta 
mucho despues de haber cruzado el limite de la vida. Sacos de larvas. 

Nos faltaban aun ocho dias de mar antes de hacer escala en Bragamance, primera 
tierra prometida. Yo tenia la sensacion de encontrarme dentro de una caja de explosivos. 



Ya apenas comia para no acudir a su mesa ni atravesar los entrepuentes en pleno dia. Ya 
no decia ni palabra. Nunca me veian de paseo. Era dificil estar tan poco como yo en el 
barco, aun viviendo en el. 

Mi camarero, padre de familia el, tuvo a bien confiarme que los brillantes oficiales 
de la colonial habian jurado, con el vaso en la mano, abofetearme a la primera ocasion y 
despues tirarme por la borda. Cuando le preguntaba por que, no sabia y me preguntaba, 
a su vez, que habia hecho yo para llegar a ese extremo. Nos quedabamos con la duda. 
Aquello podia durar mucho tiempo. No gustaba mi jeta y se acabo. 

Nunca mas se me ocurriria viajar con gente tan dificil de contentar. Estaban tan 
desocupados, ademas, encerrados durante treinta dias consigo mismos, que les bastaba 
muy poco para apasionarse. Por lo demas, no hay que olvidar que en la vida corriente 
cien individuos por lo menos a lo largo de una sola Jornada muy ordinaria desean 
quitarte tu pobre vida: por ejemplo, todos aquellos a quienes molestas, apretujados en la 
cola del metro detras de ti, todos aquellos tambien que pasan delante de tu piso y que no 
tienen donde vivir, todos los que esperan a que acabes de hacer pipi para hacerlo ellos, 
tus hijos, por ultimo, y tantos otros. Es incesante. Te acabas acostumbrando. En el barco 
el apifiamiento se nota mas, conque es mas molesto. 

En esa olla que cuece a fuego lento, el churre de esos seres escaldados se concentra, 
los presentimientos de la soledad colonial que los va a sepultar pronto, a ellos y su 
destino, los hace gemir, ya como agonizantes. Se chocan, muerden, laceran, babean. Mi 
importancia a bordo aumentaba prodigiosamente de un dia para otro. Mis raras llegadas 
a la mesa, por furtivas y silenciosas que procurara hacerlas, cobraban caracter de 
autenticos acontecimientos. En cuanto entraba en el comedor, los ciento veinte pasajeros 
se sobresaltaban, cuchicheaban... 

Los oficiales de la colonial, bien cargados de aperitivo tras aperitivo en torno a la 
mesa del comandante, los recaudadores de impuestos, las institutrices congolefias sobre 
todo, de las que el Amiral-Bragueton llevaba un buen surtido, habian acabado, entre 
suposiciones malevolas y deducciones difamatorias, atribuyendome una importancia 
infernal. 

Al embarcar en Marsella, yo no era sino un sofiador insignificante, pero ahora, a 
consecuencia de aquella concentracion irritada de alcoholicos y vaginas impacientes, 
me encontraba irreconocible, dotado de un prestigio inquietante. 

El comandante del navio, gran bribon astuto y verrugoso, que con gusto me 
estrechaba la mano al comienzo de la travesia cada vez que nos encontrabamos, ahora 
no parecia ya reconocerme siquiera, igual que se evita a un hombre buscado por un feo 
asunto, culpable ya... ^De que? Cuando el odio de los hombres no entrana riesgo 
alguno, su estupidez se deja convencer rapido, los motivos vienen solos. 

Por lo que me parecia discernir en la malevolencia compacta en que me debatia, una 
de las sefioritas institutrices animaba al elemento femenino de la conjuracion. Volvia al 
Congo, a dinarla, al menos asi lo esperaba yo, la muy puta. Apenas se separaba de los 
oficiales coloniales de torso torneado en la tela resplandeciente y adornados, ademas, 
con el juramento que habian pronunciado de machacarme como una infecta babosa, ni 
mas ni menos, mucho antes de la proxima escala. Se preguntaban por turno si yo seria 
tan repugnante aplastado como entero. En resumen, se divertian. Aquella sefiorita 
atizaba su inspiracion, reclamaba la borrasca contra mi en el puente del Amiral- 
Bragueton, no queria conocer descanso hasta que por fin me hubieran recogido 
jadeante, enmendado para siempre de mi impertinencia imaginaria, castigado por haber 
osado existir, golpeado con rabia, en una palabra, sangrando, magullado, implorando 
piedad bajo la bota y el pufio de uno de aquellos cachas, cuya accion muscular y furia 
esplendida ardia en deseos de admirar. Escena de alta carniceria en la que sus fiados 



ovarios presentian un despertar. Valia tanto como ser violada por un gorila. El tiempo 
pasaba y es peligroso retrasar demasiado las corridas. Yo era el toro. El barco entero lo 
exigia, estremeciendose hasta las bodegas. 

El mar nos encerraba en aquel ruedo empernado. Hasta los maquinistas estaban al 
corriente. Y como ya solo quedaban tres dias para la escala, jornadas decisivas, varios 
toreros se ofrecieron. Y cuanto mas huia yo del escandalo, mas agresivos e inminentes 
se volvian conmigo. Ya se entrenaban los sacrificadores. Me acorralaron entre dos 
camarotes, contra un lienzo de pared. Escape por los pelos, pero llego a serme 
francamente peligroso el simple hecho de ir al retrete. Asi, pues, cuando ya solo 
teniamos por delante esos tres dias de mar, aproveche para renunciar definitivamente a 
todas mis necesidades naturales. Me bastaban las ventanillas. A mi alrededor todo era 
agobiante de odio y aburrimiento. Debo decir tambien que es increible, ese aburrimiento 
de a bordo, cosmico, por hablar con franqueza. Cubre el mar, el barco y los cielos. Seria 
capaz de volver excentrica a gente solida, con mayor razon a aquellos brutos 
quimericos. 

jUn sacrificio! Me iban a someter a el. Los acontecimientos se precipitaron una 
noche, despues de la cena, a la que, sin embargo, no habia podido dejar de acudir, 
acuciado por el hambre. No habia levantado la nariz del plato y ni siquiera me habia 
atrevido a sacar el panuelo del bolsillo para limpiarme. Nadie ha jalado jamas mas 
discreto que yo en aquella ocasion. De las maquinas te subia, estando sentado, hacia el 
trasero, una vibracion incesante y tenue. Mis vecinos de mesa debian de estar al 
corriente de lo que habian decidido en relacion conmigo, pues para mi sorpresa, se 
pusieron a hablarme por extenso y con gusto de duelos y estocadas, a hacerme 
preguntas... En aquel momento tambien, la institutriz del Congo, la que tenia tan mal 
aliento, se dirigio hacia el salon. Tuve tiempo de notar que llevaba un vestido de encaje, 
muy pomposo, y se acercaba al piano con una como prisa crispada, para tocar, si se 
puede decir asi, tonadas que dejaba sin concluir. El ambiente se volvio intensamente 
nervioso y furtivo. 

Di un salto para ir a refugiarme en mi camarote. Estaba a punto de alcanzarlo, 
cuando uno de los capitanes de la colonial, el mas echado para adelante, el mas 
musculoso de todos, me corto el paso, sin violencia, pero con firmeza. «Subamos al 
puente», me ordeno. Al instante estabamos arriba. Para aquella ocasion, llevaba su 
quepis mas dorado, se habia abotonado enteramente del cuello a la bragueta, cosa que 
no habia hecho desde nuestra partida. Estabamos, pues, en plena ceremonia dramatica. 
No me llegaba la camisa al cuerpo y el corazon me latia a la altura del ombligo. 

Aquel preambulo, aquella impecabilidad anormal, me hicieron presagiar una 
ejecucion lenta y dolorosa. Aquel hombre me daba la sensacion de un fragmento de la 
guerra colocado de repente en mi camino, testarudo, tarado, asesino. 

Detras de el, cerrandome la puerta del entrepuente, se alzaban al tiempo cuatro 
oficiales subalternos, atentos en extremo, escolta de la fatalidad. 

No habia, pues, medio de escapar. Aquella interpelacion debia de estar 
minuciosamente preparada. «jSenor, ante usted el capitan Fremizon de las tropas 
coloniales! En nombre de mis compafieros y del pasaje de este barco, con razon 
indignados por su incalificable conducta, jtengo el honor de pedirle una explicacion!... 
iCiertas declaraciones que ha hecho usted respecto a nosotros desde la salida de 
Marsella son inacep tables!... jHa llegado el momento, sefior mio, de expresar bien alto 
sus quejas!... jDe proclamar lo que vergonzosamente cuenta por lo bajo desde hace 
veintiun dias! De decirnos al fin lo que piensa...» 

Al oir aquellas palabras, senti un inmenso alivio. Habia temido una ejecucion 
irremediable, pero, ya que el capitan hablaba, me ofrecian una escapatoria. Me precipite 



a aprovechar la oportunidad. Toda posibilidad de cobardia se convierte en una esperanza 
magnifica a quien sabe lo que se trae entre manos. Esa es mi opinion. No hay que 
mostrarse nunca delicado respecto al medio de escapar del destripamiento ni perder el 
tiempo tampoco buscando las razones de la persecucion de que sea uno victima. Al 
sabio le basta con escapar. 

«j Capitan! -le respondi con todo el convencimiento de voz de que era capaz en aquel 
momenta-. jQue extraordinario error iba usted a cometer! jYo! ^Como puede 
atribuirme, a mi, semej antes sentimientos perfidos? jEs demasiada injusticia, la verdad! 
jSolo de pensarlo me pongo enfermo! jComo! jYo, que hace nada era aun defensor de 
nuestra querida patria! j Yo, que he mezclado mi sangre con la de usted durante anos en 
innumerables batallas! jQue injusticia iba a cometer conmigo, capitan! » 

Despues, dirigiendome al grupo entero: 

«^,C6mo han podido ustedes, senores, creer semejante maledicencia? jLlegar hasta el 
extremo de pensar que yo, hermano de ustedes, en resumidas cuentas, me empenaba en 
propalar inmundas calumnias sobre oficiales heroicos! jEs el colmo! ;E1 colmo, la 
verdad! jY eso en el momenta en que se aprestan, esos valientes, esos valientes incom- 
parables, a reanudar la custodia sagrada de nuestro inmortal imperio colonial! 
-prosegui-. Alii donde los mas magnificos soldados de nuestra raza se han cubierto de 
gloria eterna. jLos Mangin! jLos Faidherbe, los Gallieni!... jAh, capitan! ^Yo? ^Una 
cosa asi?» 

Hice una pausa. Esperaba mostrarme conmovedor. Por fortuna, asi fue por un 
instante. Entonces, sin perder tiempo, aprovechando el armisticio de la chachara, fui 
derecho hacia el y le estreche las dos manos con emocion. 

Con sus manos encerradas en las mias me sentia un poco mas tranquilo. Sin soltarlas, 
segui explicandome con locuacidad y, al tiempo que le daba mil veces la razon, le 
aseguraba que nuestras relaciones debian empezar de nuevo y esa vez sin equivocos. 
jQue mi natural y estupida timidez era la unica causa de aquella fantastica confusion! 
Que, desde luego, mi conducta se podia haber interpretado como un inconcebible 
desden hacia aquel grupo de pasajeros y pasajeras, «heroes y encantadores mezclados... 
Reunion providencial de grandes caracteres y talentos... Sin olvidar a las damas, 
interpretes musicales incomparables, jornato del barco!...». Al tiempo que pedia perdon 
profusamente, solicite, para acabar, que me admitieran, sin dilacion ni restriccion 
alguna, en su alegre grupo patriotico y fraterno... en el que, desde aquel momento y para 
siempre, deseaba ser amable compafiia... Sin soltarle las manos, por supuesto, 
intensifique la elocuencia. 

Mientras no mate, el militar es como un nifio. Resulta facil divertirlo. Como no esta 
acostumbrado a pensar, en cuanto le hablas, se ve obligado, para intentar comprenderte, 
a hacer esfuerzos extenuantes. El capitan Fremizon no me mataba, no estaba bebiendo 
tampoco, no hacia nada con las manos, ni con los pies, tan solo intentaba pensar. Eso era 
superior a sus posibilidades. En el fondo, yo lo tenia sujeto de la cabeza. 

Gradualmente, mientras duraba aquella prueba de humillacion, yo notaba que mi 
amor propio estaba listo para dejarme, esfumarse aun mas y despues soltarme, 
abandonarme del todo, por asi decir, oficialmente. Digan lo que digan, es un momento 
muy agradable. Despues de ese incidente, me volvi para siempre infinitamente libre y 
ligero, moralmente, claro esta. Tal vez lo que mas se necesite para salir de un apuro en 
la vida sea el miedo. Por mi parte, desde aquel dia nunca he deseado otras armas ni otras 
virtudes. 

Los companeros del militar indeciso, que habian acudido tambien a proposito para 
enjugarme la sangre y jugar a las tabas con mis dientes desparramados, iban a 
contentarse con el unico triunfo de atrapar las palabras en el aire. Los civiles, que 



habian acudido temblorosos ante el anuncio de una ejecucion, tenian cara de pocos 
amigos. Como yo no sabia exactamente lo que decia, salvo que debia mantenerme a 
toda costa en el tono lirico, sin soltar las manos del capitan, mire fijamente a un punto 
ideal en la bruma esponjosa entre la que avanzaba el Amiral-Bragueton resoplando y 
escupiendo a cada impulso de la helice. Por fin, me arriesgue, para concluir, a hacer 
girar uno de mis brazos por encima de mi cabeza y soltando una de las manos del 
capitan, una sola, me lance a la perorata: «Entre bravos, sefiores oficiales, ^no es logico 
que acabemos entendiendonos? jViva Francia, entonces, que hostia! [Viva Francia!» Era 
el truco del sargento Branledore. Tambien en aquella ocasion dio resultado. Fue el unico 
caso en que Francia me salvo la vida, hasta entonces habia sido mas bien lo contrario. 
Observe entre los oyentes un momentito de vacilacion, pero, de todos modos, a un 
oficial, por poco predispuesto que este, le resulta muy dificil abofetear a un civil, en 
publico, en el momenta en que grita tan fuerte como yo acababa de hacerlo: «jViva 
Francia! » Aquella vacilacion me salvo. 

Cogi dos brazos al azar en el grupo de oficiales e invite a todo el mundo a venir a 
ponerse las botas en el bar a mi salud y por nuestra reconciliacion. Aquellos valientes no 
resistieron mas de un minuto y a continuacion bebimos durante dos horas. Solo las 
hembras de a bordo nos seguian con los ojos, silenciosas y gradualmente decepcionadas. 
Por las ventanillas del bar, distinguia yo, entre otras, a la pianista, institutriz testaruda, 
que pasaba, la hiena, y volvia a pasar en medio de un circulo de pasajeras. Sospechaban, 
por supuesto, aquellos bichos, que me habia escapado de la celada con astucia y se 
prometian atraparme con algun subterfugio. Entretanto, bebiamos sin cesar entre 
hombres bajo el inutil pero cansino ventilador, que desde las Canarias intentaba en vano 
desmigajar el tibio algodon atmosferico. Sin embargo, aun necesitaba yo hacer acopio 
de inspiracion, facundia que pudiera agradar a mis nuevos amigos, la facil. No cesaba, 
por miedo a equivocarme, en mi admiracion patriotica y pedia una y mil veces a 
aquellos heroes, por turno, historias y mas historias de bravura colonial. Son como los 
chistes verdes, las historias de bravura, siempre gustan a todos los militares de todos los 
paises. Lo que hace falta, en el fondo, para llegar a una especie de paz con los hombres, 
oficiales o no, armisticios fragiles, desde luego, pero aun asi preciosos, es permitirles en 
todas las circunstancias tenderse, repantigarse entre las jactancias necias. No hay 
vanidad inteligente. Es un instinto. Tampoco hay hombre que no sea ante todo vanidoso. 
El papel de panoli admirativo es practicamente el unico en que se toleran con algo de 
gusto los humanos. Con aquellos soldados no tenia que hacer excesos de imaginacion. 
Bastaba con que no cesara de mostrarme maravillado. Es facil pedir una y mil veces 
historias de guerra. Aquellos compaheros tenian historias a porrillo que contar. Parecia 
que estuviera de vuelta en los mejores momentos del hospital. Despues de cada uno de 
sus relatos, no olvidaba de indicar mi aprobacion, como me habia ensenado Branledore, 
con una frase contundente: «jEso es lo que se llama una hermosa pagina de Historia!» 
No hay mejor formula. El circulo a que acababa de incorporarme tan furtivamente 
considero que poco a poco me volvia interesante. Aquellos hombres se pusieron a 
contar, a proposito de la guerra, tantas trolas como las que en otro tiempo habia escu- 
chado yo y, mas adelante, habia contado, a mi vez, estando en competencia imaginativa 
con los compafieros del hospital. Solo, que su ambiente era diferente y sus trolas se 
agitaban a traves de las selvas congolenas en lugar de en los Vosgos o en Flandes. 

Mi capitan Fremizon, el que un instante antes se ofrecia para purificar el barco de mi 
putrida presencia, despues de haber probado mi forma de escuchar mas atento que 
nadie, empezo a descubrir en mi mil cualidades excelentes. El flujo de sus arterias se 
veia como aligerado por el efecto de mis originales elogios, su vision se aclaraba, sus 
ojos estriados y sanguinolentos de alcoholico tenaz acabaron centelleando incluso a 



traves de su embrutecimiento y las pocas dudas profundas que podia haber concebido 
sobre su propio valor, y que le pasaban por la cabeza aun en los momentos de profunda 
depresion, se esfumaron por un tiempo, adorablemente, por efecto maravilloso de mis 
inteligentes y oportunos comentarios. 

Evidentemente, jyo era un creador de euforia! jSe daban palmadas con fuerza en los 
muslos de gusto! jNo habia nadie como yo para volver agradable la vida, pese a aquella 
humedad de agonia! Ademas, ^es que no escuchaba de maravilla? 

Mientras divagabamos asi, el Amiral-Bragueton reducia aun mas la marcha, se 
retrasaba en su propia salsa; ya no habia ni un atomo de aire movil a nuestro alrededor, 
debiamos costear y tan despacio, que pareciamos avanzar entre melaza. Melaza tambien 
el cielo por encima del barco, reducido ya a un emplasto negro y derretido que yo 
miraba de reojo y con envidia. Regresar a la noche era mi gran preferencia, aun sudando 
y gimiendo y, en fin, jen cualquier estado! Fremizon no acababa de contar sus historias. 
La tierra me parecia muy proxima, pero mi plan de escape me inspiraba mil 
inquietudes... Poco a poco, nuestro tema de conversacion dejo de ser militar para 
volverse verde y despues francamente marrano y, por ultimo, tan deshilvanado, que ya 
no sabiamos como continuar; mis convidados renunciaron, uno tras otro, y se quedaron 
dormidos y roncando, sueno asqueroso que les raspaba las profundidades de la nariz. 
Aquel era el momento, o nunca, de desaparecer. No hay que dejar pasar esas treguas de 
crueldad que impone, pese a todo, la naturaleza a los organismos mas viciosos y 
agresivos de este mundo. 

En aquel momento estabamos anclados a muy poca distancia de la costa. Solo se 
distinguian algunas luces oscilantes a lo largo de la orilla. 

Alrededor del barco vinieron a apretujarse en seguida cien piraguas temblorosas de 
negros chillones. Aquellos negros asaltaron todos los puentes para ofrecer sus servicios. 
En pocos segundos lleve hasta la escalera de desembarco mi equipaje preparado 
furtivamente y me lance detras de uno de aquellos barqueros, cuya obscuridad me 
ocultaba casi enteramente sus facciones y movimientos. Debajo de la pasarela y a ras 
del agua chapoteante, pregunte, inquieto, por nuestro destino. 

«^,D6nde estamos?», le pregunte. 

«jEn Bambola-Fort-Gono!», me respondio aquella sombra. 

Empezamos a flotar libremente a grandes impulsos de remo. Lo ayude para avanzar 
mas rapido. 

Aun tuve tiempo de distinguir una vez mas, al escapar, a mis peligrosos compafieros 
de a bordo. A la luz de los faroles del entrepuente, vencidos al fin por el agotamiento y 
la gastritis, seguian fermentando y mascullando en suefios. Ahora, ahitos, tirados, se 
parecian todos, oficiales, funcionarios, ingenieros y tratantes, granulosos, barrigudos, 
olivaceos, revueltos, casi identicos. Los perros, cuando duermen, se parecen a los lobos. 

Toque tierra pocos instantes despues y me reuni con la noche, mas densa aun bajo los 
arboles, y, detras de ella, todas las complicidades del silencio. 



En aquella colonia de la Bambola-Bragamance, por encima de todo el mundo 
sobresalia el gobernador. Sus militares y sus funcionarios apenas osaban respirar, 
cuando se dignaba mirar bajo el hombro a sus personas. 

Muy por debajo aiin de aquellos notables, los comerciantes instalados parecian robar 
y prosperar con mayor facilidad que en Europa. No habia nuez de coco ni cacahuete, en 
todo el territorio, que escapara a su rapifia. Los funcionarios comprendian, a medida que 
llegaban a estar mas cansados y enfermos, que se habian burlado de ellos bien, al 
mandarlos alii, para no darles otra cosa que galones y formularios que rellenar y casi 
nada de pasta con ellos. Asi se les iban los ojos de envidia tras los comerciantes. El 
elemento militar, todavia mas embrutecido que los otros dos, se alimentaba de gloria 
colonial y, para mejor tragarla, mucha quinina y kilometros de reglamentos. 

Todo el mundo se volvia, como es facil de comprender, a fuerza de esperar que el 
termometro bajara, cada vez mas cabron. Y las hostilidades particulares y colectivas, 
interminables y descabelladas, se eternizaban entre los militares y la administracion, 
entre esta y los comerciantes, entre estos, aliados momentaneos, y aquellos y tambien de 
todos contra el negro y, por ultimo, entre negros. Asi, las escasas energias que 
escapaban al paludismo, a la sed, al sol, se consumian en odios tan feroces, tan 
insistentes, que muchos colonos acababan muriendose alii a consecuencia de ellos, 
autoenvenenados, como escorpiones. 

No obstante, aquella anarquia muy virulenta se encontraba encerrada en un marco de 
policia hermetico, como los cangrejos dentro de un cesto. Se jodian pero bien, y en 
vano, los funcionarios; el gobernador encontraba para reclutar, a fin de mantener la 
obediencia en su colonia, a todos los milicianos miseros que necesitaba, negros en- 
deudados a quienes la miseria expulsaba por millares hacia la costa, vencidos por el 
comercio, en busca de un rancho. A aquellos reclutas les ensenaban el derecho y la 
forma de admirar al gobernador. Este parecia pasear sobre su uniforme todo el oro de 
sus finanzas y, con el sol encima, era como para verlo y no creerlo, sin contar las 
plumas. 

Todos los afios se marcaba un viajecito a Vichy, el gobernador, y solo leia el Boletin 
Oficial del Estado. Numerosos funcionarios habian vivido con la esperanza de que un 
dia se acostara con su mujer, pero al gobernador no le gustaban las mujeres. No le 
gustaba nada. Sobrevivia a cada nueva epidemia de fiebre amarilla como por encanto, 
mientras que tantas de las gentes que deseaban enterrarlo la dinaban como moscas a la 
primera pestilencia. 

Recordaban que cierto «Catorce de Julio», cuando pasaba revista a las tropas de la 
Residencia, caracoleando entre los espahies de su guardia, en solitario delante de una 
bandera asi de grande, cierto sargento, seguramente exaltado por la fiebre, se arrojo 
delante de su caballo para gritarle: «jAtras, cornudo!» Al parecer, quedo muy afectado, 
el gobernador, por aquella especie de atentado, que, por cierto, quedo sin explicacion. 

Resulta dificil mirar en conciencia a la gente y las cosas de los tropicos por los 
colores que de ellas emanan. Estan en embullicion, los colores y las cosas. Una latita de 
sardinas abierta en pleno mediodia sobre la calzada proyecta tantos reflejos diversos, 
que adquiere ante los ojos la importancia de un accidente. Hay que tener cuidado. No 
solo son histericos los hombres alii, las cosas tambien. La vida no llega a ser tolerable 
apenas hasta la caida de la noche, pero, aun asi, la obscuridad se ve acaparada casi al 



instante por los mosquitos en enjambres. No uno, dos, ni cien, sino billones. Salir 
adelante en esas condiciones llega a ser una autentica obra de preservacion. Carnaval de 
dia, espumadera de noche, la guerra a la chita callando. 

Cuando en la cabana a la que te retiras, y que parece casi propicia, reina por fin el 
silencio, las termitas vienen a asediarla, ocupadas como estan eternamente, las muy 
inmundas, en comerte los montantes de la cabana. Como el tornado embista entonces 
ese encaje traicionero, las calles enteras quedan vaporizadas. 

La ciudad de Fort-Gono, donde yo habia ido a parar, aparecia asi, precaria capital de 
Bragamance, entre el mar y la selva, pero provista, adornada, sin embargo, con todos los 
bancos, burdeles, cafes, terrazas que hacen falta e incluso un banderin de enganche, para 
constituir una pequefia metropoli, sin olvidar la Place Faidherbe y el Boulevard 
Bugeaud, para el paseo, conjunto de caserones rutilantes en medio de acantilados 
rugosos, rellenos de larvas y pateados por generaciones de cabritos de la guarnicion y 
administradores espabilados. 

El elemento militar, hacia las cinco, refunfunaba en torno a los aperitivos, licores 
cuyo precio, en el momento en que yo llegaba, acababan de aumentar precisamente. 
Una delegacion de clientes iba a solicitar al gobernador una disposicion oficial que 
prohibiera a las tabernas hacer de su capa un sayo con los precios corrientes del ajenjo y 
el casis. De creer a algunos parroquianos, nuestra colonizacion se volvia cada vez mas 
ardua por culpa del hielo. La introduccion del hielo en las colonias, esta demostrado, 
habia sido la serial de la desvirilizacion del colonizador. En adelante, soldado a su 
helado aperitivo por la costumbre, iba a renunciar, el colonizador, a dominar el clima 
mediante su estoicismo exclusivamente. Los Faidherbe, los Stanley, los Marchand, 
observemoslo de pasada, no se quejaron nunca de la cerveza, el vino y el agua tibia y 
cenagosa que bebieron durante anos. No hay otra explicacion. Asi se pierden las 
colonias. 

Me entere de muchas otras cosas al abrigo de las palmeras que, en cambio, 
prosperaban con savia provocante a lo largo de aquellas calles de viviendas fragiles. 
Solo aquella crudeza de verdor inusitado impedia al lugar parecerse enteramente a la 
Garenne-B ezons . 

Al llegar la noche, se producia un hervidero de indigenas que hacian la carrera entre 
las nubeculas de mosquitos miserables y atiborrados de fiebre amarilla. Un refuerzo de 
elementos sudaneses ofrecia al paseante todo lo mejor que guardaban bajo los 
taparrabos. Por precios muy razonables te podias cepillar a una familia entera durante 
una hora o dos. A mi me habria gustado andar de sexo en sexo, pero por fuerza tuve que 
decidirme a buscar un lugar donde me dieran currelo. 

El director de la Compafiia Porduriere del Pequeno Congo buscaba, segun me 
aseguraron, a un empleado principiante para regentar una de sus factorias en la selva. 
Acudi sin tardar a ofrecerle mis incompetentes pero solicitos servicios. No rue una 
recepcion calurosa la que me reservo el director. Aquel maniaco -hay que llamarlo por 
su nombre- habitaba, no lejos del Gobierno, un pabellon especial, construido con 
madera y paja. Antes de haberme mirado siquiera, me hizo algunas preguntas muy bru- 
tales sobre mi pasado; despues, un poco calmado por mis respuestas de lo mas ingenuas, 
su desprecio hacia mi tomo un cariz bastante indulgente. Sin embargo, aun no considero 
conveniente pedirme que me sentara. 

«Segun sus documentos, sabe usted un poco de medicina», observo. 

Le respondi que, en efecto, habia hecho algunos estudios en esa materia. 

«Entonces, jle serviran! -dijo-. ^Quiere whisky?» 

Yo no bebia. «^Quiere fumar?» Tambien lo rechace. Aquella abstinencia lo 
sorprendio. Puso mala cara incluso. 



«No me gustan nada los empleados que no beben ni fuman... ^No sera usted 
pederasta por casualidad?... ^No? jLastima!... Esos nos roban menos que los otros... La 
experiencia me lo ha ensenado... Se encarifian... En fin -tuvo a bien retractarse-, en 
general me ha parecido no tar esa cualidad de los pederastas, a su favor... jTal vez usted 
nos demuestre lo contrario!... -Y a renglon seguido-: Tiene usted calor, ^eh? jYa se 
acostumbrara! De todos modos, jno le quedara mas remedio que acostumbrarse! Y el 
viaje, ^que tal?» 

«jDesagradable!», le respond!. 

«Pues, mire, amigo, eso no es nada, ya vera lo que es bueno, cuando haya pasado un 
afio en Bikomimbo, donde lo voy a enviar para substituir a ese otro farsante...» 

Su negra, en cuclillas cerca de la mesa, se hurgaba los pies y se limpiaba las unas con 
una astillita. 

«jVete de aqui, aborto! -le espeto su amo-. jVete a buscar al boy\ jY hielo tambien!» 

El boy solicitado llego muy despacio. Entonces el director se levanto como un 
resorte, irritado, y recibio al boy con un tremendo par de sonoras bofetadas y dos pa- 
tadas en el bajo vientre. 

«Esta gente me va a matar, jya ve usted! -predijo el director, al tiempo que suspiraba. 
Se dejo caer de nuevo en su sillon, cubierto de telas amarillas sucias y dadas de si-. 
Hagame el favor, amigo -dijo de repente en tono amable y familiar, como desahogado 
por un rato con la brutalidad que acababa de cometer-, paseme la fusta y la quinina... 
ahi, sobre la mesa... No deberia excitarme asi... Es absurdo dejarse llevar por el 
temperamento...» 

Desde su casa dominabamos el puerto fluvial, que relucia por entre un polvo tan 
denso, tan compacto, que se oian los sonidos de su caotica actividad mejor de lo que se 
distinguian los detalles. Filas de negros, en la orilla, trajinaban bajo el latigo 
descargando, bodega tras bodega, los barcos nunca vacios, subiendo por pasarelas tem- 
blorosas y estrechas, con sus grandes cestos llenos a la cabeza, en equilibrio, entre 
injurias, como hormigas verticales. 

Iban y venian, formando rosarios irregulares, por entre un vaho escarlata. Algunas de 
aquellas formas laboriosas llevaban, ademas, un puntito negro a la espalda, eran las 
madres, que acudian a currar como burras, tambien ellas, cargando sacos de palmitos 
con el hijo a cuestas, un fardo mas. Me pregunto si las hormigas podran hacer igual. 

«^,Verdad que siempre parece domingo aqui?... -prosiguio en broma el director-. jEs 
alegre! jY lleno de color! Las hembras siempre en cueros. ^Se ha fijado? Y hembras 
hermosas, ^eh? Parece extrano, cuando se llega de Paris, ^verdad? Y nosotros, ^,que le 
parece? j Siempre con dril bianco! Ya ve usted, icomo en los bafios de mar! ^Verdad que 
estamos guapos asi? jComo para la primera comunion, vamos! Aqui siempre es fiesta, 
jya le digo! jEl dia de la Asuncion! jY asi hasta el Sahara! jlmaginese!» 

Y despues dejaba de hablar, suspiraba, refunfunaba, volvia a repetir dos, tres veces 
«jMe cago en la leche!», se enjugaba la frente y reanudaba la conversacion. 

«Adonde lo envia a usted la Compania es en plena selva, es humedo... Queda a diez 
jornadas de aqui... Primero el mar... Y luego el rio. Un rio muy rojo, ya vera... Y al otro 
lado estan los espanoles... Aquel a quien va usted a substituir en esa factoria es un 
perfecto cabron, sepalo... En confianza... Se lo digo... jNo hay manera de que nos envie 
las cuentas, ese sinverguenza! jNo hay manera! jDe nada sirve que le mande avisos y 
mas avisos!... jNo le dura mucho la honradez al hombre, cuando esta solo!... jQuia! jYa 
vera!... jYa lo vera tambien usted!... Que esta enfermo, nos escribe... jNo lo dudo! 
jEnfermo! j Tambien yo estoy enfermo! <<,Que quiere decir eso? j Todos estamos 
enfermos! Tambien usted estara enfermo y dentro de muy poco, ademas. iEso no es una 
razon! jNos la trae floja que este enfermo!... jLa Compania ante todo! Cuando llegue 



usted alii, jhaga el inventario lo primero!... Hay viveres para tres meses en esa factoria y 
mercancias al menos para un afio... jNo le faltara de nada!... Sobre todo no saiga usted 
de noche... jDesconfie! Los negros que el le envie para recogerlo en el mar puede que lo 
tiren al agua. jHa debido de ensefiarles! jSon tan pillos como el! jNo me cabe duda! jHa 
debido de hablarles de usted!... jEso es corriente aqui! Conque coja su propia quinina, 
antes de marcharse... jEs capaz de haber puesto algo en la de el!» 

El director se canso de darme consejos, se levanto para despedirme. El techo de 
chapa parecia pesar dos mil toneladas por lo menos, de tanto calor como acumulaba la 
chapa. Los dos poniamos mala cara por el calor. Era como para dinarla al instante. 
Anadio: 

«jTal vez no valga la pena que nos volvamos a ver antes de su marcha, Bardamu! 
jAqui todo cansa! En fin, jquiza vaya, de todos modos, a verlo a los cobertizos antes de 
su partida!... Le escribiremos, cuando este usted alii... Hay un correo al mes... Sale de 
aqui, el correo, conque, jbuena suerte!...» 

Y desaparecio en su sombra entre el casco y la chaqueta. Se le veian con toda 
claridad los tendones del cuello, por detras, arqueados como dos dedos contra su cabeza. 
Se volvio otra vez: 

«jDigale a ese otro punto que vuelva aqui a toda prisa!... jQue tengo que hablar con 
el!... jQue no se entretenga por el camino! jEl muy canalla! jEspero que no casque por 
elcamino!... jSeriauna lastima! j Una verdadera lastima! jMenudo sinverguenza!» 

Un criado negro me precedia con un gran farol para llevarme al lugar donde debia 
alojarme hasta mi salida para ese interesante Bikomimbo prometido. 

Ibamos por avenidas donde todo el mundo parecia haber bajado a pasear tras el 
crepusculo. La noche, resonante de gongs, nos envolvia, entrecortada por cantos 
apagados e incoherentes como el hipo, la gran noche negra de los paises calidos con su 
brutal corazon en tam-tam, que siempre late demasiado aprisa. 

Mi joven guia caminaba rapido y agil con los pies descalzos. Debia de haber 
europeos por la espesura, se los oia por alii, paseandose, con sus voces de blancos, 
perfectamente reconocibles, agresivas, falsas. Los murcielagos no cesaban de venir a 
revolotear, de surcar el aire entre los enjambres de insectos que nuestra luz atraia a 
nuestro paso. Bajo cada hoja de arbol debia de esconderse un grillo al menos, a juzgar 
por el alboroto ensordecedor que hacian todos juntos. 

Un grupo de tiradores indigenas, que discutian junto a un ataud colocado en el suelo 
y recubierto con una gran bandera tricolor y ondulante, nos hizo detener en el cruce de 
dos caminos, a media altura de una elevacion. 

Era un muerto del hospital que no sabian donde enterrar. Las ordenes eran 
imprecisas. Unos querian enterrarlo en uno de los campos de abajo, los otros insistian en 
hacerlo en un enclave en lo alto de la cuesta. Habia que decidirse. Asi el boy y yo 
tuvimos que dar nuestra opinion sobre el asunto. 

Por fin, optaron, los porteadores, por el cementerio de abajo, en lugar del de arriba, 
por la bajada. Tambien encontramos por el camino a tres jovencitos blancos de la raza 
de los que frecuentan los domingos los partidos de rugby en Europa, espectadores 
apasionados, agresivos y paliduchos. Alii pertenecian, empleados como yo, a la 
Sociedad Porduriere y me indicaron con toda amabilidad el camino de aquella casa 
inacabada donde se encontraba, de momento, mi cama desmontable y portatil. 

Alii nos dirigimos. La construccion estaba del todo vacia, salvo algunos utensilios de 
cocina y mi cama, por llamarla de algun modo. En cuanto me hube tumbado sobre aquel 
chisme filiforme y tembloroso, veinte murcielagos salieron de los rincones y se lanzaron 
en idas y venidas zumbantes, como salvas de abanico, por encima de mi aprensivo 
reposo. 



El negrito, mi guia, volvia sobre sus pasos para ofrecerme sus servicios intimos y, 
como yo no estaba animado aquella noche, se ofrecio, al instante, desilusionado, a 
presentarme a su hermana. Me habria gustado saber como habria podido encontrarla, a 
su hermana, en semejante noche. 

El tam-tam de la aldea cercana te hacia saltar la paciencia, cortada en pedacitos 
menudos. Mil mosquitos diligentes tomaron sin tardar posesion de mis muslos y, aun 
asi, no me atrevi a volver a poner los pies en el suelo por los escorpiones y las 
serpientes venenosas, cuya abominable caza suponia iniciada. Tenian para escoger, las 
serpientes, en materia de ratas, las oia roer, a las ratas, todo lo imaginable, en la pared, 
en el suelo, tremulas, en el techo. 

Por fin, salio la luna y hubo un poco mas de calma en la habitacion. En resumen, en 
las colonias no se estaba bien. 

De todos modos, llego la mafiana, una caldera. Fui presa, en cuerpo y espiritu, de 
unas ganas tremendas de volverme a Europa. Solo me faltaba el dinero para largarme. 
Con eso basta. Por otra parte, solo me quedaba por pasar una semana en Fort-Gono 
antes de ir a incorporarme a mi puesto, en Bikomimbo, de tan agradable descripcion. 

El edificio mas grande de Fort-Gono, despues del palacio del gobernador, era el 
hospital. Me lo encontraba siempre por el camino; no hacia cien metros en la ciudad sin 
toparme con uno de sus pabellones, que apestaban desde lejos a acido fenico. De vez en 
cuando me aventuraba hasta los muelles de embarque para ver trabajar a mis anemicos 
colegas que la Compafiia Porduriere se procuraba en Francia por patronatos enteros. 
Parecian ser presa de una prisa belicosa, al no cesar de descargar y recargar cargueros, 
unos tras otros. «jCuesta tanto la estancia de un carguero en el puerto!», repetian, 
sinceramente preocupados, como si se tratara de su dinero. 

Chinchaban a los descargadores negros con frenesi. Celosos cumplidores de su deber 
eran, sin lugar a dudas, e igual de cobardes y aviesos. Empleados modelicos, en una 
palabra, bien elegidos, de una inconsciencia y un entusiasmo asombrosos. Un hijo asi le 
habria encantado tener a mi madre, devoto de los patronos, uno para ella sola, del que 
pudiera estar orgullosa delante de todo el mundo, hijo del todo legitimo. 

Habian acudido al Africa tropical, aquellos pobres abortos, a ofrecerles su carne, a 
los patronos, su sangre, sus vidas, su juventud, martires por veintidos francos al dia 
(menos las deducciones), contentos, pese a todo contentos, hasta el ultimo globulo rojo 
acechado por el diezmillonesimo mosquito. 

La colonia los hace hincharse o adelgazar, a los empleadillos, pero los conserva; solo 
existen dos caminos para cascar bajo el sol, el de la gordura o el de la delgadez. No hay 
otro. Se podria elegir, si no fuera porque depende de la naturaleza de cada cual, palmarla 
grueso o reducido a piel y huesos. 

El director, alii arriba, en el acantilado rojo, que se agitaba, diabolico, con su negra, 
bajo el techo de chapa de diez mil kilos de sol, no iba a escapar tampoco al plazo fijado. 
Era del tipo flaco. Tan solo se debatia. Parecia dominar el clima. jPura apariencia! En 
realidad, se desmoronaba aun mas que los otros. 

Segun decian, tenia un plan de estafa magnifico para hacer fortuna en dos anos... 
Pero no iba a tener tiempo de realizar su plan, aun cuando se dedicara a defraudar a la 
Compafiia noche y dia. Veintidos directores habian intentado ya antes que el hacer 
fortuna, todos con su plan, como en la ruleta. Todo aquello lo sabian los accionistas, que 
lo espiaban desde alii, desde mas arriba aun, desde la Rue Moncey de Paris, al director, 
y los hacia sonreir. Todo aquello era infantil. Lo sabian de sobra, los accionistas, 
tambien ellos, mas bandidos que nadie, que estaba sifilitico su director y muy castigado 
por los tropicos y que tragaba quinina y bismuto como para reventarse los timpanos y 
arsenico como para quedarse sin una encia. 



En la contabilidad general de la Compania, los dias del director estaban contados, 
como los meses de un cerdo. 

Mis colegas no intercambiaban la menor idea entre si. Solo formulas, fijas, fritas y 
refritas como cuscurros de pensamientos. «jNo hay que apurarse! -decian-. jLes vamos 
a dar para el pelo!...» «;E1 delegado general es un cornudo!...» «jCon la piel de los 
negros hay que hacer petacas!», etc. 

Por la noche, nos encontrabamos para el aperitivo, tras haber acabado las ultimas 
faenas, con un agente auxiliar de la Administracion, el Sr. Tandernot, asi se llamaba, 
originario de La Rochelle. Si se juntaba con los comerciantes, Tandernot, era para que le 
pagaran el aperitivo. 

No quedaba mas remedio. Decadencia. No tenia un centimo. Su puesto era el mas 
bajo posible de la jerarquia colonial. Su funcion consistia en dirigir la construccion de 
carreteras en plena selva. Los indigenas trabajaban en ellas bajo el latigo de sus 
milicianos, evidentemente. Pero como ningun bianco pasaba nunca por las carreteras 
nuevas que hacia Tandernot y, por otra parte, los negros preferian sus senderos de la 
selva para que los descubrieran lo menos posible, por miedo a los impuestos, y como, en 
el fondo, no llevaban a ninguna parte, las carreteras de la Administracion, obra de 
Tandernot, pues... desaparecian muy rapido bajo la vegetacion, en realidad de un mes 
para otro, para ser exactos. 

«jEl ano pasado perdi 122 kilometros! -nos recordaba de buena gana aquel pionero 
fantastico a proposito de sus carreteras-. jAunque no lo crean!...» 

Solo le conoci, durante mi estancia, una fanfarronada, humilde vanidad, a Tandernot, 
la de ser, el, el unico europeo que podia pescar catarros en Bragamance con 44 grados a 
la sombra... Aquella originalidad lo consolaba de muchas cosas... «jYa me he vuelto a 
constipar como un gilipollas! -anunciaba con bastante orgullo a la hora del aperitivo-. 
iEsto solo me ocurre a mi!» Entonces los miembros de nuestra enclenque cuadrilla 
exclamaban: «jJolines! jQue tio, este Tandernot!» Era mejor que nada, semejante 
satisfaccion. Cualquier cosa, en materia de vanidad, es mejor que nada. 

Una de las otras distracciones del grupo de los modestos asalariados de la Compania 
Porduriere consistia en organizar concursos de fiebre. No era dificil, pero nos 
pasabamos dias desafiandonos, lo que servia para matar el tiempo. Al llegar el atardecer 
y con el la fiebre, casi siempre cotidiana, nos mediamos. «jToma ya! jTreinta y 
nueve!...» «Pero, bueno, £y que? j Si yo llego a cuarenta como si nada!» 

Por lo demas, aquellos resultados eran del todo exactos y regulares. A la luz de los 
fotoforos, nos comparabamos los termometros. El vencedor triunfaba temblando. 
«jTranspiro tanto, que ya no puedo mear!», observaba fielmente el mas demacrado de 
nosotros, un colega flaco, de Ariege, campeon de la febrilidad, que habia ido alii, segun 
me confio, para escapar del seminario, donde «no tenia bastante libertad». Pero el 
tiempo pasaba y ni unos ni otros de aquellos companeros podian decirme a que clase de 
original pertenecia exactamente el individuo al que yo iba a substituir en Bikomimbo. 

«jEs un tipo curioso!», me advertian y se acabo. 

«A1 llegar a la colonia -me aconsejaba el chaval de Ariege, el de la fiebre alta- jtienes 
que hacerte valer! jO todo o nada! jSeras para el director un tio cojonudo o una mierda 
de tio! Y, fijate bien en lo que te digo: jte juzgan en seguida!» 

En lo que a mi respectaba, tenia mucho miedo de que me clasificaran entre los 
«mierda de tio» o peor aun. 

Aquellos jovenes negreros, mis amigos, me llevaron a visitar a otro colega de la 
Compania Porduriere, que vale la pena recordar de modo especial en este relato. Regen- 
taba un establecimiento en el centro del barrio de los europeos y, enmohecido de fatiga, 
puro carcamal, churretoso, temia a cualquier clase de luz por sus ojos, que dos anos de 



coccion ininterrumpida bajo las chapas onduladas habian dejado atrozmente secos. 
Necesitaba, segun decia, una buena media hora por la manana para abrirlos y otra media 
hora hasta poder ver un poquito con ellos. Todo rayo luminoso lo heria. Un topo enorme 
era y muy sarnoso. 

Asfixiarse y sufrir habian llegado a ser para el como una segunda naturaleza y robar 
tambien. Habria quedado bien desamparado, si hubiera recuperado de repente la salud y 
la honradez. Su odio hacia el delegado general me parece aun hoy, a tanta distancia, una 
de las pasiones mas vivas que he tenido oportunidad de observar nunca en un hombre. 
Al acordarse de el, era presa de una rabia asombrosa, pese a sus dolores, y a la menor 
ocasion se ponia de lo mas furioso, sin dejar de rascarse, por cierto, de arriba abajo. 

No cesaba de rascarse por todo el cuerpo, giratoriamente, por asi decir, desde la 
extremidad de la columna vertebral al nacimiento del cuello. Se surcaba la epidermis e 
incluso la dermis con rayas de unas sangrantes, sin por ello dejar de despachar a los 
clientes, numerosos, negros casi siempre, mas o menos desnudos. 

Con la mano libre, hurgaba entonces, solicito, en diferentes escondrijos y a derecha e 
izquierda en la tenebrosa tienda. Sacaba sin equivocarse nunca, con habilidad y presteza 
asombrosas, la cantidad exacta que necesitaba el parroquiano de tabaco en hojas 
hediondas, cerillas humedas, latas de sardinas y grandes cucharadas de melaza, de 
cerveza superalcoholica en botellas trucadas, que dejaba caer bruscamente, si volvia a 
ser presa del frenesi de rascarse, por ejemplo, en las profundidades del pantalon. 
Entonces hundia el brazo entero, que no tardaba en salir por la bragueta, siempre 
entreabierta por precaucion. 

Aquella enfermedad que le roia la piel la designaba con un nombre local, 
«corocoro». «jEsta cabronada de "corocoro"!... Cuando pienso que ese cerdo del 
director no ha pescado aun el "corocoro" -decia enfurecido-. jMe duele aun mas el 
vientre!... jEsta inmunizado contra el "corocoro"!... Esta demasiado podrido. No es un 
hombre, ese chulo, jes una infeccion!... jUnaputa mierda!...» 

Al instante toda la asamblea estallaba en carcajadas y los negros clientes tambien, 
por emulacion. Nos espantaba un poco, aquel compafiero. Aun asi, tenia un amigo; era 
un pobre tipo asmatico y canoso que conducia un camion para la Compafiia Porduriere. 
Siempre nos traia hielo, robado, evidentemente, por aqui, por alia, en los barcos del 
muelle. 

Bebimos a su salud en la barra en medio de los clientes negros, que babeaban de 
envidia. Los clientes eran indigenas bastante despiertos como para acercarse a nosotros, 
los blancos; en una palabra, una seleccion. Los otros negros, menos avispados, preferian 
permanecer a distancia. El instinto. Pero los mas espabilados, los mas contaminados, se 
convertian en dependientes de tiendas. En estas se los reconocia porque ponian de 
vuelta y media a los otros negros. El colega del «corocoro» compraba caucho en bruto, 
que le traian de la selva, en sacos, en bolas humedas. 

Estando alii, sin cansarnos nunca de escucharlo, una familia de recogedores de 
caucho, timida, se quedo parada en el umbral. El padre delante de los demas, arrugado, 
con un pequeho taparrabos naranja y el largo machete en la mano. 

No se atrevia a entrar, el salvaje. Sin embargo, uno de los dependientes indigenas lo 
invitaba: «jVen, moreno! jVen a ver aqui! iNosotros no comer salvajes!» Aquellas 
palabras acabaron decidiendolos. Penetraron en aquel homo, en cuyo fondo echaba 
pestes nuestro hombre del «corocoro». 

Al parecer, aquel negro nunca habia visto una tienda, ni blancos tal vez. Una de sus 
mujeres lo seguia, con los ojos bajos, llevando a la cabeza, en equilibrio, el enorme 
cesto lleno de caucho en bruto. 

Los dependientes se apoderaron, imperiosos, del cesto para pesar su contenido en la 



bascula. El salvaje comprendia tan poco lo de la bascula como lo demas. La mujer 
seguia sin atreverse a alzar la vista. Los otros negros de la familia los esperaban fuera, 
con ojos como platos. Los hicieron entrar tambien, a todos, incluidos los nifios, para que 
no se perdiesen nada del espectaculo. 

Era la primera vez que acudian todos asi, juntos, desde el bosque hasta la ciudad de 
los blancos. Debian de haber pasado mucho tiempo, unos y otros, para recoger todo 
aquel caucho. Conque, por fuerza, el resultado a todos interesaba. Tarda en rezumar, el 
caucho, en los cubiletes colgados del tronco de los arboles. Muchas veces un vasito no 
acaba de llenarse en dos meses. 

Pesado el cesto, nuestro rascador se llevo al padre, atonito, tras su mostrador y con 
un lapiz le hizo su cuenta y despues le puso en la palma de la mano unas monedas y se 
la cerro. Y luego: «jVete! -le dijo, como si nada-. jAhi tienes tu cuenta!. ..» 

Todos los amigos blancos se tronchaban de risa, ante lo bien que habia dirigido su 
business. El negro seguia plantado y corrido ante el mostrador con su calzon naranja en 
torno al sexo. 

«^Tu no saber dinero? ^Salvaje, entonces? -le grito para despertarlo uno de nuestros 
dependientes, listillo habituado y bien adiestrado seguramente para aquellas 
transacciones perentorias-. Tu no hablar "franse", ^eh? Tu gorila aun, £eh?... Tu, ^hablar 
que? <<,Eh? ^Kous-Kous? ^Mabillia? ^Tu tonto el culo? j Bushman! jTonto lo' cojone'!» 

Pero seguia delante de nosotros, el salvaje, con las monedas dentro de la mano 
cerrada. Se habria largado corriendo, si se hubiera atrevido, pero no se atrevia. 

«Tu, ^comprar que ahora con la pasta? -intervino oportuno, el "rascador"-. La verdad 
es que hacia mucho que no veia a uno tan gilipollas -tuvo a bien observar-. jDebe de 
venir de lejos este! ^Que quieres? jDame esa pasta !» 

Le volvio a coger el dinero, imperioso, y en lugar de las monedas le arrebujo en la 
mano un gran pafiuelo muy grande que habia ido a sacar, raudo, de un escondrijo del 
mostrador. 

El viejo negro no se decidia a marcharse con su pafiuelo. Entonces el «rascador» hizo 
algo mejor. Evidentemente, conocia todos los trucos del comercio invasor. Agitando 
ante los ojos de uno de los negritos el gran pedazo verde de estamena: «^No te parece 
bonito? ^Eh, mocoso? ^Nunca has visto panuelos asi? ^Eh, monin? jDi, granujilla!» Y 
se lo anudo en torno al cuello, imperioso, para vestirlo. 

La familia salvaje contemplaba ahora al pequeno adornado con aquella gran pieza de 
algodon verde... Ya no habia nada que hacer, puesto que el pafiuelo acababa de entrar en 
la familia. Solo cabia aceptarlo, tomarlo y marcharse. 

Conque todos se pusieron a retroceder despacio, cruzaron la puerta y, en el momento 
en que el padre se volvia, el ultimo, para decir algo, el dependiente mas espabilado, que 
llevaba zapatos, lo estimulo, al padre, con un patadon en pleno trasero. 

Toda la pequefia tribu, reagrupada, silenciosa, al otro lado de la Avenue Faidherbe, 
bajo la magnolia, nos miro acabar nuestro aperitivo. Parecia que estuvieran intentando 
comprender lo que acababa de ocurrirles. 

Era el hombre del «corocoro» quien nos invitaba. Incluso nos puso su fonografo. 
Habia de todo en su tienda. Me recordaba los convoyes de la guerra. 



Conque al servicio de la Compafiia Porduriere del Pequefio Togo trabajaban, al 
mismo tiempo que yo, ya lo he dicho, en sus cobertizos y plantaciones, gran numero de 
negros y pobres blancos de mi estilo. Los indigenas, por su parte, no funcionan sino a 
estacazos, conservan esa dignidad, mientras que los blancos, perfeccionados por la 
instruccion publica, andan solos. 

La estaca acaba cansando a quien la maneja, mientras que la esperanza de llegar a ser 
poderoso y rico con que estan atiborrados los blancos no cuesta nada, absolutamente 
nada. jQue no vengan a alabarnos el merito de Egipto y de los tiranos tartaros! Estos 
aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el supremo arte de hacer 
rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo. No sabian, aquellos primitivos, 
llamar «Senor» al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando, ni pagarle el jornal, ni, 
sobre todo, llevarlo a la guerra, para liberarlo de sus pasiones. Un cristiano de veinte 
siglos, algo sabia yo al respecto, no puede contenerse cuando por delante de el acierta a 
pasar un regimiento. Le inspira demasiadas ideas. 

Por eso, en lo que a mi respectaba, decidi andarme con mucho ojito y, ademas, 
aprender a callarme escrupulosamente, a ocultar mi deseo de largarme, a prosperar, por 
ultimo, de ser posible y pese a todo, gracias a la Compafiia Porduriere. No habia ni un 
minuto que perder. 

A lo largo de los cobertizos, al ras de las orillas cenagosas, pululaban, solapadas y 
permanentes, bandas de cocodrilos al acecho. Por ser del genero metalico, gozaban con 
aquel calor hasta el delirio; los negros, tambien, al parecer. 

En pleno mediodia, era como para preguntarse si era posible, toda la agitacion de 
aquellas masas menesterosas a lo largo de los muelles, aquel alboroto de negros 
superexcitados y gaznapiros. 

Para ejercitarme en la numeracion de los sacos, antes de partir para la selva, tuve que 
entrenarme con la asfixia progresiva en el cobertizo central de la Compafiia con los 
demas empleados, entre dos grandes basculas, encajonadas en medio de la multitud 
alcalina de negros harapientos, pustulosos y cantarines. Cada cual arrastraba tras si su 
nubecula de polvo, que sacudia cadenciosamente. Los golpes sordos de los encargados 
del transporte se abatian sobre aquellas espaldas magnificas, sin provocar protestas ni 
quejas. Una pasividad de lelos. El dolor soportado con tanta sencillez como el torrido 
aire de aquel horno polvoriento. 

El director pasaba de vez en cuando, siempre agresivo, para asegurarse de que yo 
hacia progresos reales en la tecnica de la numeracion y del peso trucado. 

Se abria paso hasta las basculas, por entre la marejada indigena, a estacazos. 
«Bardamu -me dijo, una mafiana que estaba locuaz-, ve usted esos negros que nos 
rodean, ^no?... Bueno, pues, cuando yo llegue al Pequefio Togo, pronto hara treinta 
afios, jaun vivian solo de la caza, la pesca y las matanzas entre tribus, los muy 
cochinos!... En mis comienzos de pequefio comerciante, los vi, como le digo, volver tras 
la victoria a su aldea, cargados con mas de cien cestos de carne humana, chorreando 
sangre, jpara darse una zampada!... ^Me oye, Bardamu?... [Chorreando sangre! jLa de 
sus enemigos! jlmaginese el banquete!... jHoy ya no hay mas victorias! jEstamos aqui 
nosotros! jNi tribus! jNi alboroto! jNi faroladas! jTan solo mano de obra y cacahuetes! 
jA currelar! jSe acabo la caza! jY los fusiles! jCacahuetes y caucho!... jPara pagar el 
impuesto! jEl impuesto para que nos traigan mas caucho y cacahuetes! jAsi es la vida, 



Bardamu! jCacahuetes! jCacahuetes y caucho!... Y, ademas... jHombre! Precisamente 
ahi viene el general Tombat.» 

Venia, en efecto, a nuestro encuentro, el general, un viejo a punto de desplomarse 
bajo el enorme peso del sol. 

Ya no era del todo militar, el general; sin embargo, tampoco civil aun. Era confidente 
de la Porduriere y servia de enlace entre la Administracion y el Comercio. Enlace 
indispensable, aunque esos dos elementos estuvieran siempre en estado de competencia 
y hostilidad permanente. Pero el general Tombat maniobraba admirablemente. Acababa 
de salir, entre otros, de un reciente negocio sucio de venta de bienes enemigos, que en 
las alturas consideraban sin solucion. 

Al comienzo de la guerra, le habian rajado un poco la oreja, al general Tombat, lo 
justo para quedar disponible con honor, despues de Charleroi. En seguida la habia 
puesto al servicio de «la mas grande Francia», su disponibilidad. Sin embargo, Verdun, 
que pertenecia a un pasado muy lejano, seguia preocupandole. Ensefiaba, en la mano, 
radiotelegramas. «jVan a resistir, nuestros soldaditos valientes! jEstan resistiendo!...» 
Hacia tanto calor en el cobertizo y estabamos tan lejos de Francia, que dispensabamos al 
general Tombat de hacer otros pronosticos. De todos modos, repetimos en coro, por 
cortesia, y el director con nosotros: «jSon admirables!», y, tras esas palabras, Tombat 
nos dejo. 

Unos instantes despues, el director se abrio otro camino violento entre los 
apretujados torsos y desaparecio, a su vez, en el polvo de pimienta. 

Aquel hombre, de ojos ardientes como carbones y consumido por la pasion de poseer 
la Compania, me espantaba un poco. Me costaba acostumbrarme a su simple presencia. 
No habria imaginado que existiera en el mundo una osamenta humana capaz de aquella 
tension maxima de codicia. Casi nunca nos hablaba en voz alta, solo con medias 
palabras; daba la impresion de que no vivia, no pensaba sino para conspirar, espiar, 
traicionar con pasion. Contaban que robaba, falseaba, escamoteaba, el solo, mas que 
todos los demas empleados juntos, nada holgazanes, por cierto, puedo asegurarlo. Pero 
no me cuesta creerlo. 

Mientras duro mi periodo de practicas en Fort-Gono, aun tenia ratos libres para 
pasearme por aquella ciudad, por llamarla de algun modo, donde, estaba visto, solo en- 
contraba un lugar de verdad deseable: el hospital. 

Cuando llegas a alguna parte, te aparecen ambiciones. Yo tenia la vocacion de 
enfermo y nada mas. Cada cual es como es. Me paseaba en torno a aquellos pabellones 
hospitalarios y prometedores, dolientes, retirados, protegidos y no podia alejarme de 
ellos y de su antiseptico dominio sin pesar. Aquel recinto estaba rodeado de extensiones 
de cesped, alegradas por pajarillos furtivos y lagartos inquietos y multicolores. Estilo 
«Paraiso terrenal». 

En cuanto a los negros, en seguida te acostumbras a ellos, a su cachaza sonriente, a 
sus gestos demas iado lentos y a los pletoricos vientres de sus mujeres. La negritud hiede 
a miseria, a vanidades interminables, a resignaciones inmundas; igual que los pobres de 
nuestro hemisferio, en una palabra, pero con mas hijos aun y menos ropa sucia y vino 
tinto. 

Cuando habia acabado de inhalar el hospital, de olfatearlo asi, profundamente, iba, 
tras la multitud indigena, a inmovilizarme un momento ante aquella especie de pagoda 
erigida cerca del Fort por un figonero para la diversion de los juerguistas eroticos de la 
colonia. 

Los blancos acaudalados de Fort-Gono paraban alii por la noche, se emperraban en el 
juego, al tiempo que pimplaban de lo lindo y bostezaban y eructaban a mas y mejor. Por 
doscientos francos se podia uno cepillar a la bella patrona. Se las veian y se las 



deseaban, aquellos juerguistas, para conseguir rascarse, pues no cesaban de escaparseles 
los tirantes. 

Por la noche, salia un gentio de las chozas de la ciudad indigena y se congregaba ante 
la pagoda, sin hartarse nunca de ver y oir a los blancos moviendo el esqueleto en torno 
al organillo, de cuerdas enmohecidas, que emitia valses desafinados. La patrona hacia 
ademanes, al escuchar la musica, como si deseara bailar, transportada de placer. 

Tras varios dias de tanteos, acabe teniendo charlas furtivas con ella. Sus reglas, me 
confio, no le duraban menos de tres semanas. Efecto de los tropicos. Ademas, sus con- 
sumidores la dejaban exhausta. No es que hiciesen el amor con frecuencia, pero, como 
los aperitivos eran bastante caros en la pagoda, intentaban sacarle el jugo a su dinero al 
mismo tiempo, y le daban unos pellizcos que para que en el culo, antes de irse. A eso se 
debia sobre todo su fatiga. 

Aquella comerciante conocia todas las historias de la colonia y los amores que se 
trababan, desesperados, entre los oficiales, atormentados por las fiebres, y las escasas 
esposas de funcionarios, que se derretian, tambien ellas, con reglas interminables, 
desconsoladas y hundidas, junto a los miradores, en butacas permanentemente incli- 
nadas. 

Los paseos, las oficinas, las tiendas de Fort-Gono rezumaban deseos mutilados. 
Hacer todo lo que se hace en Europa parecia ser la obsesion maxima, la satisfaccion, la 
mueca a toda costa de aquellos dementes, pese a la abominable temperatura y al 
apoltronamiento en aumento, invencible. 

La tupida vegetacion de los jardines se mantenia a duras penas, agresiva, feroz, entre 
las empalizadas, follaje rebosante que formaba lechugas delirantes en torno a cada casa, 
enorme clara de huevo solida y avellanada en la que acababa de pudrirse una yemita 
europea. Asi, habia tantas ensaladeras completas como funcionarios a lo largo de la 
Avenue Fachoda, la mas animada, la mas frecuentada de Fort-Gono. 

Cada noche volvia a mi morada, inacabable seguramente, donde el perverso boy me 
habia hecho la cama, un esqueletito enteramente. Me tendia trampas, el boy era lascivo 
como un gato, queria entrar en mi familia. Sin embargo, me asediaban otras 
preocupaciones muy distintas y mucho mas vivas y sobre todo el proyecto de refu- 
giarme por un tiempo mas en el hospital, unico armisticio a mi alcance en aquel 
carnaval torrido. 

Ni en la paz ni en la guerra sentia yo la menor inclinacion hacia las futilidades. E 
incluso otras ofertas que me llegaron de otra procedencia, por mediacion de un cocinero 
del patron, de nuevo y muy sinceramente obscenas, me parecieron incoloras. 

Por ultima vez hice la ronda de mis compafieros de la Porduriere para intentar 
informarme acerca de aquel empleado infiel, aquel al que yo debia, segun las ordenes, ir 
a substituir, a toda costa, en su selva. Chachara vana. 

El Cafe Faidherbe, al final de la Avenue Fachoda, que zumbaba a la hora del 
crepusculo con mil maledicencias, chismes y calumnias, tampoco me aportaba nada 
substancial. Solo impresiones. En aquella penumbra salpicada de farolillos multicolores 
se vertian bidones de basura llenos de impresiones. Sacudiendo el encaje de las palme- 
ras gigantes, el viento abatia nubes de mosquitos en las tazas. El gobernador, en la 
charla ambiente, quedaba para el arrastre. Su imperdonable groseria constituia el fondo 
de la gran conversacion aperitiva en que el higado colonial, tan nauseabundo, se 
descarga antes de la cena. 

Todos los automoviles de Fort-Gono, una decena en total, pasaban y volvian a pasar 
en aquel momento por delante de la terraza. Nunca parecian ir demasiado lejos, los 
automoviles. La Place Faidherbe tenia un ambiente muy caracteristico, con su recargada 
decoracion, su superabundancia vegetal y verbal de ciudad provinciana y enloquecida 



del Mediodia de Francia. Los diez autos no abandonaban la Place Faidherbe sino para 
volver a ella cinco minutos despues, realizando una vez mas el mismo periplo con su 
cargamento de anemias europeas destefiidas, envueltas en tela gris, seres fragiles y 
quebradizos como sorbetes amenazados. 

Pasaban asi, durante semanas y afios, unos delante de los otros, los colonos, hasta el 
momento en que ya ni se miraban, de tan hartos que estaban de detestarse. Algunos 
oficiales llevaban de paseo a su familia, atenta a los saludos militares y civiles, la esposa 
embutida en sus pafios higienicos especiales; por su parte, los nifios, lastimosos 
ejemplares de gruesos gusanos blancos europeos, se disolvian, por el calor, en diarrea 
permanente. 

No basta con llevar quepis para mandar, tambien hay que tener tropas. Bajo el clima 
de Fort-Gono, los mandos europeos se derretian mas deprisa que la mantequilla. Alii un 
batallon era algo asi como un terron de azucar en el cafe: cuanto mas mirabas, menos lo 
veias. La mayoria del contingente estaba siempre en el hospital, durmiendo la mona del 
paludismo, atiborrado de parasitos por todos los pelos y todos los pliegues, escuadrones 
enteros tendidos entre pitillos y moscas, masturbandose sobre las sabanas enmohecidas, 
inventando trolas infinitas, de fiebre en accesos, escrupulosamente provocados y 
mimados. 

Las pasaban putas, aquellos pobres tunelas, pleyade vergonzosa, en la dulce 
penumbra de los postigos verdes, chusqueros pronto desencantados, mezclados -el 
hospital era mixto- con los modestos dependientes de comercio, que huian, unos y otros, 
acosados, de la selva y los patronos. 

En el embotamiento de las largas siestas paludicas, hace tanto calor que hasta las 
moscas reposan. En el extremo de los brazos exangues y peludos cuelgan las novelas 
mugrientas a ambos lados de las camas, siempre descabaladas las novelas: la mitad de 
las hojas faltan por culpa de los disentericos, que nunca tienen suficiente papel, y 
tambien de las hermanas de mal humor, que censuran a su modo las obras en que Dios 
no aparece respetado. Las ladillas de la tropa las atormentan tambien, como a todo el 
mundo, a las hermanas. Para rascarse mejor, van a alzarse las faldas al abrigo de los 
biombos, tras los cuales el muerto de esa manana no llega a enfriarse, de tanto calor 
como tiene aun, el tambien. 

Por lugubre que fuese el hospital, aun asi era el unico lugar de la colonia donde 
podias sentirte un poco olvidado, al abrigo de los hombres de fuera, de los jefes. Vaca- 
ciones de esclavo; lo esencial, en una palabra, y la unica dicha a mi alcance. 

Me informaba sobre las condiciones de entrada, las costumbres de los medicos, sus 
manias. Ya solo veia con desesperacion y rebeldia mi marcha para la selva y me 
prometia ya contraer cuanto antes todas las fiebres que pasaran a mi alcance, para 
volver a Fort-Gono enfermo y tan descarnado, tan repugnante, que habrian de internar- 
me y tambien repatriarme. Trucos para estar enfermo ya conocia, y excelentes, y aprendi 
otros nuevos, especiales, para las colonias. 

Me aprestaba a veneer mil dificultades, pues ni los directores de la Compafiia 
Porduriere ni los jefes de batallon se preocupan demasiado de acosar a sus flacas presas, 
trans idas de tanto jugar a las cartas entre las camas meadas. 

Me encontrarian dispuesto a pudrirme con lo que hiciera falta. Ademas, en general 
pasabas temporadas cortas en el hospital, a menos que acabaras en el de una vez por 
todas tu carrera colonial. Los mas sutiles, los mas tunelas, los mejor armados de caracter 
de entre los febriles conseguian a veces colarse en un transporte para la metropoli. Era 
el milagro bendito. La mayoria de los enfermos hospitalizados se confesaban incapaces 
de nuevas astucias, vencidos por los reglamentos, y volvian a perder en la selva sus 
ultimos kilos. Si la quinina los entregaba por completo a los gusanos estando en 



regimen hospitalario, el capellan les cerraba los ojos simplemente hacia las seis de la 
tarde y cuatro senegaleses de servicio embalaban esos restos exangues hacia el cercado 
de arcillas rojas, junto a la iglesia de Fort-Gono, tan caliente, esa, bajo las chapas 
onduladas, que nunca entrabas en ella dos veces seguidas, mas tropical que los tropicos. 
Para mantenerse en pie, en la iglesia, habria habido que jadear como un perro. 

Asi se van los hombres, a quienes, esta visto, cuesta mucho hacer todo lo que les 
exigen: de mariposa durante la juventud y de gusano para acabar. 

Intentaba aun conseguir, por aqui, por alia, algunos detalles, informaciones para 
hacerme una idea. Lo que me habia descrito de Bikomimbo el director me parecia, de 
todos modos, increible. En una palabra, se trataba de una factoria experimental, de un 
intento de penetracion lejos de la costa, a diez jornadas por lo menos, aislada en medio 
de los indigenas, de su selva, que me presentaban como una inmensa reserva pululante 
de animales y enfermedades. 

Me preguntaba si no estarian simplemente envidiosos de mi suerte, los otros, 
aquellos compafieros de la Porduriere, que pasaban por alternancias de abatimiento y 
agresividad. Su estupidez (lo unico que tenian) dependia de la calidad del alcohol que 
acabaran de ingerir, de las cartas que recibiesen, de la mayor o menor cantidad de 
esperanza que hubieran perdido en la Jornada. Por regla general, cuanto mas se 
deterioraban, mas galleaban. Eran fantasmas (como Ortolan en guerra) y habrian sido 
capaces de cualquier audacia. 

El aperitivo nos duraba tres buenas horas. Siempre se hablaba del gobernador, pivote 
de todas las conversaciones, y tambien de los robos de objetos posibles e imposibles y, 
por ultimo, de la sexualidad: los tres colores de la bandera colonial. Los funcionarios 
presentes acusaban sin rodeos a los militares de repantigarse en la concusion y el abuso 
de autoridad, pero los militares les devolvian la pelota con creces. Los comerciantes, por 
su parte, consideraban a aquellos prebendados hipocritas impostores y saqueadores. En 
cuanto al gobernador, desde hacia diez buenos afios circulaba cada mafiana el rumor de 
su revocacion y, sin embargo, el telegrama tan interesante de esa caida en desgracia 
nunca llegaba y ello a pesar de las dos cartas anonimas, por lo menos, que volaban cada 
semana, desde siempre, dirigidas al ministro, y que referian mil sartas de horrores muy 
precisos imputables al tirano local. 

Los negros tienen potra con su piel parecida a la de la cebolla; por su parte, el bianco 
se envenena, entabicado como esta entre su acido jugo y su camiseta de punto. Por eso, 
jay de quien se le acerque! Lo del Amiral-Bragueton me habia servido de leccion. 

En el plazo de pocos dias, me entere de detalles de lo mas escandalosos a proposito 
de mi propio director. Sobre su pasado, lleno de mas canalladas que una prision de 
puerto de guerra. Se descubria de todo en su pasado e incluso, supongo, magnificos 
errores judiciales. Es cierto que su rostro lo traicionaba, innegable, angustiosa cara de 
asesino o, mejor dicho, para no sefialar a nadie, de hombre imprudente, con una 
urgencia enorme de realizarse, lo que equivale a lo mismo. 

A la hora de la siesta, se veia, al pasar, desplomadas a la sombra de sus hotelitos del 
Boulevard Faidherbe, a algunas blancas aqui y alia, esposas de oficiales, de colonos, a 
las que el clima demacraba mucho mas aun que a los hombres, vocecillas graciosamente 
vacilantes, sonrisas enormemente indulgentes, maquilladas sobre toda su palidez como 
agonicas contentas. Daban menos muestras de valor y dignidad, aquellas burguesas 
trasplantadas, que la patrona de la pagoda, que solo podia contar consigo misma. Por su 
parte, la Compania Porduriere consumia a muchos empleadillos blancos de mi estilo; 
cada temporada perdia decenas de esos subhombres, en sus factorias de la selva, cerca 
de los pantanos. Eran pioneros. 

Todas las mananas, el Ejercito y el Comercio acudian a lloriquear por sus 



contingentes hasta las propias oficinas del hospital. No pasaba dia sin que un capitan 
amenazara, lanzando rayos y truenos, al gerente para que le devolvieran a toda prisa sus 
tres sargentos jugadores de cartas y paludicos y los dos cabos sifiliticos, mandos que le 
faltaban precisamente para organizar una compafiia. Si le respondian que habian muerto, 
esos holgazanes, entonces dejaba en paz a los administradores y se volvia, por su parte, 
a beber un poco mas a la pagoda. 

Apenas te daba tiempo de verlos desaparecer, hombres, dias y cosas, en aquel verdor, 
aquel clima, calor y mosquitos. Todo se iba, era algo repugnante, en trozos, frases, 
miembros, penas, globulos, se perdian al sol, se derretian en el torrente de la luz y los 
colores y con ellos el gusto y el tiempo, todo se iba. En el aire no habia sino angustia 
centelleante. 

Por fin, el pequeno carguero que debia llevarme, costeando, hasta las cercanias de mi 
puesto, fondeo a la vista de Fort-Gono. El Papaoutah, se llamaba. Un barquito de casco 
muy piano, construido asi para los estuarios. Lo alimentaban con lefia. Yo era el unico 
bianco a bordo y me concedieron un rincon entre la cocina y los retretes, ibamos tan 
despacio por el mar, que al principio pense que se trataba de una precaucion para salir 
de la ensenada. Pero nunca aumento la velocidad. Aquel Papaoutah tenia poquisima 
potencia. Avanzamos asi, a la vista de la costa, faja gris infinita y tupida de arbolitos en 
medio de los danzarines vahos del calor. [Que paseo! Papaoutah hendia el agua como si 
la hubiera sudado toda el mismo, con dolor. Deshacia una olita tras otra con 
precauciones de enfermera haciendo una cura. El piloto debia de ser, me parecia desde 
lejos, un mulato; digo «me parecia» porque nunca encontraba las fuerzas necesarias 
para subir arriba, a cubierta, a cerciorarme en persona. Me quedaba confinado con los 
negros, unicos pasajeros, a la sombra de la crujia, mientras el sol bafiaba el puente, hasta 
las cinco. Para que no te queme la cabeza por los ojos, el sol, hay que pestafiear como 
una rata. A partir de las cinco puedes echar un vistazo al horizonte, la buena vida. 
Aquella franja gris, el pais tupido a ras del agua, alii, especie de sobaquera aplastada, no 
me decia nada. Era repugnante respirar aquel aire, aun de noche, tan tibio, marino 
enmohecido. Toda aquella insipidez deprimia, con el olor de la maquina, ademas, y, de 
dia, las olas demasiado ocres por aqui y demasiado azules por el otro lado. Se estaba 
peor aun que en el Amiral-Bragueton, exceptuando a los asesinos militares, por 
supuesto. 

Por fin, nos acercamos al puerto de mi destino. Me recordaron su nombre: «Topo». A 
fuerza de toser, expectorar, temblar, durante tres veces el trascurso de cuatro comidas a 
base de conservas, sobre aquellas aguas aceitosas como de haber lavado los platos, el 
Papaoutah acabo atracando. 

En la pilosa orilla se destacaban tres enormes chozas techadas con paja. De lejos, 
cobraba, al primer vistazo, un aspecto bastante atrayente. La desembocadura de un gran 
rio arenoso, el mio, segun me explicaron, por donde debia yo remontar, en barca, para 
llegar al centro mismo de mi selva. En Topo, puesto al borde del mar, debia quedarme 
solo unos dias, segun lo previsto, el tiempo necesario para adoptar mis ultimas 
resoluciones coloniales. 

Pusimos rumbo a un embarcadero liviano y el Papaoutah, antes de llegar a el, se 
llevo por delante, con su grueso vientre, la barra. De bambu era el embarcadero, lo 
recuerdo bien. Tenia su historia, lo rehacian cada mes, me entere, a causa de los 
moluscos, agiles y vivos, que acudian a millares a jalarselo, a medida que lo arreglaban. 
Esa construccion infinita era incluso una de las ocupaciones desesperantes que habia de 
sufrir el teniente Grappa, comandante del puesto de Topo y de las regiones vecinas. El 
Papaoutah solo hacia la travesia una vez al mes, pero los moluscos no tardaban mas de 
un mes en jalarse su desembarcadero. 



A la llegada, el teniente Grappa cogio mis papeles, verifico su autenticidad, los copio 
en un registro virgen y me ofrecio el aperitivo. Yo era el primer viajero, me confio, que 
acudia a Topo por espacio de mas de dos afios. Nadie iba a Topo. No habia ninguna 
razon para ir a Topo. A las ordenes del teniente Grappa servia el sargento Alcide. En su 
aislamiento, no se estimaban nada. «Tengo que desconfiar siempre de mi subalterno -me 
comunico tambien el teniente Grappa ya en nuestro primer contacto-. jTiene cierta 
tendencia a la familiaridad!» 

Como, en aquella desolacion, si hubiera habido que imaginar acontecimientos, 
habrian resultado demasiado inverosimiles, pues el ambiente no se prestaba, el sargento 
Alcide preparaba por adelantado informes de «Sin novedad», que Grappa firmaba sin 
tardar y que el Papaoutah llevaba, puntual, al gobernador general. 

Entre las lagunas de los alrededores y en lo mas recondito de la selva vegetaban 
algunas tribus enmohecidas, diezmadas, torturadas por el tripanosoma y la miseria 
cronica; aun asi, aportaban un pequefio impuesto y a estacazos, por supuesto. Entre sus 
jovenes reclutaban tambien a algunos milicianos para manejar por delegacion esa 
misma estaca. Los efectivos de la milicia ascendian a doce hombres. 

Puedo hablar de ellos, los conoci bien. El teniente Grappa los equipaba a su modo, a 
aquellos potrudos, y los alimentaba regularmente con arroz. Un fusil para doce y una 
banderita para todos. Sin zapatos. Pero, como todo es relativo en este mundo y 
comparativo, a los reclutas indigenas les parecia que Grappa hacia las cosas muy bien. 
Incluso tenia que rechazar voluntarios todos los dias y entusiastas, hijos de la selva 
hastiados. 

La caza era escasa en los alrededores de la ciudad y, a falta de gacelas, se comian al 
menos una abuela por semana. Todas las mafianas, a partir de las siete, los milicianos de 
Alcide se ponian a hacer la instruccion. Como yo me alojaba en un rincon de su choza, 
que me habia cedido, me encontraba en primera fila para asistir a aquella algarada. En 
ningun otro ejercito del mundo figuraron nunca soldados con mejor voluntad. A la 
llamada de Alcide, y recorriendo la arena en fila de cuatro, de ocho y luego de doce, 
aquellos primitivos se desvivian con creces imaginando sacos, zapatos, bayonetas 
incluso, y, lo que es mas, haciendo como que los utilizaban. Recien salidos de la 
naturaleza tan vigorosa y tan proxima, iban vestidos solo con una apariencia de 
calzoncillo caqui. Todo lo demas debian imaginarlo y asi lo hacian. A la orden de 
Alcide, perentoria, aquellos ingeniosos guerreros, dejando en el suelo sus ficticios 
sacos, corrian en el vacio al ataque de enemigos imaginarios con estocadas imaginarias. 
Tras haber hecho como que se desabrochaban, formaban montones de ropa invisible y, 
ante otra serial, se apasionaban en abstracciones de mosqueteria. Verlos diseminarse, 
gesticular minuciosamente y perderse en encajes de movimientos bruscos y 
prodigiosamente inutiles era deprimente hasta el marasmo. Sobre todo porque en Topo 
el calor brutal y la asfixia, perfectamente concentrados por la arena entre los espejos del 
mar y del rio, pulidos y conjugados, eran como para jurar por tu trasero que te 
encontrabas sentado por la fuerza sobre un pedazo de sol recien caido. 

Pero aquellas condiciones implacables no impedian a Alcide gritar: al contrario. Sus 
alaridos tronaban por encima de aquel ejercicio fantastico y llegaban muy lejos, hasta la 
cresta de los augustos cedros del lindero tropical. Mas lejos aun retumbaban incluso sus 
«jfirmes!». 

Mientras tanto, el teniente Grappa preparaba su justicia. Ya volveremos a hablar de 
eso. Tambien vigilaba sin cesar desde lejos, desde la sombra de su choza, la fugaz 
construccion del embarcadero maldito. A cada llegada del Papaoutah iba a esperar, 
optimista y esceptico, equipos completos para sus efectivos. En vano los reclamaba 
desde hacia dos afios, sus equipos completos. Como era corso, Grappa se sentia tal vez 



mas humillado que nadie al observar que sus milicianos seguian desnudos. 

En nuestra choza, la de Alcide, se practicaba un pequefio comercio, apenas 
clandestino, de cosillas y restos diversos. Por lo demas, todo el trafico de Topo pasaba 
por Alcide, ya que tenia una pequefia provision, la unica, de tabaco en hoja y en 
paquetes, algunos litros de alcohol y algunos metros de algodon. 

Los doce milicianos de Topo, sentian, era evidente, hacia Alcide autentica simpatia y 
ello pese a que los abroncaba sin limites y les daba patadas en el trasero injustamente. 
Pero habian advertido en el, aquellos militares nudistas, elementos innegables del gran 
parentesco, el de la miseria incurable, innata. El tabaco los hacia sentirse unidos, por 
muy negros que fueran, por la fuerza de las cosas. Yo habia llevado conmigo algunos 
periodicos de Europa. Alcide los hojeo con el deseo de interesarse por las noticias, pero, 
pese a intentar por tres veces centrar su atencion en las columnas inconexas, no 
consiguio acabarlas. «Ahora -me confeso tras ese vano intento-, en el fondo, jme 
importan un bledo las noticias! jHace tres afios que estoy aqui!» Eso no queria decir que 
Alcide pretendiera sorprenderme dandoselas de ermitafio, no, sino que la brutalidad, la 
indiferencia demostrada del mundo entero hacia el lo obligaba, a su vez, a considerar, en 
su calidad de sargento reenganchado, el mundo entero, fuera de Topo, como una Luna. 

Por cierto, que era buen muchacho, Alcide, servicial y generoso y todo. Lo 
comprendi mas adelante, demasiado tarde. Su formidable resignacion lo aplastaba, esa 
cualidad basica que vuelve a la pobre gente, del ejercito o de fuera de el, tan dispuesta a 
matar como a dar vida. Nunca, o casi, preguntan el porque, los humildes, de lo que 
soportan. Se odian unos a otros, eso basta. 

En torno a nuestra choza crecian, diseminadas, en plena laguna de arena torrida, 
despiadada, esas curiosas florecillas frescas y breves, color verde, rosa o purpura, que 
en Europa solo se ven pintadas y en ciertas porcelanas, especie de campanillas 
primitivas y sin cursileria. Soportaban la larga Jornada abominable, cerradas en su tallo, 
y, al abrirse por la noche, se ponian a temblar, graciosas, con las primeras brisas tibias. 

Un dia en que Alcide me vio ocupado en coger un ramillete, me aviso: «C6gelas, si 
quieres, pero no las riegues, a esas jodias, que se mueren... Son de lo mas fragil, jno se 
parecen a los girasoles de cuyo cuidado encargabamos a los quintos en Rambouillet! jSe 
les podia mear encima!... jSe lo bebian todo!... Ademas, las flores son como los 
hombres... jCuanto mas grandes, mas inutiles son!» Eso iba dirigido al teniente Grappa, 
evidentemente, cuyo cuerpo era grande y calamitoso, de manos breves, purpureas, 
terribles. Manos de quien nunca entenderia nada. Por lo demas, Grappa no intentaba 
entender. 

Pase dos semanas en Topo, durante las cuales comparti no solo la existencia y el 
papeo con Alcide, sus chinches (las de cama y las de arena), sino tambien su quinina y 
el agua del pozo cercano, inexorablemente tibia y diarreica. 

Un dia el teniente Grappa, sintiendose amable, me invito, por excepcion, a ir a tomar 
cafe a su casa. Era celoso, Grappa, y nunca ensenaba su concubina indigena a nadie. 
Asi, pues, habia elegido, para invitarme, un dia en que su negra iba a visitar a sus padres 
a la aldea. Tambien era el dia de audiencia en su tribunal. Queria impresionarme. 

En torno a su cabana, esperando desde la mahana temprano, se apinaban los 
querellantes, masa heterogenea y abigarrada de taparrabos y testigos chillones. 
Pleiteantes y publico de pie, mezclados en el mismo circulo, todos con fuerte olor a ajo, 
sandalo, mantequilla rancia, sudor azafranado. Como los milicianos de Alcide, todos 
aquellos seres parecian interesados ante todo en agitarse freneticos en la ficcion; 
alborotaban a su alrededor en un idioma de castafiuelas, al tiempo que blandian por 
encima de sus cabezas manos crispadas en un vendaval de argumentos. 

El teniente Grappa, hundido en su sillon de mimbre, crujiente y quejumbroso, sonreia 



ante todas aquellas incoherencias reunidas. Se fiaba, para guiarse, del interprete del 
puesto, que le respondia, a voz en grito, con demandas increibles. 

Se trataba tal vez de un cordero tuerto que unos padres se negaban a restituir, pese a 
que su hija, vendida legalmente, no habia sido entregada al marido, por culpa de un 
crimen que su hermano habia encontrado medio de cometer, entretanto, en la persona de 
la hermana de este, que guardaba el cordero. Y muchas otras y mas complicadas quejas. 

A nuestra altura, cien rostros apasionados por aquellos problemas de intereses y 
costumbres ensenaban los dientes al emitir jijeitos secos o gluglus sonoros, palabras de 
negros. 

El calor era maximo. Atisbabas el cielo por el angulo del techo para ver si no se 
avecinaria una catastrofe. Ni siquiera una tormenta. 

«jVoy a ponerlos de acuerdo a todos en seguida! -decidio finalmente Grappa, a quien 
la temperatura y la palabreria inducian a las resoluciones-. ^Donde esta el padre de la 
no via?... jQue me lo traigan!» 

«jAqui esta!», respondieron veinte compinches, al tiempo que empujaban a primera 
fila a un viejo negro bastante marchito, envuelto en un taparrabos amarillo que lo cubria 
con mucha dignidad, a la romana. Acompasaba, el viejales, todo lo que contaban a su 
alrededor, con el pufio cerrado. No parecia en absoluto haber acudido alii para quejarse, 
sino para distraerse un poco con ocasion de un proceso del que ya no esperaba, desde 
hacia mucho, resultados positivos. 

«jVenga! -mando Grappa-. jVeinte latigazos! jAcabemos de una vez! jVeinte 
latigazos a ese viejo macarra!... jAsi aprendera a venir a fastidiarme todos los jueves 
desde hace dos meses con su historia de corderos de chicha y nabo!» 

El viejo vio a los cuatro milicianos musculosos acercarsele. Al principio, no entendia 
lo que querian de el y despues puso ojos como platos, inyectados en sangre como los de 
un viejo animal horrorizado, al que nunca hubieran pegado. No intentaba resistirse en 
realidad, pero tampoco sabia como colocarse para recibir con el menor dolor posible 
aquella zurra de la justicia. 

Los milicianos le tiraban de la tela. Dos de ellos querian a toda costa que se 
arrodillara, los otros le ordenaban, al contrario, que se tumbara boca abajo. Por fin, se 
pusieron de acuerdo para dejarlo como estaba, simplemente, en el suelo, con el 
taparrabos alzado y recibio de entrada en espalda y marchitas nalgas una somanta de 
vergajazos como para hacer bramar a una burra robusta durante ocho dias. Se retorcia y 
la fina arena mezclada con sangre salpicaba en torno a su vientre; escupia arena al gritar, 
parecia una perra pachona encinta, enorme, a la que torturaran con ganas. 

Los asistentes permanecieron en silencio mientras duro la escena. Solo se oian los 
ruidos del castigo. Ejecutado este, el viejo, bien vapuleado, intentaba levantarse y 
rodearse con el taparrabos, a la romana. Sangraba en abundancia por la boca, por la 
nariz y sobre todo a lo largo de la espalda. La multitud se lo llevo con un murmullo de 
mil chismes y comentarios en tono de entierro. 

El teniente Grappa volvio a encender su puro. Delante de mi, queria mantenerse 
distante de aquellas cosas. No es, creo, que fuera mas neroniano que otro, solo que no le 
gustaba tampoco que lo obligaran a pensar. Eso le fastidiaba. Lo que lo volvia irritable 
en sus funciones judiciales eran las preguntas que le hacian. 

Ese mismo dia asistimos tambien a otras dos correcciones memorables, consecutivas 
a otras historias desconcertantes, de dotes arrebatadas, promesas de envenenamiento... 
compromisos equivocos... hijos dudosos... 

«jAh! Si supieran, todos, lo poco que me importan sus litigios, jno abandonarian su 
selva para venir a fastidiarme asi con sus gilipolleces!... ^Acaso los tengo yo al corriente 
de mis asuntos? -concluia Grappa-. Sin embargo -prosiguio-, jvoy a acabar creyendo 



que le han cogido gusto a mi justicia, esos marranos!... Hace dos afios que intento 
asquearlos y, sin embargo, cada jueves vuelven... 

Creame, si quiere, joven, jcasi siempre vuelven los mismos!... jUnos viciosos, 
vamos!...» 

Despues la conversacion verso sobre Toulouse, donde pasaba sin falta sus vacaciones 
y donde pensaba retirarse Grappa, al cabo de seis afios, con su pension. jAsi lo tenia 
previsto! Estabamos tomando, tan a gusto, el «calvados», cuando nos vimos de nuevo 
molestados por un negro condenado a no se que pena y que llegaba con retraso para 
purgarla. Acudia espontaneamente, dos horas despues que los otros, a ofrecerse para 
recibir la somanta. Como habia realizado un recorrido de dos dias y dos noches desde su 
aldea y por el bosque con ese fin, no estaba dispuesto a regresar con las manos vacias. 
Pero llegaba tarde y Grappa era intransigente en relacion con la puntualidad penal. 
«jPeor para el! jQue no se hubiera marchado la ultima vez!... jEl jueves pasado fue 
cuando lo condene a cincuenta vergajazos, a ese cochino!» 

El cliente protestaba, de todos modos, porque tenia una buena excusa: habia tenido 
que volver a su aldea a toda prisa para enterrar a su madre. Tenia tres o cuatro madres 
para el solo. Discus iones... 

«jHabra que dejarlo para la proxima audiencia!» 

Pero apenas tenia tiempo, aquel cliente, para ir a su aldea y volver, de entonces hasta 
el jueves proximo. Protestaba. Se emperraba. Hubo que echarlo, a aquel masoquista, del 
campo a patadas en el culo. Eso le dio placer, de todos modos, pero no suficiente... En 
fin, acabo donde Alcide, quien aprovecho para venderle todo un surtido de tabaco en 
hoja, al masoquista, en paquete y en polvo para aspirar. 

Muy divertido con aquellos multiples incidentes, me despedi de Grappa, quien 
precisamente se retiraba, para la siesta, a su choza, donde ya se encontraba descansando 
su ama indigena, de vuelta de la aldea. Un par de chuchais esplendidos, aquella negra, 
bien educada por las hermanas de Gabon. No solo sabia la joven hablar frances 
ceceando, sino tambien presentar la quinina en la mermelada y sacar las niguas de la 
planta de los pies. Sabia ser agradable de cien modos al colonial, sin fatigarlo o 
fatigandolo, segun su preferencia. 

Alcide estaba esperandome, un poco molesto. Aquella invitacion con que acababa de 
honrarme el teniente Grappa fue lo que le decidio seguramente a hacerme confidencias. 
Y eran subidas de tono, sus confidencias. Me hizo, sin que se lo pidiera, un retrato 
expres de Grappa con caca humeante. Le respondi a todo que era de la misma opinion. 
El punto debil de Alcide era que traficaba, pese a los reglamentos militares, 
absolutamente contrarios, con los negros de la selva circundante y tambien con los doce 
tiradores de su milicia. Abastecia de tabaco a toda aquella gente, sin piedad. Cuando los 
milicianos habian recibido su parte de tabaco, no les quedaba nada de la paga; se la 
habian fumado. Se la fumaban por adelantado incluso. Esa modesta practica, en vista de 
la escasez de numerario en la region, perjudicaba, segun Grappa, a la recaudacion de 
impuestos. 

El teniente Grappa, prudente, no queria provocar bajo su gobierno un escandalo en 
Topo, pero en fin, celoso tal vez, ponia mala cara. Le habria gustado que todas las mi- 
nusculas disponibilidades indigenas estuvieran destinadas, como es logico, a los 
impuestos. Cada cual con su estilo y sus modestas ambiciones. 

Al principio, la practica del credito en funcion del salario les habia parecido un poco 
extrafia e incluso dura, a los tiradores, que trabajaban unicamente para fumar el tabaco 
de Alcide, pero se habian acostumbrado a fuerza de patadas en el culo. Ahora ya ni 
siquiera intentaban ir a cobrar su paga, se la fumaban por adelantado, tranquilamente, 
junto a la choza de Alcide, entre las vivaces florecillas, entre dos ejercicios de 



imaginacion. 

En resumen, en Topo, por minusculo que fuera el lugar, habia, pese a todo, sitio para 
dos sistemas de civilizacion, la del teniente Grappa, mas bien a la romana, que azotaba 
al sumiso para extraerle simplemente el tributo, del que, segun la afirmacion de Alcide, 
retenia una parte vergonzosa y personal, y el sistema de Alcide propiamente dicho, mas 
complicado, en el que se vislumbraban ya los signos de la segunda etapa civilizadora, el 
nacimiento en cada tirador de un cliente, combinacion comercial o militar, en una 
palabra, mucho mas moderna, mas hipocrita, la nuestra. 

En lo relativo a la geografia, el teniente Grappa calculaba apenas, con ayuda de 
algunos mapas muy aproximativos que tenia en el puesto, los vastos territorios confia- 
dos a su custodia. Tampoco tenia demasiado deseo de saber mas sobre aquellos 
territorios. Los arboles, la selva ya se sabe, al fin y al cabo, lo que son, se los ve muy 
bien desde lejos. 

Ocultas entre el follaje y los recovecos de aquella inmensa tisana, algunas tribus 
extraordinariamente diseminadas se pudrian aqui y alia entre sus pulgas y sus moscas, 
embrutecidas por los totems y atiborrandose de mandioca podrida... Pueblos de una 
ingenuidad perfecta y un canibalismo candido, azotados por la miseria, devastados por 
mil pestes. Nada por lo que valiera la pena acercarse a ellos. Nada justificaba una 
expedicion administrativa dolorosa y sin eco. Cuando habia acabado de imponer la ley, 
Grappa preferia volverse hacia el mar y contemplar aquel horizonte por el que cierto dia 
habia aparecido el y por el que cierto dia desapareceria, si todo iba bien. Pese a que 
aquel lugar habia llegado a serme familiar y, al final, agradable, tuve, sin embargo, que 
pensar en abandonar por fin Topo para dirigirme a la tienda que me estaba prometida al 
cabo de unos dias de navegacion fluvial y de peregrinaciones selvaticas. 

Alcide y yo habiamos llegado a entendernos muy bien. Intentabamos juntos pescar 
peces-sierra, especie de tiburones que pululaban delante de la choza. El era tan poco 
habil para ese juego como yo. No pescabamos nada. 

Su choza estaba amueblada solo con su cama desmontable, la mia y algunas cajas 
vacias o llenas. Me parecia que debia de ahorrar bastante dinero gracias a su modesto 
comercio. 

«^D6nde lo metes?... -le pregunte en varias ocasiones-. ^Donde lo escondes, tu 
asqueroso parne? -Era para hacerle rabiar-. Menuda vidorra te vas a dar, cuando re- 
greses.» Yo lo pinchaba. Y veinte veces por lo menos, mientras nos poniamos a comer el 
inevitable «tomate en conserva», imaginaba, para su regocijo, las peripecias de un 
periplo fenomenal, a su regreso a Burdeos, de burdel en burdel. No me respondia nada. 
Se limitaba a reirse, como si le divirtiera que le dijese esas cosas. 

Aparte de la instruccion y las sesiones de justicia, no ocurria nada, la verdad, en 
Topo, conque, por fuerza, yo repetia lo mas a menudo posible mi chiste de siempre, a 
falta de otros temas. 

Hacia el final, una vez me dieron ganas de escribir al Sr. Puta, para darle un sablazo. 
Alcide se encargaria de echar al correo mi carta en el proximo Papaoutah. El material 
de escritura de Alcide estaba guardado en una cajita de galletas, como la de Branledore, 
la misma exactamente. Asi, pues, todos los sargentos reenganchados tenian la misma 
costumbre. Pero, cuando me vio abrir la caja, Alcide hizo un gesto que me sorprendio, 
para impedirmelo. Me senti violento. No sabia por que me lo impedia; volvi, pues, a 
dejarla sobre la mesa. «jBah! jAbrela, anda! -dijo por fin-. jNo tiene importancia!» Al 
instante vi, pegada al reverso de la tapa, la foto de una nifia. Solo la cabeza, una carita 
muy dulce, por cierto, con largos bucles, como se llevaban en aquella epoca. Cogi el 
papel y la pluma y volvi a cerrar rapido la caja. Me sentia muy violento por mi 
indiscrecion, pero tambien me preguntaba por que lo habria turbado tanto aquello. 



Al instante imagine que se trataba de una hija suya, de la que no habia querido 
hablarme hasta entonces. Yo no queria saber mas, pero le oi detras, a mi espalda, inten- 
tando contarme algo en relacion con la foto, con voz extrafia, que nunca le habia oido 
hasta entonces. Farfullaba. Yo queria que me tragara la tierra. Tenia que ayudarlo a 
hacerme su confidencia. No sabia que hacer para pasar aquel momento. Iba a ser una 
confidencia penosa, estaba seguro. La verdad es que no deseaba escucharla. 

«jNo tiene importancia! -oi que decia por fin-. Es la hija de mi hermano... Murieron 
los dos...» 

«^,Sus padres?. ..» 

«Si, sus padres. ..» 

«Entonces, ^quien la cria ahora? ^Tu madre?», le pregunte, por decir algo, por 
manifestar interes. 

«£Mi madre? Tambien murio...» 

«Entonces, ^,quien?» 

«jPues yo!» 

Lanzo una risita, Alcide, carmesi, como si acabara de hacer algo indecoroso. Se 
apresuro a proseguir: 

«Mira, te voy a explicar... Esta en un colegio de monjas de Burdeos... Pero no de las 
hermanitas de los pobres, ^eh?... Las monjas "bien"... Como soy yo quien me ocupo de 
ello, no hay cuidado. jNo quiero que le falte de nada! Ginette, se llama... Es una nifia 
muy buena... Como su madre, por cierto... Me escribe, progresa; solo, que los 
pensionados asi, verdad, son caros... Sobre todo porque ahora tiene diez anos... Quiero 
que aprenda el piano al mismo tiempo... <<,Que te parece el piano?... Esta bien, <<,eh?, el 
piano para las chicas... ^No crees?... ^Y el ingles? ^Es util tambien el ingles?... ,-Lo 
sabes tu el ingles?... » 

Me puse a mirarlo mas de cerca, a Alcide, a medida que iba confesando la culpa de 
no ser demasiado generoso, con su bigotito cosmetico, sus cejas de excentrico, su piel 
calcinada. jPudico Alcide! jQue de economias debia de haber hecho sobre su misera 
paga... sobre sus famelicas primas y su minusculo comercio clandestino... durante 
meses, anos, en aquel Topo infernal!... Yo no sabia que responderle, no me sentia 
competente, pero me superaba tanto, en corazon, que me puse Colorado como un toma- 
te... Al lado de Alcide, un simple patan impotente, yo, basto y vano... De nada servia 
simular. Estaba claro. 

Ya no me atrevia a hablarle, me sentia de pronto absolutamente indigno de hablarle. 
Yo que el simple dia antes no le hacia demasiado caso e incluso lo despreciaba un poco, 
a Alcide. 

«No he tenido potra -prosiguio, sin darse cuenta de que me ponia violento con sus 
confidencias-. Imaginate que hace dos anos le dio la paralisis infantil... Figurate... 
^Sabes tu lo que es la paralisis infantil?» 

Entonces me explico que la pierna izquierda de la nifia permanecia atrofiada y que 
seguia un tratamiento a base de electricidad en Burdeos, con un especialista. 

«^,Crees tu que la podra recuperar?...», me preguntaba inquieto. 

Le asegure que se podia recuperar perfectamente, del todo, con el tiempo y la 
electricidad. Hablaba de su madre, que habia muerto, y de la enfermedad de la pequena 
con muchas precauciones. Temia, incluso de lejos, hacerle dafio. 

«^,Has ido a verla despues de la enfermedad?» 

«No... estaba aqui.» 

«^Vas a ir a verla pronto?» 

«Creo que no voy a poder hasta dentro de tres anos... Date cuenta, aqui hago un poco 
de comercio... Conque eso la ayuda... Si me marchara de permiso ahora, al regreso me 



habrian cogido el puesto... sobre todo por ese otro cabron...» 

Asi, Alcide solo pedia la posibilidad de ampliar su estancia al doble, cumplir seis 
afios seguidos en Topo, en lugar de tres, por su sobrinita, de la que solo tenia unas cartas 
y el retratito. «Lo que me preocupa -prosiguio, cuando nos acostamos- es que no tenga a 
nadie alii para las vacaciones... Es duro para una nifia...» 

Evidentemente, Alcide evolucionaba en lo sublime con facilidad y, por asi decir, con 
familiaridad, tuteaba a los angeles, aquel muchacho, y parecia un mosquita muerta. 
Habia ofrecido, casi sin darse cuenta, a una nifia vagamente emparentada, afios de 
tortura, la aniquilacion de su pobre vida en aquella monotonia torrida, sin condiciones, 
sin regateo, sin otro interes que el de su buen corazon. Ofrecia a aquella nifia lejana 
ternura suficiente para rehacer un mundo entero y era algo que no se veia. 

Se quedo dormido de repente, a la luz de la vela. Acabe levantandome para mirar en 
detalle sus facciones a la luz. Dormia como todo el mundo. Tenia aspecto muy corriente. 
Sin embargo, no seria ninguna tonteria que hubiera algo para distinguir a los buenos de 
los malos. 



Hay dos metodos para penetrar en la selva, o bien abrir un tunel en ella, como las 
ratas en los haces de heno. Ese es el metodo asfixiante. No me hacia ninguna gracia. O 
bien soportar la subida rio arriba, encogidito en el fondo de un tronco de arbol, 
impulsado con pagaya entre recodos y boscajes, y, acechando asi el fin de dias y dias, 
ofrecerse de piano al resplandor, sin recurso. Y despues, atontado por los aullidos de los 
negros, llegar adonde vayas hecho una lastima. 

Todas las veces, al arrancar, para coger el ritmo, necesitan tiempo, los remeros. La 
disputa. Primero una pala entra en el agua y despues dos o tres alaridos acompasados y 
la selva responde, remolinos, te deslizas, dos remos, luego tres, todavia descompasados, 
olas, titubeos, una mirada atras te devuelve al mar, que se extiende alia, se aleja, y ante 
ti la larga extension lisa que se va labrando, y luego Alcide aun, un poco, sobre el 
embarcadero, al que veo lejos, casi oculto por los vahos del rio, bajo su enorme casco, 
en forma de campana, un trocito de cabeza, de cara, como un quesito, y el resto de 
Alcide debajo flotando en su tunica, como perdido ya en un recuerdo extrafio con 
pantalones blancos. 

Eso es todo lo que me queda de aquel lugar, de aquel Topo. 

^Habran podido defenderla aun por mucho tiempo, aquella aldea ardiente, de la 
guadana solapada del rio de aguas color canela? Y sus tres chozas pulgosas, ^seguiran 
aun en pie? ^Habra nuevos Grappas y Alcides entrenando a tiradores recientes en esos 
combates inconsistentes? ^Seguiran ejerciendo aquella justicia sin pretensiones? 
^Seguira tan rancia el agua que intenten beber? ^Tan tibia? Como para asquearte de tu 
propia boca durante ocho dias despues de cada ronda... ^Seguiran sin nevera? ^Y los 
combates de oido que libran contra las moscas los infatigables abejorros de la quinina? 
^Sulfate? ^Clorhidrato?... Pero, antes que nada, ^existiran aun negros pustulentos 
desecandose en aquella estufa? Muy bien puede ser que no... 

Tal vez nada de eso exista ya, quizas el pequeno Congo haya lamido Topo de un gran 
lenguetazo cenagoso una noche de tornado, al pasar, y ya no quede nada, haya 
desaparecido de los mapas hasta el nombre, ya solo quede yo, en una palabra, para 
recordar aun a Alcide... Tal vez lo haya olvidado su sobrina tambien. Puede que el 
teniente Grappa no haya vuelto a ver su Toulouse... Que la selva que acechaba desde 
siempre la duna, al regreso de la estacion de las lluvias, haya invadido todo, haya 
aplastado todo bajo la sombra de las inmensas caobas, todo, hasta las florecillas 
imprevistas de la arena, que, segun Alcide, no habia que regar... Que ya no exista nada. 

Lo que fueron los diez dias de ascenso rio arriba es algo que no olvidare por mucho 
tiempo... Transcurridos vigilando los remolinos cenagosos, en el hueco de la piragua, 
eligiendo un paso furtivo tras otro, entre los ramajes enormes a la deriva, evitados con 
agilidad. Trabajo de forzados evadidos. 

Despues de cada crepusculo, nos deteniamos en un promontorio rocoso. Una 
mafiana, abandonamos por fin aquella sucia lancha salvaje para entrar en la selva por un 
sendero oculto que se insinuaba en la penumbra verde y humeda, iluminado solo a ratos 
por un rayo de sol que caia desde lo alto de aquella infinita catedral de hojas. 
Monstruosos arboles caidos obligaban a nuestro grupo a dar muchos rodeos. En su 
hueco un metro entero habria maniobrado a sus anchas. 

En determinado momento volvio la luz deslumbrante, habiamos llegado ante un 
espacio desbrozado, tuvimos que subir aun, otro esfuerzo. La eminencia que alcanzamos 



coronaba la infinita selva, encrespada con cimas amarillas, rojas y verdes, que poblaba, 
estrujaba montes y valles, monstruosamente abundante como el cielo y el agua. El 
hombre cuya vivienda buscabamos vivia, me indicaron con senas, un poco mas lejos... 
en otro vallecito. Alii nos esperaba, el hombre. 

Entre dos grandes rocas se habia construido una especie de refugio, al abrigo, me 
hizo observar, de los tornados del Este, los peores, los mas iracundos. No tuve in- 
conveniente en reconocer que era una ventaja, pero en cuanto a la choza misma 
pertenecia con toda seguridad a la ultima categoria, la mas astrosa, vivienda casi teorica, 
deshilachada por todos lados. Me esperaba sin falta algo por el estilo en punto a 
vivienda, pero, aun asi, la realidad superaba mis previsiones. 

Debi de parecerle por completo desconsolado al tipo aquel, pues se dirigio a mi con 
bastante brusquedad para hacerme salir de mis reflexiones. «jAnde, hombre, que no 
estara usted tan mal aqui como en la guerra! Al fin y al cabo, jaqui puede uno salir 
adelante! Se jala mal, de acuerdo, y para beber, autentico lodo, pero se puede dormir 
cuanto se quiera... jAqui, amigo, no hay canones! jNi balas tampoco! En una palabra, 
jes buen asunto!» Hablaba un poco en el mismo tono que el delegado general, pero tenia 
ojos palidos como los de Alcide. 

Debia de andar por los treinta afios y era barbudo... No lo habia mirado bien, al 
llegar, de tan desconcertado como estaba, al llegar, con la pobreza de su instalacion, la 
que debia legarme y que habia de acogerme durante afios tal vez... Pero, al observarlo, 
despues, mas adelante, le vi cara de aventurero innegable, cara muy angulosa e incluso 
rebelde, de esas que entran a saco en la existencia en lugar de colarse por ella, con 
gruesa nariz redonda, por ejemplo, y mejillas llenas en forma de gabarras, que van a 
chapotear contra el destino con un ruido de parloteo. Aquel era un desdichado. 

«jEs cierto! — dije — . jNada hay peor que la guerra!» 

Ya era bastante de momento, en punto a confidencias, yo no tenia ganas de decir 
nada mas. Pero fue el quien continuo sobre el mismo tema: 

«Sobre todo ahora que las hacen tan largas, las guerras... -afiadio-. En fin, ya vera, 
amigo, que esto no es demasiado divertido, jy se acabo! No hay nada que hacer... Es 
como unas vacaciones... Pero es que, jvacaciones aqui! £No?... En fin, tal vez dependa 
del caracter, no puedo decir.. .» 

«^Y el agua?», pregunte. La que veia en mi cubilete, que me habia vertido yo mismo, 
me inquietaba, amarillenta; bebi, nauseabunda y caliente como la de Topo. Al tercer dia 
tenia posos. 

«^Es esta el agua?» La tortura del agua volvia a empezar. 

«Si, es la unica que hay por aqui y, ademas, la de la lluvia... Solo, que, cuando llueva, 
la cabana no resistira mucho tiempo. ^Ve usted en que estado se encuentra la cabana?» 
Veia, en efecto. 

«Para comer -siguio diciendo- solo hay conservas, hace un ano que no jalo otra 
cosa... jY no me he muerto!... En un sentido es muy comodo, pero el cuerpo no lo 
retiene; los indigenas jalan mandioca podrida, alia ellos, les gusta... Desde hace tres 
meses lo devuelvo todo... La diarrea. Tal vez la fiebre tambien; tengo las dos cosas... Y 
hasta veo mas claro hacia las cinco de la tarde... Por eso noto que tengo fiebre, porque, 
por el calor, verdad, jes dificil tener mas temperatura que la que se tiene aqui solo con el 
calor del ambiente!... En una palabra, los escalofrios son los que te avisan de que tienes 
fiebre... Y tambien porque te aburres menos... Pero tambien eso debe de depender del 
caracter de cada uno... quiza podria uno beber alcohol para animarse, pero a mi no me 
gusta el alcohol... No lo soporto...» 

Me parecia que tenia mucho respeto por lo que el llamaba «el caracter». 

Y despues, ya que estaba, me dio otras informaciones atractivas: «Por el dia el calor, 



pero es que por la noche es el ruido lo que resulta mas dificil de soportar... Es increi- 
ble... Son los bichos de la aldea que se persiguen para cepillarse o jalarse vivos a otros, 
no se, eso es lo que me han dicho... el caso es que entonces, jse arma un jaleo!... Y las 
mas ruidosas, json tambien las hienas!... Llegan hasta ahi, muy cerca de la cabana... Ya 
las oira usted... No puede equivocarse... No son como los ruidos de la quinina... A veces 
se puede uno equivocar con las aves, los moscones y la quinina... A veces pasa... 
Mientras que las hienas se rien de lo Undo... Olfatean la carne de uno... jEso las hace 
reir!... jTienen prisa por verte cascar, esos bichos!... Segun dicen, hasta se les puede ver 
los ojos brillar... Les gusta la carrofia... Yo no las he mirado a los ojos... En cierto modo 
lo siento...». 

«Pues, jsi que esta esto divertido!», fui y respondi. 

Pero aun faltaba algo para el encanto de las noches. 

«Y, ademas, la aldea -anadio-. No hay ni cien negros en ella, pero arman un tiberio, 
los maricones, jcomo si fueran dos mil!... jYa vera usted tambien lo que son esos! jAh! 
Si ha venido usted por el tam-tam, jno se ha equivocado de colonia!... Porque aqui lo 
tocan porque hay luna y despues porque no la hay... Y luego porque esperan la luna... En 
fin, jsiempre por algo! jParece como si se entendieran con los bichos para fastidiarte, 
esos cabrones! Como para volverse loco, jse lo aseguro! Yo me los cargaba a todos de 
una vez, jsi no estuviera tan cansado!... Pero prefiero ponerme algodon en los oidos... 
Antes, cuando aun me quedaba vaselina en el botiquin, me la ponia, en el algodon, 
ahora pongo grasa de platano en su lugar. Tambien va bien, la grasa de platano... Asi, 
jya se pueden correr de gusto con todos los truenos del cielo, esos maricones, si eso los 
excita! jA mi me la trae floja, con mi algodon engrasado! jNo oigo nada! Los negros, se 
dara usted cuenta en seguida, jestan hechos una mierda!... Pasan el dia en cuclillas, 
parecen incapaces de levantarse para ir a mear siquiera contra un arbol y despues, en 
cuanto se hace de noche, jmenudo! jSe vuelven viciosos! jPuro nervio! iHistericos! 
iPedazos de noche atacados de histeria! Ya ve usted como son los negros, jse lo digo yo! 
En fin, una panda de asquerosos... jDegenerados, vamos!...» 

«^Vienen a menudo a comprar?» 

«^A comprar? jFigurese usted! Hay que robarles antes que le roben a uno, jeso es el 
comercio y se acabo! Por cierto que conmigo, durante la noche, no se andan con 
chiquitas, logicamente con mi algodon bien engrasado en cada oido, ^,no? ^Para que van 
a andarse con remilgos? ^Verdad?... Y, ademas, como ve, tampoco tengo puertas en la 
choza, conque vienen y se sirven, <<,no?, puede usted estar seguro... Menuda vida se 
peganaqui ellos...» 

«Pero, ^y el inventario? -pregunte, presa del mayor asombro ante aquellas 
precisiones-. El director general me recomendo con insistencia que estableciera el 
inventario nada mas llegar jy minuciosamente!» 

«A mi -fue y me respondio con perfecta calma- el director general me la trae floja... 
Tengo el gusto de decirselo...» 

«Pero, £va usted a verlo, al pasar otra vez por Fort-Gono?» 

«No voy a ver nunca mas m Fort-Gono ni al director... La selva es grande, amigo 
mio...» 

«Pero, entonces, ^adonde ira usted?» 

«Si se lo preguntan, jresponda que no lo sabe! Pero, como parece usted curioso, 
dejeme, ahora que aun esta a tiempo, darle un pufietero consejo, jy muy util! Mande a 
tomar por culo a la Compafiia Porduriere como ella lo manda a usted y, si se da tanta 
prisa como ella, jle aseguro desde ahora mismo que ganara usted sin duda el Gran 
PremioL. iContentese, pues, con que yo le deje un poco de dinero en metalico y no pida 
mas!... En cuanto a las mercancias, si es cierto que le ha recomendado hacerse cargo de 



ellas... respondale al director que no quedaba nada, jy se acabo!... Si se niega a creerlo, 
pues, jtampoco important demasiado!... jYa nos consideran, convencidos, ladrones a 
todos, en cualquier caso! Conque no va a cambiar nada la opinion publica y para una 
vez que le vamos a sacar algo... Ademas, no tenia, jel director sabe mas que nadie de 
chanchullos y no vale la pena contradecirlo! jEsa es mi opinion! ^Y la de usted? Ya se 
sabe que para venir aqui, verdad, ihay que estar dispuesto a matar a padre y madre! 
Conque... » 

Yo no estaba del todo seguro de que fuera cierto, todo lo que me contaba, pero el 
caso es que aquel predecesor me parecio al instante un pirata de mucho cuidado. 

Nada, pero es que nada, tranquilo me sentia yo. «Ya me he metido en otro lio de la 
hostia», me dije a mi mismo y cada vez mas convencido. Deje de conversar con aquel 
bandido. En un rincon, en desorden, descubri a la buena de Dios las mercancias que 
tenia a bien dejarme, cotonadas insignific antes... Pero, en cambio, taparrabos y 
sandalias por docenas, pimienta en botes, farolillos, un irrigador y, sobre todo, una 
cantidad alarmante de latas de fabada «estilo de Burdeos» y, por ultimo, una tarjeta 
postal en color: la Place Clichy. 

«Junto al poste encontrara el caucho y el marfil que he comprado a los negros... Al 
principio, perdia el culo, y despues, ya ve, tome, trescientos francos... jEsa es la 
cuenta!» 

Yo no sabia de que cuenta se trataba, pero renuncie a preguntarselo. 

«Quiza tendra aun que hacer algunos trueques con mercancias -me aviso-, porque el 
dinero aqui, verdad, no se necesita para nada, solo puede servir para largarse, el 
dinero...» 

Y se echo a reir. Como tampoco queria yo contrariarlo por el momento, lo imite y me 
rei con el como si estuviera muy contento. 

A pesar de la indigencia en que se veia estancado desde hacia meses, se habia 
rodeado de una servidumbre muy complicada, compuesta de chavales sobre todo, muy 
solicitos a la hora de presentarle la unica cuchara de la casa o el vaso sin pareja o 
tambien extraerle de la planta del pie, con delicadeza, las incesantes y clasicas niguas 
penetrantes. A cambio, les pasaba, benevolo, la mano entre los muslos a cada instante. 
El unico trabajo que le vi emprender era el de rascarse personalmente; ahora que a ese 
se entregaba, como el tendero de Fort-Gono, con una agilidad maravillosa, que, solo se 
observa, esta visto, en las colonias. 

El mobiliario que me lego me revelo todo lo que el ingenio podia conseguir con cajas 
de jabon rotas en materia de sillas, veladores y sillones. Tambien me ensefio, aquel tipo 
sombrio, a proyectar a lo lejos, para distraerse, de un solo golpe breve, con la punta del 
pie pronta, las pesadas orugas con caparazon, que subian sin cesar, nuevas, tremulas y 
babosas, al asalto de nuestra choza selvatica. Si, por torpeza, las aplastas, jpobre de ti! 
Te ves castigado con ocho dias consecutivos de hedor extremo, que se desprende 
despacio de su papilla inolvidable. El habia leido en alguna parte que esos pesados 
horrores representaban, en el terreno de los animales, lo mas antiguo que habia en el 
mundo. Databan segun afirmaba, jdel segundo periodo geologico! «Cuando nosotros 
tengamos la misma antiguedad que ellas, jque peste no echaremos!» Asi mismo. 

Los crepusculos en aquel infierno africano eran esplendidos. No habia modo de 
evitarlos. Tragicos todas las veces como tremendos asesinatos del sol. Una farolada 
inmensa. Solo, que era demasiada admiracion para un solo hombre. El cielo, durante 
una hora, se pavoneaba salpicado de un extremo a otro de escarlata en delirio, luego 
estallaba el verde en medio de los arboles y subia del suelo en estelas tremulas hasta las 
primeras estrellas. Despues, el gris volvia a ocupar todo el horizonte y luego el rojo 
tambien, pero entonces fatigado, el rojo, y por poco tiempo. Terminaba asi. Todos los 



colores recaian en jirones, marchitos, sobre la selva, como oropeles al cabo de cien 
representaciones. Cada dia hacia las seis en punto ocurria. 

Y la noche con todos sus monstruos entraba entonces en danza, entre miles y miles 
de berridos de sapos. 

Esa era la serial que esperaba la selva para ponerse a trepidar, silbar, bramar desde 
todas sus profundidades. Una enorme estacion del amor y sin luz, llena hasta reventar. 
Arboles enteros atestados de francachelas vivas, de erecciones mutiladas, de horror. 
Acababamos no pudiendo oirnos en nuestra choza. Tenia que gritar, a mi vez, por 
encima de la mesa como un autillo para que el companero me entendiera. Estaba listo, 
yo que no apreciaba el campo. 

«^,C6mo se llama usted? ^No me acaba de decir Robinson?», le pregunte. 

Estaba repitiendome, el companero, que los indigenas en aquellos parajes sufrian 
hasta el marasmo de todas las enfermedades posibles y que su estado era tan lastimoso, 
que no estaban en condiciones de dedicarse a comercio alguno. Mientras hablabamos de 
los negros, moscas e insectos, tan grandes, tan numerosos, vinieron a lanzarse en torno 
al farol, en rafagas tan densas, que hubo que apagarlo. 

La figura de aquel Robinson se me aparecio una vez mas, antes de apagar, cubierta 
por aquella rejilla de insectos. Tal vez por eso sus rasgos se grabaron de modo mas sutil 
en mi memoria, mientras que antes no me recordaban nada preciso. En la obscuridad 
seguia hablandome, mientras yo me remontaba por mi pasado, con el tono de su voz 
como una llamada, ante las puertas de los arios y despues de los meses y luego de los 
dias, para preguntar donde habia podido conocer a aquel individuo. Pero no encontraba 
nada. No me respondian. Se puede uno perder yendo a tientas entre las formas del 
pasado. Es espantoso la de cosas y personas que permanecen inmoviles en el pasado de 
uno. Los vivos que extraviamos en las criptas del tiempo duermen tan bien con los 
muertos, que una misma sombra los confunde ya. 

No sabes ya a quien despertar, si a los vivos o a los muertos. 

Estaba intentando identificar a aquel Robinson, cuando unas carcajadas atrozmente 
exageradas, a poca distancia y en la obscuridad, me sobresaltaron. Y se callaron. Ya me 
habia avisado, las hienas seguramente. 

Y despues solo los negros de la aldea y su tam-tam, percusion desatinada sobre 
madera hueca, termitas del viento. 

El propio nombre de Robinson me preocupaba sobre todo, cada vez mas claramente. 
Nos pusimos a hablar de Europa en nuestra obscuridad, de las comidas que puedes pedir 
alia, cuando tienes dinero, y de las bebidas, jmadre mia, tan frescas! No hablabamos del 
dia siguiente, en que me quedaria solo, alii, durante ahos tal vez, alii, con todas las 
fabadas... ^Habia que preferir la guerra? Desde luego, era peor. [Era peor!... El mismo lo 
reconocia... Tambien el habia estado en la guerra... Y, sin embargo, se marchaba de alii... 
Estaba harto de la selva, pese a todo... Yo intentaba hacerlo volver sobre el tema de la 
guerra. Pero ahora el lo eludia. 

Por ultimo, en el momento en que nos acostabamos cada uno en un rincon de aquella 
ruina formada por hojas y mamparas, me confeso sin rodeos que, pensandolo bien, 
preferia arriesgarse a comparecer ante un tribunal civil por estafa a soportar por mas 
tiempo la vida, a base de fabada, que llevaba alii desde hacia casi un afio. Ya sabia a que 
atenerme. 

«^No tiene algodon para los oidos?... -me pregunto-. Si no tiene, hagase uno con 
pelos de la manta y grasa de platano. Asi se hacen unos taponcitos perfectos... jNo 
quiero oirlos berrear, a esos cerdos!» 

Habia de todo en aquella tormenta, excepto cerdos, pero se empenaba en usar ese 
termino impropio y generico. 



La cuestion del algodon me impresiono de repente, como si ocultara alguna astucia 
abominable por su parte. No podia evitar un miedo cerval a que me asesinara alii, sobre 
la «plegable», antes de marcharse con lo que quedaba en la choza... Esa idea me tenia 
petrificado. Pero, ^que hacer? ^Llamar? ^A quien? ^A los antropofagos de la aldea?... 
^Desaparecido? jYa lo estaba casi, en realidad! En Paris, sin fortuna, sin deudas, sin 
herencia, ya apenas existes, cuesta mucho no estar ya desaparecido... Conque, ^alli? 
£ Quien iba a tomarse la molestia de ir hasta Bikomimbo, aunque solo fuera a escupir en 
el agua, para honrar mi recuerdo? Nadie, evident emente. 

Pasaron horas cargadas de respiros y angustias. El no roncaba. Todos aquellos ruidos, 
aquellas llamadas que llegaban del bosque me impedian oir su resuello. No hacia falta 
algodon. Sin embargo, a fuerza de tenacidad, aquel nombre de Robinson acabo 
revelandome un cuerpo, una facha, una voz incluso que habia conocido... Y despues, en 
el momento en que iba a abandonarme al sueno, el individuo entero se alzo ante mi 
cama, capte su recuerdo, no el, desde luego, sino el recuerdo precisamente de aquel 
Robinson, el hombre de Noirceur-sur-la-Lys, alii, en Flandes, a quien habia acompanado 
aquella noche en que buscabamos juntos un agujero para escapar de la guerra y despues 
tambien el mas adelante en Paris... Reaparecio todo... Acababan de pasar afios en un 
instante. Yo habia estado muy enfermo de la cabeza, me costaba... Ahora que sabia, que 
lo habia identificado, no podia por menos de sentir panico. ^Me habria reconocido el? 
En cualquier caso, podia contar con mi silencio y mi complicidad. 

« iRobinson! [Robinson! -lo llame, contento, como para anunciarle una buena 
noticia-. jOye, chaval! jOye, Robinson!. ..» Sin respuesta. 

Con el corazon latiendome como loco, me levante y me prepare para recibir un buen 
golpe en el estomago... Nada. Entonces, con no poca audacia, me aventure, a ciegas, 
hasta el otro extremo de la choza, donde lo habia visto acostarse. Se habia marchado. 

Espere la llegada del dia encendiendo una cerilla de vez en cuando. El dia llego en 
una tromba de luz y despues aparecieron los criados negros para ofrecerme, sonrientes, 
su enorme inutilidad, salvo que eran alegres. Ya intentaban ensenarme la 
despreocupacion. En vano procuraba, mediante una serie de gestos muy meditados, ha- 
cerles comprender hasta que punto me inquietaba la desaparicion de Robinson, no por 
ello parecia que dejara de importarles tres cojones. No cabe duda, es una locura 
completa ocuparse de algo distinto de lo que se tiene ante los ojos. En fin, yo lo que 
sentia sobre todo en aquel caso era la desaparicion de la caja. Pero no es frecuente 
volver a ver a la gente que se marcha con la caja... Esa circunstancia me hizo suponer 
que Robinson renunciaria a volver solo para asesinarme. Menos mal. 

jPara mi solo el paisaje, pues! En adelante iba a tener todo el tiempo del mundo, 
pense, para volver a ocuparme de la superficie, de la profundidad de aquel inmenso 
follaje, de aquel oceano de rojo, de amarillo jaspeado, de salazones flameantes, 
magnificos, seguramente, para quienes amen la naturaleza. Yo, desde luego, no la 
amaba. La poesia de los tropicos me repugnaba. La mirada, el pensamiento sobre 
aquellos conjuntos me repetian, como sardinas. Digan lo que digan, siempre sera un pais 
para mosquitos y panteras. Cada cual en su sitio. 

Preferia volver de nuevo a mi choza y apuntalarla en prevision del tornado, que no 
podia tardar. Pero tambien tuve que renunciar bastante pronto a mi empresa de con- 
solidacion. Lo que de trivial habia en aquella estructura podia aun desplomarse, pero no 
volveria a alzarse nunca; la paja, infestada de parasitos, se deshilachaba; la verdad es 
que con mi vivienda no se habria podido hacer un urinario decente. 

Tras haber descrito, con paso inseguro, unos circulos en la selva, tuve que volver a 
tumbarme y callarme, por el sol. Siempre el sol. Todo calla, todo tiene miedo a arder 
hacia el mediodia; basta, por cierto, con un tris, hierbas, animales y hombres en su 



punto de calor. Es la apoplejia meridiana. 

Mi polio, el unico, la temia tambien, esa hora, volvia a la choza conmigo, el, el 
unico, legado por Robinson. Vivio asi conmigo tres semanas, el polio, paseandose, si- 
guiendome como un perro, cloqueando por cualquier cosa, viendo serpientes por todos 
lados. Un dia de aburrimiento mortal me lo comi. No sabia a nada, su carne destefiida al 
sol como una tela de algodon. Tal vez fuera eso lo que me sentara mal. El caso es que el 
dia siguiente de haberlo comido no podia levantarme. Hacia el mediodia, me arrastre 
atontado hacia la cajita de las medicinas. Solo quedaba tintura de yodo y un piano de la 
Linea de metro norte-sur de Paris. Aun no habia visto clientes en la factoria, solo 
mirones negros, que no cesaban de gesticular y masticar cola, eroticos y paludicos. 
Ahora se presentaban en circulo en torno a mi, los negros, parecian discutir sobre mi 
mala cara. Estaba muy enfermo, hasta el punto de que me parecia que ya no necesitaba 
las piernas, colgaban tan solo al borde de la cama como cosas despreciables y algo 
comicas. 

De Fort-Gono, del director, no me llegaban, mediante corredores nativos, sino cartas 
apestosas con broncas y estupideces, amenazadoras tambien. Los comerciantes, que se 
creen, todos, astutos de profesion, resultan en la practica la mayoria de las veces ineptos 
insuperables. Mi madre, desde Francia, me instaba a cuidar la salud, como en la guerra. 
Bajo la guillotina, mi madre habria sido capaz de renirme por haber olvidado la 
bufanda. No perdia oportunidad, mi madre, para intentar hacerme creer que el mundo 
era benevolo y que habia hecho bien al concebirme. Es el gran subterfugio de la incuria 
materna, esa supuesta providencia. Por lo demas, me resultaba muy facil no responder a 
todos aquellos cuentos del patron y de mi madre y nunca contestaba. Solo, que esa 
actitud no mejoraba tampoco la situacion. 

Robinson habia robado casi todo lo que habia habido en aquel establecimiento fragil, 
ly quien me creeria, si fuera a decirlo? ^Escribirlo? ^Para que? ^A quien? ^Al patron? 
Todas las tardes, hacia las cinco, tiritaba de fiebre, a mi vez, pero es que con ganas, 
hasta el punto de que mi crujiente cama temblaba como si estuviera cascandomela. 
Negros de la aldea se habian apoderado, sin cumplidos, de mi servicio y mi choza; no 
los habia llamado, pero ya solo mandarles marcharse exigia demasiado esfuerzo. Se 
peleaban en torno a lo que quedaba de la factoria, metiendo mano con ganas en los 
barriles de tabaco, probandose los ultimos taparrabos, apreciandolos, llevandoselos, 
contribuyendo aun mas, de ser posible, al desorden de mi instalacion. El caucho, tirado 
por el suelo, mezclaba su jugo con los melones de la selva, las dulzonas papayas con 
sabor a peras orinadas, cuyo recuerdo, quince afios despues, de tantas como jale en lugar 
de las judias, aun me da asco. 

Intentaba hacerme idea del nivel de impotencia en el que habia caido, pero no lo 
lograba. «jTodo el mundo roba!», me habia repetido por tres veces Robinson, antes de 
desaparecer. Esa era tambien la opinion del delegado general. Con la fiebre, esas 
palabras me obsesionaban. «jTienes que espabilarte!»... me habia dicho tambien Ro- 
binson. Intentaba levantarme. Tampoco lo conseguia. Sobre lo del agua de beber, tenia 
razon, lodo era; peor, posos. Unos negritos me traian muchos platanos, grandes y 
pequenos, y naranjas sanguinas y siempre aquellas «papayas», pero, jme dolia tanto el 
vientre con todo aquello y con todo! Habria podido vomitar la tierra entera. 

En cuanto notaba un poco de mejoria, me sentia menos atontado, el abominable 
miedo volvia a apoderarse de mi por entero, el de tener que rendir cuentas a la Sociedad 
Porduriere. ^Que iba a decir, a aquella gente malefica? ^Me creerian? Me mandarian 
detener, jseguro! ^Quien me juzgaria, entonces? Tipos especiales, armados de leyes 
terribles, sacadas de quien sabe donde, como el consejo de guerra, pero cuyas 
verdaderas intenciones nunca te comunican y que se divierten haciendote escalar con 



ellas a cuestas, sangrando, el sendero a pico por encima del infierno, el camino que 
conduce a los pobres al hoyo. La ley es el gran Parque de Atracciones del dolor. 

Cuando el pelagatos se deja atrapar por ella, se le oye aun gritar siglos y mas siglos 
despues. 

Preferia quedarme pasmado alii, temblando, babeando con los 40°, que verme 
forzado, lucido, a imaginar lo que me esperaba en Fort-Gono. Llego un momento en que 
ya no tomaba quinina para dejar que la fiebre me ocultara la vida. Te embriagas con lo 
que puedes. Mientras me cocia asi, a fuego lento, durante dias y semanas, se me 
acabaron las cerillas. Robinson no me habia dejado otra cosa que fabada «estilo de 
Burdeos». Ahora que de esta me dejo la tira, la verdad. Vomite latas enteras. Y, para 
llegar a ese resultado, aun habia que calentarlas. 

Esa penuria de cerillas me proporciono una pequena distraccion, la de contemplar a 
mi cocinero encender el fuego con dos piedras en eslabon y hierbas secas. Al verlo 
hacer asi, se me ocurrio hacer lo mismo. Ademas, tenia mucha fiebre y la idea cobro 
singular consistencia. Pese a ser torpe por naturaleza, tras una semana de aplicacion, 
tambien yo sabia, igualito que un negro, prender el fuego entre dos piedras puntiagudas. 
En una palabra, empezaba a espabilarme en el estado primitivo. El fuego es lo principal; 
luego queda la caza, pero yo no tenia ambicion. El fuego del silex me bastaba. Me 
ejercitaba concienzudo. Solo tenia eso que hacer, dia tras dia. En el juego de rechazar 
las orugas del «secundario» no habia adquirido tanta habilidad. Aun no habia aprendido 
el truco. Aplastaba muchas orugas. Perdia interes. Las dejaba entrar con libertad en mi 
choza, como amigas. Se produjeron dos grandes tormentas sucesivas, la segunda duro 
tres dias enteros y, sobre todo, tres noches. Por fin pude beber agua de lluvia en el 
bidon, tibia, claro, pero en fin... Bajo los aguaceros las telas en existencia empezaron a 
deshacerse, sin remedio, mezclandose unas con otras, mercancia inmunda. 

Negros serviciales me fueron a buscar, muy dentro de la selva, manojos de lianas 
para amarrar mi choza al suelo, pero en vano, el follaje de las mamparas, al menor soplo 
de viento, se ponia a batir enloquecido, por encima del techo, como alas heridas. No 
hubo solucion. Todo por divertirse, en suma. 

Los negros, pequenos y grandes, decidieron vivir en mi ruina con total familiaridad. 
Estaban joviales. Gran distraccion. Entraban y salian de mi casa (si asi podemos 
llamarla) como Pedro por la suya. Libertad. Nos entendiamos por senas. Si no hubiera 
tenido fiebre, tal vez me habria puesto a aprender su lengua. Me falto tiempo. En cuanto 
al encendido con piedras, pese a mis progresos, aun no habia adquirido su mejor estilo, 
el expeditivo. Aun me saltaban muchas chispas a los ojos y eso hacia reir mucho a los 
negros. 

Cuando no estaba enmoheciendo de fiebre en mi «plegable» o dandole al mechero 
primitivo, no pensaba sino en las cuentas de la Porduriere. Es curioso lo que cuesta 
liberarse del terror a la irregularidad en las cuentas. Desde luego, ese terror debia de 
venirme de mi madre, que me habia contaminado con su tradicion: «Primero robas un 
huevo... y despues un talego y acabas asesinando a tu madre. » De esas cosas nos cuesta 
a todos mucho liberarnos. Las hemos aprendido siendo demasiado pequenos y acuden a 
aterrarnos, mas adelante, en los momentos decisivos. jQue debilidades! Solo podemos 
contar, para librarnos de ellas, con las circunstancias. Por fortuna, son imperiosas, las 
circunstancias. Entretanto, nos hundiamos, la factoria y yo. Ibamos a desaparecer en el 
barro tras cada aguacero mas viscoso, mas espeso. La estacion de las lluvias. Lo que 
ayer parecia una roca hoy no era sino melaza pastosa. Desde las ramas balanceantes el 
agua tibia te perseguia en cascadas, se derramaba por la choza y los alrededores, como 
en el lecho de un antiguo rio abandonado. Todo se fundia en papilla de baratijas, 
esperanzas y cuentas y en la fiebre tambien, humeda tambien. Aquella lluvia tan densa, 



que te cerraba la boca, cuando te agredia, como con una mordaza tibia. Aquel diluvio no 
impedia a los animales seguir persiguiendose, los ruisefiores se pusieron a hacer tanto 
ruido como los chacales. La anarquia por todos lados y en el area, yo, Noe, medio lelo. 
Me parecio llegado el momento de poner fin a aquella vida. 

Mi madre no sabia solo refranes sobre la honradez; tambien decia, recorde 
oportunamente, cuando quemaba en casa las vendas viejas: «jEl fuego lo purifica todo!» 
Encuentras de todo en casa de tu madre, para todas las ocasiones del destino. Basta con 
saber escoger. 

Llego el momento. Mis silex no eran los mas apropiados, sin punta suficiente, la 
mayoria de las chispas se me quedaban en las manos. Aun asi, al fin las primeras mer- 
cancias prendieron pese a la humedad. Se trataba de una provision de calcetines 
absolutamente empapados. Era despues de la puesta del sol. Las llamas se elevaron rapi- 
das, fogosas. Los indigenas de la aldea acudieron a agruparse en torno al fogon, 
parloteando con furia de cotorras. El caucho en bruto que habia comprado Robinson 
chisporroteaba en el centro y su olor me recordaba invariablemente el celebre incendio 
de la Compafiia Telefonica, en Quai de Grenelle, que fui a ver con mi tio Charles, quien 
tan bien cantaba romanzas. Era el afio antes de la Exposicion, la Grande, cuando yo era 
aun muy pequefio. Nada fuerza a los recuerdos a aparecer como los olores y las llamas. 
Mi choza, por su parte, olia exactamente igual. Pese a estar empapada, ardio enterita, 
con mercancias y todo. Ya estaban hechas las cuentas. La selva callo por una vez. 
Completo silencio. Debian de estar deslumbrados buhos, leopardos, sapos y papagayos. 
Es lo que necesitan para quedarse pasmados. Como nosotros con la guerra. Ahora la 
selva podia volver a apoderarse de los restos bajo su alud de hojas. Yo solo habia 
salvado mi modesto equipaje, la cama plegable, los trescientos francos y, por supuesto, 
algunas fabadas, jque remedio!, para el camino. 

Tras una hora de incendio, ya no quedaba nada de mi ediculo. Algunas pavesas bajo 
la lluvia y algunos negros incoherentes que hurgaban las cenizas con la punta de la lanza 
en medio de tufaradas de ese olor fiel a todas las miserias, olor desprendido de todos los 
desastres de este mundo, el olor a polvora humeante. 

Ya era hora de largarme a escape. ^Regresar a Fort-Gono? ^Intentar explicarles mi 
conducta y las circunstancias de aquella aventura? Vacile... Por poco tiempo. No hay 
que explicar nada. El mundo solo sabe matarte como un durmiente, cuando se vuelve, el 
mundo, hacia ti, igual que un durmiente se mata las pulgas. La verdad es que seria una 
muerte muy tonta, me dije, como la de todo el mundo, vamos. Confiar en los hombres 
es dejarse matar un poco. 

Pese al estado en que me encontraba, decidi internarme por la selva en la direccion 
que habia seguido aquel Robinson de mis desdichas. 



Por el camino, segui escuchando con frecuencia a los animales de la selva, con sus 
quejas, tremolos y llamadas, pero casi nunca los veia, excepto un cochinillo salvaje al 
que en cierta ocasion estuve a punto de pisar cerca de mi abrigo. Por aquellas rafagas de 
gritos, llamadas, aullidos, era como para pensar que estaban muy cerca, centenares, 
millares, hormigueando, los animales. Sin embargo, en cuanto te acercabas al lugar de 
que partia el jaleo, ni uno, excepto enormes pintadas azules, enredadas en su plumaje 
como para una boda y tan torpes, que, cuando saltaban tosiendo de una rama a otra, 
parecia que acababa de ocurrirles un accidente. 

Mas abajo, en el moho de la maleza, mariposas enormes y pesadas, y ribeteadas 
como «esquelas», temblequeaban sin poder abrirse y, mas abajo aun, ibamos nosotros, 
chapoteando en el barro amarillo. Avanzabamos a duras penas, sobre todo porque los 
negros me llevaban en parihuelas, hechas con sacos cosidos por los extremos. Habrian 
podido muy bien tirarme a la pafii, los porteadores, mientras cruzabamos un brazo de 
rio. ^Por que no lo hicieron? Mas adelante lo supe. ^,0 por que no se me jalaron, ya que 
entraba dentro de sus costumbres? 

De vez en cuando, les hacia preguntas con voz pastosa, a aquellos compafieros, y 
siempre me respondian: si, si. Bastante complacientes, en una palabra. Buena gente. 
Cuando la diarrea me dejaba un respiro, volvia a ser presa de la fiebre al instante. Era 
increible lo enfermo que habia llegado a estar con aquella vida. 

Incluso empezaba a no ver claro o, mejor dicho, veia todo en verde. Por la noche, 
cuando todos los animales de la tierra acudian a acechar nuestro campamento, en- 
cendiamos un fuego. Y aqui y alia un grito atravesaba, pese a todo, el enorme toldo 
negro que nos asfixiaba. Un animal degollado que, pese a su horror de los hombres y del 
fuego, acudia a quejarse ante nosotros, alii, muy cerca. 

A partir del cuarto dia, deje incluso de intentar reconocer lo real de entre las cosas 
absurdas de la fiebre que entraban en mi cabeza unas dentro de otras, al tiempo que 
trozos de personas y, ademas, retazos de resoluciones y desesperaciones sin fin. 

Pero, aun asi, debio de existir, me digo hoy, cuando lo pienso, aquel bianco barbudo 
que encontramos una mafiana sobre un promontorio de piedras en la confluencia de los 
dos rios. Y, ademas, se oia, muy cerca, el estruendo de una catarata. Era un tipo del 
estilo de Alcide, pero en sargento espanol. Acababamos de pasar, a fuerza de ir de un 
sendero a otro, asi, mal que bien a la colonia de Rio del Rio, antigua posesion de la 
Corona de Castilla. Aquel espanol, pobre militar, poseia una choza tambien el. Se rio 
con ganas, me parece, cuando le conte todas mis desgracias y lo que habia hecho yo con 
mi choza. La suya, cierto es, se presentaba un poco mejor, pero no mucho. Su tormento 
especial eran las hormigas rojas. Habian elegido su choza para pasar, en su migracion 
anual, las muy putas, y no cesaban de cruzarla desde hacia casi dos meses. 

Ocupaban casi todo el sitio; costaba moverse y, ademas, si las molestabas, picaban 
fuerte. 

Se puso muy contento cuando le di mi fabada, pues el solo comia tomate, desde hacia 
tres afios. No hacia falta que me contara. Ya habia consumido, me dijo, mas de tres mil 
latas el solo. Cansado de aderezarlo de diferentes formas, ahora lo sorbia, de la forma 
mas sencilla del mundo: por dos pequenos orificios practicados en la tapa, como si se 
tratara de huevos. 

Las hormigas rojas, en cuanto se enteraron de que habia nuevas conservas, montaron 



guardia en torno a sus fabadas. Habia que tener cuidado de no dejar tirada una sola lata, 
abierta, pues en ese caso habrian hecho entrar a la raza entera de las hormigas rojas en la 
choza. No hay mayor comunista. Y se habrian jalado tambien al espanol. 

Me entere por aquel anfitrion de que la capital de Rio del Rio se llamaba San Tapeta, 
ciudad y puerto celebre en toda la costa e incluso mas lejos, porque alii se armaban las 
galeras para travesias largas. 

La pista que seguiamos conducia alii precisamente, era el camino bueno, bastaba con 
continuar asi durante tres dias mas y tres noches. Pregunte a aquel espanol si no conocia 
por casualidad alguna buena medicina indigena que pudiera apanarme. La cabeza me 
atormentaba atrozmente. Pero el no queria ni oir hablar de esos mejunjes. Para ser un 
espanol colonizador, era sorprendentemente africanofobo, hasta el punto de que se 
negaba a utilizar en el retrete, cuando iba, hojas de platano y tenia a su disposicion, 
cortados para ese uso, toda una pila de ejemplares del Boletin de Asturias, 
expresamente. Tampoco leia ya el periodico, exactamente igual que Alcide tambien. 

Hacia tres afios que vivia alii, solo con las hormigas, algunas manias y sus periodicos 
viejos, y tambien con ese terrible acento espanol, que es como una especie de segunda 
persona, de tan fuerte que es; costaba mucho excitarlo. Cuando abroncaba a sus negros, 
era como una tormenta, por ejemplo. A mala hostia, Alcide no le llegaba ni a la altura 
del betun. Tanto me gustaba, aquel espanol, que acabe cediendole toda mi fabada. Como 
prueba de agradecimiento, me extendio un pasaporte muy bello sobre papel granuloso 
con las armas de Castilla y una firma tan labrada, que para su minuciosa ejecucion tardo 
diez buenos minutos. 

Para San Tapeta, no podiamos perdernos, pues; estaba en lo cierto, habia que seguir 
todo recto. Ya no se como llegamos, pero de una cosa estoy seguro, y es que, nada mas 
llegar, me pusieron en manos de un cura, tan chocho, me parecio, que de notarlo a mi 
lado senti una especie de animo comparativo. No por mucho tiempo. 

La ciudad de San Tapeta se alzaba en el flanco de una roca y justo enfrente del mar y 
era de un verde, que habia que verlo para creerlo. Un espectaculo magnifico, se- 
guramente, visto desde la ensenada, algo suntuoso, de lejos, pero de cerca solo carnes 
exhaustas como en Fort-Gono, permanentemente cubiertas de pustulas y achicharradas. 
En cuanto a los negros de mi pequena caravana, en un breve instante de lucidez los 
despedi. Habian atravesado una gran extension de selva y temian por su vida al regreso, 
segun decian. Lloraban ya de antemano, al despedirse de mi, pero a mi me faltaban 
fuerzas para compadecerlos. Habia sufrido y transpirado demasiado. Sin fin. 

Por lo que puedo recordar, muchos seres cacareantes, que, por lo visto, abundaban en 
aquella poblacion, vinieron dia y noche a partir de aquel momento a ajetrearse en torno 
a mi lecho, que habian instalado especialmente en el presbiterio, pues las distracciones 
eran escasas en San Tapeta. El cura me atiborraba de tisanas, una larga cruz dorada 
oscilaba sobre su vientre y de las profundidades de su sotana subia, cuando se acercaba 
a mi cabecera, gran tintineo de monedas. Pero no habia ni que pensar en conversar con 
aquella gente, el simple hecho de farfullar me agotaba mas de lo imaginable. 

Estaba convencido de que era el fin, intente mirar aun un poco lo que podia 
distinguir de este mundo por la ventana del cura. No me atreveria a afirmar que pueda 
hoy describir aquellos jardines sin cometer errores groseros y fantasticos. Sol habia, eso 
seguro, siempre el mismo, como si te abriesen una amplia caldera siempre en plena cara 
y luego, debajo, mas sol y unos arboles disparatados y tambien paseos, con arboles que 
parecian lechugas tan desarrolladas como robles y una especie de cardillos, tres o cuatro 
de los cuales bastarian para hacer un hermoso castano corriente de los de Europa. Ana- 
dase un sapo o dos al monton, del tamafio de podencos, saltando desesperados de un 
macizo a otro. 



Por los olores es como acaban las personas, los paises y las cosas. Todas las 
aventuras se van por la nariz. Cerre los ojos, porque, la verdad, ya no podia abrirlos. 
Entonces el acre olor de Africa, noche tras noche, se esfumo. Llego a serme cada vez 
mas dificil percibir su tufo, mezcla de tierra muerta, entrepiernas y azafran machacado. 

Paso tiempo, volvio el pasado, y mas tiempo aun y despues llego un momento en que 
sufri varios choques y nuevas revulsiones y despues sacudidas mas regulares, como en 
una cuna... 

Acostado seguia, desde luego, pero sobre una materia en movimiento. Me dejaba 
llevar y despues vomitaba y volvia a despertarme y me dormia otra vez. Estaba en el 
mar. Tan molido me sentia, que apenas tenia fuerzas para conservar el nuevo olor a 
jarcias y alquitran. Hacia frio en el rincon marinero donde me encontraba apretujado 
justo bajo un ojo de buey abierto de par en par. Me habian dejado solo. El viaje 
continuaba, evidentemente... Pero, ^cual? Oia pasos por el puente, un puente de madera, 
por encima de mi cabeza, y voces y las olas que venian a chapotear y romper contra la 
borda. 

Es muy raro que la vida vuelva a tu cabecera, estes donde estes, si no es en forma de 
putada. La que me habia hecho aquella gente de San Tapeta era de aupa. jPues no 
habian aprovechado mi estado para venderme, alelado como estaba, al patron de una 
galera! Una hermosa galera, la verdad, de bordas altas y con muchos remos, coronada 
con bonitas velas purpureas, un castillo dorado, un barco de lo mas acolchado en los 
lugares destinados a los oficiales, con un soberbio cuadro en la proa pintado con aceite 
de higado de bacalao y que representaba a la Infanta Combitta en traje de polo. Segun 
me explicaron mas adelante, aquella Alteza patrocinaba, con su nombre, sus chuchais y 
su honor real, el navio que nos llevaba. Era halagador. 

Al fin y al cabo, meditaba a proposito de mi aventura, si me hubiera quedado en San 
Tapeta, aun estoy enfermo como un perro, la cabeza me da vueltas, seguro que habria 
cascado en casa de aquel cura, donde me habian dejado los negros... ^Volver a Fort- 
Gono? En ese caso no me libraba de mis «quince afios» por lo de las cuentas... Alii al 
menos estaba en movimiento y ya eso era una esperanza... Pensandolo bien, aquel 
capitan de la Infanta Combitta habia tenido audacia al comprarme, aun a bajo precio, al 
cura en el momento de levar anclas. Arriesgaba todo su dinero en aquella transaccion, el 
capitan. Podria haberlo perdido todo. Habia especulado con la accion benefica del aire 
del mar para reanimarme. Merecia su recompensa. Iba a ganar, pues ya me encontraba 
mejor y lo veia muy contento por ello. Aun deliraba mucho, pero con cierta logica... A 
partir del momento en que abri los ojos, vino con frecuencia a visitarme a mi cuchitril y 
engalanado con su sombrero de plumas. Asi me parecia. 

Se divertia mucho al verme alzarme sobre el j ergon, pese a la fiebre, que no me 
abandonaba. Vomitaba. «Vamos, mierdica, [pronto podras remar con los demas!», me 
predijo. Era muy amable por su parte y se reia a carcajadas, al tiempo que me daba 
ligeros latigazos, pero entonces muy amistosos, y en la nuca, no en las nalgas. Queria 
que me divirtiera yo tambien, que me alegrase con el del esplendido negocio que 
acababa de hacer al adquirirme. 

La comida de a bordo me parecio muy aceptable. Yo no cesaba de farfullar. Rapido, 
como habia previsto el capitan, recupere fuerzas suficientes para ir a remar de vez en 
cuando con los compafieros. Pero donde habia diez, de estos, yo veia cien: la 
alucinacion. 

Nos fatigabamos bastante poco durante aquella travesia, porque la mayoria del 
tiempo navegabamos a vela. Nuestra condicion en el entrepuente no era mas nausea- 
bunda que la de los viajeros corrientes de clase baja en un vagon de domingo y menos 
peligrosa que la que habia soportado en el Amiral-Bragueton. Tuvimos siempre mucha 



ventilacion durante aquel paso del Este al Oeste del Atlantico. La temperatura bajo. En 
los entrepuentes nadie se quejaba. Nos parecia tan solo un poco largo. Por mi parte, me 
habia hartado de espectaculos del mar y de la selva para una eternidad. 

Me habria gustado preguntar detalles al capitan sobre los fines y los medios de 
nuestra navegacion, pero desde que me encontraba mejor habia dejado de interesarse 
por mi suerte. Ademas, yo desatinaba demasiado para una conversacion, la verdad. Ya 
solo lo veia de lejos, como a un patron de verdad. 

A bordo, me puse a buscar a Robinson entre los galeotes y en varias ocasiones 
durante la noche, en pleno silencio, lo llame en alta voz. No hubo respuesta, salvo algu- 
nas injurias y amenazas: la chusma. 

Sin embargo, cuanto mas pensaba en los detalles y las circunstancias de mi aventura, 
mas probable me parecia que le hubieran hecho tambien a el la faena de San Tapeta. 
Solo que Robinson debia de remar ahora en otra galera. Los negros de la selva debian 
de estar todos metidos en el comercio y el chanchullo. A cada cual su turno, era normal. 
Tienes que vivir y coger para vender las cosas y las personas que no vayas a comer 
enseguida. La relativa amabilidad de los indigenas hacia mi se explicaba del modo mas 
indecente. 

La Infanta Combitta siguio navegando semanas y mas semanas por entre el oleaje 
atlantico, de mareo en acceso, y despues una noche todo se calmo a nuestro alrededor. 
Yo habia dejado de delirar. Estabamos balanceandonos en torno al ancla. El dia 
siguiente, al despertarnos, comprendimos, al abrir los ojos de buey, que acababamos de 
llegar a nuestro destino. jEra un espectaculo morrocotudo! 



jMenuda sorpresa! Por entre la bruma, era tan asombroso lo que descubriamos de 
pronto, que al principio nos negamos a creerlo, pero luego, cuando nos encontramos a 
huevo delante de aquello, por muy galeotes que fueramos, nos entro un cachondeo de la 
leche, al verlo, vertical ante nosotros... 

Figuraos que estaba de pie, la ciudad aquella, absolutamente vertical. Nueva York es 
una ciudad de pie. Ya habiamos visto la tira de ciudades, claro esta, y bellas, ademas, y 
puertos y famosos incluso. Pero en nuestros pagos, verdad, estan acostadas, las 
ciudades, al borde del mar o a la orilla de rios, se extienden sobre el paisaje, esperan al 
viajero, mientras que aquella, la americana, no se despatarraba, no, se mantenia bien 
estirada, ahi, nada cachonda, estirada como para asustar. 

Conque nos cachondeamos como lelos. Hace gracia, por fuerza, una ciudad 
construida vertical. Pero solo podiamos cachondeamos del espectaculo, nosotros, del 
cuello para arriba, por el frio que en aquel momento venia de alta mar a traves de una 
densa bruma gris y rosa, rapida y penetrante, al asalto de nuestros pantalones y de las 
grietas de aquella muralla, las calles de la ciudad, donde las nubes se precipitaban 
tambien, empujadas por el viento. Nuestra galera dejaba su leve estela justo al ras de la 
escollera, donde iba a desembocar un agua color caca, que no dejaba de chapotear con 
una sarta de barquillas y remolcadores avidos y cornudos. 

Para un pelagatos nunca es comodo desembarcar en ninguna parte, pero para un 
galeote es mucho peor aun, sobre todo porque los americanos no aprecian lo mas mi- 
nimo a los galeotes procedentes de Europa. «Son todos unos anarquistas», dicen. En una 
palabra, solo quieren recibir en sus tierras a los curiosos que les aporten parne, porque 
todos los dineros de Europa son hijos de Dolar. 

Tal vez podria haber intentado, como otros lo habian logrado ya, atravesar el puerto a 
nado y despues, una vez en el muelle, ponerme a gritar: «jViva Dolar! jViva D61ar!» Es 
un buen truco. Mucha gente ha desembarcado de ese modo y despues han hecho 
fortuna. No es seguro, es lo que cuentan solo. En los suenos ocurren cosas peores. Yo 
tenia otro plan en la cabeza, ademas de la fiebre. 

Como habia aprendido en la galera a contar bien las pulgas (no solo a atraparlas, sino 
tambien a sumarlas, a restarlas, en una palabra, a hacer estadisticas), oficio delicado, 
que parece cosa de nada, pero constituye toda una tecnica, queria aprovecharlo. Los 
americanos seran lo que sean, pero en materia de tecnica son unos entendidos. Les iba a 
gustar con locura mi forma de contar las pulgas, estaba seguro por adelantado. No podia 
fallar, en mi opinion. 

Iba a ir a ofrecerles mis servicios, cuando, de pronto, dieron orden a nuestra galera de 
ir a pasar cuarentena en una ensenada contigua, al abrigo, a tiro de piedra de un 
pueblecito reservado, en el fondo de una bahia tranquila, a dos millas al Este de Nueva 
York. 

Y nos quedamos alii, todos, en observacion durante semanas y semanas, hasta el 
punto de que fuimos adquiriendo habitos. Asi, todas las noches, despues del rancho el 
equipo de aprovisionamiento bajaba del barco para ir al pueblo. Para lograr mis fines 
tenia que formar parte de aquel equipo. 

Los compafieros sabian perfectamente lo que me proponia, pero a ellos no los tentaba 
la aventura. «Esta loco -decian-, pero no es peligroso.» En la Infanta Combitta no se 
comia mal, les daban algun palo que otro, pero no demasiados; en una palabra, podia 



pasar. Era un currelo aceptable. Y, ademas, ventaja sublime, nunca los echaban de la 
galera y hasta les habia prometido el Rey, para cuando tuvieran sesenta y dos afios, un 
pequefio retire Esa perspectiva los hacia felices, asi tenian algo con lo que sonar y, 
encima, el domingo, para sentirse libres, jugaban a votar. 

Durante las semanas en que nos impusieron la cuarentena, gritaban todos juntos 
como descosidos en el entrepuente, se peleaban y se daban por culo tambien por turno. 
Y, en definitiva, lo que les impedia escapar conmigo era sobre todo que no querian ni oir 
hablar ni saber nada de aquella America, que a mi me apasionaba. Cada cual con sus 
monstruos y para ellos America era el Coco. Incluso intentaron asquearme por 
completo. En vano les decia que tenia amigos en aquel pais, mi querida Lola entre otros, 
quien debia de ser muy rica ahora, y, ademas, el Robinson, seguramente, que debia de 
haberse hecho una posicion en los negocios, no querian dar su brazo a torcer y seguian 
con su aversion hacia Estados Unidos, su asco, su odio: «Siempre seras un chiflado», 
me decian. Un dia hice como que iba con ellos a la fuente del pueblo y despues les dije 
que no volvia a la galera. jAgur! 

Eran buenos chavales, en el fondo, buenos trabajadores y me repitieron una vez mas 
que no lo aprobaban, pero, aun asi, me desearon animo, suerte y felicidad, pero a su 
manera. «jAnda! -me dijeron-. jVe! Pero luego no digas que no te hemos avisado: para 
ser un piojoso, itienes gustos raros! jEstas majareta de la fiebre! jYa volveras de tu 
America y en un estado peor que el nuestro! jTus gustos van a ser tu perdicion! ^Que 
quieres aprender? jYa sabes demasiado para ser lo que eres!» 

En vano les respondia que tenia amigos alii y que me esperaban. Como si hablara en 
chino. 

«^Amigos? -decian-. ^Amigos? Pero, jsi les importas tres cojones a tus amigos! 
jHace mucho que te han olvidado, tus amigos!. ..» 

«Pero, jes que quiero ver a los americanos! -les repetia en vano-. Y, ademas, jmujeres 
como las de aqui no se encuentran en ninguna parte!. ..» 

«jNo seas chorra y vuelve con nosotros! -me respondian-. ^No ves que no vale la 
pena? jTe vas a poner mas enfermo de lo que estas! jTe lo vamos a decir ahora mismo, 
nosotros, lo que son los americanos! jO millonarios o muertos de hambre! jNo hay 
termino medio! iSeguro que no los vas a ver tu, a los millonarios, en el estado en que 
llegas! Pero con los muertos de hambre, jte vas a enterar tu de lo que vale un peine! 
iDescuida! jYen seguidita!...» 

Para que veais como me trataron, los compafieros. Al final, me horripilaban todos, 
unos frustrados, soplapollas, subhombres. «jIros a tomar por culo todos! -fui y les 
respondi-. jLo que pasa es que os moris de envidia! jYa lo veremos eso de que los 
americanos me van a dar para el pelo! Pero, ;lo que es seguro es que todos vosotros 
teneis menos cojones que un pajarito!» 

jPara que se enteraran! Entonces, jme quede a gusto! 

Como caia la noche, les silbaron desde la galera. Se pusieron otra vez a remar todos a 
compas, menos uno, yo. Espere hasta que no se los oyera, pero es que nada, despues 
conte hasta cien y entonces corri con todas mis fuerzas hasta el pueblo. Era un sitio muy 
mono, el pueblo, bien iluminado, con casas de madera, que esperaban a que te sirvieses, 
dispuestas a derecha e izquierda de una capilla, en completo silencio tambien, solo que 
yo era presa de escalofrios, el paludismo y, ademas, el miedo. Por aqui y por alia, te 
encontrabas un marino de aquella guarnicion, que no parecia apurarse, e incluso ninos y 
luego una nifia de lo mas musculosa: [America! Yo habia llegado. Eso es lo que da gusto 
ver tras tantas aventuras amargas. Te vuelven las ganas de vivir, como al comer fruta. 
Habia ido a parar al unico pueblo que no servia para nada. Una pequena guarnicion de 
familias de marinos lo mantenia en buen estado con todas sus instalaciones para el 



posible dia en que llegara una peste feroz en un barco como el nuestro y amenazase al 
gran puerto. 

Seria en aquellas instalaciones en las que harian cascar al mayor numero posible de 
extranjeros para que los otros de la ciudad no se contagiaran. Tenian incluso un 
cementerio muy mono preparado en las cercanias y todo cubierto de flores. Esperaban. 
Hacia sesenta afios que esperaban, no hacian otra cosa que esperar. 

Encontre una pequefia cabana vacia y me cole en ella y al instante me quede dormido 
y desde por la mafiana no se veia otra cosa que marineros por las callejuelas, con traje 
corto, cuadrados y bien plantados, cosa fina, dandole a la escoba y al cubo de agua en 
torno a mi refugio y por todas las encrucijadas de aquel pueblo teorico. De nada me 
sirvio aparentar indiferencia, tenia tanta hambre, que, pese a todo, me acerque a un lugar 
en que olia a cocina. 

Alii fue donde me descubrieron y arrinconaron entre dos escuadrones decididos a 
identificarme. En seguida se hablo de lanzarme al agua. Cuando me llevaron por el 
conducto mas rapido ante el Director de la Cuarentena, no me llegaba la camisa al 
cuerpo y, aunque la constante adversidad me habia ensenado el desparpajo, me sentia 
aun demasiado embebido por la fiebre como para arriesgarme a una improvisacion 
brillante. No, me puse a divagar y sin conviccion. 

Mas valia perder el conocimiento. Eso fue lo que me ocurrio. En su despacho, donde 
mas tarde lo recobre, unas damas vestidas de colores claros habian substituido a los 
hombres a mi alrededor y me sometieron a un interrogatorio vago y benevolo, con el 
que me habria contentado de muy buena gana. Pero ninguna indulgencia dura en este 
mundo y el dia siguiente mismo los hombres se pusieron a hablarme de nuevo de la 
carcel. Aproveche, por mi parte, para hablarles de pulgas, asi, como quien no quiere la 
cosa... Que si sabia atraparlas... Contarlas... Que si era mi especialidad, y tambien 
agrupar esos parasitos en autenticas estadisticas. Veia perfectamente que mis actitudes 
les interesaban, les hacian poner mala cara, a mis guardianes. Me escuchaban. Pero de 
eso a creerme iba un trecho largo. 

Por fin, aparecio el comandante del puesto en persona. Se llamaba «Surgeon 
General)), lo que no estaria mal de nombre para un pez. Se mostro grosero, pero mas 
decidido que los otros. «^,C6mo dices, muchacho? -me dijo-. ^Que sabes contar las 
pulgas? jVaya, vaya!...» Se creia que me iba a confundir con un vacile asi. Pero le 
devolvi la pelota recitandole el pequeno alegato que habia preparado. «jYo creo en el 
censo de las pulgas! Es un factor de civilizacion, porque el censo es la base de un 
material de estadistica de los mas preciosos... Un pais progresista debe conocer el 
numero de sus pulgas, clasificadas por sexos, grupos de edad, afios y estaciones...» 

«jVamos, vamos! jBasta de palabras, joven! -me corto el Surgeon General-. Antes 
que tu, ya han venido aqui muchos otros vivales de Europa, que nos han contado 
patranas de esa clase, pero, en definitiva, eran unos anarquistas como los otros, peor que 
los otros... jYa ni siquiera creian en la Anarquia! jBasta de fanfarronadas!... Mariana te 
pondremos a prueba con los emigrantes de ahi enfrente, en la Ellis Island, jen el servicio 
de duchas! El doctor Mischief, mi ayudante, me dira si mientes. Hace dos meses que el 
Sr. Mischief me pide un agente "cuentapulgas". jVas a ir con el de prueba! jYa puedes 
dar media vuelta! Y si nos has enganado, jte tiraremos al agua! [Media vuelta! jY 
mucho ojo!» 

Supe dar media vuelta ante aquella autoridad americana, como lo habia hecho ante 
tantas otras autoridades, es decir, presentandole primero la verga y despues el trasero, 
tras haber girado, agil, en semicirculo, todo ello acompanado del saludo militar. 

Pense que ese metodo de las estadisticas debia de ser tan bueno como cualquier otro 
para acercarme a Nueva York. El dia siguiente mismo, Mischief, el medico militar de 



marras, me puso en pocas palabras al corriente de mi servicio; grueso y amarillento era 
aquel hombre y miope con avaricia y, ademas, llevaba enormes gafas ahumadas. Debia 
de reconocerme por el modo como los animales salvajes reconocen su caza, por el 
aspecto general, porque lo que es por los detalles era imposible con gafas como las que 
llevaba. 

Nos entendimos sin problemas en relacion con el currelo y creo incluso que, hacia el 
final de mi periodo de prueba, Mischief me tenia mucha simpatia. No verse es ya una 
buena razon para simpatizar y, ademas, sobre todo mi extraordinaria habilidad para 
atrapar las pulgas lo seducia. No habia otro como yo en todo el puesto, para encerrarlas 
en cajas, las mas rebeldes, las mas queratinizadas, las mas impacientes; era capaz de 
seleccionarlas segun el sexo sobre el propio emigrante. Era un trabajo estupendo, puedo 
asegurarlo... Mischief habia acabado fiandose por entero de mi destreza. 

Hacia la noche, a fuerza de aplastar pulgas, tenia las unas del pulgar y del indice 
magulladas y, sin embargo, no habia acabado con mi tarea, ya que me faltaba aun lo mas 
importante, ordenar por columnas los datos de su filiacion: pulgas de Polonia, por una 
parte, de Yugoslavia... de Espafia... Ladillas de Crimea... Sarnas de Peru... Todo lo que 
viaja, furtivo y picador, sobre la humanidad me pasaba por las unas. Era, como se ve, 
una obra a la vez monumental y meticulosa. Las sumas se hacian en Nueva York, en un 
servicio especial dotado de maquinas electricas cuentapulgas. Todos los dias, el pequeno 
remolcador de la Cuarentena atravesaba la ensenada de un extremo a otro para llevar alii 
nuestras sumas por hacer o por verificar. 

Asi pasaron dias y dias, recobraba un poco la salud, pero, a medida que perdia el 
delirio y la fiebre en aquella comodidad, recupere, imperioso, el gusto por la aventura y 
por nuevas imprudencias. Con 37° todo se vuelve trivial. 

Sin embargo, habria podido quedarme alii, tranquilo, para siempre, bien alimentado 
con la manduca del puesto, y con tanta mayor razon cuanto que la hija del Dr. Mischief, 
aun la recuerdo, gloriosa en su decimoquinto afio, venia, a partir de las cinco, a jugar al 
tenis, vestida con faldas cortisimas, ante la ventana de nuestra oficina. En punto a 
piernas, raras veces he visto nada mejor, todavia un poco masculinas y, sin embargo, ya 
muy delicadas, una belleza de carne en sazon. Una autentica provocacion a la felicidad, 
promesas como para gritar de gozo. Los jovenes alfereces del destacamento no la 
dejaban ni a sol ni a sombra. 

jLos muy bribones no tenian que justificarse como yo con trabajos utiles! Yo no me 
perdia un detalle de sus manejos en torno a mi idolito. Varias veces al dia me hacian 
palidecer. Acabe diciendome que por la noche tambien yo podria pasar tal vez por 
marino. Acariciaba esas esperanzas, cuando un sabado de la vigesima tercera semana se 
precipitaron los acontecimientos. El compafiero encargado de llevar las estadisticas, un 
armenio, fue ascendido de improviso a agente cuentapulgas en Alaska para los perros de 
los prospectores. 

Era un ascenso de primera y, por cierto, que el estaba encantado. En efecto, los 
perros de Alaska son preciosos. Siempre hacen falta. Los cuidan bien. Mientras que los 
emigrantes importan tres cojones. Siempre hay demasiados. 

Como en adelante no teniamos a nadie a mano para llevar las sumas a Nueva York, 
en la oficina no se andaron con remilgos a la hora de nombrarme a mi. Mischief, mi 
patron, me estrecho la mano en el momento de partir, al tiempo que me recomendaba 
portarme muy bien en la ciudad. Fue el ultimo consejo que me dio, aquel hombre 
honrado, y no volvio a verme nunca, pero es que nunca. En cuanto llegamos al muelle, 
una tromba de lluvia empezo a caernos encima y despues me calo mi fina chaqueta y me 
empapo tambien las estadisticas, que fueron deshaciendoseme poco a poco en la mano. 
Sin embargo, me guarde unas pocas con tampon bien grande sobresaliendo del bolsillo 



para tener aspecto, mas o menos, de hombre de negocios en la ciudad y, presa del temor 
y la emocion, me precipite hacia otras aventuras. 

Al alzar la nariz hacia toda aquella muralla, experimente una especie de vertigo al 
reves, por las ventanas demasiado numerosas y tan parecidas por todos lados, que daban 
nauseas. 

Vestido precariamente y aterido, me apresure hacia la hendidura mas sombria que se 
pudiera descubrir en aquella fachada gigantesca, con la esperanza de que los peatones 
no me viesen apenas entre ellos. Verguenza superflua. No tenia nada que temer. En la 
calle que habia elegido, la mas estrecha de todas, la verdad, no mas ancha que un arroyo 
de nuestros pagos, y bien mugrienta en el fondo, bien humeda, llena de tinieblas, 
caminaban ya tantos otros, pequenos y grandes, que me llevaron consigo como una 
sombra. Subian como yo a la ciudad, hacia el currelo seguramente, con la nariz gacha. 
Eran los pobres de todas partes. 



Como si supiera adonde iba, bice como que elegia otra vez y cambie de camino, 
segui a mi derecha otra calle, mejor iluminada, Broadway se llamaba. El nombre lo lei 
en una placa. Muy por encima de los ultimos pisos, arriba, estaba la luz del dia junto 
con gaviotas y pedazos de cielo. Nosotros avanzabamos en la luz de abajo, enferma 
como la de la selva y tan gris, que la calle estaba llena de ella, como un gran amasijo de 
algodon sucio. Era como una herida triste, la calle, que no acababa nunca, con nosotros 
al fondo, de un lado al otro, de una pena a otra, hacia el extremo fin, que no se ve nunca, 
el fin de todas las calles del mundo. 

No pasaban coches, solo gente y mas gente todavia. 

Era el barrio precioso, me explicaron mas adelante, el barrio del oro: Manhattan. 
Solo se entra a pie, como a la iglesia. Es el corazon mismo, en Banco, del mundo de 
hoy. Sin embargo, hay quienes escupen al suelo al pasar. Hay que ser atrevido. 

Es un barrio lleno de oro, un autentico milagro, y hasta se puede oir el milagro, a 
traves de las puertas, con el ruido de dolares estrujados, el siempre tan ligero, el Dolar, 
autentico Espiritu Santo, mas precioso que la sangre. 

De todos modos, tuve tiempo de ir a verlos e incluso hablarles, a aquellos empleados 
que guardaban la liquidez. Son tristes y estan mal pagados. 

Cuando los fieles entran en su Banco, no hay que creer que puedan servirse asi como 
asi, a capricho. En absoluto. Hablan a Dolar susurrandole cosas a traves de una rejilla, 
se confiesan, vamos. Poco ruido, luces indirectas, una ventanilla minuscula entre altos 
arcos y se acabo. No se tragan la Hostia. Se la ponen sobre el corazon. No podia 
quedarme largo rato admirandolos. Tenia que seguir a la gente de la calle entre las 
paredes de sombra lisa. 

De repente, se ensancho nuestra calle como una grieta que acabara en un estanque de 
luz. Nos encontramos ante un gran charco de claridad verdosa entre monstruos y 
monstruos de casas. En el centro de aquel claro, un pabellon de aire campestre y 
rodeado de infelices cespedes. 

Pregunte a varios vecinos de la muchedumbre que era aquel edificio que se veia, pero 
la mayoria fingieron no oirme. No tenian tiempo que perder. Un jovencito que pasaba 
muy cerca tuvo la gentileza de decirme que era la Alcaldia, antiguo monumento de la 
epoca colonial, segun afiadio, lo unico histarico que habia... que habian dejado alii... El 
perimetro de aquel oasis formaba una plaza, con bancos y hasta se estaba muy bien para 
contemplar la Alcaldia, sentado. No habia casi ninguna otra cosa que ver en el momenta 
en que llegue. 

Espere una buena media hora en el mismo sitio y, despues, de aquella penumbra, de 
aquella muchedumbre en marcha, discontinua, taciturna, surgio hacia mediodia, in- 
negable, una brusca avalancha de mujeres absolutamente bellas. 

jQue descubrimiento! jQue America! jQue arrobamiento! jRecuerdo de Lola! jSu 
ejemplo no me habia enganado! Era cierto. 

Llegaba al centro de mi peregrinaje. Y, si no hubiera sufrido al mismo tiempo las 
continuas punzadas del hambre, me habria creido en uno de esos momentos de 
revelacion estetica sobrenatural. Las bellezas que descubria, incesantes, con un poco de 
confianza y comodidad me habrian arrebatado a mi condicion trivialmente humana. En 
una palabra, solo me faltaba un bocadillo para creerme en pleno milagro. Pero, icomo 
sentia la falta de ese bocadillo! 



Sin embargo, jque gracia de movimientos! jQue increible delicadeza! jQue hallazgos 
de armonia! jMatices peligrosos! jTodas las tentaciones mas logradas! jTodas las 
promesas posibles del rostro y del cuerpo entre tantas rubias! jY unas morenas! jY que 
Ticianos! \Y mas que se acercaban! ^Sera, pense, Grecia que renace? jLlegaba en el 
momento oportuno! 

Me parecieron tanto mas divinas, aquellas apariciones, cuanto que no parecian 
advertir lo mas minimo que yo existiera, alii, al lado, en aquel banco, completamente 
lelo, babeante de admiracion erotico-mistica, de quinina y tambien de hambre, hay que 
reconocerlo. Si fuera posible salir de la propia piel, yo habria salido en aquel preciso 
momento, de una vez por todas. Ya nada me retenia. 

Podian transportarme, sublimarme, aquellas modistillas inverosimiles, bastaba con 
que hicieran un gesto, con que dijesen una palabra y pasaria al instante y por entero al 
mundo del ensueno, pero seguramente tenian otras misiones que cumplir. 

Una hora, dos horas pase asi, presa de la estupefaccion. Ya no esperaba nada mas. 

No hay que olvidar las tripas. ^Habeis visto la broma que gastan, por nuestros pagos, 
en el campo a los vagabundos? Les llenan un monedero viejo con las tripas podridas de 
un polio. Bueno, pues, un hombre, os lo digo yo, es exactamente igual, solo que mas 
grande, movil y voraz y con un sueno dentro. 

Habia que pensar en las cosas serias, no empezar a gastar en seguida mi pequena 
reserva de dinero. No tenia mucho. Ni siquiera me atrevia a contarlo. Por lo demas, no 
habria podido, veia doble. Me limitaba a palparlos, escasos y timidos, los billetes, a 
traves de la ropa, en el bolsillo, al alcance de la mano, junto con las estadisticas para el 
paripe. 

Tambien pasaban por alii hombres, jovenes sobre todo, con cabezas como de palo de 
rosa, miradas secas y monotonas, mandibulas nada corrientes, tan grandes, tan bastas... 
En fin, seguramente asi es como sus mujeres las prefieren, las mandibulas. Los sexos 
parecian ir cada uno por su lado en la calle. Las mujeres, por su parte, solo miraban los 
escaparates de las tiendas, del todo acaparadas por el atractivo de los bolsos, los chales, 
las cositas de seda, expuestas, pocas a la vez, en cada vitrina, pero de forma precisa, 
categorica. No aparecian muchos viejos en aquella multitud. Pocas parejas tambien. A 
nadie parecia extranar que yo me quedara alii, solo, parado durante horas, en aquel 
banco, mirando pasar a todo el mundo. No obstante, en determinado momento, el 
policeman del centro de la calzada, colocado ahi como un tintero, empezo a sospechar 
que yo tenia proyectos chungos. Era evidente. 

Dondequiera que estes, en cuanto llamas la atencion de las autoridades, lo mejor es 
desaparecer y a toda velocidad. Nada de explicaciones. ;A1 agujero!, me dije. 

A la derecha de mi banco se abria precisamente un agujero, amplio, en plena acera, 
del estilo del metro en nuestros pagos. Aquel agujero me parecio propicio, vasto como 
era, con una escalera dentro toda ella de marmol rosa. Ya habia visto a mucha gente de 
la calle desaparecer en el y despues volver a salir. En aquel subterraneo iban a hacer sus 
necesidades. Me di cuenta en seguida. De marmol tambien la sala donde se producia la 
escena. Una especie de piscina, pero vacia, una piscina infecta, ocupada solo por una luz 
filtrada, mortecina, que iba a dar alii, sobre los hombres desabrochados en medio de sus 
olores y rojos como tomates con el esfuerzo de soltar sus porquerias delante de todo el 
mundo, con ruidos barbaros. 

Entre hombres, asi, a la pata la liana, ante las risas de todos los que habia alrededor, 
acompafiados por las expresiones de aliento que se dirigian, como en el futbol. Primero 
se quitaban la chaqueta, al llegar, como para hacer un ejercicio de fuerza. En una 
palabra, se ponian el uniforme, era el rito. 

Y despues, bien despechugados, soltando eructos y cosas peores, gesticulando como 



en el patio de un manicomio, se instalaban en la caverna fecal. Los recien llegados 
debian responder a mil bromas asquerosas mientras bajaban los escalones de la calle, 
pero, aun asi, parecian encantados, todos. 

Asi como arriba, en la acera, mantenian una actitud decorosa, los hombres, y estricta 
y triste incluso, asi tambien la perspectiva de tener que vaciar las tripas en compafiia 
tumultuosa parecia liberarlos y regocijarlos intimamente. 

Las puertas de los retretes, cubiertas de garabatos, colgaban, arrancadas de los 
goznes. Se pasaba de una a otra celda para charlar un poco; los que esperaban a 
encontrar un sitio libre fumaban puros enormes, al tiempo que daban palmaditas en el 
hombro al ocupante, en plena faena este, obstinado, con la cara crispada y cubierta con 
las manos. Muchos gemian con ganas, como los heridos y las parturientas. A los 
estrefiidos los amenazaban con torturas ingeniosas. 

Cuando el sonido de una cadena anunciaba una vacante, redoblaban los clamores en 
torno al alveolo libre, cuya posesion se jugaban muchas veces a cara o cruz. Los 
periodicos, nada mas leidos, pese a ser espesos como cojines, eran deshojados al 
instante por aquella jauria de trabajadores rectales. El humo no dejaba ver las caras. Yo 
no me atrevia a acercarme demasiado a ellos por sus olores. 

Aquel contraste parecia a proposito para desconcertar a un extranjero. Todo aquel 
despechugamiento intimo, aquella tremenda familiaridad intestinal, jy en la calle una 
discrecion tan perfecta! Yo no salia de mi asombro. 

Volvi a subir a la luz por las mismas escaleras para descansar en el mismo banco. 
Repentino desenfreno de digestiones y vulgaridad. Descubrimiento del alegre 
comunismo de la caca., Dejaba por separado los aspectos tan desconcertantes de la 
misma aventura. No tenia fuerzas para analizarlos ni realizar su sintesis. Lo que 
deseaba, imperiosamente, era dormir. jDelicioso y raro frenesi! 

Conque volvi a seguir a la fila de peatones que se adentraban en una de las calles 
adyacentes y avanzamos a trompicones por culpa de las tiendas, cada uno de cuyos 
escaparates fragmentaba la multitud. La puerta de un hotel se abria ahi y creaba un gran 
remolino. La gente salia despedida a la acera por la vasta puerta giratoria y yo me vi 
engullido en sentido inverso hasta el gran vestibulo del interior. 

Asombroso, antes que nada... Habia que adivinarlo todo, imaginar la majestuosidad 
del edificio, la amplitud de sus proporciones, porque todo sucedia en torno a bombillas 
tan veladas, que tardabas un tiempo en acostumbrarte. 

Muchas mujeres jovenes en aquella penumbra, hundidas en sillones profundos, como 
en estuches. Alrededor hombres atentos, pasando y volviendo a pasar, en silencio, a 
cierta distancia de ellas, curiosos y timidos, a lo largo de la hilera de piernas cruzadas a 
magnificas alturas de seda. Me parecian, aquellas maravillosas, esperar alii 
acontecimientos muy graves y costosos. Evidentemente, no estaban pensando en mi. 
Asi, pues, pase, a mi vez, ante aquella larga tentacion palpable, del modo mas furtivo. 

Como eran al menos un centenar, aquellas prestigiosas remangadas, dispuestas en 
una linea unica de sillones, llegue a la recepcion tan perplejo, tras haber absorbido una 
racion de belleza tan fuerte para mi temperamento, que iba tambaleandome. 

En el mostrador, un dependiente engomado me ofrecio con violencia una habitacion. 
Me decidi por la mas pequena del hotel. En aquel momento debia de poseer unos 
cincuenta dolares, casi ninguna idea y ni la menor confianza. 

Esperaba que fuera de verdad la habitacion mas pequena de America la que me 
ofreciese el empleado, pues su hotel, el Laugh Calvin, se anunciaba como el mejor surti- 
do entre los mas suntuosos del continente. 

Por encima de mi, jque infinito de locales amueblados! Y muy cerca, en aquellos 
sillones, jque tentacion de violaciones en serie! jQue abismos! jQue peligros! Entonces, 



^el suplicio estetico del pobre es interminable? ^Mas tenaz aiin que su hambre? Pero no 
tuve tiempo de sucumbir; los de la recepcion se habian apresurado a entregarme una 
Have, que me pesaba en la mano. No me atrevia a moverme. 

Un chaval avispado, vestido como un general de brigada muy joven, surgio de la 
sombra ante mis ojos, imperativo comandante. El lustroso empleado de la recepcion 
pulso tres veces el timbre metalico y mi chaval se puso a silbar. Me despedian. Era la 
serial de partida. Nos largamos. 

Primero, por un pasillo, a buen paso, ibamos negros y decididos como un metro. El 
conducia, el muchacho. Otra esquina, una vuelta y luego otra. Perdiendo el culo. 
Curvamos un poco nuestra trayectoria. Y pasamos. Ahi estaba el ascensor. Aspirados. 
^Ya estabamos? No. Otro pasillo. Mas sombrio aun, ebano mural, me parecio, en todas 
las paredes. No tuve tiempo de examinarlo. El chaval silbaba, cargaba con mi ligera 
maleta. Yo no me atrevia a preguntarle nada. Habia que avanzar, me daba cuenta 
perfectamente. En las tinieblas, aqui y alia, a nuestro paso, una bombilla roja y verde 
propagaba una orden. Largos trozos de oro senalaban las puertas. Hacia rato que 
habiamos pasado los numeros 1800 y despues los 3000 y, sin embargo, seguiamos 
arrebatados por el mismo destino nuestro invencible. Seguia, el pequefio cazador con 
galones, al innominado en la sombra, como a su propio instinto. Nada en aquel antro 
parecia cogerlo desprevenido. Su silbido modulaba un tono lastimero, cuando nos 
cruzabamos con un negro, una camarera, negra tambien. Y nada mas. 

Con el esfuerzo por acelerar, yo habia perdido a lo largo de aquellos pasillos 
uniformes el poco aplomo que me quedaba al escapar de la Cuarentena. Me iba 
deshilachando como habia visto hacerlo a mi choza con el viento de Africa entre los 
diluvios de agua tibia. Alii era presa, por mi parte, de un torrente de sensaciones 
desconocidas. Llega un momento, entre dos tipos de humanidad, en que te ves 
debatiendote en el vacio. 

De repente, el chaval, sin avisar, giro. Acababamos de llegar. Me di de bruces contra 
una puerta; era mi habitacion, una gran caja con paredes de ebano. Solo encima de la 
mesa un poco de luz rodeaba una lampara timida y verdosa. El director del hotel Laugh 
Calvin avisaba al viajero que podia contar con su amistad y que se encargaria, el 
personalmente, de hacer grata la estancia del viajero en Nueva York. La lectura de aquel 
anuncio, colocado en lugar bien visible, debio de contribuir aun mas, de ser posible, a 
mi marasmo. 

Una vez solo, fue mucho peor. Toda aquella America venia a inquietarme, a hacerme 
preguntas tremendas y a inspirarme de nuevo malos presentimientos, alii mismo, en 
aquella habitacion. 

Sobre la cama, ansioso, intentaba familiarizarme, para empezar, con la penumbra de 
aquel recinto. Las murallas temblaban con un estruendo periodico por el lado de mi 
ventana. El paso del metro elevado. Se abalanzaba enfrente, entre dos calles, como un 
obus, lleno de carnes tremulas y picadas; pasaba a tirones por la lunatica ciudad, de 
barrio en barrio. Se lo veia alia ir a lanzarse con el armazon estremecido justo por 
encima de un torrente de largueros, cuyo eco retumbaba aun muy atras, de una muralla a 
otra, cuando habia pasado a cien por hora. La hora de la cena me sorprendio durante 
aquella postracion y la de ir a la cama tambien. 

Habia sido el metro, sobre todo, lo que me habia dejado atontado. Al otro lado del 
patio, que parecia un pozo, la pared se ilumino con una habitacion, luego dos, y despues 
decenas. En algunas de ellas distinguia lo que pasaba. Eran parejas que se acostaban. 
Parecian tan decaidos como por nuestros pagos, los americanos, tras las horas verticales. 
Las mujeres tenian los muslos muy llenos y muy palidos, al menos las que pude ver 
bien. La mayoria de los hombres se afeitaban, al tiempo que fumaban un puro, antes de 



acostarse. 

En la cama se quitaban las gafas primero y despues la dentadura postiza, que metian 
en un vaso, y dejaban todo a la vista. No parecian hablarse entre si, entre sexos, 
exactamente como en la calle. Parecian animales grandes y muy dociles, muy 
acostumbrados a aburrirse. Solo vi, en total, a dos parejas que se hicieran, a la luz, las 
cosas que yo me esperaba y sin la menor violencia, por cierto. Las otras mujeres, por su 
parte, comian caramelos en la cama en espera de que el marido acabara de asearse. Y 
despues todo el mundo apago. 

Es triste el espectaculo de la gente al acostarse; se ve claro que les importa tres 
cojones como vayan las cosas, se ve claro que no intentan comprender, esos, el porque 
de que estemos aqui. Les trae sin cuidado. Duermen de cualquier manera, son unos 
calzonazos, unos zopencos, sin susceptibilidad, americanos o no. Siempre tienen la 
conciencia tranquila. 

Yo habia visto demasiadas cosas poco claras como para estar contento. Sabia 
demasiado y no suficiente. Hay que salir, me dije, volver a salir. Tal vez lo encuentres, a 
Robinson. Era una idea idiota, evidentemente, pero recurria a ella para tener un pretexto 
a fin de salir otra vez, tanto mas cuanto que en vano daba vueltas y mas vueltas sobre 
aquella piltra tan pequena, no lograba pegar ojo ni un instante. Ni siquiera 
masturbandote, en casos asi, experimentas consuelo ni distraccion. Conque te entra una 
desesperacion que para que. 

Lo peor es que te preguntas de donde vas a sacar bastantes fuerzas la mafiana 
siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la vispera y desde hace ya tanto tiempo, 
de donde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que 
nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre 
abortados, y todo ello para acabar convenciendote una vez mas de que el destino es 
invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la 
angustia del dia siguiente, cada vez mas precario, mas sordido. 

Es la edad tambien que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no 
nos queda demasiada musica dentro para hacer bailar a la vida: ahi esta. Toda la 
juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ^Y adonde ir, fuera, 
decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una 
agonia ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir 
o mentir. Yo nunca me he podido matar. 

Conque lo mejor era salir a la calle, pequefio suicidio. Cada cual tiene sus modestos 
dones, su metodo para conquistar el suefio y jalar. Tenia que dormir para recuperar 
fuerzas suficientes a fin de ganarme el cocido el dia siguiente. Recuperar la energia 
suficiente para encontrar un currelo mafiana y atravesar en seguida, entretanto, el 
obscuro tunel del suefio. No hay que creer que sea facil dormirse, una vez que se ha 
puesto uno a dudar de todo, por tantos miedos sobre todo como te han hecho sentir. 

Me vesti y mal que bien llegue al ascensor, pero un poco atontado. Tuve que volver a 
pasar en el vestibulo ante otras hileras, otros enigmas arrebatadores de piernas tan 
tentadoras, de caras tan delicadas y severas. Diosas, en una palabra, diosas busconas. 
Habriamos podido intentar llegar a un acuerdo. Pero temia que me detuvieran. 
Complicaciones. Casi todos los deseos del pobre estan castigados con la carcel. Y volvi 
a engolfarme en la calle. No era la misma multitud de antes. Esta manifestaba un poco 
mas de audacia, en su aborregamiento por las aceras, como si hubiese llegado, aquella 
multitud, a un pais menos arido, el de la distraccion, el pais de la noche. 

Avanzaba la gente hacia las luces colgadas en la noche y a lo lejos, serpiente agitada 
y multicolor. De todas las calles de los alrededores afluia. Forma un buen monton de 
dolares, pense, una multitud asi, jsolo en panuelos, por ejemplo, o en medias de seda! jE 



incluso en pitillos solo! jY pensar que, aunque te pasees en medio de todo ese dinero, no 
consigues ni un centimo mas, ni para ir a comer siquiera! Es desesperante, cuando lo 
piensas, lo defendidos que van los hombres, unos de otros, como casas. 

Tambien yo fui callejeando hasta las luces, un cine y despues otro y luego otro al 
lado y asi toda la calle arriba. Perdiamos grandes pedazos de multitud delante de cada 
uno de ellos. Elegi uno en cuyas fotos habia mujeres en combinacion, jy que muslos, 
amigos! jFirmes! jAmplios! iPrecisos! Y, ademas, cabecitas muy monas por encima, 
como dibujadas en contraste, delicadas, fragiles, a lapiz, sin retoques, perfectas, ni un 
descuido, ni una mancha de tinta, perfectas, repito, monas pero firmes y concisas al 
mismo tiempo. Todo lo mas peligroso que la vida puede desarrollar, autenticas 
imprudencias de belleza, esas indiscreciones sobre las divinas y profundas armonias 
posibles. 

Se estaba bien, en aquel cine, comodo y calido. Organos voluminosos de lo mas 
tierno, como en una basilica, pero con calefaccion, organos como muslos. Ni un mo- 
menta perdido. Te sumerges de lleno en el perdon tibio. Habria bastado con dejarse 
llevar para pensar que el mundo acababa tal vez de convertirse por fin a la indulgencia. 
Ya casi estabas en ella. 

Entonces los suefios suben en la noche para ir a abrasarse en el espejismo de la luz en 
movimiento. No esta del todo vivo lo que sucede en las pantallas, queda dentro un gran 
espacio confuso, para los pobres, para los suefios y para los muertos. Tienes que 
atiborrarte rapido de suefios para atravesar la vida que te aguarda fuera, a la salida del 
cine, resistir unos dias mas esa atrocidad de cosas y hombres. Eliges, de entre los 
suefios, los que mas te reaniman el alma. Para mi, eran, lo confieso, los de cochinadas. 
No hay que ser orgulloso, le sacas, a un milagro, lo que puedes retener. Una rubia con 
unos chuchais y una nuca inolvidables creyo oportuno venir a romper el silencio de la 
pantalla con una cancion sobre su soledad. Habria sido capaz de llorar con ella. 

jEso es lo bueno! jQue animos te da! El valor, lo sentia ya, me iba a durar dos dias 
por lo menos. No espere siquiera a que volviesen a iluminar la sala. Estaba listo para 
todas las resoluciones del suefio, ahora que habia absorbido un poco de ese admirable 
delirio del alma. 

De regreso al Laugh Calvin, el portero, pese a haberlo saludado yo, no se digno 
darme las buenas noches, como los de nuestros pagos, pero ahora me la sudaba su 
desprecio. Una vida interior intensa_se basta a si misma y podria fundir veinte afios de 
hielo. Eso es. 

En mi habitacion, apenas habia cerrado los ojos, cuan.-do la rubia del cine vino a 
cantarme de nuevo y al instante, para mi solo ahora, toda la melodia de su angustia. Yo 
la ayudaba, por asi decir, a dormirme y lo consegui bastante bien... Ya no estaba del 
todo solo... Es imposible dormir solo... 



Para alimentarte economicamente en America, puedes ir a comprarte un panecillo 
caliente con una salchicha dentro; es comodo, se vende en las esquinas y es baratito. 
Comer en el barrio de los pobres no me importaba en absoluto, la verdad, pero no volver 
a encontrar nunca a aquellas hermosas criaturas para ricos, eso si que resultaba muy 
duro. En ese caso ya no vale la pena jalar siquiera. 

En el Laugh Calvin aun podia, por aquellas alfombras espesas, parecer que buscaba a 
alguien entre las bellisimas mujeres de la entrada, envalentonarme poco a poco en su 
equivoco ambiente. Al pensar en eso, me confese que habian tenido razon, los de la 
Infanta Combitta, ahora me daba cuenta, con la experiencia: para ser un pelagatos yo no 
tenia gustos serios. Habian hecho bien, los compafieros de la galera, al me terse 
conmigo. Sin embargo, segui sin recuperar el valor. Volvia a tomar dosis y mas dosis de 
cine, aqui y alia, pero apenas bastaban para recuperar el animo necesario con que dar un 
paseo o dos. Nada mas. En Africa, habia conocido, desde luego, un tipo de soledad 
bastante brutal, pero el aislamiento en aquel hormiguero americano cobraba un cariz 
mas abrumador aun. 

Siempre habia temido estar casi vacio, no tener, en una palabra, razon seria alguna 
para existir. Ahora, ante la evidencia de los hechos, estaba bien convencido de mi 
nulidad personal. En aquel medio demasiado diferente de aquel en que tenia mezquinas 
costumbres, me habia como disuelto al instante. Me sentia muy proximo a dejar de 
existir, pura y simplemente. Asi, ahora lo descubria, en cuanto habian dejado de 
hablarme de las cosas familiares, ya nada me impedia hundirme en una especie de 
hastio irresistible, en una forma de catastrofe dulzona y espantosa. Una asquerosidad. 

La vispera de dejar mi ultimo dolar en aquella aventura, seguia hastiado y tan 
profundamente, que me negaba incluso a examinar las necesidades mas urgentes. 
Somos, por naturaleza, tan futiles, que solo las distracciones pueden impedirnos de 
verdad morir. Yo, por mi parte, me aferraba al cine con un fervor desesperado. 

Al salir de las tinieblas delirantes de mi hotel, probaba aun a hacer algunas 
excursiones por las calles principales de los alrededores, carnaval insipido de casas 
vertiginosas. Mi hastio se agravaba ante aquellas extensiones de fachadas, aquella 
monotonia llena de adoquines, ladrillos y bovedillas y comercio y mas comercio, 
chancro del mundo, que prorrumpia en anuncios prometedores y pustulentos. Cien mil 
mentiras meningiticas. 

Por el lado del rio, recorri otras callejuelas y mas callejuelas, cuyas dimensiones se 
volvian mas corrientes, es decir, que se habria podido, por ejemplo, desde la acera en 
que me encontraba, romper todos los cristales de un mismo inmueble de enfrente. 

Los tufos de una fritura continua llenaban aquellos barrios, las tiendas ya no 
montaban los escaparates, por los robos. Todo me recordaba los alrededores de mi 
hospital en Villejuif, hasta los nifios de grandes rodillas patizambas por las aceras y 
tambien los organillos. Con gusto me habria quedado con ellos, pero tampoco me 
habrian alimentado, los pobres, y los habria visto a todos todo el tiempo y su tremenda 
miseria me daba miedo. Conque, al final, volvi hacia la ciudad alta. «jSeras cabron! - 
me decia entonces-. jLa verdad es que no tienes perdon de Dios!» Tenemos que 
resignarnos a conocernos cada dia un poco mejor, ya que nos falta el valor para acabar 
con nuestros propios lloriqueos de una vez por todas. 

Un tranvia pasaba por la orilla del Hudson hacia el centro de la ciudad, un vehiculo 



viejo que temblaba con todas sus ruedas y su armazon inquieto. Tardaba una buena hora 
en hacer su recorrido. Sus viajeros se sometian con paciencia a un complicado rito de 
pago mediante una especie de molinillo de cafe para monedas colocado a la entrada del 
vagon. El revisor los miraba pagar, vestido como uno de los nuestros, con uniforme de 
«miliciano balcanico prisionero». 

Por fin llegabamos, molidos; volvia a pasar, al regreso de aquellas excursiones 
populistas, ante la inagotable y doble hilera de las bellezas de mi vestibulo tantalico y 
volvia a pasar otra vez y siempre pensativo y deseoso. 

Mi indigencia era tal, que ya no me atrevia a hurgarme en los bolsillos para 
cerciorarme. jCon tal de que Lola no hubiera decidido ausentarse en aquel momenta!, 
pensaba... Pero, antes que nada, ^querria recibirme? ^Le daria un sablazo de cincuenta o 
de cien dolares, para empezar?... Vacilaba, sentia que no iba a tener todo el valor, salvo 
si comia y dormia bien, por una vez. Y despues, si me salia bien aquella primera 
entrevista para el sablazo, me pondria al instante a buscar a Robinson, es decir, en 
cuanto hubiese recuperado suficientes fuerzas. jNo era un tipo de mi estilo, el, 
Robinson! [Era un decidido, el, al menos! jUn bravo! jAh, que de trucos y triquinuelas 
sobre America debia de conocer! Tal vez dispusiera de un medio para adquirir esa 
certidumbre, esa tranquilidad que tanta falta me hacian a mi... 

Si tambien el habia desembarcado de una galera como me imaginaba y habia pisado 
aquella orilla mucho antes que yo, jseguro que ahora ya se habria hecho una situacion 
en America! jLa impasible agitacion de aquellos chiflados no debia de afectarlo, a el! 
Tal vez yo tambien, pensandolo mejor, habria podido encontrar un empleo en una de 
aquellas oficinas, cuyos resplandecientes rotulos leia desde fuera... Pero la idea de tener 
que penetrar en una de aquellas casas me espantaba y me vencia la timidez. Mi hotel me 
bastaba. Tumba gigantesca y odiosamente animada. 

^Seria tal vez que a los habituados no les causaban el mismo efecto que a mi aquellos 
amontonamientos de materia y alveolos comerciales? ^Aquellas organizaciones de 
largueros hasta el infinito? Para ellos tal vez fuese la seguridad todo aquel diluvio en 
suspenso, mientras que para mi no era sino un sistema abominable de coacciones, en 
forma de ladrillos, pasillos, cerrojos, ventanillas, una tortura arquitectanica gigantesca, 
inexpiable. 

Filosofar no es sino otra forma de tener miedo y no conduce sino a simulacros 
cobardes. 

Como ya solo me quedaban tres dolares en el bolsillo, fui a verlos agitarse en la 
palma de mi mano, mis dolares, a la luz de los anuncios de Times Square, placita asom- 
brosa donde la publicidad salpica por encima de la multitud ocupada en elegir un cine. 
Me busque un restaurante muy economico y acabe en uno de esos refectorios publicos 
racionalizados donde el servicio se reduce al minimo y el rito alimentario esta 
simplificado a la medida exacta de la necesidad natural. 

En la entrada misma te ponen una bandeja en la mano y vas a ocupar tu sitio en la 
fila. A esperar. Vecinas muy agradables, candidatas a la cena como yo, no me decian ni 
pio... Debe de causar una sensacion extrafia, pensaba, poder permitirse abordar asi a una 
de esas sefioritas de nariz precisa y linda. «Senorita -le dirias-, soy rico, muy rico... 
digame a que podria invitarla...» 

Entonces todo se vuelve sencillo al instante, divinamente, todo lo que era tan 
complicado un momento antes... Todo se transforma y el mundo tremendamente hostil 
rueda al instante a tus pies en forma de bola hipocrita, docil y aterciopelada. Tal vez 
entonces pierdas al mismo tiempo la agotadora costumbre de pensar en los triunfadores, 
en las fortunas felices, ya que puedes tocar con los dedos todo eso. La vida de la gente 
sin medios no es sino un largo rechazo en un largo delirio y solo se conoce de verdad, 



solo se supera de verdad, lo que se posee. Yo, por mi parte, tenia, a fuerza de coger y 
dejar suefios, la conciencia a merced de las corrientes de aire, toda hendida por mil 
grietas y trastornada de modo repugnante. 

Entretanto, no me atrevia a iniciar con aquellas jovenes del restaurante la mas 
anodina conversacion. Sostenia, discrete y silencioso, mi bandeja. Cuando me llego el 
turno de pasar ante las fuentes de loza llenas de salchichas y alubias, tome todo lo que 
daban. Aquel refectorio estaba tan limpio, tan bien iluminado, que te sentias como 
transportado a la superficie de su mosaico, cual mosca sobre leche. 

Las dependientas, estilo enfermeras, se encontraban tras las pastas, el arroz, la 
compota. Cada una con su especialidad. Me atiborre con lo que distribuian las mas 
amables. Por desgracia, no dirigian sonrisas a los clientes. En cuanto te Servian, tenias 
que ir a sentarte a la chita callando y dejar el sitio a otro. Andabas a pasitos cortos con tu 
bandeja en equilibrio como por una sala de operaciones. Era un cambio respecto a mi 
Laugh Calvin y mi cuartito ebano con ribetes de oro. 

Pero si nos inundaban asi, a los clientes, con tal profusion de luz, si nos arrancaban 
por un momenta de la noche habitual a nuestra condicion, era porque formaba parte de 
un plan. Alguna idea del propietario. Yo desconfiaba. Causa un efecto muy raro, despues 
de tantos dias de sombra, verse banado de una vez en torrentes de iluminacion. A mi 
aquello me producia una especie de pequeno delirio suplementario. No necesitaba 
mucho, la verdad. 

Bajo la mesita que me habia correspondido, de lava inmaculada, no conseguia 
esconder los pies; me desbordaban por todos lados. Me habria gustado que estuvieran en 
otra parte, mis pies, de momenta, porque desde el otro lado del escaparate eramos 
observados por la gente de la fila que acababamos de abandonar en la calle. Esperaban a 
que hubiesemos acabado, nosotros, de jalar, para venir a instalarse, a su vez. 
Precisamente para ese fin y para mantenerlos con apetito era para lo que nosotros nos 
encontrabamos tan bien iluminados y Resaltados, a titulo de publicidad gratuita. Las 
fresas de mi pastel estaban acaparadas por tantos reflejos centelleantes, que no podia 
decidirme a comermelas. No hay modo de escapar al comercio americano. 

No obstante, pese al deslumbramiento de aquellas ascuas y a aquella sujecion, adverti 
las idas y venidas por nuestros alrededores inmediatos de una camarera muy amable y 
decidi no perderme ni uno de sus lindos gestos. 

Cuando me llego el turno de que me cambiara el cubierto, tome buena nota de la 
forma imprevista de sus ojos, cuyo angulo externo era mucho mas agudo, ascendiente, 
que los de las mujeres de nuestros pagos. Los parpados ondulaban tambien muy 
ligeramente hacia la ceja por el lado de las sienes. Crueldad, en una palabra, pero justo 
la necesaria, una crueldad que se puede besar, amargura insidiosa como la de los vinos 
del Rhin, agradable a nuestro pesar. 

Cuando estuvo cerca de mi, me puse a hacerle senitas de inteligencia, por asi decir, a 
la camarera, como si la reconociese. Ella me examino sin la menor complacencia, como 
un animal, si bien con curiosidad. «Esta es -me dije- la primera americana que, mira por 
donde, se ve obligada a mirarme.» 

Tras haber acabado la tarta luminosa, no me quedo mas remedio que dejar el sitio a 
otro. Entonces, titubeando un poco, en lugar de seguir el camino bien indicado que 
conducia, derecho, a la salida, me arme de audacia y, dejando de lado al hombre de la 
caja que nos esperaba a todos con nuestro parne, me dirigi hacia ella, la rubia, con lo 
que me destacaba, totalmente insolito, entre los raudales de luz disciplinada. 

Las veinticinco dependientas, en su puesto tras las cosas de comer, me hicieron 
sehas, todas al mismo tiempo, de que me equivocaba de camino, me desviaba. Adverti 
una gran agitacion de formas en la vitrina de la gente que esperaba y los que debian 



ponerse a jalar detras de mi vacilaron a la hora de sentarse. Acababa de romper el orden 
de cosas. Todo el mundo a mi alrededor estaba profundamente asombrado: «jDebe de 
ser otro extranjero!», decian. 

Pero yo tenia mi idea, buena o mala, y no queria soltar a la bella que me habia 
servido. Me habia mirado, la monina, conque peor para ella. jEstaba harto de estar solo! 
jBasta de suefios! jSimpatia! jContacto! «Senorita, me conoce usted muy poco, pero yo 
la amo, ^quiere usted casarse conmigo?...» De este modo, el mas honrado, me dirigi a 
ella. 

Su respuesta no me llego nunca, pues un guarda gigante, vestido por completo de 
bianco tambien, aparecio en aquel preciso instante y me empujo hacia fuera, exacta, 
sencillamente, sin injurias ni brutalidad, hacia la noche, como a un perro que acaba de 
desmandarse. 

Todo aquello se desarrollaba con normalidad, yo no tenia nada que decir. 

Volvi hacia el Laugh Calvin. 

En mi habitacion los mismos fragores de siempre venian a estrellarse con su eco, a 
trombas, primero el estruendo del metro, que parecia lanzarse sobre nosotros desde muy 
lejos, llevandose, cada vez que pasaba, todos sus acueductos para romper la ciudad con 
ellos, y despues, en los intervalos, llamadas incoherentes de los mecanismos de alia 
abajo, que subian de la calle y, ademas, ese rumor difuso de la multitud agitada, 
vacilante, fastidiosa siempre, siempre marchandose y vacilando otra vez y volviendo. La 
gran mermelada de los hombres en la ciudad. 

Desde donde yo estaba, alii arriba, se les podia gritar todo lo que se quisiera. Lo 
intente. Me daban asco todos. No tenia descaro para decirselo de dia, cuando los tenia 
delante, pero desde donde estaba no corria ningun riesgo; les grite: «j Socorro! 
i Socorro !», solo para ver si reaccionaban. Ni lo mas minimo. Empujaban la vida y la 
noche y el dia delante de ellos, los hombres. La vida esconde todo a los hombres. En su 
propio ruido no oyen nada. Se la suda. Y cuanto mayor y mas alta es la ciudad, mas se la 
suda. Os lo digo yo, que lo he intentado. No vale la pena. 



Fue solo por razones crematisticas, si bien de lo mas urgentes e imperiosas, por lo 
que me puse a buscar a Lola. De no haber sido por esa lastimosa necesidad, jmenudo si 
la habria dejado envejecer y desaparecer sin volver a verla nunca, a aquella puta! Al fin 
y al cabo, conmigo, no me cabia la menor duda, pensandolo bien, se habia comportado 
del modo mas descarado y asqueroso. 

El egoismo de las personas que han tenido algo que ver en tu vida, cuando lo piensas, 
pasados los afios, resulta innegable, tal como fue, es decir, de acero, de platino y mucho 
mas duradero aun que el tiempo mismo. 

Durante la juventud, a las indiferencias mas aridas, a las granujadas mas cinicas, 
llegas a encontrarles excusas de chifladuras pasionales y tambien que se yo que signos 
de romanticismo inexperto. Pero, mas adelante, cuando la vida te ha demostrado de 
sobra la cantidad de cautela, crueldad y malicia que exige simplemente para mantenerla 
bien que mal, a 37°, te das cuenta, te empapas, estas en condiciones de comprender 
todas las guarradas que contiene un pasado. Basta con que te contemples es- 
crupulosamente a ti mismo y lo que has llegado a ser en punto a inmundicia. No queda 
misterio ni boberia, te has jalado toda la poesia por haber vivido hasta entonces. Un 
tango, la vida. 

A la granujilla de mi amiga acabe descubriendola, tras muchas dificultades, en el 
vigesimotercer piso de una Calle 77. Es increible lo que pueden asquearte las personas a 
las que te dispones a pedir un favor. Era una casa senorial y de buen tono, la suya, como 
me habia imaginado. 

Por haber tornado previamente grandes dosis de cine, me encontraba casi dispuesto 
mentalmente, saliendo del marasmo en que me debatia desde mi desembarco en Nueva 
York, y el primer contacto fue menos desagradable de lo que habia previsto. No parecio 
experimentar viva sorpresa siquiera al volver a verme, Lola, solo un poco de desagrado 
al reconocerme. 

Intente, a modo de preambulo, esbozar una conversacion anodina con ayuda de los 
temas de nuestro pasado comun y ello, por supuesto, en los terminos mas prudentes 
posibles, y mencione, entre otros, pero sin insistir, la guerra como episodio. En eso meti 
la pata bien. Ella no queria volver a oir hablar nunca mas de la guerra, en absoluto. La 
envejecia. Me devolvio, molesta, la pelota confiandome que la edad me habia arrugado, 
inflado y caricaturizado tanto, que no me habria reconocido en la calle. 
Intercambiabamos cortesias. j Si la muy puta se imaginaba que me iba a herir con 
semej antes pijaditas...! Ni siquiera me digne responder a tan viles impertinencias. 

Su mobiliario no era nada del otro jueves, pero era alegre, de todos modos, 
soportable, al menos asi me parecio al salir de mi Laugh Calvin. 

El metodo, los detalles de una fortuna rapida te dan siempre una impresion de magia. 
Desde la ascension de Musyne y de la Sra. Herote, yo sabia que la jodienda es la 
pequefia mina de oro del pobre. Esas bruscas mudanzas femeninas me encantaban y 
habria dado, por ejemplo, mi ultimo dolar a la portera de Lola solo por tirarla de la 
lengua. 

Pero no habia portera en su casa. No habia una sola portera en la ciudad. Una ciudad 
sin portera es algo sin historia, sin gusto, insipido como una sopa sin pimienta ni sal, 
una bazofia informe. jAh, que sabrosos los restos! Desperdicios, rebabas que rezuman 
de la alcoba, la cocina, las buhardillas, chorrean en cascadas por la porteria, el centro de 



la vida, jque sabroso infierno! Ciertas porteras de nuestros pagos sucumben a su tarea, 
se las ve laconicas, tose que tose, deleitadas, pasmadas; es que estan abrumadas, las 
pobres martires, consumidas por tanta verdad. 

Contra la abominacion de ser pobre, conviene, confesemoslo, es un deber, intentarlo 
todo, embriagarse con cualquier cosa, vino, del baratito, masturbacion, cine. No hay que 
mostrarse dificil. Nuestras porteras suministran hasta en afios de mala cosecha, 
admitamoslo, a quienes saben tomarlo y recalentarlo, mas cerca del corazon, odio para 
todos los gustos y gratis, el suficiente para hacer saltar un mundo. En Nueva York te 
encuentras atrozmente desprovisto de esa guindilla vital, sordida pero viva, irrefutable, 
sin la cual el espiritu se asfixia y se condena a no murmurar sino vagamente y farfullar 
palidas calumnias. Nada que corroa, vulnere, saje, moleste, obsesione, sin portera, y 
afiada lefia al fuego del odio universal, lo avive con sus mil detalles innegables. 

Desconcierto tanto mas sensible cuanto que Lola, sorprendida en su medio, me 
provocaba precisamente una nueva repugnancia, tenia unas ganas irreprimibles de vo- 
mitar sobre la vulgaridad de su exito, de su orgullo, unicamente trivial y repulsivo, pero, 
^con que? Por efecto de un contagio instantaneo, el recuerdo de Musyne se me volvio 
en el mismo instante igual de hostil y repugnante. Un odio intenso nacio en mi hacia 
aquellas dos mujeres, aun dura, se incorporo a mi razon de ser. Me falto toda una 
documentacion para librarme a tiempo y por fin de toda indulgencia presente y futura 
hacia Lola. No se puede rehacer lo vivido. 

El valor no consiste en perdonar, jsiempre perdonamos mas de la cuenta! Y eso no 
sirve de nada, esta demostrado. Detras de todos los seres humanos, en la ultima fila, jse 
ha colocado a la criada! Por algo sera. No lo olvidemos nunca. Una noche habra que 
adormecer para siempre a la gente feliz, mientras duermen, os lo digo yo, y acabar con 
ella y con su felicidad de una vez por todas. El dia siguiente no se hablara mas de su 
felicidad y habremos conseguido la libertad de ser desgraciados cuanto queramos, igual 
que la criada. Pero sigo con mi relato: iba y venia, pues, por la habitacion, Lola, sin 
demasiada ropa encima y su cuerpo me parecia, de todos modos, muy apetecible aun. 
Un cuerpo lujoso siempre es una violacion posible, una efraccion preciosa, directa, 
intima en el cogollo de la riqueza, del lujo y sin desquite posible. 

Tal vez solo esperara un gesto mio para despedirme. En fin fue sobre todo la pufietera 
gusa la que me inspiro prudencia. Primero, jalar. Y, ademas, no cesaba de contarme las 
futilidades de su existencia. Habria que cerrar el mundo, esta visto, durante dos o tres 
generaciones al menos, si ya no hubiera mentiras que contar. Ya no tendriamos nada o 
casi que decirnos. Paso a preguntarme lo que pensaba yo de su America. Le confie que 
habia llegado a ese punto de debilidad y angustia en que casi cualquiera y cualquier 
cosa te resulta temible y, en cuanto a su pais, sencillamente me espantaba mas que todo 
el conjunto de amenazas directas, ocultas e imprevisibles que en el encontraba, sobre 
todo por la enorme indiferencia hacia mi, que lo resumia, a mi parecer. 

Tenia que ganarme el cocido, le confese tambien, por lo que en breve plazo debia 
superar todas aquellas sensiblerias. En ese sentido me encontraba muy atrasado y le 
garantice mi mas sincero agradecimiento, si tenia la amabilidad de recomendarme a 
algun posible empresario entre sus relaciones... Pero lo mas rapido posible... Me 
contentaria perfectamente con un salario muy modesto... Y fui y le solte muchas otras 
zalamerias y sandeces. Le cayo bastante mal aquella propuesta humilde pero indiscreta. 
Desde el primer momento se mostro desalentadora. No conocia absolutamente a nadie 
que pudiera darme un currelo o una ayuda, respondio. Pasamos a hablar, por fuerza, de 
la vida en general y despues de la suya en particular. 

Estabamos espiandonos asi, moral y fisicamente, cuando llamaron al timbre. Y, 
despues, casi sin transicion ni pausa, entraron en la habitacion cuatro mujeres, maqui- 



lladas, maduras, carnosas, musculo y joyas, muy intimas con Lola. Tras presentarmelas 
sin demasiados detalles, Lola, muy violenta (era visible), intentaba llevarselas a otro 
cuarto, pero ellas, poco complacientes, se pusieron a acaparar mi atencion todas juntas, 
para contarme todo lo que sabian sobre Europa. Viejo jardin, Europa, atestado de locos 
anticuados, eroticos y rapaces. Recitaban de memoria el Chabanais y los Invalidos. 

Yo, por mi parte, no habia visitado ninguno de esos dos lugares. Demasiado caro el 
primero, demasiado lejano el segundo. A modo de replica, fui presa de un arranque de 
patriotismo automatico y fatigado, mas necio aun que el que te asalta en esas ocasiones. 
Les replique, energico, que su ciudad me deprimia. Una especie de feria aburrida, les 
dije, cuyos encargados se empenaban, de todos modos, en hacerla parecer divertida... 

Al tiempo que peroraba asi, artificial y convencional, no podia dejar de percibir con 
mayor claridad aun otras razones, ademas del paludismo, para la depresion fisica y 
moral que me abrumaba. Se trataba, por lo demas, de un cambio de costumbres, tenia 
que aprender una vez mas a reconocer nuevos rostros en un medio nuevo, otras formas 
de hablar y mentir. La pereza es casi tan fuerte como la vida. La trivialidad de la nueva 
farsa que has de interpretar te agobia y, en resumidas cuentas, necesitas aun mas 
cobardia que valor para volver a empezar. Eso es el exilio, el extranjero, esa inexorable 
observacion de la existencia, tal como es de verdad, durante esas largas horas lucidas, 
excepcionales, en la trama del tiempo humano, en que las costumbres del pais 
precedente te abandonan, sin que las otras, las nuevas, te hayan embrutecido aun lo 
suficiente. 

Todo en esos momentos viene a sumarse a tu inmundo desamparo para forzarte, 
impotente, a discernir las cosas, las personas y el porvenir tales como son, es decir, 
esqueletos, simples nulidades, que, sin embargo, deberas amar, querer, defender, animar, 
como si existieran. 

Otro pais, otras gentes a tu alrededor, agitadas de forma un poco extrafia, algunas 
pequefias vanidades menos disipadas, cierto orgullo ya sin su razon de ser, sin su 
mentira, sin su eco familiar: con eso basta, la cabeza te da vueltas, la duda te atrae y el 
infinito, un humilde y ridiculo infinito, se abre solo para ti y caes en el... 

El viaje es la busqueda de esa nulidad, de ese modesto vertigo para gilipollas... 

Se reian con ganas, las cuatro visitantes de Lola, al oirme pronunciar asi mi 
rimbombante confesion de Jean- Jacques de pacotilla ante ellas. Me aplicaron un monton 
de nombres que, con las deformaciones americanas de su habla zalamera e indecente, 
apenas comprendi. Chorbas pateticas. 

Cuando entro el criado negro para servir el te, guardamos silencio. 

Sin embargo, una de aquellas visitantes debia de tener mas vista que las demas, pues 
anuncio en voz bien alta que yo estaba temblando de fiebre y que debia de padecer 
tambien una sed fuera de lo normal. La merienda que sirvieron me gusto mucho, pese a 
mi tembleque. Aquellos sandwiches me salvaron la vida, puedo asegurarlo. 

Siguio una conversacion sobre los meritos comparativos de las casas de tolerancia 
parisinas, sin que yo me tomara la molestia de participar en ella. Aquellas bellezas 
probaron muchos mas licores complicados y despues, totalmente animadas y 
confidenciales bajo su influencia, enrojecieron hablando de «matrimonios». Pese a estar 
muy ocupado con la manducatoria, no pude dejar de no tar al tiempo que se trataba de 
matrimonios muy especiales, debian de ser incluso uniones entre sujetos muy jovenes, 
entre nifios, por los cuales recibian comisiones. 

Lola advirtio que yo seguia la conversacion con atencion y curiosidad. Me lanzaba 
miradas bastante severas. Habia dejado de beber. Los hombres que conocia alii, Lola, 
los americanos, no pecaban, como yo, de curiosos, nunca. Me mantuve con cierta 
dificultad dentro de los limites de su vigilancia. Tenia ganas de hacer mil preguntas a 



aquellas mujeres. 

Por fin, las invitadas acabaron dejandonos, se marcharon con movimientos torpes, 
exaltadas por el alcohol y sexualmente reavivadas. Se excitaban perorando con un 
erotismo curioso: elegante y cinico. Yo presentia en aquello un regusto isabelino cuyas 
vibraciones me habria gustado mucho sentir yo tambien, muy preciosas, desde luego, y 
concentradas al maximo en la punta de mi organo. Pero aquella comunion biologica, 
decisiva durante un viaje, aquel mensaje vital, tan solo pude presentirlos, con gran 
disgusto, por cierto, y tristeza acrecentada. Incurable melancolia. 

En cuanto hubieron cruzado la puerta, las amigas, Lola se mostro francamente 
excitada. Aquel intermedio le habia desagradado profundamente. Yo no dije ni pio. 

«jQue brujas!», renego unos minutos despues. 

«^De que las conoces?», le pregunte. 

«Son amigas de toda la vida...» 

No estaba dispuesta a hacer mas confidencias por el momento. 

Por sus modales, bastante arrogantes, para con ella, me habia parecido que aquellas 
mujeres tenian, en cierto medio, ascendiente sobre Lola e incluso una autoridad bastante 
grande, innegable, indiscutible. Nunca iba a saber yo nada mas. 

Lola dijo que debia salir, pero me invito a quedarme esperandola alii, en su casa, y 
comiendo un poco, si aun tenia hambre. Como habia abandonado el Laugh Calvin sin 
pagar la cuenta y sin intencion tampoco de volver, ni mucho menos, me alegro mucho la 
autorizacion que me concedia, unos momentos mas de calorcito antes de ir a afrontar la 
calle, jy que calle, sefiores!... 

En cuanto me quede solo, me dirigi por un pasillo hacia el lugar de donde habia visto 
salir al negro a su servicio. A medio camino del office, nos encontramos y le estreche la 
mano. Me condujo, confiado, a su cocina, lindo lugar bien ordenado, mucho mas logico 
y vistoso que el salon. 

Al instante, se puso a escupir ante mi sobre el magnifico embaldosado y como solo 
los negros saben hacerlo, lejos, copiosa, perfectamente. Tambien yo escupi por cortesia, 
pero como pude. En seguida entramos en confidencias. Lola, segun me informo, poseia 
un barco-salon en el rio, dos autos en la carretera y una bodega con licores de todos los 
paises del mundo. Recibia catalogos de los grandes almacenes de Paris. Asi mismo. Se 
puso a repetirme sin fin aquellas mismas informaciones escuetas. Deje de escucharlo. 

Mientras dormitaba junto a el, me vino a la memoria el pasado, los tiempos en que 
Lola me habia dejado en el Paris de la guerra. Aquella caza, persecucion, emboscada, 
verbosa, falsa, cauta, Musyne, los argentinos, sus barcos llenos de carne, Topo, las 
cohortes de destripados de la Place Clichy, Robinson, las olas, el mar, la miseria, la co- 
cina tan blanca de Lola, su negro y nada mas y yo en medio como cualquier otro. Todo 
podia continuar. La guerra habia quemado a unos, calentado a otros, igual que el fuego 
tortura o conforta, segun estes dentro o delante de el. Hay que espabilarse y se acabo. 

Tambien era cierto lo que decia, que yo habia cambiado mucho. La existencia es que 
te retuerce y tritura el rostro. A ella tambien le habia triturado el rostro, pero menos, 
mucho menos. Los pobres van dados. La miseria es gigantesca, utiliza tu cara, como una 
bayeta, para limpiar las basuras del mundo. Algo queda. 

Sin embargo, yo creia haber notado en Lola algo nuevo, instantes de depresion, de 
melancolia, lagunas en su optimista necedad, instantes de esos en que la persona ha de 
hacer acopio de energia para llevar un poco mas adelante lo conseguido en su vida, en 
sus afios, ya demasiado pesados, a pesar suyo, para el animo que aun tiene, su cochina 
poesia. 

De repente, su negro se puso de nuevo a agitarse. Volvia a darle la mania. Como 
nuevo amigo, queria atiborrarme de pasteles, cargarme de puros. Al final, saco, con 



infinitas precauciones, de un cajon una masa redonda y emplomada. 

«jLabomba! -me anuncio, furioso. Retrocedi-. Liberta! Liberta!», vociferaba, jovial. 

Volvio a guardar todo en su sitio y escupio esplendidamente otra vez. jQue emocion! 
Estaba radiante. Su risa me asombro tambien, un colico de sensaciones. Un gesto mas o 
menos, me decia yo, apenas tiene importancia. Cuando Lola volvio, por fin, de sus 
recados, nos encontro juntos en el salon, en pleno fumeque y cachondeo. Hizo como 
que no notaba nada. 

El negro se largo a escape; a mi ella me llevo a su habitacion. La encontre triste, 
palida y temblorosa. ^De donde volveria? Empezaba a hacerse muy tarde. Era la hora en 
que los americanos se sienten desamparados porque la vida solo vibra ya a camara lenta 
a su alrededor. En el garaje, un auto de cada dos. Es el momento de las confidencias a 
medias. Pero hay que apresurarse a aprovecharlo. Me preparaba interrogandome, pero el 
tono que eligio para hacerme ciertas preguntas sobre la vida que llevaba yo en Europa 
me irrito profundamente. 

No oculto que me consideraba capaz de todas las bajezas. Esa hipotesis no me 
ofendia, solo me molestaba. Presentia perfectamente que yo habia ido a verla para 
pedirle dinero y ya eso solo creaba entre nosotros una animosidad muy natural. Todos 
esos sentimientos rayan en el crimen. Seguiamos en el nivel de las trivialidades y yo ha- 
cia lo imposible para que no se produjera una bronca definitiva entre nosotros. Se 
intereso, entre otras cosas, por los detalles de mis travesuras genitales, me pregunto si 
no habria abandonado en algun sitio, durante mis vagabundeos, a un nino que ella 
pudiera adoptar. Extrafia idea que se le habia ocurrido. Era su mania, la adopcion de un 
nino. Pensaba, con bastante simpleza, que un fracasado de mi estilo debia de haber 
plantado raices clandestinas casi por todas las latitudes. Ella era rica, me confio, y se 
moria por poder dedicarse a un nino, pero no lo conseguia. Habia leido todas las obras 
de puericultura y sobre todo las que se ponen liricas hasta el pasmo al hablar de las 
maternidades, libros que, si los asimilas del todo, te quitan las ganas de copular, para 
siempre. Toda virtud tiene su literatura inmunda. 

Como ella deseaba sacrificarse exclusivamente por un «chiquitin», a mi no me 
acompafiaba la suerte. Solo podia ofrecerle el grandullon que yo era, absolutamente re- 
pulsivo para ella. Solo valen, en una palabra, las miserias bien presentadas para tener 
exito, las que van bien preparadas por la imaginacion. Nuestra charla languidecio: 
«Mira, Ferdinand -me propuso, al final-, ya hemos hablado bastante, te voy a llevar al 
otro extremo de Nueva York, para visitar a mi protegido, un pequeno del que me ocupo 
con mucho gusto, aunque su madre me fastidia...» jVaya unas horas! Por el camino, en 
el coche, hablamos de su catastrofico negro. 

«^Te ha ensefiado sus bombas?», me pregunto. Le confese que me habia sometido a 
esa dura prueba. 

«Mira, Ferdinand, no es peligroso, ese maniaco. Carga sus bombas con mis facturas 
viejas... En tiempos formaba parte, en Chicago, de una sociedad secreta, muy temible, 
para la emancipacion de los negros... Eran, por lo que me han contado, gente horrible... 
La banda rue disuelta por las autoridades, pero ha conservado ese gusto por las bombas, 
mi negro... Nunca las carga con polvora... Le basta el espiritu... En el fondo, no es sino 
un artista... Nunca acabara de hacer la revolucion... Pero lo conservo, jes un domestico 
excelente! Y, al fin y al cabo, tal vez sea mas honrado que los otros, que no hacen la 
revolucion.. .» 

Y volvio a su mania de la adopcion. 

«Es una lastima, la verdad, que no tengas una hija en alguna parte, Ferdinand, un 
estilo sonador como el tuyo iria muy bien a una mujer, mientras que a un hombre no le 
queda nada bien...» 



La lluvia, al azotarlo, volvia a cerrar la noche sobre nuestro auto, que se deslizaba 
sobre la larga cinta de cemento liso. Todo me resultaba hostil y frio, hasta su mano, pese 
a mantenerla bien cogida en la mia. Todo nos separaba. Llegamos ante una casa muy 
diferente por el aspecto de la que acababamos de abandonar. En un piso de una primera 
planta, un nifio de diez afios mas o menos nos esperaba junto a su madre. El mobiliario 
de aquellos cuartos imitaba el estilo Luis XV, olian a guiso reciente. El nifio fue a 
sentarse en las rodillas de Lola y la beso con mucha ternura. La madre me parecio 
tambien de lo mas carifiosa con Lola y, mientras esta charlaba con el pequefio, yo me las 
arregle para llevarme a la madre a la habitacion contigua. 

Cuando volvimos, el nifio estaba ensayando un paso de baile que acababa de 
aprender en las clases del Conservatorio. «Tiene que recibir algunas lecciones 
particulares mas -concluyo Lola-, jy quiza pueda presentarlo al Theatre du Globe, amiga 
Vera! jTal vez tenga un brillante porvenir, este nifio !» La madre, tras esas palabras 
alentadoras, se deshizo en lagrimas de agradecimiento. Al mismo tiempo recibio un 
pequefio fajo de billetes verdes, que guardo en el pecho, como si fueran una carta de 
amor. 

«E1 pequefio me gusta bastante -observo Lola, cuando estuvimos de nuevo fuera-, 
pero tengo que soportar tambien a la madre y no me gustan las madres demasiado as- 
tutas... Y, ademas, es que ese pequefio es demasiado vicioso... No es esa la clase de 
carifio que deseo... Quisiera experimentar un sentimiento absolutamente maternal... ^Me 
comprendes, Ferdinand?... » Con tal de poder jalar, comprendo todo lo que quieran; lo 
mio ya no es inteligencia, es caucho. 

No se apeaba de su deseo de pureza. Cuando hubimos llegado, unas calles mas 
adelante, me pregunto donde iba yo a dormir aquella noche y me acompafio unos pasos 
mas por la acera. Le respondi que, si no encontraba unos dolares en aquel mismo 
momento, no podria acostarme en ninguna parte. 

«De acuerdo -respondio ella-. Acompafiame hasta mi casa y te dare un poco de 
dinero y despues te vas a donde quieras.» 

Queria dejarme tirado en plena noche y lo antes posible. Cosa normal. De tanto verte 
expulsado asi, a la noche, has de acabar por fuerza en alguna parte, me decia yo. Era el 
consuelo. «Animo, Ferdinand -me repetia a mi mismo, para alentarme-, a fuerza de 
verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabaras descubriendo lo que da tanto 
miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe de encontrarse al fin de la noche. jPor 
eso no van ellos hasta el fin de la noche !» 

Despues todo fue frialdad entre nosotros, en su auto. Las calles que cruzabamos nos 
amenazaban con todo su silencio armado hasta arriba de piedra, hasta el infinito, con 
una especie de diluvio en suspenso. Una ciudad al acecho, monstruo lleno de sorpresas, 
viscoso de asfalto y lluvias. Por fin, aminoramos la marcha. Lola me precedio hacia su 
portal. 

«jSube! -me invito-. jSigueme!» 

Otra vez su salon. Yo me preguntaba cuanto iria a darme para acabar de una vez y 
librarse de mi. Estaba buscando billetes en un bolsillo colocado sobre un mueble. Oi el 
intenso crujido de los billetes arrugados. jQue segundos! Ya solo se oia en la ciudad 
aquel ruido. Sin embargo, me sentia tan violento aun, que le pregunte, no se por que, tan 
inoportuno, como estaba su madre, de quien me habia olvidado. 

«Esta enferma, mi madre», dijo, al tiempo que se volvia para mirarme a la cara. 

«Entonces, £ donde esta ahora?» 

«En Chicago. » 

«^Que enfermedad tiene?» 

«Cancer de higado... La he llevado a los mejores especialistas de la ciudad... Su 



tratamiento me cuesta muy caro, pero la salvaran. Me lo han prometido.» 

Precipitadamente, me dio muchos otros detalles relativos al estado de su madre en 
Chicago. De golpe se puso de lo mas tierna y familiar y ya no pudo por menos de 
pedirme un consuelo intimo. Estaba en mis manos. 

«Y tu, Ferdinand, piensas tambien que la curaran, ^verdad?» 

«No -respondi muy franco, muy categorico-, los canceres de higado son 
absolutamente incurables. » 

De pronto, palidecio hasta el bianco de los ojos. Era la primera, pero es que la 
primera, vez que la veia yo desconcertada, a aquella puta, por algo. 

«Pero, Ferdinand, j si los especialistas me han asegurado que curaria! Me lo han 
garantizado... jPor escrito!... Son, verdad, unas eminencias...» 

«Por la pasta, Lola, habra siempre, por fortuna, eminencias medicas... Yo haria lo 
mismo, si estuviera en su lugar... Y tu tambien, Lola, harias lo mismo...» 

Lo que le decia le parecio, de pronto, tan innegable, tan evidente, que no intento 
discutir mas. 

Por una vez, por primera vez quizas en su vida, Le iba a faltar desparpajo. 

«Oye, Ferdinand, me estas causando una pena infinita, ^te das cuenta?... Quiero con 
locura a mi madre, lo sabes, £no?, que la quiero con locura...» 

jMuy a proposito! jHuy, la Virgen! Pero, ^que cojones puede importarle al mundo? 
^Que quiera uno o no a su madre? 

Sollozaba, sumida en su vacio, Lola. 

«Ferdinand, tu eres un fracasado despreciable -prosiguio furiosa- jy un malvado 
horrible!... Te estas vengando asi, del modo mas cobarde posible, por tu desesperada 
situacion, viniendo a decirme cosas espantosas... iEstoy segura incluso de que estas 
haciendo mucho dafio a mi madre al hablar asi!...» 

En su desesperacion habia resabios del metodo Coue. 

Su excitacion no me daba, ni mucho menos, el miedo que la de los oficiales del 
Amiral-Bragueton, los que pretendian liquidarme para distraer a las damas ociosas. 

Miraba yo atento a Lola, mientras me ponia verde, y sentia algo de orgullo, al 
comprobar, en cambio, que mi indiferencia o, mejor dicho, mi alegria, iba en aumento, a 
medida que me insultaba mas. Por dentro somos amables. 

«Para deshacerse de mi -calcule- va a tener que darme ahora por lo menos veinte 
dolares... Tal vez mas incluso. ..» 

Tome la ofensiva: «Lola, prestame, por favor, el dinero que me has prometido o, si 
no, me quedo a dormir aqui y me vas a oir repetir todo lo que se sobre el cancer, sus 
complicaciones, sus trasmisiones por herencia, pues el cancer es, por si no lo sabias, 
hereditario, Lola. [No hay que olvidarlo!» 

A medida que yo recalcaba, perfilaba los detalles sobre el caso de su madre, la veia 
palidecer ante mi, a Lola, flaquear, debilitarse. «jToma, puta! -me decia yo-. iDuro ahi, 
Ferdinand! jPara una vez que tienes la sarten por el mango!... No la sueltes... jTardaras 
mucho en encontrar uno tan solido!...» 

«jToma! -dijo, completamente crispada-. jAqui tienes tus cien dolares! jLargate y no 
vuelvas nunca! ^Me oyes? iNunca!... Out! Out! Out! jCerdo asqueroso!...» 

«Pero, dame un besito, Lola, a pesar de todo. jAnda!... jNo estamos enfadados!», 
propuse para ver hasta que extremo podria asquearla. Entonces saco un revolver del 
cajon y no precisamente en broma. La escalera me basto, ni siquiera llame al ascensor. 

De todos modos, aquel broncazo me devolvio las ganas de trabajar y el valor. El dia 
siguiente mismo cogi el tren para Detroit, donde, segun me aseguraron, era facil 
encontrar muchos currelillos no demasiado duros y bien pagados. 



La gente me decia por la calle lo mismo que el sargento en el bosque. «jMire! -me 
decian-. No tiene perdida, es justo enfrente.» 

Y vi, en efecto, los grandes edificios rechonchos y acristalados, a modo de jaulas sin 
fin para moscas, en las que se veian hombres moviendose, pero muy lentos, como si ya 
solo forcejearan muy debilmente con yo que se que imposible. ^Eso era Ford? Y, 
ademas, por todos lados y por encima, hasta el cielo, un estruendo multiple y sordo de 
torrentes de aparatos, duro, la obstinacion de las maquinas girando, rodando, gimiendo, 
siempre a punto de romperse y sin romperse nunca. 

«Conque es aqui... -me dije-. No es apasionante...» Era incluso peor que todo lo 
demas. Me acerque mas, hasta la puerta, donde en una pizarra decia que necesitaban 
gente. 

No era yo el unico que esperaba. Uno de los que aguardaban me dijo que llevaba dos 
dias alii y aun en el mismo sitio. Habia venido desde Yugoslavia, aquel borrego, a pedir 
trabajo. Otro pelagatos me dirigio la palabra, venia a currelar, segun decia, solo por 
gusto, un maniaco, un fantasma. 

En aquella multitud casi nadie hablaba ingles. Se espiaban entre si como animales 
desconfiados, apaleados con frecuencia. De su masa subia el olor de entrepiernas ori- 
nadas, como en el hospital. Cuando te hablaban, esquivabas la boca, porque el interior 
de los pobres huele ya a muerte. 

Llovia sobre nuestro gentio. Las filas se comprimian bajo los canalones. Se 
comprime con facilidad la gente que busca currelo. Lo que les gustaba de Ford, rue y 
me explico el viejo ruso, dado a las confidencias, era que contrataban a cualquiera y 
cualquier cosa. «S61o, que andate con ojo -afiadio, para que supiera a que atenerme-, no 
hay que ponerse chulito en esta casa, porque, si te pones chulito, en un dos por tres te 
pondran en la calle y te sustituira, en un dos por tres tambien, una maquina de las que 
tienen siempre listas y, si quieres volver, jte diran que nanay!» Hablaba castizo, aquel 
ruso, porque habia estado arios en el «taxi» y lo habian echado a consecuencia de un 
asunto de trafico de cocaina en Bezons y, para colmo, se habia jugado el coche a los 
dados con un cliente en Biarritz y lo habia perdido. 

Era cierto lo que me explicaba de que cogian a cualquiera en la casa Ford. No habia 
mentido. Aun asi, yo no acababa de creermelo, porque los pelagatos deliran con 
facilidad. Llega un momento, en la miseria, en que el alma abandona el cuerpo en 
ocasiones. Se encuentra muy mal en el, la verdad. Ya casi es un alma la que te habia. Y 
no es responsable, un alma. 

En pelotas nos pusieron, claro esta, para empezar. El reconocimiento se hacia como 
en un laboratorio. Desfilabamos despacio. «Estas hecho una braga -comento antes que 
nada el enfermero al mirarme-, pero no importa.» 

jY yo que habia temido que no me dieran el currelo en cuanto notaran que habia 
tenido las fiebres de Africa, si por casualidad me palpaban el higado! Pero, al contrario, 
parecian muy contentos de encontrar a feos y lisiados en nuestra tanda. 

«Para lo que vas a hacer aqui, jno tiene importancia la constitucion!», me tranquilizo 
el medico examinador, en seguida. 

«Me alegro -respondi yo-, pero, mire, sefior, tengo instruccion yo e incluso empece 
en tiempos los estudios de medicina...» 

De repente, me miro con muy mala leche. Tuve la sensacion de haber vuelto a meter 



la pata y en mi contra. 

«jNo te van a servir de nada aqui los estudios, chico! No has venido aqui para pensar, 
sino para hacer los gestos que te ordenen ejecutar... En nuestra fabrica no necesitamos a 
imaginativos. Lo que necesitamos son chimpances... Y otro consejo. jNo vuelvas a 
hablarnos de tu inteligencia! jYa pensaremos por ti, amigo! Ya lo sabes.» 

Tenia razon en avisarme. Mas valia que supiera a que atenerme sobre las costumbres 
de la casa. Tonterias ya habia hecho bastantes para diez arios por lo menos. En adelante 
me interesaba pasar por un calzonazos. Una vez vestidos, nos repartieron en filas 
cansinas, en grupos vacilantes de refuerzo hacia los lugares de donde nos llegaban los 
estrepitos de las maquinas. Todo temblaba en el inmenso edificio y nosotros mismos de 
los pies a las orejas, atrapados por el temblor, que llegaba de los cristales, el suelo y la 
chatarra, en sacudidas, vibraciones de arriba abajo. Te volvias maquina tu mismo a la 
fuerza, con toda la carne aun temblequeante, entre aquel ruido furioso, tremendo, que se 
te metia dentro y te envolvia la cabeza y mas abajo, te agitaba las tripas y volvia a subir 
hasta los ojos con un ritmo precipitado, infinito, incansable. A medida que 
avanzabamos, perdiamos a los compafieros. Les sonreiamos un poquito a esos, al 
separarnos, como si todo lo que sucedia fuera muy agradable. Ya no podiamos hablarnos 
ni oirnos. Todas las veces se quedaban tres o cuatro en torno a una maquina. 

De todos modos, resistias, te costaba asquearte de tu propia substancia, habrias 
querido detener todo aquello para reflexionar y oir latir en ti el corazon con facilidad, 
pero ya no podias. Aquello ya no podia acabar. Era como un cataclismo, aquella caja 
infinita de aceros, y nosotros girabamos dentro con las maquinas y con la tierra. j Todos 
juntos! Y los mil rodillos y pilones que nunca caian a un tiempo, con ruidos que se 
atropellaban unos contra otros y algunos tan violentos, que desencadenaban a su 
alrededor como silencios que te aliviaban un poco. 

La vagoneta llena de chatarra apenas podia pasar entre las maquinas. jQue se 
apartaran todos! Que saltasen para que pudiera arrancar de nuevo, aquella histerica. Y, 
jhale!, iba a agitarse mas adelante, la muy loca, traqueteando entre poleas y volantes, a 
llevar a los hombres sus raciones de grilletes. 

Los obreros inclinados, atentos a dar todo el placer posible a las maquinas, daban 
asco, venga pasarles pernos y mas pernos, en lugar de acabar de una vez por todas, con 
aquel olor a aceite, aquel vaho que te quemaba los timpanos y el interior de los oidos 
por la garganta. No era por verguenza por lo que bajaban la cabeza. Cedias ante el ruido 
como ante la guerra. Te abandonabas ante las maquinas con las tres ideas que te 
quedaban vacilando en lo alto, detras de la frente. Se acabo. Miraras donde mirases, 
ahora todo lo que la mano tocaba era duro. Y todo lo que aun conseguias recordar un 
poco estaba rigido tambien como el hierro y ya no tenia sabor en el pensamiento. 

Habias envejecido mas que la hostia de una vez. 

Habia que abolir la vida de fuera, convertirla tambien en acero, en algo util. No nos 
gustaba bastante tal como era, por eso. Habia que convertirla, pues, en un objeto, en 
algo solido, esa era la regla. 

Intente hablarle, al encargado, al oido, me respondio con un grunido de cerdo y solo 
con gestos me ensefio, muy paciente, la sencillisima maniobra que yo debia realizar en 
adelante y para siempre. Mis minutos, mis horas, el resto de mi tiempo, como los 
demas, se consumirian en pasar clavijas pequenas al ciego de al lado, que las calibraba, 
ese, desde hacia afios, las clavijas, las mismas. Yo en seguida empece a cometer graves 
errores. No me reganaron, pero, tras tres dias de aquel trabajo inicial, me destinaron, 
como un fracasado ya, a conducir la carretilla llena de arandelas, la que iba traqueteando 
de una maquina a otra. Aqui dejaba tres; alii, doce; alia, cinco solo. Nadie me hablaba. 
Ya solo existiamos gracias a una como vacilacion entre el embotamiento y el delirio. Ya 



solo importaba la continuidad estrepitosa de los miles y miles de instrumentos que 
mandaban a los hombres. 

Cuando a las seis todo se detenia, te llevabas contigo el ruido en la cabeza; yo lo 
conservaba la noche entera, el ruido y el olor a aceite tambien, como si me hubiesen 
puesto una nariz nueva, un cerebro nuevo para siempre. 

Conque, a fuerza de renunciar, poco a poco, me convert! en otro... Un nuevo 
Ferdinand. Al cabo de unas semanas. Aun asi, volvia a sentir deseos de ver de nuevo a 
personas de fuera. No las del taller, por supuesto, que no eran sino ecos y olores de 
maquinas como yo, carnes en vibracion hasta el infinite, mis compafieros. Un cuerpo 
autentico era lo que queria yo tocar, un cuerpo rosa de autentica vida silenciosa y suave. 

Yo no conocia a nadie en aquella ciudad y sobre todo a ninguna mujer. Con mucha 
dificultad consegui averiguar la direccion de una «Casa», un burdel clandestino, en el 
barrio septentrional de la ciudad. Fui a pasearme por alii algunas tardes seguidas, 
despues de la fabrica, en reconocimiento. Aquella calle se parecia a cualquier otra, aun- 
que mas limpia tal vez que la mia. 

Habia localizado el hotelito, rodeado de jardines, donde pasaba lo que pasaba. Habia 
que entrar rapido para que el guripa que hacia guardia cerca de la puerta pudiera hacer 
como que no habia visto nada. Fue el primer lugar de America en que me recibieron sin 
brutalidad, con amabilidad incluso, por mis cinco dolares. Y habia las chavalas bellas, 
llenitas, tersas de salud y fuerza graciosa, casi tan bellas, al fin y al cabo, como las del 
Laugh Calvin. 

Y, ademas, a aquellas podias tocarlas sin rodeos. No pude por menos de volverme un 
parroquiano de aquel lugar. En el acababa toda mi paga. Necesitaba, al llegar la noche, 
las promiscuidades eroticas de aquellas criaturas tan esplendidas y acogedoras para 
recuperar el alma. El cine ya no me bastaba, antidoto benigno, sin efecto real contra la 
atrocidad material de la fabrica. Habia que recurrir, para seguir adelante, a los tonicos 
potentes, desmadrados, a metodos mas drasticos. A mi solo me exigian canones modicos 
en aquella casa, arreglos de amigos, porque les habia traido de Francia, a aquellas da- 
mas, algunas cosillas. Solo que el sabado por la noche, no habia nada que hacer, habia 
un llenazo y yo dejaba todo el sitio a los equipos de baseball que habian salido de 
juerga, con vigor magnifico, tios cachas a quienes la felicidad parecia resultar tan facil 
como respirar. 

Mientras disfrutaban los equipos, yo, por mi parte, escribia relates cortos en la cocina 
y para mi solo. El entusiasmo de aquellos deportistas por las criaturas del lugar no 
alcanzaba, desde luego, al fervor, un poco impotente, del mio. Aquellos atletas 
tranquilos en su fuerza estaban hartos de perfeccion fisica. La belleza es como el 
alcohol o el confort, te acostumbras a ella y dejas de prestarle atencion. 

Iban sobre todo, ellos, al picadero, por el cachondeo. Muchas veces acababan 
dandose unas hostias que para que. Entonces llegaba la policia en tromba y se llevaba a 
todo el mundo en camionetas. 

Hacia una de las jovenes del lugar, Molly, no tarde en experimentar un sentimiento 
excepcional de confianza, que, en los seres atemorizados, hace las veces de amor. 

Recuerdo, como si fuera ayer, sus atenciones, sus piernas largas y rubias, 
magnificamente finas y musculosas, piernas nobles. La autentica aristocracia humana la 
confieren, digan lo que digan, las piernas, eso por descontado. 

Llegamos a ser intimos en cuerpo y espiritu y todas las semanas ibamos juntos a 
pasearnos unas horas por la ciudad. Tenia posibles, aquella amiga, ya que se hacia unos 
cien dolares al dia en la casa, mientras que yo, en Ford, apenas ganaba diez. El amor 
que hacia para vivir apenas la fatigaba. Los americanos lo hacen como los pajaros. 

Por la noche, tras haber conducido mi carrito ambulante, me imponia a mi mismo la 



obligacion de aparecer, despues de cenar, con cara amable para ella. Hay que ser alegre 
con las mujeres, al menos en los comienzos. Sentia un deseo vago y lancinante de 
proponerle cosas, pero ya no me quedaban fuerzas. Comprendia perfectamente el 
desanimo industrial, Molly, estaba acostumbrada a tratar con obreros. 

Una tarde, sin mas ni mas, me ofrecio cincuenta dolares. Primero la mire. No me 
atrevia. Pensaba en lo que habria dicho mi madre en un caso asi. Y despues pense que 
mi madre, la pobre, nunca me habia ofrecido tanto. Para agradar a Molly, fui, al 
instante, a comprar con sus dolares un bonito traje de color beige pastel (four piece 
suit), como estaban de moda en la primavera de aquel afio. Nunca me habian visto llegar 
tan peripuesto al picadero. La patrona puso en marcha su enorme gramofono, con el 
exclusivo fin de ensenarme a bailar. 

Despues, fuimos al cine, Molly y yo, para estrenar mi traje nuevo. Por el camino me 
preguntaba si estaba celoso, porque el traje me daba aspecto triste y ganas tambien de 
no volver nunca mas a la fabrica. Un traje nuevo es algo que te trastorna las ideas. Ella 
daba besitos apasionados a mi traje, cuando la gente no nos miraba. Yo intentaba pensar 
en otra cosa. 

De todos modos, [que mujer, aquella Molly! jQue generosa! jQue carnes! jQue 
plenitud juvenil! Un festin de deseos. Y me volvia la aprension. ^Chulo de putas?... 
pensaba. 

«jNo vayas mas a la Ford -me desanimaba, ademas, Molly-. Buscate mejor un 
empleillo en una oficina... De traductor, por ejemplo, es tu estilo... A ti los libros te 
gustan...» 

Asi me aconsejaba, con mucho carifio, queria que yo fuese feliz. Por primera vez un 
ser humano se interesaba por mi, desde dentro, podriamos decir, por mi egoismo, se 
ponia en mi lugar y no se limitaba a juzgarme desde el suyo, como todos los demas. 

jAh, si la hubiera conocido antes, a Molly, cuando aun estaba a tiempo de seguir un 
camino y no otro! [Antes de perder mi entusiasmo con la puta de Musyne y el bicho de 
Lola! Pero era demasiado tarde para rehacer la juventud. jYa no creia en ella! En 
seguida te vuelves viejo y de forma irremediable. Lo notas porque has aprendido a amar 
tu desgracia, a tu pesar. Es la naturaleza, que es mas fuerte que tu, y se acabo. Nos 
ensaya en un genero y ya no podemos salir de el. Yo habia seguido la direccion de la 
inquietud. Te tomas en serio tu papel y tu destino poco a poco y luego, cuando te quieres 
dar cuenta, es demasiado tarde para cambiarlos. Te has vuelto inquieto y asi te quedas 
para siempre. 

Intentaba con mucha amabilidad retenerme junto a ella, Molly, disuadirme... «Mira, 
Ferdinand, ;la vida aqui es igual que en Europa! No vamos a ser infelices juntos. -Y 
tenia razon en un sentido-. Invertiremos los ahorros... compraremos un comercio... 
Seremos como todo el mundo...» Lo decia para calmar mis escnipulos. Proyectos. Yo le 
daba la razon. Me daba verguenza incluso que hiciera tantos esfuerzos por conservarme. 
Yo la amaba, desde luego, pero mas aun amaba mi vicio, aquel deseo de huir de todas 
partes, en busca de no se que, por orgullo tonto seguramente, por conviccion de una 
especie de superioridad. 

Yo no queria herirla, ella comprendia y se adelantaba a tranquilizarme. Era tan 
carifiosa, que acabe confesandole la mania que me aquejaba de largarme de todos lados. 
Me escucho durante dias y dias explayarme y explicarme hasta el hastio, debatiendome 
entre fantasmas y orgullos, y no se impacientaba: al contrario. Solo intentaba ayudarme 
a veneer aquella angustia vana y boba. No comprendia muy bien adonde queria yo ir a 
parar con mis divagaciones, pero me daba la razon, de todos modos, contra los 
fantasmas o con los fantasmas, a mi gusto. A fuerza de dulzura persuasiva, su bondad 
llego a serme familiar y casi personal. Pero me parecia que yo empezaba entonces a 



hacer trampa con mi dichoso destino, con mi razon de ser, como yo la llamaba, y de 
repente cese de contarle todo lo que pensaba. Volvi solo a mi interior, muy contento de 
ser aun mas desgraciado que antes porque habia llevado hasta mi soledad una nueva 
forma de angustia y algo que se parecia al sentimiento autentico. 

Todo esto es trivial. Pero Molly estaba dotada de una paciencia angelica, 
precisamente creia a pie juntillas en las vocaciones. A su hermana menor, por ejemplo, 
en la Universidad de Arizona, le habia dado la mania de fotografiar los pajaros en sus 
nidos y las rapaces en sus guaridas. Conque, para que pudiera continuar asistiendo a los 
extranos cursos de aquella tecnica especial, Molly le enviaba regularmente, a su 
hermana fotografa, cincuenta dolares al mes. 

Un corazon infinito, la verdad, con sublimidad autentica dentro, que puede 
transformarse en parne, no en fantasmadas como el mio y tantos otros. En cuanto a mi, 
Molly estaba mas que deseosa de interesarse pecuniariamente en mi mediocre aventura. 
Aunque por momentos le pareciera un muchacho bastante atolondrado, mi conviccion le 
parecia real y digna de estimulo. Solo me invitaba a establecer como un pequefio 
balance para una pension presupuestaria que queria concederme. Yo no podia decidirme 
a aceptar aquella dadiva. Un ultimo resabio de delicadeza me impedia aprovechar mas, 
especular con aquella naturaleza demasiado espiritual y carifiosa, la verdad. Por eso, 
entre deliberadamente en conflicto con la Providencia. 

Di incluso, avergonzado, algunos pasos para volver a la Ford. Pequefios heroismos 
sin resultado, por cierto. Llegue justo hasta la puerta de la fabrica, pero me quede 
paralizado en aquel lugar liminar, y la perspectiva de todas aquellas maquinas que me 
esperaban girando elimino en mi sin remedio aquellas veleidades laborales. 

Me coloque ante la gran cristalera del generador electrico, gigante multiforme que 
bramaba al absorber y repeler no sabia yo de donde, no sabia yo que, por mil tubos 
relucientes, intrincados y viciosos como lianas. Una mahana que estaba asi, 
contemplando boquiabierto, paso por casualidad el ruso del taxi. «Chico -me dijo-, jya 
te puedes despedir!... Hace tres semanas que no vienes... Ya te han substituido por una 
maquina... Y eso que te habia avisado...» 

«Asi -me dije entonces-, al menos se acabo... Ya no tengo que volver.. .» Y sali de 
vuelta para la ciudad. Al llegar, volvi a pasar por el consulado, para preguntar si habian 
oido hablar por casualidad de un frances llamado Robinson. 

«jPues claro! jClaro que si! -me respondieron los consules-. Incluso vino a vernos 
dos veces y aun tenia documentacion falsa. Por cierto, jque la policia lo busca! ^,Lo 
conoce usted?...» No insisti. 

Desde entonces me esperaba encontrarlo a cada momento, al Robinson. Sentia que 
estaba al caer. Molly seguia tan tierna y carifiosa. Mas carifiosa incluso que antes estaba, 
desde que se habia convencido de que yo queria irme definitivamente. De nada servia 
que fuera carifiosa conmigo. 

Molly y yo recorriamos con frecuencia los alrededores de la ciudad, las tardes que 
ella libraba. Colinitas peladas, bosquecillos de abedules en torno a lagos minusculos, 
gente, aqui y alia, leyendo revistas insulsas bajo el pesado cielo de nubes plomizas. 
Evitabamos, Molly y yo, las confidencias complicadas. Ademas, ella ya sabia a que 
atenerse. Era demasiado sincera como para tener demasiadas cosas que decir sobre una 
pena. Lo que ocurria dentro le bastaba, en su corazon. Nos besabamos. Pero yo no la 
besaba bien, como deberia haberlo hecho, de rodillas, en realidad. Siempre pensaba en 
otra cosa a la vez, en no perder tiempo ni ternura, como si quisiera guardar todo para 
algo, no se que, magnifico, sublime, para mas adelante, pero no para Molly, no para 
aquello. Como si la vida fuera a llevarse, a ocultarme, lo que yo queria saber de ella, de 
la vida en el fondo de las tinieblas, mientras perdiese fervor abrazado a Molly, y 



entonces ya no fuera a quedar bastante, fuese a haber perdido todo, a fin de cuentas, por 
falta de fuerza, la vida fuera a haberme engafiado como a todos los demas, la Vida, la 
autentica querida de los hombres de verdad. 

Volviamos hacia la muchedumbre y despues yo la dejaba delante de su casa, porque 
por la noche estaba ocupada con la clientela hasta la madrugada. Mientras se encargaba 
de sus clientes, yo sentia pena, de todos modos, y aquella pena me hablaba de ella tan 
bien, que la sentia aun mas cerca de mi que en la realidad. Entraba en un cine para pasar 
el rato. A la salida del cine, montaba a un tranvia, aqui y alia, y deambulaba en la noche. 
Despues de dar las dos, subian los viajeros timidos de una clase que no se encuentra ni 
antes ni despues de esa hora, tan palidos siempre y somnolientos, en grupos dociles, 
hasta los suburb ios. 

Con ellos se llegaba lejos. Mucho mas lejos que las fabricas, hacia colonias 
imprecisas, callejuelas de casas indistintas. Sobre el pavimento resbaladizo por las finas 
lluvias del amanecer, el dia brillaba con tonos azules. Mis compafieros del tranvia 
desaparecian al mismo tiempo que sus sombras. Cerraban los ojos con el dia. Costaba 
trabajo hacerles hablar, a aquellos taciturnos. Demasiada fatiga. No se quejaban, no, 
ellos eran quienes limpiaban durante la noche tiendas y mas tiendas y las oficinas de 
toda la ciudad, despues del cierre. Parecian menos inquietos que nosotros, los de la 
Jornada diurna. Tal vez porque habian llegado, ellos, al nivel mas bajo de los hombres y 
las cosas. 

Una de aquellas noches, cuando habiamos llegado al final del trayecto y estabamos 
apeandonos en silencio, me parecio que me llamaban por mi nombre: «jFerdinand! jEh, 
Ferdinand! » Fue como un escandalo, por fuerza, en aquella penumbra. No me gusto 
nada. Por encima de los tejados, el cielo empezaba a aparecer de nuevo en pequenos 
claros muy frios, recortados por los aleros. Ya lo creo que me llamaban. Al volverme, lo 
reconoci al instante, a Leon. Se me acerco susurrando y entonces nos pusimos a hablar. 

Tambien el volvia de limpiar una oficina como los otros. Era lo unico que habia 
encontrado para ir tirando. Caminaba con mucha calma, con cierta majestad autentica, 
como si acabara de realizar acciones peligrosas y, por asi decir, sagradas en la ciudad. 
Por cierto, que esa era la actitud que adoptaban todos aquellos limpiadores nocturnos, 
ya lo habia notado yo. En la fatiga y la soledad se manifiesta lo divino en los hombres. 
Lo manifestaba con ganas en los ojos, tambien el, cuando los abria mucho mas de lo 
habitual, en la penumbra azulada en que nos encontrabamos. Tambien el habia limpiado 
ya filas y filas, sin fin, de lavabos y habia dejado relucientes autenticas montanas de 
pisos y mas pisos de silencio. 

Afiadio: «jTe he reconocido en seguida, Ferdinand! Por tu forma de subir al tranvia... 
Figurate, solo de ver que te has puesto triste al descubrir que no habia ninguna mujer. 
^Eh? ^A que es propio de ti?» Era verdad que era propio de mi. Estaba visto, tenia el 
alma hecha una braga. No habia, pues, motivo para que me sorprendiera aquella 
observacion correcta. Pero lo que me sorprendio mas bien fue que tampoco el hubiese 
triunfado en America. No era lo que habia yo previsto. 

Le hable de la faena de la galera en San Tapeta. Pero no comprendia lo que queria 
decir. «jTienes fiebre!», se limito a responderme. En un carguero habia llegado el. Con 
gusto habria intentado colocarse en la Ford, pero no se habia atrevido por sus papeles, 
demasiado falsos para ensefiarlos. «Tan solo sirven para llevarlos en el bolsillo», 
comentaba. Para los equipos de limpieza, no eran demasiado exigentes respecto al 
estado civil. Tampoco pagaban demasiado, pero hacian la vista gorda. Era una especie 
de legion extranjera de la noche. 

«Y tu, ^que haces? -me pregunto entonces-. ^Sigues chiflado, entonces? i,Aun no te 
has cansado de estas historias? ^Aun sigues queriendo viajar?» 



«Quiero volver a Francia -fui y le dije-. Ya he visto bastante, tienes razon, ya vale...» 

«Mejor sera -me respondio-, porque para nosotros no hay nada que arrascar... Hemos 
envejecido sin enterarnos, ya se yo lo que es eso... A mi tambien me gustaria volver, 
pero sigo con el problema de los papeles... Voy a esperar un poco para conseguirme 
unos buenos... No se puede decir que sea malo nuestro currelo. Los hay peores. Pero no 
aprendo el ingles... Hay gente que lleva treinta afios en la limpieza y solo ha aprendido 
en total Exit, porque esta escrito en las puertas que limpiamos, y ademas Lavatory. 
^Comprendes?» 

Comprendia. Si alguna vez hubiera llegado a faltarme Molly, me habria visto 
obligado a coger tambien aquel currelo nocturno. 

No hay razon para que la cosa acabe. 

En una palabra, mientras estas en la guerra, dices que sera mejor con la paz y despues 
te tragas esa esperanza, como si fuera un caramelo, y luego resulta que es mierda pura. 
No te atreves a decirlo al principio para no fastidiar a nadie. Te muestras amable, en una 
palabra. Y despues un buen dia acabas descubriendo el pastel delante de todo el mundo. 
Estas hasta los huevos de revolverte en la mierda. Pero de repente pareces muy mal 
educado a todo el mundo. Y se acabo. 

En dos o tres ocasiones despues de aquella, nos citamos, Robinson y yo. Tenia muy 
mala pinta. Un desertor trances que fabricaba licores ilegales para los tunelas de Detroit 
le habia cedido un rinconcito en su business. Eso lo tentaba, a Robinson. «Yo tambien 
haria un poco de "priva" para esos cerdos -me confiaba-, pero es que ya no tengo 
cojones... Siento que en cuanto el primer guri me de para el pelo, me rajo... He visto 
demasiado... Y, ademas, tengo sueho todo el tiempo... Por fuerza: dormir de dia no es 
dormir... Y eso sin contar el polvo de las oficinas que te llena los pulmones... ^Te das 
cuenta?... Acaba con cualquiera...» 

Nos citamos para otra noche. Fui a reunirme con Molly y le conte todo. Para 
ocultarme la pena que le causaba, hizo muchos esfuerzos, pero no era dificil ver, de 
todos modos, que sufria. Ahora la besaba yo mas a menudo, pero la suya era una pena 
profunda, mas autentica que la nuestra, porque nosotros mas bien tenemos la costumbre 
de exagerarla. Las americanas, al contrario. No nos atrevemos a comprender, a 
admitirla. Es un poco humillante, pero, aun asi, es pena sin duda, no es orgullo, no son 
celos tampoco, ni escenas, solo la pena de verdad del corazon y no nos queda mas 
remedio que reconocer que todo eso no existe en nuestro interior, que para el placer de 
sentir pena estamos secos. Nos da verguenza no ser mas ricos de corazon y de todo y 
tambien haber juzgado, de todos modos, a la humanidad mas vil de lo que en el fondo 
es. 

De vez en cuando, cedia a la tentacion, Molly, de hacerme un pequefio reproche, pero 
siempre en terminos mesurados, muy amables. 

«Eres muy carinoso, Ferdinand -me decia-, y se que haces esfuerzos para no volverte 
tan malvado como los demas, solo que no se si sabes bien lo que deseas en el fondo... 
jPiensalo bien! Por fuerza tendras que buscarte el sustento alia, Ferdinand... Y, ademas, 
no vas a poder pasearte como aqui sonando despierto noche tras noche... Como tanto te 
gusta hacer... Mientras yo trabajo... ^Has pensado en eso, Ferdinand?)) 

En un sentido tenia mil veces razon, pero cada cual con su naturaleza. Yo tenia miedo 
a herirla. Sobre todo porque era facil de herir. 

«Te aseguro que te quiero, Molly, y te querre siempre... como puedo... a mi modo.» 

Mi modo no era demasiado. Y, sin embargo, estaba buena, Molly, muy apetitosa. 
Pero yo sentia tambien aquella estupida inclinacion por los fantasmas. Tal vez no fuera 
del todo culpa mia. La vida te obliga a quedarte demasiado tiempo con los fantasmas. 

«Eres muy afectuoso, Ferdinand -me tranquilizaba ella-, no llores por mi... Estas 



como enfermo por tu deseo de saber siempre mas... Eso es todo... En fin, debe de ser ese 
tu camino... Por ahi, solo... El viajero solitario es el que llega mas lejos... ^Vas a 
marcharte pronto, entonces?» 

«Si, voy a acabar mis estudios en Francia y despues volvere», le asegure con mucho 
rostro. 

«No, Ferdinand, no volveras... Y, ademas, yo ya no estare aqui tampoco...» 

No se dejaba engaiiar. 

Llego el momento de la marcha. Fuimos una tarde hacia la estacion un poco antes de 
la hora en que ella entraba a trabajar. Antes yo habia ido a despedirme de Robinson. 
Tampoco el estaba contento de que lo dejara. Me pasaba la vida abandonando a todo el 
mundo. En el anden de la estacion, mientras Molly y yo esperabamos el tren, pasaron 
hombres que fingieron no reconocerla, pero murmuraban. 

«Ya estas lejos, Ferdinand. Haces exactamente lo que deseas hacer, ^no, Ferdinand? 
Eso es lo importante... Lo unico que cuenta...» 

Entro el tren en la estacion. Yo ya no estaba demasiado seguro de mi aventura, 
cuando vi la maquina. Bese a Molly con todo el valor que me quedaba en el cuerpo. Me 
daba pena, pena de verdad, por una vez, todo el mundo, ella, todos los hombres. 

Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada mas que eso, la mayor 
pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir. 

Afios pasaron desde aquella marcha y mas afios... Escribi con frecuencia a Detroit y 
despues a todas las direcciones que recordaba y donde podian conocerla, a Molly, saber 
de su vida. Nunca recibi respuesta. 

Ahora la casa esta cerrada. Eso es lo unico que he sabido. Buena, admirable Molly, si 
aun puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no 
he cambiado para ella, que sigo amandola y siempre la amare a mi modo, que puede 
venir aqui, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, jmala 
suerte! jNos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mi, tan viva, tan calida, 
que aun me queda para los dos y para por lo menos veinte afios aun, el tiempo de llegar 
al fin. 

Para dejarla, necesite, desde luego, mucha locura y un caracter chungo y frio. Aun 
asi, he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regalo tanto carifio y ensueno en 
aquellos meses de America, que, si viniera manana la muerte a buscarme, nunca llegaria 
a estar, estoy seguro, tan frio, ruin y grosero como los otros. 



jNo acaba todo con haber regresado del Otro Mundo! Te vuelves a encontrar con el 
hilo de los dias tirado por ahi, pringoso, precario. Te espera. 

Anduve aun semanas y meses por los alrededores de la Place Clichy, de donde habia 
salido, y por las cercanias tambien, haciendo trabajillos para vivir, por Batignolles. 
jMejor no contarlo! Bajo la lluvia o en el calor de los autos, en pleno junio, un calor que 
te quema la garganta y el interior de la nariz, casi como en la Ford. Miraba para 
distraerme pasar y pasar, a la gente, camino del teatro o del Bois, al atardecer. 

Siempre mas o menos solo durante las horas libres, pasaba el rato con libros y 
periodicos y tambien con todas las cosas que habia visto. Reanudados los estudios, fui 
pasando los examenes a trancas y barrancas, al tiempo que me ganaba las habichuelas. 
Esta bien defendida la Ciencia, os lo aseguro; la Facultad es un armario bien cerrado. 
Muchos tarros y poca confitura. De todos modos, cuando hube terminado mis cinco o 
seis afios de tribulaciones academicas, obtuve mi titulo, muy rimbombante. Entonces me 
apalanque en los suburbios, como correspondia a mi estilo, en La Garenne-Rancy, ahi, a 
la salida de Paris, justo despues de la Porte Brancion. 

Yo no tenia pretensiones ni ambicion tampoco, solo el deseo de respirar un poco y de 
jalar algo mejor. Tras poner la placa en la puerta, espere. 

La gente del barrio vino, recelosa, a contemplar mi placa. Fueron incluso a preguntar 
en la comisaria de policia si era yo medico de verdad. Si, les respondieron. Tiene el 
titulo, lo es. Entonces se repitio por todo Rancy que acababa de instalarse un medico de 
verdad, ademas de los otros. «jSe va a morir de hambre! -predijo en seguida mi portera-. 
jYa hay pero que demasiados medicos por aqui!» Y era una observacion exacta. 

En los suburbios, la vida llega, por la manana, sobre todo en los tranvias. Pasaban a 
montones con multitudes de atontolinados bamboleantes, desde el amanecer, por el 
Boulevard Minotaure, que bajaban hacia el currelo. 

Los jovenes parecian incluso contentos de ir al currelo. Aceleraban el trafico, se 
aferraban a los estribos, los monines, cachondeandose. Hay que ver. Pero, cuando hace 
veinte afios que conoces la cabina telefonica de la tasca, por ejemplo, tan sucia, que 
siempre la confundes con el retrete, se te quitan las ganas de bromear con las cosas se- 
rias y con Rancy, en particular. Entonces comprendes donde te han metido. Las casas te 
obsesionan, impregnadas todas de orines y con fachadas tetricas; su corazon es del 
propietario. A ese no lo ves nunca. No se atreveria a aparecer. Envia a su administrador, 
el muy cabron. Sin embargo, en el barrio dicen que se muestra muy amable, el casero, 
cuando se lo encuentran. Eso no compromete a nada. 

La luz del cielo en Rancy es la misma que en Detroit, jugo de humo que empapa la 
llanura desde Levallois. Un desecho de casas destartaladas y sostenidas en el suelo por 
montanas de basura negra. Las chimeneas, altas y bajas, se parecen de lejos a los postes 
hundidos en el cieno a la orilla del mar. Ahi dentro estamos nosotros. 

Hay que tener el valor de los cangrejos tambien, en Rancy, sobre todo cuando te vas 
haciendo mayor y estas seguro de que no volveras a salir de alii. Junto a la ultima 
parada del tranvia, ahi queda el puente pringoso que se lanza por encima del Sena, 
enorme cloaca al desnudo. A lo largo de las orillas, los domingos y por las noches la 
gente trepa a los ribazos para hacer pipi. A los hombres eso los pone meditabundos, 
sentirse ante el agua que pasa. Orinan con un sentimiento de eternidad, como marinos. 
Las mujeres, esas no meditan nunca. Con Sena o sin Sena. Por la manana, el tranvia 



lleva, pues, a su multitud a apretujarse en el metro. Parece, al verlos escapar a todos en 
esa direccion, como si les hubiese ocurrido una catastrofe hacia Argenteuil, como si 
ardiera su tierra. Despues de cada aurora, vuelve a darles, se aferran por racimos a las 
portezuelas, a las barandillas. Gran desbarajuste. Y, sin embargo, lo que van a buscar a 
Paris es un patron, el que te salva de cascar de hambre, tienen un miedo cerval a 
perderlo, los muy cobardes. Ahora bien, te la hace transpirar, su pitanza, el patron. 
Apestas durante diez afios, veinte afios y mas. No es de balde. 

Ya en el tranvia, para hacer boca, unas broncas que para que. Las mujeres son aun 
mas protestonas que los mocosos. Por colarse sin pagar, serian capaces de paralizar toda 
la linea. Es cierto que algunas de las pasajeras van ya borrachas, sobre todo las que 
bajan al mercado hacia Saint-Ouen, las de «quiero y no puedo». «^A cuanto van las 
zanahorias?», van y preguntan mucho antes de llegar para hacer ver que tienen con que. 

Comprimidos como basuras en la caja de hierro, atravesamos todo Rancy y con un 
olor que echa para atras, sobre todo en verano. En las fortificaciones, se amenazan, se 
insultan una ultima vez y despues se pierden de vista, el metro se traga a todos y todo, 
trajes empapados, vestidos arrugados, medias de seda, metritis y pies sucios como 
calcetines, cuellos indesgastables y rigidos como vencimientos, abortos en curso, heroes 
de guerra, todo eso baja chorreando por la escalera con olor a alquitran y acido fenico y 
hasta la obscuridad, con el billete de vuelta, que cuesta, el solo, tanto como dos barritas 
de pan. 

La lenta angustia del despido sin explicaciones (con un simple certificado) siempre 
acechando a los que llegan tarde, cuando el patron quiera reducir sus gastos generales. 
Recuerdos de la «crisis» a flor de piel, de la ultima vez en el desempleo, de todos los 
periodicos con anuncios que se hubo de leer, cinco reales, cinco reales... de las esperas 
para buscar currelo. Esos recuerdos bastan para estrangular a un hombre, por muy 
abrigado que vaya en su gaban «para todas las estaciones». 

La ciudad oculta como puede sus muchedumbres de pies sucios en sus largas cloacas 
electricas. No volveran a la superficie hasta el domingo. Entonces, cuando esten fuera, 
mas valdra quedarse en casa. Un solo domingo viendolas distraerse bastaria para 
quitarte para siempre las ganas de broma. En torno al metro, cerca de los bastiones, 
cruje, endemico, el olor de las guerras que colean, de los tufos de aldeas a medio 
quemar, a medio cocer, de las revoluciones que abortan, de los comercios en quiebra. 
Los traperos de la zona llevan siglos quemando los mismos montoncitos humedos en las 
zanjas al abrigo del viento. Son unos barbaros maletas, esos traperos, presa de la priva y 
la fatiga. Van a toser al dispensario contiguo, en lugar de tirar los tranvias por los 
taludes e ir a echar una buena meada en la oficina de arbitrios. Ya no hay cojones. Digan 
lo que digan. Cuando vuelva la guerra, la proxima, volveran a hacer fortuna vendiendo 
pieles de ratas, cocaina, mascaras de chapa ondulada. 

Yo habia encontrado, para ejercer la profesion, un pisito cerca de las chabolas, desde 
donde veia bien los taludes y al obrero que siempre esta en lo alto, mirando al vacio, 
con el brazo en cabestrillo, herido en accidente laboral, que ya no sabe que hacer ni en 
que pensar y que no tiene bastante para ir a beber y llenarse la conciencia. 

Molly tenia mas razon que una santa, empezaba yo a comprenderla. Los estudios te 
cambian, te infunden orgullo. Hay que pasar sin falta por ellos para entrar en el fondo de 
la vida. Antes, lo unico que haces es dar vueltas en torno a ella. Te consideras hombre 
libre, pero tropiezas con naderias. Suenas demasiado. Patinas con todas las palabras. No 
es eso, no es eso. Solo son intenciones, apariencias. El decidido necesita otra cosa. Con 
la medicina, yo, no demasiado capaz, me habia aproximado bastante, de todos modos, a 
los hombres, a los animales, a todo. Ahora lo unico que habia que hacer era lanzarse sin 
dudar al monton. La muerte corre tras ti, tienes que darte prisa y comer tambien, 



mientras buscas, y, encima, esquivar la guerra. La tira de cosas que realizar. No es facil. 

Entretanto, pacientes no eran muchos precisamente los que acudian. Hace falta 
tiempo para arrancar, me decian para tranquilizarme. El enfermo, por el momento, era 
sobre todo yo. 

No hay nada mas lamentable que La Garenne-Rancy, me parecia, cuando no tienes 
clientes. La pura verdad. Valdria mas no pensar en esos lugares, jy yo que habia ido 
precisamente para pensar tranquilo y desde el otro extremo de la Tierra! Estaba guapo. 
jPobre orgulloso! Se me cayo el mundo encima, pesado y negro... No era como para 
echarse a reir y, ademas, no habia modo de quitarmelo de encima. Menudo tirano es el 
cerebro, no hay otro igual. 

En la planta baja de mi casa vivia Bezin, el modesto chamarilero que me decia 
siempre, cuando me detenia ante su tienda: «jHay que elegir, doctor! jApostar en las 
carreras o tomar el aperitivo! [Una cosa u otra!... jTodo no se puede hacer!... jYo el 
aperitivo es lo que prefiero! No me gusta el juego...» 

El aperitivo que preferia era el de «genciana-casis». No era mal tipo, por lo general, 
pero, despues de darle a la priva, un poco atravesado... Cuando iba a abastecerse al 
Mercado de las Pulgas, se pasaba tres dias sin volver a casa, en «expedicion», como el 
decia. Lo volvian a traer. Entonces profetizaba: 

«E1 porvenir ya veo yo como va a ser... Como una orgia interminable va a ser... Y con 
cine dentro... Basta con ver como es ya...» 

Veia mas lejos incluso en esos casos: «Veo tambien que habran dejado de beber... 
Soy el ultimo, yo, que bebe en el porvenir... Tengo que darme prisa... Conozco mi 
vicio...» 

Todo el mundo tosia en mi calle. Eso mantiene ocupada a la gente. Para ver el sol, 
hay que subir por lo menos hasta el Sacre-Coeur, por culpa de los humos. 

Desde alii si que hay una vista magnifica; te dabas cuenta de que alia, en el fondo de 
la llanura, estabamos nosotros y las casas donde viviamos. Pero, cuando las buscabas 
con detalle, no las encontrabas, ni siquiera la tuya, de tan feo que era, tan feo y tan 
parecido, todo lo que veias. 

Mas al fondo aun, el Sena, que no deja de circular, como un gran moco en zigzag de 
un puente a otro. 

Cuando vives en Rancy, ya ni siquiera te das cuenta de que te has vuelto triste. Ya no 
te quedan ganas de hacer gran cosa y se acabo. A fuerza de hacer economias en todo, 
por todo, se te han pasado todos los deseos. 

Durante meses, pedi dinero prestado aqui y alia. La gente era tan pobre y desconfiada 
en mi barrio, que habia de ser de noche para que se decidieran a llamarme, a mi, pese a 
ser medico barato. Pase asi noches y mas noches buscando diez francos o quince 
francos por los patinillos sin luna. 

Por la manana, la calle se volvia como un gran tambor de alfombras sacudidas. 

Aquella manana, me encontre a Bebert en la acera, estaba guardando la porteria de su 
tia, que habia salido a hacer la compra. Tambien el levantaba una nube de la acera con 
una escoba, Bebert. 

Quien no levantara polvo por aquellos andurriales, hacia las siete de la manana, seria 
un guarro de tomo y lomo para los de su propia calle. Alfombras sacudidas, serial de 
limpieza, casa decente. Con eso basta. Ya te puede apestar la boca, que, despues de eso, 
estas tranquilo. Bebert se tragaba todo el polvo que levantaba y tambien el que le 
enviaban desde los pisos. Sin embargo, llegaban hasta los adoquines algunas manchas 
de sol, pero como en el interior de una iglesia, palidas y tamizadas, misticas. 

Bebert me habia visto llegar. Yo era el medico de la esquina, donde para el autobus. 
Piel demasiado verdusca, manzana que nunca maduraria, Bebert. Se rascaba y de verlo 



me daban ganas a mi tambien, de rascarme. Es que tambien yo tenia pulgas, cierto es, 
que me pegaban los enfermos por las noches. Te saltan con gusto al abrigo, porque es el 
lugar mas caliente y humedo que se presenta. Eso te lo ensefian en la Facultad. 

Bebert abandono su alfombra para darme los buenos dias. Desde todas las ventanas 
nos miraban hablar. 

Mientras haya que amar a alguien, se corre menos riesgo con los nifios que con los 
hombres, tienes al menos la excusa de esperar que sean menos cabrones que nosotros 
mas adelante. Que poco sabiamos. 

Por su cara livida bailaba aquella infinita sonrisa de afecto puro que nunca he podido 
olvidar. Una alegria para el universo. 

Pocos seres, pasados los veinte afios, conservan aun un poquito de ese afecto facil, el 
de los animales. ;E1 mundo no es lo que creiamos! jY se acabo! Conque, jhemos cam- 
biado de jeta! jY menudo cambio! jPor habernos equivocado! jPerfectos cabrones nos 
volvemos en un dos por tres! iEso es lo que nos queda en la cara pasados los veinte 
afios! jUn error! Nuestra cara es un puro error. 

«jEh -va y me dice Bebert-, doctor! ^A que han recogido a uno en la Place des Fetes 
esta noche? ^A que le habian cortado el cuello con una navaja? Era usted el que estaba 
de servicio, ^,verdad?» 

«No, no estaba yo de servicio, Bebert, yo no, era el doctor Frolichon...» 

«jQue pena! Porque mi tia ha dicho que le habria gustado que hubiera sido usted... 
Que se lo habria contado todo...» 

«Habra que esperar a la proxima vez, Bebert.» 

«Pasa mucho, <<,eh?, eso de que maten a gente por aqui», comento tambien Bebert. 

Atravese su polvo, pero en aquel preciso instante pasaba la maquina barredora 
municipal, zumbando, y un gran tifon salto del arroyo y colmo toda la calle de mas 
nubes aun, mas densas, de color pimienta. Ya no nos veiamos. Bebert saltaba de derecha 
a izquierda, estornudando y gritando, contento. Su cara ojerosa, sus cabellos pringosos, 
sus piernas de mono tisico, todo eso bailaba, convulsivo, en la punta de la escoba. 

La tia de Bebert volvia de la compra, ya habia pimplado lo suyo, tambien hemos de 
decir que aspiraba un poco el eter, habito contraido cuando servia en casa de un medico 
y habia sufrido mucho con las muelas del juicio. Ya solo le quedaban dos de los dientes 
delanteros, pero siempre se los lavaba sin falta. «Cuando, como yo, se ha servido en 
casa de un medico, se sabe lo que es la higiene.» Daba consultas medicas por el 
vecindario e incluso bastante lejos, hasta Bezons. 

Me habria gustado saber si alguna vez pensaba en algo, la tia de Bebert. No, no 
pensaba en nada. Hablaba sin parar y sin pensar nunca. Cuando estabamos a solas, sin 
indiscretos alrededor, me hacia una consulta de balde. Era halagador, en cierto sentido. 

«Mire, doctor, tengo que decirselo, ya que es usted medico, iBebert es un cochino!... 
"Se toca" Me di cuenta hace dos meses y me gustaria saber quien ha podido ensenarle 
esas guarrerias... jY eso que lo he educado bien! Se lo prohibo... Pero vuelve a 
empezar...» 

«Digale que se volvera loco», le aconseje, clasico. 

Bebert, que nos estaba escuchando, no estaba de acuerdo. 

«No me toco, no es verdad, fue ese chavea, el de los Gagat, quien me propuso...» 

«^Ve usted? Ya sospechaba yo -dijo la tia-. Los Gagat, ya sabe usted quienes digo, 
los del quinto... Son todos unos viciosos. Al abuelo parece ser que le iba la marcha... 
^Eh? jFijese usted!... Oiga, doctor, ya que estamos, ^no podria recetarle un jarabe para 
que no se toque?. ..» 

La segui hasta la porteria para prescribir un jarabe antivicio para el chavalin Bebert. 
Yo era demasiado complaciente con todo el mundo y lo sabia de sobra. Nadie me 



pagaba. Visitaba de balde, sobre todo por curiosidad. Es un error. La gente se venga de 
los favores que le haces. La tia de Bebert aprovecho, como los demas, mi desinteres 
orgulloso. Abuso incluso mas que la hostia. Yo me hacia el tonto, les dejaba mentirme. 
Les seguia la corriente. Me tenian en sus manos, lloriqueaban, los enfermos, cada dia 
mas, me tenian a su merced. Al mismo tiempo, me mostraban, bajeza tras bajeza, todo 
lo que disimulaban en la trastienda de su alma y que no ensenaban a nadie, salvo a mi. 
No hay dinero para pagar esos horrores. Se te cuelan entre los dedos como serpientes 
viscosas. 

Un dia lo contare todo, si llego a vivir bastante. 

«jMirad, asquerosos! Dejadme ser amable algunos afios mas aun. No me mateis 
todavia. Dejadme parecer servil y desgraciado, lo contare todo. Os lo aseguro y en- 
tonces os doblareis de golpe, como las orugas babosas que en Africa venian a cagarse en 
mi choza, y os volvere mas sutilmente cobardes e inmundos aun, tanto, pero es que 
tanto, que tal vez la difieis, por fin». 

«^,Es dulce?», preguntaba Bebert a proposito del jarabe. 

«Sobre todo, no se lo recete dulce -recomendo la tia- a este pillo... No merece que 
sea dulce y, ademas, j bastante azucar me roba ya! Tiene todos los vicios, iuna cara muy 
dura! jAcabara asesinando a su madre!» 

«Pero, ;si no tengo madre!», replico, rotundo, Bebert, siempre tan campante. 

«jMe cago en la leche! -dijo entonces la tia-. Como me contestes, te voy a dar una 
tunda, jque vas a saber tia lo que es bueno!» Y fue y se dirigio hacia el, pero Bebert 
habia salido ya corriendo hacia la calle. «jViciosa!», le grito en pleno corredor. La tia se 
puso colorada como un tomate y volvio hacia mi. Cambiamos de conversacion. 

«Tal vez debiera usted, doctor, ir a ver a los del entresuelo del 4 de la Rue des 
Mineures... Es un antiguo empleado de notaria, le han hablado de usted... Yo le he dicho 
que era el medico mas amable con los enfermos que conozco.» 

Al instante supe que me estaba mintiendo, la tia. Su medico preferido era Frolichon. 
Era el que recomendaba siempre, cuando podia; a mi, al contrario, me ponia verde en 
todo momento. Mi humanitarismo provocaba en ella un odio animal. Era un bicho, no 
hay que olvidarlo. Solo, que Frolichon, a quien ella admiraba, le hacia pagar al contado, 
conque iba y me consultaba de balde. Para que me hubiera recomendado, tenia que ser, 
pues, otra consulta gratuita o, si no, un asunto muy sucio. Al marcharme, pense, de 
todos modos, en Bebert. 

«Hay que sacarlo -le dije-, no sale bastante ese nino...» 

«^,Adonde quiere que vayamos? Con la porteria no puedo ir demasiado lejos...» 

«Llevelo por lo menos al parque, los domingos...» 

«Pero si hay mas gente y polvo que aqui, en el parque... Parecemos sardinas en lata.» 

Su observacion era pertinente. Busque otro lugar que aconsejarle. 

Timidamente, le propuse el cementerio. 

El cementerio de La Garenne-Rancy es el unico espacio un poco arbolado y de cierta 
extension por esa zona. 

«jHombre, es verdad! No se me habia ocurrido. jPodriamos ir alii ! » 

Justo entonces volvia Bebert. 

«^Y a ti, Bebert? ^Te gustaria ir de paseo al cementerio? Tengo que preguntarselo, 
doctor, porque para los paseos tambien es terco como una mula, jse lo aseguro !...» 

Precisamente Bebert carecia de opinion. Pero la idea gusto a la tia y eso bastaba. 
Sentia debilidad por los cementerios, la tia, como todos los parisinos. Parecia como si, a 
proposito de eso, se fuera a poner por fin a pensar. Examinaba los pros y los contras. 
Las fortificaciones estan llenas de golfos... En el parque hay demasiado polvo, eso 
desde luego... Mientras que en el cementerio, es verdad, no se esta mal... Y, ademas, la 



que alii va los domingos es gente bastante decente y que sabe comportarse... Y, ademas, 
lo que es muy comodo es que se puede hacer la compra de vuelta por el Boulevard de la 
Liberte, donde aun hay tiendas abiertas los domingos. 

Y concluyo: «Bebert, lleva al doctor a casa de la sefiora Henrouille, Rue des 
Mineures... ^Sabes donde vive, eh, Bebert, la sefiora Henrouille?» 

Bebert sabia donde estaba todo, con tal de que fuera oportunidad para dar un garbeo. 



Entre la Rue Ventru y la Place Lenine ya casi todas eran casas de alquiler. Los 
constructores habian cogido casi todo el campo que aun habia alii, Les Garennes, como 
lo llamaban. Ya solo quedaba un poquito, hacia el final, algunos solares, despues del 
ultimo farol de gas. 

Encajonados entre los edificios, enmohecian asi algunos hotelitos resistentes, cuatro 
habitaciones con una gran estufa en el pasillo de abajo; apenas encendian el fuego, 
cierto es, por economizar. Humea con la humedad. Eran hotelitos de rentistas, los que 
quedaban. En cuanto entrabas, tosias con el humo. No eran rentistas ricos los que habian 
quedado por alii, no, sobre todo los Henrouille, donde me habian enviado. Pero, aun asi, 
eran gente que poseia alguna cosilla. 

Al entrar, olia de lo Undo, en casa de los Henrouille, ademas del humo, el retrete y el 
guiso. Acababan de pagar su hotelito. Eso representaba sus cincuenta buenos afios de 
economias. En cuanto entrabas en su casa y los veias, te preguntabas que les pasaba, a 
los dos. Bueno, pues, lo que les pasaba, a los Henrouille, lo que en ellos parecia natural, 
era que nunca habian gastado, durante cincuenta afios, un solo centimo, ninguno de los 
dos, sin haberlo lamentado. Con su carne y su espiritu habian adquirido su casa, como el 
caracol. Pero el caracol lo hace sin darse cuenta. 

Los Henrouille, en cambio, no salian de su asombro por haber pasado por la vida 
nada mas que para tener una casa e, igual que las personas a las que acaban de sacar de 
un encierro entre cuatro paredes, les resultaba extrafio. Debe de poner una cara muy rara 
la gente, cuando la sacan de una mazmorra. 

Desde antes de casarse, ya pensaban, los Henrouille, en comprarse una casa. Por 
separado, primero, y, despues, juntos. Se habian negado a pensar en otra cosa durante 
medio siglo y, cuando la vida los habia obligado a pensar en otra cosa, en la guerra, por 
ejemplo, y sobre todo en su hijo, se habian puesto enfermos a morir. 

Cuando se habian instalado en su hotelito, recien casados, con sus diez afios ya de 
ahorros cada uno, no estaba acabado del todo. Estaba situado aun en medio del campo, 
el hotelito. Para llegar hasta el, en invierno, habia que coger los zuecos; los dejaban en 
la fruteria de la esquina de la Revolte, al ir, por la mafiana, al currelo, a las seis, en la 
parada del tranvia tirado por caballos, para Paris, a tres kilometros de alii, por veinte 
centimos. 

Hace falta buena salud para perseverar toda una vida en regimen semejante. Su 
retrato estaba encima de la cama, en el primer piso, sacado el dia de la boda. Tambien 
estaban pagados la alcoba y los muebles y desde hacia mucho incluso. Por cierto, que 
todas las facturas pagadas desde hace diez, veinte, cuarenta afios estaban guardadas 
juntas y grapadas en el cajon de arriba de la comoda y el libro de cuentas, totalmente al 
dia, estaba abajo, en el comedor, donde nunca se comia. Henrouille te lo podia ensefiar 
todo aquello, si lo deseabas. El sabado era el quien se encargaba de hacer el balance de 
cuentas en el comedor. Ellos siempre habian comido en la cocina. 

Fui enterandome de todo aquello, poco a poco, por ellos y por otros y tambien por la 
tia de Bebert. Cuando los conoci mejor, me contaron ellos mismos su terror, el de toda 
su vida, el de que su hijo unico, lanzado al comercio, hiciera malos negocios. Durante 
treinta afios los habia hecho despertarse casi cada noche, poco o mucho, ese siniestro 
pensamiento. [Una tienda de plumas, tenia el chico! jlmaginaos si ha habido crisis en el 
ramo de las plumas desde hace treinta afios! Tal vez no haya habido un negocio peor 



que el de la pluma, mas inseguro. 

Hay negocios tan malos, que ni siquiera se le ocurre a uno pedir dinero prestado para 
sacarlos a flote, pero hay otros que siempre andan con prestamos a vueltas. Cuando 
pensaban en un prestamo asi, aun ahora con la casa pagada y todo, se levantaban de sus 
sillas, los Henrouille, y se miraban rojos como tomates. ^Que habrian hecho ellos en un 
caso asi? Se habrian negado. 

Habian decidido desde siempre negarse a cualquier prestamo... Por los principios, 
para guardarle un peculio, una herencia y una casa, a su hijo, el Patrimonio. Asi ra- 
zonaban. Hijo serio, desde luego, el suyo, pero en los negocios puedes verte arrastrado... 

A todas las preguntas respondia yo igual que ellos. 

Mi madre, tambien, se dedicaba al comercio; nunca nos habia aportado otra cosa que 
miserias, su comercio, un poco de pan y muchos quebraderos de cabeza. Conque a mi 
no me gustaban tampoco, los negocios. El riesgo de ese hijo, el peligro de esa idea de 
prestamo, que habria podido, en ultimo caso, acariciar, en caso de dificultades con un 
vencimiento, lo comprendia a la primera. No hacia falta explicarme. El, Henrouille 
padre, habia sido pasante de un notario en el Boulevard Sebastopol durante cincuenta 
ahos. Conque, jmenudo si conocia historias de dilapidacion de fortunas! Incluso me 
conto algunas tremendas. La de su propio padre, en primer lugar; e incluso por la 
quiebra de su propio padre precisamente no habia podido hacer la carrera de profesor, 
Henrouille, despues del bachillerato, y habia tenido que colocarse en seguida de 
escribiente. Son cosas que no se olvidan. 

Por fin, con la casa pagada, suya y bien suya, sin un centimo de deudas, jya no tenian 
que preocuparse, los dos, por la seguridad! Habian cumplido los sesenta y seis afios. 

Y, mira por donde, fue el, entonces, y empezo a sentirse indispuesto o, mejor dicho, 
hacia mucho que la sentia, esa indisposicion, pero antes no hacia caso, con lo de la casa 
por pagar. Una vez que esta fue asunto liquidado y concluido, firmado y bien firmado, 
se puso a pensar en su dichosa indisposicion. Como mareos y despues pitidos de vapor 
en cada oido le daban. 

Fue tambien por aquella epoca cuando empezo a comprar el periodico, jya que en 
adelante podian muy bien permitirse ese lujo! Precisamente en el periodico aparecia 
escrito y descrito todo lo que el sentia, Henrouille, en los oidos. Conque compro el 
medicamento que recomendaba el anuncio, pero no habia experimentado el menor 
cambio; al contrario: parecian habersele intensificado los pitidos. ^Tal vez solo de 
pensarlo? De todos modos, fueron juntos a consultar al medico del dispensario. «Es la 
presion arterial», les dijo este. 

La frase le habia impresionado. Pero, en el fondo, aquella obsesion le aparecia en 
momento muy oportuno. Se habia quemado la sangre tanto y durante tantos afios, por la 
casa y los vencimientos de su hijo, que habia algo asi como un espacio libre de repente 
en la trama de angustias que lo tenian acogotado desde hacia cuarenta afios con los 
vencimientos y alimentaban su constante fervor temeroso. Ahora que el medico le habia 
hablado de su presion arterial, la escuchaba, su tension, latir contra la almohada, en el 
fondo de su oido. Se levantaba incluso para tomarse el pulso y despues se quedaba muy 
inmovil, junto a la cama, de noche, mucho rato, para sentir su cuerpo estremecerse con 
leves sacudidas, cada vez que latia su corazon. Era su muerte, se decia, todo aquello, 
siempre habia tenido miedo a la vida, ahora vinculaba su miedo a algo, a la muerte, a su 
tension, igual que lo habia vinculado durante cuarenta afios al peligro de no poder 
acabar de pagar la casa. 

Seguia siendo desgraciado, igual, pero ahora tenia que apresurarse a buscar una 
nueva razon valida para serlo. No es tan facil como parece. No basta con decirse: «Soy 
desgraciado. » Ademas, hay que demostrarselo, convencerse sin remedio. No pedia otra 



cosa el: poder encontrar para el miedo que sentia un motivo bien solido y valido de 
verdad. Tenia 22 de tension, segun el medico. No es moco de pavo 22. El medico le 
habia ensefiado a encontrar el camino de su muerte. 

El dichoso hijo, comerciante en plumas, casi nunca aparecia. Una o dos veces por 
Aiio Nuevo. Y se acabo. Pero ahora, jya podia venir, ya, el comerciante en plumas! Ya 
no habia nada que pedir prestado a papa y mama. Conque ya apenas iba a verlos, el hijo. 

A la senora Henrouille, en cambio, tarde algun tiempo mas en llegar a conocerla; 
ella, en cambio, no sufria de ninguna angustia, ni siquiera la de su muerte, que no era 
capaz de imaginar. Se quejaba solo de su edad, pero sin pensarlo de verdad, por hacer 
como todo el mundo, y tambien de que la vida «subia». Su dificil mision estaba 
cumplida. La casa pagada. Para liquidar las letras mas rapido, las ultimas, se habia 
puesto incluso a coser botones en chalecos para unos grandes almacenes. «Lo que hay 
que coser por cinco francos, jes que parece increible!» 

Y para ir a entregar el currelo, siempre tenia lios en el autobus; una tarde hasta le 
habian pegado. Una extranjera habia sido, la primera extranjera, la unica, a la que habia 
hablado en su vida, para insultarla. 

Las paredes del hotelito se conservaban aun bien secas en tiempos, cuando el aire 
circulaba alrededor, pero, ahora que las altas casas de alquiler la rodeaban, todo cho- 
rreaba humedad, hasta las cortinas, que se manchaban de moho. 

Comprada la casa, la senora Henrouille se habia mostrado, durante todo el mes 
siguiente, risuena, perfecta, encantada, como una religiosa despues de la comunion. 
Habia sido ella incluso quien habia propuesto a Henrouille: «Mira, Jules, a partir de hoy 
vamos a comprarnos el periodico todos los dias, podemos permitirnoslo...» Asi mismo. 
Acababa de pensar en el, de mirar a su marido, y despues habia mirado a su alrededor y, 
al final, habia pensado en su madre, la suegra Henrouille. Se habia vuelto a poner seria, 
al instante, la hija, como antes de que hubieran acabado de pagar. Y asi fue como volvio 
todo a empezar, con aquel pensamiento, porque aun habia que hacer economias en 
relacion con la madre de su marido, la vieja esa, de la que no hablaba a menudo el 
matrimonio, ni a nadie de fuera. 

En el fondo del jardin estaba, en el cercado en que se acumulaban las escobas viejas, 
las jaulas viejas de gallinas y todas las sombras de los edificios de alrededor. Vivia en 
una planta baja de la que casi nunca salia. Y, por cierto, que solo para pasarle la comida 
era el cuento de nunca acabar. No queria dejar entrar a nadie en su reducto, ni siquiera a 
su hijo. Tenia miedo de que la asesinaran, segun decia. 

Cuando se le ocurrio la idea, a la nuera, de emprender nuevas economias, hablo 
primero con su marido, para tantearlo, para ver si no podrian ingresar, por ejemplo, a la 
vieja donde las hermanitas de San Vicente, religiosas que precisamente se ocupaban de 
esas viejas chochas en su asilo. El no respondio ni que si ni que no. Era otra cosa lo que 
lo tenia ocupado en aquel momento, los zumbidos en el oido, que no cesaban. A fuerza 
de pensarlo, de escucharlos, aquellos ruidos, se habia dicho que le impedirian dormir, 
aquellos ruidos abominables. Y los escuchaba, en efecto, en lugar de dormir, silbidos, 
tambores, runruns... Era un nuevo suplicio. No podia quitarselo de la cabeza ni de dia ni 
de noche. Llevaba todos los ruidos dentro. 

Poco a poco, de todos modos, al cabo de unos meses asi, la angustia se fue 
consumiendo y ya no le quedaba bastante para ocuparse solo de ella. Conque volvio al 
mercado de Saint-Ouen con su mujer. Era, segun decian, el mas economico de los 
alrededores, el mercado de Saint-Ouen. Salian por la mahana para todo el dia, por los 
calculos y comentarios que iban a tener que cambiar sobre los precios de las cosas y las 
economias que acaso habrian podido hacer con esto en lugar de con lo otro... Hacia las 
once de la noche, en casa, volvia a darles el miedo a ser asesinados. Era un miedo 



regular. El menos que su mujer. El, sobre todo, los ruidos de los oidos, a los que, hacia 
esa hora, cuando la calle estaba del todo silenciosa, volvia a aferrarse desesperado. 
«jCon esto no voy a poder dormir! -se repetia en voz alta para angustiarse mucho mas-. 
jNo te puedes hacer idea!» 

Pero ella nunca habia intentado entender lo que queria decir ni imaginar lo que lo 
atormentaba con sus problemas de oidos. «Pero, ^me oyes bien?», iba y le preguntaba. 

«Si», le respondia el. 

«Pues entonces, jno hay problema!... Mas valdria que pensaras en lo de tu madre, 
que nos cuesta tan cara, y, ademas, que la vida sube todos los dias... jY es que su vi- 
vienda se ha vuelto una leonera!...» 

La asistenta iba a su casa tres horas por semana para lavar, era la unica visita que 
habian recibido durante muchos afios. Ayudaba tambien a la sefiora Henrouille a hacer 
su cama y, para que la asistenta tuviera muchos deseos de repetirlo por el barrio, cada 
vez que daban la vuelta al colchon juntas desde hacia diez afios, la sefiora Henrouille 
anunciaba con la voz mas alta posible: «jEn esta casa nunca hay dinero!» Como 
indicacion y precaucion, asi, para desanimar a los posibles ladrones y asesinos. 

Antes de subir a su alcoba, juntos, cerraban con mucho cuidado todas las salidas, sin 
quitarse ojo mutuamente. Y despues iban a echar una mirada hasta la vivienda de la 
suegra, al fondo del jardin, para ver si su lampara seguia encendida. Era la serial de que 
aun vivia. jGastaba una de petroleo! Nunca apagaba la lampara. Tenia miedo de los 
asesinos, tambien ella, y de sus hijos al mismo tiempo. Desde que vivia alii, hacia veinte 
afios, nunca habia abierto las ventanas, ni en invierno ni en verano, y tampoco habia 
apagado nunca la lampara. 

Su hijo le guardaba el dinero, a la madre, pequefias rentas. El se encargaba. Le 
dejaban la comida delante de la puerta. Guardaban su dinero. Como Dios manda. Pero 
ella se quejaba de esas diversas disposiciones y no solo de ellas, de todo se quejaba. A 
traves de la puerta, ponia de vuelta y media a todos los que se acercaban a su cuarto. 
«No es culpa mia que se haga usted vieja, abuela -intentaba parlamentar la nuera-. Tiene 
usted dolores como todas las personas ancianas...» 

«jAnciana lo seras tu! jCacho sinverguenza! [So guarra! jVosotros sois los que me 
hareis cascar con vuestros asquerosos embustes!...» 

Negaba la edad con furor, la vieja Henrouille... Y se debatia, irreconciliable, a traves 
de su puerta, contra los azotes del mundo entero. Rechazaba como asquerosa impostura 
el contacto, las fatalidades y las resignaciones de la vida exterior. No queria ni oir hablar 
de todo aquello. «jSon engafios! -gritaba-. jY vosotros mismos los habeis inventado!» 

De todo lo que sucedia fuera de su casucha se defendia atrozmente y de todas las 
tentaciones de acercamiento y conciliacion tambien. Tenia la certeza de que, si abria la 
puerta, las fuerzas hostiles acudirian en tropel hasta dentro de su casa, se apoderarian de 
ella y seria el fin una vez por todas. 

«Ahora son astutos -gritaba-. Tienen ojos por toda la cabeza y bocas hasta el ojo del 
culo y mas y solo para mentir... Asi son...» 

No tenia pelos en la lengua, asi habia aprendido a hablar en Paris, en el mercado de 
Temple, donde habia sido chamarilera como su madre, de muy joven... Era de una epoca 
en que la gente humilde aun no habia aprendido a escucharse envejecer. 

«jSi no quieres darme dinero, me pongo a trabajar! -gritaba a su nuera-. ^Oyes, 
bribona? jMe pongo a trabajar! » 

«Pero, ;si ya no puede usted trabajar, abuela! » 

«Conque no puedo, ^eh? jlntenta entrar aqui y veras! jTe voy a ensefiar si puedo o no 
puedo!» 

Y volvian a dejarla protegida en su reducto. De todos modos, querian ensefiarmela a 



toda costa, a la vieja, para eso me habian llamado, y para que nos recibiera, jmenudas 
artimafias hubo que utilizar! Pero, en fin, yo no acababa de entender del todo para que 
me querian. La portera, la tia de Bebert, habia sido quien les habia dicho y repetido que 
yo era un medico muy agradable, muy amable, muy complaciente... Querian saber si 
podia conseguir mantenerla tranquila, a su vieja, solo con medicamentos... Pero lo que 
deseaban aun mas, en el fondo (y, sobre todo, la nuera), era que la mandase internar de 
una vez por todas, a la vieja... Despues de llamar a la puerta durante una buena media 
hora, abrio, por fin y de repente, y me la encontre ahi, delante, con los ojos ribeteados 
de serosidades rosadas. Pero su mirada bailaba, muy vivaracha, de todos modos, por 
encima de sus mejillas flaccidas y grises, una mirada que te atraia la atencion y te hacia 
olvidar todo el resto, por el placer que te hacia sentir, a tu pesar, y que intentabas retener 
despues por instinto, la juventud. 

Aquella mirada alegre animaba todo a su alrededor, en la sombra, con un jubilo 
juvenil, con una animacion minima, pero pura, de la que ahora carecemos; su cascada 
voz, cuando vociferaba, repetia, alegre, las palabras, cuando se dignaba hablar como 
todo el mundo y te las hacia brincar entonces, frases y oraciones, caracolear y todo y 
rebotar vivas con mucha gracia, como sabia la gente hacer con la voz y las cosas de su 
entorno en los tiempos en que no darse mafia para contar y cantar, una cosa tras otra, 
con habilidad, era vergonzoso, propio de bobos y enfermos. 

La edad la habia cubierto, como a un arbol viejo y tembloroso, de ramas alegres. 

Era alegre, la vieja Henrouille, cascarrabias, cochambrosa, pero alegre. La indigencia 
en que vivia desde hacia mas de veinte anos no habia dejado marca en su alma. Al 
contrario, se habia encogido para defenderse del exterior, como si el frio, todo lo 
horrible y la muerte solo debieran venir de el, no de dentro. De dentro nada parecia 
temer, parecia absolutamente segura de su cabeza, como de algo innegable y 
comprendido, de una vez por todas. 

Y yo que corria tanto tras la mia y en torno del mundo, ademas. 

«Loca» la llamaban, a la vieja; es muy facil de decir, eso de «loca». No habia salido 
de aquel reducto mas de tres veces en doce anos, jy se acabo! Tal vez tuviera sus 
razones... No queria perder nada... No iba a decirnoslas a nosotros, que habiamos 
perdido la inspiracion de la vida. 

La nuera volvia a su proyecto de internamiento. «^No le parece, doctor, que esta 
loca?... jYa no hay modo de hacerla salir!... Sin embargo, jle sentaria bien de vez en 
cuando!... jpues claro, abuela, que le sentaria bien!... No diga que no... jLe sentaria 
bien!... Se lo aseguro.» La vieja sacudia la cabeza, cerrada, tozuda, salvaje, cuando la 
invitaban asi... 

«No quiere que se ocupen de ella... Prefiere andar ahi, arrinconada... Hace frio en su 
cuarto y no hay fuego... No puede ser, vamos, que siga asi... ^Verdad, doctor, que no 
puede ser?...» 

Yo hacia como que no entendia. Henrouille, por su parte, se habia quedado junto a la 
estufa, preferia no saber exactamente lo que andabamos tramando, su mujer, su madre y 
yo.,. 

La vieja volvio a encolerizarse. 

«Entonces, jdevolvedme todo lo que me pertenece y me ire de aqui!... jYo tengo para 
vivir!... jY es que no volvereis a oir hablar de mi!... jDe una vez por todas!. ..» 

«^Para vivir? Pero, bueno, abuela, jsi con sus tres mil francos al afio no puede 
vivir!.... jLa vida ha subido desde la ultima vez que salio usted!... ^Verdad, doctor, que 
seria mucho mejor que fuera al asilo de las hermanitas, como le decimos?... ^Que la 
atenderan bien, las hermanitas?... Son muy buenas, las hermanitas... » 

«^A1 asilo?... ^Al asilo?... -se rebelo al instante-. jNo he estado nunca en el asilo!... 



^Y por que no a casa del cura, ya que estamos?... ^Eh? Si no tengo bastante dinero, 
como decis, pues, jme pondre a trabajar!...» 

«^Atrabajar? Pero, jabuela! ^Donde? jAy, doctor! Mire usted que idea: jtrabajar! jA 
su edad! iCuando va a cumplir los ochenta afios! \Es una locura, doctor! ^Quien iba a 
aceptarla? Pero, abuela, justed esta loca!...» 

«jLoca! jNi hablar! jEn ningun sitio!... Pero tu si que si, \en algun lado!... jCacho 
canalla!...» 

«jEscuchela, doctor, como delira y me insulta ahora! ^Como quiere usted que 
sigamos teniendola aqui?» 

La vieja se volvio entonces, me planto cara a mi, su nuevo peligro. 

«<<,Que sabe ese si yo estoy loca? ^Acaso esta dentro de mi cabeza? ^,0 de la vuestra? 
jTendria que estarlo para saberlo!... Conque, jlargaos los dos!... jMarchaos de mi 
casa!... jSois peores que el invierno de seis meses para amargarme!... Mas vale que vaya 
a ver a mi hijo, jen lugar de andar de chachara por aqui! jNecesita mucho mas que yo 
un medico, ese! jQue ya ni le quedan dientes! jY eso que los tenia bien bonitos, cuando 
yo me ocupaba de el!... Hale, venga, jlargo de aqui los dos!» Y nos dio con la puerta en 
las narices. 

Seguia espiandonos aun con su lampara, cuando nos alejabamos por el patio. Cuando 
lo hubimos atravesado, cuando ya estuvimos bastante lejos, volvio a echarse a reir. Se 
habia defendido bien. 

Al regreso de aquella excursion enojosa, Henrouille seguia junto a la estufa y 
dandonos la espalda. Sin embargo, su mujer no cesaba de acribillarme a preguntas y 
siempre en el mismo sentido... Tenia cara muy morena y taimada, la nuera. No separaba 
apenas los codos del cuerpo, cuando hablaba. No gesticulaba nada. De todos modos, 
estaba empenada en que aquella visita del medico no fuera inutil, pudiese servir para 
algo... El coste de la vida aumentaba sin cesar... La pension de la suegra no bastaba... Al 
fin y al cabo, tambien ellos envejecian... No podian seguir viviendo como antes, siempre 
con el miedo a que la vieja muriera desatendida... Provocara un incendio, por ejemplo... 
Entre sus pulgas y su suciedad... En lugar de ir a un asilo decente, donde se ocuparian 
muy bien de ella... 

Como yo aparente ser de su opinion, se volvieron aun mas amables los dos... 
prometieron elogiarme mucho por el barrio. Si aceptaba ayudarlos... Compadecerme de 
ellos... Librarlos de la vieja... Tan desgraciada tambien ella, en las condiciones en que se 
empefiaba en vivir... 

«Y, ademas, es que podriamos alquilar su vivienda», sugirio el marido, despertando 
de repente... Habia metido la pata bien, al hablar de eso delante de mi. Su mujer le dio 
un pisoton por debajo de la mesa. El no entendia por que. 

Mientras se peleaban, yo me imaginaba el billete de mil francos que podria ganarme 
solo con extender el certificado de internamiento. Parecian desearlo con ganas... Se- 
guramente la tia de Bebert les habia informado en confianza sobre mi y les habia 
contado que en todo Rancy no habia un medico tan boqueras como yo... Que conse- 
guirian de mi lo que quisiesen... [No iban a ofrecer a Frolichon semejante papeleta! [Era 
un virtuoso, ese! 

Estaba absorto en esas reflexiones, cuando la vieja irrumpio en la habitacion donde 
conspirabamos. Parecia que se lo oliera. jQue sorpresa! Se habia remangado las 
harapientas faldas contra el vientre y ahi estaba poniendonos verdes de repente y a mi 
en particular. Habia venido solo para eso desde el fondo del patio. 

«jGranuja! -me decia a mi directamente-. jYa te puedes largar! jFuera de aqui, te 
digo! jNo vale la pena que te quedes!... jNo voy a ir al manicomio!... Y a donde las 
monjas tampoco, jpara que te enteres!... jDe nada te va a servir hablar y mentir!... jNo 



vas a poder conmigo, vendido!... jlran ellos antes que yo, esos cabrones, que abusan de 
una vieja!... Y tu tambien, canalla, iras a la carcel. jTe lo digo yo! jY dentro de poco, 
ademas!» 

Estaba visto, no tenia potra yo. jPara una vez que se podian ganar mil francos de 
golpe! Me fui con viento fresco. 

En la calle se asomaba aun por encima del pequeno peristilo para insultarme de lejos, 
en plena negrura, en la que yo me habia refugiado: «jCanalla!... jCanalla!», gritaba. 
Resonaba bien. jQue lluvia! Corri de un farol a otro hasta el urinario de la Place des 
Fetes. Primer refugio. 



En el ediculo, a la altura de las piernas, me encontre a Bebert precisamente. Habia 
entrado para protegerse tambien el. Me habia visto correr, al salir de la casa de los 
Henrouille. «^,Viene usted de su casa? -me pregunto-. Ahora tendra usted que subir al 
quinto de nuestra casa, a ver a la hija...» A aquella clienta, de la que me hablaba, la 
conocia yo bien, la de las caderas anchas... La de los hermosos muslos largos y suaves... 
Habia un no se que de ternura, voluntad y gracia en sus movimientos, propio de las 
mujeres sexualmente equilibradas. Habia venido a consultarme varias veces por el dolor 
de vientre que no se le iba. A los veinticinco afios, con tres abortos a las espaldas, sufria 
de complicaciones y su familia lo llamaba anemia. 

Habia que ver lo solida y bien hecha que estaba, con un gusto por los coitos como 
pocas mujeres tienen. Discreta en la vida, de modales y expresion razonables. Nada 
histerica. Pero bien dotada, bien alimentada, bien equilibrada, autentica campeona de su 
clase, asi mismo. Una hermosa atleta para el placer. Nada habia malo en eso. Solo a 
hombres casados frecuentaba. Y solo entendidos, hombres que sabian reconocer y 
apreciar los hermosos logros naturales y que no consideraban buen asunto a una 
viciosilla cualquiera. No, su piel triguena, su sonrisa amable, sus andares y la amplitud 
noblemente movil de sus caderas le valian entusiasmos profundos, merecidos, por parte 
de ciertos jefes de oficina que sabian lo que querian. 

Solo, que, claro esta, no podian, de todos modos, divorciarse por eso, los jefes de 
negociado. Al contrario, era una razon para seguir felices en su matrimonio. Conque, 
todas las veces, al tercer mes de estar encinta, iba, sin falta, a buscar a la comadrona. 
Cuando se tiene temperamento pero no un cornudo a mano, no todos los dias hay 
diversion. 

Su madre me entreabrio la puerta con precauciones de asesinato. Susurraba, la 
madre, pero tan fuerte, con tal intensidad, que era peor que las imprecaciones. 

«^Que he podido hacer al cielo, doctor, para tener una hija asi? Ah, por lo menos, jno 
diga nada en el barrio, doctor!... jConfio en usted!» No cesaba de agitar su espanto ni de 
correrse de gusto con lo que podrian pensar sobre el caso los vecinos y las vecinas. En 
trance de tonteria inquieta estaba. Duran mucho esos estados. 

Me iba dejando acostumbrarme a la penumbra del pasillo, al olor de los puerros para 
la sopa, al empapelado de las paredes, a los ramajes absurdos de estas, a su voz de 
estrangulada. Por fin, de farfulleos en exclamaciones, llegamos junto a la cama de la 
hija, postrada, la enferma, a la deriva. Quise examinarla, pero perdia tanta sangre, era tal 
papilla, que no se le podia ver ni un centimetro de vagina. Cuajarones. Hacia «gluglu» 
entre sus piernas como en el cuello cortado del coronel en la guerra. Me limite a 
colocarle de nuevo el algodon y a arroparla. 

La madre no miraba nada, solo se oia a si misma. «jMe voy a morir, doctor! 
-clamaba-. jMe voy a morir de verguenza!» No intente disuadirla en absoluto. No sabia 
que hacer. En el pequeno comedor contiguo, veiamos al padre, que se paseaba de un 
extremo a otro. El no debia de tener preparada aun su actitud para el caso. Tal vez es- 
perara a que los acontecimientos se concretasen antes de elegir una actitud. Se 
encontraba en una especie de limbo. Las personas van de una comedia a otra. Mientras 
no este montada la obra y no distingan aun sus contornos, su papel propicio, 
permanecen ahi, con los brazos caidos, ante el acontecimiento, y los instintos 
replegados como un paraguas, bamboleandose de incoherencia, reducidos a si mismos, 



es decir, a nada. Cabrones sin animos. 

Pero la madre, esa si, lo desempefiaba, el papel principal, entre la hija y yo. El teatro 
podia desplomarse, le importaba tres cojones, se encontraba a gusto en el, buena y bella. 

Yo solo podia contar con mis propias fuerzas para deshacer la mierda del hechizo. 

Aventure el consejo de que la trasladaran de inmediato a un hospital para que la 
operasen rapido. 

jAh, desgraciado de mi! Con ello le proporcione su mas hermosa replica, la que 
estaba esperando. 

«jQue verguenza! jEl hospital! jQue verguenza, doctor! jA nosotros! jYa solo nos 
faltabaesto! jElcolmo!» 

Yo no tenia nada mas que decir. Me sente, pues, y escuche a la madre debatirse aun 
mas tumultuosa, liada en los camelos tragicos. Demasiada humillacion, demasiado 
apuro conducen a la inercia definitiva. El mundo es demasiado pesado para uno. 
Abandonas. Mientras invocaba, provocaba al Cielo y al Infierno, atronaba con su des- 
gracia, yo bajaba la nariz y, al hacerlo, destrozado, veia formarse bajo la cama de la hija 
un charquito de sangre; un reguerito chorreaba despacio de ella a lo largo de la pared y 
hacia la puerta. Una gota, desde el somier, caia con regularidad. jPlaf! jPlaf! Las toallas 
entre las piernas rebosaban de rojo. Pregunte, de todos modos, con voz timida si ya 
habia expulsado toda la placenta. Las manos de la muchacha, palidas y azuladas en los 
extremos, colgaban a cada lado de la cama, sin fuerza. Ante mi pregunta, fue la madre 
de nuevo la que respondio con un torrente de jeremiadas repulsivas. Pero reaccionar era, 
despues de todo, demasiado para mi. 

Estaba tan obsesionado, yo mismo, desde hacia tanto, por la mala suerte, dormia tan 
mal, que ya no tenia el menor interes, en aquella deriva, por que sucediera esto en lugar 
de lo otro. Me limitaba a pensar que para escuchar a aquella madre vociferante se estaba 
mejor sentado que de pie. Cualquier cosa basta, cuando has llegado a estar del todo 
resignado, para darte placer. Y, ademas, ique fuerza no me habria hecho falta para 
interrumpir a aquella salvaje en el preciso momento en que no sabia «como salvar el 
honor de la familia»! [Que papelon! Y, ademas, jes que seguia gritandolo! Tras cada 
aborto, yo lo sabia por experiencia, se explayaba del mismo modo, entrenada, claro esta, 
para hacerlo cada vez mejor. jlba a durar lo que ella quisiera! Aquella vez me parecia 
dispuesta a decuplicar sus efectos. 

Ella tambien, pensaba yo, debia de haber sido una criatura hermosa, la madre, bien 
pulposa en su tiempo, pero mas verbal, de todos modos, derrochadora de energia, mas 
demostrativa que la hija, cuya concentrada intimidad habia sido un autentico y 
admirable logro de la naturaleza. Esas cosas no se han estudiado aun maravillosamente, 
como merecen. La madre adivinaba esa superioridad animal de la hija sobre ella y, 
celosa, reprobaba todo por instinto, su forma de dejarse cepillar hasta profundidades 
inolvidables y de gozar como un continente. 

El aspecto teatral del desastre la entusiasmaba, en cualquier caso. Acaparaba con sus 
dolorosos tremolos el reducido mundillo en que estabamos enfangados por su culpa. 
Tampoco podiamos pensar en alejarla. Sin embargo, yo deberia haberlo intentado. 
Haber hecho algo... Era mi deber, como se suele decir. Pero me encontraba demasiado 
bien sentado y demasiado mal de pie. 

Su casa era un poco mas alegre que la de los Henrouilie, igual de fea, pero mas 
confortable. Habia buena temperatura. No era siniestro, como alia abajo, solo feo, 
tranquilamente. 

Atontado de fatiga, mis miradas vagaban por las cosas de la habitacion. Cosillas sin 
valor que habia poseido desde siempre la familia, sobre todo el tapete de la chimenea 
con borlas de terciopelo rosa, de las que ya no se encuentran en los almacenes, y ese 



napolitano de porcelana y el costurero con espejo biselado, cuya replica debia de tener 
una tia de provincias. No avise a la madre sobre el charco de sangre que veia formarse 
bajo la cama ni sobre las gotas que seguian cayendo puntuales, habria gritado aun mas 
fuerte sin por ello escucharme. No iba a acabar nunca de quejarse e indignarse. Tenia 
vocacion. 

Mas valia callarse y mirar afuera, por la ventana, los terciopelos grises de la tarde 
que se apoderaban ya de la avenida de enfrente, casa por casa, primero las mas pe- 
quenas y luego las demas, las grandes, y despues la gente que se agitaba entre ellas, 
cada vez mas debiles, equivocos y desdibujados, vacilando de una acera a otra antes de 
ir a hundirse en la obscuridad. 

Mas lejos, mucho mas lejos que las fortificaciones, filas e hileras de lucecitas 
dispersas por toda la sombra como clavos, para tender el olvido sobre la ciudad, y otras 
lucecitas mas que centelleaban entre ellas, verdes, pestaneaban, rojas, venga barcos y 
mas barcos, toda una escuadra venida alii de todas partes para esperar, tremula, a que se 
abriesen tras la Torre las enormes puertas de la Noche. 

Si aquella madre se hubiera tornado un respiro, hubiese guardado silencio un 
momento, habriamos podido por lo menos abandonarnos, renunciar a todo, intentar olvi- 
dar que habia que vivir. Pero me acosaba. 

«lY si le diera una lavativa, doctor? <<,Que le parece?» No respondi ni que si ni que 
no, pero aconseje una vez mas, ya que tenia la palabra, que la enviaran de inmediato al 
hospital. Otros aullidos, aun mas agudos, mas decididos, mas estridentes, como 
respuesta. Era inutil. 

Me dirigi despacio hacia la puerta, a la chita callando. 

Ahora la sombra nos separaba de la cama. 

Ya casi no distinguia las manos de la muchacha, colocadas sobre las sabanas, a causa 
de su palidez semejante. 

Volvi a tomarle el pulso, mas debil, mas furtivo que antes. Su respiracion era 
entrecortada. Seguia oyendo perfectamente, yo, la sangre que caia sobre el entarimado, 
como el tenue tictac de un reloj cada vez mas lento. Era inutil. La madre me precedio 
hacia la puerta. 

«Sobre todo -me recomendo, transida-, doctor, jprometame que no dira nada a nadie! 
-suplico-. ^Me lo jura?» 

Yo prometia todo lo que quisieran. Tendi la mano. Fueron veinte francos. Volvio a 
cerrar la puerta tras mi, poco a poco. 

Abajo, la tia de Bebert me esperaba con su cara de circunstancias. «^,C6mo va? 
^Mal?», pregunto. Comprendi que llevaba media hora ya, esperando alii, abajo, para re- 
cibir su comision habitual: dos francos. No me fuera yo a escapar. «Y en casa de los 
Henrouille, ^que tal ha ido?», quiso saber. Esperaba recibir una propina por aquellos 
tambien. «No me han pagado», respondi. Ademas, era cierto. La sonrisa preparada de la 
tia se volvio una mueca de desagrado. Desconfiaba de mi. 

«jMira que es desgracia, doctor, no saber cobrar! ^Como quiere que le respete la 
gente?... jHoy se paga al contado o nunca!» Tambien eso era cierto. Me largue. Habia 
puesto las judias a cocer antes de salir. Era el momento, caida la noche, de ir a comprar 
la leche. Durante el dia, la gente sonreia al cruzarse conmigo con la botella en la mano. 
Logico. No tenia criada. 

Y despues el invierno se alargo, se extendio durante meses y semanas aun. Ya no 
saliamos de la bruma y la lluvia en que estabamos inmersos. 

Enfermos no faltaban, pero no habia muchos que pudieran o quisiesen pagar. La 
medicina es un oficio ingrato. Cuando los ricos te honran, pareces un criado; con los 
pobres, un ladron. £«Honorarios»? jBonita palabra! Ya no tienen bastante para jalar ni 



para ir al cine, iy aun vas a cogerles pasta para hacer unos «honorarios»? Sobre todo en 
el preciso momento en que la cascan. No es facil. Lo dejas pasar. Te vuelves bueno. Y te 
arruinas. 

Para pagar el mes de enero vendi primero mi aparador, para hacer sitio, explique en 
el barrio, y transformar mi comedor en estudio de cultura fisica. ^Quien me creyo? En el 
mes de febrero, para liquidar las contribuciones, me puli tambien la bicicleta y el 
gramofono, que me habia dado Molly al marcharme. Tocaba No More Worries! Aun 
recuerdo incluso la tonada. Es lo unico que me queda. Mis discos Bezin los tuvo mucho 
tiempo en su tienda y por fin los vendio. 

Para parecer aun mas rico conte entonces que iba a comprarme una moto, en cuanto 
empezara el buen tiempo, y que por eso me estaba procurando un poco de dinero 
contante. Lo que me faltaba, en el fondo, era cara dura para ejercer la medicina en serio. 
Cuando me acompafiaban hasta la puerta, despues de haber dado a la familia los 
consejos y entregado la receta, me ponia a hacer toda clase de comentarios solo para 
eludir unos minutos mas el instante del pago. No sabia hacer de puta. Tenian aspecto tan 
miserable, tan apestoso, la mayoria de mis clientes, tan torvo tambien, que siempre me 
preguntaba de donde iban a sacar los veinte francos que habian de darme y si no irian a 
matarme, para desquitarse. Me hacian, de todos modos, mucha falta, a mi, los veinte 
francos. jQue verguenza! Podria no haber acabado nunca de enrojecer. 

«jHonorarios!...» Asi seguian llamandolos, los colegas. jTan campantes! Como si la 
palabra fuese algo bien entendido y que ya no hiciera falta explicar... jQue verguenza! , 
no podia dejar de decirme y no habia salida. Todo se explica, lo se bien. Pero, jno por 
ello deja de ser para siempre un desgraciado de aupa el que ha recibido los cinco francos 
del pobre y del mindundi! Desde aquella epoca estoy seguro incluso de ser tan 
desgraciado como cualquiera. No es que hiciese orgias y locuras con sus cinco francos y 
sus diez francos. ,jNo! Pues el casero se me llevaba la mayor parte, pero, aun asi, 
tampoco eso es excusa. Nos gustaria que fuera una excusa, pero aun no lo es. El casero 
es peor que la mierda. Y se acabo. 

A fuerza de quemarme la sangre y de pasar entre los aguaceros helados de aquella 
estacion, estaba adquiriendo mas bien aspecto de tuberculoso, a mi vez. Fatalmente. Es 
lo que ocurre cuando hay que renunciar a casi todos los placeres. De vez en cuando, 
compraba huevos, aqui, alia, pero mi dieta esencial eran, en suma, las legumbres. 
Tardan mucho en cocer. Pasaba horas en la cocina vigilando su ebullicion, despues de la 
consulta, y, como vivia en el primer piso, tenia desde alii una buena vista del patio. Los 
patios son las mazmorras de las casas de pisos. Tuve la tira de tiempo, para mirarlo, mi 
patio, y sobre todo para oirlo. 

Alii iban a caer, crujir, rebotar los gritos, las llamadas de las veinte casas del 
perimetro, hasta los desesperados pajaritos de las porteras, que enmohecian piando por 
la primavera, que no volverian a ver nunca en sus jaulas, junto a los retretes, todos 
agrupados, los retretes, alii, en el fondo de sombra, con sus puertas siempre desvencija- 
das y colgantes. Cien borrachos, hombres y mujeres, poblaban aquellos ladrillos y 
llenaban el eco con sus pendencias jactanciosas, sus blasfemias inseguras y desaforadas, 
tras las comidas de los sabados sobre todo. Era el momento intenso en la vida de las 
familias. Desafios a berridos tras darle a la priva bien. Papa manejaba la silla, que habia 
que ver, como un hacha, y mama el tizon como un sable. jAy de los debiles, entonces! 
El pequefio era quien cobraba. Los guantazos aplastaban contra la pared a todos los que 
no podian defenderse y responder: nihos, perros o gatos. A partir del tercer vaso de vino, 
el tinto, el peor, el perro era el que empezaba a sufrir, le aplastaban la pata de un gran 
pisoton. Asi aprenderia a tener hambre al mismo tiempo que los hombres. Menudo 
cachondeo, al verlo desaparecer aullando bajo la cama como un destripado. Era la serial. 



Nada estimula tanto a las mujeres piripis como el dolor de los animales, no siempre se 
tienen toros a mano. Se reanudaba la discusion en tono vindicativo, imperiosa como un 
delirio, la esposa era la que dirigia, lanzando al macho una serie de llamadas estridentes 
a la lucha. Y despues venia la refriega, los objetos rotos quedaban hechos afiicos. El 
patio recogia el estrepito, cuyo eco resonaba por la sombra. Los nifios chillaban ho- 
rrorizados. jDescubrian todo lo que habia dentro de papa y mama! Con los gritos atraian 
su ira. 

Yo pasaba muchos dias esperando que ocurriera lo que de vez en cuando sucedia al 
final de aquellas escenas domesticas. 

En el tercero, delante de mi ventana, ocurria, en la casa de enfrente. 

No podia ver yo nada, pero lo oia bien. 

Todo tiene su final. No siempre es la muerte, muchas veces es algo distinto y 
bastante peor, sobre todo para los nifios. 

Vivian ahi, aquellos inquilinos, justo a la altura del patio en que la sombra empezaba 
a ceder. Cuando estaban solos el padre y la madre, los dias que eso sucedia, se peleaban 
primero largo rato y despues se hacia un largo silencio. Se estaba preparando la cosa. La 
tomaban con la nifia primero, la hacian venir. Ella lo sabia. Se ponia a lloriquear al 
instante. Sabia lo que le esperaba. Por la voz, debia de tener por lo menos diez afios. 
Despues de muchas veces, acabe comprendiendo lo que hacian, aquellos dos. 

Primero la ataban, tardaban la tira, en atarla, como para una operacion. Eso los 
excitaba. «jVas a ver tu, granuja!», rugia el. «jLa muy cochina!», decia la madre. «jTe 
vamos a ensenar, cochina!», iban y gritaban juntos y cosas y mas cosas que le 
reprochaban al mismo tiempo, cosas que debian de imaginar. Debian de atarla a los ba- 
rrotes de la cama. Mientras tanto, la nifia se quejaba como un raton cogido en la trampa. 
«Ya puedes llorar, ya, so guarra, que de esta no te libras. jAnda, que de esta no te 
libras!», proseguia la madre y despues toda una andanada de insultos, como para un 
caballo. Excitadisima. «jCallate, mama! -respondia la pequena bajito-. iCallate, mama! 
iPegame, pero callate, mama!» No se libraba, desde luego, y menuda tunda recibia. Yo 
escuchaba hasta el final para estar bien seguro de que no me equivocaba, de que era eso 
sin duda lo que sucedia. No habria podido comer mis judias, mientras ocurria. Tampoco 
podia cerrar la ventana. No era capaz de nada. No podia hacer nada. Me limitaba a 
seguir escuchando como siempre, en todas partes. Sin embargo, creo que me venian 
fuerzas, al escuchar cosas asi, fuerzas para seguir adelante, unas fuerzas extrafias, y 
entonces, la proxima vez, podria caer aun mas bajo, la proxima vez, escuchar otras 
quejas que aun no habia oido o que antes me costaba comprender, porque parece que 
siempre hay mas quejas aun, que todavia no hemos oido ni comprendido. 

Cuando le habian pegado tanto, que ya no podia lanzar mas alaridos, su hija, gritaba 
un poco aun, de todos modos, cada vez que respiraba, un gritito apagado. 

Oia entonces al hombre decir en ese momento: «jVen tu, tia buena! jRapido! jVen 
para aca!» Muy feliz. 

A la madre hablaba asi y despues se cerraba tras ellos con un porrazo la puerta 
contigua. Un dia, ella le dijo, lo oi: «jAh! Te quiero, Jules, tanto, que me jalaria tu mier- 
da, aunque hicieses chorizos asi de grandes...» 

Asi hacian el amor los dos, me explico su portera. En la cocina lo hacian, contra el 
fregadero. Si no, no podian. 

Poco a poco me fui enterando de todas aquellas cosas sobre ellos, en la calle. Cuando 
me los encontraba, a los tres juntos, no tenian nada de particular. Se paseaban, como una 
familia de verdad. A el, el padre, lo veia tambien, cuando pasaba por delante del 
escaparate de su almacen, en la esquina del Boulevard Poincare, en la casa de «Zapatos 
para pies sensibles», donde era primer dependiente. 



La mayoria de las veces nuestro patio no ofrecia sino horrores sin relieve, sobre todo 
en verano, resonaba con amenazas, ecos, golpes, caidas e injurias indistintas. El sol 
nunca llegaba hasta el fondo. Estaba como pintado de sombras azules, el patio, bien 
espesas, sobre todo en los angulos. Los porteros tenian en el sus pequefios retretes, 
como colmenas. Por la noche, cuando iban a hacer pipi, los porteros tropezaban contra 
los cubos de la basura, lo que resonaba en el patio como un trueno. 

La ropa intentaba secarse tendida de una ventana a otra. 

Despues de la cena, lo que se oian mas que nada eran discusiones sobre las carreras, 
las noches que no les daba por hacer brutalidades. Pero muchas veces tambien aquellas 
polemicas deportivas terminaban bastante mal, a guantazos, y siempre, por lo menos 
detras de una de las ventanas, acababan, por un motivo o por otro, dandose de hostias. 

En verano todo olia tambien que apestaba. Ya no habia aire en el patio, solo olores. 
El que supera, y facilmente, a todos los demas es el de la coliflor. Una coliflor equivale 
a diez retretes, aun rebosantes. Eso esta claro. Los del segundo rebosaban con 
frecuencia. La portera del 8, la tia Ce-zanne, acudia entonces con la varilla de 
desatrancar. Yo la observaba hacer esfuerzos. Asi acabamos teniendo conversaciones. 
«Yo que usted -me aconsejaba- haria abortos, a la chita callando, a las embarazadas... 
Pues no hay mujeres en este barrio ni nada de la vida... j Si es que parece increible!... jY 
estarian encantadas de solicitarle sus servicios!... ]Se lo digo yo! Siempre sera mejor 
que curarles las varices a los chupatintas... Sobre todo porque eso se paga al contado.» 

La tia Cezanne sentia un gran desprecio de aristocrata, que no se de donde le vendria, 
hacia toda la gente que trabajaba... 

«Nunca estan contentos, los inquilinos, parecen presos, j siempre tienen que estar 
jeringando a todo el mundo!... Que si se les atasca el retrete... Otro dia, que si hay un 
escape de gas... jQue si les abren las cartas!... Siempre con tiquismiquis... Siempre 
jodiendo la marrana, jvamos!... Uno ha llegado incluso a escupirme en el sobre del 
alquiler... ^Se da usted cuenta?...» 

Muchas veces tenia que renunciar incluso, a desatrancar los retretes, la tia Cezanne, 
de tan dificil que era. «No se que sera lo que echan ahi, pero, sobre todo, jno hay que 
dejarlo secar!... Ya se yo lo que es... jSiempre te avisan demasiado tarde!... Y, ademas, 
jlo hacen a proposito!... Donde estaba antes, hubo incluso que fundir un tubo, jde lo 
duro que estaba!... No se que jalaran... jEs cosa fina!» 



No habra quien me quite de la cabeza que, si volvio a darme, fue sobre todo por 
culpa de Robinson. Al principio, yo no habia hecho demasiado caso de mis trastornos. 
Iba tirando, asi asi, de un enfermo a otro, pero me habia vuelto mas inquieto aun que 
antes, cada vez mas, como en Nueva York, y tambien empece otra vez a dormir peor que 
de costumbre. 

Conque volvermelo a encontrar, a Robinson, habia sido un duro golpe y sentia otra 
vez como una enfermedad. 

Con su jeta toda embadurnada de pena, era como si me devolviese a una pesadilla, de 
la que no conseguia librarme desde hacia ya demasiados afios. No daba pie con bola. 

Habia ido a reaparecer ahi, delante de mi. El cuento de nunca acabar. Seguro que me 
habia buscado por alii. Yo no intentaba ir a verlo de nuevo, desde luego... Seguro que 
volveria y me obligaria a pensar otra vez en sus asuntos. Por lo demas, todo me hacia 
volver a pensar ahora en su cochina persona. Hasta la gente que veia por la ventana, que 
caminaban, como si tal cosa, por la calle, charlaban en los portales, se rozaban unos con 
otros, me hacian pensar en el. Yo sabia lo que pretendian, lo que ocultaban, como si tal 
cosa. Matar y matarse, eso querian, no de una vez, claro esta, sino poco a poco, como 
Robinson, con todo lo que encontraban, penas antiguas, nuevas miserias, odios aun sin 
nombre, cuando no era la guerra, pura y simple, y que todo sucediese aun mas rapido 
que de costumbre. 

Ya ni siquiera me atrevia a salir por miedo a encontrarmelo. 

Tenian que mandarme llamar dos o tres veces seguidas para que me decidiera a 
responder a los enfermos. Y entonces, la mayoria de las veces, cuando llegaba, ya 
habian ido a buscar a otro. Era presa del desorden en la cabeza, como en la vida. En 
aquella Rue Saint- Vincent, adonde solo habia ido una vez, me mandaron llamar los del 
tercero del numero 12. Fueron incluso a buscarme en coche. Lo reconoci en seguida, al 
abuelo, persona furtiva, gris y encorvada: susurraba, se limpiaba largo rato los pies en 
mi felpudo. Por su nieto era por quien queria que me apresurara. 

Recordaba yo bien a su hija tambien, otra de vida alegre, marchita ya, pero solida y 
silenciosa, que habia vuelto para abortar, en varias ocasiones, a casa de sus padres. No 
le reprochaban nada, a esa. Solo habrian deseado que acabara casandose, a fin de 
cuentas, sobre todo porque tenia ya un nifio de dos afios, que vivia con los abuelos. 

Estaba enfermo, ese nifio, cada dos por tres, y, cuando estaba enfermo, el abuelo, la 
abuela, la madre lloraban juntos, de lo lindo, y sobre todo porque no tenia padre 
legitimo. En esos momentos se sienten mas afectadas, las familias, por las situaciones 
irregulares. Creian, los abuelos, sin reconocerlo del todo, que los hijos naturales son 
mas fragiles y se ponen enfermos con mayor frecuencia que los otros. 

En fin, el padre, el que creian que lo era, se habia marchado y para siempre. Le 
habian hablado tanto de matrimonio, a aquel hombre, que habia acabado cansandose. 
Debia de estar lejos ahora, si aun corria. Nadie habia comprendido aquel abandono, 
sobre todo la propia hija, porque habia disfrutado lo suyo jodiendo con ella. 

Conque, desde que se habia marchado, el veleidoso, contemplaban los tres al nifio y 
lloriqueaban y asi. Ella se habia entregado a aquel hombre, como ella decia, «en cuerpo 
y alma». Tenia que ocurrir y, segun ella, eso explicaba todo. El pequefio habia salido de 
su cuerpo y de una vez y la habia dejado toda arrugada por las caderas. El espiritu se 
contenta con frases; el cuerpo es distinto, ese es mas diftcil, necesita musculos. Es 



siempre algo verdadero, un cuerpo; por eso ofrece casi siempre un espectaculo triste y 
repulsive He visto, tambien es cierto, pocas maternidades llevarse tanta juventud de 
una vez. Ya no le quedaban, por asi decir, sino sentimientos, a aquella madre, y un alma. 
Nadie queria ya saber nada con ella. 

Antes de aquel nacimiento clandestino, la familia vivia en el barrio de las «Filies du 
Calvaire» y desde hacia muchos afios. Si habian venido todos a exiliarse a Rancy no 
habia sido por gusto, sino para ocultarse, caer en el olvido, desaparecer en grupo. 

En cuanto resulto imposible disimular aquel embarazo a los vecinos, se habian 
decidido a abandonar su barrio de Paris para evitar todos los comentarios. Mudanza de 
honor. 

En Rancy la consideracion de los vecinos no era indispensable y ademas, alii eran 
unos desconocidos y la municipalidad de aquella zona practicaba precisamente una 
politica abominable, anarquista, en una palabra, de la que se hablaba en toda Francia, 
una politica de golfos. En aquel medio de reprobos, el juicio de los demas no podia 
contar. 

La familia se habia castigado espontaneamente, habia roto toda relacion con los 
parientes y los amigos de antes. Un drama habia sido, un drama lo que se dice completo. 
Ya no tenian nada mas que perder. Desclasados. Cuando quiere uno desacreditarse, se 
mezcla con el pueblo. 

No formulaban ningun reproche contra nadie. Solo intentaban descubrir, por 
pequenos arranques de rebeldias invalidas, que podia haber bebido el Destino el dia que 
les habia hecho una putada semejante, a ellos. 

La hija experimentaba, por vivir en Rancy, un solo consuelo, pero muy importante, el 
de poder en adelante hablar con libertad a todo el mundo de «sus nuevas res- 
ponsabilidades». Su amante, al abandonarla, habia despertado un deseo profundo de su 
naturaleza, imbuida de heroismo y singularidad. En cuanto estuvo segura para el resto 
de sus dias de que no iba a tener nunca una suerte absolutamente identica a la mayoria 
de las mujeres de su clase y de su medio y de que iba a poder recurrir siempre a la 
novela de su vida destrozada desde sus primeros amores, se conformo, encantada, con la 
gran desgracia de que era victima y los estragos de la suerte fueron, en resumen, 
dramaticamente bienvenidos. Se pavoneaba en el papel de madre soltera. 

En su comedor, cuando entramos, su padre y yo, un alumbrado economico apenas 
permitia distinguir las caras sino como manchas palidas, carnes repitiendo, machaconas, 
palabras que se quedaban rondando en la penumbra, cargada con ese olor a pimienta 
pasada que desprenden todos los muebles de familia. 

Sobre la mesa, en el centro, boca arriba, el niho, entre las mantillas, se dejaba palpar. 
Le aprete, para empezar, el vientre, con mucha precaucion, poco a poco, desde el 
ombligo hasta los testiculos, y despues lo ausculte, aun con mucha seriedad. 

Su corazon latia con el ritmo de un gatito, seco y loco. Y despues se harto, el nifio, 
del manoseo de mis dedos y de mis maniobras y se puso a dar alaridos, como pueden 
hacerlo los de su edad, inconcebiblemente. Era demasiado. Desde el regreso de 
Robinson, habia empezado a sentirme muy extrano en la cabeza y en el cuerpo y los 
gritos de aquel nene inocente me causaron una impresion abominable. jQue gritos, Dios 
mio! jQue gritos! No podia soportarlos un instante mas. 

Otra idea, seguramente, debio de determinar tambien mi absurda conducta. Crispado 
como estaba, no pude por menos de comunicarles en voz alta el rencor y el hastio que 
experimentaba desde hacia mucho, para mis adentros. 

«jEh -respondi, al nene aullador-, menos prisas, tontin! jYa tendras tiempo de sobra 
de berrear! [No te va a faltar, no temas, bobito! jNo gastes todas las fuerzas! jNo van a 
faltar desgracias para consumirte los ojos y la cabeza tambien y aun el resto, si no te 



andas con cuidado!» 

«^Que dice usted, doctor? -se sobresalto la abuela. Me limite a repetir-: jNo van a 
faltar, ni mucho menos!» 

«^Que? ^Que es lo que no falta?», preguntaba, horrorizada... 

«jlntenten comprender! -le respond!-, jlntenten comprender! jHay que explicarles 
demasiadas cosas! jEso es lo malo! jlntenten comprender! jHaganun esfuerzo!» 

«^Que es lo que no falta?... <<,Que dice?» Y de repente se preguntaban, los tres, y la 
hija de las «responsabilidades» puso unos ojos muy raros y empezo a lanzar, tambien 
ella, unos gritos de aupa. Acababa de encontrar una ocasion cojonuda para un ataque. 
No iba a desaprovecharla. [Era la guerra! jY venga patalear! jY ahogos! ]Y estrabismos 
horrendos! jEstaba yo bueno! jHabia que verlo! «jEsta loco, mama! -gritaba 
asfixiandose-. ;E1 doctor se ha vuelto loco! jQuitale a mi nifio, mama!» Salvaba a su 
hijo. 

Nunca sabre por que, pero estaba tan excitada, que empezo a hablar con acento 
vasco. «jDice cosas espantosas! jMama!... jEs un demente!...» 

Me arrancaron el nifio de las manos, como si lo hubieran sacado de las llamas. El 
abuelo, tan timido antes, descolgo entonces su enorme termometro de caoba, como una 
maza... Y me acompano a distancia, hacia la puerta, cuyo batiente arrojo contra mi, con 
violencia, de un patadon. 

Por supuesto, aprovecharon para no pagarme la visita... 

Cuando volvi a verme en la calle, no me sentia demasiado orgulloso de lo que 
acababa de ocurrirme. No tanto por mi reputacion, que no podia ser peor en el barrio 
que la que ya me habian asignado, y sin que por ello hubiera necesitado yo intervenir, 
cuanto por Robinson, otra vez, del que habia esperado librarme con un arrebato de fran- 
queza, encontrando en el escandalo voluntario la resolucion de no volver a recibirlo, 
haciendome como una escena brutal a mi mismo. 

Asi, habia yo calculado: jVoy a ver, a titulo experimental, todo el escandalo que 
puede llegar a hacerse de una sola vez! Solo, que no se acaba nunca con el escandalo y 
la emocion, no se sabe nunca hasta donde habra que llegar con la franqueza... Lo que los 
hombres te ocultan aun... Lo que te mostraran aun... Si vives lo suficiente... Si 
profundizas bastante en sus mandangas... Habia que empezar otra vez desde el 
principio. 

Tenia prisa por ir a ocultarme, yo tambien, de momento. Me meti, para volver a casa, 
por el callejon Gibet y despues por la Rue des Valentines. Es un buen trecho de camino. 
Tienes tiempo de cambiar de opinion. Iba hacia las luces. En la Place Transitoire me 
encontre a Peridon, el farolero. Cambiamos unas palabras anodinas. «^Va usted al cine, 
doctor?», me pregunto. Me dio una idea. Me parecio buena. 

En autobus se llega antes que en metro. Tras aquel intermedio vergonzoso, con gusto 
me habria marchado de Rancy de una vez y para siempre, si hubiera podido. 

A medida que te quedas en un sitio, las cosas y las personas se van destapando, 
pudriendose, y se ponen a apestar a proposito para ti. 



De todos modos, hice bien en volver a Rancy, el dia siguiente mismo, por Bebert, 
que cayo enfermo justo entonces. El colega Frolichon acababa de marcharse de va- 
caciones, la tia dudo y, al final, me pidio, de todos modos, que me ocupara de su 
sobrino, seguramente porque yo era el menos caro de los medicos que conocia. 

Ocurrio despues de Semana Santa. Empezaba a hacer bueno. Pasaban sobre Rancy 
los primeros vientos del sur, los mismos que dejan caer todos los hollines de las fabricas 
sobre las ventanas. 

Duro semanas, la enfermedad de Bebert. Yo iba dos veces al dia, a verlo. La gente 
del barrio me esperaba delante de la porteria, como si tal cosa, y en los portales los 
vecinos tambien. Era como una distraccion para ellos. Acudian de lejos para enterarse 
de si iba peor o mejor. El sol que pasa a traves de demasiadas cosas no deja nunca en la 
calle sino una luz de otofio con pesares y nubes. 

Consejos recibi muchos a proposito de Bebert. Todo el barrio, en realidad, se 
interesaba por su caso. Hablaban a favor y despues en contra de mi inteligencia. Cuando 
entraba yo en la porteria, se hacia un silencio critico y bastante hostil, de una estupidez 
abrumadora sobre todo. Estaba siempre llena de comadres amigas, la porteria, las 
intimas, conque apestaba a enaguas y a orina. Cada cual defendia su medico preferido, 
siempre mas sutil, mas sabio. Yo solo presentaba una ventaja, en suma, pero justo la que 
dificilmente te perdonan, la de ser casi gratuito; perjudica al enfermo y a su familia, por 
pobre que esta sea, un medico gratuito. 

Bebert no deliraba aun, simplemente ya no tenia las menores ganas de moverse. 
Empezo a perder peso todos los dias. Un poco de carne amarillenta y flaccida le cubria 
el cuerpo, temblando de arriba abajo, cada vez que latia su corazon. Parecia que 
estuviera por todo el cuerpo, su corazon, bajo la piel, de tan delgado que se habia queda- 
do, Bebert, en mas de un mes de enfermedad. Me dirigia sonrisas de nifio bueno, cuando 
iba a verlo. Supero asi, muy amable, los 39° y despues los 40° y se quedo ahi durante 
dias y despues semanas, pensativo. 

La tia de Bebert habia acabado callandose y dejandonos tranquilos. Habia dicho todo 
lo que sabia, conque se iba a lloriquear, desconcertada, a los rincones de su porteria, uno 
tras otro. La pena se le habia presentado, por fin, al acabarsele las palabras, ya no 
parecia saber que hacer con la pena, intentaba quitarsela sonandose los mocos, pero le 
volvia, su pena, a la garganta y con ella las lagrimas y volvia a empezar. Se ponia 
perdida y asi llegaba a estar un poco mas sucia aun que de costumbre y se asombraba: 
«jDios mio! jDios mio!», decia. Y se acabo. Habia llegado al limite de si misma, a 
fuerza de llorar, y los brazos se le volvian a caer y se quedaba muy alelada, delante de 
mi. 

Volvia, de todos modos, hacia atras en su pena y despues volvia a decidirse y se 
ponia a sollozar otra vez. Asi, semanas duraron aquellas idas y venidas en su pena. Ha- 
bia que prever un desenlace fatal para aquella enfermedad. Una especie de tifoidea 
maligna era, contra la cual acababa estrellandose todo lo que yo probaba, los bafios, el 
suero... el regimen seco... las vacunas... Nada daba resultado. De nada servia que me 
afanara, todo era en vano. Bebert se moria, irresistiblemente arrastrado, sonriente. 

Se mantenia en lo alto de su fiebre como en equilibrio y yo abajo no daba pie con 
bola. Por supuesto, casi todo el mundo, e imperiosamente, aconsejo a la tia que me des- 
pidiera sin rodeos y recurriese rapido a otro medico, mas experto, mas serio. 



El incidente de la hija de las «responsabilidades» se habia sabido en todas partes y se 
habia comentado de lo lindo. Se relamian con el en el barrio. 

Pero, como los demas medicos avisados sobre la naturaleza del caso de Bebert se 
escabulleron, al final segui yo. Puesto que a mi me habia tocado, el caso de Bebert, 
debia continuar yo, pensaban, con toda logica, los colegas. 

Ya no me quedaba otro recurso que ir hasta la tasca a telefonear de vez en cuando a 
otros facultativos, aqui y alia, que conocia mas o menos bien, lejos, en Paris, en los 
hospitales, para preguntarles lo que harian ellos, los listos y considerados, ante una 
tifoidea como la que me traia de cabeza. Me daban buenos consejos, todos, en respuesta, 
buenos consejos inoperantes, pero, aun asi, me daba gusto oirlos esforzarse de ese 
modo, y gratis por fin, por el pequeno desconocido al que yo protegia. Acabas ale- 
grandote con cualquier cosilla de nada, con el poquito consuelo que la vida se digna 
dejarte. 

Mientras yo afinaba asi, la tia de Bebert se desplomaba a derecha e izquierda por 
sillas y escaleras, no salia de su alelamiento sino para comer. Pero nunca, eso si que no, 
se salto una sola comida, todo hay que decirlo. Por lo demas, no le habrian dejado 
olvidarse. Sus vecinos velaban por ella. La cebaban entre los sollozos. «jDa fuerzas!», 
le decian. Y hasta empezo a engordar. 

Tocante a olor de coles de Bruselas, en el momento algido de la enfermedad de 
Bebert, hubo en la porteria autenticas orgias. Era la temporada y le llegaban de todas 
partes, regaladas, coles de Bruselas, cocidas, humeantes. 

«Me dan fuerzas, jes verdad!... -reconocia de buena gana-. jY hacen orinar bien!» 

Antes de que llegara la noche, por los timbrazos, para tener un suefio mas ligero y oir 
en seguida la primera llamada, se atiborraba de cafe, asi los inquilinos no despertaban a 
Bebert, llamando dos o tres veces seguidas. Al pasar por delante de la casa, por la 
noche, entraba yo a ver si por casualidad habia acabado aquello. «^No cree usted que 
cogio la enfermedad con la manzanilla al ron que se empeno en beber en la fruteria el 
dia de la carrera ciclista?», suponia en voz alta, la tia. Esa idea la traia de cabeza desde 
el principio. Idiota. 

« [Manzanilla! », murmuraba debilmente Bebert, como un eco perdido en la fiebre. 
^Para que disuadirla? Yo realizaba una vez mas los dos o tres simulacros profesionales 
que esperaban de mi y despues volvia a reunirme con la noche, nada orgulloso, porque, 
igual que mi madre, nunca conseguia sentirme del todo inocente de las desgracias que 
sucedian. 

Hacia el decimoseptimo dia, me dije, de todos modos, que haria bien en ir a 
preguntar que pensaban en el Instituto Bioduret Joseph, de un caso de tifoidea de ese 
genero, y pedirles, al tiempo, un consejo y tal vez una vacuna incluso, que me 
recomendarian. Asi, lo habria hecho todo, lo habria probado todo, hasta las 
extravagancias, y, si moria Bebert, pues... tal vez no tuvieran nada que reprocharme. 
Llegue alii al Instituto, en el otro extremo de Paris, detras de la Villette, una mafiana 
hacia las once. Primero me hicieron pasearme por laboratories y mas laboratorios en 
busca de un sabio. Aun no habia nadie, en aquellos laboratorios, ni sabios ni publico, 
solo objetos volcados en gran desorden, pequenos cadaveres de animales destripados, 
colillas, espitas de gas desportilladas, jaulas y tarros con ratones asfixiandose dentro, 
retortas, vejigas por alii tiradas, banquetas rotas, libros y polvo, mas y mas colillas por 
todos lados, con predominio del olor de estas y el de urinario. Como habia llegado muy 
temprano, decidi ir a dar una vuelta, ya que estaba, hasta la rumba del gran sabio 
Bioduret Joseph, que se encontraba en los propios sotanos del Instituto entre oros y 
marmoles. Fantasia burgueso-bizantina de refinado gusto. La colecta se hacia al salir del 
panteon, el guardian estaba refunfunando incluso por una moneda belga que le habian 



endosado. A ese Bioduret se debe que muchos jovenes optaran desde hace medio siglo 
por la carrera cientifica. Resultaron tantos fracasados como a la salida del 
Conservatorio. Acabamos todos, por lo demas, pareciendonos tras algunos afios de no 
haber logrado nada. En las zanjas de la gran derrota, un «laureado de facultad» vale lo 
mismo que un «Premio de Roma». Lo que pasa es que no cogen el autobus a la misma 
hora. Y se acabo. 

Tuve que esperar bastante tiempo aun en los jardines del Instituto, pequefia 
combinacion de carcel y plaza publica, jardines, flores colocadas con cuidado a lo largo 
de aquellas paredes adornadas con mala intencion. 

De todos modos, algunos jovenes del personal acabaron llegando los primeros, 
muchos de ellos traian ya provisiones del mercado cercano, en grandes redecillas y pa- 
recian estar boqueras. Y despues los sabios cruzaron, a su vez, la verja, mas lentos y 
reticentes que sus modestos subalternos, en grupitos mal afeitados y cuchicheantes. Iban 
a dispersarse al fondo de los corredores y descascarillando la pintura de las paredes. La 
entrada de viejos escolares entrecanos, con paraguas, atontados por la rutina meticulosa, 
las manipulaciones desesperadamente repulsivas, atados por salarios de hambre durante 
toda su madurez a aquellas cocinillas de microbios, recalentando aquel guiso 
interminable de legumbres, cobayas asficticos y otras porquerias inidentificables. 

Ya no eran, a fin de cuentas, ellos mismos sino viejos roedores domesticos, 
monstruosos, con abrigo. La gloria en nuestro tiempo apenas sonrie sino a los ricos, 
sabios o no. Los plebeyos de la Investigacion no podian contar, para seguir 
manteniendose vivos, sino con su propio miedo a perder la plaza en aquel cubo de 
basura caliente, ilustre y compartimentado. Se aferraban esencialmente al titulo de sabio 
oficial. Titulo gracias al cual los farmaceuticos de la ciudad seguian confiandoles los 
analisis (mezquinamente retribuidos, por cierto) de las orinas y los esputos de la 
clientela. Raquiticos y azarosos ingresos de sabio. 

En cuanto llegaba, el investigador metodico iba a inclinarse ritualmente unos 
minutos sobre las tripas biliosas y corrompidas del conejo de la semana pasada, el que 
se exponia de modo permanente, en un rincon del cuarto, benditera de inmundicias. 
Cuando su olor llegaba a ser irresistible de verdad, sacrificaban otro conejo, pero antes 
no, por las economias en que el profesor Jaunisset, ilustre secretario del Instituto, se 
empenaba en aquella epoca con mano fanatica. 

Ciertas podredumbres animales sufrian, por esa razon, por economia, increibles 
degradaciones y prolongaciones. Todo es cuestion de costumbre. Algunos ayudantes de 
laboratorio bien entrenados habrian cocinado perfectamente dentro de un ataud en 
actividad, pues ya la putrefaccion y sus tufos no les afectaban. Aquellos modestos 
ayudantes de la gran investigacion cientifica llegaban incluso, en ese sentido, a superar 
en economia al propio profesor Jaunisset, pese a ser este de una sordidez proverbial, y 
lo vencian en su propio juego, al aprovechar el gas de sus estufas, por ejemplo, para 
prepararse numerosos cocidos personales y muchos otros guisos lentos, mas peligrosos 
aun. 

Cuando los sabios habian acabado de realizar el examen distraido de las tripas del 
cobaya y del conejo ritual, habian llegado despacito al segundo acto de su vida cien- 
tifica cotidiana, el del pitillo. Intento de neutralizacion de los hedores ambientes y del 
hastio mediante el humo del tabaco. De colilla en colilla, los sabios acababan, de todos 
modos, su Jornada, hacia las cinco de la tarde. Volvian entonces a poner con mucho 
cuidado las putrefacciones a templar en la estufa bamboleante. Octave, el ayudante, 
ocultaba sus judias cociditas en un periodico para mejor pasar con ellas impunemente 
por delante de la portera. Fintas. Preparadita se llevaba la cena, a Gargan. El sabio, su 
maestro, afiadia unas lineas al libro de experimentos, timidamente, como una duda, con 



vistas a una proxima comunicacion totalmente ociosa, pero justificativa de su presencia 
en el Instituto y de las escasas ventajas que entrafiaba, incordio que tendria que 
decidirse, de todos modos, a acometer en breve ante alguna Academia infinitamente 
imparcial y desinteresada. 

El sabio autentico tarda veinte buenos afios, por termino medio, en realizar el gran 
descubrimiento, el que consiste en convencerse de que el delirio de unos no hace, ni 
mucho menos, la felicidad de los otros y de que a cada cual, aqui abajo, incomodan las 
manias del vecino. 

El delirio cientifico, mas razonado y frio que los otros, es al mismo tiempo el menos 
tolerable de todos. Pero cuando has conseguido algunas facilidades para subsistir, 
aunque sea miserablemente, en determinado lugar, con ayuda de ciertos paripes, no te 
queda mas remedio que perseverar o resignarte a cascar como un cobaya. Las 
costumbres se adquieren mas rapido que el valor y sobre todo la de jalar. 

Conque iba yo buscando a mi Parapine por el Instituto, ya que habia acudido a 
proposito desde Rancy para verlo. Debia, pues, perseverar en mi busqueda. No era facil. 
Tuve que volver a empezar varias veces, vacilando largo rato entre tantos pasillos y 
puertas. 

No almorzaba, aquel solteron, y solo cenaba dos o tres veces por semana como 
maximo, pero entonces con avaricia, con el frenesi de los estudiantes rusos, todas cuyas 
caprichosas costumbres conservaba. 

Tenia fama, aquel Parapine, en su medio especializado, de la mas alta competencia. 
Todo lo relativo a las enfermedades tifoideas le era familiar, tanto las animales como las 
humanas. Su fama databa de veinte afios antes, de la epoca en que ciertos autores 
alemanes afirmaron un buen dia haber aislado vibriones de Eberth en el exudado va- 
ginal de una nifia de dieciocho meses. Se armo un gran alboroto en el dominio de la 
verdad. Parapine, encantado, respondio sin demora en nombre del Instituto Nacional y 
supero a la primera a aquel teuton farolero cultivando, por su parte, el mismo germen 
pero en estado puro y en el esperma de un invalido de setenta y dos afios. Se hizo 
celebre al instante, con lo que ya le bastaba, hasta su muerte, con emborronar 
regularmente algunas columnas ilegibles en diversas publicaciones especializadas para 
mantenerse en candelero. Cosa que hizo sin dificultad, por lo demas, desde aquel dia de 
audacia y fortuna. 

Ahora el publico cientifico serio le daba credito y confianza. Eso dispensaba al 
publico serio de leerlo. 

Si se pusiera a criticar, dicho publico, no habria progreso posible. Se perderia un afio 
con cada pagina. 

Cuando llegue ante la puerta de su celda, Serge Parapine estaba escupiendo a los 
cuatro angulos del laboratorio con una saliva incesante y una mueca tan asqueada, que 
daba que pensar. Se afeitaba de vez en cuando, Parapine, pero, aun asi, conservaba en 
las mejillas bastantes pelos como para tener aspecto de evadido. Tiritaba sin cesar o, al 
menos, eso parecia, pese a no quitarse nunca el abrigo, bien surtido de manchas y sobre 
todo de caspa, que dispersaba despues con toquecitos de las unas en derredor, al tiempo 
que el mechon, siempre oscilante, le caia sobre la nariz, verde y rosa. 

Durante mi periodo de practicas en la Facultad, Parapine me habia dado algunas 
lecciones de microscopio y pruebas en diversas ocasiones de autentica benevolencia. Yo 
esperaba que, desde aquella epoca tan lejana, no me hubiera olvidado del todo y 
estuviera en condiciones de darme tal vez un consejo terapeutico de primerisimo orden 
para el caso de Bebert, que me obsesionaba de verdad. 

Estaba claro, salvar a Bebert era mucho mas importante para mi que impedir la 
muerte de un adulto. Nunca acaba de desagradarte del todo que un adulto se vaya, 



siempre es un cabron menos sobre la tierra, te dices, mientras que en el caso de un nifio 
no estas, ni mucho menos, tan seguro. Esta el futuro por delante. 

Enterado Parapine de mis dificultades, se mostro deseoso de ayudarme y orientar mi 
terapeutica peligrosa, solo que el habia aprendido, en veinte afios, tantas y tan diversas 
cosas, y con demasiada frecuencia tan contradictorias, sobre la tifoidea, que habia 
llegado a serle muy dificil ahora y, como quien dice, imposible formular, en relacion 
con esa afeccion tan corriente y su tratamiento, la menor opinion concreta o categorica. 

«Ante todo, ^cree usted, querido colega, en los sueros? -empezo preguntandome-. 
^Eh? <<,Que me dice usted?... Y las vacunas, ^que?... En una palabra, ^cual es su impre- 
sion?... Inteligencias preclaras ya no quieren ni oir hablar en la actualidad de las 
vacunas... Es audaz, colega, desde luego... Tambien a mi me lo parece... Pero en fin... 
^Eh? ^De todos modos? ^No le parece que algo de cierto hay en ese negativismo?... 
^Que opina usted?» 

Las frases salian de su boca a saltos terribles entre avalanchas de erres enormes. 

Mientras se debatia, como un leon, entre otras hipotesis furiosas y desesperadas, 
Jaunisset, que aun vivia en aquella epoca, el grande e ilustre secretario, rue a pasar justo 
bajo nuestras ventanas, puntual y altanero. 

Al verlo, Parapine palidecio aun mas, de ser posible, y cambio, nervioso, de 
conversacion, impaciente por manifestarme al instante el asco que le provocaba la 
simple vision cotidiana de aquel Jaunisset, gloria universal, por cierto. Me lo califico, al 
famoso Jaunisset, en un instante de falsario, maniaco de la especie mas temible, y le 
atribuyo, ademas, mas crimenes monstruosos, ineditos y secretos que los necesarios 
para poblar un presidio entero durante un siglo. 

Y yo ya no podia impedir que me diera, Parapine, cien mil detalles odiosos sobre el 
grotesco oficio de investigador, al que se veia obligado a atenerse, para poder jalar, odio 
mas preciso, mas cientifico, la verdad, que los emanados por los otros hombres 
colocados en condiciones semej antes en oficinas o almacenes. 

Emitia aquellas opiniones en voz muy alta y a mi me asombraba su franqueza. Su 
ayudante de laboratorio nos escuchaba. Habia terminado, tambien el, su cocinilla y se 
ajetreaba, por cubrir el expediente, entre estufas y probetas, pero estaba tan 
acostumbrado, el ayudante, a oir a Parapine con sus maldiciones, por asi decir, 
cotidianas, que ahora esas palabras, por exorbitantes que fueran, le parecian 
absolutamente academicas e insignificantes. Ciertos modestos experimentos personales 
que llevaba a cabo con mucha seriedad, el ayudante, en una de las estufas del 
laboratorio, le parecian, contrariamente a lo que contaba Parapine, prodigiosos y 
deliciosamente instructivos. Los furores de Parapine no conseguian distraerlo. Antes de 
irse, cerraba la puerta de la estufa sobre sus microbios personales, como sobre un 
tabernaculo, tierna, escrupulosamente. 

«^Ha visto usted a mi ayudante, colega? ^Ha visto usted a ese viejo y cretino 
ayudante? -dijo Parapine, sobre el, en cuanto hubo salido-. Bueno, pues, pronto hara 
treinta afios que no oye hablar a su alrededor, mientras barre mis basuras, sino de 
ciencia y de lo Undo y sinceramente, la verdad... y, sin embargo, lejos de estar asqueado, 
jel es ahora el unico que ha acabado creyendo en ella aqui mismo! A fuerza de manosear 
mis cultivos, jle parecen maravillosos! Se re lame... jLa mas insignificante de mis 
chorradas lo embriaga! Por lo demas, ^no ocurre asi en todas las religiones? ^Acaso no 
hace siglos que el sacerdote piensa en cualquier otra cosa menos en Dios, mientras que 
su varaplata aun cree en el?... ^Y a pie juntillas? jEs como para vomitar, la verdad!... 
iPues no llega este bruto hasta el ridiculo extremo de copiar al gran Bioduret Joseph en 
el traje y la perilla! ^Se ha fijado usted?... Aproposito, le dire, en confianza, que el gran 
Bioduret no diferia de mi ayudante sino por su reputacion mundial y la intensidad de sus 



caprichos... Con su mania de aclarar perfectamente las botellas y vigilar desde una 
proximidad increible el nacimiento de las polillas, siempre me parecio monstruosamente 
vulgar, a mi, ese inmenso genio experimental... Quitele al gran Bioduret su prodigiosa 
mezquindad domestica y digame, haga el favor, que queda de admirable. <<,Que? Una 
figura hostil de portero quisquilloso y malevolo. Y se acabo. Ademas, lo demostro de 
sobra en la Academia, lo cerdo que era, durante los veinte afios que paso en ella, 
detestado por casi todo el mundo; tuvo encontronazos con casi todos y la tira de veces... 
Era un megalomano ingenioso... Y se acabo. » 

Parapine se disponia a su vez, con calma, a marcharse. Lo ayude a pasarse una 
especie de bufanda en torno al cuello y encima de la caspa de siempre una especie de 
mantilla tambien. Entonces se acordo de que yo habia ido a verlo a proposito de algo 
concreto y urgente. «Es verdad -dijo- que estaba aburriendolo con mis asuntillos y me 
olvidaba de su enfermo. jPerdoneme y volvamos rapido a su tema! Pero, ^,que decirle, a 
fin de cuentas, que no sepa usted ya? Entre tantas teorias vacilantes, experiencias 
indiscutibles, jlo racional seria, en el fondo, no elegir! Conque haga lo que pueda, 
iande, colega! Ya que debe usted hacer algo, jhaga lo que pueda! Por cierto que a mi, 
puedo asegurarselo confidencialmente, jesa afeccion tifica ha llegado a asquearme hasta 
grados indecibles! jlnimaginables incluso! Cuando yo la aborde en mi juventud, la 
tifoidea, tan solo eramos unos pocos los que investigabamos ese terreno, es decir, que 
sabiamos exactamente cuantos eramos y podiamos realzarnos mutuamente... Mientras 
que ahora, ^que decirle? jLlegan de Laponia, amigo! jde Peru! jCada dia mas! jLlegan 
de todas partes especialistas! jLos fabrican en serie en Japon! En el plazo de unos afios 
he visto el mundo inundado con un autentico diluvio de publicaciones universales y 
descabelladas sobre ese mismo tema tan machacado. Me resigno, para conservar mi 
plaza y defenderla, desde luego, bien que mal, a producir y reproducir mi articulito, 
siempre el mismo, de un congreso a otro, de una revista a otra, al que me limito a 
aportar, hacia el final de cada temporada, algunas modificaciones sutiles y anodinas, del 
todo accesorias... Pero, aun asi, creame, colega, la tifoidea, en nuestros dias, es algo tan 
trillado como la mandolina o el banjo. jEs como para morirse, ya digo! Cada cual quiere 
tocar una tonadilla a su manera. No, prefiero confesarselo, no me siento con fuerzas 
para preocuparme mas; lo que busco para acabar mi existencia es un rinconcito de 
investigaciones muy tranquilas, con las que no me granjee ni enemigos ni discipulos, 
sino esa mediocre notoriedad sin envidias con la que me contento y que tanto necesito. 
Entre otras paparruchas, se me ha ocurrido el estudio de la influencia comparativa de la 
calefaccion central en las hemorroides de los paises septentrionales y meridionales. 
^Que le parece? ^Higiene? ^Regimen? Estan de moda, esos cuentos, ^verdad? 
Semejante estudio, convenientemente encarrilado y prolongado lo suyo, me valdra el 
favor de la Academia, no me cabe duda, que cuenta con una mayoria de vejestorios, a 
quienes esos problemas de calefaccion y hemorroides no pueden dejar indiferentes. 
iFijese lo que han hecho por el cancer, que tan de cerca los afecta!... ^Que despues la 
Academia me honra con uno de sus premios sobre higiene? ^Que se yo? ^Diez mil 
francos? ^Eh? Pues tendre para pagarme un viaje a Venecia... En mi juventud fui con 
frecuencia a Venecia, mi joven amigo... jPues si! Se muere de hambre alii igual que en 
otros sitios... Pero se respira alii un olor a muerte suntuoso, que no es facil de olvidar 
despues... » 

En la calle, tuvimos que volver, veloces, sobre nuestros pasos para buscar sus 
chanclos, que habia olvidado. Con eso nos retrasamos. Y despues nos apresuramos hacia 
un sitio, no me dijo cual. 

Por la larga Rue de Vaugirard, salpicada de legumbres y estorbos, llegamos a la 
entrada de una plaza rodeada de castanos y agentes de policia. Nos colamos hasta la sala 



trasera de un pequefio cafe, donde Parapine se aposto detras de un cristal, protegido por 
un visillo. 

«jDemasiado tarde! -dijo, despechado. jYa han salido!» 

«^,Quienes?» 

«Las alumnitas del instituto... Mire, hay algunas encantadoras... Me conozco sus 
piernas de memoria. No puedo imaginar nada mejor para acabar el dia... jVamonos! 
Otro dia sera...» 

Y nos separamos muy amigos. 



Habria preferido no tener que volver nunca a Rancy. Desde aquella misma manana 
que me habia marchado de alii, casi habia olvidado mis preocupaciones habituales; 
estaban aun tan incrustadas en Rancy, que no me seguian. Se habrian muerto alii, tal 
vez, mis preocupaciones, de abandono, como Bebert, si yo no hubiese regresado. Eran 
preocupaciones de suburbio. Sin embargo, por la Rue Bonaparte, me volvio la reflexion, 
la triste. Y, sin embargo, es una calle como para dar placer, mas bien, al transeunte. 
Pocas hay tan acogedoras y agradables. Pero, al acercarme al rio, me iba entrando 
miedo, de todos modos. Empece a dar vueltas. No conseguia decidirme a cruzar el Sena. 
iTodo el mundo no es Cesar! Al otro lado, en la otra orilla, comenzaban mis penas. 
Decidi esperar asi, a la orilla izquierda, hasta la noche. En ultimo caso, unas horas de sol 
ganadas, me decia. 

El agua venia a chapotear junto a los Pescadores y me sente a ver lo que hacian. La 
verdad es que no tenia ninguna prisa yo tampoco, tan poca como ellos. Me parecia 
haber llegado al momento, a la edad tal vez, en que sabes perfectamente lo que pierdes 
cada hora que pasa. Pero aun no has adquirido la sabiduria necesaria para pararte en 
seco en el camino del tiempo, pero es que, si te detuvieras, no sabrias que hacer 
tampoco, sin esa locura por avanzar que te embarga y que admiras durante toda la ju- 
ventud. Ya te sientes menos orgulloso, de tu juventud, aun no te atreves a reconocerlo en 
publico, que acaso no sea sino eso, tu juventud, el entusiasmo por envejecer. 

Descubres en tu ridiculo pasado tanta ridiculez, engafio y credulidad, que desearias 
acaso dejar de ser joven al instante, esperar a que se aparte, la juventud, esperar a que te 
adelante, verla irse, alejarse, contemplar toda tu vanidad, llevarte la mano a tu vacio, 
verla pasar de nuevo ante ti, y despues marcharte tu, estar seguro de que se ha ido de 
una vez, tu juventud, y, tranquilo entonces, por tu parte, volver a pasar muy despacio al 
otro lado del Tiempo para ver, de verdad, como son la gente y las cosas. 

A la orilla del rio, los Pescadores no se estrenaban. Ni siquiera parecia importarles 
demasiado pescar o no. Los peces debian de conocerlos. Se quedaban alii, todos, ha- 
ciendo como que pescaban. Los ultimos rayos de sol, deliciosos, mantenian aun un poco 
de calorcito a nuestro alrededor y hacian saltar sobre el agua pequefios reflejos 
entreverados de azul y oro. Viento llegaba muy fresco de enfrente por entre los altos 
arboles, muy sonriente, el viento, asomandose por entre mil hojas, en rafagas suaves. Se 
estaba bien. Dos buenas horas permanecimos asi, sin pescar nada, sin hacer nada. Y 
despues el Sena se obscurecio y la esquina del puente se puso roja con el crepusculo. El 
mundo, al pasar por el muelle, nos habia olvidado alii, entre la orilla y el agua. 

La noche salio de debajo de los arcos, subio a lo largo del Castillo, tomo la fachada, 
las ventanas, una tras otra, que flameaban ante la sombra. Y despues se apagaron 
tambien, las ventanas. 

Ya solo quedaba marcharse una vez mas. 

Los libreros de lance de las orillas del rio estaban cerrando sus cajas. «^Vienes?», fue 
y grito la mujer, por encima del pretil a su marido, a mi lado, quien, por su parte, 
cerraba sus instrumentos y la silla de tijera y los gusanos. Refunfuno y todos los demas 
Pescadores refunfunaron tras el y volvimos a subir, yo tambien, arriba, refunfufiando 
hacia donde pasaba la gente. Hable a su mujer, solo para decirle algo amable, antes de 
que cayese la noche por todas partes. Al instante, quiso venderme un libro. Era uno que 
habia olvidado meter en la caja, segun decia. «Conque se lo daria mas barato, 



regalado...», afiadio. Un «Montaigne» viejo, uno de verdad, solo por un franco. No tuve 
inconveniente en dar gusto a aquella mujer por tan poco dinero. Me lo quede, su «Mon- 
taigne». 

Bajo el puente, el agua se habia vuelto muy espesa. Yo ya no tenia el menor deseo de 
avanzar. En los bulevares, me tome un cafe con leche y abri aquel libro que me habia 
vendido. Al abrirlo, me encontre con una carta que escribia a su mujer, el Montaigne, 
precisamente con motivo de la muerte de uno de sus hijos. Me intereso de inmediato, 
aquel pasaje, probablemente porque lo relacione al instante con Bebert. «;Ahi -iba y le 
decia el Montaigne, mas o menos asi, a su esposa-: No te preocupes, \anda, querida 
esposal ' jTienes que consolartel... jTodo se arreglardl... Todo se arregla en la vida... Por 
cierto, que -le decia tambien- precisamente ayer encontre entre los papeles viejos de un 
amigo mio una carta que Plutarco envio, tambien el, a su mujer en circunstancias 
identicas a las nuestras... Y como me ha parecido pero que muy bien escrita, su carta, 
querida esposa, \cojo y te la envio!... jEs una carta hermosa! Ademds, no quiero 
privarte de ella por mas tiempo, \ya verds tu como te cur a la penal... jMi querida 
esposa! / Te la envio, esa hermosa carta! Es una carta, pero, jlo que se dice una carta, 
esa de Plutarco!... jEso desde luego! jVas a ver tu como te va a interesar!... / Ya lo 
creo! jNo dejes de consultarla enterita, querida esposa! jLeela bien! Ensehasela a los 
amigos. / Yvuelve a leerla! jAhora me siento del todo tranquilo! jEstoy seguro de que 
te va a devolver el aplomo!... Tu amante esposo. Michel. » Eso es, me dije, lo que se 
llama un trabajo de primera. Su mujer debia de estar orgullosa de tener un marido como 
su Michel, que no se preocupaba. En fin, era asunto de aquella gente. Tal vez nos 
equivoquemos siempre, a la hora de juzgar el corazon de los demas. ^Acaso no sentian 
pena de verdad? ^Pena de la epoca? 

Pero, en lo relativo a Bebert, habia sido un dia como para cortarsela. No tenia potra 
yo con Bebert, vivo o muerto. Me parecia que no habia nada para el en la Tierra, ni 
siquiera en Montaigne. Tal vez sea igual para todo el mundo, por lo demas; en cuanto 
insistes un poco, el vacio. El caso es que yo habia salido de Rancy por la mahana y tenia 
que volver y regresaba con las manos vacias. Nada absolutamente traia para ofrecerle, 
ni a la tia tampoco. 

Una vueltecita por la Place Blanche antes de regresar. 

Vi gente por toda la Rue Lepic, aun mas que de costumbre. Conque subi yo tambien, 
a ver. Delante de una carniceria, habia una multitud. Habia que apretujarse para ver lo 
que pasaba, en circulo. Un cerdo era, uno gordo, enorme. Gemia tambien el, en medio 
del circulo, como un hombre molestado, pero es que con ganas. Y, ademas, es que no 
paraban de hacerle de rabiar. La gente le retorcia las orejas, para oirlo gritar. Culebreaba 
y se ponia patas arriba, el cerdo, a fuerza de intentar escapar tirando de la cuerda, otros 
lo chinchaban y lanzaba alaridos aun mas fuertes de dolor. Y se reian aun mas. 

No sabia como esconderse, el grueso cerdo, en la poca paja que le habian dejado y 
que se volaba, cuando grunia y resoplaba. No sabia como escapar de los hombres. Lo 
comprendia. Orinaba, al mismo tiempo, todo lo que podia, pero eso no servia de nada 
tampoco. Grufiir, aullar tampoco. No habia nada que hacer. Se reian. El chacinero, 
dentro de su tienda, intercambiaba senas y bromas con los clientes y hacia gestos con un 
gran cuchillo. 

Estaba contento el tambien. Habia comprado el cerdo y lo habia atado para hacer 
propaganda. En la boda de su hija no se divertiria tanto. 

Seguia llegando y llegando gente ante la tienda para ver desplomarse el cerdo, con 
sus gruesos pliegues rosados, tras cada esfuerzo por escapar. Sin embargo, no era 
bastante aun. Hicieron que se le subiese encima un perrito arisco, al que azuzaban para 
que saltara y lo mordiese hasta en la carne, dilatada por la gordura. Entonces se di- 



vertian tanto, que ya no se podia avanzar. Vino la policia para dispersar los grupos. 

Cuando llegas a esas horas a lo alto del puente de Caulaincourt, distingues, mas alia 
del gran lago de noche que hay sobre el cementerio, las primeras luces de Rancy. Esta 
en la otra orilla, Rancy Hay que dar toda la vuelta para llegar. jEsta tan lejos! Tanto 
tiempo hay que andar y tantos pasos que dar en torno al cementerio para llegar a las 
fortificaciones, que parece como si dieras la vuelta a la noche misma. 

Y despues, tras llegar a la puerta, en la oficina de arbitrios, pasas aun ante la oficina 
enmohecida en que vegeta el chupatintas verde. Entonces ya falta muy poco. Los perros 
de la zona estan en su puesto, ladrando. Bajo un farol de gas, hay flores, a pesar de todo, 
las de la vendedora que espera siempre ahi, a los muertos que pasan dia tras dia, hora 
tras hora. El cementerio, otro, al lado, y despues el Boulevard de la Revoke. Sube con 
todos sus faroles derecho y ancho hasta el centra de la noche. Basta con seguir, a la 
izquierda. Esa era mi calle. No habia nadie, la verdad, con quien encontrarse. Aun asi, 
me habria gustado estar en otra parte y lejos. Tambien me habria gustado ir en zapatillas 
para que no me oyeran volver a casa. 

Y, sin embargo, nada tenia que ver, yo, con que Bebert empeorara. Habia hecho todo 
lo posible. No tenia nada que reprocharme. No era culpa mia que no se pudiese hacer 
nada en casos asi. Llegue hasta delante de su puerta y, me parecio, sin que me vieran. Y 
despues, tras haber subido, mire, sin abrir las persianas, por las rendijas para ver si aun 
habia gente hablando ante la casa de Bebert. Salian aun algunos visitantes de la casa, 
pero no tenian el mismo aspecto que el dia anterior, los visitantes. Una asistenta del 
barrio, a la que yo conocia bien, lloriqueaba al salir. «Esta visto que esta aun peor -me 
decia yo-. En cualquier caso, seguro que no va mejor... ^Se habra muerto ya? -me decia 
yo-. iPuesto que hay una que Hora ya!...» El dia habia acabado. 

Me preguntaba, de todos modos, si no tenia yo nada que ver con aquello. Mi casa 
estaba fria y silenciosa. Como una pequena noche en un rincon de la grande, a proposito 
para mi solito. 

De vez en cuando llegaban ruidos de pasos y el eco entraba cada vez mas fuerte en 
mi habitacion, zumbaba, se extinguia... Silencio. Volvi a mirar si pasaba algo fuera, 
enfrente. Solo en mi pasaba, siempre haciendome la misma pregunta. 

Acabe quedandome dormido con la pregunta, en mi noche propia, aquel ataud, de tan 
cansado que estaba de andar y no encontrar nada. 



Mas vale no hacerse ilusiones, la gente nada tiene que decirse, solo se hablan de sus 
propias penas, esta claro. Cada cual a lo suyo, la tierra para todos. Intentan deshacerse 
de su pena y pasarsela al otro, en el momento del amor, pero no da resultado y, por 
mucho que hagan, la conservan entera, su pena, y vuelven a empezar, intentan otra vez 
endosarsela a alguien. «Es usted muy guapa, sefiorita», van y dicen. Y reanudan la vida, 
hasta la proxima vez, en que volveran a probar el mismo miquillo. «jEs usted 
guapisima, senorita!...» 

Y despues venga jactarte, entretanto, de haberte librado de tu pena, pero todo el 
mundo sabe, verdad, que no es cierto y que te la has guardado pura y simplemente para 
ti solito. Como te vuelves cada vez mas feo y repugnante con ese juego, al envejecer, ya 
ni siquiera puedes disimularla, tu pena, tu fracaso, acabas con la cara cubierta de esa fea 
mueca que tarda veinte, treinta afios y mas en subir, por fin, del vientre al rostro. Para 
eso sirve, y para eso solo, un hombre, una mueca, que tarda toda una vida en fabricarse 
y ni siquiera llega siempre a terminarla, de tan pesada y complicada que es, la mueca 
que habria de poner para expresar toda su alma de verdad sin perderse nada. 

La mia estaba precisamente perfilandomela bien, con facturas que no lograba pagar, 
poco elevadas, sin embargo, el alquiler imposible, el abrigo demasiado fino para la 
temporada y el frutero que se reia por la comisura de los labios al verme contar el 
dinero, vacilar ante el queso, enrojecer en el momento en que las uvas empezaban a cos- 
tar caras. Y tambien por los enfermos, que nunca estaban contentos. Tampoco el golpe 
de la muerte de Bebert me habia beneficiado, en el barrio. Sin embargo, la tia no estaba 
resentida conmigo. No se podia decir que se hubiera portado mal, la tia, en aquella 
circunstancia, no. Mas bien por el lado de los Henrouille, en su hotelito, empece a 
cosechar de repente la tira de problemas y a concebir temores. 

Un dia, la vieja Henrouille, sin mas ni mas, salio de su cuarto, dejo a su hijo, a su 
nuera, y se decidio a venir ella sola a visitarme. No era mala idea. Y despues volvio a 
menudo para preguntarme si de verdad creia yo que estaba loca. Era como una 
distraccion para aquella vieja, venir a proposito a preguntarme eso. Me esperaba en el 
cuarto que me servia de sala de espera. Tres sillas y un velador. 

Y cuando volvi a casa aquella noche, me la encontre en la sala de espera consolando 
a la tia de Bebert, contandole todo lo que habia perdido ella, la vieja Henrouille, en 
punto a parientes por el camino, antes de llegar a su edad, sobrinas por docenas, tios por 
aqui, por alia, un padre muy lejos, alii, a mitad del siglo pasado, y mas tias y, ademas, 
sus propias hijas, desaparecidas, esas, casi por todas partes, que ya no sabia muy bien ni 
donde ni como, tan desdibujadas, tan vagarosas, sus propias hijas, que casi se veia 
obligada a imaginarlas ahora y con mucho esfuerzo aun, cuando queria hablar de ellas a 
los demas. Ya no eran del todo recuerdos siquiera, sus propios hijos. Arrastraba toda una 
tribu de defunciones antiguas y humildes en torno a sus viejos flancos, sombras mudas 
desde hacia mucho, penas imperceptibles que, de todos modos, intentaba aun remover 
un poco, con mucha dificultad, para consuelo, cuando yo llegue, de la tia de Bebert. 

Y despues vino a verme Robinson, a su vez. Le presente a todos. Amigos. 

Fue incluso aquel dia, lo recorde mas adelante, cuando adquirio la costumbre 
Robinson de encontrarse en mi sala de espera con la vieja Henrouille. Se hablaban. El 
dia siguiente era el entierro de Bebert. «^Ira usted? -preguntaba la tia a todos los que 
encontraba-. Me alegraria mucho que fuera usted... » 



«Ya lo creo que ire -respondio la vieja-. Da gusto en esos momentos tener gente, 
alrededor.» Ya no se la podia retener en su cuchitril. Se habia vuelto una pindonga. 

«jAh, entonces muy bien, si viene usted! -le daba las gracias la tia-. Y usted, senor, 
^vendra tambien?», pregunto a Robinson. 

«A mi los entierros me dan miedo, sefiora, no me lo tome en cuenta», respondio el 
para escabullirse. 

Y despues cada uno de ellos hablo aun lo suyo, solo de sus asuntos, casi con 
violencia, incluso la muy vieja Henrouille, que se metio en la conversacion. Demasiado 
alto hablaban todos, como en el manicomio. 

Entonces fui a buscar a la vieja para llevarla al cuarto contiguo, donde pasaba 
consulta. 

No tenia gran cosa que decirle. Era ella mas bien la que me preguntaba cosas. Le 
prometi que no insistiria con lo del certificado. Volvimos a la otra habitacion a sentarnos 
con Robinson y la tia y discutimos todos durante una buena hora el infortunado caso de 
Bebert. Todo el mundo era de la misma opinion, no habia duda, en el barrio: que si yo 
me habia esforzado por salvar al pequeno Bebert, que si solo era una fatalidad, que si 
me habia portado bien, en una palabra, lo que era casi una sorpresa para todo el mundo. 
La vieja Henrouille, cuando le dijeron la edad del nino, siete afios, parecio sentirse 
mejor y como tranquilizada. La muerte de un nino tan pequeno le parecia solo un 
autentico accidente, no una muerte normal y que pudiera hacerla reflexionar, a ella. 

Robinson se puso a contarnos una vez mas que los acidos le quemaban el estomago y 
los pulmones, lo asfixiaban y le hacian escupir muy negro. Pero la vieja Henrouille, por 
su parte, no escupia, no trabajaba en los acidos, conque lo que Robinson contaba sobre 
ese tema no podia interesarle. Habia venido solo para saber bien a que atenerse respecto 
a mi. Me miraba por el rabillo del ojo, mientras yo hablaba, con sus pequenas pupilas 
agiles y azuladas y Robinson no perdia ripio de toda aquella inquietud latente entre 
nosotros. Estaba obscura mi sala de espera, la alta casa de la otra acera palidecia 
enteramente antes de ceder ante la noche. Despues, solo se oyeron nuestras voces y todo 
lo que siempre parecen ir a decir, las voces, y nunca dicen. 

Cuando me quede solo con el, intente hacerle comprender que no queria volver a 
verlo en absolute, a Robinson, pero, aun asi, volvio hacia fines de mes y despues casi 
todas las tardes. Es cierto que no se encontraba nada bien del pecho. 

«E1 Sr. Robinson ha vuelto a preguntar por usted... -me recordaba mi portera, que se 
interesaba por el-. No saldra de esta, ^verdad?... -anadia-. Seguia tosiendo, cuando ha 
venido. ..» Sabia muy bien que me irritaba que me hablara de eso. 

Es cierto que tosia. «No hay manera -predecia el mismo-, no voy a levantar cabeza 
nunca... » 

«jEspera al verano proximo! jUn poco de paciencia! Ya veras... Se ira solo...» 

En fin, lo que se dice en esos casos. Yo no podia curarlo, mientras trabajara con los 
acidos... Aun asi, intentaba reanimarlo. 

«^Que me voy a curar solo? -respondia-. jMe tienes contento!... Como si fuera facil 
respirar como yo respiro... A ti me gustaria verte con algo asi en el pecho... Te desinflas 
con una cosa como la que yo tengo en el pecho... Conque ya lo sabes...» 

«Estas deprimido, estas pasando por un mal momento, pero cuando te encuentres 
mejor... Aunque solo sea un poco, veras. ..» 

«^Un poco mejor? jAl hoyo voy a ir un poco mejor! jMejor me habria ido, sobre 
todo, quedandome en la guerra! jEso desde luego! A ti si que te va bien, desde que has 
vuelto... [No puedes quejarte!» 

Los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no hay 
quien los saque de ahi. Con eso ocupan el alma. Se vengan de la injusticia de su pre- 



sente trabajandose en lo mas hondo de su interior con mierda. Justos y cobardes son, en 
lo mas hondo. Es su naturaleza. 

Yo ya no le respondia nada. Conque se cabreaba conmigo. 

«jYa ves que tu tambien eres de la misma opinion!)) 

Para estar tranquilo, iba a buscarle un jarabe contra la tos. Es que sus vecinos se 
quejaban de que no paraba de toser y no podian dormir. Mientras le llenaba la botella, se 
preguntaba aun donde habia podido pescarla, aquella tos invencible. Me pedia tambien 
que le pusiera inyecciones: con sales de oro. 

«Si la palmo con las inyecciones, pues mira, jno habre perdido nada!» 

Pero yo me negaba, por supuesto, a emprender una terapeutica heroica cualquiera. 
Queria, ante todo, que se fuese. 

Yo habia perdido los animos solo de verlo andar por la casa. Esfuerzos indecibles me 
costaba ya no abandonarme a mi propia miseria, no ceder al deseo de cerrar la puerta 
una vez por todas y veinte veces al dia me repetia: 

«^Para que?» Conque escuchar encima sus jeremiadas era demasiado, la verdad. 

«jNo tienes valor, Robinson! -acababa diciendole-. Deberias casarte, tal vez 
recuperarias el gusto por la vida...» 

Si hubiera tornado esposa, me habria dejado en paz un poco. Al oir eso, se iba muy 
ofendido. No le gustaban mis consejos, sobre todo esos. Ni siquiera me respondia sobre 
esa cuestion del matrimonio. Era, tambien es verdad, un consejo muy tonto, el que yo le 
daba. 

Un domingo, en que yo no estaba de servicio, salimos juntos. En la esquina del 
Boulevard Magnanime, fuimos a la terraza a tomar un casis y un refresco. No hablaba- 
mos demasiado, ya no teniamos gran cosa que decirnos. En primer lugar, ^de que sirven 
las palabras, cuando ya sabes a que atenerte? Para refiir y se acabo. No pasan muchos 
autobuses los domingos. Desde la terraza es casi un placer ver el bulevar tan limpio, tan 
descansado tambien, delante. Oiamos el gramofono de la tasca detras. 

«£Oyes? -va y me dice Robinson-. Toca canciones de America, ese gramofono; las 
reconozco, esas canciones, son las mismas que oiamos en Detroit, en casa de Molly. .» 

Durante los dos anos que habia pasado alii, no se habia enterado apenas de la vida de 
los americanos; ahora, que le habia gustado, de todos modos, su musica, con la que 
intentan evadirse, tambien ellos, de su terrible rutina y del pesar aplastante de hacer 
todos los dias la misma cosa y gracias a la cual se contonean con la vida, que no tiene 
sentido, un poco, mientras suena. Osos, aqui, alia. 

No se acababa su bebida, de tanto pensar en todo aquello. Un poco de polvo se 
elevaba por todos lados. En torno a los platanos, corretean los nifios, embadurnados y 
ventrudos, atraidos, tambien ellos, por el disco. Nadie se resiste, en el fondo, a la 
musica. No tiene uno nada que hacer con su corazon, lo entrega con gusto. Hay que oir 
en el fondo de todas las musicas la tonada sin notas, compuesta para nosotros, la 
melodia de la Muerte. 

Algunas tiendas abren tambien el domingo por cabezoneria: la vendedora de 
zapatillas sale y pasea, parloteando, de un escaparate vecino a otro, sus kilos de varices 
en las piernas. 

En el quiosco, los periodicos de la manana cuelgan deformados y un poco amarillos 
ya, formidable alcachofa de noticias ya casi rancia. Un perro se mea, rapido, encima; la 
vendedora dormita. 

Un autobus vacio corre hacia su cochera. Las ideas tambien acaban teniendo su 
domingo, te sientes mas afortunado aun que de costumbre. Estas ahi, vacio. Dan ganas 
de charlar. Estas contento. No tienes nada de que hablar, porque en el fondo no te 
sucede nada, eres demasiado pobre. ^Habras asqueado a la existencia? Seria normal. 



«^No se te ocurre algo, a ti, que pudiera yo hacer, para dejar mi oficio, que me esta 
matando?» 

Salia de su reflexion. 

«Me gustaria dejarlo, ^comprendes? Estoy harto de matarme a currelar como un 
mulo... Quiero ir a pasearme, yo tambien... ^No conoceras a alguien que necesite a un 
chofer, por casualidad?... Conoces la tira de gente, tu.» 

Eran ideas de domingo, ideas de caballero, las que se le ocurrian. Yo no me atrevia a 
disuadirlo, a insinuarle que con una cara de asesino boqueras como la suya nadie le 
confiaria nunca su automovil, que siempre conservaria su pinta extrafia, con o sin librea. 

«La verdad es que no me das muchos animos. Entonces, segun tu, ^no voy a librarme 
nunca?... O sea, ^que no vale la pena siquiera que lo intente?... En America no corria 
demasiado, me decias... En Africa, el calor me mataba... Aqui, no soy bastante 
inteligente... El caso es que en todas partes algo me sobra o me falta... Pero todo eso, ya 
lo veo, ison cuentos! jAh, si tuviera pasta!... Todo el mundo me consideraria muy 
simpatico aqui... alia... Y en todas partes... En America incluso... ^Acaso no es verdad lo 
que digo? ^Y tu?... Lo que nos haria falta es ser propietarios de una casita de pisos con 
seis inquilinos que pagaran puntuales...» 

«Eso si que es verdad», respondi. 

No salia de su asombro por haber llegado a esa importante conclusion el solo. 
Conque me echo una mirada rara, como si de repente descubriera en mi un aspecto in- 
solito de desgraciado. 

«La verdad es que tu, cuando lo pienso, eres capitan general. Vendes tus trolas a los 
que estan cascando y todo lo demas te la trae floja... Nadie te controla, nada... Llegas y 
te marchas cuando quieres; en una palabra, tienes libertad... Pareces amable, pero, 
imenudo cabron estas hecho tu, en el fondo!...» 

«jEres injusto, Robinson! » 

«Oye, buscame algo, janda!» 

Estaba decidido a dejar para otros su trabajo con los acidos... 

Nos marchamos por las callejuelas laterales. Al atardecer, aun se podria pensar que es 
un pueblo Rancy. Las puertas de los huertos estan entornadas. El gran patio esta vacio. 
La casita del perro, tambien. Una tarde, como esta, hace ya mucho, los campesinos se 
marcharon de su casa, expulsados por la ciudad, que salia de Paris. Ya solo quedan uno 
o dos comercios de aquellos tiempos, invendibles y enmohecidos e invadidos ya por las 
glicinas flaccidas, que cuelgan por las paredes, carmesies de tanto anuncio pegado. La 
rastra colgada entre dos canalones ya no puede herrumbrarse mas. Es un pasado que ya 
nadie toca. Se va solito. Los inquilinos de ahora estan demasiado cansados por la tarde 
como para ponerse a arreglar nada delante de sus casas, cuando regresan. Se limitan a ir 
con sus mujeres a apretujarse en las tascas que quedan y beber. El techo muestra las 
marcas del humo de los quinques colgantes de entonces. Todo el barrio temblequea sin 
quejarse con el continuo runrun de la nueva fabrica. Las tejas musgosas caen rodando 
sobre los salientes adoquines, como solo existen ya en Versalles y en las prisiones 
venerables. 

Robinson me acompano hasta el parquecillo municipal, totalmente rodeado de 
almacenes, adonde van a olvidarse sobre los cespedes tifiosos todos los abandonados de 
los alrededores, entre la bolera para los viejos chochos, la Venus raquitica y el 
monticulo de arena para jugar a hacer pis. Y nos pusimos a hablar otra vez de esto y lo 
otro. 

«Mira, lo que siento es no poder soportar la bebida. -Su obsesion-. Cuando bebo, me 
da un dolor de estomago, que es que me muero. iPeor aun! -Y me demostraba al 
instante, con una serie de eructos, que ni siquiera habia soportado bien la bebida de 



aquella misma tarde-. ^Ves? Asi.» 

Delante de su portal, se despidio de mi. «E1 Castillo de las Corrientes de Aire», como 
el decia. Desaparecio. Yo creia que no iba a volver a verlo por un tiempo. 

Mis negocios parecieron recuperarse un poco y justo aquella misma noche. 

Simplemente, de la casa donde estaba la comisaria me llegaron dos llamadas 
urgentes. El domingo por la noche todos los suspiros, las emociones, las impaciencias se 
desmadran. El amor propio esta de vacaciones y ademas achispado. Tras una Jornada 
entera de libertad alcoholica, los esclavos, mira por donde, se estremecen un poco, 
cuesta trabajo hacerlos comportarse, resoplan, bufan y hacen sonar sus cadenas. 

Tan solo en la casa en la que estaba la comisaria, se desarrollaban dos dramas a la 
vez. En el primero agonizaba un canceroso, mientras que en el tercero habia un aborto y 
la comadrona no conseguia ventilarlo. Daba, aquella matrona, consejos absurdos a todo 
el mundo, al tiempo que enjuagaba toallas y mas toallas. Y despues, entre dos 
inyecciones, se escapaba para ir a pinchar al canceroso de abajo, a diez francos la 
ampolla de aceite de alcanfor; baratito, ^no? Para ella la Jornada no tenia desperdicio. 

Todas las familias de aquella casa habian pasado el domingo en camison y en mangas 
de camisa haciendo frente a los acontecimientos y bien reforzadas, las familias, por 
alimentos salpimentados. Apestaba a ajo y a olores aun mas sabrosos por los pasillos y 
la escalera. Los perros se divertian haciendo cabriolas hasta el sexto. La portera queria 
enterarse de todo. Te la encontrabas por todos lados. Solo bebia bianco, esa, porque el 
tinto prolonga la regla. 

La comadrona, enorme y con bata, ponia en escena los dos dramas, en el primero, en 
el tercero, saltarina, transpirante, arrebatada y vindicativa. Mi llegada la irrito. Ella que 
tenia a su publico bien cogido, la diva. 

En vano me las ingenie para tratarla con tino, para hacerme notar lo menos posible, 
considerar todo bien (cuando, en realidad, no habia hecho, en su mision, sino 
abominables torpezas); mi llegada, mis palabras, la horrorizaban. No habia nada que 
hacer. Una comadrona vigilada es tan amable como un panadizo. Ya no sabes donde 
ponerla para que te perjudique lo menos posible. Las familias desbordaban por el piso, 
desde la cocina hasta los primeros peldanos, mezclandose con los otros parientes de la 
casa. jY menudo si habia parientes! Gordos y flacos aglomerados en racimos 
somnolientos bajo las luces de los quinques colgantes. Pasaba el tiempo y llegaban mas, 
de provincias, donde la gente se acuesta antes que en Paris. Esos ya estaban hartos. 
Todo lo que yo les contaba, a aquellos parientes del drama de abajo como a los del de 
arriba, se lo tomaban a mal. 

La agonia del primer piso duro poco. Tanto mejor y tanto peor. En el preciso 
momento en que le subia el ultimo suspiro, su medico de cabecera, el doctor Omanon, 
subio, mira por donde, como si tal cosa, para ver si habia muerto, su cliente, y me echo 
una bronca el tambien, o casi, porque me encontro a su cabecera. Entonces le explique, 
a Omanon, que estaba de servicio municipal del domingo y que mi presencia era muy 
natural y volvi a subir al tercero con mucha dignidad. 

La mujer de arriba seguia sangrando por el chichi. Poco le faltaba para ponerse a 
morir tambien sin tardanza. Un minuto para ponerle una inyeccion y ahi me teniais otra 
vez, abajo, junto al tipo de Omanon. Todo habia terminado. Omanon acababa de 
marcharse. Pero, de todos modos, se habia quedado con mis veinte francos, el muy 
cabron. Un fracaso. Conque no quise perderme el sitio que habia conseguido en la casa 
del aborto. Asi es que subi a escape. 

Ante la vulva sangrante, explique mas cosas aun a la familia. La comadrona, 
evidentemente, no opinaba como yo. Parecia casi que se ganara su parne 
contradiciendome. Pero yo estaba alii, mala suerte, jalla peliculas si le gustaba o no! jSe 



acabaron las fantasias! jMe iba a ganar por lo menos cien pavos, si sabia montarmelo y 
persistir! Calma de nuevo y ciencia, [que leche! Resistir los asaltos en forma de 
comentarios y preguntas llenas de vino bianco que se cruzan implacables por encima de 
tu cabeza inocente es un currelo que para que, nada comodo. La familia decia lo que 
pensaba entre suspiros y eructos. La comadrona esperaba, por su parte, que yo metiera 
la pata bien, que me largase y le dejase los cien francos. Pero, jya podia esperar sentada, 
la comadrona! Y mi alquiler, ^que? ^Quien lo pagaria? Aquel parto iba de culo desde 
por la mafiana, ya lo creo. Sangraba de lo lindo, ya lo creo tambien, pero no salia, jy 
habia que saber aguantar! 

Ahora que el otro canceroso habia muerto abajo, su publico de agonia subia, furtivo, 
aqui. Puestos a pasar la noche en bianco, hecho ya el sacrificio, habia que aprovechar 
para no perderse ninguna de las distracciones de los alrededores. La familia de abajo 
vino a ver si la cosa iba a terminar alii tan mal como en su casa. Dos muertos en la 
misma noche, en la misma casa, jiba a ser una emocion para toda la vida! jNi mas ni 
menos! Se oia, por los cascabeles, a los perros de todo el mundo saltando y haciendo 
cabriolas por las escaleras. Subian tambien, esos. Gente venida de lejos entraba, con lo 
que ya no se cabia, susurrando. Las jovencitas aprendian de repente «las cosas de la 
vida», como dicen las madres; ponian, tiernas, cara de enteradas ante la desgracia. El 
instinto femenino de consolar. Un primo, que las espiaba desde por la manana, estaba 
muy sorprendido. Ya no las dejaba ni a sol ni a sombra. Era una revelacion en su fatiga. 
Todo el mundo estaba descamisado. Se casaria con una de ellas, el primo, pero le habria 
gustado verles las piernas tambien, ya que estaba, para poder elegir mejor. 

Aquella expulsion de feto no avanzaba, el conducto debia de estar seco, no se 
deslizaba, solo seguia sangrando. Iba a ser su sexto hijo. ^Donde estaba el marido? Lo 
mande llamar. 

Habia que encontrar al marido para poder enviar a su mujer al hospital. Una parienta 
me lo habia propuesto, que la enviara al hospital. Una madre de familia que queria irse a 
acostar, que caramba, por los nifios. Pero, cuando se hablo del hospital, ya no se ponian 
de acuerdo. A unos les parecia bien lo del hospital, otros se mostraban absolutamente 
contrarios, por las conveniencias. No querian ni siquiera oir hablar de eso. Incluso se 
dijeron al respecto palabras duras, entre parientes, que no olvidarian nunca. Pasaron a la 
familia. La comadrona despreciaba a todo el mundo. Pero era al marido a quien yo, por 
mi parte, queria encontrar para poder consultarlo, para que nos decidieramos, por fin, en 
un sentido o en otro. Entonces va y sale de entre un grupo, mas indeciso aun que todos 
los demas, el marido. Y, sin embargo, era el quien tenia que decidir. ^El hospital? ^,0 
no? ^,Que queria? No sabia. Queria mirar. Conque fue y miro. Le destape el agujero de 
su mujer, de donde chorreaban coagulos y despues gluglus y luego toda su mujer entera, 
que mirara. Su mujer, que gemia como un perro enorme al que hubiera pillado un auto. 
No sabia, en una palabra, lo que queria. Le pasaron un vaso de bianco para darle 
fuerzas. Se sento. 

Aun asi, no se le ocurria nada. Era un hombre, aquel, que trabajaba con ganas 
durante el dia. Todo el mundo lo conocia bien en el mercado y en la estacion sobre todo, 
donde cargaba sacos de los hortelanos, y no pequenos, grandes y pesados, desde hacia 
quince afios. Era famoso. Llevaba pantalones anchos, vagarosos, y la chaqueta tambien. 
No los perdia, pero no parecian importarle demasiado, la chaqueta y los pantalones. 
Solo la tierra y seguir derecho en pie sobre ella parecia importarle, con los dos pies 
separados, como si se fuera a poner a temblar, la tierra, de un momento a otro, debajo. 
Pierre se llamaba. 

Esperamos. «^Que te parece, Pierre?», le preguntaron por turnos todos. Se rasco y 
despues fue a sentarse, aquel Pierre, a la cabecera de su mujer, como si le costara reco- 



nocerla, ella que no paraba de traer al mundo dolores, y despues lloro, algo asi como 
una lagrima, Pierre, y despues se volvio a levantar. Entonces volvieron a hacerle la 
misma pregunta. Fui preparando un volante para ingreso en el hospital. «jVamos, 
piensa, Pierre! », le pedia todo el mundo. Lo intentaba, desde luego, pero hacia senas de 
que no le venia. Se levanto y fue a vacilar hacia la cocina llevandose el vaso. ^Para que 
esperarlo? Habria podido durar el resto de la noche, su vacilacion de marido, todo el 
mundo lo comprendia perfectamente. Mejor irse a otra parte. 

Cien francos perdidos para mi, jy se acabo! Pero, de todos modos, con aquella 
comadrona habria tenido problemas... Estaba visto. Y, ademas, jque no me iba a meter 
en maniobras operatorias delante de todo el mundo, con lo cansado que estaba! «jMala 
suerte! -me dije-. jVamonos! Otra vez sera... jResignacion! jDejemos a la puta de la 
naturaleza en paz!» 

Apenas habia llegado al descansillo, cuando ya me buscaban todos y el marido 
perdiendo el culo tras mi. 

«jEh, doctor! -fue y me grito-. jNo se vaya!» 

«^Que quiere usted que haga?», le respondi. 

«iEspere! jLo acompafio, doctor!... jPor favor, sefior doctor!. ..» 

«De acuerdo», le dije y entonces le deje acompafiarme hasta abajo. Y fuimos y 
bajamos. Al pasar por el primero, entre, de todos modos, a decir adios a la familia del 
muerto canceroso. El marido entro conmigo en la habitacion, volvimos a salir. En la 
calle, caminaba a mi paso. Fuera hacia un frio que pelaba. Encontramos un perrito que 
se entrenaba a responder a los otros de la zona con largos aullidos. Y menudo si era 
cabezon y lastimero. Ya sabia ladrar con ganas. Pronto seria un perro de verdad. 

«Hombre, pero si es "Yema de huevo" -observo el marido; muy contento de 
reconocerlo y cambiar de conversacion-. Lo criaron con biberon las hijas del lavandero 
de la Rue des Gonesses, este jodio, siempre salido... ^Las conoce usted, a las hijas del 
lavandero?» 

«Si», respondi. 

Sin dejar de caminar, se puso a contarme, entonces, las formas que habia de criar a 
los perros con leche sin que saliera demasiado caro. De todos modos, seguia, detras de 
aquellas palabras, buscando una idea en relacion con lo de su mujer. 

Habia una tasca abierta cerca del portal. 

«^Entra usted, doctor? Le invito a un cafe...» 

No iba yo a despreciarselo. «jEntremos! -dije-. Dos con leche. » Y aproveche para 
hablarle otra vez de su mujer. Eso le ponia muy serio, que le hablara de ella, pero yo 
seguia sin conseguir que se decidiera. Sobre la barra sobresalia un ramo de flores. Por el 
santo del duefio de la tasca, Martrodin. «jUn regalo de los chavales!», nos anuncio en 
persona. Conque tomamos un vermut con el, para no despreciarselo. Por encima de la 
barra se veia aun el texto de la ley sobre la embriaguez y un certificado de estudios en- 
marcado. De repente, al ver aquello, el marido se empefio en que Martrodin le recitara 
los nombres de todas las subprefecturas de Loiret-Cher, porque el se los habia aprendido 
y aun se los sabia. Despues, se empefio en que el nombre que figuraba en el certificado 
no era el del duefio de la tasca y entonces se enfadaron y volvio a sentarse a mi lado, el 
marido. La duda se apodero de el por entero. Tanto le preocupaba, que ni siquiera me 
vio marchar... 

Nunca volvi a verlo, al marido. Nunca. Me sentia muy decepcionado por todo lo que 
habia sucedido aquel domingo y, ademas, muy fatigado. 

En la calle, apenas habia hecho cien metros, cuando me vi a Robinson, que venia 
hacia mi, cargado con toda clase de tablas, pequenas y grandes. A pesar de la obscu- 
ridad, lo reconoci. Muy molesto por haberme encontrado, se escabullia, pero lo detuve. 



«Conque, ^no has ido a acostarte?», le dije. 

«jUn momento!... -me respondio-. iVuelvo de las obras!» 

«^Que vas a hacer con toda esa madera? ^Obras tambien?... ^Un ataud?... ^Las has 
robado al menos?...» 

«No, una conejera...» 

«^,Crias conejos ahora?» 

«No, es para los Henrouille...» 

«^Los Henrouille? ^Tienen conejos?» 

«Si, tres, que van a poner en el patio, ya sabes, donde vive la vieja...» 

«Pues, jvaya unas horas de hacer conejeras!...» 

«Es una idea de su mujer...» 

«Pues, imenuda idea!... <<,Que quiere hacer con los conejos? ^Venderlos? ^Sombreros 
de copa?...» 

«Mira, eso se lo preguntas, cuando la veas; a mi con que me de los cien francos. ..» 

Aquella idea me parecia muy rara, la verdad, asi, de noche. Insisti. 

Entonces cambio de conversacion. 

«Pero, (,como es que has ido a su casa? -volvi a preguntarle-. Tu no los conocias, a 
los Henrouille. » 

«Me llevo la vieja a su casa, el dia que la conoci en tu consulta... Es una charlatana, 
esa vieja, cuando se pone... No te puedes hacer idea... No hay quien la haga callar... 
Conque se hizo como amiga mia y despues ellos tambien... Hay gente que me aprecia, 
jpara que veas!.. .» 

«Nunca me habias contado nada de eso a mi... Pero, ya que vas a su casa, debes de 
saber si la van a mandar internar, a la vieja.» 

«No, por lo que me han dicho, no han podido...» 

Aquella conversacion no le hacia ninguna gracia, lo notaba, yo, no sabia como 
librarse de mi. Pero cuanto mas se escabullia mas me empenaba yo en enterarme... 

«La verdad es que la vida es dura, ^no te parece? Hay que recurrir a unas cosas, 
£eh?», repetia con vaguedad. Pero yo volvia al tema. Estaba decidido a no dejarle escu- 
rrir el bulto... 

«Dicen que tienen mas dinero de lo que parece, los Henrouille. ^Que piensas tu, 
ahora que vas a su casa?» 

«Si, es muy posible que tengan, pero, de todos modos, jles encantaria deshacerse de 
la vieja! » 

El disimulo no habia sido nunca su fuerte. 

«Es que como la vida, verdad, esta cada dia mas cara, les gustaria deshacerse de ella. 
Me dijeron que tu no querias certificar que estaba loca... ^Es verdad?» 

Y, sin esperar a mi respuesta, me pregunto con mucho interes hacia donde me dirigia. 

«^Y tu? ^Vuelves de una visita?» 

Le conte un poco mi aventura con el marido que acababa de perder por el camino. 
Eso le hizo reir con ganas; solo, que al mismo tiempo le hizo toser. 

Se encogia tanto, en la obscuridad, para toser, que casi no lo veia yo, aun tan cerca; 
las manos, solo, le veia un poco, que se juntaban despacio como una gran flor palida 
delante de la boca y temblando en la obscuridad. No cesaba nunca. «jSon las corrientes 
de aire!», dijo, por fin, al acabar de toser, cuando llegabamos ante su casa. 

«Eso si, imenudo si hay corrientes de aire en mi casa! jY pulgas tambien! ^Tienes tu 
tambien pulgas en tu casa?...» 

Tenia, en efecto. «Pues, claro -le respondi-. Las cojo en casa de los enfermos.» 

«^,No te parece que huele a meado en las casas de los enfermos?», me pregunto 
entonces. 



«Si y a sudor tambien...» 

«De todos modos -dijo despacio, tras haberlo pensado-, me habria gustado mucho, a 
mi, ser enfermero.» 

«^,Por que?» 

«Porque, digan lo que digan, los hombres, verdad, cuando estan sanos, dan miedo... 
Sobre todo desde la guerra... Yo se en que piensan... No siempre se dan cuenta de ello... 
Pero yo se ahora en que piensan... Cuando estan de pie, piensan en matarte... Mientras 
que, digan lo que digan, cuando estan enfermos no dan tanto miedo... Ya te digo, puedes 
esperarte cualquier cosa, cuando estan de pie. ^No es verdad?» 

«jYa lo creo que es verdad! », no me quedo mas remedio que decir. 

«^Y tu? iNo fue por eso tambien por lo que te hiciste medico?», me pregunto, 
ademas. 

Despues de pensarlo, me di cuenta de que tal vez tuviera razon Robinson. Pero en 
seguida le dieron nuevos ataques de tos. 

«Tienes los pies mojados, vas a coger una pleuresia, andando por ahi de noche... 
Anda, vete a casa -le aconseje-. Ve a acostarte...» 

De tanto toser, se ponia nervioso. 

«La vieja Henrouille, ja esa si que le van a dar para el pelo!», fue y me dijo, tosiendo 
y riendo, al oido. 

«^C6mo asi?» 

«jYa veras!...», fue y me dijo. 

«^Que estan tramando?» 

«No te puedo decir nada mas... Ya veras...» 

«Venga, cuentame, Robinson, no seas desgraciado, ya sabes que yo no repito nada a 
nadie...» 

Ahora, de repente, sentia deseos de contarmelo todo, tal vez para demostrarme al 
mismo tiempo que no habia que considerarlo tan resignado y raj ado como parecia. 

«jAnda! -lo inste en voz muy baja-. Sabes de sobra que yo no hablo nunca...» 

Era la excusa que necesitaba para confesarse. 

«Eso no se puede negar, sabes callarte», reconocio. Y entonces fue y se puso en serio 
a cantar de piano... 

Estabamos solos, a aquella hora, en el Boulevard Contumance. 

«^Recuerdas -comenzo-, la historia de los vendedores de zanahorias?» 

Al principio, yo no recordaba aquella historia. 

«jQue si, hombre! -insistio-. j Si me la contaste tu mismo!. ..» 

«jAh, si!...» Y de repente la recorde con claridad. 

«^E1 ferroviario de la Rue des Brumaires?... ^El que recibio un petardo en los 
testiculos, al ir a robar los conejos?...» 

«Si, en la fruteria del Quai dArgenteuil...» 

«jEs cierto!... Ahora caigo -dije-. ^Y que?» Porque aun no veia yo que tenia que ver 
aquella historia con el caso de la vieja Henrouille. 

No tardo en concretar. 

«^,Es que no comprendes?» 

«No», dije... Pero despues no quise comprender mas. 

«Pues, janda que no tardas tu ni nada!...» 

«Es que me parece que vas por mal camino, pero que muy malo... -No pude por 
menos de observar-. ^No ireis a asesinar a la vieja Henrouille ahora para complacer a la 
nuera?» 

«Mira, yo me limito a hacer la conejera que me han pedido... Del petardo seran ellos 
quienes se ocupen... si quieren...» 



«^,Cuanto te han dado por eso?» 

«Cien francos por la madera mas doscientos cincuenta francos por el trabajo y luego 
mil francos mas por el asunto simplemente... Y como comprenderas... Esto es solo el 
comienzo... Es una historia que, bien contada, jes como una rental... Eh, chaval, ^te das 
cuenta?...» 

Me daba cuenta, en efecto, y no me sorprendia demasiado. Me entristecia y se acabo, 
un poco mas. Todo lo que se dice para disuadir a la gente en esos casos es insignificante 
siempre. ^Acaso la vida es considerada con ellos? ^De quien o de que van a tener 
piedad, entonces? ^Para que? ^De los demas? ^Se ha visto alguna vez a alguien bajar al 
infierno a substituir a otro? Nunca. Se ve enviar a otros a el. Y se acabo. 

La vocacion de asesino que de repente se habia apoderado de Robinson me parecia, 
en resumidas cuentas, como una especie de progreso mas bien frente a lo que habia 
observado hasta entonces en la otra gente, siempre dividida entre el odio y el carino, 
siempre aburrida por la imprecision de sus tendencias. Desde luego, por haber seguido 
en la noche a Robinson hasta donde habiamos llegado, yo habia aprendido cosas, la 
verdad. 

Pero habia un peligro: la Ley. «Es peligrosa -observe-la Ley. Si te cogen, con tu 
salud, vas dado... No saldras de la carcel... jNo resistiras!...» 

«Mala suerte, entonces -me respondio-. Estoy demasiado harto de la vida normal, de 
todo el mundo... Eres viejo, esperas aun tu ocasion de divertirte y cuando llega... 
despues de mucha paciencia, si llega... estas muerto y enterrado desde hace mucho... 
Son para los inocentes, los oficios honrados, como se suele decir... Ademas, tu lo sabes 
tan bien como yo...» 

«Puede ser... Pero los otros, los golpes duros, todo el mundo los probaria, si no 
hubiera riesgos... Y la policia tiene mala leche, ya lo sabes... Hay sus pros y sus con- 
tras...» Examinabamos la situacion. 

«No te digo que no, pero, como comprenderas, trabajando como yo trabajo, en las 
condiciones en que estoy, sin dormir, tosiendo, en currelos que no aguantaria una mula... 
Ahora nada peor me puede ocurrir... En mi opinion... Nada...» 

No me atrevia a decirle que, a fin de cuentas, tenia razon, por los reproches que 
podria haberme hecho mas adelante, si el nuevo plan llegaba a fracasar. 

Para animarme, me enumero algunos buenos motivos para no preocuparme de la 
vieja, porque, para empezar, no le quedaban, al fin y al cabo, muchos afios de vida, en 
cualquier caso, por ser ya muy mayor. En resumidas cuentas, iba a preparar su marcha y 
se acabo. 

De todos modos, era un asunto muy feo, pero que muy feo. Habian convenido todos 
los detalles, entre el y los hijos: como la vieja habia vuelto a adoptar la costumbre de 
salir de su casa, una noche la enviarian a llevar la comida a los conejos... El petardo 
estaria preparado... Le estallaria en plena cara en cuanto tocase la puerta... Exactamente 
asi habia sido en la fruteria... Ya tenia fama de loca en el barrio, el accidente no 
sorprenderia a nadie... Dirian que se le habia avisado para que no se acercara nunca a la 
conejera... Que habia desobedecido... Y a su edad, seguro que no saldria con vida de un 
petardazo como el que le iban a preparar... asi, en plena j eta. 

Buena la habia hecho yo, la verdad, contando aquella historia a Robinson. 



Y volvio la musica con la verbena, la que acompafia al recuerdo mas lejano, desde la 
infancia, la que no cesa nunca, aqui y alia, en los rincones de la ciudad, en los lugarejos 
del campo, en todos los sitios donde los pobres van a sentarse el fin de semana, para 
saber que ha sido de ellos. ;E1 Paraiso!, les dicen. Y despues se toca musica para ellos, 
ora aqui ora alia, de una estacion del afio a otra, que con su sonido ramplon fusila todas 
las melodias que bailaban el afio anterior los ricos. Es la musica de organillo que sale 
del tiovivo, de los automoviles que no lo son, en realidad, de las montafias en absolute 
rusas y del tablado del luchador que no tiene biceps ni viene de Marsella, de la mujer 
que no tiene barba, del mago que es cornudo, del organo que no es de oro, detras del tiro 
al bianco cuyos huevos estan vacios. Es la fiesta para engafiar a la gente el fin de 
semana. 

jY a beber la cerveza sin espuma! Pero al camarero, por su parte, le apesta el aliento, 
la verdad, bajo los falsos bosquecillos. Y el cambio que devuelve contiene monedas 
extranas, tan extranas, que, semanas y semanas mas tarde, aun no has acabado de 
examinarlas y te cuesta mucho trabajo deshacerte de ellas, al dar limosna. La verbena, 
vamos. Hay que divertirse como se pueda, entre el hambre y la carcel, y tomar las cosas 
como vengan. Si estas sentado, no tienes motivo para quejarte. Algo es algo. «Le Tir des 
Nations)), el mismo, volvi a verlo, el que Lola habia descubierto, tantos ahos antes, en 
las avenidas del parque de Saint-Cloud. Se vuelve a ver de todo en las verbenas; eructos 
de alegria, las verbenas. Desde entonces debian de haber vuelto a pasearse las 
muchedumbres en la gran avenida de Saint-Cloud... Los paseantes. La guerra habia 
terminado. Por cierto, ^seria el mismo propietario? ^Habria vuelto de la guerra ese? 
Todo me interesaba. Reconoci los blancos, pero ahora disparaban, ademas, contra 
aeroplanos. Novedad. El progreso. La moda. La boda seguia alii, los soldados tambien y 
la Alcaldia con su bandera. Todo, en una palabra. Con muchas mas cosas a las que 
disparar incluso que antes. 

Pero la gente se divertia mucho mas con los coches de choque, invencion reciente, 
por los accidentes que no cesaban de suceder en ellos y las espantosas sacudidas que te 
producen en la cabeza y en las tripas. No cesaban de llegar otros atontados y boceras 
para chocar salvajemente, amontonarse en desorden una y otra vez y destrozarse el bazo 
dentro de los coches. Y no habia manera de hacerlos desistir. Nunca pedian clemencia, 
jamas parecian haber sido tan felices. Algunos es que deliraban. Habia que arrancarlos a 
sus catastrofes. Si les hubieran dado la muerte en premio por un franco, se habrian 
precipitado sobre los coches igual. Hacia las cuatro debia tocar, a mitad de la fiesta, la 
banda. Para reunir la banda, costaba Dios y ayuda, a causa de las tascas que los 
acaparaban a todos, por turno, a los musicos. Siempre faltaba uno. Lo esperaban. Iban a 
buscarlo. Mientras lo esperaban, mientras regresaban, volvia a darles sed y otros dos 
que desaparecian. Y vuelta a empezar. 

Las rosquillas, estropeadas con tanto polvo, se volvian reliquias y daban una sed 
atroz a los ganadores. 

Las familias, por su parte, esperaban a los fuegos artificiales para ir a acostarse. 
Esperar forma parte tambien de la fiesta. En la sombra tiritaban mil botellas, que a cada 
instante vibraban bajo las mesas. Pies que se agitaban para consentir o rebelarse. Ya no 
se oye la musica, de tan conocidas que son las melodias, ni los asmaticos cilindros de 
los motores tras las barracas donde se mueven las atracciones que se pueden ver por dos 



francos. El corazon, cuando estas un poco bebido de fatiga, te resuena en las sienes. 
jBim! jBim! Asi hace contra la especie de terciopelo ajustado a la cabeza y en el fondo 
de los oidos. Asi es como llegas a estallar un dia. jAsi sea! Un dia en que el movimiento 
de dentro se une al de fuera y en que todas tus ideas se desparraman y van a divertirse 
por fin con las estrellas. 

Habia muchos lloros en toda la feria, por los nifios pisoteados, aqui y alia, entre las 
sillas, sin querer, y tambien por aquellos a los que ensenaban a dominar los deseos, los 
inocentes e inmensos goces de montar una y mil veces en el tiovivo. Hay que 
aprovechar la verbena para formar el caracter. Nunca es demasiado pronto para 
empezar. No saben aun, esos monines, que todo se paga. Creen que es por simpatia por 
lo que las personas mayores detras de las taquillas iluminadas incitan a los clientes a go- 
zar de las maravillas que atesoran, dominan y defienden con sonrisas vociferantes. No 
conocen la ley, los nifios. A tortazos se la ensenan los padres, la ley, y los defienden 
contra los placeres. 

La unica verbena autentica es la del comercio, profunda y secreta, ademas. Por la 
noche es cuando goza el comercio, cuando todos los inconscientes, los clientes, bobos 
paganos, se han marchado, cuando ha vuelto el silencio sobre la explanada y el ultimo 
perro ha proyectado por fin su ultima gota de orina contra el billar japones. Entonces 
pueden iniciarse las cuentas. Es el momento en que el comercio hace el recuento de sus 
fuerzas y sus victimas con los cuartos. 

El ultimo domingo de verbena por la noche, la criada de Martrodin, el tabernero, se 
hizo una herida bastante profunda en la mano, al cortar salchichon. 

Hacia las ultimas horas de aquella misma noche todo a nuestro alrededor se volvio 
bastante claro, como si las cosas se hubieran hartado de rodar de una orilla a otra del 
destino, indecisas, hubiesen salido todas a un tiempo de la sombra y se hubieran puesto 
a hablarme. Pero hay que desconfiar de las cosas y de las personas en esos momentos. 
Crees que van a hablar, las cosas, y resulta que no dicen nada y vuelven a hundirse en la 
noche, muchas veces sin que hayas podido comprender lo que tenian que contarte. Esa 
es, al menos, mi experiencia. 

En fin, el caso es que volvi a ver a Robinson en el cafe de Martrodin aquella misma 
noche, justo cuando iba a curar a la criada del tabernero. Recuerdo con exactitud las 
circunstancias. A nuestro lado habia unos arabes, apretados en las banquetas y 
somnolientos. No parecia interesarles en absoluto lo que ocurria a su alrededor. Al 
hablar con Robinson, yo procuraba no volver a la conversacion de la otra noche, cuando 
lo habia sorprendido transportando tablas. La herida de la criada era dificil de coser y en 
el fondo del local no veia demasiado bien. Con tanta atencion, no podia hablar. En 
cuanto hube acabado, Robinson me llevo a un rincon y me confirmo, el mismo, que 
estaba decidido, su asunto, y pronto iba a ser. Una confidencia asi me molestaba mucho 
y habria preferido no recibirla. 

«Pronto, ^,que?» 

«Ya sabes lo que quiero decir...» 

«^,Sigues con eso?...» 

«jAdivina cuanto me dan ahora!» 

Yo no tenia el menor interes en adivinar. 

«jDiez mil!... Solo por guardar silencio. ..» 

«jUna bonita suma!» 

«Ya me veo libre de apuros, ni mas ni menos -afiadio-. 

[Son los diez mil francos que siempre me habian faltado!... iLos diez mil francos 
del comienzo, vamos!... ^Comprendes?... A decir verdad, yo nunca he tenido un oficio, 
pero, icon diez mil francos!. ..» Ya debia de haberles hecho chantaje. Queria que me 



diera cuenta de todo lo que iba a poder hacer, emprender, con aquellos diez mil 
francos... Me dejaba tiempo para pensarlo, apoyado el en la pared, en la penumbra. Un 
mundo nuevo. jDiez mil francos! 

De todos modos, al volver a pensar en su asunto, yo me preguntaba si no correria 
algun riesgo yo personalmente, si no me estaba dejando llevar a una como complicidad, 
al no hacer ver al instante que desaprobaba su plan. Deberia haberlo denunciado 
incluso. La moral de la Humanidad, a mi, me la trae floja, como a todo el mundo, por 
cierto. ^Que puedo hacer? Pero no hay que olvidar las cochinas historias y 
complicaciones que remueve la Justicia en el momento de un crimen solo para divertir a 
los viciosos de los contribuyentes... Entonces ya no sabes como escapar... Ya lo habia 
visto yo, eso. A la hora de escoger una miseria u otra, yo preferia la que no arma es- 
candalo a la que se expone en los periodicos. 

En resumidas cuentas, me sentia intrigado y fastidiado a un tiempo. Tras haber 
llegado hasta alii, me faltaba valor para seguir de verdad hasta el fondo del asunto. Aho- 
ra que habia que abrir los ojos en la noche, casi preferia mantenerlos cerrados. Pero 
Robinson parecia interesado en que los abriera, en que me diese cuenta. 

Para cambiar de conversacion un poco, sin dejar de caminar, saque a colacion el tema 
de las mujeres. No le gustaban demasiado a el, las mujeres. 

«Mira, de mujeres, yo paso, la verdad -decia-, con sus hermosos traseros, sus muslos 
gruesos, sus bocas en forma de corazon y sus vientres, en los que siempre crece algo, 
unas veces mocosos y otras enfermedades... jCon sus sonrisas no se paga el alquiler! 
^No? Ni siquiera a mi, en mi chabola, me serviria de nada, si tuviese una mujer, ensefiar 
su culo al propietario a principios de mes, jno me iba a hacer una rebaja por eso!...» 

La independencia era su debilidad, para Robinson. El mismo lo decia. Pero el patron, 
Martrodin, ya estaba cansado de nuestros «apartes» y nuestras intrigas en los rincones. 

«j Robinson, los vasos! jJoder! -ordeno-. ^Es que voy a tener que lavarlos yo?» 

Robinson dio un salto. 

«Es que -me informo- trabajo unas horas aqui.» 

Era la verbena, no habia duda. Martrodin encontraba mil dificultades para acabar de 
contar su caja, eso le irritaba. Los arabes se fueron, salvo los dos que dormitaban aun 
contra la puerta. 

«^,A que esperan, esos?» 

«jA la criada!», me respondio el patron. 

«^Que tal, los negocios?», fui y le pregunte entonces, por decir algo. 

«Asi asi... Pero, jcuesta lo suyo! Mire, doctor, este local lo compre por sesenta 
billetes, al contado, antes de la crisis. Tendria que sacarle al menos doscientos... ^Se da 
usted cuenta?... Es cierto que se llena, pero de arabes sobre todo... Ahora, que esa gente 
no bebe... Aun no tienen costumbre... Tendrian que venir polacos. Esos, doctor, esos si 
que beben, la verdad... Donde estaba yo antes, en las Ardenas, menudo si tenia polacos, 
y que venian de los hornos de esmalte, no le digo mas, ^eh? jVenian ardiendo, de los 
hornos!... iEso es lo que necesitariamos aqui!... jLa sed!... Y el sabado tiraban la casa 
por la ventana... jLa Virgen! jEso era currelar! jLa paga enteral jTracatra!... Estos, los 
moros, no es beber lo que les interesa, sino darse por culo... esta prohibido beber en su 
religion, por lo visto, pero darse por culo no...» 

Los despreciaba, Martrodin, a los moros. «jUnos cabrones, vamos! jHasta parece que 
se lo hacen a mi criada!... Son unos degenerados, ^eh? jVaya unas ideas! ^Eh, doctor? 
^Que le parece?» 

El patron, Martrodin, se apretaba con sus cortos dedos las bolsitas serosas que tenia 
bajo los ojos. «^Que tal los rinones? -le pregunte, al verle hacer eso. Yo lo trataba de los 
rinones-. Al menos, ya no tomara usted sal.» 



«jAlbumina otra vez, doctor! Antes de ayer encargue el analisis al farmaceutico... 
Oh, me importa tres cojones difiarla -afiadio- de albumina o de otra cosa, pero lo que me 
fastidia es trabajar como trabajo... jpara sacar tan poco!...» 

La criada habia acabado de lavar los platos, pero la venda le habia quedado tan sucia 
con los restos de comida, que hube de volver a hacersela. Me ofrecio un billete de cinco 
francos. Yo no queria aceptarlos, sus cinco francos, pero se empeno en darmelos. 
Severine, se llamaba. 

«^,Te has cortado el pelo, Severine?», comente. 

«jQue remedio! jEsta de moda! -dijo-. Y, ademas, que el pelo largo con la cocina de 
aqui coge todos los olores...» 

«jTu culo huele mucho peor! -la interrumpio Martrodin, que no podia hacer sus 
cuentas con nuestra chachara-. Y eso no impide a tus clientes...» 

«Si, pero no es igual -replico la Severine, muy ofendida-. Una cosa es el olor del pelo 
y otra el del culo... Y usted, patron, ^quiere que le diga a que huele usted?... ^,No en una 
parte del cuerpo, sino en todo el?» 

Estaba muy irritada, Severine. Martrodin no quiso oir el resto. Volvio a sus cochinas 
cuentas refunfunando. 

Severine no conseguia quitarse las zapatillas, con los pies hinchados por el servicio, 
para ponerse los zapatos. Conque se las dejo puestas para marcharse. 

«jPues dormire con ellas!», comento incluso en voz alta al final. 

«jVenga, vete a apagar la luz al fondo! -le ordeno Martrodin-. jComo se ve que no 
me la pagas tu, la electricidad!» 

«Con ellas dormire», gimio Severine otra vez, al levantarse. 

Martrodin no acababa nunca con sus sumas. Se habia quitado el delantal y despues el 
chaleco para mejor contar. Las pasaba canutas. Del fondo invisible del local nos llegaba 
un tintineo de platos, la tarea de Robinson y del otro lavaplatos. Martrodin trazaba 
grandes cifras infantiles con un lapiz azul que aplastaba entre sus gruesos dedos de 
asesino. La criada sobaba delante de nosotros, desgalichada en la silla. De vez en 
cuando, recuperaba un poco la conciencia en el sueno. 

«jAy, mis pies! jAy, mis pies!», decia entonces y despues volvia a caer en la 
somnolencia. 

Pero Martrodin se puso a despertarla con un buen berrido: 

«jEh, Severine! jLlevate afuera a tus moros, venga! jYa estoy harto!... jDaros el piro 
todos, hostias! Que ya es hora.» 

Ellos, los arabes, no parecian tener la menor prisa, a pesar de la hora. Severine se 
desperto, por fin. «jEs verdad que tengo que irme! -convino-. jGracias, patron!» Se 
llevo consigo a los dos moros. Se habian juntado para pagarle. 

«Me los ventilo a los dos esta noche -me explico, al marcharse-. Porque el domingo 
que viene no voy a poder, voy a Achares a ver a mi nifio. Es que el sabado que viene es 
el dia que libra la nodriza.» 

Los arabes se levantaron para seguirla. No parecian nada sinverguenzas. De todos 
modos, Severine los miraba un poco de soslayo, por el cansancio. «Yo no soy de la 
opinion del patron, jyo prefiero a los moros! No son brutales como los polacos, los 
moros, pero son viciosos... 

De eso no hay duda, son unos viciosos... En fin, que hagan todo lo que quieran, jno 
creo que eso me quite el sueno! iVenga! -les llamo-. jVamos, chicos!» 

Y se marcharon los tres, ella unos pasos delante. Los vimos cruzar la plaza apagada, 
salpicada con los restos de la verbena; el ultimo farol ilumino el grupo brevemente y 
despues se hundieron en la noche. Oimos un poco aun sus voces y despues ya nada. Ya 
no habia nada. 



Sali de la tasca, a mi vez, sin haber vuelto a hablar con Robinson. El patron me deseo 
un monton de cosas. Un agente de policia recorria el bulevar. Al pasar, animabamos el 
silencio. Un comerciante, aqui, alia, se sobresaltaba, liado con su calculo agresivo, 
como un perro royendo un hueso. Una familia de juerga ocupaba toda la calle berreando 
en la esquina de la Place Jean-Jaures, ya no avanzaba, ni un paso, aquella familia, 
vacilaba ante una callejuela, como una flotilla de pesca en plena tormenta. El padre 
tropezaba de una acera a otra y no paraba de orinar. 

La noche estaba en casa. 



Recuerdo tambien otra noche, por aquella epoca, a causa de las circunstancias. En 
primer lugar, un poco despues de la hora de cenar, oi un estruendo de cubos de basura. 
Sucedia con frecuencia en mi escalera, que zarandearan los cubos de la basura. Y 
despues, los gemidos de una mujer, quejas. Entorne mi puerta, pero sin moverme. 

Si salia espontaneamente en el momento de un accidente, tal vez me hubieran 
considerado un simple vecino y mi socorro medico habria parecido gratuito. Si me ne- 
cesitaban, ya podian llamarme como Dios manda y entonces les costaria veinte francos. 
La miseria persigue implacable y minuciosa al altruismo y las iniciativas mas amables 
reciben su castigo implacable. Conque espere a que vinieran a llamar, pero nadie vino. 
Para economizar seguramente. 

Sin embargo, casi habia dejado de esperar, cuando aparecio una nifia ante mi puerta, 
estaba leyendo los nombres en los timbres... En definitiva, era a mi a quien venia a 
buscar de parte de la Sra. Henrouille. 

«£Quien esta enfermo en casa de los Henrouille?», le pregunte. 

«Es para un sefior que se ha herido en su casa...» 

«^Un sefior?» En seguida pense en el propio Henrouille. 

«£E1?... iE\ Sr. Henrouille?» 

«No... Un amigo que esta en su casa...» 

«^,Lo conoces, tu?» 

«No.» Nunca lo habia visto, a ese amigo. 

Fuera hacia frio, la nifia corria, yo andaba de prisa. 

«^,C6mo ha ocurrido?» 

«Eso no lo se.» 

Costeamos otro jardincillo, ultimo recinto de un antiguo bosque, donde por la noche 
venian a enredarse entre los arboles las largas brumas de invierno, suaves y lentas. 
Callejuelas, una tras otra. En unos instantes llegamos hasta su hotelito. La nifia me dijo 
adios. Tenia miedo de acercarse mas. Henrouille nuera me esperaba en la escalera con 
marquesina. Su quinque de petroleo vacilaba al viento. 

«jPor aqui, doctor! jPor aqui!», me llamo. 

Yo le pregunte, al instante: «^Es su marido quien se ha herido?» 

«jEntre, entre!», me dijo bastante brusca, sin darme tiempo a pensar. Y me tropece 
con la vieja, que desde el pasillo se puso a chillar y acosarme. Una andanada. 

« i Si seran cabrones! j Si seran bandidos! jDoctor! jHan intentado matarme!» 

Conque habian fracasado. 

«^Matarla? -dije yo, como muy sorprendido-. ^Y por que?» 

«Porque no me decidia a difiarla bastante rapido, jno te fastidia! jNi mas ni menos! 
jLa madre de Dios! jYa lo creo que no quiero morirme!» 

«jMama! jMama! -la interrumpia la nuera-. [No esta usted en su sano juicio! Pero, 
bueno, mama, jle esta usted contando cosas horribles al doctor!. ..» 

«Cosas horribles, ^verdad? Pues, mira, bicho, jtienes una cara como un templo! 
Conque no estoy en mi sano juicio, ^eh? j Aun me queda bastante juicio para mandaros a 
todos a la horca! jPara que te enteres!» 

«Pero, ^quien es el herido? ^Donde esta?» 

«jAhora lo vera usted! -me corto la vieja-. jEsta ahi arriba, en la cama, el asesino! Y, 
ademas, la ha ensuciado bien, la cama, ^eh, bicho? jLo ha ensuciado bien, tu asqueroso 



colchon, con su cochina sangre! jY no con la mia! jSangre que debe de ser como 
basura! [No lo vas a acabar de lavar nunca! Va a apestar durante siglos a sangre de 
asesino, jya veras tu! jAh! jHay gente que va al teatro en busca de emociones! Pero, 
mire, jesta aqui, el teatro! jEsta aqui, doctor! jAhi arriba! jY un teatro de verdad! jNo 
fingido! jNo vaya a quedarse sin sitio! jSuba rapido! jTal vez este muerto, ese cochino 
canalla, cuando llegue usted! Conque, jno va usted a ver nada!» 

La nuera temia que la oyesen desde la calle y le ordenaba callar. Pese a las 
circunstancias, no me parecia demasiado desconcertada, la nuera, muy contrariada solo 
porque las cosas hubiesen salido torcidas, pero seguia con su idea. Incluso estaba 
absolutamente convencida de haber tenido razon. 

«Pero, bueno, ^,ha escuchado usted eso, doctor? Fijese, ;lo que hay que oir! jYo que, 
al contrario, siempre he intentado facilitarle la vida! Bien lo sabe usted... Yo que 
siempre le he propuesto ingresarla en el asilo de las hermanitas...» 

Solo le faltaba eso, a la vieja, oir hablar otra vez de las hermanitas. 

«jAl Paraiso! Si, puta, jalli queriais enviarme todos! ]La muy canalla! jY para eso lo 
hicisteis venir, tu marido y tu, al sinverguenza ese de ahi arriba! Para matarme, ya lo 
creo, y no para enviarme con las hermanitas, jsi lo sabre yo! Le ha salido el tiro por la 
culata, eso si que si, jque lo habia preparado bien mal! Vaya, doctor, a ver como ha 
quedado, ese cabron, y, ademas, ;el solito se lo ha hecho!... jY es de esperar que 
reviente! jVaya, doctor! jVaya a verlo, mientras esta aun a tiempo!...» 

Si la nuera no parecia desanimada, la vieja aun menos. 

Y eso que habia estado a punto de no contarlo, pero no estaba tan indignada como 
aparentaba. Camelo. Aquel asesinato fallido la habia estimulado mas bien, la habia 
sacado de aquella como tumba sombria en que se habia recluido desde hacia tantos 
afios, en el fondo del jardin enmohecido. A su edad, una vitalidad tenaz volvia a 
embargarla. Gozaba de modo indecente con su victoria y tambien con el placer de 
disponer de un medio de fastidiar, para siempre, a la agarrada de su nuera. Ahora la 
tenia en sus manos. No queria que se ocultara ni un solo detalle de aquel atentado 
fallido y de como habia sucedido. 

«Y, ademas -proseguia, dirigiendose a mi, en el mismo tono exaltado-, fue en casa de 
usted, verdad, donde lo conoci, al asesino, en su casa de usted, sefior doctor... jY eso 
que desconfiaba de el!... jVaya si desconfiaba!... ^Sabes lo que me propuso primero? 
jLiquidarte a ti, chica! jAti, bicho! jYbarato tambien! jTe lo aseguro! jEs que propone 
lo mismo a todo el mundo! jYa se sabe!... Conque ya ves, desgraciada, jsi se yo bien a 
lo que se dedicaba tu compinche! j Si estoy informada, eh! [Robinson se llama!... ^A ver 
si no? [Anda, di que no se llama asi! En cuanto lo vi rondando por aqui con vosotros, 
sospeche en seguida... jY bien que hice! ^Donde estaria ahora, si no hubiera 
desconfiado?» 

Y la vieja me conto una y otra vez como habia sucedido todo. El conejo se habia 
movido, mientras el ataba el petardo junto a la puerta de la jaula. Entretanto, ella, la 
vieja, lo observaba desde su refugio, «;en primera fila!», como ella decia. Y el petardo 
con todas las postas le habia explotado en plena cara, mientras preparaba su truco, en 
sus propios ojos. «No se esta tranquilo, al hacer un asesinato. jComo es 16gico!», 
concluyo. 

En fin, que habia sido el colmo de la torpeza y del fracaso. 

«jAsi los han vuelto, a los hombres de ahora! jExacto! ]A eso los acostumbran! 
-insistia la vieja-. jAhora tienen que matar para comer! Ya no les basta con robar su pan 
solo... jY matar a abuelas, ademas!... Eso nunca se habia visto... iNunca!... jEs el fin del 
mundo! jYa solo piensan en hacer dafio! Pero, jahora estais todos hasta el cuello en ese 
maleficio!... jY ese esta ciego ahora! jY vais a tener que cargar con el para siempre!... 



^Eh?... jY no vais a acabar de aprender bribonadas!...» 

La nuera no rechistaba, pero ya debia de haber preparado su plan para salir del paso. 
Era una canalla reconcentrada. Mientras nosotros nos entregabamos a las reflexiones, la 
vieja se puso a buscar a su hijo por las habitaciones. 

«Y, ademas, es cierto, jtengo un hijo, doctor! ^Donde se habra ido a meter? ^Que 
mas estara tramando?» 

Oscilaba por el pasillo, presa de unas carcajadas que no acababan nunca. 

Que un viejo se ria, y tan fuerte, es algo que apenas ocurre salvo en los manicomios. 
Es como para preguntarse, al oirlo, adonde vamos a ir a parar. Pero estaba empenada en 
encontrar a su hijo. Se habia escapado a la calle. «jMuy bien! jQue se esconda y que 
viva mucho aun! jLe esta bien empleado verse obligado a vivir con ese otro que esta ahi 
arriba! jA vivir los dos juntos, con ese, que no va a ver mas! ]A alimentarlo! jEs que le 
ha explotado en plena jeta, su petardo! jLo he visto yo! jLo he visto todo! Asi, jbum! 
jEs que lo he visto todo! Y no era un conejo, jse lo aseguro! jHuy, la Virgen! Pero, 
^donde esta mi hijo, doctor? ^Donde esta? ^No lo ha visto usted? Es un canalla de 
mucho cuidado, tambien ese, que siempre ha sido un hipocrita peor aun que el otro, pero 
ahora todo el horror ha acabado saliendo de su cochina persona, jmenudo! jAh! Tarda 
mucho en salir, jque leche!, de una persona tan horrible. Pero, cuando sale, jes que ya es 
putrefaccion de verdad! jNo hay que darle vueltas, doctor! jNo se lo pierda!» Y seguia 
divirtiendose. Tambien queria asombrarme con su superioridad ante los acontecimientos 
y confundirnos a todos de una vez, humillarnos, en una palabra. 

Se habia hecho con un papel favorable, que le proporcionaba emocion. Una felicidad 
inagotable. Mientras eres capaz aun de desempefiar un papel, tienes asegurada la fe- 
licidad. Las jeremiadas, para vejestorios, lo que le habian ofrecido desde hacia veinte 
aiios, la tenian harta, a la vieja Henrouille. Ese papel, que le habian brindado en bandeja, 
virulento, inesperado, ya no lo soltaba. Ser viejo es no encontrar ya un papel vehemente 
que desempefiar, es caer en un eterno e insipido «dia sin funcion», donde ya solo se 
espera la muerte. El gusto por la vida recuperaba, la vieja, de pronto, con un papel 
vehemente de revancha. De pronto, ya no queria morir, nunca. Con ese deseo de su- 
pervivencia, con esa afirmacion, estaba radiante. Recuperar el fuego, un fuego de 
verdad en el drama. 

Se caldeaba, ya no queria abandonarlo, el fuego nuevo, abandonarnos. Durante 
mucho tiempo, habia dejado casi de creer en el. Habia llegado a un punto en que ya no 
sabia que hacer para no abandonarse a la muerte en el fondo de su absurdo jardin y, de 
repente, se veia envuelta, mira por donde, en una tremenda tormenta de actualidad dura, 
bien a lo vivo. 

«jMi muerte! -gritaba ahora la vieja Henrouille-. jQuiero verla, mi muerte! ^Me 
oyes? jTengo ojos, yo, para verla! ^Me oyes? jAun tengo ojos, yo! jQuiero verla bien!» 

Ya no queria morir, nunca. Estaba claro. Ya no creia en su muerte. 



Ya se sabe que esas cosas son siempre dificiles de arreglar y que arreglarlas cuesta 
siempre muy caro. Para empezar, no sabian siquiera donde meter a Robinson. ^En el 
hospital? Eso podia provocar mil habladurias, evidentemente, chismes... ^Enviarlo a su 
casa? No habia ni que pensar en eso tampoco, por el estado en que tenia la cara. Con- 
que, con gusto o no, los Henrouille se vieron obligados a guardarlo en su casa. 

A el, en la cama de la habitacion de arriba, no le llegaba la camisa al cuerpo. 
Autentico terror sentia de que lo pusieran en la puerta y lo denunciasen. Era comprensi- 
ble. Era una de esas historias que no se podian, la verdad, contar a nadie. Mantenian las 
persianas de su cuarto bien cerradas, pero la gente, los vecinos, empezaron a pasar por 
la calle mas a menudo que de costumbre, solo para mirar los postigos y preguntar por el 
herido. Les daban noticias, les contaban trolas. Pero, ^corno impedir que se extranaran? 
^Que chismorreasen? Conque exageraban la historia. ^Como evitar las suposiciones? 
Por fortuna, aun no se habia presentado ninguna denuncia concreta ante los tribunales. 
Ya era algo. En cuanto a su cara, yo hice lo que pude. No aparecio ninguna infeccion y 
eso que la herida fue de lo mas anfractuosa y sucia. En cuanto a los ojos, hasta en la 
cornea, yo preveia la existencia de cicatrices, a traves de las cuales la luz no pasaria sino 
con mucha dificultad, si es que llegaba a pasar otra vez, la luz. 

Ya buscariamos un medio de arreglarle, mal que bien, la vision, si es que le quedaba 
algo que se pudiera arreglar. De momento, habia que remediar la urgencia y sobre todo 
evitar que la vieja llegara a comprometernos a todos con sus chungos chillidos ante los 
vecinos y los curiosos. Ya podia pasar por loca, que eso no siempre explica todo. 

Si la policia se ponia a examinar nuestras aventuras, sabe Dios adonde nos 
arrastraria, la policia. Impedir ahora a la vieja que se comportara escandalosamente en 
su patinillo constituia una empresa delicada. Teniamos que intentar calmarla, por turno. 
No podiamos tratarla con violencia, pero la suavidad tampoco daba resultado siempre. 
Ahora la embargaba un sentimiento de venganza, nos hacia chantaje, sencillamente. 

Yo iba a ver a Robinson, dos veces al dia por lo menos. Gemia bajo las vendas, en 
cuanto me oia subir la escalera. Sufria, desde luego, pero no tanto como intentaba apa- 
rentar. Ya iba a tener motivos para afligirse, preveia yo, y mucho mas aun cuando se 
diera cuenta exacta de como le habian quedado los ojos... Yo me mostraba bastante eva- 
sivo en relacion con el porvenir. Los parpados le ardian mucho. Se imaginaba que era 
por esa comezon por lo que no veia. 

Los Henrouille se habian puesto a cuidarlo muy escrupulosamente, segun mis 
indicaciones. Por ese lado no habia problema. 

Ya no se hablaba del intento. Tampoco se hablaba del futuro. Cuando yo me despedia 
de ellos por la noche, nos mirabamos todos por turno y con tal insistencia todas las 
veces, que siempre me parecia inminente la posibilidad de que se suprimieran de una 
vez por todas unos a otros. Ese fin, pensandolo bien, me parecia logico y oportuno. Las 
noches de aquella casa me resultaban dificiles de imaginar. Sin embargo, volvia a 
encontrarmelos por la mahana y continuabamos juntos con las personas y las cosas 
donde nos habiamos quedado la noche anterior. La Sra. Henrouille me ayudaba a 
renovar el aposito con permanganato y entreabriamos un poco las persianas, para 
probar. Todas las veces en vano. Robinson no advertia siquiera que acababamos de 
entreabrirlas... 

Asi gira el mundo a traves de la noche amenazadora y silenciosa. 



Y el hijo me recibia todas las mananas con una observacion campesina: «Fijese, 
doctor... jYa son las ultimas heladas!», comentaba lanzando los ojos al cielo bajo el 
pequefio peristilo. Como si eso tuviera importancia, el tiempo que hacia. Su mujer iba a 
intentar una vez mas parlamentar con la suegra a traves de la puerta atrancada y lo unico 
que conseguia era aumentar su furia. 

Mientras estuvo vendado, Robinson me conto como se habia iniciado en la vida. En 
el comercio. Sus padres lo habian colocado, ya a los once afios, en una zapateria de lujo 
para hacer recados. Un dia que fue a entregar, una clienta lo invito a gustar un placer 
que hasta entonces solo habia imaginado. No habia vuelto nunca a casa del patron, de 
tan abominable que le habia parecido su propia conducta. En efecto, follarse a una 
clienta en la epoca de que hablaba era aun un acto imperdonable. Sobre todo la camisa 
de aquella clienta, de muselina pura, le habia causado una impresion extraordinaria. 
Treinta afios despues, la recordaba exactamente, aquella camisa. Con la dama de los 
frufrus en su piso atestado de cojines y de cortinas con flecos, su carne rosa y 
perfumada, el pequefio Robinson se habia llevado elementos para posteriores 
comparaciones desesperadas e interminables. 

Sin embargo, muchas cosas habian sucedido despues. Habia visto continentes, 
guerras enteras, pero nunca se habia recuperado del todo de aquella revelacion. Pero le 
divertia volver a pensar en ello, volver a contarme esa especie de minuto de juventud 
que habia tenido con la clienta. «Tener los ojos cerrados asi hace pensar -comentaba-. 
Es como un desfile... Parece que tuvieras un cine en la chola...» Yo no me atrevia aun a 
decirle que iba a tener tiempo de cansarse de su cinillo. Como todos los pensamientos 
conducen a la muerte, llegaria un momento en que solo la veria a esa, en su cine. 

Justo al lado del hotelito de los Henrouille funcionaba ahora una pequeha fabrica con 
un gran motor dentro. Hacia temblar el hotelito de la mafiana a la noche. Y otras 
fabricas, un poco mas alia, que martilleaban sin cesar, cosas y mas cosas, hasta de 
noche. «Cuando caiga la choza, jya no estaremos! -bromeaba Henrouille al respecto, un 
poco inquieto, de todos modos-. jPor fuerza acabara cayendo!» Era cierto que el techo 
se desgranaba ya sobre el suelo en cascotes pequenos. Por mucho que un arquitecto los 
hubiera tranquilizado, en cuanto te parabas a escuchar las cosas del mundo te sentias en 
su casa como en un barco, un barco que fuera de un temor a otro. Pasajeros encerrados y 
que pasaban mucho tiempo haciendo proyectos aun mas tristes que la vida y economias 
tambien y, recelosos, ademas, de la luz y tambien de la noche. 

Henrouille subia al cuarto despues de comer para leerle un poco a Robinson, como 
yo le habia pedido. Pasaban los dias. La historia de aquella maravillosa clienta que 
habia poseido en la epoca de su aprendizaje se la conto tambien a Henrouille. Y acabo 
siendo un motivo de risa general, la historia, para todo el mundo en la casa. Asi acaban 
nuestros secretos, en cuanto los aireamos en publico. Lo unico terrible en nosotros y en 
la tierra y en el cielo acaso es lo que aun no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta 
que no hayamos dicho todo, de una vez por todas, entonces quedaremos en silencio por 
fin y ya no tendremos miedo a callar. Listo. 

Durante las semanas que aun duro la supuracion de los parpados, pude entretenerlo 
con cuentos sobre sus ojos y el porvenir. Unas veces deciamos que la ventana estaba 
cerrada, cuando, en realidad, estaba abierta de par en par; otras veces, que estaba muy 
obscuro fuera. 

Sin embargo, un dia, estando yo vuelto de espaldas, fue hasta la ventana el mismo 
para darse cuenta y, antes de que yo pudiera impedirselo, se habia quitado las vendas de 
los ojos. Vacilo un momento. Tocaba, a derecha e izquierda, los montantes de la 
ventana, se negaba a creer, al principio, y, despues, no le quedo mas remedio que creer, 
de todos modos. Que remedio. 



«jBardamu! -me grito entonces-. jBardamu! jEsta abierta, la ventana! jTe digo que 
esta abierta !» Yo no sabia que responderle, me quede como un imbecil alii delante. 
Tenia los dos brazos extendidos por la ventana, al aire fresco. No veia nada, 
evidentemente, pero sentia el aire. Los alargaba entonces, sus brazos, asi, en su obs- 
curidad, todo lo que podia, como para tocar el final. No lo queria creer. Obscuridad para 
el solito. Volvi a conducirlo hasta la cama y le di nuevos consuelos, pero ya no me creia. 
Lloraba. Habia llegado al final el tambien. Ya no se le podia decir nada. Llega un 
momento en que estas completamente solo, cuando has alcanzado el fin de todo lo que 
te puede suceder. Es el fin del mundo. La propia pena, la tuya, ya no te responde nada y 
tienes que volver atras entonces, entre los hombres, sean cuales fueren. No eres exigente 
en esos momentos, pues hasta para llorar hay que volver adonde todo vuelve a empezar, 
hay que volver a reunirse con ellos. 

«Entonces, ^que van a hacer ustedes con el, cuando mejore?», pregunte a la nuera 
durante el almuerzo que siguio a aquella escena. Precisamente me habian pedido que me 
quedara a comer con ellos, en la cocina. En el fondo, no sabian demasiado bien, 
ninguno de los dos, como salir de aquella situacion. El desembolso de una pension los 
espantaba, sobre todo a ella, mejor informada aun que el sobre los precios de los 
subsidios para impedidos. Incluso habia hecho ya algunas gestiones ante la Asistencia 
Publica. Gestiones de las que procuraban no hablarme. 

Una noche, despues de mi segunda visita, Robinson intento retenerme junto a el por 
todos los medios, para que me fuera un poco mas tarde aun. No acababa de contar todo 
lo que se le ocurria, recuerdos de las cosas y los viajes que habiamos hecho juntos, 
incluso de lo que aun no habiamos intentado recordar. Se acordaba de cosas que aun no 
habiamos tenido tiempo de evocar. En su retiro, el mundo que habiamos recorrido 
parecia afluir con todas las quejas, las amabilidades, los trajes viejos, los amigos de los 
que nos habiamos separado, una autentica leonera de emociones trasnochadas que 
inauguraba en su cabeza sin ojos. 

«jMe voy a matar!», me avisaba, cuando su pena le parecia demasiado grande. Y 
despues conseguia avanzar un poco mas, de todos modos, con su pena, como una carga 
demasiado pesada para el, infinitamente inutil, por un camino en el que no encontraba a 
nadie a quien hablar de ella, de tan enorme y multiple que era. No habria sabido 
explicarla, era una pena que superaba su instruccion. 

Cobarde como era, yo lo sabia, y el tambien, por naturaleza, aun abrigaba la 
esperanza de que lo salvaran de la verdad, pero, por otro lado, yo empezaba a 
preguntarme si existia en alguna parte gente cobarde de verdad... Parece que siempre se 
puede encontrar, para cualquier hombre, un tipo de cosas por las que esta dispuesto a 
morir y al instante y bien contento, ademas. Solo, que no siempre se presenta su 
ocasion, de morir tan ricamente, la ocasion a su gusto. Entonces se va a morir como 
puede, en alguna parte... Se queda ahi, el hombre, en la tierra con aspecto de alelado, 
ademas, y de cobarde para todo el mundo, pero sin convencimiento, y se acabo. Es solo 
apariencia, la cobardia. 

Robinson no estaba dispuesto a morir en la ocasion que se le presentaba. Tal vez 
presentada de otro modo le hubiera gustado mucho mas. 

En resumen, la muerte es algo asi como una boda. 

Esa muerte no le gustaba en absoluto y se acabo. No habia mas que hablar. 

Conque iba a tener que resignarse a aceptar su hundimiento y desamparo. Pero de 
momento estaba del todo ocupado, del todo apasionado, embadurnandose el alma de 
modo repulsivo con su desgracia y su desamparo. Mas adelante, pondria orden en su 
desgracia y entonces empezaria una nueva vida de verdad. Que remedio. 

«Creeme, si quieres -me recordaba, zurciendo retazos de memoria asi, por la noche, 



despues de cenar-, pero, mira, en ingles, aunque nunca he tenido demasiada facilidad 
para las lenguas, habia llegado, de todos modos, a poder sostener una pequefia 
conversacion, al final, en Detroit... Bueno, pues, ahora ya casi he olvidado todo, todo 
salvo una cosa... Dos palabras... Que me vienen a la cabeza todo el tiempo desde que me 
ocurrio esto en los ojos: Gentlemen first! Es casi lo unico que puedo decir ahora de 
ingles, no se por que... Desde luego, es facil de recordar... Gentlemen first! Y, para 
intentar hacerlo cambiar de ideas, nos divertiamos hablando juntos ingles de nuevo. 
Entonces repetiamos, pero a menudo: Gentlemen first! a tontas y a locas, como idiotas. 
Un chiste exclusivo para nosotros. Acabamos ensenandoselo al propio Henrouille, que 
subia de vez en cuando a vigilarnos. 

Al remover los recuerdos, nos preguntabamos que quedaria aun de todo aquello... Lo 
que habiamos conocido juntos... Nos preguntabamos que habria sido de Molly, nuestra 
buena Molly... A Lola, en cambio, queria olvidarla, pero, a fin de cuentas, me habria 
gustado tener noticias de todas, aun asi, de la pequefia Musyne tambien, de paso... Que 
no debia de vivir demasiado lejos, en Paris, ahora. Al lado, vamos... Pero habria tenido 
que emprender autenticas expediciones, de todos modos, para tener noticias de 
Musyne... Entre tanta gente, cuyos nombres, trajes, costumbres, direcciones habia 
olvidado y cuyas amabilidades y sonrisas incluso, despues de tantos afios de 
preocupaciones, de ansias de comida, debian de haberse vuelto como quesos viejos a 
fuerza de muecas penosas... Los propios recuerdos tienen su juventud... Se convierten, 
cuando los dejas enmohecer, en fantasmas repulsivos, que no rezuman sino egoismo, 
vanidades y mentiras... Se pudren como manzanas... Conque nos hablabamos de nuestra 
juventud, la saboreabamos y volviamos a saborear. Desconfiabamos. A mi madre, por 
cierto, llevaba mucho sin ir a verla... Y esas visitas no me sentaban nada bien en el 
sistema nervioso... Era peor que yo, para la tristeza, mi madre... Siempre en el cuchitril 
de su tienda, parecia acumular todas las decepciones que podia a su alrededor despues 
de tantos y tantos afios... Cuando iba a verla, me contaba: «Mira, la tia Hortense murio 
hace dos meses en Coutances... Ya podrias haber ido... Y Clementin, ^sabes quien 
digo?... ^El encerador que jugaba contigo, cuando eras pequefio?... Bueno, pues, a ese lo 
recogieron antes de ayer en la Rue dAboukir... No habia comido desde hacia tres 
dias...» 

La infancia, la suya, no sabia Robinson por donde cogerla, cuando pensaba en ella, 
pues menos alegre era dificil de imaginar. Aparte del episodio con la clienta, no en- 
contraba en ella nada que no lo desesperara hasta vomitar en los rincones, como en una 
casa donde no hubiera sino cosas repugnantes y que apestasen, escobas, cubos, adefe- 
sios, bofetadas... El sefior Henrouille no tenia nada que contar de la suya hasta la mili, 
salvo que en aquella epoca le habian hecho la foto de chorchi con borla y que seguia 
aun ahora, esa foto, justo encima del armario de luna. 

Cuando Henrouille habia vuelto a bajar, Robinson me comunicaba su miedo a no 
cobrar ahora sus diez mil francos prometidos... «En efecto, jno cuentes demasiado con 
ellos!», le decia yo mismo. Preferia prepararlo para esa otra decepcion. 

Trocitos de plomo, lo que quedaba de la descarga, afloraban en los bordes de las 
heridas. Yo se los quitaba por etapas, unos pocos cada dia. Le hacia mucho dano, 
cuando le hurgaba asi justo por encima de las conjuntivas. 

En vano habiamos tornado toda clase de precauciones, la gente del barrio se habia 
puesto a hablar, de todos modos, con ganas. Por fortuna, Robinson no tenia idea de esas 
habladurias, se habria puesto aun mas enfermo. Estabamos, ni que decir tiene, envueltos 
en sospechas. Henrouille hija hacia cada vez menos ruido al recorrer la casa en 
zapatillas. No contabas con ella y te la encontrabas a tu lado. 

Ahora que estabamos en medio de los arrecifes, la menor duda bastaria ahora para 



hacernos zozobrar a todos. Todo iria entonces a reventar, resquebrajarse, chocar, 
deshacerse y desparramarse por la orilla. Robinson, la abuela, el petardo, el conejo, los 
ojos, el hijo inverosimil, la nuera asesina, quedariamos desplegados ahi, entre todas 
nuestras basuras y nuestros cochinos pudores, ante los curiosos estremecidos. Yo no las 
tenia todas conmigo. No es que hubiera hecho nada, yo, verdaderamente criminal. Era 
sobre todo culpable por desear en el fondo que todo aquello continuara. E incluso no 
veia ya inconveniente en que nos fueramos todos juntos a pasear cada vez mas lejos en 
la noche. 

Pero es que no habia necesidad siquiera de desear, la cosa seguia sola, jy a escape, 
ademas! 



Los ricos no necesitan matar en persona para jalar. Dan trabajo a los demas, como 
ellos dicen. No hacen el mal en persona, los ricos. Pagan. Se hace todo lo posible para 
complacerlos y todo el mundo muy contento. Mientras que sus mujeres son bellas, las 
de los pobres son feas. Es asi desde hace siglos, aparte de los vestidos elegantes. 
Preciosas, bien alimentadas, bien lavadas. Desde que el mundo es mundo, no se ha 
llegado a otra cosa. 

En cuanto al resto, en vano te esfuerzas, resbalas, patinas, vuelves a caer en el 
alcohol, que conserva a los vivos y a los muertos, no llegas a nada. Esta mas que 
demostrado. Y desde hace tantos siglos que podemos observar nuestros animales nacer, 
penar y cascar ante nosotros, sin que les haya ocurrido, tampoco a ellos, nada 
extraordinario nunca, salvo reanudar sin cesar el mismo fracaso insipido donde tantos 
otros animales lo habian dejado. Sin embargo, deberiamos haber comprendido lo que 
ocurria. Oleadas incesantes de seres inutiles vienen desde el fondo de los tiempos a 
morir sin cesar ante nosotros y, sin embargo, seguimos ahi, esperando cosas... Ni 
siquiera para pensar la muerte servimos. 

Las mujeres de los ricos, bien alimentadas, bien engafiadas, bien descansadas, esas, 
se vuelven bonitas. Eso es cierto. Al fin y al cabo, tal vez eso baste. No se sabe. Seria al 
menos una razon para existir. 

«Las mujeres en America, ^no te parece que eran mas bellas que las de aqui?» Cosas 
asi me preguntaba, Robinson, desde que daba vueltas a los recuerdos de los viajes. 
Sentia curiosidades, se ponia a hablar incluso de las mujeres. 

Ahora yo iba a verlo un poco menos a menudo, porque fue por aquella epoca cuando 
me destinaron a la consulta de un pequefio dispensario para tuberculosos de la vecindad. 
Hay que llamar las cosas por su nombre, con eso me ganaba ochocientos francos al mes. 
Los enfermos eran sobre todo gente de las chabolas, esa como aldea que nunca consigue 
desprenderse del todo del barro, encajonada entre las basuras y bordeada de senderos 
donde las chavalas demasiado despiertas y mocosas hacen novillos para pescar, junto a 
las vallas, de un satiro a otro, un franco, patatas fritas y la blenorragia. Pais de cine de 
vanguardia, donde la ropa sucia infesta los arboles y todas las ensaladas chorrean orina 
los sabados por la noche. En mi terreno, no hice, durante aquellos meses de practica 
especializada, ningun milagro. Y, sin embargo, habia gran necesidad de milagros. Pero a 
mis clientes no les interesaba que yo hiciera milagros; contaban, al contrario, con su 
tuberculosis para que los pasaran del estado de miseria absoluta en que se asfixiaban 
desde siempre al de miseria relativa que confieren las minusculas pensiones del Estado. 
Arrastraban sus esputos mas o menos positivos de licencia en licencia desde la guerra. 
Adelgazaban a fuerza de fiebre mantenida por la poca comida, los muchos vomitos, la 
enormidad de vino y el trabajo, de todos modos, un dia de cada tres, a decir verdad. 

La esperanza de la pension los poseia en cuerpo y alma. Les llegaria un dia, como la 
gracia, la pension, con tal de que tuvieran fuerza para esperar un poco aun, antes de 
cascarla del todo. No se sabe lo que es volver y esperar algo hasta que no se ha 
observado lo que pueden llegar a esperar y volver los pobres que esperan una pension. 

Pasaban tardes y semanas enteras esperando, en la entrada y en el umbral de mi 
miserable dispensario, mientras fuera llovia, y removiendo sus esperanzas de 
porcentajes, sus deseos de esputos francamente bacilares, esputos de verdad, esputos 
tuberculosos «ciento por ciento». La curacion venia mucho despues que la pension en 



sus esperanzas; tambien pensaban, desde luego, en la curacion, pero apenas, hasta tal 
punto los embelesaba el deseo de ser rentistas, un poquito rentistas, en cualesquiera 
condiciones. Ya no podian existir en ellos, aparte de ese deseo intransigente, definitivo, 
sino pequenos deseos subalternos y su propia muerte se volvia, en comparacion, algo 
bastante accesorio, un riesgo deportivo como maximo. La muerte, al fin y al cabo, no es 
sino cuestion de unas horas, de minutos incluso, mientras que una renta es como la 
miseria, algo que dura toda la vida. Los ricos se emborrachan de otro modo y no pueden 
llegar a comprender esos frenesies por la seguridad. Ser rico es otra embriaguez, es 
olvidar. Para eso incluso es para lo que se llega a rico, para olvidar. 

Poco a poco habia perdido yo la costumbre de prometerles la salud, a mis enfermos. 
No podia alegrarlos demasiado, la perspectiva de estar bien de salud. Al fin y al cabo, 
estar bien de salud no es sino un apano. Sirve para trabajar, la salud, u que mas? 
Mientras que una pension del Estado, aun infima, es algo divino, pura y simplemente. 

Cuando no se tiene dinero para ofrecer a los pobres, mas vale callarse. Cuando se les 
habla de otra cosa, y no de dinero, se los engana, se miente, casi siempre. Los ricos son 
faciles de divertir, con simples espejos, por ejemplo, para que en ellos se contemplen, ya 
que no hay nada mejor en el mundo para mirar que los ricos. Para reanimarlos, se los 
eleva, a los ricos, cada diez afios, a un grado mas de la Legion de Honor, como una teta 
vieja, y ya los tenemos ocupados durante otros diez afios. Y listo. Mis clientes, en 
cambio, eran unos egoistas, pobres, materialistas encerrados en sus cochinos proyectos 
de retiro, mediante el esputo sangrante y positivo. El resto les daba por completo igual. 
Hasta las estaciones les daban igual. De las estaciones solo sentian y querian saber lo 
relativo a la tos y la enfermedad, que en invierno, por ejemplo, te acatarras mucho mas 
que en verano, pero que en primavera, en cambio, escupes sangre con facilidad y que 
durante los calores puedes llegar a perder tres kilos por semana... A veces los oia 
hablarse entre ellos, cuando creian que yo no estaba, mientras esperaban su turno. 
Contaban sobre mi horrores sin fin y mentiras como para quedarse turulato. Criticarme 
asi debia de animarlos, infundirles que se yo que valor misterioso, que necesitaban para 
ser cada vez mas implacables, resistentes y malvados pero bien, para durar, para resistir. 
Hablar mal asi, maldecir, menospreciar, amenazar, les sentaba bien, era como para 
pensarlo. Y, sin embargo, habia hecho todo lo posible, yo, para series agradable, por 
todos los medios; estaba de su parte e intentaba series Ml, les daba mucho yoduro para 
hacerles escupir sus cochinos bacilos y todo ello sin conseguir nunca neutralizar su mala 
leche... 

Se quedaban ahi delante de mi, sonrientes como criados, cuando les hacia preguntas, 
pero no me querian, en primer lugar porque los ayudaba, y tambien porque no era rico y 
recibir mis cuidados queria decir recibirlos gratis y eso nunca es halagador para un 
enfermo, ni siquiera para el que esta pendiente de conseguir una pension. Por detras no 
habia, pues, perrerias que no hubiesen propagado sobre mi. Tampoco tenia auto yo, al 
contrario que la mayoria de los demas medicos de los alrededores, y era tambien como 
una invalidez, en su opinion, que fuese a pie. En cuanto los excitaban un poco, a mis 
enfermos, y los colegas no perdian ocasion de hacerlo, se vengaban, parecia, de toda mi 
amabilidad, de que fuera tan servicial, tan solicito. Todo eso es normal. El tiempo 
pasaba, de todos modos. 

Una noche, cuando mi sala de espera estaba casi vacia, entro un sacerdote a hablar 
conmigo. Yo no lo conocia, a aquel cura, estuve a punto de ponerlo de patitas en la calle. 
No me gustaban los curas, tenia mis razones, sobre todo desde que me habian hecho la 
faena del embarque en San Tapeta. Pero aquel, en vano me esforzaba por reconocerlo, 
para darle un rapapolvo a ciencia cierta, la verdad es que no lo habia visto nunca. Y, sin 
embargo, de noche debia de circular con frecuencia por Rancy, pues era de la vecindad. 



^Seria que me evitaba cuando salia? Lo pense. En fin, debian de haberle avisado de que 
a mi no me gustaban los curas. Se notaba por el modo furtivo como inicio el palique. 
Conque nunca nos habiamos tropezado en torno a los mismos enfermos. Servia en una 
iglesia de alii al lado, desde hacia veinte afios, segun me dijo. Fieles habia a montones, 
pero no muchos que le pagaran. Pordiosero, mas que nada, en una palabra. Eso nos 
aproximaba. La sotana que lo cubria me parecio un ropaje muy incomodo para 
deambular en el fango de las chabolas. Se lo comente. Insisti incluso en la extravagante 
incomodidad de semejante atuendo. 

«jSe acostumbra uno!», me respondio. 

La impertinencia de mi comentario no le quito las ganas de mostrarse mas amable 
aun. Evidentemente, venia a pedirme algo. Su voz apenas se elevaba sobre una mono- 
tonia confidencial, que se debia, asi me imagine al menos, a su profesion. Mientras 
hablaba, prudente y preliminar, yo intentaba imaginarme lo que debia de hacer, aquel 
cura, para ganarse sus calorias, montones de muecas y promesas, del estilo de las mias... 
Y despues me lo imaginaba, para divertirme, desnudo ante su altar... Asi es como hay 
que acostumbrarse a transponer desde el primer momento a los hombres que vienen a 
visitarte, los comprendes mucho mas rapido despues, disciernes al instante en cualquier 
personaje su realidad de enorme y avido gusano. Es un buen truco de la imaginacion. Su 
cochino prestigio se disipa, se evapora. Desnudo ante ti ya no es, en una palabra, sino 
una alforja petulante y jactanciosa que se afana farfullando, futil, en un estilo o en otro. 
Nada resiste a esa prueba. Sabes a que atenerte al instante. Ya solo quedan las ideas y las 
ideas nunca dan miedo. Con ellas nada esta perdido, todo se arregla. Mientras que a 
veces es dificil soportar el prestigio de un hombre vestido. Conserva la tira de pestes y 
misterios en la ropa. 

Tenia dientes pesimos, el padre, podridos, ennegrecidos y rodeados de sarro 
verdusco, una piorrea alveolar curiosita, en una palabra. Iba yo a hablarle de su piorrea, 
pero estaba demasiado ocupado contandome cosas. No cesaban de rezumar, las cosas 
que me decia, contra sus raigones, a impulsos de una lengua todos cuyos movimientos 
espiaba yo. Lengua desollada, la suya, en numerosas zonas minusculas de sus 
sanguinolentos bordes. 

Yo tenia la costumbre, e incluso el placer, de esas observaciones intimas y 
meticulosas. Cuando te detienes a observar, por ejemplo, el modo como se forman y 
profieren las palabras, no resisten nuestras frases al desastre de su baboso decorado. Es 
mas complicado y mas penoso que la defecacion, nuestro esfuerzo mecanico de la con- 
versacion. Esa corola de carne abotargada, la boca, que se agita silbando, aspira y se 
debate, lanza toda clase de sonidos viscosos a traves de la hedionda barrera de la caries 
dental, [que castigo! Y, sin embargo, eso es lo que nos exhortan a transponer en ideal. Es 
dificil. Puesto que no somos sino recintos de tripas tibias y a medio pudrir, siempre 
tendremos dificultades con el sentimiento. Enamorarse no es nada, permanecer juntos es 
lo dificil. La basura, en cambio, no pretende durar ni crecer. En ese sentido, somos 
mucho mas desgraciados que la mierda, ese empefio de perseverar en nuestro estado 
constituye la increible tortura. 

Esta visto que no adoramos nada mas divino que nuestro olor. Toda nuestra desgracia 
se debe a que debemos seguir siendo Jean, Pierre o Gaston, a toda costa, durante afios y 
afios. Este cuerpo nuestro, disfrazado de moleculas agitadas y triviales, se revela todo el 
tiempo contra esta farsa atroz del durar. Quieren ir a perderse, nuestras moleculas, 
iricuras!, lo mas rapido posible, en el universo. Sufren por ser solo «nosotros», 
cornudos del infinito. Estallariamos, si tuvieramos valor; no hacemos sino flaquear dia 
tras dia. Nuestra tortura querida esta encerrada ahi, atomica, en nuestra propia piel, con 
nuestro orgullo. 



Como yo callaba, consternado por la evocacion de esas ignominias biologicas, el 
padre creyo tenerme en el bote y aprovecho incluso para mostrarse de lo mas con- 
descendiente y familiar conmigo. Evidentemente, se habia informado sobre mi por 
adelantado. Con infinitas precauciones, abordo el vidrioso tema de mi reputacion 
medica en la vecindad. Habria podido ser mejor, me dio a entender, mi reputacion, si 
hubiera actuado de modo muy distinto al instalarme y ello desde los primeros momentos 
de mi ejercicio en Rancy. «Los enfermos, querido doctor, no lo olvidemos nunca, son en 
principio conservadores... Temen, como es facil de comprender, que lleguen a faltarles 
la tierra y el cielo...» 

Segun el, yo deberia, pues, haberme aproximado desde el principio a la Iglesia. Tal 
era su conclusion de orden espiritual y practico tambien. No era mala idea. Yo me 
guardaba bien de interrumpirlo, pero esperaba con paciencia que fuera al grano respecto 
a los motivos de su visita. 

Para un tiempo triste y confidencial no se podia pedir nada mejor que el que hacia 
fuera. Era tan feo el tiempo, y de modo tan frio, tan insistente, como para pensar que ya 
no volveriamos a ver nunca el resto del mundo al salir, que se habria deshecho, el 
mundo, asqueado. 

Mi enfermera habia logrado, por fin, rellenar sus fichas, todas sus fichas, hasta la 
ultima. Ya no tenia excusa alguna para quedarse alii escuchandonos. Conque se marcho, 
pero muy molesta, dando un portazo tras si, a traves de una furiosa bocanada de lluvia. 



Durante la conversacion, aquel cura dio su nombre, padre Protiste se llamaba. Me 
comunico, de reticencias en reticencias, que hacia ya un tiempo que realizaba gestiones 
junto con Henrouille hija con vistas a colocar a la vieja y a Robinson, los dos juntos, en 
una comunidad religiosa, una barata. Aun estaban buscando. 

Mirandolo bien, habria podido pasar, el padre Protiste, por un empleado de comercio, 
como los demas, tal vez incluso por un jefe de departamento, mojado, verdoso y 
resecado cien veces. Era plebeyo de verdad por la humildad de sus insinuaciones. Por el 
aliento tambien. Yo no me equivocaba casi nunca con los alientos. Era un hombre que 
comia demasiado de prisa y bebia vino bianco. 

Henrouille nuera, me conto, para empezar, habia ido a verlo al presbiterio, poco 
despues del atentado, para que los sacara del tremendo apuro en que acababan de meter - 
se. A mi me parecia, mientras contaba eso, que buscaba excusas, explicaciones, parecia 
como avergonzarse de aquella colaboracion. No valia la pena, la verdad, que se andara 
con remilgos por mi. Comprende uno las cosas. Habia venido a vernos de noche. Y se 
acabo. jPeor para el, ademas! Una como cochina audacia se habia apoderado de el 
tambien, poco a poco, con el dinero. jAlla el! Como todo mi dispensario estaba en 
completo silencio y la noche caia sobre las chabolas, bajo entonces la voz del todo para 
hacerme sus confidencias solo a mi. Pero, de todos modos, en vano susurraba, todo lo 
que me contaba me parecia, pese a todo, inmenso, insoportable, por la calma, 
seguramente, que nos rodeaba, como llena de ecos. ,-Acaso dentro de mi solo? jChsss!, 
me daban ganas de apuntarle todo el tiempo, en el intervalo entre las palabras que 
pronunciaba. De miedo me temblaban un poco los labios incluso y al final de las frases 
dejaba de pensar. 

Ahora que se habia unido a nuestra angustia, ya no sabia demasiado como hacer, el 
cura, para avanzar detras de nosotros cuatro en la negrura. Una pequena pandilla. 
^Queria saber cuantos eramos ya en la aventura? ^Adonde ibamos? Para poder, tambien 
el, coger la mano de los nuevos amigos hacia ese final que tendriamos que alcanzar 
todos juntos o nunca. Ahora eramos del mismo viaje. Aprendia a andar en la noche, el 
cura, como nosotros, como los otros. Tropezaba aun. Me preguntaba que debia hacer 
para no caer. jQue no viniera, si tenia miedo! Llegariamos al final juntos y entonces 
sabriamos lo que habiamos ido a buscar en la aventura. La vida es eso, un cabo de luz 
que acaba en la noche. 

Y, ademas, puede que no lo supieramos nunca, que no encontrasemos nada. Eso es la 
muerte. 

La cuestion de momento era avanzar bien a tientas. Por lo demas, desde el punto al 
que habiamos llegado ya no podiamos retroceder. No habia opcion. Su cochina justicia 
con sus leyes estaba por todos lados, en la esquina de cada corredor. Henrouille hija 
llevaba de la mano a la vieja y su hijo y yo a ellas y a Robinson tambien. Estabamos 
juntos. Exacto. Le explique todo eso en seguida al cura. Y comprendio. 

Quisieramos o no, en el punto en que nos encontrabamos ahora, no habria sido plato 
de gusto que nos hubieran sorprendido y descubierto los transeuntes, le dije tambien al 
cura, e insisti mucho en eso. Si nos encontrabamos con alguien, tendriamos que 
aparentar que ibamos de paseo, como si tal cosa. Esa era la consigna. Conservar la 
naturalidad. Asi, pues, el cura ahora sabia todo, comprendia todo. Me estrechaba la 
mano con fuerza, a su vez. Tenia mucho miedo, como es logico, el tambien. Los 



comienzos. Vacilaba, farfullaba incluso como un inocente. Ya no habia camino ni luz en 
el punto en que nos encontrabamos, solo prudencia en su lugar y que nos pasabamos de 
unos a otros y en la que no creiamos demasiado tampoco. Nada recoge las palabras que 
se dicen en esos casos para tranquilizarse. El eco no devuelve nada, has salido de la 
Sociedad. El miedo no dice ni si ni no. Recoge todo lo que se dice, el miedo, todo lo que 
se piensa, todo. 

Ni siquiera sirve en esos casos desorbitar los ojos en la obscuridad. Es horror inutil y 
se acabo. Se ha apoderado de todo, la noche, y hasta de las miradas. Te deja vacio. Hay 
que cogerse de la mano, de todos modos, para no caer. La gente de la luz ya no te 
comprende. Estas separado de ella por todo el miedo y permaneces aplastado por el 
hasta el momento en que la cosa acaba de un modo o de otro y entonces puedes reunirte 
por fin con esos cabrones de todo un mundo en la muerte o en la vida. 

Lo que tenia que hacer el padre de momento era ayudarnos y espabilarse para 
aprender, era su currelo. Y, ademas, que habia venido, solo para eso, ocuparse de la co- 
locacion de la tia Henrouille, para empezar, y a escape, y de Robinson tambien, al 
tiempo, en donde las hermanitas de provincias. Le parecia posible, y a mi tambien, por 
cierto, ese arreglo. Solo, que habria que esperar meses para una vacante y nosotros no 
podiamos esperar mas. Hartos estabamos. 

La nuera tenia toda la razon: cuanto antes, mejor. jQue se fueran! jQue nos viesemos 
libres de ellos! Conque Protiste estaba probando otro arreglo. Parecia, reconoci al 
instante, de lo mas ingenioso. Y, ademas, que entrafiaba una comision para los dos, para 
el cura y para mi. El arreglo tenia que decidirse sin tardanza y yo debia desempefiar mi 
modesto papel. El consistente en convencer a Robinson para que se marchara al 
Mediodia, aconsejarlo al respecto y de forma totalmente amistosa, por supuesto, pero 
apremiante, de todos modos. 

Al no conocer todos los entresijos del arreglo de que hablaba el cura, tal vez deberia 
haberme reservado la opinion, haber exigido garantias para mi amigo, por ejemplo... 
Pues, al fin y al cabo, era, pensandolo bien, un arreglo muy raro el que nos presentaba, 
el padre Protiste. Pero estabamos todos tan apremiados por las circunstancias, que lo 
esencial era no perder tiempo. Prometi todo lo que deseaban, mi apoyo y el secreto. 
Aquel Protiste parecia estar de lo mas acostumbrado a las circunstancias delicadas de 
ese genero y yo tenia la sensacion de que me iba a facilitar mucho las cosas. 

^Por donde empezar, ante todo? Habia que organizar una marcha discreta para el 
Mediodia. ^Que pensaria, Robinson, del Mediodia? Y, ademas, la marcha con la vieja, a 
la que habia estado a punto de asesinar... Yo insistiria... jY listo!... No le quedaba mas 
remedio que aceptar, y por toda clase de razones, no todas demasiado positivas, pero 
solidas todas. 

Para oficio raro, el que les habian buscado a Robinson y a la vieja en el Mediodia lo 
era y raro de verdad. En Toulouse era. jCiudad bonita, Toulouse! Por cierto, jque la 
ibamos a ver! jlbamos a ir a verlos, alii! Quedamos en que yo iria a Toulouse, en cuanto 
estuvieran instalados, en su casa y en su currelo y todo. 

Y despues, pensandolo bien, me fastidiaba que se marchara tan pronto Robinson, alii, 
y al mismo tiempo me daba mucho gusto, sobre todo porque por una vez me ganaba un 
beneficio curiosito y de verdad. Me iban a dar mil francos. Asi estaba convenido 
tambien. Lo unico que tenia que hacer era convencer a Robinson para que se fuese al 
Mediodia, asegurandole que no habia clima mejor para las heridas de sus ojos, que alii 
estaria la mar de bien y que, en una palabra, tenia una potra que para que de salir tan 
bien librado. Era el modo de decidirlo. 

Tras cinco minutos de reflexionar asi, ya estaba yo del todo convencido y preparado 
para una entrevista decisiva. A hierro caliente, batir de repente, esa es mi opinion. Al fin 



y al cabo, no iba a estar peor alii que aqui. La idea que habia tenido aquel Protiste 
parecia, pensandolo bien, muy razonable, la verdad. Esos curas saben, que caramba, 
apagar los peores escandalos. 

Un comercio tan decente como cualquier otro, eso era lo que les ofrecian a Robinson 
y a la vieja en definitiva. Una especie de sotano con momias era, si no habia entendido 
yo mal. Dejaban visitarlo, el sotano bajo una iglesia, a cambio de un obolo. Turistas. Y 
todo un negocio, me aseguraba Protiste. Ya estaba yo casi convencido y al instante un 
poco envidioso. No se presenta todos los dias la oportunidad de hacer trabajar a los 
muertos. 

Cerre el dispensario y nos dirigimos a casa de los Henrouille, bien decididos, el cura 
y yo, por entre los charcos. Era una novedad, pero lo que se dice una novedad. jMil 
francos de esperanza! Yo habia cambiado de opinion sobre el cura. Al llegar al hotelito, 
encontramos a los esposos Henrouille junto a Robinson, en la alcoba del primer piso. 
Pero, jen que estado, Robinson! 

«jYa estas aqui! -fue y me dijo con el alma en vilo, en cuanto me oyo subir-. jSiento 
que va a pasar algo!... ^Es verdad?», me pregunto jadeando. 

Y ya lo teniamos otra vez lloriqueando antes de que yo hubiese podido decir una 
palabra siquiera. Los otros, los Henrouille, me hacian senas, mientras Robinson pedia 
socorro: «jMenudo lio! -me dije-. jQue prisas tienen esos!... jSiempre con excesivas 
prisas! ^Habran levantado la liebre asi, en frio?... ^Sin preparacion? ^Sin esperarme?...» 

Por fortuna, pude presentar de nuevo, por asi decir, el asunto con otras palabras. No 
pedia otra cosa tampoco Robinson, un nuevo aspecto de las mismas cosas. Eso bastaba. 
El cura seguia en el pasillo, no se atrevia a entrar en la habitacion. Iba y venia, sin parar, 
de canguelo. 

«jEntre! -le invito, sin embargo, la hija, al final-. jEntre, hombre! jNo molesta usted 
ni mucho menos, padre! Sorprende usted a una pobre familia en plena desgracia, jnada 
mas!... ;E1 medico y el cura! ^Acaso no es asi siempre en los momentos dolorosos de la 
vida?» 

Se ponia a hacer frases grandilocuentes. Las nuevas esperanzas de salir del tomate y 
de la noche eran las que la volvian lirica, a aquella puta, a su cochina manera. 

El desamparado cura habia perdido todos sus recursos y se puso a farfullar de nuevo, 
al tiempo que permanecia a cierta distancia del enfermo. Su emocionado farfulleo se le 
pego a Robinson, quien volvio a entrar en trance: «jMe enganan! jMe engahan todos!», 
gritaba. 

Chachara, vamos, y, ademas, sobre simples apariencias. Emociones. Siempre lo 
mismo. Pero eso me reanimo a mi, me devolvio la cara dura. Me lleve a Henrouille hija 
a un rincon y le puse francamente las cartas boca arriba, porque veia que el unico 
hombre alii capaz de sacarlos del apuro ira de nuevo mi menda, a fin de cuentas. «jUn 
anticipo! -fui y le dije a la hija-. Y ahora mismo, jmi anticipo!» Cuando ya se ha perdido 
la confianza, no hay razon para andarse con rodeos, como se suele decir. Comprendio y 
me puso un billete de mil francos en toda la mano y otro mas para mayor seguridad. Me 
habia impuesto con autoridad. Entonces me puse a convencerlo, a Robinson, ya que 
estaba. Tenia que resignarse a marchar al Mediodia. 

Traicionar, se dice pronto. Pero es que hay que aprovechar la ocasion. Es como abrir 
una ventana en una carcel, traicionar. Todo el mundo lo desea, pero es raro que se 
consiga. 



Una vez que Robinson se hubo marchado de Rancy, estuve convencido de que la 
vida iba a cambiar, de que tendria, por ejemplo, unos pocos mas enfermos que de cos- 
tumbre, y resulta que no. Primero, sobrevino el paro, la crisis, en la vecindad y eso es lo 
peor. Y, ademas, el tiempo se volvio, pese al invierno, suave y seco, mientras que el 
humedo y frio es el que necesitamos para la medicina. Epidemias tampoco; en fin, una 
estacion contraria, un buen fracaso. 

Vi incluso a colegas que iban a hacer sus visitas a pie, con eso esta dicho todo, 
divertidos en apariencia con el paseo, pero muy molestos, en realidad, y solo por no sa- 
car los autos, por economia. Por mi parte, yo solo tenia un impermeable para salir. 
^Seria por eso por lo que pesque un catarro tan tenaz? £0 era que me habia acostum- 
brado de verdad a comer demasiado poco? Todo era posible. ^Seria que me habian 
vuelto las fiebres? En fin, el caso es que, por haber cogido un poco de frio, justo antes 
de la primavera, me puse a toser sin parar, mas enfermo que la leche. Un desastre. Una 
mafiana me resulto del todo imposible levantarme. Justo entonces pasaba por delante de 
mi puerta la tia de Bebert. La mande llamar. Subio. La envie al instante a cobrar una 
pequena cantidad que aun me debian en el barrio. La unica, la ultima. Esa suma 
recuperada a medias me duro diez dias, en cama. 

Se tiene tiempo de pensar, durante diez dias tumbado. 

En cuanto me encontrara mejor, me iria de Rancy, eso era lo que habia decidido. Dos 
mensualidades atrasadas ya, por cierto... jAdios, pues, a mis cuatro muebles! Sin decir 
nada a nadie, por supuesto, me largaria, a hurtadillas, y no me volverian a ver nunca en 
La Garenne-Rancy. Me marcharia sin dejar rastro ni direccion. Cuando te acosa la fiera 
hedionda de la miseria, ^para que discutir? Un tunela no dice nada y se da el piro. 

Con mi titulo podia establecerme en cualquier parte, cierto... Pero no iba a ser ni mas 
agradable ni peor... Un poco mejor, el sitio, al comienzo, logicamente, porque siempre 
hace falta un poco de tiempo para que la gente llegue a conocerte y para que se ponga 
manos a la obra y encuentre el truco con el que hacerte dafio. Mientras aun te buscan el 
punto mas flaco, disfrutas de un poco de tranquilidad, pero, en cuanto lo han 
encontrado, vuelve a ser la misma historia de siempre, como en todas partes. En una 
palabra, el corto periodo durante el que eres desconocido en cada sitio nuevo es el mas 
agradable. Despues, vuelta a empezar con la misma mala leche. Son asi. Lo importante 
es no esperar demasiado a que te hayan descubierto, pero bien, la debilidad, los gachos. 
Hay que aplastar las chinches antes de que se hayan metido en sus agujeros, ^no? 

En cuanto a los enfermos, los clientes, no me hacia ilusiones al respecto... No iban a 
ser en otro barrio ni menos rapaces, ni menos burros, ni menos cobardes que los de aqui. 
La misma priva, el mismo cine, los mismos chismes deportivos, la misma sumision 
entusiasta a las necesidades naturales, de jalar y quilar, los convertirian, alia como aqui, 
en la misma horda embrutecida, cateta, titubeante de una trola a otra, farolera siempre, 
chapucera, mal intencionada, agresiva entre dos panicos. 

Pero, ya que el enfermo, por su parte, no deja de cambiar de costado en su cama, en 
la vida tenemos tambien derecho a pasar de un flanco a otro, es lo unico que podemos 
hacer y la unica defensa que hemos descubierto contra el propio Destino. Hay que 
abandonar la esperanza de dejar la pena en algun sitio por el camino. Es como una 
mujer horrorosa, la pena, y con la que te hubieras casado. ^No sera mejor tal vez acabar 
amandola un poco que agotarse azotandola toda la vida, puesto que no te la puedes 



cargar? 

El caso es que me largue a hurtadillas de mi entresuelo de Rancy. Estaban en corro 
en torno al vino de mesa y las castafias, la portera y compania, cuando pase por delante 
de su chiscon por ultima vez. Ni visto ni oido. Ella se rascaba y el, inclinado sobre la 
estufa, abotargado por el calor, estaba ya tan bebido, que se le cerraban los ojos. 

Para aquella gente, yo me colaba en lo desconocido como en un gran tunel sin fin. 
Da gusto, tres personas menos que te conocen y, por tanto, tres menos para espiarte y 
hacerte dafio, que ni siquiera saben en absoluto que ha sido de ti. [Que bien! Tres, 
porque cuento tambien a su hija, su hija Therese, que se hacia heridas hasta supurar de 
forunculos, de tanto como le picaban pulgas y chinches. Es cierto que picaban tanto, en 
su casa, que, al entrar en su chiscon, tenias la sensacion de penetrar poco a poco en un 
cepillo. 

El largo dedo del gas en la entrada, crudo y silbante, se apoyaba sobre los transeuntes 
al borde de la acera y los convertia, de golpe, en fantasmas extraviados en el negro 
marco del portal. A continuacion iban a buscarse un poco de calor, los transeuntes, aqui 
y alia, delante de las otras ventanas y las farolas y al final se perdian como yo en la 
noche, negros y difusos. 

Ni siquiera estabas obligado a reconocerlos, a los transeuntes. Y, sin embargo, me 
habria gustado detenerlos en su vago deambular, un segundito, el tiempo justo para 
decirles, de una vez por todas, que me iba a perderme, al diablo, que me marchaba, pero 
tan lejos, que ya podian darles por culo y que ya no podian hacerme nada, ni unos ni 
otros, intentar nada... 

Al llegar al Boulevard de la Liberte, los camiones de legumbres subian temblando 
hacia Paris. Segui su ruta. En una palabra, ya casi me habia marchado del todo de 
Rancy. Hacia bastante fresco. Conque, para calentarme, di un pequefio rodeo hasta el 
chiscon de la tia de Bebert. Su lampara era un puntito de luz al fondo del pasillo. «Para 
acabar -me dije- tengo que decirle "adios" a la tia.» 

Estaba en su silla, como de costumbre, entre los olores del chiscon, y la estufita 
calentando todo aquello y su vieja figura ahora siempre lista para llorar desde que 
Bebert habia muerto y, ademas, en la pared, por encima de la caja de costura, una gran 
foto escolar de Bebert, con su delantal, una boina y la cruz. Era una «ampliacion» con- 
seguida con los cupones del cafe. La desperte. 

«Hola, doctor -dijo sobresaltada. Aun recuerdo muy bien lo que me dijo-. iTiene 
usted mala cara! -observo en seguida-. Sientese... Yo tampoco me encuentro demasiado 
bien...» 

«He salido a dar un paseo», respondi, para despistar. 

«Es muy tarde -dijo- para dar un paseo, sobre todo si va usted hacia la Place Clichy... 
jA esta hora sopla un viento muy frio por la avenida!» 

Entonces se levanto y, tropezando por aqui y por alia, se puso a hacernos un ponche y 
a hablar en seguida de todo al mismo tiempo y de los Henrouille y de Bebert, como es 
logico. 

No habia forma de impedirle hablar de Bebert y eso que le causaba pena y la hacia 
sufrir y, ademas, lo sabia. Yo la escuchaba sin interrumpirla en ningun momento, estaba 
como embotado. Ella intentaba recordarme todas las buenas cualidades que habia tenido 
Bebert y las exponia con mucho esfuerzo, porque no habia que olvidar ninguna de sus 
cualidades, y volvia a empezar y despues, cuando me habia contado todas las 
circunstancias de su cria con biberon, recordaba otra cualidad mas de Bebert que habia 
que afiadir a las demas, conque volvia a empezar la historia desde el principio y, sin 
embargo, se le olvidaban algunas, de todos modos, y al final no le quedaba mas remedio 
que lloriquear un poco, de impotencia. Se equivocaba de cansancio. Se quedaba 



dormida sollozando. Ya no le quedaban fuerzas para sacar de la sombra el recuerdo del 
pequefio Bebert, al que tanto habia querido. La nada estaba siempre cerca de ella y 
sobre ella ya un poco. Un poco de ponche y de fatiga y ya estaba, se dormia roncando 
como un avioncito lejano que se llevan las nubes. Ya no le quedaba nadie en la tierra. 

Mientras estaba asi, desplomada entre los olores, yo pensaba que me iba y que 
seguramente no volveria a verla nunca, a la tia de Bebert, que Bebert se habia ido, por 
su parte, sin remilgos y para siempre, que tambien ella, la tia, se marcharia para seguirlo 
y dentro de poco tiempo. Para empezar, su corazon estaba enfermo y muy viejo. 
Bombeaba sangre como podia, su corazon, en sus arterias, le costaba subir por las 
venas. Se iria al gran cementerio de al lado, la tia, donde los muertos son como una 
multitud que espera. Alii era donde llevaba a jugar a Bebert, antes de que cayese 
enfermo, al cementerio. Y despues de eso se habria acabado para siempre. Vendrian a 
pintar de nuevo su chiscon y se podria decir que nos habiamos reunido de nuevo todos, 
como las bolas del juego, que temblequean un poco al borde del agujero, que hacen 
remilgos antes de acabar de una vez. 

Salen muy violentas y grunonas, las bolas tambien, y no van nunca a ninguna parte, 
en definitiva. Nosotros tampoco y toda la tierra no sirve sino para eso, para hacer que 
nos reencontremos todos. Ya no le faltaba mucho, a la tia de Bebert, ahora, ya no le 
quedaba casi empuje. No podemos reencontrarnos mientras estamos en la vida. Hay 
demasiados colores que nos distraen y demasiada gente que se mueve alrededor. Solo 
nos reencontrarnos en el silencio, cuando es demasiado tarde, como los muertos. Yo 
tambien tenia que moverme de nuevo y marcharme a otro sitio. De nada me servia 
hacer, saber... No podia quedarme alii con la tia. 

Mi diploma en el bolsillo abultaba mucho, mucho mas que el dinero y los 
documentos de identidad. Delante del puesto de policia, el agente de guardia esperaba el 
relevo de medianoche y escupia tambien de lo lindo. Nos dimos las buenas noches. 

Despues de la gasolinera, en la esquina del bulevar, venia la oficina de arbitrios y sus 
encargados, verdosos en su jaula de cristal. Los tranvias ya no circulaban. Era el mejor 
momento para hablarles de la vida, a los encargados, de la vida, cada vez mas dificil, 
mas cara. Eran dos alii, un joven y un viejo, con caspa los dos, inclinados sobre 
registros asi de grandes. A traves de su cristal, podian verse las grandes sombras de las 
fortificaciones del malecon, que se alzaban en la noche para esperar barcos procedentes 
de tan lejos, navios tan nobles, que nunca se veran barcos asi. Seguro. Los esperan. 

Conque charlamos un rato, los encargados de arbitrios y yo, y hasta tomamos un 
cafelito que se calentaba en el cazo. Me preguntaron si me marchaba de vacaciones por 
casualidad, en broma, asi, de noche, con mi paquetito en la mano. «Exacto», les 
respondi. Era inutil explicarles cosas poco comunes a los encargados de arbitrios. No 
podian ayudarme a comprender. Y un poco ofendido por su observacion, me dieron 
ganas, de todos modos, de hacerme el interesante, de asombrarles, y me puse a hablar 
como un cohete, como si tal cosa, de la campana de 1816, en la que los cosacos llegaron 
precisamente hasta el lugar en que nos encontrabamos, hasta el fielato, pisando los 
talones a Napoleon. 

Evocado, todo ello, con desenvoltura, por supuesto. Tras haberlos convencido con 
pocas palabras, a aquellos dos sordidos, de mi superioridad cultural, de mi espontanea 
erudicion, cogi y me marche sosegado hacia la Place Clichy por la avenida que sube. 

Habreis notado que siempre hay dos prostitutas esperando en la esquina de la Rue 
des Dames. Ocupan las pocas horas consumidas que separan la medianoche del 
amanecer. Gracias a ellas, la vida continua a traves de las sombras. Hacen de enlace con 
el bolso atestado de recetas, panuelos para todo uso y fotos de hijos en el campo. 
Cuando te acercas a ellas en la sombra, has de tener cuidado, porque casi no existen, 



esas mujeres, de tan especializadas que estan, vivas lo justo para responder a dos o tres 
frases que resumen todo lo que se puede hacer con ellas. Son espiritus de insectos 
dentro de botines con botones. 

No hay que decirles nada, acercarse lo menos posible. Son malas. Me sobraba 
espacio. Eche a correr entre los railes. La avenida es larga. 

Al fondo se encuentra la estatua del mariscal Moncey. Sigue defendiendo la Place 
Clichy desde 1816 contra recuerdos y olvido, contra nada, con una corona de perlas 
baratas. Llegue yo tambien cerca de el corriendo con ciento doce afios de retraso por la 
avenida tan vacia. Ni rusos ya, ni batallas, ni cosacos, ni soldados, nada que tomar ya en 
la plaza sino un reborde del pedestal bajo la corona. Y el fuego de un pequefio brasero 
con tres ateridos en torno a los que el apestoso fuego hacia bizquear. No daban ganas de 
quedarse. 

Algunos autos escapaban a toda velocidad, mientras podian, hacia las salidas. 

En casos de urgencia recuerdas los grandes bulevares como un lugar menos frio que 
otros. Mi cabeza ya solo funcionaba a fuerza de voluntad, por la fiebre. Sostenido por el 
ponche de la tia, baje huyendo delante del viento, menos frio cuando lo recibes por 
detras. Una anciana con gorrito, cerca del metro Saint-Georges, lloraba por la suerte de 
su nieta enferma en el hospital, de meningitis, segun decia. Aprovechaba para pedir 
limosna. Conmigo iba dada. 

Le ofreci unas palabras. Le hable tambien yo del pequefio Bebert y de otra nifia que 
habia tratado en la ciudad, siendo estudiante, y que habia muerto, de meningitis 
tambien. Tres semanas habia durado su agonia y su madre, en la cama de al lado, ya no 
podia dormir de pena, conque se masturbaba, su madre, todo el tiempo durante las tres 
semanas de agonia y hasta despues, cuando todo hubo acabado, ya no habia forma de 
detenerla. 

Eso demuestra que no se puede existir sin placer, ni siquiera un segundo, y que es 
muy diftcil tener pena de verdad. Asi es la existencia. 

Nos despedimos, la anciana apenada y yo, delante de las Galerias. Tenia que 
descargar zanahorias por Les Halles. Seguia el camino de las legumbres, como yo, el 
mismo. 

Pero el Tarapout me atrajo. Esta situado sobre el bulevar como un gran pastel de luz. 
Y la gente acude a el de todas partes y a toda prisa, como larvas. Sale de la noche 
circundante, la gente, con ojos desorbitados ya para ir a llenarselos de imagenes. Es que 
no cesa, el extasis. Son los mismos del metro de por la manana. Pero ahi, delante del 
Tarapout, estan contentos, como en Nueva York, se rascan el vientre delante de la caja, 
apoquinan un poco de dinero y ahi van al instante muy decididos y se precipitan alegres 
a los agujeros de la luz. Estabamos como desvestidos por la luz, de tanta como habia 
sobre la gente, los movimientos, las cosas, guirnaldas y lamparas y mas lamparas. No se 
habria podido hablar de un asunto personal en aquella entrada, era como todo lo 
contrario de la noche. 

Muy aturdido yo tambien, me meti en una tasca vecina. En la mesa contigua a la mia, 
mire y me vi a Parapine, mi antiguo profesor, que estaba tomando un ponche con su 
caspa y todo. Nos encontramos. Nos alegramos. Se habian producido grandes cambios 
en su vida, segun me dijo. Necesito diez minutos para contarmelos. No eran divertidos. 
El profesor Jaunisset en el Instituto se habia vuelto tan duro con el, lo habia perseguido 
tanto, que habia tenido que irse, Parapine, dimitir y abandonar su laboratorio y luego 
tambien las madres de las colegialas habian ido, a su vez, a esperarlo a la puerta del 
Instituto y romperle la cara. Historias. Investigaciones. Angustias. 

En el ultimo momento, mediante un anuncio ambiguo en una revista medica, habia 
podido aferrarse por los pelos a otro modesto medio de subsistencia. No gran cosa, 



evidentemente, pero, de todos modos, un apafio descansado y de su especialidad. Se 
trataba de la astuta aplicacion de las teorias recientes del profesor Baryton sobre el 
desarrollo de nifios cretinos mediante el cine. Un gran paso adelante en el 
subconsciente. No se hablaba de otra cosa en la ciudad. Era moderno. 

Parapine acompafiaba a sus clientes especiales al moderno Tarapout. Pasaba a 
recogerlos a la moderna casa de salud de Baryton, en las afueras, y luego los volvia a 
acompafiar despues del espectaculo, alelados, ahitos de visiones, felices y salvos y mas 
modernos aun. Y listo. Nada mas sentarse ante la pantalla, ya no habia necesidad de 
ocuparse de ellos. Un publico de oro. Todo el mundo contento, la misma pelicula diez 
veces seguidas les encantaba. No tenian memoria. Sus familias, encantadas. Parapine 
tambien. Yo tambien. Nos reiamos de gusto y venga ponches y mas ponches para 
celebrar aquella reconstitucion material de Parapine en el piano de la modernidad. 
Decidimos no movernos de alii hasta las dos de la manana, tras la ultima sesion del 
Tarapout, para ir a buscar a sus cretinos, reunidos y llevarlos a escape en auto a la casa 
del doctor Baryton en Vigny-sur-Seine. Un chollo. 

Como estabamos contentos ambos de volvernos a ver, nos pusimos a hablar solo por 
el placer de decirnos fantasias y en primer lugar sobre los viajes que habiamos hecho y 
despues sobre Napoleon, que salio a relucir a proposito de Moncey, el de la Place 
Clichy. Todo se vuelve placer, cuando el unico objetivo es estar bien juntos, porque 
entonces parece como si por fin fueramos libres. Olvidas tu propia vida, es decir, las 
cosas del parne. 

Burla burlando, hasta sobre Napoleon se nos ocurrieron chistes que contar. Parapine 
se la conocia bien, la historia de Napoleon. Le habia apasionado en tiempos, me conto, 
en Polonia, cuando aun estaba en el instituto de bachillerato. Habia recibido buena 
educacion, Parapine, no como yo. 

Asi, me conto, al respecto, que, durante la retirada de Rusia, a los generales de 
Napoleon les habia costado Dios y ayuda impedirle ir a Varsovia para que la polaca de 
su corazon le hiciese la ultima mamada suprema. Era asi, Napoleon, hasta en plenos 
reveses e infortunios. No era serio, en una palabra. jNi siquiera el, el aguila de su 
Josefina! Mas cachondo que una mona, la verdad, contra viento y marea. Por lo demas, 
no hay nada que hacer, mientras se conserve el gusto por el goce y el cachondeo y es un 
gusto que todos tenemos. Eso es lo mas triste. jSolo pensamos en eso! En la cuna, en el 
cafe, en el trono, en el retrete. jEn todas partes! jEn todas partes! jLa pilila! [Napoleon 
o no! iCornudo o no! Lo primero, ;el placer! jAnda y que la dinen los cuatrocientos mil 
pobres diablos empantanados hasta el penacho!, se decia el gran vencido, icon tal de 
que Napoleon eche otro polvo! jQue cabron! jYhale! j La vida misma! j Asi acaba todo! 
jNo es serio! El tirano siente hastio de la obra que representa mucho antes que los 
espectadores. Se va a foliar, cuando esta harto de segregar delirios para el publico. 
Entonces, jva de ala! jEl Destino lo deja caer en menos que canta un gallo! jNo son las 
matanzas a base de bien lo que le reprochan los entusiastas! jQue va! [Eso no es nada! 
jVaya si se las perdonarian! Sino que se volviera aburrido de repente, eso es lo que no le 
perdonan. Lo serio solo se tolera cuando es un camelo. Las epidemias no cesan hasta el 
momento en que los microbios sienten asco de sus toxinas. A Robespierre lo 
guillotinaron porque siempre repetia la misma cosa y Napoleon, por su parte, no resistio 
a mas de diez arios de una inflacion de Legion de Honor. La tortura de ese loco fue 
verse obligado a inspirar deseos de aventuras a la mitad de la Europa sentada. Oficio 
imposible. Lo llevo a la rumba. 

Mientras que el cine, nuevo y modesto asalariado de nuestros suenos, podemos 
comprarlo, en cambio, procurarnoslo por una hora o dos, como una prostituta. 

Y, ademas, en nuestros dias, se ha distribuido a artistas por todos lados, por 



precaucion, en vista de tanto aburrimiento. Hasta en los burdeles te los encuentras, a los 
artistas, con sus escalofrios desmadrandose por todos lados y sus sinceridades 
chorreando por los pisos. Hacen vibrar las puertas. A ver quien se estremece mas y con 
mas descaro, mas ternura, y se abandona con mayor intensidad que el vecino. Hoy igual 
de bien decoran los retretes que los mataderos y el Monte de Piedad tambien, todo para 
divertirnos, para distraernos, hacernos salir de nuestro Destino. 

Vivir por vivir, [que trena! La vida es una clase cuyo celador es el aburrimiento; esta 
ahi todo el tiempo es-piandote; por lo demas, hay que aparentar estar ocupado, a toda 
costa, con algo apasionante; si no, llega y se te jala el cerebro. Un dia que solo sea una 
Jornada de 24 horas no es tolerable. Ha de ser por fuerza un largo placer casi 
insoportable, una Jornada; un largo coito, una Jornada, de grado o por fuerza. 

Se te ocurren asi ideas repulsivas, estando aturdido por la necesidad, cuando en cada 
uno de tus segundos se estrella un deseo de mil otras cosas y lugares. 

Robinson era un tio preocupado por el infinito tambien, en su genero, antes de que le 
ocurriese el accidente, pero ahora ya habia recibido para el pelo bien. Al menos, eso 
creiayo. 

Aproveche que estabamos en el cafe, tranquilos, para contar, yo tambien, a Parapine 
todo lo que me habia ocurrido desde nuestra separacion. El comprendia las cosas, e 
incluso las mias, y le confese que acababa de arruinar mi carrera medica al abandonar 
Rancy de modo insolito. Asi hay que decirlo. Y no era cosa de broma. No habia ni que 
pensar en volver a Rancy, en vista de las circunstancias. Asi le parecia tambien a el. 

Mientras conversabamos con gusto asi, nos confesabamos, en una palabra, se 
produjo el entreacto del Tarapout y llegaron en masa a la tasca los musicos del cine. 
Tomamos una copa a coro. Parapine era muy conocido de los musicos. 

Burla burlando, me entere por ellos de que precisamente buscaban un «pacha» para 
la comparsa del intermedio. Un papel mudo. Se habia marchado, el que hacia de 
«pacha», sin avisar. Un papel bonito y bien pagado, ademas, en un preludio. Sin 
esfuerzo. Y, ademas, no hay que olvidarlo, con la picarona compania de una magnifica 
bandada de bailarinas inglesas, miles de musculos agitados y precisos. Mi estilo y 
necesidad exactamente. 

Me hice el simpatico y espere las propuestas del director. En una palabra, me 
presente. Como era tan tarde y no tenian tiempo de ir a buscar a otro figurante hasta la 
Porte Saint-Martin, el director se alegro mucho de tenerme a mano. Le evitaba engorros. 
A mi tambien. Casi ni me examino. Conque me acepto sin mas pegas. Me contrataron. 
Con tal de que no cojeara, valia y aun... 

Penetre en los bellos sotanos, calidos y acolchados, del cine Tarapout. Una autentica 
colmena de camerinos perfumados, donde las inglesas, en espera del espectaculo, 
descansaban diciendo tacos y haciendo cabalgatas ambiguas. Exultante por tener de 
nuevo forma de ganarme las habichuelas, me apresure a entrar en relaciones con 
aquellas compafieras jovenes y desenvueltas. Por cierto, que me hicieron los honores de 
grupo con la mayor amabilidad del mundo. Angeles. Angeles discretos. Da gusto no 
sentirse ni confesado ni despreciado, asi es en Inglaterra. 

Substanciosas recaudaciones, las del Tarapout. Hasta entre bastidores todo era lujo, 
comodidad, muslos, luces, jabones, mediasnoches. El tema del intermedio en que 
apareciamos se situaba, creo, en el Turquestan. Era un pretexto para pamplinas 
coreograficas, contoneos musicales y violentos tamborileos. 

Mi papel, breve pero esencial. Al principio, hinchado de oro y plata, experimente 
cierta dificultad para instalarme entre tantos bastidores y lamparas inestables, pero me 
acostumbre y, una vez en el sitio, graciosamente realzado, ya solo me quedaba dejarme 
llevar por mis suenos bajo los focos opalinos. 



Durante un buen cuarto de hora, veinte bayaderas londinenses se meneaban en 
melodias y bacanales impetuosas para convencerme, al parecer, de la realidad de sus 
atractivos. Yo no pedia tanto y pensaba que repetir cinco veces al dia aquella actuacion 
era mucho para mujeres, y, ademas, sin flaquear, nunca, una vez tras otra, contoneando 
implacables el trasero con esa energia de raza un poco aburrida, esa continuidad 
intransigente de los barcos en ruta, las estraves, en su infinito trajinar por los oceanos... 



No vale la pena debatirse, esperar basta, ya que todo acabara pasando por la calle. 
Ella sola cuenta, en el fondo. No hay nada que decir. Nos espera. Habra que bajar a la 
calle, decidirse, no uno, ni dos, ni tres de nosotros, sino todos. Estamos ahi delante, 
haciendo remilgos y melindres, pero ya llegara. 

En las casas, nada bueno. En cuanto una puerta se cierra tras un hombre, empieza a 
oler en seguida y todo lo que lleva huele tambien. Pasa de moda en el sitio, en cuerpo y 
alma. Se pudre. Si apestan, los hombres, nos esta bien empleado. jDebiamos ocuparnos 
de ello! Debiamos sacarlos, expulsarlos, exponerlos. Todo lo que apesta esta en la 
habitacion y adornado, pero hediondo, de todos modos. 

Hablando de familias, conozco a un farmaceutico, en la Avenue de Saint-Ouen, que 
tiene un hermoso rotulo en el escaparate, un bonito anuncio: jtres francos la caja para 
purgar a toda la familial jUn chollo! jEructan! Obran juntos, en familia. Se odian con 
avaricia, en un hogar de verdad, pero nadie protesta, porque, de todos modos, es menos 
caro que ir a vivir a un hotel. 

El hotel, ya que hablamos, es mas inquieto, no tiene las pretensiones de un piso, te 
sientes menos culpable en el. La raza humana nunca esta tranquila y para descender al 
juicio final, que se celebrara en la calle, evidentemente estas mas cerca en el hotel. Ya 
pueden venir, los angeles con trompetas, que estaremos los primeros, nosotros, nada 
mas bajar del hotel. 

Intentas no llamar la atencion demasiado, en el hotel. No sirve de nada. Ya solo con 
gritar un poco fuerte o demasiado a menudo, mal asunto, te fichan. Al final, apenas te 
atreves a mear en el lavabo, pues todo se oye de una habitacion a otra. Acabas 
adquiriendo por fuerza los buenos modales, como los oficiales en la marina de guerra. 
Todo puede ponerse a temblar de la tierra al cielo de un momento a otro, estamos listos, 
nos la suda, puesto que nos «perdonamos» ya diez veces al dia tan solo al encontrarnos 
en los pasillos, en el hotel. 

Hay que aprender a reconocer, en los retretes, el olor de cada uno de los vecinos de la 
planta, es comodo. Resulta dificil hacerse ilusiones en una pension. Los clientes no son 
chulitos. A hurtadillas viajan por la vida un dia tras otro sin llamar la atencion, en el 
hotel, como en un barco que estuviera un poco podrido y lleno de agujeros y lo 
supiesen. 

Aquel al que fui a alojarme atraia sobre todo a los estudiantes de provincias. Olia a 
colillas viejas y desayunos, desde los primeros escalones. Lo reconocias desde lejos, de 
noche, por la luz grisacea que tenia encima de la puerta y las letras melladas, de oro, que 
le colgaban del balcon como una enorme dentadura vieja. Un monstruo de alojamiento 
abotargado de apafios miserables. 

De unas habitaciones a otras nos visitabamos por el pasillo. Tras afios de empresas 
miserables en la vida practica, aventuras, como se suele decir, volvia yo con los es- 
tudiantes. 

Sus deseos eran siempre los mismos, solidos y rancios, ni mas ni menos insipidos 
que en la epoca en que me habia separado de ellos. Los individuos habian cambiado, 
pero las ideas no. Seguian yendo, como siempre, unos y otros, a apacentarse mas o 
menos con medicina, retazos de quimica, comprimidos de derecho y zoologias enteras, 
a horas mas o menos regulares, en el otro extremo del barrio. La guerra, al pasar por su 
quinta, no habia transformado nada en ellos y, cuando te metias en sus suenos, por 



simpatia, te llevaban derecho a sus cuarenta afios. Se daban asi veinte afios por delante, 
doscientos cuarenta meses de economias tenaces, para fabricarse una felicidad. 

Era un cromo, la imagen que tenian de la felicidad como del exito, pero bien 
graduado, esmerado. Se veian en el ultimo peldafio, rodeados de una familia poco nu- 
merosa pero incomparable y preciosa hasta el delirio. Y, sin embargo, nunca habrian 
echado, por asi decir, un vistazo a su familia. No valia la pena. Esta hecha para todo, 
menos para ser contemplada, la familia. Ante todo, la fuerza del padre, su felicidad, 
consiste en besar a su familia sin mirarla nunca, su poesia. 

La novedad seria ir a Niza en automovil con la esposa, provista de dote, y tal vez 
adoptar los cheques para las transferencias bancarias. Para las partes vergonzosas del 
alma, seguramente llevar tambien a la esposa una noche al picadero. No mas. El resto 
del mundo se encuentra encerrado en los periodicos y custodiado por la policia. 

La estancia en el hotel de las pulgas los avergonzaba un poco de momento y los 
volvia facilmente irritables, a mis compafieros. El jovencito burgues en el hotel, el es- 
tudiante, se siente en penitencia y, como aun no puede, naturalmente, ahorrar, reclama 
bohemia para aturdirse y mas bohemia, desesperacion con cafe y leche. 

Hacia primeros de mes pasabamos por una breve y autentica crisis de erotismo, todo 
el hotel vibraba. Nos lavabamos los pies. Organizabamos una expedicion amorosa. La 
llegada de los giros de provincias nos decidia. Yo, por mi parte, habria podido obtener 
los mismos coitos en el Tarapout con mis inglesas del baile y, ademas, gratis, pero 
pensandolo bien, renuncie a esa facilidad por evitar lios y por los amigos, chulos 
desgraciados y celosos, que andan siempre entre bastidores tras las bailarinas. 

Como leiamos muchas revistas obscenas en nuestro hotel, jconociamos la tira de 
trucos y direcciones para foliar en Paris! Hay que reconocer que las direcciones son 
divertidas. Te dejas llevar; incluso a mi, que habia vivido en el Passage des Beresinas y 
habia viajado y conocido muchas complicaciones de la vida indecente, el capitulo de las 
confidencias nunca me parecia del todo agotado. Subsiste en uno siempre un poquito de 
curiosidad de reserva para la cuestion de la jodienda. Te dices que ya no vas a aprender 
nada nuevo, sobre la jodienda, que ya no debes perder ni un minuto con ella, y despues 
vuelves a empezar, sin embargo, otra vez solo para cerciorarte de verdad de que es algo 
vacio y aprendes, de todos modos, algo nuevo al respecto y eso te basta para recuperar 
el optimismo. 

Te recuperas, piensas con mayor claridad que antes, cobras nuevas esperanzas, 
cuando precisamente ya no te quedaba la menor esperanza, y vuelves fatalmente a la jo- 
dienda por el mismo precio. En una palabra, siempre hay cosas que descubrir en una 
vagina para todas las edades. Bueno, pues, una tarde, voy a contar lo que paso, salimos 
tres huespedes del hotel en busca de una aventura barata. Era facil gracias a las 
relaciones de Pomone, que tenia una agenda con todo lo que se puede desear en materia 
de ajustes y compromisos eroticos, en su barrio de Batignoles. Su registro abundaba en 
invitaciones de diversos precios, funcionaba, aquel hombre providencial, sin fasto 
alguno, en el fondo de un pequeho patio de una casa modesta, tan poco alumbrada, que 
para guiarte necesitabas tanto tacto y consideracion como en un urinario desconocido. 
Varias colgaduras que habias de apartar te inquietaban antes de llegar hasta aquel 
proxeneta, sentado siempre en una penumbra para confidencias. 

Por culpa de aquella penumbra, nunca pude, a decir verdad, observar comodamente a 
Pomone y, pese a haber tenido largas conversaciones juntos, a haber colaborado incluso 
durante un tiempo y a haberme hecho toda clase de proposiciones y toda clase de otras 
confidencias peligrosas, me resultaria imposible reconocerlo hoy, si me lo encontrara en 
el infierno. 

Recuerdo solo que los aficionados furtivos que esperaban su turno en el salon se 



mantenian siempre muy circunspectos, ninguna familiaridad entre ellos, hay que re- 
conocerlo, la reserva en persona, como en la consulta de un dentista al que no le gustara 
nada el ruido ni la luz. 

Fue gracias a un estudiante de medicina como conoci a Pomone. Frecuentaba la casa, 
el estudiante, para ganarse un complemento, gracias a que tenia, el muy potrudo, un 
pene formidable. Lo llamaban, al estudiante, para animar con su estupendo chuzo 
veladas muy intimas, en las afueras. Sobre todo las damas, las que no creian que se 
pudiera tener «uno asi de gordo», lo festejaban. Divagaciones de chiquillas aventajadas. 
En los registros de la policia figuraba, nuestro estudiante, con un seudonimo terrible: 
jBaltasar! 

Los clientes que esperaban dificilmente trababan conversacion. El dolor se exhibe, 
mientras que el placer y la necesidad dan verguenza. 

Es pecado, quieras que no, ser putero y pobre. Cuando Pomone se entero de mi 
estado actual y de mi pasado medico, abandono su reserva y me confio su tormento. Un 
vicio lo agotaba. Lo habia contraido «tocandose» de continuo bajo su mesa durante las 
conversaciones que sostenia con sus clientes, investigadores, obsesionados del perineo. 
«Es mi oficio, jcomprendalo! No es facil abstenerse... jCon todo lo que vienen a 
contarme, esos cabrones!...» En una palabra, la clientela lo arrastraba a los abusos, 
como esos carniceros demasiado gruesos que siempre tienen tendencia a atiborrarse de 
carnes. Ademas, estoy convencido de que tenia el bajo vientre permanentemente 
recalentado por una traidora fiebre que le venia de los pulmones. Por cierto, que unos 
afios despues la tuberculosis se lo llevo al otro mundo. La chachara infinita de las 
clientas presuntuosas lo agotaba tambien en otro sentido, siempre tramposas, creadoras 
de montones de lios y alborotos por nada y por sus chichis, que, segun ellas, no tenian 
igual en las cuatro partes del mundo. 

A los hombres habia que presentarles sobre todo admiradoras que tragaran para sus 
caprichos apasionados. Tantos como los de la Sra. Herote. En un solo correo matinal de 
la agenda Pomone llegaba bastante amor insatisfecho como para extinguir todas las 
guerras de este mundo. Pero es que esos diluvios sentimentales nunca trascienden la 
jodienda. Eso es lo malo. 

Su mesa desaparecia bajo aquel revoltijo repulsivo de trivialidades ardientes. Con mi 
deseo de saber mas, decidi interesarme durante un tiempo por la clasificacion de ese 
tremendo tejemaneje epistolar. Se ordenaba, me explico, por clases de afectos, como 
con las corbatas o las enfermedades, los delirios primero, por un lado, y despues los 
masoquistas y los viciosos, por otro, los flagelantes por aqui, los de «estilo aya» en otra 
pagina y asi con todos. No tardan demasiado en convertirse en cargas, las distracciones. 
jNos expulsaron, pero bien, del Paraiso! jDe eso no cabe duda! Pomone era de esa 
opinion tambien con sus manos humedas y su vicio interminable, que le infligia a un 
tiempo placer y penitencia. Al cabo de unos meses me harte de el y de su comercio. 
Espacie mis visitas. 

En el Tarapout seguian considerandome muy decente, muy tranquilo, figurante 
puntual, pero, tras unas semanas de calma, la desgracia me volvio por el conducto mas 
inesperado y me vi obligado, tambien de repente, a abandonar la compafiia para 
continuar mi punetero camino. Considerados a distancia, aquellos tiempos del Tarapout 
no fueron, en resumen, sino una especie de escala prohibida y solapada. Siempre bien 
vestido, lo reconozco, durante aquellos cuatro meses, tan pronto de principe, dos veces 
de centurion, otro dia aviador, y pagado generosa y regularmente. Comi en el Tarapout 
para afios. Una vida de rentista sin las rentas. jTraicion! jDesastre! Una noche, no se por 
que razon, cambiaron nuestro numero. El nuevo preludio representaba los muelles de 
Londres. En seguida, me dio mala espina, nuestras inglesas tenian que cantar, 



desafinando y, en apariencia, a las orillas del Tamesis, de noche, y yo hacia de 
policeman, papel del todo mudo, deambular de izquierda a derecha por delante del 
pretil. De pronto, cuando menos lo pensaba, su cancion se volvio mas fuerte que la vida 
y hasta dio un vuelco al destino y lo inclino hacia la desgracia. Conque, mientras 
cantaban, yo ya no podia pensar en otra cosa que en toda la miseria del pobre mundo y 
en la mia, sobre todo, porque la cancion de aquellas putas me repetia en el corazon, 
como el atun en el estomago. jY eso que creia haberlo digerido, haber olvidado lo mas 
duro! Pero lo peor de todo era que se trataba de una cancion que queria ser alegre y no 
lo conseguia. Y se contoneaban, mis companeras, al tiempo que cantaban, para que lo 
pareciese. Entonces si que si, la verdad, era como si pregonaramos la miseria, las 
angustias... jExacto! ]De paseo por la niebla con el alma en pena! Se deshacian en 
lamentos, envejeciamos por momentos con ellas. El decorado rezumaba tambien panico 
con avaricia. Y, sin embargo, continuaban, las chatis. No parecian comprender los 
tremendos efectos de pena que sobre todos nosotros provocaba su cancion... Se 
quejaban de toda su vida, moviendo el esqueleto, riendo, al compas... Cuando viene de 
tan lejos, con tal seguridad, no puedes equivocarte ni resistirte. 

Estabamos rodeados de miseria, pese al lujo que habia en la sala, sobre nosotros, 
sobre el decorado, desbordaba, chorreaba por toda la tierra, de todos modos. Eran artis- 
tas como la copa de un pino... Exhalaban pena, sin que quisiesen impedirlo ni 
comprenderlo siquiera. Solo sus ojos eran tristes. No basta con los ojos. Cantaban el fra- 
caso de la vida sin comprender. Seguian confundiendolo con el amor, con puro y mero 
amor, no les habian ensenado el resto, a aquellas chavalitas. [Una penita cantaban, en 
apariencia! jAsi lo llamaban! Todo parece penas de amor, cuando se es joven y no se 
sabe... 

Where I go... where I look... It's only foryou... ou... Only foryou... ou... 

Asi cantaban. 

Es la mania de los jovenes de identificar toda la Humanidad con un chichi, uno solo, 
el suefio sagrado, la pasion de amor. Mas adelante aprenderian tal vez, adonde iba a 
acabar todo eso, cuando ya no fueran rosas, cuando la miseria de verdad de su punetero 
pais las hubiera atrapado, a las dieciseis, con sus gruesos muslos de yegua, sus chuchais 
saltarines... Por lo demas, estaban ya de miseria hasta el cuello, hundidas, las ricuras, no 
se iban a librar. A las entranas, a la garganta, se les aferraba ya, la miseria, por todas las 
cuerdas de sus voces finas y falsas tambien. 

La llevaban dentro. No hay traje, ni lentejuelas, ni luz, ni sonrisas que valgan para 
enganarla, para despistarla, respecto a los suyos, los encuentra donde se escondan, los 
suyos; se divierte haciendoles cantar simplemente, en espera de su turno, todas las 
tonterias de la esperanza. Eso la despierta, la mece y la excita, a la miseria. 

Nuestra pena es asi, la grande, una distraccion. 

Conque, jalla el que canta canciones de amor! El amor es ella, la miseria, y nada mas 
que ella, ella siempre, que viene a mentir en nuestra boca, mierda pura, y se acabo. Esta 
en todas partes, la muy puta, no hay que despertarla, la miseria propia, ni en broma. No 
entiende las bromas. Y, sin embargo, tres veces al dia lo repetian, mis inglesas, delante 
del decorado y con melodias de acordeon. Por fuerza tenia que acabar muy mal. 

Yo no me metia en nada, pero puedo asegurar que la vi venir, la catastrofe. 

Primero, una de las chavalitas cayo enferma. jMuerte a las ricuras que provocan las 
desgracias! jAlla ellas y que la dinen! A proposito, tampoco hay que detenerse en las 
esquinas de las calles detras de los acordeones, con frecuencia es ahi donde se pesca la 
enfermedad, el acceso de verdad. Conque vino una polaca para substituir a la que estaba 
enferma, en su cantinela. Tosia tambien, la polaca, en los entreactos. Una chica alta, 
fuerte y palida era. En seguida nos hicimos confidencias. En dos horas conoci su alma 



entera, para el cuerpo espere aiin un poco. La mania de aquella polaca era mutilarse el 
sistema nervioso con amores imposibles. Como es logico, habia entrado en la pufietera 
cancion de las inglesas como una seda, con su dolor y todo. Comenzaba con un tonillo 
simpatico, su cancion, como si nada, como todas las bailables, y despues, mira por 
donde, te encogia el corazon a fuerza de ponerte triste, como si, al oirla, fueses a perder 
las ganas de vivir, pues no podia ser mas cierto que todo se acaba, juventud y demas, 
entonces te inclinabas, despues de que se hubieran extinguido cancion y melodia, para 
acostarte en la cama autentica, la tuya, la de verdad de la buena, la del agujero para 
acabar de una vez. Dos estribillos y casi ansiabas irte al placido pais de la muerte, el 
pais de la ternura eterna y el olvido instantaneo como una niebla. Eran voces de niebla, 
las suyas, en una palabra. 

Coreabamos todos el lamento del reproche, contra los que andan aun por ahi, con la 
vida a cuestas, que esperan a lo largo de los muelles, de todos los muelles del mundo, a 
que acabe de pasar la vida, mientras se entretienen de cualquier modo, vendiendo cosas 
y naranjas a los otros fantasmas e informes y monedas falsas, policia, viciosos, penas, 
contando chismes, en esa bruma de paciencia que nunca acabara... 

Tania se llamaba mi nueva amiga de Polonia. Su vida era febril de momento, lo 
comprendi, por un empleadillo de banca cuadragenario que conocia desde Berlin. 
Queria regresar, a su Berlin, y amarlo pese a todo y a cualquier precio. Para volver a 
verlo alii, habria hecho cualquier cosa. 

Perseguia a los agentes teatrales, los que prometen contratos, hasta el fondo de sus 
escaleras apestosas. Le daban pellizcos en los muslos, los guarros, mientras esperaba 
respuestas que nunca llegaban. Pero apenas si notaba sus manipulaciones, de tan 
embargada que estaba por su amor lejano. No paso una semana en tales condiciones sin 
que sucediera una catastrofe de aupa. Habia atiborrado el Destino de tentaciones desde 
hacia semanas y meses, como un canon. 

La gripe se llevo a su prodigioso amante. Nos enteramos de la desgracia un sabado 
por la noche. Nada mas recibir la noticia, me arrastro, desmelenada, extraviada, al asalto 
de la Gare du Nord. Eso no era nada aun, pero con su delirio pretendia ante la taquilla 
llegar a tiempo a Berlin para el entierro. Fueron necesarios dos jefes de estacion para 
disuadirla, hacerle comprender que era demasiado tarde. 

En el estado en que se encontraba, yo no podia pensar en abandonarla. Por lo demas, 
se aferraba a su tragedia, queria a toda costa mostrarmela en pleno trance. jQue ocasion! 
Los amores contrariados por la miseria y la distancia son como los amores de marinero, 
son, digan lo que digan, irrefutables y logrados. En primer lugar, cuando no se tiene 
ocasion de verse con frecuencia, no se puede reganar y eso ya es una gran ventaja. 
Como la vida no es sino un delirio atestado de mentiras, cuanto mas lejos estas mas 
mentiras puedes ariadir y mas contento estas entonces, es logico y normal. La verdad no 
hay quien la trague. 

Por ejemplo, ahora es facil contar cosas sobre Jesucristo. ^Es que iba al retrete 
delante de todo el mundo, Jesucristo? Se me ocurre que no le habria durado demasiado 
el cuento, si hubiera hecho caca en publico. Muy poca presencia, esa es la cosa, sobre 
todo para el amor. 

Una vez bien asegurados, Tania y yo, de que no habia tren posible para Berlin, nos 
desquitamos con los telegramas. En la oficina de la Bolsa, redactamos uno muy largo, 
pero para enviarlo habia otra dificultad, ya no sabiamos adonde enviarlo. No 
conociamos a nadie en Berlin, salvo al muerto. A partir de aquel momento, solo 
pudimos cambiar palabras sobre el deceso. Nos sirvieron, las palabras, para dar dos o 
tres veces mas la vuelta a la Bolsa y despues, como teniamos que adormecer el dolor, de 
todos modos, subimos despacio hacia Montmartre, al tiempo que farfullabamos pesares. 



A partir de la Rue Lepic, empiezas a encontrar gente que va a buscar alegria a la 
parte alta de la ciudad. Se apresuran. Llegados al Sacre-Coeur, se ponen a mirar la 
noche, abajo, que forma un gran hueco con todas las casas amontonadas en el fondo. 

En la placita, en el cafe que nos parecio, por las apariencias, el menos caro, entramos. 
Tania me dejaba, por el consuelo y el agradecimiento, besarla donde quisiera. Le 
gustaba mucho beber tambien. En las banquetas a nuestro alrededor, dormian ya 
juerguistas un poco borrachos. 

El reloj de la pequefia iglesia se puso a dar las horas y despues mas horas hasta nunca 
acabar. Acababamos de llegar al final del mundo, estaba cada vez mas claro. No se 
podia ir mas lejos, porque despues de aquello ya solo habia los muertos. 

Empezaban en la Place du Tertre, al lado, los muertos. Estabamos bien situados para 
localizarlos. Pasaban justo por encima de las Galeries Dufayel, al este, por consiguiente. 

Pero, aun asi, hay que saber encontrarlos, es decir, desde dentro y con los ojos casi 
cerrados, porque los grandes haces de luz de los anuncios molestan mucho, aun a traves 
de las nubes, a la hora de divisarlos, a los muertos. Con ellos, los muertos, comprendi en 
seguida, habian admitido a Bebert, incluso nos hicimos una sefiita los dos, Bebert y yo, 
y tambien, no lejos de el, la chica tan palida, abortada por fin, la de Rancy, bien vaciada 
esa vez de todas sus tripas. 

Habia la tira de otros antiguos clientes mios, por aqui, por alia, y clientas en las que 
ya no pensaba nunca, y otros mas, el negro en una nube blanca, solo, al que habian 
azotado mas de la cuenta, alia, lo reconoci, en Topo, y el tio Grappa, jel viejo teniente 
de la selva virgen! De esos me habia acordado de vez en cuando, del teniente, del negro 
torturado y tambien de mi espanol, el cura; habia venido, el cura, con los muertos 
aquella noche para las oraciones del cielo y su cruz de oro le molestaba mucho para 
revolotear de un cielo a otro. Se aferraba con su cruz a las nubes, a las mas sucias y 
amarillas, y fui reconociendo a muchos otros desaparecidos, muchos, muchos otros... 
Tan numerosos, que da verguenza, la verdad, no haber tenido tiempo de mirarlos 
mientras viven ahi, a tu lado, durante afios... 

Nunca se tiene bastante tiempo, es cierto, ni siquiera para pensar en uno mismo. 

En fin, jtodos aquellos cabrones se habian vuelto angeles sin que me hubiera dado 
cuenta! Ahora habia la tira de nubes llenas de angeles y extravagantes e indecentes, por 
todos lados. \Dg paseo por encima de la ciudad! Busque a Molly entre ellos, era el 
momento, mi amable, mi unica amiga, pero no habia venido con ellos... Debia de tener 
un cielo para ella solita, cerca de Dios, de tan buena que habia sido siempre, Molly... Me 
dio gusto no encontrarla con aquellos golfos, porque eran sin duda unos muertos golfos 
aquellos, unos pillos, solo la chusma y la pandilla de los fantasmas se habian reunido 
aquella noche por encima de la ciudad. Del cementerio de al lado, sobre todo, venian sin 
parar y nada distinguidos. Y eso que era un cementerio pequeno; comuneros, incluso, 
todos sangrando, que abrian la boca como para gritar aun y que ya no podian... 
Esperaban, los comuneros, con los otros, esperaban a La Perouse, el de las Islas, que los 
mandaba a todos aquella noche para la reunion... No acababa, La Perouse, de 
prepararse, por culpa de la pata de palo que se le torcia... y, ademas, que siempre le 
habia costado ponersela, la pata de palo, y tambien por culpa de sus grandes anteojos, 
que no aparecian. 

No queria salir a las nubes sin llevar en torno al cuello sus anteojos; una idea, su 
famoso catalejo de aventuras, un autentico cachondeo, el que te hace ver a la gente y las 
cosas de lejos, cada vez mas lejos por el agujerito y cada vez mas deseables, por fuera, a 
medida que te acercas y pese a ello. Cosacos enterrados cerca del Moulin no conseguian 
salir de sus tumbas. Hacian esfuerzos espantosos, pero lo habian intentado ya muchas 
veces... Volvian a caer siempre en el fondo de sus tumbas, aun estaban borrachos desde 



1820. 

Aun asi, un chaparron los hizo saltar, a ellos tambien, serenados por fin, muy por 
encima de la ciudad. Entonces se disgregaron en su ronda y abigarraron la noche con su 
turbulencia, de una nube a otra... La Opera, sobre todo, los atraia, al parecer, su gran 
brasero de anuncios en el medio; salpicaban, los aparecidos, para saltar a otro extremo 
del cielo y tan agitados y numerosos, que te nublaban la vista. La Perouse, equipado por 
fin, quiso que lo izaran vertical al sonar las cuatro, lo sostuvieron y lo montaron a 
horcajadas y derecho. Una vez instalado por fin, a horcajadas, aun gesticulaba, de todos 
modos, y se movia. Las campanadas de las cuatro lo sacudieron, mientras se abotonaba. 
Detras de La Perouse, la gran avalancha del cielo. Una desbandada abominable, llega- 
ban arremolinandose fantasmas, de los cuatro puntos cardinales, todos los aparecidos de 
todas las epopeyas... Se perseguian, se desafiaban y cargaban siglos contra siglos. El 
Norte permanecio mucho tiempo recargado con su abominable barahunda. El horizonte 
se despejo azulado y el dia se alzo al fin por un gran agujero que habian hecho 
pinchando la noche para escapar. 

Despues, encontrarlos de nuevo resulta muy dificil. Hay que saber salir del tiempo. 

Por el lado de Inglaterra te los encuentras de nuevo, cuando llegas, pero por ese lado 
la niebla es todo el tiempo tan densa, tan compacta, que es como autenticas velas que 
suben unas delante de las otras desde la Tierra hasta lo mas alto del cielo y para siempre. 
Con habito y atencion se puede llegar a encontrarlos de nuevo, de todos modos, pero 
nunca durante mucho tiempo por culpa del viento que no cesa de traer nuevas rafagas y 
brumas de alta mar. 

La gran mujer que esta ahi, que guarda la Isla, es la ultima. Su cabeza esta mucho 
mas alta aun que las brumas mas altas. Ella es lo unico un poco vivo de la Isla. Sus ca- 
bellos rojos, por encima de todo, doran un poco aun las nubes, es lo unico que queda del 
sol. 

Intenta hacerse te, segun explican. 

Tiene que intentarlo, pues esta ahi para la eternidad. Nunca acabara de hacerlo hervir, 
su te, por culpa de la niebla, que se ha vuelto demasiado densa y penetrante. El casco de 
un barco utiliza de tetera, el mas bello, el mayor de los barcos, el ultimo que ha podido 
encontrar en Southampton, se calienta el te, oleadas y mas oleadas... Remueve... Da 
vueltas todo con un remo enorme... Con eso se entretiene. 

No mira nada mas, seria para siempre e inclinada. 

La ronda ha pasado por encima de ella, pero ni siquiera se ha movido, esta 
acostumbrada a que vengan todos los fantasmas del continente a perderse por alii... Se 
acabo. 

Le basta con hurgar el fuego que hay bajo la ceniza, entre dos bosques muertos, con 
los dedos. 

Intenta reavivarlo., todo le pertenece ahora, pero su te no hervira nunca mas. 

Ya no hay vida para las llamas. 

Ya no hay vida en el mundo para nadie, salvo un poquito para ella y todo esta casi 
acabado... 



Tania me desperto en la habitacion donde habiamos acabado acostandonos. Eran las 
diez de la mafiana. Para deshacerme de ella, le conte que no me sentia bien y que me iba 
a quedar un poco mas en la cama. 

La vida se reanudaba. Fingio creerme. En cuanto ella hubo bajado, me puse en 
camino, a mi vez. Tenia algo que hacer, en verdad. La zarabanda de la noche anterior 
me habia dejado como una extrana sensacion de remordimiento. El recuerdo de 
Robinson venia a preocuparme. Era cierto que yo lo habia abandonado a su suerte, a 
ese; peor aun, en manos del padre Protiste. Con eso estaba dicho todo. Desde luego, me 
habian contado que todo iba de perilla alii abajo, en Toulouse, y que la vieja Henrouille 
se habia vuelto incluso de lo mas amable con el. Claro, que, en ciertos casos, verdad, 
solo oyes lo que quieres oir y lo que mas te conviene... En el fondo, esas vagas 
indicaciones no demostraban nada. 

Inquieto y curioso, me dirigi hacia Rancy en busca de noticias, pero exactas, 
precisas. Para llegar alii, habia que volver a pasar por la Rue des Batignolles, donde 
vivia Pomone. Era mi camino. Al llegar cerca de su casa, me extrano mucho vermelo en 
la esquina de su calle, a Pomone, como siguiendo a un senor bajito a cierta distancia. 
Para el, Pomone, que no salia nunca, debia de ser un autentico acontecimiento. Lo 
reconoci tambien, al tipo que seguia, era un cliente, el Cid se hacia llamar en la 
correspondencia. Pero sabiamos tambien, por informes confidenciales, que trabajaba en 
Correos, el Cid. 

Desde hacia arios no dejaba en paz a Pomone para que le encontrara una amiguita 
bien educada, su sueno. Pero las senoritas que le presentaban nunca estaban bastante 
bien educadas para su gusto. Cometian faltas, segun decia. Conque la cosa no marchaba. 
Pensandolo bien, existen dos grandes especies de chorbitas, las que tienen «amplitud de 
miras» y las que han recibido «una buena educacion catolica». Dos formas, para las 
pelanas, de sentirse superiores, dos formas tambien de excitar a los inquietos y los 
insatisfechos, el estilo «pajolero» y el estilo «mujer libre». 

Todas las economias del Cid habian acabado, mes tras mes, en esas busquedas. Ahora 
habia llegado, con Pomone, a quedarse sin recursos y sin esperanza tambien. Mas 
adelante, me entere de que habia ido a suicidarse, el Cid, aquella misma noche en un 
solar. Por lo demas, en cuanto habia yo visto a Pomone salir de su casa, habia sospe- 
chado que ocurria algo extraordinario. Conque los segui largo rato por aquel barrio en el 
que las tiendas van desapareciendo calle adelante y hasta los colores, uno tras otro, para 
acabar en tascas precarias hasta los limites justos del fielato. Cuando no tienes prisa, te 
pierdes con facilidad en esas calles, despistado primero por la tristeza y por la 
demasiada indiferencia del lugar. Si tuvieras un poco de dinero, cogerias un taxi al 
instante para escapar de tanto hastio. La gente que encuentras arrastra un destino tan 
pesado, que lo sientes por ellos. Tras las ventanas con visillos, pequehos rentistas han 
dejado el gas abierto, seguro. No hay nada que hacer. jMe cago en la leche!, dices, lo 
que no sirve de nada. 

Y, ademas, ni un banco para sentarse. Marron y gris por todos lados. Cuando llueve, 
cae de todas partes tambien, de frente y de lado, y la calle resbala entonces como el 
dorso de un gran pez con una raya de lluvia en medio. No se puede decir siquiera que 
sea un desorden ese barrio, es mas bien como una carcel, casi bien conservada, una 
carcel que no necesita puertas. 



Callejeando asi, acabe perdiendo de vista a Pomone y a su suicidado despues de la 
rue des Vinaigriers. Asi, habia llegado tan cerca de la Garenne-Rancy, que no pude por 
menos de ir a echar un vistazo por encima de las fortificaciones. 

De lejos, es atractiva, la Garenne-Rancy, no se puede negar, por los arboles del gran 
cementerio. Poco falta para que te dejes enganar y jures que estas en el Bois de 
Boulogne. 

Cuando se desean a toda costa noticias de alguien, hay que ir a preguntarlas a quienes 
las tienen. Al fin y al cabo, me dije entonces, no puedo perder gran cosa haciendoles una 
visita, a los Henrouille. Debian de saber como iban las cosas en Toulouse. Y, mira por 
donde, rue una imprudencia de lo lindo la que cometi. Se fia uno demasiado. No sabes 
que has llegado y, sin embargo, estas ya metido de lleno en las cochinas regiones de la 
noche. No tarda en sucederte una desgracia entonces. Basta con poco y, ademas, es que 
no habia que ir a ver de nuevo a cierta gente, sobre todo a esos. Despues es el cuento de 
nunca acabar. 

De rodeos en rodeos, me vi como guiado de nuevo por la costumbre hasta poca 
distancia del hotelito. Casi no podia creerlo, al verlo en el mismo sitio, su hotelito. Em- 
pezo a Hover. Ya no habia nadie en la calle, excepto yo, que no me atrevia a avanzar 
mas. Iba incluso a dar la vuelta sin insistir, cuando se entreabrio la puerta del hotelito, lo 
justo para que me hiciera senas de que me acercase, la hija. Ella, por supuesto, veia 
todo. Me habia divisado, vacilante, en la acera de enfrente. Yo ya no deseaba acercarme, 
pero ella insistia y hasta me llamaba por mi nombre. 

«jDoctor!... jVenga, rapido!» 

Asi me llamaba, con autoridad... Yo temia llamar la atencion. Conque me apresure a 
subir su pequena escalinata y a encontrarme de nuevo en el pasillito con la estufa y 
volver a ver todo el decorado. Volvi a sentir una extrana inquietud, de todos modos. Y 
despues se puso a contarme que su marido llevaba dos meses muy enfermo e incluso 
que empeoraba cada vez mas. 

Al instante, desconfie, por supuesto. 

«^Y Robinson?», me apresure a preguntar. 

Al principio, eludio mi pregunta. Por fin, se decidio. «Estan bien, los dos... Su 
arreglo funciona en Toulouse», acabo respondiendo, pero asi, rapido. Y, sin mas ni mas, 
va y me asedia de nuevo a proposito de su marido, enfermo. Queria que fuese a 
ocuparme de el al instante, de su marido, y sin perder un minuto mas. Que si yo era tan 
servicial... Que si conocia tan bien a su marido... Y que si patatin y que si patatan... Que 
si el solo tenia confianza en mi... Que si no habia querido que lo visitaran otros 
medicos... Que si no sabian mi direccion... En fin, zalamerias. 

Yo tenia muchas razones para temer que esa enfermedad del marido tuviera tambien 
origenes extranos. Me conocia a la dama y tambien los usos de la casa. De todos modos, 
una maldita curiosidad me hizo subir a la habitacion. 

Estaba acostado precisamente en la misma cama en que habia atendido yo a 
Robinson despues de su accidente, unos meses antes. 

En unos meses cambia una habitacion, aun sin mover nada de su sitio. Por viejas que 
sean las cosas, por gastadas que esten, encuentran aun, no se sabe como, fuerzas para 
envejecer. Todo habia cambiado ya a nuestro alrededor. No los objetos de lugar, claro 
esta, sino las cosas mismas, en profundidad. Son otras, las cosas, cuando las vuelves a 
ver; tienen, parece, mas fuerza para penetrar en nuestro interior con mayor tristeza, con 
mayor profundidad aun, con mayor suavidad que antes, fundirse en esa especie de 
muerte que se forma en nosotros despacio, con delicadeza, dia tras dia, cobardemente, 
ante la cual cada dia nos acostumbramos a defendernos un poco menos que la vispera. 
De una vez para otra, la vemos ablandarse, arrugarse en nosotros mismos, la vida, y las 



personas y las cosas con ella, que habiamos dejado triviales, preciosas, temibles a veces. 
El miedo a acabar ha marcado todo eso con sus arrugas mientras corriamos por la ciu- 
dad tras el placer o el pan. 

Pronto no quedaran sino personas y cosas inofensivas, lastimosas y desarmadas en 
torno a nuestro pasado, tan solo errores enmudecidos. 

La mujer nos dejo solos, al marido y a mi. No estaba hecho un pimpollo 
precisamente, el marido. Ya le fallaba la circulacion. Era del corazon. 

«Me voy a morir», repetia, con toda simpleza, por cierto. 

Era lo que se dice potra, la mia, para verme en casos de ese estilo. Escuchaba latir su 
corazon, para adoptar una actitud de circunstancias, los gestos que esperaban de mi. 
Corria su corazon, no habia duda, detras de sus costillas, encerrado, corria tras la vida, a 
tirones, pero en vano saltaba, no iba a alcanzarla. Estaba aviado. Pronto, a fuerza de 
tropezar, caeria en la podredumbre, su corazon, chorreando, rojo, y babeando como una 
vieja granada aplastada. Asi apareceria su corazon, flaccido, sobre el marmol, cortado 
por el bisturi despues de la autopsia, al cabo de unos dias. Pues todo aquello acabaria en 
una linda autopsia judicial. Yo lo preveia, en vista de que todo el mundo en el barrio iba 
a contar cosas sabrosas a proposito de aquella muerte, que no iban a considerar normal 
tampoco, despues de lo otro. 

La estaban esperando con ganas en el barrio, a su mujer, con todos los chismes 
acumulados y pendientes del caso anterior. Eso iba a ser un poco mas tarde. Por el 
momento, el marido ya no sabia que hacer ni como morir. Ya estaba como un poco fuera 
de la vida, pero no conseguia, de todos modos, deshacerse de sus pulmones. Expulsaba 
el aire y el aire volvia. Le habria gustado abandonar, pero tema que vivir, de todos 
modos, hasta el final. Era un currelo bien atroz, que lo hacia bizquear. 

«Ya no siento los pies... -gemia-. Tengo frio hasta las rodillas...» Queria tocarselos, 
los pies, pero ya no podia. 

Beber tampoco podia. Estaba casi acabado. Al pasarle la tisana preparada por su 
mujer, yo me preguntaba que le habria puesto dentro. No olia demasiado bien, la tisana, 
pero el olor no es una prueba, la Valeriana huele muy mal por si sola. Y, ademas, que, 
asfixiandose como se asfixiaba, el marido, ya no importaba demasiado que fuera extrana 
la tisana. Y, sin embargo, se esforzaba mucho, trabajaba de lo lindo, con todos los 
musculos que le quedaban bajo la piel, para seguir sufriendo y respirando. Se debatia 
tanto contra la vida como contra la muerte. Seria justo estallar en casos asi. Cuando a la 
naturaleza le importa tres cojones algo asi, parece que ya no hay limites. Detras de la 
puerta, su mujer escuchaba la consulta, pero yo me la conocia bien, a su mujer. A 
hurtadillas, fui a sorprenderla. «jCu! jCu!», le dije. No se ofendio lo mas minimo e 
incluso vino a hablarme al oido: 

«Deberia usted -me susurro- hacerle quitarse la dentadura postiza... Debe de 
molestarlo para respirar, la dentadura... » En efecto, yo no tenia inconveniente en que se 
la quitara, la dentadura. 

«Pero, jdigaselo usted misma!», le aconseje. En su estado, era un encargo delicado. 

«jNo! jNo! jEs mejor que sea usted! -insistio-. No le va a gustar saber que estoy 
enterada...» 

«jAh! -me sorprendi-. ^Por que?» 

«Hace treinta afios que la lleva y nunca me ha hablado de ella...» 

«Entonces, tal vez podriamos dejarsela -le propuse-. Ya que tiene la costumbre de 
respirar con ella...» 

«jOh, no, yo no podria perdonarmelo nunca!», me respondio con cierta emocion en 
la voz... 

Entonces volvi a hurtadillas a la habitacion. Me oyo volver a su lado, el marido. Le 



agradaba que yo volviera. Entre los sofocos, me hablaba aun, intentaba incluso 
mostrarse un poco amable conmigo. Me preguntaba como me iba, si habia encontrado 
otra clientela... «Si, si», le respondia yo a todas las preguntas. Habria sido demasiado 
largo y complicado explicarle los detalles. No era el momento adecuado. Disimulada 
tras la puerta, su mujer me hacia senas para que le volviera a pedir que se quitara la 
dentadura postiza. Conque me acerque al oido del marido y le aconseje en voz baja que 
se la quitase. jQue plancha! «jLa he tirado por el retrete!...», dijo entonces con mayor 
espanto aun en los ojos. Una coqueteria, en una palabra. Y despues de eso se puso a 
lanzar estertores un buen rato. 

Se es artista con lo que se puede. El, en relacion con la dentadura postiza, habia 
hecho un esfuerzo estetico toda su vida. 

El momento de las confesiones. Me habria gustado que aprovechara para darme su 
opinion sobre lo que habia ocurrido con su madre. Pero ya no podia. Desvariaba. Se 
puso a babear en abundancia. El fin. Ya no se le podia sacar ni una frase. Le seque la 
boca y volvi a bajar. Su mujer, abajo, en el pasillo, no estaba nada contenta y casi me 
regario por lo de la dentadura postiza, como si fuera culpa mia. 

«jDe oro era, doctor!... jYo lo se! ]Se cuanto pago por ella!... jYa no las hacen asi!...» 
Menuda historia. «No tengo inconveniente en subir a intentarlo otra vez», le propuse, de 
tan violento que me sentia. Pero, con ella; si no, ino! 

Esa vez ya casi no nos reconocia, el marido. Un poquito solo. Los estertores eran 
menos fuertes, cuando estabamos cerca, como si quisiera oir todo lo que hablabamos, su 
mujer y yo. 

No fui al entierro. No hubo autopsia, como yo me habia temido un poco. Se hizo 
todo a la chita callando. Pero eso no quita para que nos hubieramos enfadado a base de 
bien, la viuda Henrouille y yo, a proposito de la dentadura postiza. 



Los jovenes tienen tanta prisa siempre por ir a hacer el amor, se apresuran tanto a 
coger todo lo que les dan a creer, para divertirse, que en materia de sensaciones no se lo 
piensan dos veces. Es un poco como esos viajeros que van a jalar todo lo que les sirvan 
en la cantina de la estacion, entre dos pitidos. Con tal de que se les proporcione tambien, 
a los jovenes, las dos o tres cantinelas que animan las conversaciones para foliar, les 
basta, y ya los tenemos tan contentos. Se alegran con facilidad, los jovenes; claro, que 
gozan como si tal cosa, jcierto es! 

Toda la juventud acaba en la playa gloriosa, al borde del agua, alii donde las mujeres 
parecen libres por fin, donde estan tan bellas, que ni siquiera necesitan ya la mentira de 
nuestros suefios. 

Conque, por supuesto, llegado el invierno, cuesta regresar, decirse que se acabo, 
reconocerlo. Nos gustaria quedarnos aun, con el frio, con la edad, no hemos perdido la 
esperanza. Eso es comprensible. Somos innobles. No hay que culpar a nadie. Goce y 
felicidad ante todo. Esa es mi opinion. Y despues, cuando empiezas a apartarte de los 
demas, es senal de que tienes miedo a divertirte con ellos. Es una enfermedad. Habria 
que saber por que se empena uno en no curar de la soledad. Otro tipo que conoci en la 
guerra, en el hospital, un cabo, me habia hablado un poco de esos sentimientos. 
jLastima que no volviera a verlo nunca, a aquel muchacho! «jLa tierra es muerte!... -me 
habia explicado-. No somos sino gusanos encima de ella, nosotros, gusanos sobre su 
repugnante y enorme cadaver, jalandole todo el tiempo las tripas y solo sus venenos... 
No tenemos remedio. Todos podridos desde el nacimiento... jY se acabo!» 

Eso no impidio que se lo llevaran una noche a toda prisa a los bastiones, a aquel 
pensador, lo que demuestra que aun servia para ser fusilado. Fueron dos guindillas 
incluso los que se lo llevaron, uno alto y otro bajo. Lo recuerdo bien. Un anarquista, 
dijeron de el en el consejo de guerra. 

Arios despues, cuando lo piensas, resulta que te gustaria mucho recuperar las 
palabras que dijeron ciertas personas y a las propias personas para preguntarles que que- 
rian decir... Pero, jse marcharon para siempre!... No tenias bastante instruccion para 
comprenderlas... Te gustaria saber si no cambiarian tal vez de opinion mas adelante... 
Pero es demasiado tarde... jSe acabo!... Nadie sabe ya nada de ellas. Conque tienes que 
continuar tu camino solo, en la noche. Has perdido a tus companeros de verdad. No les 
hiciste la pregunta adecuada, la autentica, cuando aun estabas a tiempo. Cuando estabas 
junto a ellos, no sabias. Hombre perdido. Siempre estas atrasado. Se trata de lamentos 
inutiles. 

En fin, menos mal que el padre Protiste vino, al menos, a verme una hermosa 
mahana para que nos repartieramos la comision, la que nos correspondia por el asunto 
del panteon de la tia Henrouille. Yo ya ni siquiera contaba con el cura. Era como si me 
cayese del cielo... jMil quinientos francos nos correspondian a cada uno! Al mismo 
tiempo, traia buenas noticias de Robinson. Tenia los ojos mucho mejor, al parecer. Ya ni 
siquiera le supuraban los parpados. Y todos los de alii abajo querian que yo fuese. Por lo 
demas, habia prometido ir a verlos. El propio Protiste insistia. 

Segun lo que me conto, comprendi, ademas, que Robinson iba a casarse pronto con 
la hija de la vendedora de velas de la iglesia contigua al panteon, aquella de la que 
dependian las momias de la tia Henrouille. Era casi cosa hecha, ese matrimonio. 

Como es logico, todo eso nos condujo a hablar un poco del deceso del Sr. Henrouille, 



pero sin insistir, y la conversacion cobro un cariz mas agradable al tratar del futuro de 
Robinson y, despues, de esa propia ciudad de Toulouse, que yo no conocia y de la que 
Grappa me habia hablado en tiempos, y luego del comercio que hacian alii, la vieja y el, 
y, por ultimo, de la muchacha que se iba a casar con Robinson. Un poco sobre todos los 
temas, en una palabra, y a proposito de todo, charlamos... jMil quinientos francos! Eso 
me volvia indulgente y, por asi decir, optimista. Todos los proyectos de Robinson que 
me comunico me parecieron de lo mas prudentes, sensatos y juiciosos y muy adaptados 
a las circunstancias... La cosa se iba a arreglar. Al menos, yo lo creia. Y despues nos pu- 
simos a discurrir sobre la cuestion de las edades, el cura y yo. Habiamos superado, los 
dos, los treinta afios hacia ya bastante. Se alejaban en el pasado, nuestros treinta afios, 
en riberas crueles y poco anoradas. Ni siquiera valia la pena volverse para reconocerlas, 
esas riberas. No habiamos perdido gran cosa al envejecer. «jHay que ser muy vil, al fin 
y al cabo -conclui-, para afiorar tal afio mas que los demas!... jCon entusiasmo podemos 
envejecer nosotros, sefior cura, y con decision, ademas! ^Fue acaso divertido ayer? ^Y 
el afio pasado?... ^Que le parecio?... Afiorar, ^que?... jDigame! ^La juventud?... Pero, jsi 
no tuvimos juventud nosotros!. ..» 

«Rejuvenecen, es verdad, mas que nada, por dentro, a medida que avanzan, los 
pobres, y, al acercarse a su fin, con tal de que hayan intentado perder por el camino toda 
la mentira y el miedo y el innoble deseo de obedecer que les han infundido al nacer, son, 
en una palabra, menos repulsivos que al comienzo. jEl resto de lo que existe en la tierra 
no es para ellos! jNo les incumbe! Su mision, la unica, es la de vaciarse de su 
obediencia, vomitarla. Si lo consiguen del todo antes de cascarla, entonces pueden 
jactarse de que su vida no ha sido inutil!» 

Estaba yo animado, la verdad... Aquellos mil quinientos francos me excitaban la 
imaginacion; continue: «La juventud autentica, la unica, sefior cura, es amar a todo el 
mundo sin distincion, eso es lo unico cierto, eso es lo unico joven y nuevo. Pues bien, 
^conoce usted, sefior cura, a muchos jovenes asi? Yo, jno!... No veo por todos lados sino 
necedades sordidas y viejas que fermentan en cuerpos mas o menos recientes y cuanto 
mas fermentan, esas sordideces, mas les obsesionan, a los jovenes, jy mas fingen 
entonces ser tremendamente jovenes! Pero no es verdad, son cuentos... Son jovenes solo 
al modo de los furunculos, por el pus que les hace dafio dentro y los hincha». 

Incomodaba a Protiste que le hablara asi... Para no ponerlo mas nervioso, cambie de 
conversacion... Sobre todo porque acababa de mostrarse muy amable conmigo e incluso 
providencial... Es de lo mas dificil abstenerse de insistir en un tema que te obsesiona 
tanto como aquel me obsesionaba a mi. Te abruma el tema de tu vida entera, cuando 
vives solo. Te agobia. Para quitartelo de encima un poco, intentas pringar con el un poco 
a toda la gente que viene a verte y eso les fastidia. Estar solo es arrastrarse a la muerte. 
«Habra que morir -le dije tambien- mas copiosamente que un perro y tardaremos mil 
minutos en cascarla y cada minuto sera nuevo, de todos modos, y ribeteado con 
suficiente angustia como para hacernos olvidar mil veces todo el placer que podriamos 
haber tenido haciendo el amor durante mil afios de vida... La felicidad en la tierra seria 
morir con placer, en pleno placer... El resto no es nada, es miedo que no nos atrevemos a 
confesar, es arte.» 

Protiste, al oirme divagar asi, penso que yo acababa de caer enfermo de nuevo. Tal 
vez tuviera razon y yo me equivocase por completo en todo. En mi retiro, buscando un 
castigo para el egoismo universal, me hacia pajas mentales, en verdad, jiba a buscarlo 
hasta la nada, el castigo! Te diviertes como puedes, cuando las ocasiones de salir son 
escasas, por la falta de dinero, y mas escasas aun las ocasiones de salir de ti mismo y de 
foliar. 

Reconozco que no tenia del todo razon para fastidiarlo, a Protiste, con mis filosofias 



contrarias a sus convicciones religiosas, pero es que habia en su persona, de todos 
modos, un cochino regusto de superioridad, que debia de crispar los nervios a mucha 
gente. Segun su idea, estabamos, todos los humanos, en una especie de sala de espera de 
eternidad en la tierra con numeros. El numero de el era excelente, por supuesto, y para 
el Paraiso. Lo demas se la sudaba. 

Convicciones asi son insoportables. En cambio, cuando se ofrecio, aquel mismo dia 
por la noche, a adelantarme la suma que necesitaba para el viaje a Toulouse, cese por 
completo de importunarlo y de contradecirle. El canguelo que me daba tener que volver 
a ver a Tania en el Tarapout con su fantasma me hizo aceptar su invitacion sin discutir 
mas. En ultimo caso, juna o dos semanas de buena vida!, me dije. jEl diablo conoce 
todos los trucos para tentarte! Nunca acabaremos de conocerlos. Si vivieramos el 
tiempo suficiente, no sabriamos ya adonde ir para buscar de nuevo la felicidad. 
Habriamos dejado abortos de felicidad por todos lados, apestando en los rincones de la 
tierra, y ya no podriamos ni respirar. Los que estan en los museos, los abortos de verdad, 
hay gente que se pone enferma solo de verlos y a punto de vomitar. Nuestros intentos 
tambien, tan repulsivos, de ser felices, son como para ponerse enfermo, de tan 
frustrados, y mucho antes de morir para siempre. 

No cesariamos de marchitarnos, si no los olvidaramos. Sin contar los esfuerzos que 
hemos hecho para llegar adonde estamos, para volver apasionantes nuestras esperanzas, 
nuestras degeneradas dichas, nuestros fervores y embustes... jLa tira! Y nuestro dinero, 
^eh? Y modales modernos al tiempo y eternidades para dar y tomar... Y las cosas que 
nos obligamos a jurar y que juramos y que, segun creimos, los demas no habian dicho ni 
jurado nunca antes de que nos llenaran la cabeza y la boca y perfumes, caricias y 
mimicas, toda clase de cosas, en una palabra, para acabar ocultandolo lo mas posible, 
para no hablar mas, de verguenza y miedo a que nos vuelva como un vomito. Conque 
no es empeno lo que nos falta, no, sino mas bien estar en el buen camino que conduce a 
la muerte tranquila. 

Ir a Toulouse era, en resumen, otra tonteria mas. Al reflexionar, no me cupo la menor 
duda. Conque no tenia excusas. Pero, de seguir a Robinson asi, entre sus aventuras, le 
habia yo cogido gusto a los asuntos turbios. Ya en Nueva York, cuando me tenia quitado 
el sueno, habia empezado a atormentarme la cuestion de si podria acompafiar mas 
adelante, y aun mas, a Robinson. Te hundes, te espantas, primero, en la noche, pero 
quieres comprender, de todos modos, y entonces ya no sales de las pro fundi dades. Pero 
hay demasiadas cosas que comprender a un tiempo. La vida es demasiado corta. No 
quisieras ser injusto con nadie. Tienes escnipulos, vacilas a la hora de juzgar todo eso de 
golpe y temes sobre todo morir mientras vacilas, porque entonces habrias venido a la 
tierra para nada. De lo malo lo peor. 

Tienes que darte prisa, no debes fallar tu propia muerte. La enfermedad, la miseria 
que te dispersa las horas, los afios, el insomnio que te pintarrajea de gris dias, semanas 
enteras, y el cancer que tal vez te suba ya, meticuloso y sanguinolento, del recto. 

jNo voy a tener nunca tiempo!, te dices. Sin contar la guerra, lista siempre tambien 
ella, en el hastio criminal de los hombres, para subir del sotano donde se encierran los 
pobres. ^Se mata a bastantes pobres? No es seguro... Lo pregunto. ^No habria tal vez 
que degollar a todos los que no comprendan? Y que nazcan otros, nuevos pobres y 
siempre asi hasta que aparezcan los que comprendan bien la broma, toda la broma... 
Igual que se siega el cesped hasta el momento en que la hierba es la buena de verdad, la 
tierna. 

Al apearme en Toulouse, me encontre ante la estacion bastante indeciso. Una cerveza 
en la cantina y ya me veia, de todos modos, deambulando por las calles. jEs divertido ir 
por ciudades desconocidas! Es el momento y el lugar en que puedes suponer que toda la 



gente que encuentras es amable. Es el momento del suefio. Puedes aprovechar que es el 
suefio para ir a matar un poco de tiempo al jardin publico. Sin embargo, pasada cierta 
edad, a menos que haya razones familiares excelentes, tienes apariencia, como Parapine, 
de buscar a las ninas en el jardin publico, has de andarte con ojo. Es preferible la 
pasteleria, justo antes de cruzar la verja del jardin, bello establecimiento de la esquina 
decorado como un burdel con pajaritos que cubren los espejos de amplios biseles. Te 
ves en el comiendo, pensativo, infinitas garrapinadas. Refugio para serafines. Las 
senoritas del establecimiento charlan a hurtadillas de sus asuntos del corazon asi: 

«Entonces le dije que podia venir a buscarme el domingo... Mi tia me oyo y me hizo 
una escena a causa de mi padre... » 

«Pero, ^no se volvio a casar tu padre?», la interrumpio la amiga. 

«^Que tiene que ver que volviera a casarse?... Tiene derecho, de todos modos, a saber 
con quien sale su hija, ^no?...» 

Esa era tambien la opinion de la otra senorita de la tienda. Lo que produjo una 
controversia apasionada entre todas las dependientas. En vano me mantenia yo en mi 
rincon, para no molestarlas, atiborrandome, sin interrumpirlas, de pastas y trozos de 
tarta, que, por cierto, no pague, con la esperanza de que consiguieran resolver antes 
aquellos delicados problemas de precedencias familiares, seguian igual. Nada aclaraban. 
Su impotencia especulativa las hacia limitarse a odiar en plena confusion. Reventaban 
de irracionalidad, vanidad e ignorancia, las senoritas del establecimiento, y echaban 
chispas susurrandose mil injurias. 

Pese a todo, me quede fascinado con su cochina miseria. Me lance por los borrachos. 
Ya es que ni los contaba. Ellas tampoco. Esperaba no tener que irme antes de que 
hubieran llegado a una conclusion... Pero la pasion las volvia sordas y luego mudas, a 
mi lado. 

Agotada la hiel, se contenian, crispadas, al abrigo del mostrador de los pasteles, cada 
una de ellas invencible, cerrada, reprimida, cavilando el modo de sacarlo a relucir en 
otra ocasion, con mayor mala leche, de soltar, a la primera de cambio y con rabia, las 
memeces rabiosas e hirientes que supiesen de su compafiera. Ocasion que, por cierto, no 
tardaria en presentarse, que provocarian... Desechos de argumentos al asalto de nada en 
absoluto. Habia acabado sentandome para que me aturdieran mejor con el ruido 
incesante de las palabras, de los abortos de pensamiento, como en una orilla en que las 
olitas de pasiones incesantes nunca llegaran a organizarse. Escuchas, esperas, confias, 
aqui, alia, en el tren, en el cafe, en la calle, en el salon, en la porteria, escuchas, esperas 
que la mala leche se organice, como en la guerra, pero se limita a agitarse y nunca 
ocurre nada, ni en el caso de esas pobres senoritas ni en los demas tampoco. Nadie viene 
a ayudarte. Una chachara inmensa se extiende, gris y monotona, por encima de la vida 
como un espejismo de lo mas desalentador. Dos damas entraron entonces y se rompio el 
deslucido encanto creado entre las senoritas y yo por la ineficaz conversacion. Las 
clientas fueron objeto de la diligencia inmediata de todo el personal. Se adelantaban a 
servirles antes de que pidieran. Eligieron, aqui y alia, picaron pastas y tartas para llevar. 
En el momento de pagar aun se deshacian en cumplidos y pretendieron invitarse 
mutuamente a hojaldres «para tomar». 

Una de ellas rehuso dando mil veces las gracias y explicando por los codos y en 
confianza, a las otras damas, muy interesadas, que su medico le habia prohibido toda 
clase de dulces, que era maraviiloso, su medico, que ya habia hecho milagros con el 
estrefiimiento en la ciudad y en otros lugares y que estaba curandola, a ella, entre otras, 
de una retencion de caca que padecia desde hacia mas de diez anos, gracias a un 
regimen de lo mas especial, gracias tambien a un medicamento maraviiloso conocido 
solo por el. Las damas no estaban dispuestas a dejarse superar tan facilmente en el 



terreno del estrefiimiento. Padecian mas que nadie de estrefiimiento. Protestaban. Exi- 
gian pruebas. La dama en tela de juicio se limito a afiadir que ahora hacia unas 
ventosidades, al ir al retrete, que eran como fuegos artificiales... que con sus nuevas 
deposiciones, todas muy bien construidas, muy resistentes, habia de tener mas cautela... 
A veces eran tan duras, las nuevas deposiciones maravillosas, que sentia un dafio atroz 
en el trasero... Se le desgarraba... Conque se veia obligada a ponerse vaselina antes de ir 
al retrete. Era irrefutable. 

Asi salieron totalmente convencidas, aquellas clientas tan charlatanas, acompafiadas 
hasta la puerta de la pasteleria «Aux Petits Oiseaux» por todas las sonrisas del es- 
tablecimiento. 

El jardin publico de enfrente me parecio apropiado para hacer un alto, en actitud de 
recogimiento, el tiempo justo de recobrar el animo antes de salir en busca de mi amigo 
Robinson. 

En los parques provinciales los bancos permanecen casi todo el tiempo vacios 
durante las mananas laborables, junto a macizos repletos de cafiacoros y margaritas. 
Cerca de los grutescos, sobre aguas totalmente cautivas, una barquita de zinc, rodeada 
de cenizas ligeras, se mantenia sujeta a la orilla con una cuerda enmohecida. El esquife 
navegaba el domingo, estaba anunciado en un cartel y el precio de la vuelta al lago 
tambien: «Dos francos. » 

^Cuantos afios? ^Estudiantes? ^Fantasmas? 

En todos los rincones de los jardines publicos hay, olvidados asi, montones de 
sepulcritos cubiertos con las flores del ideal, bosquecillos llenos de promesas y pafiuelos 
llenos de todo. Nada es serio. 

De todos modos, jbasta de quimeras! En marcha, me dije, en busca de Robinson y su 
iglesia de Sainte-Eponime y de ese panteon cuyas momias guardaba junto con la vieja. 
Yo habia ido a ver todo aquello, tenia que decidirme. 

Con un simon empece a dar vueltas al trote, por el hueco de las umbrosas calles del 
casco antiguo, donde el dia se queda enredado entre los tejados. Armabamos mucho 
escandalo con las ruedas tras el caballo, todo pezufia, de calzadas a pasarelas. Hace 
mucho que no se queman ciudades en el Mediodia. Nunca habian sido tan antiguas. Las 
guerras ya no pasan por alii. 

Llegamos ante la iglesia de Sainte-Eponime, cuando daban las doce. El panteon 
estaba un poco mas lejos, bajo un calvario. Me indicaron su emplazamiento en el centro 
de un jardincillo muy seco. Se entraba a aquella cripta por una especie de agujero con 
parapeto. De lejos divise a la guardiana del panteon, una chica joven. Me apresure a 
preguntarle por mi amigo Robinson. Estaba cerrando la puerta, aquella muchacha. Me 
sonrio muy amable para responderme y al instante me dio noticias y buenas. 

Con la claridad del mediodia, desde el lugar donde nos encontrabamos, todo se 
volvia rosa a nuestro alrededor y las piedras desgastadas subian hacia el cielo a lo largo 
de la iglesia, como dispuestas a ir a fundirse en el aire, por fin, a su vez. 

Debia de tener unos veinte afios, la amiguita de Robinson, piernas muy firmes y 
prietas, busto chiquito de lo mas agradable y cabecita menuda encima, bien dibujada, 
preciosa, de ojos tal vez demasiado negros y atentos, para mi gusto. De estilo nada 
sonador. Ella era quien escribia las cartas de Robinson, las que yo recibia. Me precedio 
con sus andares seguros hacia el panteon, pies, tobillos bien dibujados y tambien 
ligamentos de cachonda que debia de arquearse bien en el momento culminante. Manos 
breves, duras, firmes, manos de obrera ambiciosa. Giro la Have con un gestito seco. El 
calor bailaba a nuestro alrededor y temblaba por encima del piso. Hablamos de esto y 
aquello y despues, abierta la puerta, se decidio, de todos modos, a ensenarme el 
panteon, pese a ser la hora del almuerzo. Yo empezaba a sentirme a gusto. Penetrabamos 



en el frescor en aumento tras su farol. Era muy agradable. Hice como que tropezaba 
entre dos peldafios para cogerme a su brazo, lo que nos hizo bromear y, al llegar a la 
tierra batida abajo, le di un besito en el cuello. Protesto al principio, pero no demasiado. 

Al cabo de un momentito de afecto, me retorci en torno a su vientre como un 
autentico gusano enamorado. Nos mojabamos y remojabamos, viciosos, los labios, para 
la conversacion de las almas. Le subi una mano despacio por los muslos arqueados; es 
agradable, con el farol en el suelo, porque se pueden contemplar al mismo tiempo los 
relieves en movimiento a lo largo de la pierna. Es una posicion recomendable. j Ah! jNo 
hay que perderse nada de momentos asi! Bizqueas de gusto. Te sientes bien 
recompensado. jQue impulso! jQue buen humor de repente! La conversacion se 
reanudo en otro tono, de confianza y sencillez. Eramos amigos. Lo primero, idarle al 
asunto! Acababamos de economizar diez arios. 

«£Acompanas a menudo a las visitas? -le pregunte entre resoplidos y con descaro. 
Pero al instante prosegui-: Es tu madre, ^verdad?, la que vende las velas en la iglesia de 
al lado... El padre Protiste me hablo tambien de ella.» 

«Substituyo a la Sra. Henrouille solo al mediodia... -respondio-. Por las tardes trabajo 
en una casa de modas... en la Rue du Theatre... ^Has pasado por delante del Teatro al 
venir?» 

Me tranquilizo una vez mas respecto a Robinson: se encontraba mucho mejor e 
incluso el especialista de los ojos pensaba que pronto veria lo bastante como para ir solo 
por la calle. Ya lo habia intentado incluso. Era un presagio excelente. La tia Henrouille, 
por su parte, se declaraba encantada con la cripta. Hacia negocio y economias. Un unico 
inconveniente: en la casa en que vivian, las chinches no dejaban dormir a nadie, sobre 
todo durante las noches de tormenta. Conque quemaban azufre. Al parecer, Robinson 
hablaba con frecuencia de mi y en terminos aun elogiosos. De una cosa a otra, pasamos 
a la historia y las circunstancias de la boda. 

Es cierto que con todo aquello aun no le habia preguntado yo como se llamaba. 
Madelon se llamaba. Habia nacido durante la guerra. Su proyecto de boda, al fin y al 
cabo, me venia muy bien. Madelon era nombre facil de recordar. Seguro que sabia lo 
que hacia casandose con Robinson... A pesar de sus progresos, iba a ser siempre un 
invalido, en una palabra... Y, ademas, ella creia que solo le habia afectado a los ojos... 
Pero tenia los nervios enfermos, jy el animo, pues, y lo demas! Estuve a punto de 
decirselo, de avisarla... Las conversaciones sobre matrimonios nunca he sabido yo como 
orientarlas ni como salir de ellas. 

Para cambiar de tema, senti gran interes repentino por las cosas de la cripta y, puesto 
que venia de muy lejos para verla, era el momento de ocuparse de ella. 

Con su farolito, Madelon y yo los hicimos salir de la sombra, a los cadaveres, de la 
pared, uno por uno. jDebian de hacerlos reflexionar, a los turistas! Pegados a la pared, 
como fusilados, estaban aquellos muertos hacia tiempo... No les quedaba ya ni piel ni 
huesos ni ropa... Un poco solo de todo ello... En estado lamentable y agujereados por 
todas partes... El tiempo, que llevaba arios royendoles la piel, seguia sin soltarlos... Aun 
les desgarraba trozos de rostro, aqui y alia, el tiempo... Les agrandaba todos los agujeros 
y les encontraba aun largos cabos de epidermis, que la muerte habia olvidado sobre los 
cartilagos. El vientre se les habia vaciado de todo, pero ahora parecian tener una cunita 
de sombra en lugar de ombligo. 

Madelon me explico que en un cementerio de cal viva habian esperado mas de 
quinientos arios, los muertos, para llegar a aquel estado. No se habria podido decir que 
fueran cadaveres. La epoca de cadaveres habia acabado de una vez por todas para ellos. 
Habian llegado a los confines del polvo, despacito. 

Los habia, en aquel panteon, grandes y pequefios, veintiseis en total, deseosos de 



entrar en la Eternidad. Aun no les dejaban. Mujeres con cofias colocadas en lo alto del 
esqueleto, un jorobado, un gigante e incluso un nifio de pecho, muy acabadito, tambien 
el, con una especie de babero de encaje en torno al cuello, faltaria mas, y un jiron de 
pafial. 

Ganaba mucho dinero, la tia Henrouille, con aquellos restos de siglos. Cuando pienso 
que yo la habia conocido, a ella, casi igual a aquellos fantasmas... Asi volvimos a pasar 
despacio ante todos ellos, Madelon y yo. Una a una, sus cabezas, por llamarlas de algun 
modo, fueron apareciendo en silencio en el circulo de cruda luz de la lampara. No es 
exactamente noche lo que tienen en el fondo de las orbitas, es aun una mirada casi, pero 
mas dulce, como la de las personas que saben. Lo que molesta mas que nada es su olor a 
polvo, que te retiene por la punta de la nariz. 

La tia Henrouille no se perdia una visita con los turistas. Los hacia trabajar, a los 
muertos, como en un circo. Cien francos al dia le proporcionaban en la temporada alta. 

«^,Verdad que no tienen aspecto triste?», me pregunto Madelon. La pregunta era 
ritual. 

La muerte no le decia nada, a aquella monina. Habia nacido durante la guerra, epoca 
de muerte facil. Yo sabia bien como se muere. Lo habia aprendido. Hace sufrir 
atrozmente. Se puede contar a los turistas que esos muertos estan contentos. No tienen 
nada que decir. La tia Henrouille les daba incluso palmaditas en el vientre, cuando aun 
les quedaba bastante pergamino encima y resonaban: «bum, bum». Pero eso tampoco es 
prueba de que todo vaya bien. 

Por fin, volvimos a nuestros asuntos, Madelon y yo. Asi, que era totalmente cierto 
que se encontraba mejor, Robinson. Yo, encantado. jParecia impaciente por casarse, la 
amiguita! Debia de aburrirse de lo lindo en Toulouse. Alii eran raras las ocasiones de 
conocer a un muchacho que hubiese viajado tanto como Robinson. jMenudo si sabia 
historias! Verdaderas y no tan verdaderas tambien. Ya le habia hablado mucho, por 
cierto, de America y de los tropicos. Era perfecto. 

Yo tambien habia estado, en America y en los tropicos. Yo tambien sabia historias. 
Me proponia contarlas. A fuerza de viajar juntos era como nos habiamos hecho amigos 
incluso, Robinson y yo. El farol se estaba apagando. Volvimos a encenderlo diez veces, 
mientras arreglabamos el pasado con el porvenir. Ella me negaba los senos, demasiado 
sensibles. 

De todos modos, como la tia Henrouille iba a regresar de un momento a otro del 
almuerzo, tuvimos que volver a la luz del dia por la escalerita empinada y fragil y dificil 
como una escala. Lo note. 



Por culpa de aquella escalerita tan estrecha y traidora, Robinson bajaba pocas veces a 
la cripta de las momias. A decir verdad, se quedaba mas bien ante la puerta, charlando 
un poco con los turistas y entrenandose para encontrar la luz, por aqui y por alia, y a 
traves de los ojos. 

En las profundidades, entretanto, se espabilaba la tia Henrouille. Trabajaba por dos, 
en realidad, con las momias. Amenizaba la visita de los turistas con un discursito sobre 
sus muertos de pergamino. «No son asquerosos, ni mucho menos, senoras y senores, ya 
que han estado conservados en cal viva, como ven, y desde hace mas de cinco siglos... 
Nuestra coleccion es unica en el mundo... La carne ha desaparecido, desde luego... Solo 
les ha quedado la piel, pero esta curtida... Estan desnudos, pero no indecentes... Como 
veran, a un nifio lo enterraron al tiempo que a su madre... Esta muy conservado tambien, 
el nifio... Y ese grande, con su camisa y su encaje, que viene despues... Tiene todos los 
dientes... Como ven... -Volvia a darles palmaditas en el pecho, a todos, para acabar y 
sonaban como un tambor-. Ya ven, senoras y senores, que a este solo le queda un ojo... 
sequito... y la lengua... [que se ha vuelto como cuero tambien! -Se la sacaba-. Saca la 
lengua, pero no es repugnante... Pueden dejar la voluntad, al marcharse, senoras y 
senores, pero se suelen dejar dos francos por persona y la mitad por los nifios... Pueden 
tocarlos antes de irse... Darse cuenta por si mismos... Pero haganlo con cuidado... Se lo 
recomiendo... Son de lo mas fragil...» 

La tia Henrouille, nada mas llegar, habia pensado aumentar los precios, era cosa de 
entenderse con el obispado. Pero no era tan facil por culpa del cura de Sainte-Eponime, 
que queria quedarse con la tercera parte de la recaudacion, para el solito, y tambien de 
Robinson, que protestaba, continuamente porque ella no le daba bastante comision, le 
parecia a el. 

«Ya me he dejado enganar -decia- como un pardillo... Otra vez... jTengo la negra!... 
jY eso que es buen asunto, la cripta de la vieja!... Y se forra, la tia puta esa, te lo digo 
yo.» 

«Pero, jtu no pusiste dinero en el negocio!... -le objetaba yo para calmarlo y hacerle 
comprender-. jY estas bien alimentado!... ]Y te cuidan!...» 

Pero era obstinado como un abejorro, Robinson, autentica naturaleza de perseguido. 
No queria comprender, ni resignarse. 

«A1 fin y al cabo, jte has librado bastante bien de un asunto muy sucio! jTe lo 
aseguro!... jNo te quejes! Ibas derechito a Cayena, si no te hubieramos echado una 
mano... jY te hemos buscado un sitio tranquilito!... Y, ademas, has conocido a Madelon, 
que es buena y te quiere... jEnfermo como estas!... Conque, ^de que vienes a quejarte?... 
iSobre todo ahora que has mejorado de los ojos!...» 

«Pareces querer decir que no se de que me quejo, ^eh? -me respondia entonces-. Pero 
siento, de todos modos, que debo quejarme... Asi es... Ya solo me queda eso... Voy a 
decirte una cosa... Es lo unico que me permiten... No estan obligados a escucharme.» 

En realidad, no cesaba de quejarse, en cuanto nos quedabamos solos. Yo habia 
llegado a temer esos momentos de confianza. Lo veia con sus ojos parpadeantes, aun un 
poco supurantes al sol, y me decia que, despues de todo, no era simpatico, Robinson. 
Hay animales hechos asi; de nada sirve que sean inocentes e infelices y demas, lo sabe- 
mos y, aun asi, nos caen mal. Les falta algo. 

«Podias haberte podrido en la carcel...», volvia yo a la carga, para hacerlo reflexionar 



de nuevo. 

«Pero, jsi ya he estado en la carcel!... jNo es peor que como estoy ahora!... jTu que 
sabes!...» 

No me habia contado que hubiese estado en la carcel. Debia de haber sido antes de 
que nos conocieramos, antes de la guerra. Insistia y concluia: «S61o hay una libertad, te 
lo digo yo, una sola. Ver claro, en primer lugar, y despues estar forrado de pasta, jlo 
demas son cuentos!...». 

«Entonces, ^adonde quieres llegar?», le decia yo. Cuando se lo instaba asi, a 
decidirse, a pronunciarse de una vez, se desinflaba. Sin embargo, era cuando podria 
haber sido interesante... 

Mientras Madelon se iba, por el dia., a su taller y la tia Henrouille ensefiaba sus 
restos a los clientes, ibamos, nosotros, al cafe bajo los arboles. Ese era un rincon que le 
gustaba mucho, el cafe bajo los arboles, a Robinson. Probablemente por el ruido que 
hacian por encima los pajaros. jQue cantidad de pajaros! Sobre todo hacia las cinco, 
cuando volvian al nido, muy excitados por el verano. Caian entonces sobre la plaza 
como una tormenta. Contaban incluso que un peluquero, que tenia su establecimiento 
junto al jardin, se habia vuelto loco, solo de oirlos piar todos juntos durante afios. Es 
cierto que ya no nos oiamos, al hablar. Pero era alegre, de todos modos, le parecia a 
Robinson. 

«Si al menos me diera veinte centimos por visitante, jme pareceria bien!» 

Volvia, cada cinco minutos mas o menos, a su preocupacion. Entretanto, los colores 
del tiempo pasado parecian volverle a la cabeza, pese a todo, historias tambien, las de la 
Compania Porduriere en Africa, entre otras, que habiamos conocido muy bien los dos, 
[que caramba!, e historias verdes que aun no me habia contado nunca. Tal vez no se 
hubiese atrevido. Era bastante reservado, en el fondo, misterioso incluso. 

En punto a tiempo perdido, de Molly sobre todo era de quien me acordaba bien, yo 
cuando me sentia tierno, como del eco de una hora dada a lo lejos, y, cuando pensaba en 
algo agradable, en seguida pensaba en ella. 

Al fin y al cabo, cuando el egoismo cede un poco, cuando el momento de acabar de 
una vez llega, en punto a recuerdos no conservamos en el corazon sino el de las mujeres 
que amaban de verdad un poco a los hombres, no solo a uno, aunque fueras tu, sino a 
todos. 

Al volver por la noche del cafe, no habiamos hecho nada, como suboficiales 
jubilados. 

Durante la temporada alta, los turistas no cesaban de acudir. Rondaban por la cripta y 
la tia Henrouille conseguia hacerlos reir. Al cura no le hacian demasiada gracia, aquellas 
bromas, pero, como recibia mas de lo que le correspondia, no abria la boca y, ademas, 
es que, en materia de chocarrerias, no entendia. Y, sin embargo, valia la pena, ver y oir a 
la tia Henrouille, en medio de sus cadaveres. Se los miraba fijamente a la cara, ella que 
no tenia miedo a la muerte, pese a estar tan arrugada, tan apergaminada ya, tambien ella, 
que era como uno de ellos, con su farol, que fuese a charlar delante de sus narices, por 
llamarlas de algun modo. 

Cuando regresabamos a la casa y nos reuniamos para cenar, volvia a hablarse de la 
recaudacion y, ademas, la tia Henrouille me llamaba su «Doctor Chacal» por lo que 
habia ocurrido entre nosotros en Rancy. Pero todo ello en broma, por supuesto. Madelon 
se ajetreaba en la cocina. Aquella vivienda en que nos alojabamos recibia una luz muy 
mortecina, dependencia de la sacristia, muy estrecha, llena de viguetas y recovecos 
polvorientos. «De todos modos -comentaba la vieja-, aunque sea de noche, por asi decir, 
todo el tiempo, encuentras la cama, el bolsillo y la boca, jy con eso basta y sobra!» 

Tras la muerte de su hijo, no habia sufrido demasiado tiempo. «Siempre estuvo muy 



delicado -me contaba una noche, hablando de el-, y yo, fijese, que ya tengo setenta y 
siete afios, inunca me he quejado de nadaL. El siempre estaba quejandose, era su forma 
de ser, exactamente como Robinson... por citar un ejemplo. Asi, que la escalerita de la 
cripta es dura, ^eh?... ^La conoce usted?... Me cansa, desde luego, pero hay dias en que 
me produce hasta dos francos por escalon... Los he contado... Bueno, pues, por ese 
precio, isubiria, si me lo pidieran, hasta el cielo!» 

Ponia muchas especias en la comida, la Madelon, y tomate tambien. Comida rica. Y 
vino rosado. Hasta a Robinson le habia dado por el vino, a fuerza de vivir en el 
Mediodia. Ya me lo habia contado todo, Robinson, lo que habia ocurrido desde su 
llegada a Toulouse. Yo ya no lo escuchaba. Me decepcionaba y me disgustaba un poco, 
en una palabra. «Eres un burgues -esa conclusion acabe sacando (porque para mi no 
habia peor injuria en aquella epoca)-. No piensas, en definitiva, sino en el dinero... 
Cuando recuperes la vista, jte habras vuelto peor que los demas!» 

Las broncas lo dejaban frio. Daba incluso la impresion de que le infundian valor. 
Ademas, sabia que era verdad. Ese chico, me decia yo, ya esta encarrilado, ya no hay 
que preocuparse por el... Una mujercita un poco violenta y un poco viciosa, digan lo que 
digan, te trans forma a un hombre, que no lo reconoces... A Robinson, me decia yo 
tambien... lo tome mucho tiempo por un aventurero, pero no es sino un calzonazos, 
cornudo o no, ciego o no... Y se acabo. 

Ademas, la vieja Henrouille lo habia contaminado en seguida, con su pasion por las 
economias, y tambien la Madelon, con sus ganas de casarse. Conque solo faltaba eso. 
No sabia el lo que le esperaba. Sobre todo porque le iba a coger gusto, a la chavala. Que 
me lo dijeran a mi. Seria mentira, lo primero, decir que yo no estaba un poco celoso, no 
seria justo. Madelon y yo nos veiamos un momentito de vez en cuando, antes de cenar, 
en su habitacion. Pero no eran faciles de organizar, aquellas entrevistas. No deciamos 
nada. Eramos los mas discretos del mundo. 

No por ello debe pensarse que no lo amara, a su Robinson. No tenia nada que ver. 
Solo que el jugaba al noviazgo, conque ella tambien, naturalmente, jugaba a las fidelida- 
des. Ese era el sentimiento entre ellos. Lo principal en esos casos es entenderse. 
Esperaba a casarse para meterle mano, me habia confiado. Esa era su idea. Para el la 
eternidad, pues, y para mi la inmediatez. Por lo demas, me habia hablado de un proyecto 
que tenia, ademas, para establecerse en un pequeho restaurante, con ella, y plantar a la 
vieja Henrouille. Todo en serio, pues. «Es agradable, gustara a la clientela -preveia en 
sus mejores momentos-. Y, ademas, ya has visto como cocina, ^eh? jNo tiene que 
envidiar a nadie, con el papeo!» 

Pensaba incluso que podria sablearle un capitalito inicial, a la tia Henrouille. A mi 
me parecia bien, pero preveia que le costaria mucho convencerla. «Tu ves todo de color 
de rosa», le comentaba yo, para calmarlo y hacerle reflexionar un poco. De pronto se 
echaba a llorar y me llamaba desgraciado. En una palabra, que no hay que desanimar a 
nadie; al instante, reconocia yo estar equivocado y que lo que me habia perdido, en el 
fondo, habia sido el desanimo. Lo que sabia hacer antes de la guerra, Robinson, era el 
grabado en cobre, pero no queria volver a probarlo, a ningun precio. Era muy duefio. 
«Con mis pulmones el aire libre es lo que necesito, comprendelo, y, ademas, que mis 
ojos no van a ser nunca como antes. » No dejaba de tener razon, en un sentido. No habia 
nada que replicar. Cuando paseabamos juntos por las calles frecuentadas, la gente se 
volvia para compadecer al ciego. Tiene piedad, la gente, de los invalidos y los ciegos y 
se puede decir que tienen amor en reserva. Yo lo habia sentido, muchas veces, el amor 
en reserva. Hay en cantidad. No se puede negar. Solo, que es una pena que siga siendo 
tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale y se acabo. Se les queda ahi 
dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro. 



Despues de la cena, Madelon se ocupaba de el, de su Leon, como lo llamaba ella. Le 
leia el periodico. El se pirraba por la politica ahora y los periodicos del Mediodia 
apestan a politica y de la animada. 

A nuestro alrededor, por la noche, la casa se hundia en el tostadero de los siglos. Era 
el momento, despues de cenar, en que las chinches van a explayarse, el momento 
tambien de probar con ellas, las chinches, los efectos de una solucion corrosiva que yo 
queria ceder despues a un farmaceutico por un pequefio beneficio. Un apafiito. A la tia 
Henrouille la distraia, mi experimento, y me ayudaba, ibamos juntos de nido en nido, 
por las rendijas, los rincones, vaporizando sus enjambres con mi vitriolo. Bullian y se 
desvanecian bajo la vela que me sujetaba, muy atenta, la tia Henrouille. 

Mientras trabajabamos, hablabamos de Rancy. Solo de pensar en eso, en ese lugar, 
me daban ganas de vomitar, me habria quedado con gusto en Toulouse el resto de mi 
vida. No pedia otra cosa, en el fondo, papeo asegurado y tiempo libre. La felicidad, 
vamos. Pero tuve que pensar, de todos modos, en la vuelta y el currelo. El tiempo pasa- 
ba y la prima del cura tambien y los ahorros. 

Antes de marcharme, quise dar unas lecciones y consejos a Madelon. Mas vale, 
desde luego, dar dinero, cuando se puede y se quiere hacer el bien. Pero tambien puede 
ser util ser prevenido y saber bien a que atenerse exactamente y sobre todo el riesgo que 
se corre jodiendo a diestro y siniestro. Era eso lo que yo me decia, sobre todo porque en 
materia de enfermedades me daba un poco de miedo Madelon. Espabilada, desde luego, 
pero lo mas ignorante del mundo sobre microbios. Conque fui y me lance a 
explicaciones muy detalladas sobre lo que debia mirar detenidamente antes de 
responder a cumplidos. Si estaba roja... si habia una gota en la puntita... En fin, cosas 
clasicas que se deben saber y de lo mas utiles... Tras haberme escuchado atenta y 
haberme dejado hablar, protesto, por cumplir. Me hizo incluso una escena... Que si ella 
era formal... Que si era una verguenza por mi parte... Que quien me habia creido que 
era... Que no porque conmigo... Que si la estaba insultando... Que si los hombres eran 
todos unos asquerosos... 

En fin, todo lo que dicen, todas las damas, en casos asi. Era de esperar. El paripe. Lo 
principal, para mi, era que hubiese escuchado bien mis consejos y hubiera asimilado lo 
esencial. Lo demas no tenia la menor importancia. Tras haberme oido atenta, lo que en 
el fondo la entristecia era pensar que se pudiese pescar todo lo que yo le contaba solo 
por la ternura y el placer. Aunque fuese cosa de la naturaleza, yo le parecia tan 
asqueroso como la naturaleza y se sentia insultada. No insisti mas, salvo para hablarle 
un poco de los condones, tan comodos. Por ultimo, para darnoslas de psicologos, 
intentamos analizar un poco el caracter de Robinson. «No es celoso precisamente -me 
dijo entonces-, pero tiene momentos dificiles». 

«jVale, vale!...», le respondi, y me lance a una definicion de su caracter, de 
Robinson, como si lo conociera, yo, su caracter, pero al instante me di cuenta de que no 
lo conocia apenas, a Robinson, salvo algunas evidencias groseras de su temperamento. 
Nada mas. 

Es asombroso cuanto cuesta imaginar lo que puede volver a una persona agradable 
para los demas... Y, sin embargo, quieres servirle, serle favorable, y farfullas... Es 
lastimoso, desde las primeras palabras... Estas pez. 

En nuestros dias, hacer de «La Bruyere» no es comodo. Descubres el pastel del 
inconsciente, en cuanto te aproximas. 



Cuando iba a ir a comprar el billete, me retuvieron una semana mas, en eso 
quedamos. Para ensefiarme los alrededores de Toulouse, las orillas del rio, muy 
fresquitas, de que me habian hablado mucho, y llevarme a visitar sobre todo los bonitos 
vifiedos de los alrededores, de los que todo el mundo en la ciudad parecia orgulloso y 
contento, como si fueran ya todos propietarios. No podia irme asi, tras haber visitado 
solo los cadaveres de la tia Henrouille. jNo podia ser! En fin, cumplidos... 

Tanta amabilidad me desarmaba. No me atrevia a insistir demasiado en quedarme por 
mi intimidad con la Madelon, intimidad que estaba volviendose un poco peligrosa. La 
vieja empezaba a sospechar que habia algo entre nosotros. Un estorbo. 

Pero no iba a acompafiarnos, la vieja, en aquel paseo. En primer lugar, no queria 
cerrar la cripta, ni siquiera por un solo dia. Conque acepte quedarme y un hermoso do- 
mingo por la mafiana nos pusimos en camino hacia el campo. A el, Robinson, lo 
llevabamos del brazo entre los dos. En la estacion cogimos billetes de segunda. Olia de 
lo lindo a salchichon, de todos modos, en el compartimento, como en tercera. En un 
lugar que se llamaba Saint- Jean nos apeamos. Madelon parecia conocer bien la region y, 
ademas, en seguida se encontro con conocidos procedentes de todos los rincones. Se 
anunciaba un bonito dia de verano, eso seguro. Mientras paseabamos, habiamos de 
contar todo lo que veiamos a Robinson. «Aqui hay un jardin... Ahi, mira, un puente y 
debajo un pescador... No pesca nada... Cuidado con esa bici...» Ahora, que el olor de las 
patatas fritas lo guiaba perfectamente. Fue el incluso quien nos llevo hasta la freiduria, 
donde las hacian, las patatas fritas, a cincuenta centimos la racion. Siempre le habian 
gustado, las patatas fritas, desde que yo lo conocia, a Robinson, igual que a mi, por 
cierto. Es muy parisino, el gusto por las patatas fritas. Madelon, por su parte, preferia el 
vermut, seco y solo. 

Los rios lo pasan mal en el Mediodia. Parece que sufren, siempre estan secandose. 
Colinas, sol, Pescadores, peces, barcos, zanjas, lavaderos, vifias, sauces llorones, todo el 
mundo los quiere, todo los reclama. Les exigen demasiada agua, conque queda poca en 
el lecho del rio. Parece en algunos puntos un camino un poco inundado mas que un rio 
de verdad. Como habiamos salido en busca de diversion, teniamos que apresurarnos 
para encontrarla. En cuanto acabamos las patatas fritas, decidimos dar una vuelta en 
barca, que nos distraeria antes del almuerzo, yo remando, claro esta, y ellos dos frente a 
mi, cogidos de la mano, Robinson y Madelon. 

Conque salimos surcando las aguas, como se suele decir, y rozando el fondo aqui y 
alia, ella lanzando grititos y el no demasiado seguro tampoco. Moscas y mas moscas. 
Libelulas que vigilaban el rio con sus enormes ojos por doquier y moviendo la cola, 
temerosas. Un calor asombroso, como para hacer humear todas las superficies. Nos 
deslizabamos desde los anchos remolinos pianos hasta las ramas muertas... Al ras de 
riberas ardientes pasamos, en busca de bocanadas de sombra que atrapabamos como 
podiamos detras de arboles no demasiado acribillados por el sol. Hablar daba mas calor 
aun, de ser posible. No nos atreviamos a decir que nos sentiamos mal. 

Robinson se canso el primero, cosa natural, de la navegacion. Entonces propuse que 
atracaramos delante de un restaurante. No eramos los unicos que habiamos tenido esa 
idea. Todos los Pescadores de aquel tramo, la verdad, se habian instalado ya en la 
taberna, antes que nosotros, avidos de aperitivos y parapetados tras sus sifones. Ro- 
binson no se atrevia a preguntarme si era cara, aquella tasca, que yo habia elegido, pero 



al instante le quite esa preocupacion asegurandole que todos los precios estaban 
anunciados y eran muy razonables. Era cierto. Ya no soltaba la mano de su Madelon. 

Puedo decir ahora que pagamos en aquel restaurante como si hubieramos comido, 
pero solo habiamos intentado jalar. Mas vale no hablar de los platos que nos sirvieron. 
Aun siguen alii. 

Para pasar la tarde, despues, organizar una sesion de pesca con Robinson era 
demasiado complicado y le habriamos apenado, pues ni siquiera habria visto el flotador. 
Pero a mi, por otro lado, la idea de remar, despues del trago de la manana, me ponia 
enfermo. Ya tenia bastante. Habia perdido el entrenamiento de los rios de Africa. Habia 
envejecido en eso como en todo. 

Para cambiar, de todos modos, de ejercicio, dije entonces que un paseito a pie, 
simplemente, a lo largo de la orilla, nos sentaria pero que muy bien, al menos hasta 
aquellas hierbas altas que se veian a menos de un kilometro de distancia, cerca de una 
cortina de alamos. 

Ahi nos teniais de nuevo, a Robinson y a mi, en marcha y cogidos del brazo, 
mientras que Madelon nos precedia unos pasos mas adelante. Era mas comodo para 
avanzar entre las hierbas. En un recodo del rio oimos las notas de un acordeon. De una 
gabarra procedia, el sonido, una hermosa gabarra amarrada en aquel punto del rio. La 
musica hizo detener a Robinson. Era muy comprensible en su caso y, ademas, que 
siempre habia sentido debilidad por la musica. Conque, contentos de haber encontrado 
algo que lo divirtiera, nos sentamos en aquel cesped mismo, menos polvoriento que el 
de la orilla en declive de al lado. Se veia que no era una gabarra corriente. Muy limpia y 
cuidada estaba, una gabarra para vivienda exclusivamente, no para carga, toda llena de 
flores y con una casilla muy peripuesta y todo, para el perro. Le describimos la gabarra, 
a Robinson. Queria enterarse de todo. 

«Me gustaria mucho, a mi tambien, vivir en un barco como ese -dijo entonces-. ^Y a 
ti?», fue y pregunto a Madelon. 

«jAnda, que ya se adonde quieres ir a parar! -respondio ella-. Pero, jeso es muy caro, 
Leon! jEs mucho mas caro aun, estoy segura, que una casa de alquiler!» 

Nos pusimos, los tres, a pensar en lo que podia costar una gabarra asi y no nos salia 
el calculo... Cada uno daba una cifra. Por la costumbre que teniamos de contar en voz 
alta todo... La musica del acordeon nos llegaba muy melosa, entretanto, e incluso la 
letra de una cancion de acompafiamiento... Al final, coincidimos en que debia de costar, 
tal cual, por lo menos cien mil francos, la gabarra. Como para dejarlo a uno turulato... 

Ferme tesjolis yeux, car les heures sont breves... 
Aupays merveilleux, au douxpays du re-e-eve 

Eso era lo que cantaban en el interior, voces de hombres y mujeres mezcladas, 
desafinando un poco, pero muy agradables, de todos modos, gracias al lugar. No de- 
sentonaba con el calor, el campo, la hora que era y el rio. 

Robinson se empenaba en contar miles y cientos. Le parecia que valia mas aun, tal 
como se la habiamos descrito, la gabarra... Porque tenia una claraboya para ver mejor 
dentro y cobres por todos lados: lujo, vamos... 

«Leon, no te canses -intentaba calmarlo Madelon-, tumbate en la hierba, que esta 
muy mullida, y descansa un poco... Cien mil o quinientos mil, no esta a nuestro alcance, 
^no?... Conque no vale la pena, verdad, que te hagas ilusiones...» 

Pero estaba tumbado y se hacia ilusiones, de todos modos, con el precio, y queria 
enterarse a toda costa e intentar verla, la gabarra que valia tan cara... 

«^Tiene motor?», preguntaba... Nosotros no sabiamos. 



Fui a mirar por detras, ya que insistia, solo por complacerlo, para ver si veia el tubo 
de un motorcito. 

Ferme tes jolis yeux, car la vie n'est qu'un songe... 
L 'amour n 'est qu'un menson-on-on-ge... 
Ferme tes jolis yeuuuuuuux! 

Seguian asi cantando, dentro. Nosotros, por fin, caimos rendidos de cansancio... Nos 
adormilaban. 

En determinado momento, el podenco de la casilla salto afuera y fue a ladrar sobre la 
pasarela en nuestra direccion. Despertamos sobresaltados y nos pusimos a gritarle, al 
podenco. Miedo de Robinson. 

Un tipo que parecia el propietario salio entonces al puente por la portezuela de la 
gabarra. [No queria que gritaramos a su perro y tuvimos unas palabras! Pero, cuando 
comprendio que Robinson estaba, por asi decir, ciego, se calmo al instante, aquel 
hombre e incluso se mostro como un chorra. Dio marc ha atras y hasta se dejo llamar 
grosero para arreglar las cosas... Para resarcirnos, nos rogo que fuesemos a to mar cafe 
con el, en su gabarra, porque era su santo, fue y afiadio. No queria que siguiesemos ahi, 
al sol, achicharrandonos, y que si patatin y que si patatan... Y que si veniamos al pelo, 
precisamente, porque eran trece a la mesa... Hombre joven era, el patron, un fantasioso. 
Le gustaban los barcos, fue y nos explico tambien... Comprendimos en seguida. Pero a 
su mujer le daba miedo el mar, conque habian amarrado alii, por asi decir, sobre los 
guijarros. En la gabarra, parecieron muy contentos de recibirnos. Su esposa, en primer 
lugar, mujer bella que tocaba el acordeon como un angel. Y, ademas, jque eso de 
habernos invitado a tomar cafe era amable, de todos modos, de su parte! jPodriamos 
haber sido sabe Dios que! Era, en una palabra, una prueba de confianza por su parte... 
En seguida comprendimos que no debiamos desairar a aquellos encantadores anfitrio- 
nes... Sobre todo ante sus invitados... Robinson tenia muchos defectos, pero era, de 
ordinario, un muchacho sensible. Para sus adentros, solo por las voces, comprendio que 
habia que comportarse bien y no soltar groserias. No ibamos bien vestidos, bien es 
verdad, pero si muy limpios y decentes, de todos modos. El patron de la gabarra, lo 
examine de mas cerca, debia de tener unos treinta afios, con hermosos cabellos castanos 
y poeticos y un traje muy mono de estilo marinero, pero relamido. Su bella esposa tenia, 
por cierto, autenticos ojos «aterciopelados». 

Acababan de terminar su almuerzo. Los restos eran copiosos. No rechazamos el trozo 
de tarta, jni hablar! Ni el oporto para acompafiarlo. Desde hacia mucho tiempo, no habia 
oido yo voces tan distinguidas. Tienen una forma de hablar, las personas distinguidas, 
que te intimida y a mi me asusta, sencillamente, sobre todo sus mujeres, y, sin embargo, 
son simples frases mal paridas y presuntuosas, pero, eso si, brufiidas como muebles 
antiguos. Dan miedo, sus frases, aun anodinas. Temes patinar encima de ellas, al 
responderles simplemente. Y hasta cuando cobran tono barriobajero para cantar 
canciones de pobres por diversion, lo conservan, ese acento distinguido, que te inspira 
recelo y asco, un acento en el que parece vibrar un latiguillo, siempre, el que se necesita, 
siempre, para hablar a los criados. Es excitante, pero al mismo tiempo te incita a 
cepillarte a sus mujeres, solo para verla derretirse, su dignidad, como ellos la llaman... 

Explique en voz baja a Robinson el mobiliario que habia a nuestro alrededor, todo el 
antiguo. Me recordaba un poco la tienda de mi madre, pero mas limpio y mejor 
arreglado, evidentemente. En casa de mi madre siempre olia a rancio. 

Y, ademas, colgados en los tabiques, cuadros del patron, infinidad. Pintor el. Fue su 
mujer la que me lo revelo y con mil remilgos, encima. Su mujer lo amaba, se veia, a su 



hombre. Era un artista, el patron, hermoso sexo, hermosos cabellos, hermosas rentas, 
todo lo necesario para ser feliz; y, encima, el acordeon, amigos, ensuefios en el barco, 
sobre las aguas escasas y que se arremolinaban, muy contentos de no partir nunca... 
Tenian todo aquello en su casa con toda la dulzura y el frescor precioso del mundo entre 
los visillos y el halito del ventilador y la divina seguridad. 

Puesto que habiamos acudido, debiamos ponernos en consonancia. Bebidas heladas y 
fresas con nata, primero, mi postre preferido. Madelon se moria de ganas de repetir. 
Tambien ella se dejaba conquistar ahora por los buenos modales. Los hombres la 
consideraban simpatica, a Madelon, el suegro sobre todo, ricachon el, parecia muy 
contento de tenerla a su lado, a Madelon, y venga desvivirse para agradarle. Venga 
buscar por toda la mesa mas golosinas, solo para ella, que estaba dandose una panzada, 
de nata. Por lo que decia, era viudo, el suegro. jMenudo si lo habia olvidado! Al cabo de 
poco, con los licores, Madelon tenia una curda de cuidado. El traje que llevaba 
Robinson y el mio tambien chorreaban fatiga y temporadas y mas temporadas, pero en 
el refugio en que nos encontrabamos podia ser que no se viera. De todos modos, yo me 
sentia un poco humillado en medio de los demas, tan respetables en todo, limpios como 
americanos, tan bien lavados, tan bien educados, listos para concursos de elegancia. 

Madelon, ya piripi, no se contenia demasiado bien. Con su fino perfil puntiagudo 
dirigido a las pinturas, contaba tonterias; la anfitriona, que se daba cuenta un poco, 
volvio al acordeon para remediarlo, mientras todos cantaban y nosotros tambien en 
sordina, pero desafinando y sin gracia, la misma cancion que un poco antes oiamos 
fuera y despues otra. 

Robinson habia encontrado el medio de entablar conversacion con un sefior anciano 
que parecia conocerlo todo sobre la cultura del cacao. Tema apropiado. Un colonial, dos 
coloniales. «Cuando estaba yo en Africa -oi, para mi gran sorpresa, afirmar a 
Robinson-, cuando era ingeniero agronomo de la Compafiia Porduriere -repetia-, ponia a 
cosechar a la poblacion entera de una aldea... etc.» No podia verme, conque se 
despachaba a gusto... Con ganas... Falsos recuerdos... Deslumbraba al sefior anciano... 
jMentiras! Lo unico que se le ocurria para ponerse a la altura del anciano competente. 
El siempre tan reservado, Robinson, en su lenguaje, me irritaba y afligia al divagar asi. 

Lo habian instalado, con todos los honores, en un gran divan lleno de perfumes, con 
una copa de conac en la mano derecha, mientras que con la otra evocaba con gestos 
ampulosos la majestad de las junglas virgenes y los furores de los tornados ecuatoriales. 
Estaba disparado, disparado de lo Undo... Alcide se habria tronchado de risa, si hubiera 
estado alii, enunrincon. jPobre Alcide! 

No se puede negar, estabamos lo que se dice a gusto, en su gabarra. Sobre todo 
porque empezaba a alzarse una brisita del rio y en los marcos de las ventanas flotaban 
los visillos encanonados como banderitas alegres. 

Otra ronda de helados y despues champan. Era su santo, lo habia repetido cien veces, 
el patron. Se habia propuesto obsequiar por una vez a todos e incluso a los transeuntes. 
A nosotros por una vez. Durante una hora, dos, tres tal vez, estariamos todos 
reconciliados bajo su batuta, seriamos todos amigos, los conocidos y los demas e 
incluso los extranos, e incluso nosotros tres, a quienes habian recogido en la ribera, a 
falta de algo mejor, para no ser trece a la mesa. Iba a ponerme a cantar mi cancioncilla 
de alborozo y despues cambie de parecer, demasiado orgulloso de pronto, consciente. 
Conque me parecio oportuno revelarles, para justificar mi invitacion, pese a todo, en un 
arranque impulsivo, jque acababan de invitar en mi persona a uno de los medicos mas 
distinguidos de la region parisina! jNo podia sospecharlo, aquella gente, por mi pinta, 
evidentemente! jNi por la mediocridad de mis companeros! Pero, en cuanto supieron mi 
rango, se declararon encantados, halagados y, sin mas tardar, todos y cada uno se 



pusieron a iniciarme en las desdichas particulares de su cuerpo; aproveche para 
aproximarme a la hija de un empresario, una primita muy robusta que padecia 
precisamente urticaria y eructos agrios a la mas minima. 

Cuando no estas acostumbrado a los primores de la mesa y del bienestar, te 
embriagan facilmente. La verdad pierde el culo para abandonarte. Basta con muy 
poquito siempre para que te deje libre. No te aferras a la verdad. En esa abundancia 
repentina de placeres, eres, antes de que te des cuenta, presa del delirio megalomano. Yo 
me puse a divagar, a mi vez, mientras hablaba de urticaria a la primita. Sales de las 
humillaciones cotidianas intentando, como Robinson, ponerte en consonancia con los 
ricos, mediante las mentiras, monedas del pobre. A todos nos da verguenza nuestra 
carne mal presentada, nuestra osamenta deficitaria. No podia decidirme a mostrarles mi 
verdad; era indigna de ellos, como mi trasero. Tenia que causar, a toda costa, buena 
impresion. 

A sus preguntas me puse a responder con ocurrencias, como antes Robinson al 
anciano senor. jMe senti, a mi vez, embargado por la soberbia!... jQue si mi numerosa 
clientela!... jQue si el exceso de trabajo!... Que si mi amigo Robinson... el ingeniero, 
que me habia ofrecido hospitalidad en su hotelito tolosano... 

Y es que, ademas, cuando ha comido y bebido bien, el anfitrion es facil de convencer. 
jPor fortuna! jTodo cuela! Robinson me habia precedido en la dicha furtiva de las trolas 
improvisadas; seguirlo no exigia ya apenas esfuerzo. 

Con las gafas ahumadas que llevaba, Robinson, no se podia apreciar bien el estado 
de sus ojos. Atribuimos, generosos, su desgracia a la guerra. Desde ese momento, nos 
vimos acomodados, realzados social y patrioticamente hasta la altura de ellos, nuestros 
anfitriones, sorprendidos un poco, al principio, por la fantasia del marido, el pintor, a 
quien su situacion de artista mundano forzaba, de todos modos, a algunas acciones 
insolitas de vez en cuando... Se pusieron, los invitados, a considerarnos de verdad a los 
tres de lo mas amables e interesantes. 

En su calidad de prometida, Madelon tal vez no desempefiara su papel todo lo 
pudicamente que requeria la ocasion; excitaba a todo el mundo, incluidas las mujeres, 
hasta el punto de que yo me preguntaba si no iria a acabar todo aquello en una orgia. 
No. La conversacion fue languideciendo, rota por el esfuerzo baboso de ir mas alia de 
las palabras. No ocurrio nada. 

Seguiamos aferrados a las frases y clavados a los cojines, muy atontados por el 
intento comun de hacernos felices, mas profunda, mas calurosamente y aun un poco 
mas, unos a otros, con el cuerpo ahito, con el espiritu exclusivamente, haciendo todo lo 
posible para mantener todo el placer del mundo en el presente, todo lo maravilloso que 
conociamos en nosotros y en el mundo, para que el vecino empezara a disfrutarlo 
tambien y nos confesara, el vecino, que era eso, exacto, lo que buscaba, tan admirable, 
que solo le faltaba esa dadiva nuestra precisamente, desde hacia tantos y tantos afios, 
para ser por fin perfectamente feliz, jy para siempre! jQue por fin le habiamos revelado 
su propia razon de ser! Y que habia que ir a decirselo a todo el mundo entonces, jque 
habia encontrado su razon de ser! jY que bebieramos otra copa juntos para festejar y 
celebrar aquella delectacion y que durase siempre asi! jQue no cambiaramos nunca mas 
de encanto! jQue sobre todo no volvieramos a los tiempos abominables, a los tiempos 
sin milagros, a los tiempos de antes de conocernos!... j Todos juntos en adelante! jPor 
fin! jSiempre!... 

El patron, por su parte, no pudo por menos de romper el encanto. 

Tenia la mania de hablarnos de su pintura, que lo traia por la calle de la amargura, de 
sus cuadros, a todo trance y con cualquier motivo. Asi, por su imbecilidad obstinada, 
aun ebrios, la trivialidad volvio a embargarnos, abrumadora. Vencido ya, fui a dirigirle 



algunos cumplidos muy sinceros y resplandecientes, al patron, felicidad en frases para 
los artistas. Eso era lo que necesitaba. En cuanto los hubo recibido, mis cumplidos, fue 
como un coito. Se dejo caer en uno de los sofas hinchados de a bordo y se quedo 
dormido en seguida, muy a gusto, feliz evidentemente. Los invitados, entretanto, se 
acariciaban mutuamente las facciones con miradas plomizas y mutuamente fascinadas, 
indecisos entre el suefio casi invencible y las delicias de una digestion milagrosa. 

Yo, por mi parte, economice ese deseo de dormitar y me lo reserve para la noche. Los 
miedos, supervivientes de la Jornada, alejan demasiado a menudo el suefio y, cuando 
tienes la potra de hacerte, mientras puedes, con una pequena provision de beatitud, 
habrias de ser muy imbecil para desperdiciarla en futiles cabezadas previas. jTodo para 
la noche! jEs mi lema! Hay que pensar todo el tiempo en la noche. Y, ademas, que 
estabamos invitados tambien para la cena, era el momento de recuperar el apetito... 

Aprovechamos el sopor reinante para escabullimos. Realizamos los tres una salida de 
lo mas discreta, evitando a los invitados adormecidos y agradablemente desparramados 
en torno al acordeon de la patrona. Los ojos de esta, dulcificados por la musica, 
pestaneaban en busca de la sombra. «Hasta luego», nos dijo, cuando pasamos junto a 
ella y su sonrisa se acabo en un suefio. 

No fuimos demasiado lejos, los tres, solo hasta el lugar que yo habia descubierto, en 
que el rio hacia un recodo entre dos filas de alamos, altos alamos muy puntiagudos. Se 
veia desde alii todo el valle e incluso el pueblecito, a lo lejos, en su hueco, arrugado en 
torno al campanario plantado como un claro en el rojo del cielo. 

«^A que hora tenemos un tren para volver?», se inquieto al instante Madelon. 

«jNo te preocupes! -la tranquilizo el-. Nos van a acompanar en coche, asi hemos 
quedado... Lo ha dicho el patron... Tienen coche. ..» 

Madelon no volvio a insistir. Seguia ensimismada de placer. Una Jornada de verdad 
excelente. 

«Y tus ojos, Leon, ^que tal?», le pregunto entonces. 

«Mucho mejor. No queria decirte nada aun, porque no estaba seguro, pero creo que 
sobre todo con el izquierdo empiezo a poder contar incluso las botellas sobre la mesa... 
He bebido de lo Undo, ^te has fijado? jY estaba bueno!...» 

«E1 izquierdo es el lado del corazon», observo Madelon, dichosa. Estaba muy 
contenta, es comprensible, de que mejoraran los ojos de el. 

«jBesame, entonces, y dejame besarte!» le propuso el. Yo empezaba a sentirme de 
sobra junto a sus efusiones. Sin embargo, me resultaba dificil alejarme, porque no sabia 
bien por donde irme. Hice como que iba a hacer una necesidad detras del arbol, en 
espera de que se les pasara. Eran cosas tiernas las que se decian. Yo los oia. Los dia- 
logos de amor mas insulsos son siempre, de todos mo dos, un poco graciosos, cuando 
conoces a las personas. Y, ademas, que nunca les habia oido decir cosas asi. 

«^Es verdad que me quieres?» le preguntaba ella. 

«jTanto como a mis ojos!», le respondia el. 

«jNo es poco lo que acabas de decir, Leon!... Pero, jaun no me has visto, Leon!... Tal 
vez cuando me veas con tus propios ojos y no solo con los de los demas, ya no me 
quieras... Entonces volveras a ver a las otras mujeres y a lo mejor las amaras a todas... 
^Como tus amigos?...» 

Esa observacion, como quien no quiere la cosa, iba por mi. No me equivocaba yo... 
Creia que estaba lejos y no podia oirla... Asi, que echo el resto... No perdia el tiempo... 
El, el amigo, se puso a protestar. «Pero, ibueno!...», decia. jY que si todo eso eran 
simples suposiciones! Calumnias... 

«Yo, Madelon, jni mucho menos! -se defendia-. jYo no soy de ese estilo! ^Que es lo 
que te hace pensar que soy como el?... <<,Con lo buena que has sido conmigo, ademas?... 



jYo me encarifio! jYo no soy un cabron! Es para siempre, ya te lo he dicho, jsolo tengo 
una palabra! jEs para siempre! Tu eres bonita, ya lo se, pero lo seras aiin mas cuando te 
haya visto... ^Que? ^Estas contenta ahora? ^Ya no lloras? [Mas que eso no puedo 
decirte!» 

«jEso si que es bonito, Leon!», le respondia ella entonces, al tiempo que se apretaba 
contra el. Estaban haciendose juramentos, ya no habia quien los detuviese, el cielo no 
era ya bastante grande. 

«Me gustaria que fueses siempre feliz conmigo... -le decia el, muy dulce, despues-. 
Que no tuvieras nada que hacer y que tuvieses, sin embargo, todo lo que necesitaras...» 

«jAh, que bueno eres, Leon! Eres mejor de lo que pensaba... jEres tierno! jEres fiel! 
iTodo lo mejorcito!...» 

«Es porque te adoro, carifiito mio...» 

Y se excitaban aun mas, con magreos. Y despues, como para mantenerme alejado de 
su felicidad, volvian a dejarme como un trapo a mi. 

Primero ella. «E1 doctor, tu amigo, es simpatico, ^verdad? -Volvia a la carga, como si 
no hubiera podido tragarme-. jEs simpatico!... No quiero hablar mal de el, ya que es un 
amigo tuyo... Pero es un hombre que parece brutal, de todos modos, con las mujeres... 
No quiero hablar mal de el, porque creo que es verdad que te aprecia. Pero, en fin, no es 
mi estilo... Voy a decirte una cosa... No te enfadaras, ^verdad? -No, no se enfadaba por 
nada, Leon-. Pues mira, me parece que le gustan, al doctor, como demasiado, las 
mujeres... Como los perros un poco, pe comprendes?... ^No te parece a ti?... jEs como 
si les saltara encima, parece, siempre! Hace dano y se va... ^No te parece? <<,Que es asi?» 

Le parecia, al cabronazo, le parecia todo lo que ella quisiese, le parecia incluso que lo 
que ella decia era de lo mas exacto y gracioso. De lo mas divertido. La animaba a 
continuar, se relamia de gusto. 

«Si, es muy cierto, eso que has notado en el, Madelon; es buena persona, Ferdinand, 
pero lo que se dice delicadeza no es que tenga, eso desde luego, y fidelidad tampoco, 
por cierto... jDe eso estoy seguro!...» 

«Has debido de conocerle amigas, ^eh, Leon?» 

Se informaba, la muy puta. 

«jLa tira! -le respondio el, convencido-. Pero es que... mira... Para empezar... [No es 
exigente!...» 

Habia que sacar una conclusion de esas afirmaciones, de lo cual se encargo Madelon. 

«Los medicos, ya es sabido, son todos unos guarros... La mayoria de las veces... Pero 
es que el, jme parece que es cosa mala en ese estilo!. ..» 

«Ni que lo jures -aprobo el, mi buen, mi feliz amigo, y continuo-: Hasta tal punto, 
que muchas veces he pensado, de tan aficionado que lo he visto a eso, que tomaba 
drogas... Y, ademas, jes que tiene un aparato! j Si vieras que tamafio! jNo es natural... !» 

«jAh, ah! -dijo Madelon, perpleja de pronto e intentando recordar mi aparato-. ^,Tu 
crees que tendra enfermedades entonces?» Estaba muy inquieta, afligida de repente por 
esas informaciones intimas. 

«Eso no se -se vio obligado a reconocer el, con pena-, no puedo asegurarlo... Pero no 
me extrafiaria con la vida que lleva.» 

«De todos modos, tienes razon, debe de tomar drogas... Debe de ser por eso por lo 
que es tan extrafio a veces... » 

Y de repente la cabecita de Madelon se puso a cavilar. Afiadio: «En el futuro 
tendremos que desconfiar un poco de el...» 

^No tendras miedo, de todos modos? -le pregunto el-. No es nada tuyo, al menos... 
^No se te habra insinuado?» 

«Ah, eso no, vamos, jme habria negado! Pero nunca se sabe lo que se le puede 



ocurrir... Suponte, por ejemplo, que le da un ataque... jLes dan ataques, a esa gente que 
toma drogas!... Desde luego, jno seria yo quien fuera a su consulta!...» 

«jYo tampoco, ahora que lo dices!», aprobo Robinson. Y mas ternura y caricias... 

«;Cielito! ... jCielito mio!...» Lo acunaba... 

«jMi nifia!... jMi nifia!...», le respondia el. Y despues silencios interrumpidos por 
arranques de besos. 

«Dime en seguida que me quieres todas las veces que puedas, mientras te beso hasta 
el hombro...» 

Empezaba en el cuello el jueguecito. 

«jQue sofocada estoy!... -exclamaba ella resoplando-. ]Mq asfixio! jDame aire!» 
Pero el no la dejaba respirar. Volvia a empezar. Yo, en el cesped de al lado, intentaba ver 
lo que iba a ocurrir. El le cogia los pezones entre los labios y jugueteaba con ellos. 
Jueguecitos, vamos. Yo tambien estaba sofocadisimo, embargado por un monton de 
emociones y maravillado, ademas, de mi indiscrecion. 

«Vamos a ser muy felices, ^eh? Dime, Leon. Dime que estas bien seguro de que 
vamos a ser felices. » 

Eso era el entreacto. Y despues mas proyectos para el futuro que no acababan nunca, 
como para rehacer todo un mundo con ellos, pero un mundo solo para ellos dos, jya lo 
creo! Fuera yo, sobre todo, de el. Parecia que no pudiesen acabar nunca de deshacerse 
de mi, de despejar su intimidad de mi asquerosa evocacion. 

«^Hace mucho que sois amigos, Ferdinand y tu?» 

Eso la inquietaba... 

«Afios, si... Aqui... Alia... -respondio el-. Nos conocimos por casualidad, en los 
viajes... El es un tipo al que le gusta conocer paises,.. A mi tambien, en cierto sentido, 
conque es como si hubieramos viajado juntos desde hace mucho... ^,Comprendes?...» 
Reducia asi nuestra vida a trivialidades infimas. 

«Bueno, pues, jvais a tener que dejar de ser tan amiguitos, carifio! jY desde ahora, 
ademas!... -le respondio ella, muy decidida, rotunda-. jEsto se va a acabar!... ^Verdad, 
carifio, que se va a acabar?... Conmigo solita vas a viajar tu ahora... ^Me has 
entendido?... ^Eh, carifio?. ..» 

«Entonces, ^estas celosa de el?», pregunto un poco desconcertado, de todos modos, 
el muy gilipollas. 

«jNo! No estoy celosa de el, pero te quiero demasiado, verdad, Leon mio, quiero 
tenerte enterito para mi... No quiero compartirte con nadie... Y, ademas, es que ahora 
que yo te quiero, Leon mio, no es la clase de compafiia que necesitas... Es demasiado 
vicioso... ^Comprendes? [Dime que me adoras, Leon! jY que me entiendes!» 

«Te adoro.» 

«Bien.» 



Volvimos todos a Toulouse, aquella misma noche. 

Dos dias despues se produjo el accidente. Tenia que marcharme, de todos modos, y, 
justo cuando estaba acabando la maleta para irme a la estacion, oi a alguien gritar algo 
delante de la casa. Escuche... Tenia que bajar corriendo al panteon... Yo no veia a la 
persona que me llamaba asi... Pero por el tono de voz debia de ser pero que muy 
urgente... Era urgente que acudiera, al parecer. 

«^No puedo esperar ni un minuto?», respondi, para no precipitarme... Debia de ser 
hacia las seis, justo antes de cenar ibamos a despedirnos en la estacion, asi habiamos 
quedado. Nos iba bien a todos asi, porque la vieja tenia que volver un poco despues a 
casa. Precisamente esa noche, por un grupo de peregrinos que esperaba en el panteon. 

«jVenga rapido, doctor!... -insistia la persona de la calle-. jAcaba de ocurrir una 
desgracia a la Sra. Henrouille!» 

«iBueno, bueno!... -dije-. jVoy en seguida! jEntendido!... jBajo ahora mismo!» 

Pero para tener tiempo de serenarme un poco: «Vaya usted delante -afiadi-. Digales 
que ya llego... Que voy corriendo... El tiempo de ponerme los pantalones...» 

«Pero, jes que es muy urgente! -insistia aun la persona-. jLe repito que ha perdido el 
conocimiento!... jSe ha abierto la cabeza, al parecer!... jSe ha caido por las escaleras del 
panteon!... jRodando hasta abajo ha caido!. ..» 

«jListo!», me dije para mis adentros al oir aquella bonita historia y no necesite 
pensarlo mas. Me largue, derechito, a la estacion. No necesitaba saber mas. 

Cogi el tren de las 7.15, a pesar de todo, pero por los pelos. 

No nos despedirnos. 



A Parapine lo que le parecio, ante todo, al volver a verme, fue que yo tenia mala cara. 

«Debiste de cansarte mucho en Toulouse», observo, receloso, como siempre. 

Es cierto que habiamos tenido emociones alia, en Toulouse, pero en fin, no habia por 
que quejarse, ya que me habia librado de una buena, eso esperaba al menos, de los lios 
de verdad, al largarme en el momento critico. 

Conque le explique la aventura con detalle y tambien mis sospechas, a Parapine. Pero 
no le parecia ni mucho menos que yo hubiera actuado con demasiado acierto en aquella 
ocasion... De todos modos, no tuvimos tiempo de discutir el asunto, porque la cuestion 
de conseguir un currelo para mi se habia vuelto en aquel momento tan urgente, que no 
podia pensar en otra cosa. No habia, pues, tiempo que perder en comentarios... Ya solo 
me quedaban ciento cincuenta francos de economias y no sabia adonde ir ya a 
colocarme. ^En el Tarapout?... Ya no contrataban a nadie. La crisis. ^Volver a La 
Garenne-Rancy, entonces? ^Volver a probar con la clientela? Lo pense, desde luego, por 
un momento, pese a todo, pero como ultimo recurso y de muy mala gana. Nada se apaga 
como un fuego sagrado. 

Fue el, Parapine, quien me echo al final un buen cable con una modesta plaza que 
descubrio para mi en un manicomio, precisamente, donde trabajaba desde hacia ya unos 
meses. 

Las cosas iban aun bastante bien. En aquel manicomio, Parapine se ocupaba no solo 
de llevar a los alienados al cine, sino tambien del tratamiento electrico. A horas de- 
terminadas, dos veces por semana, desencadenaba autenticas tormentas magneticas por 
encima de las cabezas de los melancolicos reunidos a proposito en una habitacion 
cerrada y muy obscura. Deporte mental, en una palabra, y la realizacion de la hermosa 
idea del doctor Baryton, su patron. Rofioso el, por cierto, el compadre, que me admitio a 
cambio de un salario minimo, pero con un contrato y clausulas asi de largas, todas 
ventajosas para el, evidentemente. Un patrono, en una palabra. 

La remuneracion en aquel manicomio era minima, cierto es, pero, en cambio, la 
alimentacion era bastante buena y el alojamiento perfecto. Tambien podiamos tirarnos a 
las enfermeras. Estaba permitido y reconocido tacitamente. Baryton, el patron, no tenia 
nada en contra de esas diversiones e incluso habia comentado que esas facilidades 
eroticas mantenian el apego del personal a la casa. Ni tonto ni severo. 

Y, ademas, que no era el momento de poner, para empezar, pegas ni condiciones, 
cuando me ofrecian un filete, que me venia mas que de perilla. Pensandolo bien, yo no 
lograba comprender del todo por que me habia dado Parapine de repente muestras de 
tan vivo interes. Su actitud para conmigo me inquietaba. Atribuirle a el, a Parapine, 
sentimientos fraternos... Era demasiado bello, la verdad, para ser cierto... Debia de ser 
algo mas complicado. Pero todo llega... 

A mediodia nos encontrabamos a la mesa, era la costumbre, reunidos en torno a 
Baryton, nuestro patron, alienista veterano, barba en punta, muslos cortos y carnosos, 
muy amable, asuntos economicos aparte, capitulo a proposito del cual se mostraba, de lo 
mas asqueroso cada vez que le proporcionabamos pretexto y ocasion. 

Tocante a tallarines y vinos asperos, nos mimaba, desde luego. Segun nos explico, 
habia heredado todo un vifiedo. iPeor para nosotros! Era un vino muy modesto, lo 
aseguro. 

Su manicomio de Vigny-sur- Seine estaba siempre lleno. Lo llamaban «Casa de 



salud» en los anuncios, por un gran jardin que lo rodeaba, donde nuestros locos se pa- 
seaban los dias en que hacia bueno. Se paseaban por el, los locos, con aspecto de 
mantener con dificultad la cabeza en equilibrio sobre los hombros, como, si tuvieran 
miedo constantemente de que se les desparramara por el suelo, el contenido, al tropezar. 
Ahi dentro se entrechocaban toda clase de cosas saltarinas y extravagantes, a las que se 
sentian horriblemente apegados. 

No nos hablaban de sus tesoros mentales, los alienados, sino con infinidad de 
contorsiones espantadas o aires condescendientes y protectores, al modo de adminis- 
tradores meticulosos y prepotentes. Ni por un imperio se habria podido sacarlos de sus 
cabezas. Un loco no es sino las ideas corrientes de un hombre pero bien encerradas en 
una cabeza. El mundo no pasa a traves de su cabeza y se acabo. Se vuelve como un lago 
sin ribera, una cabeza cerrada, una infeccion. 

Baryton se abastecia de tallarines y legumbres en Paris, al por mayor. Por eso, no nos 
apreciaban nada los comerciantes de Vigny-sur-Seine. Nos tenian fila incluso, los 
comerciantes, estaba mas claro que el agua. No nos quitaba el apetito, aquella 
animosidad. En la mesa, al comienzo de mi periodo de prueba, Baryton sacaba sin falta 
las conclusiones y la filosofia de nuestras deshilvanadas conversaciones. Pero, por 
haberse pasado la vida entre los alienados, ganandose las habichuelas con aquel trafico, 
compartiendo su rancho, neutralizando mal que bien sus insanias, nada le parecia mas 
aburrido que tener, ademas, que hablar a veces de sus manias durante nuestras comidas. 
«jNo deben figurar en las conversaciones de la gente normal !», afirmaba defensivo y 
perentorio. Personalmente, se atenia a esa higiene mental. 

A el le gustaba la conversacion y de modo casi inquieto, le gustaba divertida y sobre 
todo tranquilizadora y muy sensata. Sobre los chiflados no deseaba explayarse. Una 
antipatia instintiva hacia ellos le bastaba y le sobraba. En cambio, nuestros relates de 
viajes le encantaban. Nunca se cansaba de oirlos. Parapine, desde mi llegada, se vio 
liberado de su chachara. Yo habia venido al pelo para distraer a nuestro patron durante 
las comidas. Todas mis peregrinaciones salieron a colacion, relatadas por extenso, 
retocadas, por supuesto, literaturizadas como Dios manda, agradables. Baryton, al 
comer, hacia, con la lengua y la boca, mucho ruido. Su hija se mantenia siempre a su 
diestra. Pese a contar solo diez arios, parecia ya marchita para siempre, su hija Aimee. 
Algo inanimado, una tez grisacea incurable desdibujaba a Aimee ante nuestra vista, 
como si nubeculas malsanas le pasaran de continuo por delante de la cara. 

Entre Parapine y Baryton surgian pequenos roces. Sin embargo, Baryton no guardaba 
el menor rencor a nadie, siempre que no se inmiscuyera en los beneficios de su empresa. 
Sus cuentas constituyeron durante mucho tiempo el unico aspecto sagrado de su 
existencia. 

Un dia, Parapine, en la epoca en que aun le hablaba, le habia declarado con toda 
crudeza en la mesa que carecia de etica. Al principio, esa observacion lo habia ofendido, 
a Baryton. Y despues todo se habia arreglado. No se enfada uno por tan poca cosa. Con 
el relato de mis viajes Baryton experimentaba no solo una emocion novelesca, sino 
tambien la sensacion de hacer economias. «Despues de haberlo oido a usted, Ferdinand, 
con lo bien que lo cuenta, jya no le quedan a uno ganas de ir a verlos, esos paises!» No 
podia ocurrirsele un cumplido mas amable. En su manicomio se recibia solo a los locos 
faciles de vigilar, nunca a los alienados muy aviesos y de claras tendencias homicidas. 
Su manicomio no era un lugar siniestro en absoluto. Pocas rejas, solo algunas celdas. El 
asunto mas inquietante era tal vez, de entre todos, la pequefia Aimee, su propia hija. No 
se contaba entre los enfermos, la nifia, pero el ambiente la atormentaba. 

Algunos alaridos, de vez en cuando, llegaban hasta nuestro comedor, pero el origen 
de esos gritos era siempre bastante futil. Duraban poco, por lo demas. Observabamos 



tambien largas y bruscas oleadas de frenesi, que sacudian de vez en cuando a los grupos 
de alienados, por un quitame alia esas pajas, durante sus interminables paseos entre los 
bosquecillos y los macizos de begonias. Acababan sin demasiados cuentos ni alarmas 
con bafios calientes tibios y damajuanas de tebaina. 

A las escasas ventanas de los refectorios que daban a la calle iban los locos a veces a 
gritar y alborotar al vecindario, pero el horror se les quedaba mas bien en el interior. 
Conservaban y se ocupaban personalmente de su horror, contra nuestras empresas 
terapeuticas. Les apasionaba, esa resistencia. 

Al pensar ahora en todos los locos que conoci en casa del tio Baryton, no puedo por 
menos de poner en duda que existan otras realizaciones autenticas de nuestros 
temperamentos profundos que la guerra y la enfermedad, infinitos de pesadilla. 

La gran fatiga de la existencia tal vez no sea, en una palabra, sino ese enorme 
esfuerzo que realizamos para seguir siendo veinte ahos, cuarenta, mas aun, razonables, 
para no ser simple, profundamente nosotros mismos, es decir, inmundos, atroces, 
absurdos. La pesadilla de tener que presentar siempre como un ideal universal, 
superhombre de la manana a la noche, el subhombre claudicante que nos dieron. 

Enfermos teniamos de todos los precios en el manicomio y los mas opulentos vivian 
en habitaciones Luis XV bien acolchadas. A estos Baryton les hacia la visita diaria de 
alto precio. Ellos lo esperaban. De vez en cuando recibia un par de sefioras bofetadas, 
Baryton, formidables, la verdad, largo tiempo meditadas. En seguida las apuntaba a la 
cuenta en concepto de tratamiento especial. 

En la mesa Parapine se mantenia reservado; no es que mis exitos oratorios ante 
Baryton lo hirieran ni mucho menos; al contrario, parecia bastante menos preocupado 
que antes, en la epoca de los microbios, y, en definitiva, casi contento. Conviene 
observar que habia pasado un miedo de aiipa con sus historias de menores. Seguia un 
poco desconcertado respecto al sexo. En las horas libres vagaba por el cesped del 
manicomio, tambien el, como un enfermo, y, cuando yo pasaba junto a el, me dirigia 
sonrisitas, pero tan indecisas, tan palidas, aquellas sonrisas, que se podrian haber 
considerado despedidas. 

Al admitirnos a los dos en su personal tecnico, Baryton hacia una buena adquisicion, 
ya que le habiamos aportado no solo la entrega de todo nuestro tiempo, sino tambien 
distraccion y ecos de aventuras a las que era muy aficionado y de las que se veia 
privado. Por eso, con frecuencia tenia el gusto de manifestarnos su contento. No 
obstante, expresaba algunas reservas respecto a Parapine. 

Nunca se habia sentido del todo comodo con Parapine. «Mire usted, Ferdinand... -me 
dijo un dia, confidencial-, jes ruso!» Ser ruso, para Baryton, era algo tan descriptivo, tan 
morfologico, irremisible, como «diabetico» o «negro». Lanzado a proposito de ese 
tema, que lo ponia nervioso desde hacia muchos meses, se puso a cavilar de lo Undo 
ante mi y para mi... Yo no lo reconocia, a Baryton. Precisamente ibamos juntos al 
estanco del pueblo a buscar cigarrillos. 

«Parapine me parece, verdad, Ferdinand, de lo mas inteligente, eso desde luego... 
Pero, de todos modos, jtiene una inteligencia enteramente arbitraria, ese muchacho! ^No 
le parece a usted, Ferdinand?)) «En primer lugar, no quiere adaptarse... Se le nota en 
seguida... Ni siquiera esta a gusto con su trabajo... jNi siquiera esta a gusto en este 
mundo!... iReconozcalo!... jY en eso se equivocal jCompletamente!... iPorque sufre!... 
jEsa es la prueba! jMire como me adapto yo, Ferdinand !...» (Se daba golpes en el 
esternon). «^Que manana la tierra se pone a girar en sentido contrario? Bueno, pues, jyo 
me adaptare, Ferdinand! Y, ademas, jen seguida! ^Y sabe usted como, Ferdinand? 
Dormire de un tiron doce horas mas, jy listo! jY se acabo! jHale! jEs asi de sencillo! jY 
ya estara hecho! jEstare adaptado! Mientras que ese Parapine, ^sabe usted lo que hara 



en semejante aventura? jRumiara proyectos y amarguras durante cien afios mas!... 
jEstoy seguro! jSe lo digo yo!... ,-Acaso no es verdad? jPerdera el suefio porque la tierra 
gire en sentido contrario!... jLe parecera yo que se que injusticia especial!... jDemasiada 
injusticia!... jEs su mania, por cierto, la injusticia!... Me hablaba y no paraba, de la 
injusticia, en la epoca en que se dignaba dirigirme la palabra... ^Y cree usted que se 
contentara con lloriquear? jEso solo seria un mal menor!... Pero, ino! jBuscara en 
seguida un medio de hacer saltar la tierra! jPara vengarse, Ferdinand! Y lo peor, se lo 
voy a decir yo, Ferdinand, lo peor... Pero que esto quede entre nosotros... Pues, bien, es 
que lo encontrara, jel medio!... jComo se lo digo yo! jAh! Mire, Ferdinand, intente 
comprender bien lo que voy a explicarle... Existe una clase de locos simples y otra 
clase, los torturados por la mania de la civilizacion... jMe horroriza pensar que Parapine 
sea uno de estos!... ^Sabe usted lo que me dijo un dia?» 

«No, sefior... » 

«Pues me dijo: "jEntre el pene y las matematicas, sefior Baryton, no existe nada! 
jNada! jEl vacio!" Y agarrese... ^Sabe usted a que esta esperando para volver a 
hablarme?» 

«No, sefior Baryton, no tengo la menor idea...» 

«Entonces, ^no se lo ha contado?» 

«No, aunno...» 

«Pues a mi si que me lo ha dicho... jEspera el advenimiento de la era de las 
matematicas! jSencillamente! jEsta absolutamente decidido! ^Que le parece ese 
impertinente comportamiento hacia mi? ^Que soy mayor que el? ^Su jefe?...» 

No me quedaba mas remedio que echarme a reir un poquito ante tal fantasia 
exorbitante. Pero a Baryton no le parecia broma. Encontraba motivos incluso para indig- 
narse por muchas otras cosas... 

«jAh, Ferdinand! Ya veo que todo esto le parece anodino... Palabras inocentes, 
cuentos extravagantes entre tantos otros... Esa parece ser la conclusion de usted... Eso 
solo, ^verdad?... jOh, imprudente Ferdinand! Al contrario, jpermitame ponerlo en 
guardia contra esos extravios, futiles solo en apariencia! jEsta usted totalmente equivo- 
cado!... i Totalmente!... jMil veces, en verdad!... A lo largo de mi carrera, jconvendra 
usted en que he oido casi todo lo que se puede oir, aqui y en otros sitios, en cuestion de 
delirios de todas clases! jNo me he perdido ni uno!... No me lo va usted a negar, 
^verdad, Ferdinand?... Y yo no doy la impresion de ser propenso a las angustias, como 
no habra usted dejado de observar, Ferdinand... Ni a las exageraciones... ^No es asi? 
Ante mi juicio, muy poca es la fuerza de una palabra e incluso de varias palabras, je 
incluso de frases y discursos enteros!... Soy bastante sencillo de nacimiento y por 
naturaleza, jy no se me puede negar que soy uno de esos seres humanos a quienes las 
palabras no dan miedo!... Bueno, pues, tras un analisis concienzudo, Ferdinand, jme he 
visto obligado, en relacion con Parapine, a mantenerme en guardia!... Formular las mas 
claras reservas... Su extravagancia no se parece a ninguna de las ino fens ivas y 
corrientes... Pertenece mas bien, me ha parecido, a una de las raras formas temibles de 
originalidad, a una de esas manias facilmente contagiosas: isociales y triunfantes, en 
una palabra!... Tal vez no se trate aun de locura del todo en el caso de su amigo... jNo! 
Tal vez solo sea conviccion exagerada... Pero yo me conozco el percal, tocante a 
demencias contagiosas... jNada es mas grave que la conviccion exagerada!... jHe 
conocido muchos, Ferdinand, de esa clase de convencidos y de diversas procedencias, 
ademas!... jLos que hablan de justicia me han parecido, en definitiva, los mas 
fanaticos!... Al principio, esos justicieros me interesaron un poco, lo confieso... Ahora 
me ponen negro, me irritan a mas no poder, esos maniacos... ^Opina usted igual?... 
Descubre uno en los hombres no se que facilidad de transmision por ese lado que me 



espanta y en todos los hombres, ^,me oye usted?... jFijese, Ferdinand! jEn todos! Como 
con el alcohol o el erotismo... La misma predisposicion... La misma fatalidad... 
Infinitamente extendida... ^Se rie usted, Ferdinand? jAhora me espanta usted tambien! 
jFragil! [Vulnerable! jlnconsistente! iPeligroso Ferdinand! iCuando pienso que me 
parecia usted serio!... No olvide que soy viejo, Ferdinand, ipodria permitirme el lujo de 
cachondearme delporvenir! jMe estariapermitido! Pero, iusted!» 

En principio, para siempre y en todas las cosas yo opinaba igual que mi patron. No 
habia hecho grandes progresos practicos a lo largo de mi aperreada existencia, pero 
habia aprendido, de todos modos, los principios adecuados de etiqueta propios de la 
servidumbre. Gracias a esas disposiciones, Baryton y yo nos habiamos hecho muy 
amigos en seguida, yo nunca le contrariaba, comia poco en la mesa. Un ayudante 
simpatico, en una palabra, de lo mas economico y nada ambicioso, nada amenazador. 



Vigny-sur-Seine se presenta entre dos esclusas, entre sus dos oteros desprovistos de 
vegetacion, es un pueblo que se transforma en suburbio. Paris va a absorberlo. 

Pierde un jardin por mes. La publicidad, desde la entrada, lo vuelve abigarrado como 
un ballet ruso. La hija del ordenanza sabe hacer cocteles. Solo el tranvia se empefia en 
pasar a la historia, no se ira sin revolucion. La gente esta inquieta, los hijos ya no tienen 
el mismo acento que sus padres. Te encuentras como incomodo, al pensarlo, de ser aun 
de Seine-et-Oise. Se esta produciendo el milagro. El ultimo parterre desaparecio con la 
llegada de Laval al Ministerio y las asistentas cobran veinte centimos mas por hora 
desde las vacaciones. Se ha establecido un bookmaker. La empleada de la estafeta de 
correos compra novelas pederasticas e imagina otras mucho mas realistas. El cura dice 
«mierda» cada dos por tres y da consejos sobre la Bolsa a los que son buenos. El Sena 
ha matado sus peces y se americaniza entre una fila doble de volquetes-tractores- 
remolcadores que le forman al ras de las riberas una terrible dentadura postiza de 
basuras y chatarra. Tres corredores de terrenos acaban de ir a la carcel. Nos vamos 
organizando. 

Esa transformacion local del terreno no paso inadvertida a Baryton. Lamentaba con 
amargura que no se le hubiera ocurrido comprar otros terrenos mas en el valle contiguo 
veinte ahos antes, cuando aun te rogaban que te los quedaras por veinte centimos el 
metro, como una tarta rancia. Los buenos tiempos pasados. Por fortuna, su Instituto 
Psicoterapeutico se defendia aun muy bien. Pero no sin problemas. Las insaciables 
familias no cesaban de reclamarle, de exigirle, una y mil veces sistemas mas modernos 
de cura, mas electricos, mas misteriosos, mas todo... Mecanismos mas modernos sobre 
todo, aparatos mas impresionantes y al minuto, ademas, y no le quedaba mas remedio 
que adoptarlos, so pena de verse superado por la competencia... por esas casas similares 
emboscadas en los oquedales vecinos de Asnieres, Passy, Montretout, al acecho, 
tambien ellas, de todos los viejos chochos de lujo. 

Se apresuraba, Baryton, guiado por Parapine, a adaptarse al gusto del momento, al 
mejor precio, por supuesto, en rebajas, en tiendas de ocasion, en saldos, pero sin cesar, a 
base de nuevos artefactos electricos, pneumaticos, hidraulicos, a fin de parecer asi cada 
vez mejor equipado para correr tras las chifladuras de los quisquillosos y acaudalados 
internos. Gemia por verse obligado a utilizar esos aparatos inutiles... a granjearse el 
favor de los propios locos... 

«Cuando abri mi manicomio -me confiaba un dia, desahogandose por sus pesares- 
era justo antes de la Exposicion, la grande... Eramos, constituiamos, los alienistas, un 
numero muy limitado de facultativos y mucho menos curiosos y depravados que hoy, jle 
ruego que me crea!... Ninguno de nosotros intentaba entonces estar tan loco como el 
cliente... Aun no habia aparecido la moda de delirar con el pretexto de curar mejor, 
moda obscena, fijese, como casi todo lo que nos llega del extranjero... 

»En los tiempos en que me inicie, los medicos franceses, Ferdinand, jaun se 
respetaban! No se creian obligados a desatinar al mismo tiempo que sus enfermos... 
^Para ponerse a tono seguramente?... <<,Que se yo? jComplacerlos! ^Adonde nos va a 
conducir eso?... jDigame usted!... A fuerza de ser mas astutos, mas morbidos, mas 
perversos que los perseguidos mas transtornados de nuestros manicomios, de 
revolearnos con una especie de nuevo orgullo fangoso en todas las insanias que nos pre- 
sentan, ^adonde vamos?... ^Esta usted en condiciones de tranquilizarme, Ferdinand, 



sobre la suerte de nuestra razon?... ^E incluso del simple sentido comun?... A este ritmo, 
^que nos va a quedar del sentido comun? jNada! jEs de prever! jAbsolutamente nada! 
Puedo predecirselo... Es evidente... 

»En primer lugar, Ferdinand, ^,es que ante una inteligencia realmente moderna no 
acaba todo valiendo lo mismo? jYa no hay bianco! jNi negro tampoco! jTodo se 
deshilacha!... jEs el nuevo estilo! jLa moda! ^Por que, entonces, no volvernos locos 
nosotros mismos?... jAl instante! jPara empezar! jY jactarnos de ello, ademas! 
jProclamar el gran pitote espiritual! jHacernos publicidad con nuestra demencia! 
^Quien puede contenernos? iDigame, Ferdinand! ^Algunos escnipulos humanos, 
supremos y superfluos?... £Y que insipidas timideces mas? ^Eh?... Mire, Ferdinand, 
cuando escucho a algunos de nuestros colegas y, fijese bien, algunos de los mas 
estimados, los mas buscados por la clientela y las Academias, jllego a preguntarme 
adonde nos conducen!... jEs infernal, la verdad! jEsos insensatos me desconciertan, me 
angustian, me demonizan y sobre todo me asquean! Solo de oirlos comunicar, durante 
uno de esos congresos modernos, los resultados de sus investigaciones familiares, jsoy 
presa de un terror panico, Ferdinand! Mi razon me traiciona solo de escucharlos... 
Poseidos, viciosos, capciosos y marrulleros, esos favoritos de la psiquiatria reciente, a 
fuerza de analisis superconscientes nos precipitan a los abismos... ]A los abismos, 
sencillamente! Una mafiana, si no reaccionan ustedes, los jovenes, vamos a pasar, 
entiendame bien, Ferdinand, vamos a pasar... a fuerza de estirarnos, de sublimarnos, de 
calentarnos el entendimiento... al otro lado de la inteligencia, al lado infernal, ;al lado 
del que no se vuelve!... Por lo demas, jparece como si ya estuvieran encerrados, esos 
listillos, en el sotano de los condenados, a fuerza de masturbarse el caletre dia y noche! 

»Digo bien, dia y noche, jporque ya sabe usted, Ferdinand, que ya ni siquiera por la 
noche cesan de fornicarse en todos los suenos, esos asquerosos!... jCon eso esta dicho 
todo!... jY venga devanarse el caletre! jY venga dilatarlo! ]Y venga tiranizarmelo!... Y 
ya no hay, a su alrededor, sino una bazofia asquerosa de desechos organicos, una papilla 
de sintomas de delirios en compota, que les chorrea y gotea por todos lados... Tenemos 
las manos pringadas de lo que queda del espiritu, pegajosas, estamos grotescos, de 
desprecio, de hedor. Todo va a desplomarse, Ferdinand, todo se desploma, se lo predigo 
yo, el viejo Baryton, jy dentro de muy poco!... \Y ya vera usted, Ferdinand, la inmensa 
desbandada! jPorque usted es j oven aun! jYa la vera!... jAh! jPreparese para los goces! 
jPasaran todos ustedes a casa del vecino! jHala! jDe un buen ataque de delirio mas! 
jUno de mas! iYbrum! jDerechitos al manicomio! iPor fin! jSe veran liberados, como 
dicen! jHace mucho que los ha tentado demasiado! jUna audacia de aupa va a ser! Pero, 
cuando esten en el manicomio, amigos mios, jles aseguro que se quedaran en el! 

»Recuerde bien esto, Ferdinand, jel comienzo del fin de todo es la desmesura! Yo 
estoy en buenas condiciones de contarle como empezo la gran desbandada... jPor las 
fantasias desmesuradas comenzo! iPor las exageraciones extranjeras! jNi mesura ni 
fuerza ya! jEstaba escrito! Entonces, [,a la nada todo el mundo? ^Por que no? ^Todos? 
jPues claro que si! Por lo demas, no es que vayamos, ;es que corremos hacia ella! jUna 
autentica avalancha! jYo lo he visto, Ferdinand, el espiritu, ceder poco a poco su 
equilibrio y despues disolverse en la gran empresa de las ambiciones apocalipticas! Eso 
comenzo hacia 1900... jEsa es la fecha! A partir de esa epoca, ya no hubo en el mundo 
en general y en la psiquiatria en particular sino una carrera frenetica a ver quien se 
volvia mas perverso, mas salaz, mas original, mas repugnante, mas creador, como dicen, 
que el compafiero... jBonito batiburrillo!... ]A ver quien se encomendaria lo mas pronto 
posible al monstruo, a la bestia sin corazon y sin comedimiento!... Nos comera a todos, 
la bestia, Ferdinand, jesta claro y lo apruebo!... ^La bestia? [Una gran cabeza que 
avanza como quiere!... jSus guerras y sus babas llamean ya hacia nosotros y desde todas 



partes!... jYa estamos en pleno diluvio! jSencillamente! jAh, nos aburriamos, al parecer, 
en el consciente! jYa no nos aburriremos mas! Empezamos a darnos por culo, para 
variar... Y entonces nos pusimos al instante a sentir las "impresiones" y las 
"intuiciones"... jComo mujeres!... 

»Por lo demas, ^acaso es necesario aun, en el extremo a que hemos llegado, 
molestarse en utilizar termino tan traicionero como el de "logica"?... jPues claro que no! 
Mas bien es como un estorbo, la logica, ante sabios psicologos infinitamente sutiles 
como los que nuestra epoca produce, progresistas de verdad... jNo me atribuya usted 
por ello desprecio de las mujeres! jNi mucho menos! jBien lo sabe usted! Pero, jno me 
gustan sus impresiones! Yo soy un animal de testiculos, Ferdinand, y, cuando tengo un 
hecho, me cuesta soltarlo... Hombre, mire, el otro dia me ocurrio una buena en ese 
sentido... Me pidieron que ingresara a un escritor... Desatinaba, el escritor... ^Sabe usted 
lo que gritaba desde hacia mas de un mes? "jSe liquida!... jSe liquida!..." jAsi 
vociferaba, por toda la casa! Ese si que si... No habia duda... jHabia pasado al otro lado 
de la inteligencia!... Pero es que precisamente le costaba lo indecible liquidar... Un 
antiguo estrechamiento lo intoxicaba con orina, le atrancaba la vejiga... Yo no acababa 
nunca de sondarlo, de descargarle gota a gota... La familia insistia en que eso le venia, 
pese a todo, de su genio... De nada servia que les explicara, a la familia, que era mas 
bien la vejiga la que tenia enferma, el escritor, seguian en sus trece... Para ellos, habia 
sucumbido a un momento de exceso de genio y se acabo... No me quedo mas remedio 
que adherirme a su opinion al final. Sabe usted, ^verdad?, lo que es una familia. 
Imposible hacer comprender a una familia que un hombre, pariente o no, no es, al fin y 
al cabo, sino podredumbre en suspenso... Se negaria a pagar por una podredumbre en 
suspenso.» 

Desde hacia mas de veinte afios, Baryton no acababa nunca de satisfacerlas en sus 
vanidades puntillosas, a las familias. Le amargaban la vida. Pese a ser paciente y muy 
equilibrado, tal como yo lo conoci, conservaba en el corazon un antiguo resto de odio 
muy rancio hacia las familias... En el momento en que yo vivia junto a el, estaba harto e 
intentaba en secreto y con teson liberarse, substraerse, de una vez por todas de la tirania 
de las familias, de un modo o de otro... Cada cual tiene sus razones para evadirse de su 
miseria intima y cada uno de nosotros, para conseguirlo, saca de sus circunstancias un 
camino ingenioso. j Felices aquellos que tienen bastante con el burdel! 

Parapine, por su parte, parecia feliz de haber elegido el camino del silencio. En 
cambio, Baryton, hasta mas adelante no lo comprendi, se preguntaba en conciencia si 
conseguiria alguna vez deshacerse de las familias, de su sujecion, de las mil 
trivialidades repugnantes de la psiquiatria alimentaria, de su estado, en una palabra. 
Tenia tal deseo de cosas absolutamente nuevas y diferentes, que estaba maduro en el 
fondo para la huida y la evasion, lo que explica seguramente sus peroratas criticas... Su 
egoismo reventaba bajo las rutinas. Ya no podia sublimar nada, queria irse simplemente, 
llevarse su cuerpo a otra parte. No tenia nada de musico, Baryton, conque necesitaba 
derribar todo como un oso, para acabar de una vez. 

Se libero, el, que se creia razonable, mediante un escandalo de lo mas lamentable. 
Mas adelante intentare contar, con detalle, como sucedio. 

En lo que a mi respectaba, por el momento, el oficio de ayudante en su casa me 
parecia perfectamente aceptable. 

Las rutinas del tratamiento no eran nada pesadas, si bien de vez en cuando era presa 
de cierto desasosiego, evidentemente; cuando, por ejemplo, habia conversado 
demasiado tiempo con los internos, me arrastraba entonces como un vertigo, como si 
me hubieran llevado lejos de mi orilla habitual, los internos, consigo, como quien no 
quiere la cosa, de una frase corriente a otra, con palabras inocentes, hasta el centro 



mismo de su delirio. Me preguntaba, por un breve instante, como salir de el y si por 
ventura no estaba encerrado de una vez por todas con su locura, sin sospecharlo. 

Me mantenia en el peligroso borde de los locos, en su lindero, por asi decir, a fuerza 
de ser siempre amable con ellos, mi caracter. No zozobraba, pero me sentia todo el 
tiempo en peligro, como si me hubieran atraido solapadamente a los barrios de su 
ciudad desconocida. Una ciudad cuyas calles se volvian cada vez mas difusas, a medida 
que avanzabas entre sus borrosas casas, las ventanas desdibujadas y mal cerradas, entre 
rumores ambiguos. Las puertas, el suelo en movimiento... Te daban ganas, de todos 
modos, de ir un poco mas alia a fin de saber si tendrias fuerza para recuperar la razon, 
de todos modos, entre los escombros. No tarda en volverse vicio, la razon, como el buen 
humor y el suefio, en los neurastenicos. Ya no puedes pensar sino en tu razon. Ya todo 
va mal. Se acabo la diversion. 

Todo iba, pues, asi, de dudas en dudas, cuando llegamos a la fecha del 4 de mayo. 
Fecha famosa, aquel 4 de mayo. Me sentia por casualidad tan bien aquel dia, que era 
como un milagro. Setenta y ocho pulsaciones. Como despues de un buen almuerzo. 
i Cuando, mira por donde, todo se puso a dar vueltas! Me agarre. Todo se volvia bilis. 
Las personas empezaron a poner caras muy extranas. Me parecian haberse vuelto 
asperas como limones y mas malintencionadas aun que antes. Por haber trepado de- 
masiado alto, seguramente, demasiado imprudente, a lo alto de la salud, habia recaido 
ante el espejo, a mirarme envejecer, con pasion. 

Son incontables los hastios, las fatigas, cuando llegan esos dias mierderos, 
acumulados entre la nariz y los ojos; hay sitio, en ellos, para afios de varios hombres. 
Mas que de sobra para un hombre. 

Pensandolo bien, de repente habria preferido volver al instante al Tarapout. Sobre 
todo porque Parapine habia dejado de hablarme, a mi tambien. Pero ya no tenia nada 
que hacer en el Tarapout. Es duro que el unico consuelo material y espiritual que te 
quede sea tu patron, sobre todo cuando es un alienista y no estas ya demasiado seguro 
de tu propia cabeza. Hay que resistir. No decir nada. Aun podiamos hablar de mujeres; 
era un tema inofensivo gracias al cual confiaba aun en poder divertirlo de vez en 
cuando. En ese sentido, concedia cierto credito a mi experiencia, modesta y asquerosa 
competencia. 

No era malo que Baryton me considerara en conjunto con algo de desprecio. Un 
patron se siente siempre un poco tranquilizado por la ignominia de su personal. El 
esclavo debe ser, a toda costa, un poco despreciable e incluso mucho. Un conjunto de 
pequehas taras cronicas, morales y fisicas, justifica la suerte que lo abruma. La tierra 
gira mejor asi, ya que cada cual se encuentra en el lugar que merece. 

La persona a la que utilizas debe ser vil, vulgar, condenada a la ruina, eso alivia; 
sobre todo porque nos pagaba muy mal, Baryton. En esos casos de avaricias agudas, los 
patronos se muestran siempre un poco recelosos e inquietos. Fracasado, degenerado, 
golfo, servicial, todo se explicaba, se justificaba y se armonizaba, en una palabra. No le 
habria desagradado, a Baryton, que me hubiera buscado un poco la policia. Eso es lo 
que te vuelve servicial. 

Por lo demas, yo habia renunciado, desde hacia mucho, a cualquier clase de amor 
propio. Ese sentimiento me habia parecido siempre superior a mi condicion, mil veces 
demasiado dispendioso para mis recursos. Me sentia muy bien por haberlo sacrificado 
de una vez por todas. 

Ahora me bastaba con mantenerme en un equilibrio soportable, alimentario y fisico. 
El resto, la verdad, ya no me importaba en absoluto. Pero, de todos modos, me costaba 
mucho trabajo surcar ciertas noches, sobre todo cuando el recuerdo de lo que habia 
ocurrido en Toulouse venia a despertarme durante horas enteras. 



Imaginaba entonces, no podia evitarlo, toda clase de continuaciones dramaticas de la 
caida de la tia Henrouille en su fosa de las momias y el miedo me subia desde los 
intestinos, me atenazaba el corazon y me lo mantenia, latiendo, hasta hacerme saltar 
fuera de la piltra para recorrer mi habitacion en un sentido y luego en el otro hasta el 
fondo de la sombra y hasta la mafiana. Durante esos ataques, llegaba a perder la 
esperanza de recuperar alguna vez bastante despreocupacion como para poder quedarme 
dormido de nuevo. Asi, pues, no creais nunca de entrada en la desgracia de los hombres. 
Limitaos a preguntarles si aun pueden dormir... En caso de que si, todo va bien. Con eso 
basta. 

Yo no iba a conseguir nunca mas dormir del todo. Habia perdido, como de 
costumbre, esa confianza, la que hay que tener, realmente inmensa, para quedarse dor- 
mido del todo entre los hombres. Habria necesitado al menos una enfermedad, una 
fiebre, una catastrofe concreta, para poder recuperar un poco esa indiferencia, neu- 
tralizar mi inquietud y recuperar la tranquilidad idiota y divina. Los unicos dias 
soportables que puedo recordar a lo largo de muchos anos fueron los de una gripe con 
mucha fiebre. 

Baryton no me preguntaba nunca por mi salud. Por lo demas, procuraba tambien no 
ocuparse de la suya. «jLa ciencia y la vida forman mezclas desastrosas, Ferdinand! 
Procure siempre no cuidarse, creame... Toda pregunta hecha al cuerpo se convierte en 
una brecha... Un comienzo de inquietud, una obsesion...» Tales eran sus principios 
biologicos simplistas y favoritos. En una palabra, se hacia el listo. «jCon lo conocido 
tengo bastante !», decia tambien con frecuencia. Para deslumbrarme. 

Nunca me hablaba de dinero, pero era para mas pensar en el, en la intimidad. 

Yo guardaba en la conciencia, sin comprenderlos aun del todo, los enredos de 
Robinson con la familia Henrouille y con frecuencia intentaba contarle aspectos y 
episodios de ellos a Baryton. Pero eso no le interesaba en absoluto. Preferia mis 
historias de Africa, sobre todo las relativas a los colegas que habia conocido casi por 
todas partes, a sus practicas medicas poco comunes, extranas o equivocas. 

De vez en cuando, en el manicomio, teniamos una alarma a causa de su hija, Aimee. 
De repente, a la hora de la cena no aparecia ni en el jardin ni en su habitacion. Por mi 
parte, yo siempre me esperaba encontrarla un buen dia descuartizada detras de un 
bosquecillo. Con nuestros locos andando por todos lados, le podia suceder lo peor. 

Por lo demas, habia escapado por los pelos a la violacion, muchas veces ya. Y 
entonces venian los gritos, las duchas, las aclaraciones interminables. De nada servia 
prohibirle que pasara por ciertas avenidas demasiado ocultas; volvia a ellas, aquella 
nifia, sin remedio, a los recovecos. Su padre no dejaba de azotarla todas las veces y de 
modo memorable. De nada servia. Creo que le gustaba todo aquello. 

Al cruzarnos con los locos por los pasillos, al adelantarlos, nosotros, el personal, 
teniamos que ir un poco en guardia. A los alienados les resulta aun mas facil matar que a 
los hombres normales. Conque se habia vuelto como una costumbre colocarnos, para 
cruzarnos con ellos, con la espalda contra la pared, siempre listos para recibirlos con un 
patadon en el bajo vientre, al primer gesto. Te espiaban, pasaban. Locura aparte, nos 
comprendiamos perfectamente. 

Baryton deploraba que ninguno de nosotros supiera jugar al ajedrez. Tuve que 
ponerme a aprender ese juego solo por complacerlo. 

Durante el dia, se distinguia, Baryton, por una actividad fastidiosa y minuscula, que 
volvia la vida muy cansina a su alrededor. Todas las mananas se le ocurria una idea de 
indole trivialmente practica. Substituir el papel en rollos de los retretes por papel en 
folios desplegables nos obligo a pensar durante toda una semana, que desperdiciamos en 
resoluciones contradictorias. Por ultimo, se decidio que esperariamos al mes de los 



saldos para dar una vuelta por los almacenes. Despues de eso, surgio otra preocupacion 
ociosa, la de los chalecos de franela... ^Habia que llevarlos debajo?... ^O encima de la 
camisa?... ^Y la forma de administrar el sulfate de sodio?... Parapine eludia, mediante 
un silencio tenaz, esas controversias subintelectuales. 

Estimulado por el aburrimiento, yo habia acabado contando a Baryton muchas mas 
aventuras que las que habia conocido en todos mis viajes, jestaba agotado! Y entonces 
le toco el turno a el de ocupar enteramente la conversacion vacante solo con sus 
propuestas y reticencias minusculas. No habia escapatoria. Me habia podido por 
agotamiento. Y yo no disponia, como Parapine, de una indiferencia absoluta para 
defenderme. Al contrario, tenia que responderle a pesar mio. Ya no podia por menos de 
discutir por motivos futiles, hasta el infinito, sobre los meritos comparativos del cacao y 
el cafe con leche... Me hechizaba a base de tonteria. 

Volviamos a empezar a proposito de cualquier cosa, de las medias para varices, de la 
corriente faradica optima, del tratamiento de las celulitis en la region del codo... Yo 
habia llegado a farfullar exactamente de acuerdo con sus indicaciones y sus 
inclinaciones, a proposito de cualquier cosa, como un tecnico de verdad. Me 
acompafiaba, me precedia en ese paseo infinitamente meningitico, Baryton; me saturo la 
conversacion para la eternidad. Parapine se reia con ganas para sus adentros, al oirnos 
desfilar entre nuestras porfias, que duraban lo que los tallarines, al tiempo que 
espurreaba el mantel con perdigones del burdeos del patron. 

Pero, ipaz para el recuerdo del Sr. Baryton, el muy cabron! Acabe, de todos modos, 
haciendolo desaparecer. jMe hizo falta mucho genio! 

Entre las clientas cuya custodia me habian confiado en especial, las mas pejigueras 
me daban una lata que para que. Sus duchas por aqui... Sus sondas por alia... Sus vicios, 
sevicias, y sus grandes agujeros, que habia que tener siempre limpios... Una de las 
jovenes pacientes era la causa de bastantes de las reprimendas que me echaba el patron. 
Destruia el jardin arrancando las flores, era su mania, y a mi no me gustaban las 
reprimendas del patron... 

«La novia», como la llamabamos, una argentina, de fisico no estaba nada mal, pero, 
en lo moral, solo tenia una idea, la de casarse con su padre. Conque las flores iban 
todas, una tras otra, a parar, cosidas, al gran velo bianco que llevaba dia y noche, a todas 
partes. Un caso del que su familia, religiosa fanatica, se avergonzaba horriblemente. 
Ocultaban su hija al mundo y con ella su idea. Segun Baryton, sucumbia a las 
inconsecuencias de una educacion demasiado rigida, demasiado severa, de una moral 
absoluta, que, por asi decir, le habia estallado en la cabeza. 

A la hora del crepusculo, haciamos regresar a todos, despues de mucho llamarlos, y, 
ademas, pasabamos por las habitaciones sobre todo para impedirles, a los excitados, 
tocarse demasiado frenetic amente antes de dormirse. El sabado por la noche era muy 
importante moderarlos y prestar mucha atencion, porque el domingo, cuando venian los 
parientes, les causaba muy mala impresion encontrarlos palidos, a los pacientes, de 
tanto masturbarse. 

Todo aquello me recordaba el caso de Bebert y el jarabe. En Vigny administraba 
grandes cantidades de aquel jarabe. Habia conservado la formula. Habia acabado cre- 
yendo en el. 

La portera del manicomio tenia un pequeno comercio de caramelos, con su marido, 
autentico cachas, al que recurriamos de vez en cuando, para los casos duros. 

Asi pasaban las cosas y los meses, bastante agradables, en resumen, y no habria 
habido demasiados motivos para quejarse, si a Baryton no se le hubiera ocurrido de 
pronto otra dichosa idea nueva. 

Desde hacia mucho, seguramente, se preguntaba si no podria tal vez utilizarme mas y 



mejor aun por el mismo precio. Conque habia acabado encontrando el modo. 

Un dia, tras el almuerzo, saco su idea. Primero hizo que nos sirvieran una fuente 
llena de mi postre favorito, fresas con nata. Aquello me parecio de lo mas sospechoso. 
En efecto, apenas habia acabado de jalarme su ultima fresa, cuando me abordo 
imperioso. 

«Ferdinand -me dijo-, me pregunto si le pareceria a usted bien dar unas lecciones de 
ingles a mi hijita Aimee... <<,Que me dice usted?... Se que tiene usted un acento 
excelente... Y en el ingles, verdad, jel acento es esencial!... Y, ademas, sin intencion de 
halagarlo, es usted, Ferdinand, la complacencia en persona.» 

«Pues, claro que si, sefior Baryton», le respondi, desprevenido. 

Y quedamos, en el acto, en que daria a Aimee, la mafiana siguiente, su primera 
leccion de ingles. Y siguieron otras, asi sucesivamente, durante semanas... 

A partir de aquellas lecciones de ingles fue cuando entramos todos en un periodo 
absolutamente turbio, equivoco, durante el cual los acontecimientos se sucedieron a un 
ritmo que ya no era, ni mucho menos, el de la vida corriente. 

Baryton quiso asistir a todas las lecciones que yo daba a su hija. Pese a toda mi 
solicitud inquieta, a la pobre Aimee no se le daba, a decir verdad, nada bien el ingles. En 
el fondo, no le importaba, a la pobre Aimee, saber lo que todas aquellas palabras nuevas 
querian decir. Se preguntaba incluso que queriamos de ella todos, al insistir, viciosos, 
asi para que retuviera realmente su significado. No lloraba, pero le faltaba muy poco. 
Habria preferido, Aimee, que la dejaran arreglarselas con el poquito frances que ya 
sabia, cuyas dificultades y facilidades le bastaban de sobra para ocupar su vida entera. 

Pero su padre, por su parte, no lo veia asi. «jTienes que llegar a ser una joven 
moderna, Aimee!... -la animaba, incansable, para consolarla-. Yo, tu padre, he sufrido 
mucho por no haber sabido bastante ingles para desenvolverme como Dios manda entre 
la clientela extranjera... jAnda! [No llores, querida!... Escucha al Sr. Bardamu, tan 
paciente, tan amable y, cuando sepas, a tu vez, pronunciar los the con la lengua como el 
te muestra, te regalare, te lo prometo, una bonita bicicleta ni-que-la-da...» 

Pero no tenia deseos de pronunciar los the ni los enough, Aimee, pero es que 
ninguno... Era el, el patron, quien los pronunciaba por ella, los the y los rough, y hacia 
muchos otros progresos, pese a su acento de Burdeos y su mania por la logica, gran 
obstaculo para el ingles. Durante un mes, dos meses asi. A medida que se desarrollaba 
en el padre la pasion por aprender el ingles, Aimee tenia cada vez menos ocasion de 
forcejear con las vocales. Baryton me acaparaba, ya no me soltaba, me sorbia todo mi 
ingles. Como nuestras habitaciones eran contiguas, por la mafiana podia oirlo, mientras 
se vestia, trans formar ya su vida intima en ingles. The coffee is black... My shirt is 
white... The garden is green... How are yon today Bardamu?, gritaba a traves del 
tabique. Muy pronto cogio gusto a las formas mas elipticas de la lengua. 

Con aquella perversion iba a llevarnos muy lejos... En cuanto hubo tornado contacto 
con la literatura importante, nos fue imposible parar... Tras ocho meses de progresos tan 
anormales, habia llegado casi a reconstituirse enteramente en el piano anglosajon. Asi 
consiguio al tiempo asquearme del todo, dos veces seguidas. 

Poco a poco habiamos ido dejando a la pequena Aimee fuera de las conversaciones y, 
por tanto, cada vez mas tranquila. Volvio, apacible, entre sus nubes, sin pedir 
explicaciones. No iba a aprender el ingles, jy se acabo! jTodo para Baryton! 

Volvio el invierno. Llego la Navidad. En las agendas anunciaban billetes de ida y 
vuelta para Inglaterra a precio reducido... Al pasar por los bulevares con Parapine, 
cuando lo acompanaba al cine, los habia visto yo, esos anuncios... Habia entrado incluso 
en una de las agendas para informarme sobre los precios. 

Y despues en la mesa, entre otras cosas, dije dos palabras a Baryton sobre el asunto. 



Al principio no parecio interesarle, mi informacion. La dejo pasar. Yo estaba convencido 
incluso de que la habia olvidado del todo, cuando una noche fue el mismo quien se puso 
a hablarme de ello para rogarme que le trajera los prospectos. 

Entre sesion y sesion de literatura inglesa, jugabamos muchas veces al billar japones 
y al chito en una de las celdas de aislamiento, bien provista de barrotes solidos, situada 
justo encima del chiscon de la portera. 

Baryton destacaba en los juegos de destreza. Parapine apostaba a menudo el aperitivo 
con el y lo perdia todas las veces. Pasabamos en aquella salita de juegos improvisada 
veladas enteras, sobre todo durante el invierno, cuando llovia, para no estropearle los 
salones al patron. En ocasiones, si bien raras, colocaban, en aquella misma salita de 
juego, a un agitado en observacion. 

Mientras rivalizaban en destreza, Parapine y el patron, jugando al chito sobre el tapiz 
o sobre el suelo, yo me divertia, si puedo expresarme asi, intentando experimentar las 
mismas sensaciones que un preso en su celda. Era una sensacion que me faltaba. Con 
voluntad puedes llegar a sentir amistad por los tipos raros que pasan por los barrios de 
los suburbios. Al final de la Jornada sientes piedad ante la barahunda que forman los 
tranvias al traer de Paris, a los empleados, de vuelta a casa en grupitos dociles. Al 
primer desvio, despues de la tienda de comestibles, se acabo su derrota. Van a 
derramarse despacio en la noche. Apenas te da tiempo a contarlos. Pero raras veces me 
dejaba Baryton sonar a gusto. En plena partida de chito seguia, petulante, con sus 
insolitas interrogaciones. 

«How doyo say» "imposible" en english, Ferdinand?... » 

En una palabra, nunca se cansaba de hacer progresos. Tendia con toda su estupidez 
hacia la perfeccion. Ni siquiera queria oir hablar de aproximaciones ni de concesiones. 
Por fortuna, una crisis me libro de el. Veamos lo esencial. 

A medida que avanzabamos en la lectura de la Historia de Inglaterra, le vi perder un 
poco su seguridad y, al final, lo mejor de su optimismo. En el momento en que aborda- 
mos a los poetas isabelinos, su espiritu y su persona experimentaron grandes cambios 
inmateriales. Al principio me costo un poco convencerme, pero no me quedo mas reme- 
dio, al final, como a todo el mundo, que aceptarlo tal como se habia vuelto, Baryton, 
lamentable, la verdad. Su atencion, antes precisa y severa, flotaba ahora, arrastrada 
hacia digresiones fabulosas, interminables. Y entonces le toco el turno a el de 
permanecer horas enteras, en su propia casa, ahi, ante nosotros, sonador, lejano ya... 
Aunque me habia asqueado por mucho tiempo y con ganas, sentia algo de 
remordimiento al verlo asi, disgregarse, a Baryton. Yo me consideraba un poco 
responsable de ese derrumbamiento... Su desconcierto espiritual no me era del todo aje- 
no... Hasta tal punto, que le propuse un dia interrumpir por un tiempo nuestros ejercicios 
de literatura con el pretexto de que un intermedio nos proporcionaria tiempo y ocasion 
para renovar nuestros recursos documentales... No se dejo enganar por astucia tan debil 
y opuso, en el acto, una negativa, benevola, bien es verdad, pero del todo categorica... 
Estaba decidido a proseguir conmigo sin cesar el descubrimiento de la Inglaterra 
espiritual... Tal como lo habia emprendido... Yo no podia responder nada... Me incline. 
Temia incluso no disponer de bastantes horas de vida para lograrlo del todo... En una 
palabra, pese a que yo ya presentia lo peor, hubo que continuar con el, mal que bien, 
aquella peregrinacion academica y desolada. 

La verdad es que Baryton habia dejado de ser el que era. A nuestro alrededor, 
personas y cosas perdian, peregrinas y paulatinas, su importancia ya e incluso los 
colores con que las habiamos conocido adquirian una suavidad sofiadora de lo mas 
equivoca... 

Ya no daba muestras, Baryton, sino de un interes ocasional y cada vez mas languido 



por los detalles administrativos de su propia casa, obra suya, sin embargo, por la que 
habia sentido durante mas de treinta afios autentica pasion. Dejaba toda la 
responsabilidad de los servicios administrativos en manos de Parapine. El desconcierto 
cada vez mayor de sus convicciones, que aun intentaba disimular pudicamente en 
publico, estaba llegando a ser evidente para nosotros, irrefutable, fisico. 

Gustave Mandamour, el agente de policia que conociamos en Vigny porque a veces 
lo utilizabamos en los trabajos pesados de la casa y que era sin lugar a dudas el ser 
menos perspicaz que he tenido oportunidad de conocer entre tantos otros del mismo 
orden, me pregunto un dia, por aquella epoca, si no habria tenido tal vez muy malas 
noticias el patron... Lo tranquilice lo mejor que pude, pero sin demasiado 
convencimiento. 

Todos esos chismes ya no interesaban a Baryton. Lo unico que queria era que no se 
lo molestara con ningun pretexto... Al comienzo de nuestros estudios, de acuerdo con su 
deseo, habiamos recorrido demasiado rapido la gran Historia de Inglaterra de 
Macaulay, obra capital en dieciseis volumenes. Reanudamos, por orden suya, esa 
dichosa lectura y ello en condiciones morales de lo mas inquietantes. Capitulo tras 
capitulo. 

Baryton me parecia cada vez mas perfidamente contaminado por la meditacion. 
Cuando llegamos al pasaje, implacable como ninguno, en que Monmouth el Preten- 
diente acaba de desembarcar en las orillas imprecisas de Kent... En el momento en que 
su aventura empieza a girar en el vacio... En que Monmouth el Pretendiente no sabe ya 
muy bien lo que pretende... Lo que quiere hacer. Lo que ha ido a hacer... En que 
empieza a decirse que le gustaria marcharse, pero ya no sabe adonde ni como... Cuando 
la derrota se alza ante el... En la palidez de la mafiana... Cuando el mar se lleva sus 
ultimos navios... Cuando Monmouth se pone a pensar por primera vez... Baryton no 
lograba tampoco, en sus asuntos, infimos, adoptar sus propias decisiones... Leia y releia 
ese pasaje y lo murmuraba una y otra vez, ademas... Abrumado, volvia a cerrar el libro y 
venia a tumbarse cerca de nosotros. 

Durante largo rato, repetia, con los ojos entornados, el texto entero, de memoria, y 
despues, con su acento ingles, el mejor de entre todos los de Burdeos que yo le habia 
dado a elegir, nos recitaba otra vez... 

En la aventura de Monmouth, cuando todo el lastimoso ridiculo de nuestra pueril y 
tragica naturaleza se desabrocha, por asi decir, ante la Eternidad, Baryton era presa del 
vertigo, a su vez, y, como ya solo colgaba por un hilo de nuestro destino corriente, se 
solto del todo... Desde aquel momento, puedo afirmarlo, dejo de ser de los nuestros... Ya 
no podia mas... 

Al final de aquella misma velada, me pidio que fuera a reunirme con el en su 
gabinete de director... Desde luego, en vista del extremo a que habiamos llegado, yo me 
esperaba que me comunicara alguna resolucion suprema, mi despido inmediato, por 
ejemplo... Bueno, pues, jno! La decision que habia adoptado, jme era, al contrario, del 
todo favorable! Ahora bien, tan raras veces me ocurria que una suerte favorable me 
sorprendiese, que no pude por menos de derramar algunas lagrimas... Baryton tuvo a 
bien considerar pena ese testimonio de mi emocion y entonces le toco a el consolarme... 

«^Va usted a dudar de mi palabra, Ferdinand, si le garantizo que he necesitado 
mucho mas que valor para decidirme a abandonar esta casa...? ^Yo, de costumbres tan 
sedentarias, que usted conoce, yo, ya casi un anciano, en una palabra, con toda una 
carrera que no ha sido sino una larga verificacion, muy tenaz, muy escrupulosa, de 
tantas maldades lentas o rapidas?... ^Como es posible que haya llegado a abjurar de todo 
en unos meses?... Y, sin embargo, aqui me tiene, en cuerpo y alma, en este estado de de- 
sapego, de nobleza... jFerdinand! Hurrah! iComo usted dice en ingles! Mi pasado ya no 



es nada para mi, jeso esta claro! jVoy a renacer, Ferdinand! jSencillamente! ]Me 
marcho! |Oh, sus lagrimas, bondadoso amigo, no podran atenuar el asco definitivo que 
siento por todo lo que me retuvo aqui durante tantos y tantos anos insipidos!... jEs 
demasiado! jBasta, Ferdinand! \Lq digo que me voy! jHuyo! jMe evado! [Se me parte 
el corazon, desde luego! jLo se! jSangro! jLo veo! Pues bien, Ferdinand, por nada del 
mundo, sin embargo... Ferdinand, por nada... jme haria usted volver sobre mis pasos! 
^Me oye usted?... Aun cuando hubiera dejado caer un ojo ahi, en algun punto de este 
cieno, jno volveria a recogerlo! Conque, icon eso esta dicho todo! ^Duda usted ahora de 
mi sinceridad?» 

Yo ya no dudaba de nada. Era capaz de todo, Baryton, estaba claro. Por lo demas, 
creo que habria sido fatal para su razon que yo me hubiese puesto a contradecirlo en el 
estado a que habia llegado. Le deje descansar un momento y despues intente, de todos 
modos, ablandarlo un poco, me atrevi a hacer un intento supremo para traerlo de nuevo 
hasta nosotros... Mediante los efectos de una ligera transposicion... de una 
argumentacion amablemente oblicua... 

«jAbandone, pues, Ferdinand, por favor, la esperanza de verme renunciar a mi 
decision! jYa le digo que es irrevocable! Le agradecere que no me vuelva a hablar de 
eso... Por ultima vez, Ferdinand, ^quiere usted ser tan amable? A mi edad, las 
vocaciones, verdad, son muy raras... Es sabido... Pero son irremediables...» 

Tales fueron sus propias palabras, casi las ultimas que pronuncio. Las transmito. 

«Tal vez, querido sefior Baryton -me atrevi, de todos modos, a interrumpirlo de 
nuevo-, estas vacaciones repentinas que se dispone usted a tomarse no constituyan, en 
definitiva, sino un episodio un poco novelesco, una oportuna diversion, un entreacto 
feliz, en el curso un poco austero, bien es verdad, de su carrera... Tal vez tras haber 
probado otra vida... mas amena, menos trivialmente metodica, que la que llevamos aqui, 
vuelva usted, sencillamente, contento de su viaje, hastiado de imprevistos... Entonces, 
volvera usted a ocupar, del modo mas natural, su lugar a la cabeza de esta institucion... 
Orgulloso de sus experiencias recientes... Renovado, en una palabra, y seguramente del 
todo indulgente en adelante para las monotonias cotidianas de nuestra ajetreada rutina... 
jEnvejecido, por fin! Si me permite usted expresarme asi, sefior Baryton.. .» 

«jQue halagador, este Ferdinand!... Aun encuentra modo de conmoverme en mi 
orgullo masculino, sensible, exigente incluso, ahora lo descubro pese a tanto hastio y a 
las adversidades pasadas... jNo, Ferdinand! Todo el ingenio que usted despliega no 
podria ablandar, en un momento, todo el fondo abominablemente hostil y doloroso de 
nuestra voluntad. Por lo demas, Ferdinand, jya no hay tiempo para vacilar, para volver 
sobre mis pasos!... jEstoy, lo confieso, lo clamo, Ferdinand, vacio! jAgobiado, vencido! 
jPor cuarenta anos de pequeneces sagaces!... jYa es mas que demasiado!... ,-Lo 
que quiero intentar? 

^Quiere usted saberlo?... Puedo decirselo, a usted, mi amigo supremo, usted que ha 
tenido a bien compartir, desinteresado, admirable, los sufrimientos de un viejo 
derrotado... Quiero, Ferdinand, probar a ir a perder mi alma, igual que va uno a perder 
su perro sarnoso, su perro hediondo, muy lejos, el compafiero que le asquea a uno, antes 
de morir... Por fin solo... Tranquilo... uno mismo...» 

«Pero, querido sefior Baryton, jesta violenta desesperacion cuyas inflexibles 
exigencias me revela usted de pronto nunca la habia advertido yo en sus palabras y me 
deja pasmado! Muy al contrario, sus observaciones cotidianas me parecen aun hoy 
perfectamente pertinentes... Todas sus iniciativas siempre alegres y fecundas... Sus in- 
tervenciones medicas perfectamente juiciosas y metodicas... En vano buscaria en sus 
actos cotidianos una de esas senales de abatimiento, de derrota... La verdad, no observo 
nada semejante...» 



Pero, por primera vez desde que yo lo conocia, no sentia Baryton ningun placer de 
recibir mis cumplidos. Me disuadia incluso, amable, para que no continuara la 
conversacion en aquel tono lisonjero. 

«No, mi querido Ferdinand, se lo aseguro... Estos testimonios ultimos de su amistad 
vienen a suavizar, desde luego y de forma inesperada, los ultimos momentos de mi 
presencia aqui; sin embargo, toda su solicitud no podria volverme tolerable simplemente 
el recuerdo de un pasado que me abruma y al que estos lugares apestan... Quiero 
alejarme a cualquier precio, (,me oye usted?, y con cualesquiera condiciones...» 

«Pero, sefior Baryton, ^que vamos a hacer en adelante con esta casa? ^Lo ha pensado 
usted?» 

«Si, desde luego, lo he pensado, Ferdinand... Usted se hara cargo de la direccion 
durante el tiempo que dure mi ausencia, jy se acabo!... ^No ha tenido usted siempre 
relaciones excelentes con nuestra clientela?... Asi, pues, su direccion sera aceptada 
facilmente... Todo ira bien, ya lo vera, Ferdinand... Parapine, por su parte, ya que no 
puede tolerar la conversacion, se ocupara de los mecanismos, los aparatos y el 
laboratorio... iEso es lo suyo!... Asi todo queda arreglado como Dios manda... Por lo 
demas, he dejado de creer en las presencias indispensables... Por ese lado tambien, ya lo 
ve, amigo mio, he cambiado mucho...» 

En efecto, estaba desconocido. 

«Pero, ^no teme usted, senor Baryton, que su marcha se comente del modo mas 
malicioso entre nuestra competencia de los alrededores?... ^De Passy, por ejemplo? ^De 
Montretout?... ^De Gargan-Livry? Todos los que nos rodean... Que nos espian... Esos 
colegas de una perfidia incansable... ^Que sentido atribuiran a su noble y voluntario 
exilio?... ^Como lo llamaran? ^Escapada? ^Que se yo que mas? ^Extravagancia? 
^Derrota? ^Fracaso? ^Quien sabe?...» 

Esa eventualidad le habia hecho sin duda reflexionar larga y penosamente. Aun lo 
turbaba, ahi, ante mi, empalidecia al pensarlo... 

Aimee, su hija, nuestra inocente Aimee, iba a sufrir, con todo aquello, una suerte 
bastante brutal. La dejaba al cuidado de una de sus tias, una desconocida, a decir ver- 
dad, en provincias. Asi, liquidadas todas las cosas intimas, ya solo nos quedaba, a 
Parapine y a mi, hacer todo lo posible para administrar todos sus intereses y sus bienes. 
iBogue, pues, la barca sin capitan! 

Despues de aquellas confidencias, podia permitirme, me parecio, preguntarle al 
patron por que lado pensaba lanzarse hacia las regiones de su aventura... 

«jPor Inglaterra, Ferdinand! », me respondia, sin vacilar. 

Todo lo que nos sucedia, en tan poco tiempo, me parecia, desde luego, muy dificil de 
asimilar, pero, de todos modos, tuvimos que adaptarnos rapidos a la nueva suerte. 

El dia siguiente, lo ayudamos, Parapine y yo, a hacerse un equipaje. El pasaporte con 
todas sus paginas y sus visados le extrafiaba un poco. Nunca habia tenido pasaporte. Ya 
que estaba, le habria gustado obtener otros, de recambio. Tuvimos que convencerlo de 
que era imposible. 

Una ultima vez titubeo respecto a la cuestion de si llevar cuellos duros o blandos y 
cuantos de cada clase. Con aquel problema, mal resuelto, estuvimos hasta la hora del 
tren. Saltamos los tres al ultimo tranvia para Paris. Baryton llevaba solo una maleta 
ligera, pues tenia intencion de permanecer, por dondequiera que fuese y en todas las 
circunstancias, movil y ligero. 

En el anden la noble altura de los estribos de los trenes internacionales le impresiono. 
Vacilaba a la hora de subir aquellos escalones majestuosos. Se recogia ante el vagon 
como en el umbral de un monumento. Lo ayudamos un poco. Como habia cogido billete 
de segunda, nos hizo al respecto una observacion comparativa, practica y sonriente. «La 



primera no es mejor», dijo. 

Le tendimos las manos. Fue el momento. Sono el pitido de la salida, con un arranque 
tremendo, como una catastrofe de chatarra, en el instante bien preciso. Fue una 
brutalidad abominable para nuestra despedida. «jAdios, hijos!», le dio apenas tiempo de 
decirnos y su mano se separo, hurtada a las nuestras... 

Se movia alia, entre el humo, su mano, alargada entre el ruido, ya en la noche, a 
traves de los railes, cada vez mas lejos, blanca... 



Por una parte, no lo echamos de menos, pero, de todos modos, su marcha creaba un 
vacio tremendo en la casa. 

Para empezar, su forma de marcharse nos habia puesto tristes a nuestro pesar, por 
decirlo asi. No habia sido natural, su forma de marcharse. Nos preguntabamos que 
podria ocurrimos, a nosotros, tras un golpe semejante. 

Pero no tuvimos tiempo de preguntarnoslo demasiado ni tampoco de aburrirnos 
siquiera. Pocos dias despues de que lo acompanaramos hasta la estacion, a Baryton, 
mira por donde, me anunciaron una visita para mi, en el despacho, para mi en especial. 
El padre Protiste. 

jMenudo si le di noticias, yo, entonces! jY buenas! Y, sobre todo, jdel modo como 
nos habia plantado a todos para irse de juerga a los septentriones, Baryton!... No salia de 
su asombro, Protiste, al enterarse de ello, y despues, cuando por fin hubo comprendido, 
lo unico que discernia ya en aquel cambio era el provecho que yo podia sacar de 
semejante situacion. «jEsta confianza de su director me parece la mas halagadora de las 
promociones, mi querido doctor! », me repetia, machacon. 

De nada servia que yo intentara calmarlo; una vez lanzado a la locuacidad, no se 
apeaba de su formula ni cesaba de predecirme el mas magnifico de los porvenires, una 
esplendida carrera medica, como el decia. Yo ya no podia interrumpirlo. 

Con mucha dificultad, volvimos, de todos modos, a las cosas serias, a aquella ciudad 
de Toulouse precisamente, de la que habia llegado, el, la vispera. Por supuesto, le deje 
contar, a su vez, todo lo que sabia. Incluso aparente asombro, estupefaccion, cuando me 
conto el accidente que habia tenido la vieja. 

«^,C6mo? ^Como? -lo interrumpia yo-. ^Que ha muerto?... Pero, bueno, ^cuando ha 
sido?» 

Conque punto por punto tuvo que soltar la historia entera. 

Sin decirme claramente que habia sido Robinson quien la habia empujado, por la 
escalera, a la vieja, no me impidio, de todos modos, suponerlo... No habia tenido tiempo 
de decir ni pio, al parecer. Nos comprendimos... Buen trabajo, primoroso... La segunda 
vez que lo habia intentado no habia fallado. 

Por fortuna, en el barrio, en Toulouse, creian que Robinson estaba del todo ciego aun. 
Conque lo habian considerado un simple accidente, muy tragico, desde luego, pero, de 
todos modos, explicable, pensandolo bien, todo, las circunstancias, la edad de la 
anciana, y tambien que habia sido al final de una Jornada, la fatiga... Yo no queria saber 
mas de momento. Ya habia recibido mas de la cuenta, de confidencias asi. 

Aun asi, me costo trabajo hacerlo cambiar de conversacion, al padre. Le obsesionaba, 
su historia. Volvia a ella una y mil veces, con la esperanza seguramente de hacerme 
picar, de comprometerme, parecia... jEstaba guapo!... Podia esperar sentado... Conque 
renuncio, de todos modos, y se contento con hablarme de Robinson, de su salud... De 
sus ojos... Por ese lado, iba mucho mejor... Pero seguia tan desanimado como siempre. 
iPero que muy bajo de moral, la verdad! Y ello a pesar de la solicitud, del afecto que no 
cesaban las dos mujeres de prodigarle... Y, sin embargo, no cesaba de quejarse, de su 
suerte y de su vida. 

A mi no me sorprendia oirle decir todo aquello al cura. Me lo conocia, a Robinson, 
yo. Tristes, ingratas disposiciones tenia. Pero desconfiaba aun mas del cura, mucho mas 
aun... Yo no decia esta boca es mia, mientras me hablaba. Conque perdia el tiempo con 



sus confidencias. 

«Su amigo, doctor, pese a su vida material ahora agradable, facil, y a las perspectivas, 
por otra parte, de un proximo matrimonio feliz, defrauda todas nuestras esperanzas, 
debo confesarselo... jPues no le ha dado de nuevo por las funestas escapadas, por las 
golferias, como cuando usted lo conocio en otro tiempoL. ^Que le parecen a usted esas 
disposiciones, mi querido doctor?» 

Asi, pues, no pensaba alii, en una palabra, sino en dejar todo plantado, Robinson, me 
parecia entender; la novia y su madre se sentian ofendidas, primero, y, despues, sentian 
toda la pena que era facil imaginar. Eso era lo que habia venido a contarme el padre 
Protiste. Todo eso era muy inquietante, desde luego, y, por mi parte, yo estaba decidido 
a callarme, a no intervenir, a ningun precio, en los asuntos de aquella familia... Abortada 
la conversacion, nos separamos, el cura y yo, en el tranvia, con bastante frialdad, en una 
palabra. Al volver al manicomio, yo no las tenia todas conmigo. 

Poco despues de aquella visita fue cuando recibimos, de Inglaterra, las primeras 
noticias de Baryton. Algunas postales. Nos deseaba a todos «salud y suerte». Nos es- 
cribio tambien algunas lineas insignificantes, de aqui y de alia. Por una postal sin texto 
nos enteramos de que habia pasado a Noruega y, unas semanas despues, un telegrama 
vino a tranquilizarnos unpoco: «jFeliz travesia!», desde Copenhague... 

Como habiamos previsto, la ausencia del patron se comento con la peor intencion en 
el propio Vigny y en los alrededores. Mas valia, para el futuro del Institute, que 
dieramos en adelante, sobre los motivos de esa ausencia, explicaciones minimas, tanto 
ante nuestros enfermos como a los colegas de los alrededores. 

Meses pasaron, meses de gran prudencia, apagados, silenciosos. Acabamos evitando 
del todo el recuerdo mismo de Baryton entre nosotros. Por lo demas, su recuerdo nos 
daba a todos un poco de verguenza. 

Y despues volvio el verano. No podiamos quedarnos todo el tiempo en el jardin 
vigilando a los enfermos. Para probarnos a nosotros mismos que eramos, a pesar de 
todo, un poco libres, nos aventurabamos hasta las orillas del Sena, por salir un poco. 

Tras el terraplen de la otra orilla, empieza la gran llanura de Gennevilliers, una 
extension muy bella, gris y blanca, donde las chimeneas se perfilan suaves entre el 
polvo y la bruma. Muy cerca del camino de sirga se encuentra la tasca de los barqueros, 
guarda la entrada del canal. La corriente amarilla va a precipitarse en la esclusa. 

Nosotros la mirabamos, a vista de pajaro, durante horas, y, al lado, esa especie de 
larga cienaga, cuyo olor vuelve, solapado, hasta la carretera de los coches. Te 
acostumbras. Ya no tenia color, aquel barro, de tan viejo y fatigado que estaba por las 
crecidas. Hacia la noche, en verano, se volvia a veces suave, el barro, cuando el cielo, 
en rosa, se ponia sentimental. Alii, sobre el puente, ibamos a escuchar el acordeon, el de 
las gabarras, mientras esperaban delante de la puerta que la noche acabara pasando al 
rio. Sobre todo las que bajaban de Belgica eran musicales, todas pintadas, de verde y 
amarillo, y con las cuerdas llenas de ropa secandose y combinaciones de color 
frambuesa que el viento infla al saltarles dentro a bocanadas. 

Yo iba con frecuencia al cafe de los barqueros, solo, en la hora muerta que sigue al 
almuerzo, cuando el gato del patron esta muy tranquilo, entre las cuatro paredes, como 
encerrado en un cielo de esmalte azul para el solito. 

Alii tambien yo, somnoliento al comienzo de una tarde, esperando, bien olvidado, 
pensaba, a que pasara. 

Vi a alguien llegar de lejos, alguien que subia por la carretera. No tarde mucho en 
comprender. Ya por el puente lo habia reconocido. Era mi Robinson en persona. jNo 
habia la menor duda! «jViene por aqui a buscarme!... -me dije al instante-. jEl cura debe 
de haberle dado mi direccion!... jTengo que deshacerme de el en seguida!» 



En aquel momento me parecio abominable que me molestara justo cuando empezaba 
a recuperar, egoista, un poco de tranquilidad. Desconfiamos de lo que llega por las 
carreteras y con razon. Ya estaba muy cerca de la tasca. Sali. Se sorprendio al verme. 
«^De donde vienes ahora?», le pregunte, asi, sin amabilidad. «De la Garenne...», me 
respondio. «|Bueno, vale! ^Has comido? -le pregunte. No parecia que hubiera comido, 
pero no queria presentarse, nada mas llegar, como un muerto de hambre-. ^Otra vez en 
danza?», afiadi. Porque, puedo asegurarlo ahora, no me alegraba lo mas minimo volver 
a verlo. Malditas las ganas. 

Parapine llegaba tambien por el lado del canal, a mi encuentro. Muy oportuno. 
Estaba cansado, Parapine, de quedarse tanto tiempo de guardia en el manicomio. Es 
cierto que yo me tomaba el servicio un poco a la ligera. En primer lugar, respecto a la 
situacion, habriamos dado cualquier cosa con gusto, uno y otro, por saber con certeza 
cuando iba a volver Baryton. Esperabamos que pronto dejaria de darse garbeos por ahi 
para volver a hacerse cargo de su leonera en persona. Era demasiado para nosotros. No 
eramos ambiciosos, ni uno ni otro, y nos la traian floja las posibilidades del futuro. En 
lo que nos equivocabamos, por cierto. 

Hay que reconocer una cosa buena de Parapine y es que nunca hacia preguntas sobre 
la gerencia comercial del manicomio, sobre mi forma de tratar a los clientes; yo lo 
informaba, de todos modos, a su pesar, por asi decir, conque hablaba yo solo. Respecto 
a Robinson, era importante ponerlo al corriente. 

«Ya te he hablado de Robinson, ^verdad? -le pregunte a modo de introduccion-. Ya 
sabes, mi amigo de la guerra... ^,Recuerdas?» 

Me las habia oido contar cien veces, las historias de la guerra y las de Africa tambien 
y cien veces de formas diferentes. Era mi estilo. 

«Bueno, pues -continue-, aqui lo tenemos, a Robinson, en carne y hueso, procedente 
de Toulouse... Vamos a comer juntos en casa.» En realidad, al tomar la iniciativa asi, en 
nombre de la casa, yo me sentia un poco violento. Cometia como una indiscrecion. 
Habria necesitado, para el caso, tener una autoridad flexible, atractiva, de la que carecia 
por completo. Y, ademas, que Robinson no me facilitaba las cosas. Por el camino del 
pueblo, se mostraba ya muy curioso e inquieto, sobre todo respecto a Parapine, cuya 
larga y palida figura junto a nosotros le intrigaba. Al principio habia creido que era un 
loco tambien, Parapine. Desde que sabia que viviamos en Vigny, veia locos por todas 
partes. Lo tranquilice. 

«Y ni -le pregunte-, ^has encontrado al menos algun currelo desde que estas de 
vuelta?» 

«Voy a buscar...», se contento con responderme. 

«Pero, ^tienes los ojos ya curados? ^Ves bien ahora?» 

«Si, veo casi como antes. ..» 

«Entonces, ^estaras contento?», le dije. 

No, no estaba contento. Tenia otras cosas en que pensar. Me abstuve de hablarle de 
Madelon en seguida. Era un tema que seguia siendo delicado entre nosotros. Pasamos 
un buen rato ante el aperitivo y aproveche para ponerlo al corriente de muchas cosas del 
manicomio y de otros detalles mas. Nunca he podido dejar de charlar por los codos. 
Bastante parecido, a fin de cuentas, a Baryton. 

La cena acabo en plena cordialidad. Despues, no podia, la verdad, enviarlo asi, a la 
calle, a Robinson Leon. Decidi al instante montarle en el comedor una cama plegable de 
momento. Parapine seguia sin dar su opinion. «jMira, Leon! -le dije-. Puedes vivir aqui 
mientras buscas un sitio...» «Gracias», respondio simplemente. Y desde aquel momento 
todas las mafianas se iba en el tranvia a Paris en busca, segun decia, de un empleo de 
representante. 



Estaba harto de la fabrica, decia, queria «representar». Tal vez se esforzara por 
encontrar una representacion, hay que ser justos, pero el caso es que no la encontro. 

Una tarde volvio de Paris mas temprano que de costumbre. Yo estaba aun en el 
jardin, vigilando las inmediaciones del gran estanque. Vino a buscarme para decirme 
dos palabras. 

«jEscucha!», empezo. 

«Escucho», respondi. 

«^No podrias darme tu un empleillo aqui mismo?... No encuentro nada...» 

«^,Has buscado bien?» 

«Si, he buscado bien...» 

«^,Quieres un empleo en la casa? Pero, ^para que? Conque, ^no encuentras un 
empleillo cualquiera en Paris? ^Quieres que preguntemos Parapine y yo a la gente que 
conocemos?» 

Le molestaba que le propusiera ayudarlo a buscar un empleo. 

«No es que no se encuentre absolutamente nada -prosiguio entonces-. Se podria 
encontrar tal vez... Alguna cosilla... Pero a ver si me comprendes... Necesito absolu- 
tamente parecer estar mal de la cabeza... Es urgente e indispensable que parezca estar 
mal de la cabeza... » 

«jVale! -dije yo entonces-. jNo me digas mas!...» 

«Si, si, Ferdinand, al contrario, tengo que decirte mucho mas -insistia-. Quiero que 
me comprendas bien... 

Y, ademas, como te conozco, porque tu eres lento para comprender y para 
decidirte...» 

«Anda, venga -dije resignado-, cuenta...» 

«Como no parezca yo un loco, la cosa va ir mal, te lo garantizo... Se va a armar una 
buena... Ella es capaz de hacer que me detengan... ^Me comprendes ahora?» 

«^Te refieres a Madelon?» 

«jSi, claro!» 

«jPues vaya!» 

«Ni que lo digas... » 

«<<,Os habeis enfadado del todo, entonces?» 

«Ya lo ves...» 

«jVen por aqui, si me quieres dar mas detalles! -lo interrumpi entonces y me lo lleve 
aparte-. Sera mas prudente, por los locos... Pueden comprender tambien algunas cosas y 
contar otras aun mas extrafias... con todo lo locos que estan...» 

Subimos a una de las celdas de aislamiento y, una vez alii, no tardo demasiado en 
exponerme toda la situacion, sobre todo porque yo ya estaba mas que al corriente de sus 
capacidades y, ademas, que el padre Protiste me habia hecho suponer el resto... 

En la segunda ocasion, no habia fallado. jNo se podia decir que hubiera sido un 
maleta! jEso si que no! Ni mucho menos. Habia que reconocerlo. 

«Comprendelo, la vieja me perseguia cada vez mas... Sobre todo desde que empece a 
mejorar un poco de los ojos, es decir, cuando empece a poder ir solo por la calle... Volvi 
a ver cosas desde aquel momento... Y volvi a ver tambien a la vieja... Es mas, jsolo la 
veia a ella!... jLa tenia todo el tiempo ahi, ante mi!... [Era como si me hubiese cerrado la 
existencia!... Estoy seguro de que lo hacia a proposito... Solo para fastidiarme... Si no, 
jno se explica!... Y despues en la casa, donde estabamos todos, ya la conoces, £eh?, la 
casa, no era dificil pelearse... jYa viste lo pequena que era!... jComo sardinas en lata! 
jEs la pura verdad!» 

«Y los escalones del panteon, no eran muy resistentes, £eh?» 

Yo mismo habia notado lo peligrosa que era, la escalera, al visitarla la primera vez 



con Madelon, que ya se movian, los escalones. 

«No, con eso estaba chupado», reconocio, con toda franqueza. 

«lY la gente de por alii? -volvi a preguntarle-. ^Los vecinos, los curas, los 
periodistas?... ^No hicieron comentarios, cuando ocurrio?...» 

«No, hay que ver... Ademas, es que no me creian capaz... Me tomaban por un 
rajado... Un ciego... ^Comprendes?...)) 

«En fin, puedes agradecer tu buena suerte, porque si no... ,-Y Madelon? <<,Que tenia 
que ver en todo aquello? ^Estaba de acuerdo?» 

«No del todo... Pero un poco, de todos modos, logicamente, ya que el panteon, 
verdad, iba a pasar a nuestra propiedad, cuando la vieja muriera... Estaba previsto asi... 
ibamos a hacernos cargo nosotros del negocio...» 

«Entonces, ^por que no pudisteis seguir juntos despues de eso?» 

«Mira, eso es dificil de explicar...» 

«^,Ya no te queria?» 

«Si, hombre, al contrario, me queria mucho y, ademas, estaba muy interesada por el 
matrimonio... Su madre tambien lo deseaba y mucho mas aun que antes y que se hiciera 
en seguida, por las momias de la tia Henrouille que nos correspondian, conque teniamos 
de sobra para vivir, los tres, en adelante, tranquilos...» 

«<<,Que ocurrio, entonces, entre vosotros?» 

«Pues, mira, jyo queria que me dejaran en paz de una puta vez! Sencillamente... La 
madre y la hija...» 

«jOye, Leon!... -lo interrumpi de repente al oirle decir eso-. Escuchame... Eso no es 
serio tampoco de tu parte... Ponte en su lugar, de Madelon y su madre... ^Es que habria 
sido plato de gusto para ti? jVamos, hombre! Al llegar alii ibas casi descalzo, no tenias 
donde caerte muerto, no parabas de protestar todo el santo dia, que si la vieja se quedaba 
con toda tu pasta y que si patatin y que si patatan... Va y deja el campo libre, mejor 
die ho, la quitas de en medio tu... Y empiezas a poner mala cara otra vez, a pesar de 
todo... Ponte en el lugar de esas dos mujeres, iponte en su lugar, hombre!... jEs 
insoportable!... Yo que ellas, jmenudo si te habria mandado a tomar por saco!... Te lo 
merecias cien veces, jque te mandaran al trullo! jYa lo sabes!» 

Asi mismo se lo dije a Robinson. 

«Puede ser -fue y me respondio, devolviendome la pelota-, pero tu ya puedes ser 
medico y tener instruccion y todo, que no comprendes nada de mi forma de ser...» 

«jAnda, calla, Leon! -acabe diciendole y para terminar-. Calla, desgraciado, jy deja 
en paz tu forma de ser! jTe expresas como un enfermo!... Cuanto siento que Baryton se 
haya ido al quinto infierno; si no, ;te habria puesto en tratamiento, ese! jEs lo mejor que 
se podria hacer por ti, por cierto! jEncerrarte, lo primero! ^Me oyes? jEncerrarte! jVaya 
si se habria encargado ese, Baryton, de tu forma de ser!» 

«Si tu hubieras tenido lo que yo y hubieses pasado por lo que yo he pasado -salto al 
oirme-, jbien enfermo que habrias estado tambien! jTe lo garantizo! jY puede que peor 
que yo aun! jCon lo cagueta que eres!...» Y entonces empezo a ponerme de vuelta y 
media, como si hubiera tenido derecho. 

Yo lo miraba fijamente, mientras me ponia verde. Estaba acostumbrado a que me 
maltrataran asi, los enfermos. Ya no me molestaba. 

Habia adelgazado mucho desde lo de Toulouse y, ademas, algo que yo no conocia 
aun le habia subido a la cara, como un retrato, parecia, sobre sus facciones enormes, con 
el olvido ya, silencio en derredor. 

En las historias de Toulouse habia otra cosa mas, menos grave, evidentemente, que 
no habia podido tragar, pero, al acordarse, se le revolvia la bilis. Era haberse visto 
obligado a untar la mano a toda una patulea de traficantes para nada. No habia podido 



tragar lo de haberse visto obligado a dar comisiones a diestro y siniestro, en el momento 
de tomar posesion de la cripta, al cura, a la sefiora de las sillas, a la alcaldia, a los 
vicarios y a muchos otros mas y todo ello sin resultado, en una palabra. Cuando volvia a 
hablar de eso, es que se ponia enfermo. Robo a mano armada, llamaba esos manejos. 

«Entonces, ^,os casasteis, a fin de cuentas?», le pregunte, para acabar. 

«Pero, ;si te he dicho que no! jYo ya no queria!» 

«^No estaba mal, de todos modos, la Madelon? ^No iras a decirme que no?» 

«La cuestion no es esa...» 

«Pues claro que si que es esa la cuestion. Si estabais libres, como dices... Si estabais 
absolutamente decididos a marcharos de Toulouse, podiais perfectamente dejar en- 
cargada del panteon a su madre por un tiempo... Podiais volver mas adelante...» 

«Lo que es el fisico -prosiguio- no hace falta que lo jures, era mona de verdad, lo 
reconozco, no me habias enganado, desde luego, y sobre todo que, tu fijate, cuando 
volvi a ver por primera vez, como preparado a proposito, fue a ella, por asi decir, a 
quien vi la primera, en un espejo... ^Te imaginas?... jA la luz!... Ya hacia por lo menos 
dos meses que se habia caido la vieja... La vista me volvio como de repente ante ella, al 
intentar mirarle la cara... Un rayo de luz, en una palabra... ^Me comprendes?» 

«^No fue agradable?» 

«Menudo si fue agradable... Pero eso no era todo...» 

«Te diste el piro, de todos modos. ..» 

«Si, pero te voy a explicar, ya que quieres entender, fue ella la primera que empezo a 
encontrarme raro... Que si estaba desanimado... Que si estaba antipatico... Chorraditas, 
pijaditas...» 

«^No seria que te remordia la conciencia?» 

«^,La conciencia?» 

«Tu sabras...» 

«Llamalo como quieras, pero no estaba animado... Y se acabo... De todos modos, yo 
creo que no eran remordimientos...» 

«£Estabas enfermo, entonces?» 

«Eso debe de ser mas bien, enfermo... Por cierto, que hace ya una hora por lo menos 
que intento decirtelo, que estoy enfermo... Reconoceras que tardas la tira...» 

«jBueno! jVale! -le respondi-. Lo diremos, que estas enfermo, ya que es lo mas 
prudente, segun tu...» 

«Bien hecho -volvio a insistir-, porque de esa mujer me espero cualquier cosa... Es 
pero que muy capaz de soltar la liebre antes de nada...» 

Era como un consejo que parecia darme y yo no queria sus consejos. No me gustaba 
nada todo aquello, por las complicaciones que iban a presentarse otra vez. 

«£Crees que soltaria la liebre? -le pregunte otra vez para asegurarme-. Pero, j si era tu 
complice en cierto modo!... jEso deberia hacerla reflexionar un momento antes de 
ponerse a largar!» 

«£Reflexionar?... -volvio a saltar el, entonces, al oirme-. Como se ve que no la 
conoces... -Le hacia gracia oirme-. Pero, jsi no dudaria ni un segundo!... jTe lo digo yo! 
Si la hubieras tratado como yo, jno lo dudarias! jTe repito que esta enamorada!... 
Entonces, ^es que no has conocido tu a una mujer enamorada? Cuando esta enamorada, 
jes una loca, sencillamente! [Una loca! Y de mi es de quien esta enamorada, jloquita!... 
^,Te das cuenta? ^Comprendes? Conque, itodas las locuras la excitan! jEs muy sencillo! 
jNo la detienen! jAl contrario!...» 

Yo no podia decirle que me extranaba un poco, de todos modos, que hubiera llegado 
en unos meses a ese grado de frenesi, Madelon, porque, de todos modos, yo la habia 
conocido un poquito, a Madelon... Yo tenia mi opinion sobre ella, pero no podia 



comunicarla. 

Por su forma de espabilarse en Toulouse y por las cosas que le habia oido decir, 
estando yo detras del alamo, el dia de la gabarra, era dificil imaginar que hubiera podido 
cambiar de disposiciones hasta ese punto y en tan poco tiempo... Me habia parecido mas 
espabilada que tragica, desenvuelta de lo Undo y muy contenta de pescarlo, a Robinson, 
con sus cuentos y camelos siempre que podia hacer el paripe. Pero de momento, 
llegados a ese punto, yo no podia decirle nada. Tenia que dejarlo pasar. «jBueno! jVale! 
jDe acuerdo! -conclui-. ^Y la madre, entonces? jDebio de armar la marimorena, la 
madre, cuando comprendiera que te las pirabas y de verdad!...» 

«jY que lo digas! Y eso que se pasaba todo el santo dia diciendo que yo era un 
cochino, jy, tu fijate, justo cuando mas necesitaba, al contrario, que me hablaran 
amablemente!... [Unas monsergas!... En una palabra, aquello no podia continuar 
tampoco con la madre, conque le propuse a Madelon dejarles el panteon a ellas dos y 
marcharme yo, por mi parte, a dar una vuelta, volver a ver mundo un poco... 

»"Iras conmigo -protesto ella entonces-. Soy tu novia, ^,no?... Iras conmigo, Leon, jo 
no iras!... Y ademas -insistia- que no estas curado del todo..." 

»"jSi que estoy curado y me voy a ir solo!", le respondia yo... Y de ahi no saliamos. 

»"jUna mujer acompafia siempre a su marido! -decia la madre — . jLo que teneis que 
hacer es casaros!" La apoyaba solo para fastidiarme. 

»A1 oir esas cosas, yo sufria. jYa me conoces! jComo si hubiera yo necesitado a una 
mujer para ir a la guerra! jY para escapar de ella! Y en Africa, ^es que tenia mujeres yo? 
Y en America, ^tenia acaso mujer yo?... De todos modos, de oirlas discutir asi durante 
horas, jme daba dolor de vientre! jUn toston! jSe para lo que sirven las mujeres, de 
todos modos! Tu tambien, ^eh? jPara nada! jPues no he viajado yo ni nada! Por fin, una 
noche que me habian sacado de quicio de verdad con sus rollos, jfui y le solte de una 
vez a la madre todo lo que pensaba de ella! "A usted lo que le pasa es que es una vieja 
gilipuertas -fui y le dije-. jEs usted una tia aun mas idiota que la HenrouilleL. Si 
hubiera usted conocido un poco mas de mundo, como yo he conocido, se lo pensaria un 
poco antes de ponerse a dar consejos a toda la gente. \A ver si se cree que, porque se 
haya pasado el tiempo recogiendo trozos de vela en un rincon de su punetera iglesia, 
sabe algo de la vida! j Saiga un poco tambien usted, que le sentara bien! jAnde, vaya a 
pasearse un poco, vieja imbecil! jAsi aprendera! jLe quedara menos tiempo para rezar y 
no andara diciendo tantas gilipolleces!..." 

»jYa ves tu como la trate, yo, a la madre! Te digo que hacia mucho que tenia ganas 
de echarle una buena bronca y, ademas, que lo necesitaba, la tia esa, con ganas... Pero a 
fin de cuentas a mi fue a quien me vino bien... Me libero en cierto modo de la 
situacion... Ahora, que parecia tambien que solo esperaba ese momento, la muy puta, a 
que yo me desahogara, jpara lanzarme, a su vez, todos los insultos que sabia! jNo 
quieras ver lo que solto por la boca! " jLadron! jVago! -me solto-. jQue ni siquiera tienes 
un oficio!... [Pronto va a hacer un aho que te damos de comer, mi hija y yo...! jlnutil!... 
jChulo deputas!..." 

jTu fijate! Lo que se dice una escena familiar... Se quedo un poco como 
reflexionando y despues lo dijo un poco mas bajo, pero mira, chico, lo dijo y, ademas, 
con toda el alma: " jAsesino!... iAsesino!", me llamo. Eso me enfrio un poco. 

»La hija, al oir eso, tenia como miedo de que me la cargara alii mismo, a su madre. 
Se arrojo entre nosotros. Le cerro la boca a su madre con su propia mano. Hizo bien. 
Conque, jestaban de acuerdo, las muy putas!, me decia yo. Era evidente. En fin, no 
insisti... Ya no era momento de violencias... Y, ademas, que, en el fondo, me la chupaba 
que estuvieran de acuerdo... ^Crees tu que, despues de haberse desahogado, me iban a 
dejar tranquilo en adelante?... j SI, si! jNi mucho menos! Eso seria no conocerlas... La 



hija volvio a empezar. Tenia fuego en el corazon y en el chocho tambien... Volvio a 
darle con mas fuerza... 

»"Te quiero, Leon, ya lo ves que te quiero, Leon..." 

»S61o sabia decir eso: "te quiero". Como si fuera la respuesta para todo. 

«"^,Todavia le quieres? -volvia la madre a la carga, al oirla-. Pero, ^es que no ves que 
es un simple golfo? ^Un inutil? Ahora que ha recuperado la vista, gracias a nuestros 
cuidados, jvas a ver tu lo desgraciada que te va a hacer! jTe lo digo yo, tu madre!..." 

«Lloramos todos, para acabar la escena, incluso yo, porque no queria ponerme del 
todo a mal con aquellos dos bichos, enfadarme mas de la cuenta, pese a todo. 

«Conque me fui, pero nos habiamos dicho demasiadas cosas como para que aquello 
pudiera durar mucho tiempo. Aun asi, la situacion se prolongo durante semanas, venga 
refiir por esto y por lo otro, y, ademas, vigilandonos durante dias y, sobre todo, por las 
noches. 

»No podiamos decidirnos a separarnos, pero ya no sentiamos igual. Lo que nos 
mantenia juntos aun eran los miedos. 

«"Entonces, ^,es que quieres a otra?", me preguntaba Madelon, de vez en cuando. 

»"Pero, ^que dices? -intentaba tranquilizarla yo-. Pues claro que no." Pero estaba 
claro que no me creia. Para ella habia que querer a alguien en la vida y no habia vuelta 
de hoja. 

»"A ver -le respondia yo-, ^que podria yo hacer con otra mujer?" Pero era su mania, 
el amor. Yo ya no sabia que contarle para calmarla. Se le ocurrian unas cosas que yo no 
habia oido en mi vida. Nunca habria imaginado que ocultara cosas asi en la cabeza. 

»"jMe has robado el corazon, Leon! -me acusaba y, ademas, en serio-. jTe quieres 
marchar! -me amenazaba-. jMarchate! Pero, jte aviso que me morire de pena, Leon!..." 
^Que yo iba a ser la causa de su muerte de pena? ^Con que se come eso? ^Eh? jDime 
tu! "Pero, jque no! jQue cosas dices! -la tranquilizaba yo-. En primer lugar, jyo no te he 
robado nada! Pero, bueno, jsi ni siquiera te he hecho un hijo! jReflexiona! Tampoco te 
he pegado enfermedades, ^no? ^Entonces? Lo unico que quiero es irme, jnada mas! 
Irme de vacaciones, como quien dice. Con lo sencillo que es... Intenta ser razonable..." 
Y cuanto mas intentaba hacerle comprender mi punto de vista, menos le gustaba a ella. 
En una palabra, que ya no nos entendiamos. Se ponia como rabiosa con la idea de que 
yo pudiese pensar de verdad lo que decia, que era la pura verdad, simple y sincera. 

» Ademas, creia que eras tu quien me incitaba a largarme... Al ver entonces que no 
me iba a retener avergonzandome con mis sentimientos, intento retenerme de otro 
modo. 

»"jNo vayas a creer, Leon -me dijo entonces- que quiero seguir contigo por el 
negocio del panteon!... Ya sabes que a mi el dinero me da completamente igual, en el 
fondo... Lo que yo quisiera, Leon, es quedarme contigo... Ser feliz... Eso es todo... Es 
muy natural... No quiero que me dejes... Es muy duro separarse cuando se ha querido 
como nos queriamos nosotros dos... Jurame, al menos, Leon, que no te iras por mucho 
tiempo..." 

»Y asi siguio su crisis durante semanas. No habia duda de que estaba enamorada y 
pesadisima... Cada noche otra vez a vueltas con su locura de amor. Al final, acepto dejar 
a su madre encargada del panteon, a condicion de que nos marcharamos los dos juntos a 
buscar trabajo a Paris... jSiempre juntos!... jCuidado con la tia! Estaba dispuesta a 
entender cualquier cosa, salvo que yo me fuera solo por mi lado y ella por el suyo... Eso 
ni hablar... Conque cuanto mas se empenaba, mas enfermo me ponia, jpor fuerza! 

»No valia la pena intentar hacerla entrar en razon. Me di cuenta de que era tiempo 
perdido, la verdad, o una idea fija y que la volvia mas rabiosa aun. Conque no me quedo 
mas remedio que ponerme a probar trucos para deshacerme de su amor, como ella 



decia... Entonces fue cuando se me ocurrio la idea de meterle miedo contandole que de 
vez en cuando me volvia un poco loco... Que me daban ataques... Sin avisar... Me miro 
con mala cara, con expresion muy extrafia... Aun no estaba del todo segura de si se 
trataba de un embuste... Solo, que, de todos modos, a causa de las aventuras que le habia 
yo contado antes y, ademas, de la guerra, que me habia afectado, y, sobre todo, del 
ultimo chanchullo, lo de la tia Henrouille, y tambien lo de que me hubiera vuelto de 
repente tan raro con ella, le dio que pensar, de todos modos... 

»Durante mas de una semana estuvo pensando y me dejo muy tranquilo... Debia de 
haber hecho alguna confidencia a su madre sobre mis ataques... El caso es que insistian 
menos en retenerme... "Ya esta -me decia yo-. iEsto va a dar resultado! Ya me veo 
libre..." Ya me veia largandome muy tranquilo, a hurtadillas, hacia Paris, jsin decir ni 
pio!... Pero, iespera! Resulta que quise hacerlo todo demasiado bien... Me esmere... 
Creia haber encontrado el truco perfecto para probarles de una vez por todas que era la 
verdad... Que estaba pero como una cabra a ratos... "jToca! -le dije una noche a 
Madelon-. Tocame ahi detras, en la cabeza, ;el bulto! ^Notas la cicatriz? ^Has visto el 
bulto tan grande que tengo? £Eh?..." 

«Despues de palparme bien el bulto, en la cabeza, se sintio conmovida, que no te 
puedes imaginar... Pero, jvaya, hombre!, eso la excito aun mas, jno le repugno ni mucho 
menos!... "Ahi es donde me hirieron en Flandes. Ahi es donde me hicieron la 
trepanacion...", insistia yo. 

»"jAh, Leon! -salto entonces, al sentir el bulto- ;te pido perdon, Leon mio!... Hasta 
ahora he dudado de ti, pero, jte pido perdon con toda el alma! jMe doy cuenta! jHe sido 
infame contigo! j SI! j Si! Leon, [he sido horrible!... jNo volvere a ser mala contigo 
nunca! jTe lo juro! jQuiero expiar, Leon! jEn seguida! No me impidas expiar, ^eh?... 
jTe voy a devolver la felicidad! jTe voy a cuidar bien, de verdad! jApartir de hoy! jVoy 
a ser muy paciente para siempre contigo! jVoy a ser muy dulce! jYa veras, Leon! jTe 
voy a comprender tan bien, que no vas a poder vivir sin mi! jMi corazon es tuyo otra 
vez! ;te pertenezco!... iTodo! iToda mi vida, Leon, te doy! Pero dime que me perdonas 
al menos, ^eh, Leon?..." 

»Yo no habia dicho nada asi, nada. Ella lo habia dicho todo, conque le resultaba muy 
facil contestarse a si misma... ^Como habia que hacer entonces para disuadirla? 

«jHaber palpado mi cicatriz y mi bulto la habia emborrachado, por asi decir, de 
amor, de golpe! Queria volver a cogerla en las manos, mi cabeza, y no soltarla y hacer - 
me feliz hasta la Eternidad, iquisiera yo o no! A partir de aquella escena, su madre no 
volvio a tener derecho a la palabra para echarme broncas. No le dejaba hablar, Madelon, 
a su madre. No la habrias reconocido, j queria protegerme a mas no poder! 

«jAquello tenia que acabar! Desde luego, yo habria preferido, claro esta, que nos 
hubieramos separado como buenos amigos... Pero es que ya ni valia la pena intentarlo... 
No podia mas de amor y estaba muy terca. Una manana, mientras estaban en la compra, 
la madre y ella, hice como ni, un paquetito, y me di el piro a la chita callando... Despues 
de eso, ^no diras que no he tenido bastante paciencia?... Es que, te lo repito, no habia 
nada que hacer... Ahora, ya lo sabes todo... Cuando te digo que es capaz de todo, esa 
chica, y que puede perfectamente venir a insistirme de nuevo aqui, de un momento a 
otro, jno me vengas con que veo visiones! jSe lo que me digo! jMe la conozco yo! Y 
estariamos mas tranquilos, en mi opinion, si me encontrara ya como encerrado con los 
locos... Asi, me seria mas facil hacer como quien ya no comprende nada... Con ella, eso 
es lo que hay que hacer... No comprender... » 

Dos o tres meses antes, todo lo que acababa de contarme, Robinson, me habria 
interesado aun, pero yo habia como envejecido de golpe. 

En el fondo, me habia vuelto cada vez mas como Baryton, me la traia floja. Todo eso 



que me contaba Robinson de su aventura en Toulouse no era ya para mi un peligro vivo; 
de nada me servia intentar interesarme por su caso, olia a rancio, su caso. De nada sirve 
decir ni pretender, el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para 
siempre. 

Las cosas que mas te interesan, un buen dia decides comentarlas cada vez menos, y 
con esfuerzo, cuando no queda mas remedio. Estas pero que muy harto de oirte hablar 
siempre... Abrevias... Renuncias... Llevas mas de treinta afios hablando... Ya no te 
importa tener razon. Te abandona hasta el deseo de conservar siquiera el huequecito que 
te habias reservado entre los placeres... Sientes hastio... En adelante te basta con jalar un 
poco, tener un poco de calorcito y dormir lo mas posible por el camino de la nada. Para 
recuperar el interes, habria que descubrir nuevas muecas que hacer delante de los 
demas... Pero ya no tienes fuerzas para cambiar de repertorio. Farfullas. Buscas aun 
trucos y excusas para quedarte ahi, con los amiguetes, pero la muerte esta ahi tambien, 
hedionda, a tu lado, todo el tiempo ahora y menos misteriosa que una partida de brisca. 
Solo conservas, preciosas, las pequenas penas, la de no haber encontrado tiempo para ir 
a Bois-Colombes a ver, mientras aun vivia, a tu anciano tio, cuya cancioncilla se 
extinguio para siempre una noche de febrero. Eso es todo lo que has conservado de la 
vida. Esa pequena pena tan atroz, el resto lo has vomitado mas o menos a lo largo del 
camino, con muchos esfuerzos y pena. Ya no eres sino un viejo reverbero de recuerdos 
en la esquina de una calle por la que ya no pasa casi nadie. 

Puestos a aburrirse, lo menos cansino es hacerlo con habitos regulares. Me empenaba 
en que todo el mundo estuviera acostado en la casa a las diez de la noche. Yo me 
encargaba de apagar las luces. Los negocios iban solos. 

Por lo demas, no hicimos derroche alguno de imaginacion. El sistema Baryton de los 
«cretinos en el cine» nos ocupaba suficientemente. Tampoco se hacian demasiadas 
economias en la casa. El despilfarro, nos deciamos, lo haria tal vez volver, al patron, ya 
que lo angustiaba tanto. 

Habiamos comprado un acordeon para que Robinson pudiese poner a bailar a 
nuestros enfermos en el jardin durante el verano. Era dificil tenerlos ocupados en Vigny, 
a los enfermos, dia y noche. No podiamos enviarlos todo el tiempo a la iglesia, se 
aburrian demasiado en ella. 

De Toulouse no volvimos a tener la menor noticia, el padre Protiste no volvio 
tampoco a vernos nunca. La existencia en el manicomio se organizaba monotona, fur- 
tiva. Moralmente, no estabamos a gusto. Demasiados fantasmas, aqui y alia. 

Pasaron algunos meses mas. Robinson se recuperaba. Por Semana Santa nuestros 
locos se agitaron un poco, mujeres ligeras de ropa pasaban y volvian a pasar por delante 
de nuestros jardines. Primavera precoz. Bromuros. 

En el Tarapout, desde la epoca en que fui extra, habian renovado el personal muchas 
veces. Las inglesitas habian acabado muy lejos, segun me dijeron, en Australia. No las 
volveriamos a ver... 

Las tablas, desde mi historia con Tania, me estaban prohibidas. No insisti. 

Nos pusimos a escribir cartas casi a todas partes y sobre todo a los consulados de los 
paises del Norte, para obtener algunos indicios sobre las posibles andanzas de Baryton. 
No recibimos respuesta interesante alguna de ellos. 

Parapine realizaba, calmado y silencioso, su servicio tecnico a mi lado. Desde hacia 
veinticuatro meses no habia pronunciado mas de veinte frases en total. Me veia obligado 
a adoptar practicamente solo las iniciativas materiales y administrativas que la situacion 
cotidiana requeria. A veces metia la pata, pero Parapine no me lo reprochaba nunca. Nos 
entendiamos a fuerza de indiferencia. Por lo demas, un trasiego suficiente de enfermos 
aseguraba el aspecto material de nuestra institucion. Pagados los proveedores y el 



alquiler, nos quedaba aiin mucho con que vivir, aun pagando la pension de Aimee a su 
tia religiosamente, por supuesto. 

Robinson me parecia mucho menos inquieto ahora que a su llegada. Habia 
recuperado el buen color y tres kilos. En una palabra, mientras hubiera locos en las 
familias, no dejarian de recurrir a nosotros, estando como estabamos tan a mano, cerca 
de la capital. Ya solo nuestro jardin justificaba el viaje. Venian a proposito de Paris para 
admirar nuestros macizos y nuestros bosquecillos de rosas en pleno verano. 

Uno de esos domingos de junio rue cuando me parecio reconocer a Madelon, por 
primera vez, en medio de un grupo de transeuntes, inmovil por un instante, justo delante 
de nuestra verja. 

Al principio, no quise comunicar esa aparicion a Robinson, para no asustarlo, y 
despues, tras haberlo pensado despacio, unos dias despues, le recomende, de todos 
modos, no alejarse, al menos por un tiempo, con sus erraticos paseos por los 
alrededores, a los que se habia aficionado. Ese consejo le inquieto. Sin embargo, no in- 
sistio para saber mas detalles. 

Hacia finales de Julio, recibimos de Baryton algunas tarjetas postales, desde 
Finlandia esa vez. Nos dio alegria, pero no nos decia nada de su regreso, Baryton, nos 
deseaba una vez mas «buena suerte» y mil detalles amistosos. 

Pasaron dos meses y despues otros mas... El polvo del verano no volvio a caer sobre 
la carretera. Uno de nuestros alienados, hacia Todos los Santos, armo un pequeno 
escandalo delante de nuestro Instituto. Ese enfermo, antes de lo mas apacible y correcto, 
soporto mal la exaltacion mortuoria de Todos los Santos. No pudimos impedirle a 
tiempo gritar por su ventana que no queria morirse nunca... A los transeuntes les parecia 
de lo mas divertido... En el momento en que se produjo aquella algarada tuve de nuevo, 
pero aquella vez con mayor precision que la primera, la impresion, muy desagradable, 
de reconocer a Madelon en la primera fila de un grupo, justo en el mismo sitio, delante 
de la verja. 

Durante la noche que siguio, me desperte angustiado, intente olvidar lo que habia 
visto, pero todos mis esfuerzos para olvidar fueron en vano. Mas valia no volver a in- 
tentar dormir. 

Hacia mucho que no habia yo vuelto a Rancy. Para ser presa de la pesadilla, me 
preguntaba si no valia mas dar una vuelta por alii, de donde todas las desgracias prece- 
dian, tarde o temprano... Yo habia dejado alia, tras mi, pesadillas... Intentar 
adelantarseles podia, si acaso, pasar por una especie de precaucion... Para Rancy, el 
camino mas corto, viniendo de Vigny, es seguir por la orilla del rio hasta el puente de 
Gennevilliers, ese que es muy piano, tendido sobre el Sena. Las lentas brumas del rio se 
deshacen al ras del agua, se apretujan, pasan, se elevan, se tambalean y van a caer del 
otro lado del pretil, en torno a las acidas farolas. La gran fabrica de tractores que queda 
a la izquierda se esconde en un gran retazo de noche. Tiene las ventanas abiertas por un 
incendio tetrico que la quema por dentro y nunca acaba. Pasada la fabrica, estas solo en 
la ribera... Pero no tiene perdida... Por la fatiga te das cuenta mas o menos de que has 
llegado. 

Basta entonces con girar de nuevo a la izquierda por la Rue de Bournaires y ya no 
queda demasiado lejos. No es dificil orientarse, gracias a la farola roja y verde del paso 
a nivel, que siempre esta encendida. 

Incluso de noche, habria ido yo, con los ojos cerrados, hasta el hotelito de los 
Henrouille. Habia ido con frecuencia, en otro tiempo... 

Sin embargo, aquella noche, cuando hube llegado delante de la puerta, me puse a 
pensar en vez de avanzar... 

Estaba sola ahora, la nuera, para habitar el hotelito, pensaba yo... Estaban todos 



muertos, todos... Debia de haber sabido, o al menos sospechado, el modo como habia 
acabado su vieja en Toulouse... <<,Que efecto le habria causado? 

El reverbero de la acera blanqueaba la pequefia marquesina de cristales como con 
nieve encima de la escalera. Me quede ahi, en la esquina de la calle, mirando simple- 
mente, mucho rato. Podria perfectamente haber ido a llamar. Seguro que me habria 
abierto. Al fin y al cabo, no estabamos enfadados, ella y yo. Hacia un frio glacial, donde 
me habia quedado parado... 

La calle acababa aun en un hoyo, como en mis tiempos. Habian prometido arreglarlo, 
pero no lo habian hecho... Ya no pasaba nadie. 

No es que tuviese miedo de ella, de Henrouille nuera. No. Pero, de repente, estando 
alii, se me quitaron las ganas de volver a verla. Me habia equivocado con lo de querer 
volver a verla. Alii, delante de su casa, descubria yo de repente que ya no tenia nada que 
ensenarme... Habria sido enojoso incluso que me hablara ahora y se acabo. Eso era lo 
que habiamos llegado a ser uno para el otro. 

Yo habia llegado mas lejos que ella en la noche ahora, mas lejos incluso que la vieja 
Henrouille, que estaba muerta... Ya no estabamos todos juntos... Nos habiamos separado 
para siempre... No solo por la muerte, sino tambien por la vida... Por la fuerza de las 
cosas... jCada cual a lo suyo!, me decia yo... Y me marche por donde habia venido, 
hacia Vigny. 

No tenia suficiente instruccion para seguirme ahora, la Henrouille nuera... Caracter 
si, de eso si que tenia... Pero, j instruccion, no! Ese era elhic. \ Instruccion, no! jEs fun- 
damental, la instruccion! Conque ya no podia comprenderme ni comprender lo que 
ocurria a nuestro alrededor, por puta y terca que fuera... Eso no basta... Hace falta 
corazon tambien y saber para llegar mas lejos que los demas... Por la Rue des Sanzillons 
me meti para volverme hacia el Sena y despues por el Impasse Vassou. iLiquidada, mi 
inquietud! jContento casi! Orgulloso casi, porque me daba cuenta de que no valia la 
pena ya insistir por el lado de Henrouille nuera, j habia acabado perdiendola, a aquella 
puta, por el camino!... jQue tia! Habiamos simpatizado a nuestro modo... Nos habiamos 
comprendido bien en tiempos, la nuera Henrouille y yo... Durante mucho tiempo... Pero 
ahora ya no estaba bastante abajo para mi, no podia descender... Llegar hasta mi... No 
tenia instruccion ni fuerza. No se sube en la vida, se baja. Ella ya no podia. Ya no podia 
bajar hasta donde yo estaba... Habia demas iada noche para ella a mi alrededor. 

Al pasar por delante del inmueble donde la tia de Bebert era portera, habria entrado 
tambien yo, solo para ver a los que lo ocupaban ahora, su chiscon, donde yo habia 
tratado a Bebert y de donde este se nos habia ido. Tal vez siguiera aun alii, su retrato de 
colegial, por encima de la cama... Pero era demasiado tarde para despertar a la gente. 
Pase de largo, sin darme a conocer... 

Un poco mas adelante, en el Faubourg de la Liberte, me encontre con la tienda de 
Bezin, el chamarilero, aun iluminada... No me lo esperaba... Pero solo con una pequefia 
lampara de gas en el medio del escaparate. Ese, Bezin, conocia todos los chismes y las 
noticias del barrio, a fuerza de parar en las tascas y por ser tan conocido desde la Foire 
aux Puces hasta la Porte Maillot. 

Habria podido contarme muchas cosas, si hubiera estado despierto. Empuje la puerta. 
Sono el timbre, pero nadie me respondio. Yo sabia que dormia en la trastienda, en el 
comedor, en realidad... Ahi estaba, tambien el, en la obscuridad, con la cabeza sobre la 
mesa, entre los brazos, sentado de costado junto a la cena fria que lo esperaba, lentejas. 
Habia empezado a comer. El suefio lo habia vencido en seguida, al volver. Roncaba 
fuerte. Habia bebido tambien, claro. Recuerdo bien el dia, un jueves, dia de mercado en 
Lilas... Tenia un hatillo lleno de «ocasiones» y aun abierto en el suelo, a sus pies. 

Siempre me habia parecido buen tio, Bezin, no mas innoble que otro. Nada que 



achacarle. Muy complaciente, facil de tratar. No iba a despertarlo por curiosidad, para 
hacerle preguntas... Conque me marche, despues de apagar el gas. 

Le costaba mucho defenderse, claro esta, con su comercio. Pero a el al menos no le 
costaba trabajo dormirse. 

Volvi triste, de todos modos, hacia Vigny, pensando en que toda aquella gente, 
aquellas casas, aquellas cosas sucias y sombrias ya no me llegaban derechas al corazon 
como en otro tiempo y que a mi, por listillo que pareciera, acaso no me quedase ya 
bastante fuerza, bien que lo notaba, para seguir adelante, yo, asi, solo. 



Para las comidas, en Vigny, habiamos conservado las costumbres de la epoca de 
Baryton, es decir, que nos reuniamos todos a la mesa, pero ahora, por lo general, en la 
sala de billar de encima de la porteria. Era mas familiar que el comedor de verdad, 
donde perduraban los recuerdos, nada gratos, de las conversaciones en ingles. Y, 
ademas, que habia demasiados muebles elegantes tambien, para nosotros, en el 
comedor, de autentico estilo «1900» con vidrieras de opalina. 

Desde el billar se podia ver todo lo que ocurria en la calle. Podia ser util. Pasabamos 
en aquel cuarto domingos enteros. De invitados, recibiamos a veces a cenar a medicos 
de los alrededores, aqui y alia, pero nuestro convidado habitual era mas bien Gustave, 
agente de trafico. Ese, desde luego, era asiduo. Nos habiamos conocido asi, por la 
ventana, contemplandolo los domingos realizar su servicio, en el cruce de la carretera, a 
la entrada del pueblo. Le daban mucho trabajo los automoviles. Primero habiamos 
cambiado algunas palabras y despues, domingo tras domingo, nos habiamos hecho 
amigos del todo. Yo habia tenido ocasion de tratar, en la ciudad, a sus dos hijos, uno tras 
otro, de sarampion y paperas. Nos era fiel, Gustave Mandamour, que asi se llamaba, 
oriundo de Cantal. Para la conversacion era un poco pesado, porque las palabras le 
salian con dificultad. No dejaba de encontrarlas, las palabras, pero no le salian, se le 
quedaban en la boca, haciendo ruidos. 

Una tarde, Robinson lo invito al billar, en broma, creo. Pero lo suyo era la 
constancia, conque desde entonces habia vuelto siempre, Gustave, a la misma hora 
todas las tardes, a las ocho. Se encontraba a gusto con nosotros, Gustave, mejor que en 
el cafe, segun nos decia el mismo, por las discusiones politicas, que a menudo se 
enconaban, entre los asiduos. Nosotros nunca discutiamos de politica. En el caso de 
Gustave, era terreno bastante delicado la politica. En el cafe habia tenido problemas con 
eso. En principio, no deberia haber hablado de politica, sobre todo cuando habia bebido 
un poco, lo que no era raro. Era conocido incluso porque le daba a la priva, era su 
debilidad. Mientras que con nosotros se sentia seguro en todos los sentidos. Lo 
reconocia el mismo. Nosotros no bebiamos. Podia sacar los pies del plato, no habia 
problema. Habia confianza. 

Cuando pensabamos, Parapine y yo, en la situacion de la que nos habiamos librado y 
la que nos habia correspondido en casa de Baryton, no nos quejabamos, no teniamos 
motivos, porque, a fin de cuentas, habiamos tenido una suerte milagrosa y disponiamos 
de todo lo necesario y no nos faltaba nada tanto desde el punto de vista de la 
consideracion como de las comodidades materiales. 

Solo, que yo siempre habia pensado que no duraria el milagro. Tenia un pasado con 
muy mala pata, que me repetia, como eructos del Destino. Ya al principio de estar en 
Vigny, habia recibido tres cartas anonimas que me habian parecido de lo mas equivocas 
y amenazadoras. Y despues, muchas otras cartas mas, todas igual de rencorosas. Cierto 
es que recibiamos a menudo, cartas anonimas, en Vigny y, por lo general, no les 
haciamos demasiado caso. La mayoria procedian de antiguos enfermos, a quienes sus 
persecuciones iban a atormentarlos a domicilio. 

Pero aquellas cartas, por el tono, me inquietaban mas, no se parecian a las otras; sus 
acusaciones eran precisas y, ademas, solo se referian a Robinson y a mi. En una palabra, 
nos acusaban de estar liados. Era una canallada de suposicion. Al principio, me 
resultaba violento contarselo, pero despues me decidi, de todos modos, porque no 



cesaban de llegarme nuevas cartas del mismo estilo. Entonces pensamos juntos a ver de 
quien podian ser. Enumeramos todas las personas posibles de entre nuestros conocidos 
comunes. No se nos ocurria ninguna. Para empezar, era una acusacion sin pies ni 
cabeza. Por mi parte, la inversion no era mi estilo y a Robinson, por la suya, ya es que 
se la chupaban con ganas las cosas del sexo, tanto por delante como por detras. Si algo 
le preocupaba, no era, desde luego, la jodienda. Tenia que ser por lo menos una celosa 
para imaginar semejantes cochinadas. 

En resumen, solo conociamos a Madelon capaz de venir a acosarnos con invenciones 
tan asquerosas hasta Vigny Me daba igual que siguiera escribiendo sus chorradas, pero 
yo tenia motivos para temer que, exasperada por no recibir respuesta, viniese a 
acosarnos, en persona, un dia u otro, y a armar escandalo en el establecimiento. Habia 
que esperarse lo peor. 

Pasamos asi unas semanas durante las cuales nos sobresaltabamos cada vez que 
sonaba el timbre. Yo me esperaba una visita de Madelon o, peor aun, de la autoridad. 

Cada vez que el agente Mandamour llegaba para la partida un poco antes que de 
costumbre, yo me preguntaba si no traeria una citacion al cinto, pero en aquella epoca 
era aun, Mandamour, de lo mas amable y relajado. Hasta mas adelante no empezo a 
cambiar de modo notable tambien el. En aquel tiempo, aun perdia casi todos los dias a 
todos los juegos y tan campante. Si cambio de caracter, fue, por cierto, culpa nuestra. 

Una noche, por curiosidad, le pregunte por que no conseguia nunca ganar a las 
cartas; en el fondo, no tenia yo motivo para preguntarle eso a Mandamour, solo por la 
mania de saber el porque de todo. jSobre todo porque no jugabamos por dinero! Y, al 
tiempo que hablabamos de su mala suerte, me acerque a el y, examinandolo bien, me di 
cuenta de que tenia una acusada hipermetropia. La verdad es que, con la iluminacion 
que teniamos, apenas si distinguia el trebol del rombo en las cartas. No podia seguir asi. 

Puse remedio a su enfermedad regalandole unas hermosas gafas. Al principio estaba 
muy contento de probarse las gafas, pero eso duro poco. Como jugaba mejor, gracias a 
las gafas, perdia menos que antes y se empeno en no volver a perder nunca. No era 
posible, conque hacia trampas. Y cuando con trampas y todo perdia, pasaba horas 
enteras enfurrufiado. En una palabra, se volvio insoportable. 

Me preocupaba mucho, se enfadaba por un quitame alia esas pajas, Gustave, y, 
ademas, procuraba, a su vez, molestarnos, crearnos inquietudes, preocupaciones. Se 
vengaba, cuando perdia, a su modo... Y, sin embargo, no era por dinero, repito, por lo 
que jugabamos, solo por la distraccion y la gloria... Pero se ponia furioso, de todos 
modos. 

Asi, una noche que no habia tenido suerte, nos hablo airado al marcharse. «Sefiores, 
ipermitanme una advertencia!... Con la gente que frecuentan, jyo que ustedes me 
andaria con ojo!... jHay una morena, entre otras personas, que hace dias que se pasea 
por delante de esta casa!... jDemasiado a menudo en mi opinion!., j Motivos tiene!... jNo 
me sorprenderia nada que tuviera cuentas que ajustar con uno de ustedes !...» 

Asi mismo nos lo espeto, el asunto, pernicioso, Mandamour, antes de marcharse. 
iMenuda sensacion causo!... 

Aun asi, yo recobre el dominio de mi mismo al instante. «Muy bien. j Gracias, 
Gustave!... -fui y le respondi con calma-. No se quien podra ser la morenita de que habia 
usted... Ninguna de nuestras antiguas enfermas, que yo sepa, ha tenido motivo para 
quejarse de nuestro trato... Debe de tratarse una vez mas de una pobre enajenada... Ya la 
encontraremos... En fin, tiene usted razon, mas vale siempre estar enterado... Muchas 
gracias otra vez, Gustave, por habernos avisado... jY buenas noches!» 

Robinson, del susto, no podia ya levantarse de la silla. Cuando hubo salido el agente, 
examinamos la informacion que acababa de darnos, en todos los sentidos. Podia 



perfectamente ser, de todos modos, otra mujer y no Madelon... Venian muchas asi, a 
merodear bajo las ventanas del manicomio... Pero, de todos modos, habia motivos 
poderosos para sospechar que fuera ella y esa duda bastaba para que sintiesemos un 
canguelo que para que. Si era ella, ^cuales serian sus nuevas intenciones? Y, ademas, 
^de que viviria desde hacia tantos meses en Paris? Si iba a volver a presentarse en 
persona, teniamos que prepararnos, en seguida. 

«Oye, Robinson -dije para concluir-, decidete, es el momento, y no te eches atras... 
^que quieres hacer? ^Deseas volver con ella a Toulouse?» 

«jQue no!, te digo. jQue no y que no!» Esa fue su respuesta. Rotunda. 

«jDe acuerdo! -dije yo entonces-. Pero en ese caso, si de verdad no quieres volver 
con ella nunca, lo mejor, en mi opinion, seria que te marcharas a ganarte las 
habichuelas, durante un tiempo al menos, al extranjero. De ese modo te libraras de ella 
de verdad... No te va a seguir hasta alii, ^no?... Aun eres joven... Has recuperado la 
salud... Has descansado... Te daremos algo de dinero, jy buen viaje!... jEsa es mi 
opinion! Como comprenderas, aqui, ademas, no tienes porvenir... No puedes seguir aqui 
siempre...» 

Si me hubiera escuchado, si se hubiese marchado entonces, me habria venido muy 
bien, me habria dado una alegria. Pero no se fue. 

«Anda, Ferdinand, jte burlas de mi!... -respondio-. No esta bien, a mi edad... Mirame 
bien, janda!...» Ya no queria marcharse. Estaba cansado de los garbeos, en una palabra. 

«No quiero ir a ninguna parte... -repetia-. Digas lo que digas... Hagas lo que hagas... 
No me ire...» 

Asi mismo respondia a mi amistad. No obstante, insisti. 

«^Y si fuera a denunciarte, Madelon, supongamos, por lo de la tia Henrouille?... Tu 
mismo me lo dijiste, que era capaz de hacerlo...» 

«Pues, jmala suerte! -respondio-. Que haga lo que quiera...» 

Palabras asi eran nuevas en su boca, porque la fatalidad, antes, no era su estilo... 

«Por lo menos, ve a buscarte algun trabajillo ahi al lado, en una fabrica; asi no 
estaras obligado a pasar todo el tiempo aqui con nosotros... Si llegan a buscarte, ten- 
dremos tiempo de avisarte.» 

Parapine estaba totalmente de acuerdo conmigo al respecto e incluso, en aquella 
ocasion, volvio a hablar un poco. Tenia, pues, que parecerle de lo mas grave y urgente lo 
que nos ocurria. Tuvimos que ingeniarnosla entonces para colocarlo, disimularlo, 
ocultarlo, a Robinson. Entre nuestras relaciones figuraba un industrial de los 
alrededores, un chapista que nos estaba agradecido por pequenos favores de lo mas 
delicados, que le habiamos hecho en momentos criticos. No tuvo inconveniente en 
tomar a Robinson de prueba para la pintura a mano. Era un currelo fino, suave y bien 
pagado. 

«Leon -le dijimos la mafiana que empezaba a trabajar-, no hagas el idiota en tu nuevo 
trabajo, no andes contando tus ideas ridiculas para que te fichen... Llega a la hora... No 
te vayas antes que los demas... Saluda a todo el mundo al llegar... Portate bien, en una 
palabra. Es un taller decente y vas recomendado...» 

Pero nada, lo ficharon en seguida, de todos modos, y no por culpa suya, sino por un 
chivato de un taller cercano que lo habia visto entrar en el gabinete privado del patron. 
Fue suficiente. Informe. Malas intenciones. Despido. 

Conque ahi lo teniamos de vuelta, a Robinson, otra vez, sin empleo, unos dias 
despues. j Fatalidad! 

Y, ademas, empezo a toser otra vez casi el mismo dia. Lo auscultamos y descubrimos 
toda una serie de estertores a lo largo del pulmon derecho. No le quedaba mas remedio 
que guardar reposo. 



Eso sucedio un sabado por la noche justo antes de cenar; entonces alguien pregunto 
por mi en el salon de la entrada. 

Una mujer, me anunciaron. 

Era ella con un sombrerito muy elegante y guantes. Lo recuerdo bien. No hacia falta 
preambulo, no podia ser mas oportuna. La puse al corriente. 

«Madelon -le dije lo primero-, si es a Leon a quien desea ver, le aviso ya desde ahora 
que no vale la pena que insista, puede dar media vuelta... Esta enfermo de los pulmones 
y de la cabeza... Bastante grave, por cierto... No puede usted verlo... Ademas, es que no 
tiene nada que decirle a usted... » 

«^Ni siquiera a mi?», insistio. 

«No, ni siquiera a usted... Sobre todo a usted.. .», afiadi. 

Crei que iba a sal tar de nuevo. No, se limito a mover la cabeza, alii, delante de mi, de 
derecha a izquierda, con los labios apretados, y con los ojos intentaba encontrarme de 
nuevo donde me habia dejado en su recuerdo. Yo ya no estaba alii. Me habia 
desplazado, tambien yo, en el recuerdo. En la situacion en que nos encontrabamos, un 
hombre, un cachas, me habria dado miedo, pero de ella no tenia yo nada que temer. Yo 
le podia, como se suele decir. Siempre habia deseado meterle un buen cate a una cabeza 
presa asi de la colera para ver como dan vueltas las cabezas encolerizadas en esos casos. 
Eso o un hermoso cheque es lo que hace falta para ver de golpe cambiar todas las 
pasiones que se enroscan en una cabeza. Es tan bello como una hermosa maniobra a 
vela sobre un mar agitado. Toda la persona se ladea como azotada por un viento nuevo. 
Yo queria ver una cosa asi. 

Hacia veinte afios por lo menos, que me perseguia ese deseo. En la calle, en el cafe, 
en todas partes donde la gente mas o menos agresiva, quisquillosa y fanfarrona, se 
pelea. Pero nunca me habia atrevido por miedo a los golpes y sobre todo por la 
verguenza que acompafia a los golpes. Pero aquella ocasion, por una vez, era magnifica. 

«^,Te vas a ir de una vez?», fui y le dije, solo para excitarla un poco mas aun, ponerla 
a tono. 

Ella ya no me reconocia, de hablarle asi. Se puso a sonreir, del modo mas 
horripilante, como si me considerara ridiculo y muy despreciable... «jZas! jZas!» Le 
pegue dos guantazos como para dejar sin sentido a un asno. 

Fue a caer redonda sobre el gran divan rosa de enfrente, contra la pared, con la 
cabeza entre las manos. Respiraba entrecortadamente y gemia como un perrito apalea- 
do. Y despues, parecio como si reflexionara y de repente se levanto, con agilidad, y 
cruzo la puerta sin volver siquiera la cabeza. Yo no habia visto nada. Vuelta a empezar. 



Pero de nada nos sirvio lo que hicimos, era mas astuta que todos nosotros juntos. La 
prueba es que volvio a verlo, a su Robinson, como quiso... El primero que los descubrio 
juntos fue Parapine. Estaban en la terraza de un cafe frente a la Gare de TEst. 

Yo me lo figuraba ya, que se volvian a ver, pero no queria dar la impresion otra vez 
de interesarme por sus relaciones. No era asunto mio, en una palabra. El cumplia con su 
deber en el manicomio y muy bien, por cierto, con los paraliticos, currelo ingrato si los 
hay, limpiandolos, lavandolos, cambiandoles la muda, dandoles palique. No podiamos 
pedirle mas. 

Si aprovechaba las tardes que yo lo enviaba a Paris, a hacer recados, para volver a 
verla, a su Madelon, era asunto suyo. El caso es que no habiamos vuelto a verla, 
despues de lo de las bofetadas, en Vigny-sur-Seine, a Madelon. Pero yo pensaba que 
debia de haberle contado marranadas sobre mi. 

Yo ya no le hablaba ni siquiera de Toulouse, a Robinson, como si nada de todo 
aquello hubiese sucedido nunca. 

Seis meses pasaron asi, mejor o peor, y despues se produjo una vacante en nuestro 
personal y de repente necesitamos con urgencia una enfermera especializada en ma- 
sajes, la nuestra se habia marchado sin avisar para casarse. 

Gran numero de jovenes hermosas se presentaron para aquel puesto, con lo que 
nuestro unico problema fue no saber a cual elegir de entre tantas criaturas solidas de to- 
das las nacionalidades que acudieron en tropel a Vigny, en cuanto aparecio nuestro 
anuncio. Al final, nos decidimos por una eslovaca llamada Sophie cuya carne, cuyo 
porte, agil y tierno a la vez, cuya divina salud, nos parecieron, reconozcamoslo, 
irresistibles. 

Conocia, aquella Sophie, pocas palabras en frances, pero yo, por mi parte, estaba 
dispuesto, era lo menos que podia hacer, a darle clases sin perdida de tiempo. Por cierto, 
que, en contacto con ella, recupere el gusto por la ensehanza. Sin embargo, Baryton 
habia hecho todo lo posible para que me asqueara. jlmpenitencia! Pero, jque juventud 
tambien! jQue ardor! ;Que musculatura! jQue excusa! jElastica! jNerviosa! jDe lo mas 
asombrosa! No menoscababan aquella belleza ninguno de esos pudores, verdaderos o 
falsos, que tanto molestan en las conversaciones demasiado occidentales. Por mi parte, 
mi admiracion era, a decir verdad, infinita. De musculos en musculos, por grupos 
anatomicos, avanzaba yo... Por vertientes musculares, por regiones... No me cansaba de 
perseguir ese vigor concertado y al mismo tiempo suelto, repartido en haces 
sucesivamente huidizos y consistentes, al tacto... Bajo la piel aterciopelada, tersa, 
relajada, milagrosa... 

La era de esos gozos vivos, de las grandes armonias innegables, fisiologicas, 
comparativas, esta aun por venir... El cuerpo, divinidad sobada por mis vergonzosas ma- 
nos... Manos de hombre honrado, cura desconocido... Permiso primero de la Muerte y 
las Palabras... jCuantas cursilerias apestosas! El hombre distinguido va a echar un polvo 
embadurnado con una espesa mugre de simbolos y acolchado hasta la medula... Y 
despues, ique pase lo que pase! iBuen asunto! La economia de no excitarse, al fin y al 
cabo, sino con reminiscencias... Se poseen las reminiscencias, se pueden comprar, 
hermosas y esplendidas, una vez por todas, las reminiscencias... La vida es algo mas 
complicado, la de las formas humanas sobre todo. Atroz aventura. No hay otra mas 
desesperada. Al lado de ese vicio de las formas perfectas, la cocaina no es sino un 



pasatiempo para jefes de estacion. 

Pero, jvolvamos a nuestra Sophie! Su simple presencia parecia una audacia en 
nuestra casa enfurrufiada, atemorizada y equivoca. 

Tras un tiempo de vida en comun, seguiamos contentos, desde luego, de contarla 
entre nuestras enfermeras, pero no podiamos, sin embargo, por menos de temer que un 
dia se pusiera a descomponer el conjunto de nuestras infinitas prudencias o simplemente 
tomara conciencia una manana de nuestra lastimosa realidad... 

jlgnoraba aun, Sophie, la suma de nuestros encenagados abandonos! jUn hatajo de 
fracasados! La admirabamos, viva junto a nosotros, por el simple hecho de alzarse, 
venir a nuestra mesa, volverse a marchar... Nos hechizaba... 

Y, todas las veces que hacia esos gestos tan sencillos, sentiamos sorpresa y gozo. 
Haciamos como progresos de poesia solo con admirarla por ser tan bella y tanto mas 
inconsciente que nosotros. El ritmo de su vida brotaba de fuentes distintas de las 
nuestras... Rastreras para siempre, las nuestras, babosas. 

Aquella fuerza alegre, precisa y suave a la vez, que la animaba desde la cabellera 
hasta los tobillos nos turbaba, nos inquietaba de modo encantador, pero nos inquietaba, 
esa es la palabra. 

Nuestro aspero saber sobre las cosas de este mundo hacia ascos a ese gozo, aun 
cuando el instinto saliera ganando, siempre ahi el saber, temeroso en el fondo, refugiado 
en el sotano de la existencia, acostumbrado a lo peor, por experiencia. 

Tenia, Sophie, esos andares alados, agiles y precisos, que se encuentran, tan 
frecuentes, casi habituales, en las mujeres de America, los andares de los elegidos del 
porvenir, a quienes la vida lleva, ambiciosa y ligera aun, hacia nuevas formas de 
aventuras... Velero con tres mastiles de alegria tierna rumbo al Infinito... 

Parapine, por su parte, pese a no ser lirico precisamente en materia de atraccion, se 
sonreia a si mismo, cuando ella habia salido. El simple hecho de contemplarla te sentaba 
bien en el alma. Sobre todo a mi, para ser justos, consumiendome de deseo. 

Para sorprenderla, hacerla perder un poco de esa soberbia, de ese como poder y 
prestigio que habia adquirido sobre mi, Sophie, rebajarla, en una palabra, humanizarla 
un poco a nuestra mezquina medida, yo entraba en su habitacion mientras ella dormia. 

Ofrecia un espectaculo muy distinto entonces, Sophie, familiar y, sin embargo, 
sorprendente, tranquilizador tambien. Sin ostentacion, casi sin tapar, atravesada en la 
cama, con las piernas en desorden, carnes humedas y abiertas, forcejeaba con la fatiga... 

Se cebaba en el suefio, Sophie, en las profundidades del cuerpo, roncaba. Ese era el 
unico momento en que yo la encontraba a mi alcance. No mas hechizos. No mas ca- 
chondeo. Pura y simple seriedad. Se afanaba en el reves, por asi decir, de la existencia, 
extrayendole vida... Tragona era en esos momentos, borracha incluso a fuerza de 
absorberla. Habia que verla tras aquellas sesiones de sonarrera, toda hinchada aun y, 
bajo su piel rosa, los organos que no cesaban de extasiarse. Estaba graciosa entonces y 
ridicula como todo el mundo. Titubeaba de felicidad durante unos minutos mas y 
despues toda la luz del dia caia sobre ella y, como tras el paso de una nube demasiado 
cargada, recobraba el vuelo, gloriosa, liberada... 

Da gusto echar un palo asi. Es muy agradable tocar ese momento en que la materia se 
vuelve vida. Subes hasta la llanura infinita que se abre ante los hombres. Gritas: jAaah! 
jY aaah! Gozas todo lo que puedes ahi encima y es como un gran desierto... 

De entre nosotros, sus amigos mas que sus patronos, yo era, creo, el mas intimo. 
Ahora, que me engafiaba puntualmente, he de reconocerlo, con el enfermero del 
pabellon de los agitados, antiguo bombero, por mi bien, segun me explicaba, para no 
agotarme, por los trabajos intelectuales que yo estaba haciendo y que armonizaban 
bastante mal con los accesos de su temperamento. Lo que se dice por mi bien. Me ponia 



los cuernos por higiene. Era muy duefia. 

Todo aquello, en definitiva, solo me habria causado placer, pero no podia quitarme 
de la conciencia la historia de Madelon. Acabe contandoselo todo un dia, a Sophie, para 
ver que decia. Me desahogue un poco, al contarle mis problemas. Estaba harto, desde 
luego, de las disputas interminables y de los rencores provocados por sus amores 
desgraciados y Sophie me daba la razon en todo aquello. 

Ya que habiamos sido amigos, Robinson y yo, le parecia a ella que debiamos 
reconciliarnos todos, sencillamente, como buenos amigos, y lo mas pronto posible. Era 
el consejo de un buen corazon. Tienen muchos corazones buenos asi, en Europa central. 
Solo, que no estaba demasiado al corriente de los caracteres ni de las reacciones de la 
gente de por aqui. Con las mejores intenciones del mundo, me aconsejaba lo menos 
indicado. Me di cuenta de que se habia equivocado, pero ya era demasiado tarde. 

«Deberias volver a verla, a Madelon -me aconsejo-, debe de ser buena chica en el 
fondo, por lo que me has contado... Solo, que ni la provocaste, jy estuviste de lo mas 
brutal y asqueroso con ella!... Le debes excusas e incluso un regalo bonito para hacerla 
olvidar...» Asi se hacia en su pais. En una palabra, iniciativas muy corteses me 
aconsejaba, pero poco practicas. 

Segui sus consejos, sobre todo porque vislumbraba, al cabo de todos aquellos 
melindres, acercamientos diplomaticos y remilgos, una posible partida entre cuatro que 
seria de lo mas divertida, vamos, renovadora incluso. Mi amistad se volvia, siento 
decirlo, bajo la presion de los acontecimientos y de la edad, solapadamente erotica. 
Traicion. Sophie me ayudaba, sin quererlo, a traicionar en aquel momento. Era 
demasiado curiosa como para no gustar de los peligros, Sophie. De madera excelente, 
nada protestona, persona que no intentaba minimizar las ocasiones de la vida, que no 
desconfiaba por principio de esta. Mi estilo mismo. Mas lanzada aun. Comprendia la 
necesidad de los cambios en las distracciones de la jodienda. Disposicion aventurera, 
mas rara que la hostia, hay que reconocerlo, entre las mujeres. No habia duda, habiamos 
elegido bien. 

Le habria gustado, y a mi me parecia muy natural, que pudiera darle algunos detalles 
sobre el fisico de Madelon. Temia parecer torpe junto a una francesa, en la intimidad, 
sobre todo por el gran renombre de artistas en ese terreno que se les ha atribuido a las 
francesas en el extranjero. En cuanto a soportar, ademas, a Robinson, para 
complacerme, y se acabo, consentiria. No la excitaba lo mas minimo, Robinson, segun 
me decia, pero, en resumidas cuentas, estabamos de acuerdo. Era lo principal. Bien. 

Espere un poco a que una buena ocasion se presentara para decir dos palabras a 
Robinson sobre mi proyecto de reconciliacion general. Una mahana en que estaba en el 
economato copiando las observaciones medicas en el registro, el momento me parecio 
oportuno para mi intento y lo interrumpi para preguntarle con toda sencillez que le 
pareceria una iniciativa por mi parte ante Madelon para que quedara olvidado el 
violento pasado reciente... Y si podria en la misma ocasion presentarle a Sophie, mi nue- 
va amiga... Y si no pensaba, por ultimo, que habia llegado el momento de que todos 
tuvieramos una explicacion de una vez y como buenos amigos. 

Primero vacilo un poco, bien lo adverti, y despues me respondio, pero sin 
entusiasmo, que no veia inconveniente... En el fondo, creo que Madelon le habia 
anunciado que yo intentaria volver a verla con un pretexto u otro. De la bofetada del dia 
en que ella habia venido a Vigny no dije ni pio. 

No podia arriesgarme a que me echara una bronca entonces y me llamase bestia en 
publico, pues, al fin y al cabo, si bien eramos amigos desde hacia mucho, en aquella 
casa estaba a mis ordenes, de todos modos. Lo primero, la autoridad. 

Era el momento de dar ese paso, el mes de enero. Decidimos, porque era mas 



comodo, que nos encontrariamos todos en Paris un domingo, que iriamos despues al 
cine juntos y que tal vez pasariamos primero un momento por la verbena de Batignolles, 
siempre que no hiciese demasiado frio fuera. Robinson habia prometido llevarla a la 
verbena de Batignolles. Se pirraba por las verbenas, Madelon, segun me dijo el. jVenia 
al pelo! Para la primera vez que volviamos a vernos, seria mejor que fuese con ocasion 
de una fiesta. 



jLa verdad es que nos dimos un atracon de verbena con los ojos! jY con la cabeza 
tambien! jBim y bum! jY mas bum! jY empujones por aqui! ]Y empujones por alia! jY 
venga gritos! Y ahi nos teniais a todos en el barullo, jcon luces, jaleo y demas! jY viva 
el tino, la audacia y el cachondeo! jHale! Cada cual intentaba parecer animado, pero un 
poco distante, de todos modos, para hacer ver a la gente que normalmente nos 
divertiamos en otra parte, en lugares mucho mas caros, expensifs como se dice en 
ingles. 

Astutos y alegres cachondos aparentabamos ser, pese al cierzo, humillante tambien, y 
ese miedo deprimente a ser demasiado generosos con las distracciones y tener que 
lamentarlo mafiana, tal vez durante toda una semana incluso. 

Un gran eructo de musica sube de la noria. No consigue vomitar su vals de Fausto, la 
noria, pero hace todo lo posible. Le baja, el vals, y le vuelve a subir en torno al techo 
redondo, que gira con sus mil tartas de luz en bombillas. No es comodo. El organo sufre 
de musica en el tubo de su vientre. ^Que tal un trozo de turron? ^,0, mejor, el tiro al 
bianco? jAelegir!... 

Entre nosotros, la mas habil, con el ala del sombrero alzada por delante, en el tiro, 
era Madelon. «jMira! -dijo a Robinson-. jYo no tiemblo! ]Y eso que hemos bebido de lo 
lindo!» Con eso os haceis idea del tono exacto de la conversacion. Acababamos de salir 
del restaurante. «jOtra mas!» jMadelon la gano, la botella de champan! «jPing y pong! 
jY bianco !» Entonces le hice una apuesta: a que no me atrapaba en los coches de 
choque. «^Que no? -respondio, muy animada-. jCada cual al suyo!» jY hale! Yo estaba 
contento de que hubiese aceptado. Era un medio de aproximarme a ella. Sophie no era 
celosa. Tenia motivos. 

Conque Robinson subio detras con Madelon en un coche y yo en otro delante con 
Sophie, jy nos pegamos una de golpes! jToma castafia! jToma ciribicundia! Pero en 
seguida vi que no le gustaba eso de que la zarandearan, a Madelon. Tampoco a el, por 
cierto, a Robinson, le gustaba ya eso. La verdad es que no estaba a gusto con nosotros. 
En el pasillo, cuando nos agarrabamos a las barandillas, unos marineros se pusieron a 
sobarnos por la fuerza, a hombres y mujeres, y nos hicieron proposiciones. Nos entro 
canguelo. Nos defendimos. Nos reimos. Llegaban de todos lados, los sobones, y, 
ademas, icon musica, arrebato y cadencia! Recibes en esas especies de toneles con 
ruedas tales sacudidas, que cada vez que te dan se te salen los ojos de las orbitas. 
jAlegria, vamos! jViolencia con cachondeo! iTodo un acordeon de placeres! Me habria 
gustado hacer las paces con Madelon antes de abandonar la verbena. Yo insistia, pero 
ella ya no respondia a mis iniciativas. Nada, que no. Me ponia mala cara incluso. Me 
mantenia a distancia. Yo estaba perplejo. No estaba de humor, Madelon. Yo habia 
esperado otra cosa. Fisicamente habia cambiado tambien, por cierto, y en todo. 

Observe que, al lado de Sophie, desmerecia, estaba mustia. La amabilidad le sentaba 
mejor, pero parecia que ahora supiese cosas superiores. Eso me irrito. Con gusto la 
habria abofeteado de nuevo para hacerla entrar en razon o, si no, que me dijera, a mi, 
eso superior que sabia. 

Pero, ja sonreir tocaban! Estabamos en la verbena, jno habiamos ido a lloriquear! 
[Habia que celebrarlo! 

Habia encontrado trabajo en casa de una tia suya, iba contando a Sophie, despues, 
mientras caminabamos. En la Rue du Rocher, una tia corsetera. No ibamos a ponerlo en 



duda. 

No era dificil de comprender, desde ese momento, que para lo de la reconciliacion el 
encuentro habia sido un fracaso. Y para mi plan tambien, habia sido un fracaso. Un 
desastre incluso. 

Habia sido un error volver a verse. Sophie, por su parte, aun no comprendia bien la 
situacion. No se daba cuenta de que, al volver a vernos, acababamos de complicar las 
cosas... Robinson deberia haberme dicho, haberme avisado, que era terca hasta ese 
punto... [Una lastima! jEn fin! [Catapun! [Chin, chin! jAnimo, que no se diga! [Hale, a 
la oruga! Yo lo propuse, invitaba yo, para intentar acercarme una vez mas a Madelon. 
Pero se escabullia constantemente, me evitaba, aprovechaba la multitud para subirse a 
otra banqueta, delante, con Robinson; estaba yo guapo. Olas y remolinos de obscuridad 
nos atontaban. No habia nada que hacer, conclui para mis adentros. Y Sophie ya era de 
mi opinion. Comprendia que en todo aquello habia sido yo victima de mi imaginacion 
de obseso y salido. «jMira! jEsta ofendida! Me parece que lo mejor seria dejarlos 
tranquilos ahora... Nosotros podriamos quizas ir a dar una vuelta por el Chabanais antes 
de volver a casa...» Era una propuesta que le gustaba mucho, a Sophie, porque habia 
oido hablar mucho del Chabanais, cuando aun se encontraba en Praga, y estaba 
deseando conocerlo, el Chabanais, para poder juzgar por si misma. Pero calculamos que 
nos saldria demasiado caro, el Chabanais, para la cantidad de dinero que habiamos 
cogido. Conque tuvimos que interesarnos de nuevo por la verbena. 

Robinson, mientras estabamos en la oruga, debia de haber tenido una escena con 
Madelon. Bajaron de lo mas irritados, los dos, de aquel carrusel. Estaba visto que aquel 
dia estaba ella de mirame y no me toques. Para calmar los animos, les propuse una 
distraccion muy entretenida: un concurso de pesca al cuello de las botellas. Madelon 
acepto refunfunando. Y, sin embargo, nos gano todo lo que quiso. Llegaba con su anillo 
justo encima del cuello de la botella, je iba y te lo metia en menos que canta un gallo! 
jTris, tras! Listo. El hombre de la caseta no daba credito a sus ojos. Le entrego, de 
premio, «una media Grand-Due de Malvoison». Para que os hagais idea del tino que 
tenia. Pero, aun asi, no quedo satisfecha. No la iba a beber... nos anuncio al instante... 
Que si era malo... Conque fue Robinson quien la abrio para beberla. jZas! jY 
empinando el codo bien! Una gracia en su caso, pues no bebia, por asi decir, nunca. 

Despues pasamos delante de la boda del pirn pam pum. [Pan! [Pan! Peleamos con 
pelotas duras. Habia que ver que poco tino tenia yo... Felicite a Robinson. Me ganaba a 
cualquier juego tambien el. Pero tampoco lo hacia sonreir su tino. Estaba visto: parecia 
que los hubieramos llevado por la fuerza a los dos. No habia modo de animarlos, de 
alegrarlos. «jQue estamos en la verbena!», grite; por una vez me fallaba la inventiva. 

Pero les daba igual que yo los animara y les repitiese esas cosas al oido. No me oian. 
«Pero, ^que juventud es esta? -les pregunte-. jA quien se le diga...! ^Es que ya no se 
divierte la juventud? ^Que tendria que hacer yo, entonces, que tengo diez castanas mas 
que vosotros? jPues si!» Entonces me miraban, Madelon y el, como si se encontraran 
ante un intoxicado, un baboso, y ni siquiera valiese la pena responderme... Como si ni 
siquiera valiese la pena hablarme, pues ya no comprenderia, seguro, lo que pudieran 
explicarme... Nada de nada... ^Tendrian razon?, me pregunte entonces y mire, muy 
inquieto, a nuestro alrededor, a la otra gente. 

Pero los otros hacian lo que convenia, por su parte, para divertirse, no como nosotros 
ahi, haciendonos pajas mentales con nuestra pena, penita, pena. jNi hablar del peluquin! 
jMenudo si la gozaban con la fiesta! jPor un franco aqui!... jCincuenta centimos alia!... 
Luz... Bombo, musica y caramelos... Como moscas se agitaban, con sus larvillas incluso 
en los brazos, bien lividos, palidos bebes, que desaparecian, a fuerza de palidez, entre 
tanta luz. Un poco de rosa solo en torno a la nariz les quedaba, a los bebes, en el sitio de 



los catarros y los besos. 

Entre todas las casetas, lo reconoci en seguida, al pasar, el «Tiro de las Naciones», un 
recuerdo, no les comente nada a los otros. Quince anos ya, me dije, solo para mis 
adentros. Quince anos han pasado ya... jLa tira! jLa cantidad de amiguetes que ha 
perdido uno por el camino! Nunca habria creido que se hubiera librado del barro en que 
estaba hundido alii, en Saint-Cloud, el «Tiro de las Naciones»... Pero estaba bien 
restaurado, casi nuevo, en una palabra, ahora, con musica y todo. Muy bien. No cesaban 
de tirar. Una caseta de tiro esta siempre muy solicitada. El huevo habia vuelto tambien, 
como yo, en el centro, casi en el aire, a brincar. Costaba dos francos. Pasamos de largo, 
teniamos demasiado frio como para probar, mas valia caminar. Pero no era porque nos 
faltase dinero, teniamos aun los bolsillos llenos, de moneda tintineante, la musiquilla del 
bolso. 

Yo habria probado cualquier cosa, en aquel momento, para que cambiasemos de 
animo, pero nadie ponia nada de su parte. Si hubiera estado Parapine con nosotros, ha- 
bria sido aun peor seguramente, ya que se ponia triste en cuanto habia gente. Por 
fortuna, se habia quedado de guardia en el manicomio. Por mi parte, yo me arrepentia 
de haber ido. Madelon se echo entonces a reir, pese a todo, pero no era divertida su risa 
ni mucho menos. Robinson lanzaba risitas a su lado para no desentonar. De repente, 
Sophie se puso a contar chistes. Lo que faltaba. 

Al pasar por delante de la caseta del fotografo, nos vio, el artista, vacilantes. No 
queriamos fotografiarnos, salvo Sophie tal vez. Pero acabamos expuestos ante su 
aparato, de todos modos, a fuerza de vacilar ante la puerta. Nos sometimos a sus lentas 
instrucciones, ahi, sobre la pasarela de carton, que debia de haber construido el mismo, 
de un supuesto barco La Belle-France. Estaba escrito en los falsos salvavidas. Nos 
quedamos asi un buen rato, con los ojos clavados en el horizonte desafiando el porvenir. 
Otros clientes esperaban impacientes a que bajaramos de la pasarela y ya se vengaban 
considerandonos feos y nos lo decian, ademas, y en voz alta. 

Se aprovechaban de que no podiamos movernos. Pero Madelon no tenia miedo, los 
puso de vuelta y media con todo el acento del Mediodia. Bien clarito. Respuesta sa- 
brosa. 

Magnesio. Todos parpadeamos. Una foto cada uno. Mas feos que antes. Estabamos 
mas feos que antes. Calaba la lluvia por la lona. Teniamos los pies molidos de cansancio 
y congelados. El viento se nos habia colado, mientras posabamos, por todos los 
agujeros, hasta el punto de que el abrigo parecia inexistente. 

Habia que ponerse de nuevo a deambular entre las casetas. Yo no me atrevia a 
proponer que volviesemos a Vigny. Era demasiado temprano. El sentimental organo del 
tiovivo aprovecho que estabamos ya tiritando para provocarnos mas tembleque aun, 
nervioso. Del fracaso del mundo entero se cachondeaba, el instrumento. Cantaba a la 
derrota entre sus tubos plateados y la melodia iba a dinarla en la noche de al lado, a 
traves de las calles meadas que bajan de las Buttes. 

Las marmotillas de Bretana tosian mucho mas que el invierno pasado, cierto es, 
cuando acababan de llegar a Paris. Sus muslos jaspeados de verde y azul eran los que 
adornaban, como podian, los arreos de los caballitos. Los chorbos de Auvernia que las 
invitaban, prudentes empleados de Correos, solo se las tiraban con condon, era sabido. 
No estaban dispuestos a pescarlas por segunda vez. Las marmotas se retorcian 
esperando el amor en el estrepito asquerosamente melodioso del tiovivo. Un poco 
mareadas estaban, pero posaban, de todos modos, con seis grados de temperatura, 
porque era el momento supremo, el momento de probar su juventud con el amante 
definitivo, que tal vez estuviera ahi, conquistado ya, acurrucado entre los gilipuertas de 
aquella multitud aterida. No se atrevia aun, el Amor... Todo llega, sin embargo, como en 



el cine, y la felicidad tambien. Que te adore una sola noche y nunca mas se separara de 
ti, ese hijo de papa... Es algo visto y se acabo. Ademas, es que esta bien, es que es 
guapo, es que es rico. 

En el quiosco de al lado, junto al metro, a la vendedora, por su parte, le importaba un 
pepino el porvenir, se rascaba su antigua conjuntivitis y se la infectaba despacio con las 
unas. Es un placer, obscuro y gratuito. Ya hacia seis anos que le duraba, lo del ojo, y 
cada vez le picaba mas. 

Los transeuntes apifiados en grupo contra el frio que pelaba se apretujaban para 
derretirse en torno a la rifa. Sin conseguirlo. Brasero de culos. Entonces se largaban 
corriendo y saltaban para calentarse en el cogollo de multitud que formaban los de 
enfrente, delante del ternero con dos cabezas. 

Protegido por el urinario, un muchachito a quien el paro acechaba decia su precio a 
una pareja de provincias, que se sonrojaba de emocion. El guri que velaba por las 
buenas costumbres habia comprendido el tejemaneje, pero se la traia floja, su cita de 
momenta era a la salida del cafe Miseux. Hacia una semana que lo acechaba. Tenia que 
ser en el estanco o en la trastienda del vendedor de libros verdes de al lado. En cualquier 
caso, hacia tiempo que le habian dado el soplo. Uno de los dos procuraba, segun 
contaban, menores, que aparentaban vender flores. Mas anonimos. El vendedor de 
castanas de la esquina «soplaba» tambien, por su parte, a la bofia. Que remedio, por 
cierto. Todo lo que habia en la acera pertenecia a la policia. 

Esa especie de ametralladora que se oia, furiosa, por este lado, a rafagas, era 
simplemente la moto del tipo del «Disco de la Muerte». Un «evadido», segun decian, 
pero no era seguro. En cualquier caso, ya habia reventado su tienda dos veces, aqui 
mismo, y tambien dos ahos antes en Toulouse, j A ver si se estrellaba de una vez con su 
aparato! jA ver si se rompia la jeta de una vez y la columna tambien y que no se hablara 
mas del asunto! De oirlo, ;te entraban ganas de matarlo! El tranvia tambien, por cierto, 
con su campanilla; ya habia atropellado a dos viejos de Bicetre, a la altura de las 
casetas, en menos de un mes. El autobus, en cambio, era tranquilo. Llegaba a la chita 
callando a la Place Pigalle, con muchas precauciones, titubeando mas bien, tocando la 
bocina, jadeando, con sus cuatro personas dentro, muy prudentes y lentas a la hora de 
salir, como monaguillos. 

De mostradores a grupos y de tiovivos a rifas, a fuerza de deambular, habiamos 
llegado hasta el final de la verbena, el enorme vacio negro como la pez donde las 
familias iban a hacer pipi... [Media vuelta, pues! Al volver sobre nuestros pasos, 
comimos castanas para que nos diera sed. Dolor en la boca nos dio, pero no sed. Un 
gusano tambien en las castanas, uno muy mono. Se lo encontro Madelon, como hecho a 
proposito. E incluso desde aquel momento fue cuando las cosas empezaron a ir franca- 
mente mal entre nosotros, hasta entonces nos conteniamos un poco, pero lo de la castana 
la puso absolutamente furiosa. 

En el momento en que se acercaba al arroyo para escupirlo, el gusano, Leon le dijo, 
ademas, algo como para impedirselo, ya no se que, ni por que le dio eso, pero de repente 
eso de ir a escupir asi no le gustaba a Leon. Le pregunto, como un tonto, si habia 
encontrado una pepita... No habia que hacerle una pregunta asi... Y entonces va y se le 
ocurre a Sophie meterse en su discusion, no comprendia por que reganaban... Queria 
saberlo. 

Conque eso los irrito aun mas, verse interrumpidos por Sophie, una extranjera, 
logicamente. Justo entonces un grupo de alborotadores paso entre nosotros y nos separo. 
Eran jovenes que hacian la carrera, en realidad, pero con mimicas, pitos y toda clase de 
gritos de alma que lleva el diablo. Cuando pudimos juntarnos, seguian reganando, 
Robinson y ella. 



«Ha llegado el momento -pensaba yo- de regresar... Si los dejamos juntos aqui unos 
minutos mas, nos van a armar un escandalo en plena verbena... jYa basta por hoy!» 
Todo habia fallado, habia que reconocerlo. «^,Quieres que nos vayamos? -le propuse. 
Entonces me miro como sorprendido. Sin embargo, me parecia la decision mas prudente 
e indicada-. ^Es que no estais hartos de la verbena asi?», afiadi. Entonces me indico por 
sefias que lo mejor era que preguntara primero su opinion a Madelon. No tenia yo 
inconveniente en preguntarselo, a Madelon, pero no me parecia muy oportuno. 

«Pero, j si nos la llevamos con nosotros, a Madelon!», acabe diciendo. 

«^Que nos la llevamos? ^Adonde quieres llevarla?», dijo el. 

«Pues, ja Vigny, hombre!», respondi. 

[Era meter la pata!... Una vez mas. Pero no podia echarme atras, ya lo habia dicho. 

«jTenemos una habitacion libre para ella en Vigny! -afiadi-. jNos sobran 
habitaciones, que caramba!... Ademas, podemos tomar una cenita juntos, antes de irnos 
a acostar... jSera mas alegre que aqui, donde nos estamos quedando, literalmente, 
congelados desde hace dos horas! No va a ser dificil...» No respondia nada, Madelon, a 
mis propuestas. Ni siquiera me miraba, mientras yo hablaba, pero, aun asi, no se perdia 
ripio de lo que yo acababa de explicar. En fin, lo dicho dicho estaba. 

Cuando me encontre un poco separado, ella se acerco a mi con disimulo para 
preguntarme si no seria que queria jugarle otra mala pasada invitandola a Vigny. No le 
respondi nada. No se puede razonar con una mujer celosa, como ella estaba, habria sido 
otro pretexto mas para cuentos interminables. Y, ademas, yo no sabia exactamente de 
quien ni de que estaba celosa. Con frecuencia es dificil determinar esos sentimientos 
provocados por los celos. De todo, en una palabra, estaba celosa, me imagino, como 
todo el mundo. 

Sophie no sabia ya que hacer, pero seguia insistiendo para mostrarse amable. Habia 
cogido del brazo incluso a Madelon, pero esta estaba demasiado rabiosa y contenta, 
ademas, de estarlo como para dejarse distraer por amabilidades. Nos escurrimos con 
mucho trabajo a traves del gentio para llegar hasta el tranvia, en la Place Clichy. En el 
preciso momento en que ibamos a coger el tranvia, una nube descargo sobre la plaza y 
empezo a Hover a mares. El cielo se derramo. 

En un instante todos los autos fueron cogidos al asalto. «^No iras a ponerme en 
evidencia delante de la gente?... ^Eh, Leon? -oi a Madelon preguntarle a media voz 
junto a nosotros. Aquello se ponia feo-. ^Conque ya estas harto de verme, eh?... jAnda, 
dilo que estas harto de verme! -proseguia-. jDilo! jY eso que no me ves a menudo!... 
Pero prefieres estar a solas con ellos dos, ^eh?... 

Apuesto algo a que os acostais juntos, cuando yo no estoy... jDilo, que prefieres estar 
con ellos y no conmigo!... Dilo, que yo te oiga... -Y despues se quedaba sin decir nada, 
la cara se le cerraba en una mueca en torno a la nariz, que le subia y le tiraba de la boca. 
Estabamos esperando en la acera-. ^Has visto como me tratan tus amigos?... ^Eh, 
Leon?», continuaba. 

Pero Leon, hay que ser justos, no replicaba, no la provocaba, miraba para otro lado, a 
las fachadas y el bulevar y los coches. 

Sin embargo, era un violento a ratos, Leon. Como Madelon veia que no daban 
resultado sus amenazas, lo hostigaba de otro modo y despues con ternura, mientras es- 
peraba. «Yo te quiero, Leon mio, pe oyes, que te quiero?... ^Te das cuenta por lo 
menos de lo que he hecho por ti?... ^Tal vez habria sido mejor que yo no viniera hoy?... 
^Me quieres, de todos modos, un poquito, Leon? No es posible que no me quieras 
nada... Tienes corazon, ^no, Leon? Tienes un poco de corazon, de todos modos, ^no, 
Leon?... Entonces, ^por que desprecias mi amor?... Habiamos tenido un suefio bonito 
juntos... jAnda que no eres cruel conmigo!... jHas despreciado mi suefio, Leon! jLo has 



ensuciado!... jYa puedes decir que lo has destruido, mi ideal!... Entonces no quieres que 
crea mas en el amor, ^eh? ^Es eso lo que quieres de verdad?...» Todo le preguntaba, 
mientras la lluvia calaba el toldo del cafe. 

Chorreaba entre la gente. Estaba visto, Madelon era como el me habia advertido. No 
habia inventado nada Robinson en lo referente a su caracter autentico. No habria yo 
podido imaginar que hubiesen llegado tan rapido a semej antes intensidades 
sentimentales, asi era. 

Como los coches y todo el trafico hacian mucho ruido en torno a nosotros, aproveche 
para decir unas palabras a Robinson al oido, de todos modos, sobre la situacion, para 
intentar librarnos de ella ahora y acabar lo mas rapido posible, ya que habia sido un 
fracaso, zafarnos a la chita callando antes de que todo se agriara y que nos enfadasemos 
sin remedio. Era como para temerlo. «^,Quieres que te busque un pretexto yo? -le 
sugeri-. ^Y que nos larguemos cada uno por nuestro lado?» «jNo se te ocurra! -me 
respondio el-. jNo se te ocurra! jPodria darle un ataque aqui mismo y no podriamos con 
ella!» No insisti. 

Al fin y al cabo, tal vez fuera eso lo que le daba gusto, que le echasen una bronca en 
publico, a Robinson, y, ademas, que el la conocia mejor que yo. Cuando el diluvio 
amainaba, encontramos un taxi. Nos precipitamos y nos encontramos apretujados. Al 
principio, no nos deciamos nada. Estabamos mustios y, ademas, yo ya habia metido la 
pata lo mio. Podia esperar un poquito antes de volver a empezar. 

Leon y yo cogimos los transportales de delante y las dos mujeres ocuparon el fondo 
del taxi. Las noches de verbena hay embotellamientos en la carretera de Argenteuil, 
sobre todo hasta la Porte. Despues hay que contar por lo menos una buena hora para 
llegar a Vigny por culpa del trafico. No es comodo permanecer una hora sin hablarse, 
mirandose de frente, sobre todo cuando es de noche, cuando vas inquieto a causa de los 
que te acompanan. 

Sin embargo, si hubieramos permanecido asi, ofendidos, pero sin manifestarlo, no 
habria ocurrido nada. Hoy sigo siendo del mismo parecer, cuando lo pienso. 

A fin de cuentas, fue culpa mia que volvieramos a hablar y que la disputa se 
reanudara al instante y con mas fuerza. Con las palabras todas las precauciones son po- 
cas; parecen mosquitas muertas, las palabras, no parecen peligros, desde luego, 
vientecillos mas bien, ruiditos vocales, ni chicha ni limonada, y faciles de recoger, en 
cuanto llegan a traves del oido, por el enorme hastio, gris y difuso, del cerebro. No 
desconfiamos de las palabras y llega la desgracia. 

Palabras hay escondidas, entre las otras, como guijarros. No se reconocen en especial 
y despues van, sin embargo, y te hacen temblar la vida entera, en su fuerza y en su 
debilidad... Entonces viene el panico... Una avalancha... Te quedas ahi, como un 
ahorcado, por encima de las emociones... Una tormenta que ha llegado, que ha pasado, 
demasiado fuerte para uno, tan violenta, que nunca la hubiera uno imaginado solo con 
sentimientos... Asi, pues, todas las precauciones son pocas con las palabras, esa es mi 
conclusion. Pero, primero, voy a contar como fue...: el taxi seguia despacio tras el 
tranvia a causa de las obras... «Rrron...» y «rrron...», hacia. Una cuneta cada cien 
metros... Solo, que yo no podia conformarme con eso, el tranvia delante. Yo, siempre 
charlatan e infantil, me impacientaba... Me resultaba insoportable aquella marc ha de 
entierro y aquella indecision por todas partes... Me apresure a romper el silencio para 
preguntar a gritos por que iba pisando huevos. Observe o, mejor, intente observar, pues 
ya casi no se veia, en su rincon, a la izquierda, en el fondo del taxi, a Madelon. 
Mantenia la cara vuelta hacia fuera, hacia el paisaje, hacia la noche, a decir verdad. 
Comprobe con rencor que seguia tan terca. 

Y yo tenia que hacer la puneta, desde luego. Me dirigi a ella, solo para que volviera 



la cara hacia mi. 

«jOye, Madelon! -le pregunte-. ^No tendras un plan para que nos divirtamos que no 
te atreves a proponernos? ^Quieres que nos detengamos en alguna parte antes de 
regresar? jDilo sin falta!...» 

«jDivertirse! jDivertirse! -me respondio como insultada-. jSolo pensais en eso, 
vosotros! jEn divertiros!...» 

Y de pronto lanzo toda una serie de suspiros, profundos, conmovedores como pocos 
he oido en mi vida. 

«jYo hago lo que puedo! -le respondi-. \Es domingo!» 

«^Y tu, Leon? -le pregunto entonces a el-. ^Tu? ^Haces tu tambien todo lo que 
puedes? ^,Eh?» Sin rodeos. 

«jYa lo creo!», le respondio el. 

Los mire a los dos en el momento en que pasabamos ante los faroles. La colera en 
persona. Madelon se inclino entonces como para besarlo. Estaba visto y bien visto que 
aquella tarde no ibamos a dejar de meter la pata ni una sola vez. 

El taxi volvia a avanzar muy despacio por culpa de los camiones, en constante 
caravana por delante de nosotros. Eso le molestaba precisamente, a el, que lo besara, y 
la rechazo con bastante brusquedad, hay que reconocerlo. Desde luego, no era un gesto 
amable precisamente, sobre todo delante de nosotros. 

Cuando llegamos al final de la Avenue de Clichy, a la Porte, era ya noche obscura, 
las tiendas estaban encendiendo las luces. Bajo el puente del ferrocarril, que resuena 
siempre tan fuerte, oi que volvia a preguntarle: «^,No quieres besarme, Leon?» Volvia a 
la carga. El seguia sin responderle. De repente, ella se volvio hacia mi y me increpo a 
las claras. Lo que no podia soportar era la afrenta. 

«^Que mas le has hecho a Leon para que se haya vuelto tan malo? Anda, atrevete a 
decirmelo en seguida... ^Que le has contado?...» Asimismo me provocaba. 

«£Contarle? -le respondi-. jNo le he contado nada!... jYo no me meto en vuestras 
disputas!...» 

Y lo mas grande es que era verdad, que yo no le habia contado nada en absoluto de 
ella, a Leon. Era muy duefio de quedarse con ella o separarse. No me incumbia, pero no 
valia la pena intentar convencerla, ya no se avenia a razones y volvimos a callarnos 
frente a frente, en el taxi, pero la atmosfera seguia tan cargada de bronca, que no se 
podia continuar asi mucho rato. Habia puesto, para hablarme, un tono de voz sordo, que 
nunca le habia oido yo, un tono monotono tambien, como el de una persona del todo 
decidida. Echada hacia atras como iba en el rincon del taxi, yo ya no podia apenas ver 
sus gestos y eso me fastidiaba mucho. 

Sophie, entretanto, me tenia cogida la mano. Ya no sabia donde meterse, Sophie, de 
repente, la pobre. 

Cuando acababamos de pasar Saint-Ouen, fue Madelon quien reanudo la sesion de 
quejas contra Leon y con una intensidad frenetica, volviendo a hacerle preguntas 
interminables y en voz alta ahora a proposito de su afecto y su fidelidad. Para nosotros 
dos, Sophie y yo, era de lo mas violento. Pero estaba tan soliviantada, que le daba 
absolutamente igual que la escucharamos: al contrario. Desde luego, yo me habia lucido 
encerrandola en aquella jaula con nosotros, resonaba y eso le daba ganas, con su 
caracter, de hacernos la gran escena. Habia sido otra iniciativa mia, muy ocurrente, lo 
del taxi... 

El, Leon, ya no reaccionaba. En primer lugar, estaba cansado por la tarde que 
acababamos de pasar juntos y, ademas, siempre tenia sueho atrasado, era su enfermedad. 

«jCalmate, mujer! -consegui, de todos modos, hacerle entender a Madelon-. Ya 
renireis los dos al llegar... jOs sobra tiempo!...» 



«jLlegar! jLlegar! -me respondio entonces con un tono indescriptible-. ^Llegar? No 
vamos a llegar nunca, jte lo digo yo!... Y, ademas, ique estoy harta de vuestros 
asquerosos modales! -prosiguio-. jYo soy una chica decente!... jValgo mas que todos 
vosotros juntos, yo!... Hatajo de guarros. Ya podeis tomarme el pelo... ique no sois 
dignos de comprenderme!... jEstais demasiado corrompidos, todos vosotros, para 
comprenderme!... jYa no hay cosa limpia ni bonita que podais comprender!» 

Nos atacaba a fin de cuentas, en el amor propio y sin cesar, y de nada servia que yo 
permaneciera muy modosito en mi transportin, lo mejor posible, y sin lanzar ni un 
simple suspiro, para no excitarla mas; a cada cambio de velocidad del taxi, volvia a 
lanzarse en trance. Basta una nimiedad en esos momentos para desencadenar lo peor y 
era como si gozara solo con hacernos sufrir, ya no podia dejar de dar rienda suelta en 
seguida a su caracter y hasta el fondo. 

«Pero, jno os creais que esto va a quedar asi! -siguio amenazandonos-. jNi que vais a 
poder deshaceros de la chica a la chita callando! jAh, no! ^Eh? jNo os lo vayais a creer! 
No, jos va a salir el tiro por la culata! Desgraciados, que es lo que sois, todos... jMe 
habeis hecho una desdichada! jOs vais a enterar, con todo lo asquerosos que sois!...» 

De repente, se inclino hacia Robinson y lo cogio del abrigo y se puso a zarandearlo 
con los dos brazos. El no hacia nada para desasirse. No iba yo a intervenir. Era casi 
como para pensar que le daba placer, a Robinson, verla excitarse un poco mas aiin en 
relacion con el. El se reia burlon, no era natural, oscilaba, mientras ella lo ponia verde, 
como un monigote, con la cabeza gacha y flaccida. 

En el momento en que yo iba a hacer, pese a todo, un gesto de reconvencion para 
interrumpir aquellas groserias, ella se me volvio y no querais ver lo que me solto incluso 
a mi... Lo que se tenia callado desde hacia mucho... jMe lanzo una buena, la verdad! Y 
delante de todo el mundo. «Tu, j estate quieto, satiro! -fue y me dijo-. jNo te metas en 
donde no te llaman! jNo te aguanto mas violencias, amigo! ^Me oyes? £Eh? jEs que no 
te las aguanto mas! Si vuelves a levantarme la mano una sola vez, jte va a ensefiar, 
Madelon, como hay que comportarse en la vida!... jAponer los cuernos a los amigos y 
despues pegar a sus mujeres!... j Sera j eta, el cabron este! ^,Es que no te da verguenza?» 
Leon, por su parte, al oir aquellas verdades, parecio despertar un poco. Dejo de reirse. 
Yo me pregunte incluso por un momentito si no iriamos a provocarnos, a canearnos, 
pero es que, en primer lugar, no teniamos sitio, siendo cuatro en el taxi. Eso me 
tranquilizaba. Era demasiado estrecho. 

Y, ademas, que ibamos bastante deprisa ahora por el adoquinado de los bulevares del 
Sena y pegabamos unos botes, que no podiamos ni movernos... 

«jVen, Leon! -le ordeno entonces-. jVen! jTe lo pido por ultima vez! ^Me oyes? 
jVen! jMandalos a freir esparragos! ^,Es que no oyes lo que te digo?» 

Una comedia de verdad. 

«jPara el taxi, venga, Leon! jParalo ni o lo paro yo misma!» 

Pero el, Leon, seguia sin moverse de su asiento. Estaba clavado. 

«Entonces, ^no quieres venir? -volvio a insistir-. ^No quieres venir?» 

Me habia avisado que lo mejor que podia hacer yo era quedarme tranquilo. 
Despachado. «£No vienes?», le repetia. El taxi seguia a gran velocidad, la carretera 
estaba despejada ahora y pegabamos botes aiin mayores. Como paquetes, para aqui, 
para alia. 

«Bueno -concluyo, en vista de que el no le respondia nada-. jMuy bien! jDe acuerdo! 
jTu lo habras querido! j Mariana! ^Me oyes? Mariana, a mas tardar, ire a ver al comisario 
y le explicare, yo, al comisario, jcomo cayo en su escalera la tia Henrouille! ^Me oyes, 
ahora? ^Di, Leon?... ^Estas contento?... ^Ya no te haces el sordo? jO te vienes conmigo 
ahora mismo o voy a verlo manana por la manana!... A ver, ^quieres venir o no? 



j Explicate !...» Era categorica, la amenaza. 

En aquel momento, el se decidio a responderle un poco. 
«Pero, bueno, ;si tu estas pringada tambien! -le dijo. jQue vas a decir tu...!» 
Al oirle responder aquello, ella no se calmo lo mas minimo: al contrario. «jMe 
importa un comino! -le respondio-. jEstar pringada! £ Quieres decir que iremos a la car- 
eel los dos?... ^Que fui tu complice?... ^Es eso lo que quieres decir?... Pero, jsi no deseo 
otra cosa!...» 

Y de pronto se echo a reir burlona, como una histerica, como si en su vida hubiera 
conocido cosa mas graciosa... 

«Pero, jsi no deseo otra cosa, ya te digo! Pero, jsi a mi me gusta la carcel! jTe lo digo 
yo!... jNo te vayas a creer que me voy a rajar por miedo a la carcel!... jlre cuantas veces 
quieran, a la carcel! Pero tu tambien iras entonces, ^eh, cabron?... jAl menos, ya no te 
burlaras mas de mi!... jSoy tuya, de acuerdo! Pero, jtu eres mio! jHaberte quedado 
conmigo alii! Yo solo conozco un amor, ^sabe, usted? jYo no soy una puta!» 

Y nos desafiaba, a mi y a Sophie, al mismo tiempo, al decir eso. De fidelidad 
hablaba, de consideracion. 

Pese a todo, seguiamos en marcha y Robinson seguia sin decidirse a detener al 
taxista. 

«Entonces, ^no vienes? ^Prefieres ir a presidio? jMuy bien!... ^Te la trae floja que te 
denuncie?... ^Que te quiera?... ^Te la trae floja tambien? ^Eh?... ^Y mi porvenir te la 
trae floja?... Todo te la trae floja, en realidad, ^no es asi? jDilo!» 

«Si, en cierto sentido... -respondio el-. Tienes razon... Pero no mas tu que otra, me la 
traes floja... jSobre todo no te lo tomes como un insulto!... Tu eres simpatica, en el 
fondo... Pero ya no deseo que me amen... jMe da asco!...» 

No se esperaba que le dijeran una cosa asi, ahi, en sus narices, y tanto la sorprendio, 
que ya no sabia como reanudar la bronca que habia iniciado. Estaba bastante des- 
concertada, pero volvio a empezar, de todos modos. «jAh! jConque te da asco!... 
^Como que te da asco? ^Que quieres decir?... Explicate, ingrato asqueroso...» 

«jNo! No eres tu, jes que todo me da asco! -le respondio el-. No tengo ganas... No 
hay que tomarmelo en cuenta...» 

«^,C6mo dices? iRepitelo!... ^Yo y todo? -Intentaba comprender-. ^Yo y todo? Pero, 
[explicate! <<,Que quiere decir eso?... ^Yo y todo?... jNo hables en chino!... Dimelo en 
cristiano, delante de ellos, por que te doy asco ahora. ^Es que no te empalmas como los 
demas, eh, cacho cabron? ^Cuando haces el amor? A ver, ^no te empalmas? ^,Eh?... 
Atrevete a decirlo aqui... delante de todo el mundo... [que no te empalmas!. ..» 

Pese a su furia, daba un poco de risa su manera de defenderse con esas 
observaciones. Pero no tuve mucho tiempo para divertirme, porque volvio a la carga. «Y 
ese, ^,que? -dijo-. ^,Es que no se pone las botas, siempre que puede atraparme en un 
rincon? jEse asqueroso! jEse sobon! jA ver si se atreve a decirme lo contrario!... Pero 
decidio todos, jque lo que quereis es variar!... jRe-conocedlo!... [Que lo que necesitais 
es la novedad!... jOrgias!... ^,Por que no jovencitas virgenes? jHatajo de depravados! 
jHatajo de cerdos! ^Por que buscais pretextos?... Lo que os pasa es que estais hastiados 
de todo, jy se acabo! Solo, [que ya no teneis valor para vuestros vicios! jOs dan miedo 
vuestros vicios !» 

Y entonces fue Robinson quien se encargo de responder. Se habia irritado tambien, al 
final, y ahora berreaba tan fuerte como ella. 

«Pero, jelaro que si! -le respondio-. jClaro que tengo valor! jY seguro que tanto o 
mas que tu!... Solo, que yo, si quieres que te diga la verdad... toda absolutamente... pues, 
jes que todo me repugna y me asquea ahora! [No solo tu!... [Todo!... jSobre todo el 
amor!... El tuyo como el de los demas... Ese rollo de sentimientos que andas tirandote, 



^quieres que te diga a que se parece? jSe parece a hacer el amor en un retrete! ^Me 
comprendes ahora?... Y los sentimientos que andas sacando para que me quede pegado a 
ti, me sientan como insultos, por si te interesa saberlo... Y ni siquiera lo sospechas, 
ademas, porque la asquerosa eres tu, que no te das cuenta... jY ni siquiera te imaginas 
que eres una asquerosa!... Te basta con repetir los rollos que anda soltando la gente... Te 
parece normal... Te basta porque te han contado que no habia nada mejor que el amor y 
que le da a todo el mundo y siempre... Bueno, pues, jyo me cago en ese amor de todo el 
mundo!... ^Me oyes? Yo ya no pico, chica... jen su asqueroso amor!... jVas lista!... 
iLlegas demasiado tarde! Yo ya no pico, jy se acabo!... \Y por eso te enfureces!... 
^Sigue interesandote hacer el amor en medio de todo lo que ocurre?... ^De todo lo que 
vemos?... ^,0 es que no ves nada?... jMas bien creo que te importa un pepino!... Te haces 
la sentimental, pero eres una bestia como no hay dos... ^Quieres jalar carne podrida? 
^Con tu salsa a base de ternura?... ^Te pasa asi?... jA mi, no!... Si no hueles nada, jmejor 
para ti! jEs que tienes la nariz tapada! Hay que estar embrutecido como estais todos 
para que no os de asco... ^Quieres saber lo que se interpone entre tu y yo?... Bueno, 
pues, entre tu y yo se interpone la vida entera... ^No te basta acaso?» 

«Pero mi casa esta limpia... -se rebelo ella-. Se puede ser pobre y, aun asi, limpio, 
[que caramba! ^Cuando has visto tu que no estuviera limpia mi casa? ^Eso es lo que 
quieres decir al insultarme?... Yo tengo el culo limpio, jpara que se entere usted!... 
jQuiza tu no puedas decir lo mismo!... jni los pies tampoco!» 

«Pero, jsi yo no he dicho nunca eso, Madelon! jYo no he dicho nada asi!... jQue tu 
casa no este limpia!... ^Ves como no comprendes nada?» Eso era lo unico que se le 
habia ocurrido para calmarla. 

«^Que no has dicho nada? ^Nada? Mirad como me insulta y me deja por los suelos, 
jy encima, se pone que no ha dicho nada! P